Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

27 oct 2018

Y el rey del cachopo desapareció

En año y medio, Cesar Román Virueta pareció revolucionar la hostelería madrileña: abrió cinco locales, alquiló naves para producir en cadena, impulsó una franquicia, ganó fama en los medios, creó concursos... hasta que un día desapareció del mapa dejando un reguero de deudas.

La fotografía se tomó a principios de este año en un estand de la Feria Internacional de Turismo (Fitur).
 En ella aparecen tres personas que, por el brillo de sus ojos, se nota que en ese momento concreto de sus vidas viven el sueño dorado. De derecha a izquierda, abrazados y sonrientes, Cristina Cifuentes, presidenta de la Comunidad; 
Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno; y el tercero, el más anónimo de los tres, César Román Virueta, El rey del cachopo. Diez meses después dos han caído en desgracia y el otro ha desaparecido.
El reinado de Román, un personaje confuso que revolucionó en tiempo récord la restauración madrileña, ha sido efímero pero muy ruidoso.
 Su forma de hacer, estrambótica y un tanto alucinada, maravilló y asustó a la vez a todo el que coincidió con él.
 Con una agresiva campaña de marketing, que le hizo aparecer constantemente en los medios, Román convirtió un filete de ternera con jamón, queso, huevo y pan rallado en un plato de moda en Madrid que le hizo la competencia al sushi y al ramen.
En apenas año y medio, entre 2016 y principios de este año, El rey del cachopo abrió cinco locales, alquiló naves para producir en cadena, compró seis motos repartidoras, impulsó una franquicia con el respaldo de un banco y autoproclamó su plato como el mejor elaborado de España. 
Desde Asturias, la patria del cachopo, observaban con asombro la trayectoria vertiginosa de un chef tan inusual.
 Nada de lo que levantó entonces sigue ahora en pie, como le ocurrió a los otros dos protagonistas del retrato.
La burbuja que César Román, de 45 años, creó a su alrededor acabó pinchando hace unos meses.
 Los cinco restaurantes que había abierto por toda la ciudad con la pomposa marca A Cañada Delic Experience han bajado la persiana. Los proveedores, socios y trabajadores le reclaman importantes cantidades de dinero pero no logran dar con él.
 Su paradero es un misterio, según adelantó El cierre digital.
 Su familia denunció en julio su desaparición ante la Guardia Civil, sin que desde entonces las autoridades hayan logrado localizarlo.

Planes megalómanos

"Facturábamos cinco y seis mil euros al día durante los fines de semana.
 Mucho dinero para un local de 100 metros cuadrados. 
Era una locura", recuerda un trabajador de esa etapa.
 La calle que hasta entonces había sido un rincón que mucha gente del barrio evitaba cruzar se llenó de gente, sobre todo de jóvenes atraídos por grandes cantidades de comida a buen precio.

La huida hacia adelante de Román comienza tras el divorcio de Nati. 
Ella se queda con un local abierto en Lavapiés, él con el de Alonso del Barco. 
Ella aparecerá en el programa de La Sexta de Chicote, el chef que supuestamente ayuda a levantar negocios en ruinas. 
Él, en un gesto para ennoblecer el suyo, le añade la coletilla Delic Experience al nombre. 
 Vende el restaurante como "alta cocina del norte", pero no llega a serlo, según los expertos del sector.

Relanzó la sidrería en marzo de 2016. 
Con el boom que se había generado alrededor del cachopo y un avispado experto en comunicación logró darle una difusión espectacular.
 En la inauguración hubo 100 periodistas, como en la presentación de un fichaje del Real Madrid.
 El responsable de estas campañas, Manuel Díaz, calcula que el impacto de esta campaña tuvo un valor de dos millones de euros.
César Román, junto a la flotilla de motos de uno de sus restaurantes.
César Román, junto a la flotilla de motos de uno de sus restaurantes. CM-MG
Román encandiló a todo el mundo.
 Pero ahora nadie sabe nada de él (en su cartel de SOS Desaparecidos se detalla que mide 1,52, pesa 70 kilos y tiene los ojos marrones claros y el pelo castaño) pero en su día su presencia era ubicua.
 Un domingo participó en un duelo de cachopos que organizó el programa de radio A vivir Madrid, de la cadena SER. 
Se enfrentó a los dueños del restaurante Con dos fogones, que poco después lamentarían habérselo cruzado en el camino. 
 Román se presentó en los estudios de la Gran Vía repeinado como un niño el día de su comunión. 
Lo primero que dijo al micrófono, mientras enseñaba tres cachopos, es que regentaba una de las sidrerías que más sidra consumía de la región, lo que le había obligado a crear su propia marca para autoabastecerse. 
Los proveedores no podían seguirle el ritmo.
Al salir de la radio, uno de los socios del otro restaurante, David Noval, sugirió que fueran a tomarse algo a su local.
 Bebieron cerveza, intimaron. Román miró a su alrededor y le gustó lo que vio.
 Decidió quedarse ese restaurante, continuar así su ambiciosa expansión. 
Pocas semanas después firmaron un traspaso de 70.000 euros. Román le dio un adelanto mediante un cheque. 
El problema es que no tenía fondos. Noval nunca cobró un euro y tuvo durante meses paralizado el negocio en el centro de la ciudad, donde el alquiler está por las nubes. 
"Fue una ruina", explica. 

Las deudas se acumulaban.
 Comenzaron a aparecer pintadas en las persianas de sus locales. Estuvo desaparecido unos días hasta que sus amigos lo encontraron golpeado en un hospital de Madrid.
 Román dijo que habían intentando robarle y en otra conversación que se inmiscuyó en una pelea de discoteca.
 Lo que es seguro es que a partir de varios episodios de este tipo contrató a un guardaespaldas al que veía comúnmente acodado en la barra de las sidrerías.
El rey del cachopo creó un estilo.
 Tomás Gutiérrez, presidente de La Viña, la asociación mayoritaria de hosteleros, reconoce que Román "hizo mucho ruido".
 "El cachopo no se conocía demasiado antes", añade.
El restaurante A Cañada Delic Experience, en la calle Alonso del Barco, en Embajadores
El restaurante A Cañada Delic Experience, en la calle Alonso del Barco, en Embajadores
"Tiene una mentalidad infantil. 
Es como un villano de James Bond con planes grandilocuentes que nunca llegan a nada", lo retrata uno de sus colaboradores cercanos. El problema es que, al contrario de esos personajes bizarros, no tiene gracia. 
Este año fue detenido por maltrato animal ("dos palazos en la cabeza a un perro", retrata el parte) y sobre él pesa una orden de alejamiento de su expareja.


Nada le detuvo. Román impulsó, junto a otros cuatro socios, un sistema de franquicia que recibió el apoyo del banco Sabadell. 
El 28 de junio de 2016 presentó el plan en el centro de negocios Melior, en Diego de León, donde anunció que se iban a abrir los primeros locales en Móstoles y Leganés.
 El coste rondada los 180.000 euros pero eso no era problema, el dinero fluye, hay crédito para una idea tan buena.
 "Financiamos el cien por cien de la operación, desde el canon de entrada hasta las mercaderías, los seguros, el alquiler y la inversión inicial en obra, maquinaria e instalación", explicó ese día el director de la entidad bancaria de Madrid.
El misterio de su desaparición se ha visto agrandado por la aparición del trozo de un cadáver.
 En agosto los bomberos acudieran a sofocar un pequeño incendio en una nave en Usera vinculada con Román y al llegar encontraron el torso calcinado de una mujer guardado en el interior de una maleta. 
Las pruebas de ADN descartaron que el tronco perteneciera a la última pareja de Román, una joven hondureña.

Un premio amañado para ser el mejor

La plataforma de vídeos Sin Filtro y después el periodista Carlos G. Cano, de la SER, desmontaron en junio de 2017 el concurso en el que Román ganó el premio al mejor cachopo del país. 
El reconocimiento amañado tuvo una gran difusión en medios. "Ese ránking era falso. 
Es un personaje que hace daño a la hostelería", concede Nacho Gancedo, el creador de la Guía del cachopo y rival de Román. Gancedo organiza otro certamen y cuenta que Román le preguntó cuánto costaba que le nombrara ganador.
 "Quería ganar a toda costa. Le dije que no tenía precio.
 En este mundo es muy importante tener credibilidad", abunda Gancedo.

La policía, en principio, no está segura de que el hallazgo tenga que ver con su desaparición. Sea como sea, el episodio ha enturbiado todavía más su última andadura a lomos de un cachopo.



 

¿Qué significa ser saudí?............................. Boris Izaguirre

Es igual de brutal el crimen de Khashoggi como el chantaje de su monarquía.

Ana Blanco en los Premios Iris de la Academia de la Televisión, en Madrid, el pasado martes.
Ana Blanco en los Premios Iris de la Academia de la Televisión, en Madrid, el pasado martes. GTRES

 

Me crie en lo que se denominaba “la Venezuela saudí”, donde la gasolina era gratis y todos crecíamos convencidos de ser príncipes herederos.
No es fácil educarte de esa manera y salir adelante cuando, de un día para otro, se desvanece ese sueño y amaneces en un país de petróleo barato y en Latinoamérica.
 ¿Cómo era la Venezuela Saudí? El reino del despilfarro. 
Una boda en esa Venezuela tenía como mínimo 2.000 invitados.
 La carpa y la decoración disponían de todo tipo de motivos temáticos importados, desde Versalles a una jungla tropical de ensueño.
 Champagne, Pepsi cola y whisky eran bebidas que considerábamos propias y consumíamos casi sin límite.
 El traje de novia tenía que superar los 5.000 dólares de entonces, algunas importaban coronas de Cartier que viajaban en avión privado mientras la televisión anunciaba medidas económicas que encarecían el pan y la leche.
 Un mundo de contradicciones que muchos encontraban divino y que enriqueció a pocos. 
En algunas fiestas se regalaban Rolex.
 El chorro de dinero que depositaba el petróleo en las arcas públicas incentivó la corrupción al punto de convertirla en la auténtica identidad del país. 
Tan saudíes nos volvimos que los propios saudíes venían a visitarnos admirados. En la alta sociedad y alrededores se pusieron de moda matrimonios con miembros de esa extensísima familia real. 
Algunas madres caraqueñas se lamentaban al ver casar a sus hijas católicas por el rito musulmán, sobre todo por el velo y andar ocultas.
 Pero se resignaban cuando les garantizaban que debajo de esos velos podían llevar joyas y zapatos comprados con tarjetas de crédito sin límite.
Desde entonces, tengo la sospecha que tanto gente como países nos vendemos con demasiada facilidad a los sauditas. 
Encuentro igual de brutal el crimen del periodista Khashoggi como la capacidad de compra y chantaje que la monarquía saudita tiene sobre el mundo entero.
 Aunque está muy preparado, el príncipe heredero no funciona. Pese a la serenidad que intenta transmitir, se sienten nervios y eso genera poca empatía.
 Siempre he estudiado mucho el lenguaje corporal de los príncipes herederos, de Carlos de Inglaterra pa’ bajo, porque creo que es lo poco que podemos aprender de ellos
. Y a mí, el príncipe heredero saudí, no me convence.
 Le veo tenso. Es probable que, como sucede con otros miembros de familias reales, sea una persona que vive de una forma remota, alejada de cualquier realidad que no sea la real.
 Y cuando la realidad le alcanza no sabe cómo realizarse y actúa como en un reality.
 
La reina Sofia en la 33ª edición de la entrega de los premios de Pintura BMW, en Madrid, el pasado martes.  
La reina Sofia en la 33ª edición de la entrega de los premios de Pintura BMW, en Madrid, el pasado martes. GTRES
Con todo eso en la cabeza acudí a presentar los premios Iris que otorga la Academia de la Televisión.
 El premio Jesús Hermida a la trayectoria profesional recalaba en Ana Blanco, la reina absoluta del Telediario de TVE. 
Al recibir el galardón, Blanco se excusó de tener que dar tantas malas noticias, “pero nuestro deber es informar de la actualidad”. Me entraron ganas de preguntarle qué consideraría una buena noticia hasta que me di cuenta de mi falta de originalidad. 
Entonces le comenté que antes Khashoggi era solo apellido de millonarios y ella, un poquito tensa, susurró “va a traer cola”.
Pues sí, ha traído cola y turbante. 
Tanto que se nos ha olvidado un poquito que la reina emérita, doña Sofia, cumplirá 80 años en breve y no hay plan de celebración oficial.
 Casi me dio un poquito de pena hasta que vi las fotos de su hija, la infanta Cristina, llegando radiante al estreno de un musical en la Gran Vía. 
Entonces entendí que la emérita no iba a estar sola para celebrar su cumpleaños.
 Cristina está normalizando a toda mecha sus visitas a Madrid, junto con sus hijos menores que disfrutan las vacaciones de mid-term, un tipo de asueto del que gozan en otoño los niños privilegiados, saudíes, latinos o sajones, que estudian en colegios carísimos y que suelen emplear estos días para hacerse más pijos y viajar.
 Así, coquetos y relajados, podemos imaginar que para la imagen real sería impagable que la joven doña Leonor le dedique un ramo a su abuela en su cumpleaños, dejando completamente en el olvido el remo que le regaló en Palma de Mallorca.
Es por eso, para dejar caer un velo sobre los pequeños errores de nuestras monarquías occidentales, que hacen tanta falta familias reales como la de Arabia Saudí.
 Para que cuando queramos tapar esos desaciertos, descubramos los que ellos ocultan bajo sus túnicas salpicadas de petróleo. 

 

26 oct 2018

Najwa Nimri: “Nunca revisaba la cuenta, nunca ahorré y un día me metí una hostia”

Encandiló hace 20 años, se borró para criar a su hijo (y darse cuenta de que había sido muy 'generosa' con el dinero) y ahora le piden selfis los adolescentes por su papel en 'Vis a vis'. 

Hoy estrena película.

Najwa Nimri viste abrigo y gorro verdes de Prada. Como se puede observar, ya no se pinta los ojos de negro ‘no me hables que te muerdo’.
Najwa Nimri viste abrigo y gorro verdes de Prada. Como se puede observar, ya no se pinta los ojos de negro ‘no me hables que te muerdo’.
En ninguna película se la ha visto tan entusiasmada como en la habitación donde nos encontramos, mientras se prueba ropa para ser fotografiada para ICON e insiste en ponerse la funda del traje. Mientras Najwa Nimri (Pamplona, 1972) explica con orgullo que se ha cortado y teñido el pelo ella misma en su casa (con la ayuda de un tutorial de YouTube), se acuerda de que para su nueva película, Quién te cantará (estrenada el 26 de octubre), el director (Carlos Vermut) descartó dos pelucas de 9.000 euros cada una para quedarse con “una del chino” de 30 euros.
Carlos Vermut es el científico loco que la ha transformado en su monstruo: 
“Me sentí como la criatura de Frankenstein, aunque bellísima porque me miraba él. 
Mi trabajo ha consistido en entender su mundo interior. Por eso ahora somos amigos. 
Mi personaje, Lila, es una diva antigua. Mina. Marisol.
 Un poco de mí en el disco 'Cuando rugen los volcanes' y de Naomi Chiaki, una cantante japonesa de los setenta”.
 La actriz asegura que esta es su película favorita de toda su filmografía.
 Y ni siquiera ha comenzado la entrevista. “¿Qué? ¿Estás apuntándolo todo ya?”.
Han pasado 20 años desde Los amantes del círculo polar, un clásico generacional que ella recuerda como “el final de una poesía, de un romanticismo, la película los agarró… y se fueron. 
Ya no existen”. No me diga que no van a volver. 
“El mundo es mucho más duro, tío.
 Aquel fue un momento precioso y hay una generación que todavía recuerda que existió ese vals.
 Los niños ahora están jugando con consolas matando gente”. 
Pero algunos nos enamoramos con Ana y Oto y también jugábamos a videojuegos. 
“Pero no con tus amigos sincronizados. Ahora no hace falta que salgan a la calle para ver a sus colegas.
 Ha cambiado el paradigma. 
 Por eso la poesía de Carlos Vermut tiene que ver con algo más crudo, más despiadado”, responde 

Quién te cantará, un melodrama fantasmagórico rodado como si estuviera ocurriendo solo en la cabeza de alguna de sus cuatro mujeres protagonistas, trata sobre la no identidad y Vermut, el director, empezó por quitarle a Najwa la suya: su voz (reemplazada por la de Eva Amaral cuando canta: 
Najwa interpreta a una exitosa vocalista que desaparece misteriosamente), sus cejas y su vanidad. 
“Por primera vez me importa poco mi participación y lo que hago. Me importa más la película que yo. 
La obra es lo más importante”.
Su personaje, una diva amnésica, se enfrenta al mismo misterio que el público lleva dos décadas intentando desentrañar: ¿cómo es Najwa Nimri? Ella lo desarma. 
“Mi misterio tenía que ver con que me llamo Najwa, me pintaba los ojos muy negros y, como no me gustaba la gente, hablaba poco. Ahora no.
 Ahora soy mayor y ya no me da miedo la gente”. 
Su irrupción en la cultura pop española como actriz y cantante de electrónica la mostró como una artista exótica, exportable y muy moderna. 
Quizá la actriz menos folclórica que habíamos tenido hasta entonces. 
Y luego estaba esa voz, siempre varias frecuencias por debajo de las de sus compañeros de reparto.
 “Yo quería hablar de una forma que te metiera en un ambiente, así que lo forcé. 
Pero luego me quedé sin voz, me operaron y se acentuó. Básicamente, mi misterio en la voz es por un defecto de cuerdas vocales.
 Las tengo muy separadas. Pasa mucho aire”.

De puntillas y aguantando la risa, la cantante y actriz luce vestido de Loewe y pendientes de la colección Wip de Glenda López.
De puntillas y aguantando la risa, la cantante y actriz luce vestido de Loewe y pendientes de la colección Wip de Glenda López.
Nimri celebró los 40 posando desnuda (“me pagaron y me dejaron llevar a mi fotógrafo”, recuerda) y regalando un titular igual de desnudo:
 “Los tíos sois unos cerdos y me encanta”.
 ¿Estaba su imagen sujeta a la mirada masculina? “Hablé de cómo mira un director y concretamente de Asfalto, que dirigió mi entonces marido [Daniel Calparsoro], donde yo me enrollaba con otros dos tíos. 
Delante de él. 
Haciendo cine. Surgió una situación de cachondeo real, porque yo no me desnudaba del todo pero hubo un momento de pezones erectos, el otro, palote, y mi marido rodando”, recuerda. 
“Me he sentido peor con mujeres y con hombres que parecía que entendían la sexualidad con una visión benevolente y dulce. 
 La gente que menos sustos me ha dado son los que hipotéticamente eran más sucios y turbios”.
Tras cinco años sin actuar. 
Tiempo que pasó componiendo y criando a su hijo (“estaba separada y dependía sobre todo de mí”), Najwa Nimri regresó para reclamar su trono como ídolo de toda una generación.
 Y ya va por la segunda. Zulema, el “elfo del puto infierno” de Vis a vis, hace que no haya gorra suficientemente capada ni pintalabios suficientemente rojo como para que hordas de adolescentes no le pidan selfis.
 Tras cuatro temporadas, Zulema, la tipa más mala de la televisión nacional, se va quedando dentro: 
“De cabeza salgo muy rápido porque me lo preparo mucho, pero vas a comer y la mano te tiembla. 
El cuerpo tiene memoria. Yo, que no tengo ni medio golpe, tengo un clic que ya es mío. 
El otro día un conductor me dijo: ‘¿Qué? ¿Te crees que hay un paso de cebra?’, me encaré con él y mi hijo me decía: ‘¿Dónde vas, flipada? Mamá, cállate por favor”.
 Para exorcizarse de Zulema, se va al mar. Y a veces a Port Aventura. 

En la vida real Najwa se lleva bien con casi todo el mundo. 
“Soy más de pelearme con el poder. 
Maribel Verdú me dijo una vez: ‘Ay, hija, de verdad, pareces una niña, si sabes que vas a perder’. 
Ella sabía cómo hacerlo de otra manera y dije: 
‘Mira qué lista, y qué tonta yo”. Tonta en absoluto, un poco desorganizada sí: cuando el dinero se acabó, descubrió que llevaba años pagando el ADSL de todos los pisos donde había vivido.
 “El único consejo que le puedo dar a alguien más joven es que se administre.
 Yo nunca revisaba la cuenta, nunca ahorré y un día me metí una hostia. 
Las nuevas generaciones son mucho más conscientes, tío, se meten en la espiral del éxito sabiendo que va a acabar. 
Es más realista, que es lo más bonito de todo”.
 A ella la realidad le interesa, pero no para comentarla en público. Y eso que en el 11-S y el 11-M la llamaron de todos sitios para opinar, por árabe (Nimri) y por vasca (Urruticoechea). 
“¿Qué te voy a contar yo? No, hombre, yo tengo un poco de respeto.
 No es mi vaina, no por si no me contratan, es que no creo en la política.
 Yo solo puedo hacer letras de una tipa que está en Serrano componiendo canciones”.
 Su próximo disco conecta con Kase.O, C. Tangana o La Mala. Najwa entra en el personaje y se gusta susurrando con ritmo un adelanto: 
“Desayuno un café, dos cafés, tres cafés, y ahora a correr como si no hubiera un mañana.
 Empieza la jornada. En el parque hay runners, barcas, cuervos, gorditos, pederastas y caras lavadas.
 Yo voy bien maquillada”.

 

La mujer que se jugaba la vida por Hitler tres veces al día

Una novela resucita el caso de Margot Wölk, única superviviente del grupo de 15 catadoras organizado para que el dictador no muriera envenenado.

   

Margot Wolk
Hitler, en un almuerzo en el campo. Getty Images
Cada mañana durante cerca de dos años Margot Wölk (Berlín, 1917-2014) recorrió en autobús, rodeada de soldados de las SS, la distancia que separaba la casa de sus suegros en la Prusia Oriental de la Guarida del Lobo, el complejo militar desde el que Hitler trataba de no perder la Segunda Guerra Mundial.
 Allí ingería, angustiada, manjares al alcance de muy pocos en una Alemania devastada por la economía de guerra, consciente de que cada bocado podía ser el último. 
Wölk era una de las 15 mujeres que probaban la comida de Hitler antes que él para evitar que muriera envenenado por sus enemigos –reales o imaginados– y fue la única que sobrevivió a la contienda, tras la que se sumió en un silencio que duró décadas y que solo rompió al final de su vida.
 Ahora Rosella Postorino (Reggio Calabria, 1978) ha llevado a la ficción esta historia de lucha por la supervivencia, amor y culpa en la novela La catadora (Lumen).
Margot Woelk en Berlín en 2013.
Margot Woelk en Berlín en 2013. AP
“Ella mantuvo vivo el nazismo y a Hitler.
 No era de las SS pero estuvo en contacto con el mal absoluto, se enamoró de un nazi, perdió a personas a las que amaba y que no supo proteger y sentía una culpa enorme por todo eso.
 Al final sobrevivió, como hicieron tantas mujeres de ese siglo, pero para vivir como una persona que no tenía redención posible”, cuenta Postorino a EL PAÍS para hablar de la protagonista de su novela, Rosa Sauer, y de Wölk como si fueran una única mujer.
La catadora habla del instinto de supervivencia que prevalece por encima del horror.
 Wölk escapó del refugio de los jerarcas nazis en el tren de Goebbels, al que accedió gracias a un SS con el que tuvo una relación.
 Sus compañeras fueron fusiladas por el Ejército Rojo. 
Tras sobrevivir, y colaborar con la barbarie nazi, fue víctima de la brutalidad de los soldados soviéticos que la violaron y maltrataron durante 14 días.
 Después, un muro de silencio, el recuerdo del horror, la culpa del superviviente de la que habla Primo Levi.
Hitler no comía bien, su dieta era un alarde de desequilibrios con cierta predilección por las habas de soja, tenía serios problemas estomacales y se atiborraba de pastillas contra la flatulencia. 
Las catadoras tenían que probar todos los platos una hora antes y esperar para ver si estaba en condiciones o, por el contrario, iban a morir envenenadas.
 Algunas lloraban mientras tragaban.
 Para Wölk, comer nunca volvió a ser lo mismo.
 “La vecina de Margot en Berlín me dijo cuando estaba investigando para la novela que era una persona difícil en la mesa. Comer, el gesto principal que hacemos todos para poder vivir, se había visto alterado a partir de ese momento por la experiencia de haber sido catadora de Hitler y eso no lo podría superar nunca”, reflexiona Postorino. 

Wölk se jugaba la vida tres veces al día por Hitler pero nunca lo conoció. 
El dictador aparece en la novela siempre en boca de otros, como deidad o ridiculizado,
 “alguien que dispone de la vida de los demás pero que es invisible”. 
El humor y la ironía recorren el libro como hicieron también en la vida real de estas jóvenes convertidas en esclavas. 
Postorino cree que es una de las pocas maneras que tenemos de sobrevivir frente al horror.
 Cuando se le pregunta por la apuesta por la primera persona para la narración, la escritora italiana habla de la obsesión en que se convirtió el caso cuando lo conoció, la frustración tras la muerte de Wölk la misma semana que iba a hablar con ella, el recurso a la ficción con una pregunta siempre gobernando la acción literaria: “¿Qué habría hecho en una situación de precariedad existencial tal que me hubiera empujado a hacer esa concesión: arriesgar mi vida tres veces al día para sobrevivir?”

Amor y muerte en la barbarie

La escritora Rosella Postorino.
La escritora Rosella Postorino.
Cuando Rosella Postorino se entera del caso de Margot Wölk se lanza a una carrera desesperada para hablar con ella que se frustra con su muerte.
 Empeñada en contar la historia, Postorino se documenta a fondo para construir la ficción.
 "Para ser fiel al contexto histórico he tenido que estudiar muchísimo: la alimentación del Führer, con las recetas de los platos que comía, cartas, entrevistas, libros, escuchas telefónicas, testimonios, perfiles psicológicos, novelas ambientadas en esa época.... 
Un estudio muy vasto que me ha permitido conocer los detalles para darle credibilidad al relato", cuenta la autora de La catadora (Premio Campiello en Italia) que aclara que solo ese contexto y las líneas generales de la vida de Wölk, Sauer en la novela, son reales.
 Lo demás, queda para la ficción. 
"En mi novela lo que se desprende es que estas mujeres que están siendo tratadas como cobayas, que están en una prisión, son casi esclavas aunque les paguen, y la única manera de sobrevivir es con relaciones que contemplan la frivolidad, las peleas por una tontería... y sobre todo que todas ellas con su dignidad aplastada recurren al amor como forma de defender la dignidad del ser humano", cuenta.