Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

31 mar. 2020

El agua micelar que le podría arrebatar el primer puesto a la de Bioderma

El agua micelar que le podría arrebatar el primer puesto a la de Bioderma, la más vendida en farmacia.

Hablamos de Sensibio H2O, de Bioderma, y de Agua Micelar 4 en 1, de Isdin.

 Una farmacéutica experta en dermocosmética nos enseña a diferenciar cuál funciona mejor en cada tipo de piel.

Agua Micelar 4 en 1 Isdin
Agua micelar Foto: @ Getty Images
En los últimos tiempos algunos productos de farmacia han alcanzado el estatus de culto: el bálsamo de dos euros de Suavina, la crema antiarrugas favorita de las maquilladoras, o la ya icónica crema Xhekpon (la rumoreada favorita de Isabel Preysler)… 
Entre todos ellos hay un agua micelar que se mantiene un año tras otro entre los productos de cuidado facial más vendidos en las farmacias y que merece un capítulo propio: Sensibio H2O, de Bioderma.
 Un un agua micelar concebida para desmaquillar y limpiar las pieles sensibles al que numerosas celebridades le han declarado devoción (la influyente francesa Jeanne Damas o la modelo Magdalena Frackowiak, entre otras) que parecía no tener rival.
Sin embargo, junto a la de Bioderma, hay otra agua micelar que ha alcanzado una valoración casi perfecta en Amazon por sus usuarios: el Agua Micelar 4 en 1 de Isdin, con 4,5 estrellas sobre cinco.
 La mayoría de las críticas destaca que limpia sin resecar la piel y que funciona bien incluso en pieles sensibles.



Pero si toda agua micelar es un producto compuesto por micelas que atraen la suciedad, el maquillaje o las impurezas, ¿cuál es la diferencia entre una y otra? Estefanía Blanco, farmacéutica especializada en dermofarmacia, nos ayuda a comparar estos dos productos estrella.
“La estructura básica del agua micelar es, en su mayoría, agua, con una pequeña cantidad de tensioactivos no iónicos, responsables de formar las micelas.
 Seguramente la más efectiva será la que más cantidad de tensioactivos tenga, pero no por ello esa será la de mejor calidad: es importante buscar un equilibrio para que el producto funcione sin alterar la piel”, nos explica.
 “También las hace diferentes el tipo de agua que llevan.
 Las aguas micelares de calidad respetan el pH de la piel y limpian sin alterar las propiedades cutáneas”.
LA COMPARATIVA: SENSIBIO H2O DE BIODERMA Y AGUA MICELAR 4 EN 1 DE ISDIN

 

1. Sensibio H2O, de Bioderma.

 

¿Para qué sirve?
“La particularidad de esta agua micelar es que, al contener la patente DAF, es capaz de subir el umbral de tolerancia de la piel.

 Un agua micelar es un producto de limpieza que por las características que tiene es capaz de retirar además el residuo graso que existe en superficie, por ello se posiciona como un producto 2 en 1: es un limpiador y un desmaquillante”.
¿En qué tipo de pieles funciona mejor?
“Puede funcionar bien en cualquier tipo de piel.

 De hecho, está incluso recomendada para pieles sensibles ya que aumenta su tolerancia, pero sí que es cierto que en una piel grasa puede que este formato se quede un poco corto y haya que complementarlo con un gel o espuma limpiadora”.

Lo que dice la marca…
“El agua micelar Sensibio H2O presenta una fórmula dermatológica innovadora para una analogía biológica perfecta con la piel.

 Los ésteres de glicerol que forman las micelas son similares a los fosfolípidos de las membranas de las células cutáneas, por lo que participan en la reconstitución natural del manto hidrolipídico de la piel.”
Lo que dice esta farmacéutica…
«Podría ser una buena opción como limpiador único para quienes siempre van con prisa y para quienes están enamorados del formato por su facilidad de uso.

 En emergencias o viajes son siempre un producto preferible a no retirar el maquillaje o dejar la piel sin limpiar. 
Si lo combinamos con otro limpiador, puede aportar un plus desmaquillarte haciendo del proceso de limpieza una rutina más completa. 
 La he recomendado en pieles muy sensibles, incluso en personas con rosácea y se tolera muy bien: sí que es cierto lo que dice el laboratorio, que es apta para todo tipo de pieles».
Sus ingredientes son…
AQUA/WATER/EAU, PEG-6 CAPRYLIC/CAPRIC GLYCERIDES (Emulsionante/Sulfactante), FRUCTOOLIGOSACCHARIDES (Hidratante/Humectante), COMPLEXE BREVETÉ D.A.F (Patente desensibilizante de Bioderma, aumenta el umbral de tolerancia de la piel), CUCUMIS SATIVUS (CUCUMBER) FRUIT EXTRACT (Suavizante), PROPYLENE GLYCOL (Hidratante/Humectante), CETRIMONIUM BROMIDE, DISODIUM EDTA. [BI 446]

¿Qué otros usos tiene además de la limpieza?
“Algunos de mis colegas, detractores de este tipo de limpiador, te dirían que funciona muy bien como limpiador de superficies, pero en mi opinión y desde el análisis de su composición, es un producto muy válido para ocasiones puntuales o de urgencia, para complementar a otro limpiador o para cuando tenemos que hacer más de dos limpiezas al día (personas que hacen deporte, por ejemplo), ya que no conviene utilizar tan a menudo los otro tipo de limpiadores”.

Su precio…
Existe hay en varios formatos, el de 500ml. tiene un precio recomendado de 15,95€, pero la puedes encontrar en Amazon por 12,90€.

¿Para qué sirve?
“Las funciones son las mismas que las del agua micelar de Bioderma, pero con la diferencia de que ésta no estaría indicada para subir el umbral de tolerancia de la piel. 

Se posicionaría como un agua micelar sin alcohol con activos hidratantes.” 

¿En qué tipo de pieles funciona mejor?
“Todo tipo de pieles sin patología. Para pieles sensibles, mejor Sensibio de Bioderma”.

¿Qué otros usos tiene además de la limpieza?
“Limpiador y desmaquillante. 

Cabe recordar que el maquillaje es un residuo graso que no siempre se retira de forma eficiente con otro tipo de limpiadores”.
Lo que dice la marca…
“Limpia la cara con suavidad sin alterar la barrera cutánea, desmaquilla retirando incluso el maquillaje resistente al agua y de larga duración”.

 En la firma lo consideran un producto 4 en 1 y añaden dos beneficios más: 
“Tonifica (reduce el tamaño del poro, dejando una piel notablemente más uniforme) e hidrata (su base acuosa y sus ingredientes naturales favorecen la hidratación)”.
Lo que dice esta farmacéutica…
“Es un producto que ha sido reformulado y relanzado por la marca, haciendo mejoras y convirtiéndolo en un producto más gentil para la piel.

 Es una buena opción si hablamos de aguas micelares, tiene más tensioactivos que el agua micelar de Sensibio pero no cuenta con el plus desensibilizante”.
Sus ingredientes son…
Water, Hexylene Glycol (Emulsionante/Sulfactante), Glycerin, Betaine (ambos Hidratantes/Humectante), Polyglyceryl-4 Laurate/​Sebacate, Polyglyceryl-6 Caprylate/​Caprate (ambos Emulsionantes/Sulfactantes), Cetrimonium Bromide, Disodium EDTA.

Su precio…
El formato de 400ml. tiene un precio recomendado de 10,15€. En Amazon, donde es el agua micelar más vendida, ahora por 9,50€.


Todo lo bueno que ocurre en la piel cuando duermes (y cómo potenciarlo)
Todo lo bueno que ocurre en la piel cuando duermes (y cómo potenciarlo)

 

La OMS avisa a España de que no basta con medidas de confinamiento para controlar la epidemia

La organización estima que a mediados de semana se alcanzará un millón de contagiados por el coronavirus en todo el mundo.

Michael Ryan, director del programa de emergencias de la OMS, durante su comparecencia del lunes en Ginebra. En vídeo, sus declaraciones. AFP (VÍDEO: REUTERS)

La OMS espera que España e Italia estén cerca del punto de estabilización de la curva de contagios por el coronavirus, pero avisa de que para controlar realmente la epidemia no basta con las medidas de confinamiento. 

“Esperamos ver que los números se estabilizan, lo cual reflejaría que la exposición [a la Covid-19] empieza a bajar a medida que el tiempo avance”, comentó este lunes el director del programa de emergencias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), Michael Ryan, en una comparecencia en Ginebra

 “¿Podemos esperar que España e Italia estén cerca de ese punto? Sí, pero… Todo el mundo habla de la curva ascendente y de estabilización.

 La pregunta es cómo bajar la curva.

 Y bajar la curva no es solo el confinamiento y ya. 

Para reducir los números, hay que duplicar los esfuerzos de los sistemas de salud”, insistió el representante de la OMS. “No bajará por sí misma, se tiene que forzar. Eso es en lo que necesitamos que los países se concentren ahora”. 

La pandemia sigue creciendo en el planeta. 
Según los datos de la OMS divulgados este lunes, el total de contagiados está ya en 693.224, con 66.000 nuevos positivos diagnosticados en el último día, lo que supone un récord.
 Al actual ritmo, que además muestra una tendencia a acelerarse, se espera alcanzar el millón de afectados globales a mediados de esta semana.
Los fallecidos por la pandemia, que afecta a más de 200 países y territorios del planeta, ascienden a 33.106, es decir, 3.000 más que en la jornada anterior, conforme a las estadísticas del organismo, con sede en Ginebra.
 Según los datos de las distintas autoridades sanitarias de los países afectados, dos naciones sobrepasan ya los 100.000 contagiados: Estados Unidos (145.000) e Italia (101.000), aunque esta última reportó este lunes el número más bajo de nuevos casos diarios de las últimas dos semanas.

A pesar de estas cifras globales, el director del programa de emergencias de la OMS se mostró esperanzado con la situación de países como España e Italia.
 “Los casos que vemos ahora realmente reflejan la exposición de hace dos semanas; es como cuando estamos observando galaxias con un telescopio y estamos viendo la luz de hace miles de millones de años”, señaló Ryan.
“Lo que se observa con las medidas de distanciamiento físico y órdenes para quedarse en casa es que baja de forma significativa el número de contactos por caso.
 Esto significa que menos personas han estado expuestas a esos casos de lo que hubiera sido hace dos semanas. 
Menos gente está expuesta al riesgo”, incidió el representante de la OMS, apoyando las duras medidas puestas en marcha ya en muchos países.
No obstante, incidió en que una cosa es estabilizar la curva de casos y otra muy distinta conseguir bajarla hasta cero.
 Para eso, avisó de que se necesitan medidas de salud pública. Como especificó, “si comparamos a Italia y España con lo que pasó en Wuhan, la diferencia principal es que en Wuhan no solo encerraron a la gente, sino que siguieron buscando los casos”.
En este mismo sentido, la epidemióloga Maria Van Kerkhove insistió tanto a España como a Italia en que el confinamiento da un tiempo que debe aprovecharse “para seguir buscando agresivamente los casos de coronavirus”, aislando a los contactos y tratando a los infectados.
 “Es la forma de bajar la curva”, comentó.



 

 


 

Munch y el arte del susto

Los museos han cerrado sus puertas, pero la contemplación del arte sigue abierta. 

Cada día, recordamos la historia de una obra que visitamos a distancia. Hoy: ‘El grito", del pintor noruego.

'El grito' (1893), de Edvard Munch.
'El grito' (1893), de Edvard Munch.

 

30 mar. 2020

La verdadera historia de aquel ‘¡Mírala!’

¿Cómo nació realmente ‘La puerta de Alcalá’? ¿Y los homenajes matritenses de Marwan o Hilario Camacho?

Portada del disco 'Para la ternura siempre hay tiempo' (1984), de Ana Belén y Víctor Manuel.
Portada del disco 'Para la ternura siempre hay tiempo' (1984), de Ana Belén y Víctor Manuel.

Fernando Neira

¿Se acuerdan de cuando aún paseábamos por Madrid? Sí, esta ciudad engancha.

 Aquí van otras nuevas intrahistorias de canciones inspiradas en la Villa y Corte.

 Entre ellas, quizá la más coreada de todos los tiempos… 


Hilario Camacho fue un alma libre y un espíritu atormentado, un muchacho de infancia traumática al que le costaba “sentir afectos” y que debió afrontar la orfandad con solo 14 años. “Siempre le caracterizaron la melancolía y la ensoñación, y ambos elementos aparecen en Madrid amanece de manera muy clara”, anota el periodista Álvaro Alonso, que acaba de publicar una extensa y documentadísima biografía sobre el artista, El trovador de Chamberí (ediciones Sílex).

 Alonso sitúa la escritura de esta pieza en 1979, en su piso de la calle de José Abascal, “tras una de sus famosas escapadas en las que nadie sabía qué era de él e incluso llegaban a darle por muerto”.

 Madrid no es una ciudad amable en este retrato, que le atribuye amaneceres “con miradas de odio, egoísmo y desdicha”.

 Pero la canción triunfó por su hermosura y por un sonido muy cuidado (la produjo Joaquín Torres, entonces muy influido por el pop yanqui de Christopher Cross). 

Y Camacho, que provenía de la canción de autor, se granjeó incluso la simpatía en los círculos de la Movida.

 “Eran los tiempos en que compartía escenario con los Cucharada de Manolo Tena o participó, junto a Mamá y Nacha Pop, en el cartel del festival Nuclear a tope”, recuerda Alonso.

Hilario Camacho, durante un recital.
Hilario Camacho, durante un recital.SANTOS CIRILO
La Puerta de Alcalá, de Víctor y Ana
“Siempre se ha dicho que la compusimos borrachos.
 Es falso: éramos abstemios. 
Pero fumar…, sí fumábamos”. 
La risotada que resuena al otro lado del teléfono la emite Bernardo Fuster, cantante de Suburbano y coautor de uno de los éxitos más insólitos en la historia del pop español. 
El origen es una de aquellas coplas de ciego que Fuster y su compañero de piso en Argüelles, Paco Villar, le escribían en 1983 a Luis Pastor para el programa de TVE Visto y no visto, que presentaba Alfredo Amestoy con arrollador éxito. 
“Entre calada y calada, se nos ocurrió decir La Puerta de Alcalá, miralá, miralá y nos partimos de risa.
 Y a partir de ahí surgieron, con parecido cachondeo, las ocho estrofas en que íbamos contando la historia de la ciudad”.
La otra mitad de Suburbano, el guitarrista Luis Mendo, entendió que la canción se hacía muy monótona, y de ahí que incluyera un prólogo y epílogo diferenciados.
 Así quedó casi lista La puerta de Alcalá, que Mendo y Fuster registraron en 1985 junto a otros cinco temas en una maqueta que remitieron a todas las discográficas. 
El fracaso fue estrepitoso. “Todos nos dijeron que nuestras canciones eran buenas, pero en absoluto comerciales.
 Hasta que en CBS cayeron en la cuenta de que quizá esta pudiera servirles a Víctor y Ana, que estaban grabando un disco a medias y necesitaban una última canción para cantar entre los dos”.
 El resto es historia. “El día que Víctor y Ana estrenaban el disco en el Palacio de los Deportes”, desvela Bernardo Fuster, “a CBS se les olvidó invitarnos, las entradas estaban agotadas y yo me quedé sentado en un banco, en las inmediaciones del pabellón, por si se escuchaba algo.
 La puerta de Alcalá llegó en los bises y la gente se volvió loca. Regresé a mi casa alucinando:
 Después de tanto trabajar, el éxito me acaba llegando con una canción hecha casi de broma…”

Una canción extraordinaria y más bien desconocida de un grupo al que casi siempre podrían aplicársele esos dos mismos epítetos.

 La narcótica voz de Cristina Lliso y los versos inquietantes y sin rima de Alfonso Pérez definían a aquella banda, que aquí descubre la turbadora escena de un mimo inmóvil, un skin que pide monedas y un gigantesco Mel Gibson que “parece sonreír”, presumiblemente desde el Cine Callao.

 “No me acordaba muy bien de la letra”, se sincera Pérez tras pedir cinco minutos para recuperar ese disco, 

“porque siempre escribía muy deprisa, inspirado en técnicas de escritura automática”. 

La historia la ubicó en esa plaza “porque entonces estaba llena de esos cines que ahora se han convertido en tiendas de ropa o zapatillas deportivas”. 

Y el mimo estaba “sospechosamente quieto” porque “había escuchado de aquella que algunos mimos eran yonquis”.

 “La fuerza de los débiles era mi disco favorito de Esclarecidos”, se sincera el autor, “así que prometo aprovechar esta sorprendente llamada para volver a escuchármelo pronto…”.

Una canción de amor a la ciudad que nace de una idea muy sugerente: referirse a ella como si se tratase de una mujer deseada, de modo que el oyente no descubre la verdadera destinataria de los elogios hasta los versos finales.

 Marwan, ese cantautor de Aluche de labia cautivadora, padre palestino, madre soriana y poeta de éxito fulminante entre el público joven, se basó para ello en un texto de su hermano, el también escritor Samir Abu-Tahoun. 

“Se titula La matriz y en él ya está esa idea evocadora de Madrid como mujer.

 Era la primera vez que escribía a partir de un texto de otra persona y fue como una escritura en diferido a cuatro manos”. Con el recurso literario de la personalización, la idea de que Madrid merece ser vivida, sufrida y amada se intensifica. “Toda la vida quise escribirle una canción a estras calles”, se sincera Marwan, “pero no acababa de atreverme. 

Me pasó lo mismo con las que le dediqué a mi padre, a mi madre y a mi hermano: las canciones que más deseas escribir son las que te llevan mil años…”. En la grabación colaboró, por cierto, Jorge Drexler: un uruguayo y un medio palestino en las calles del foro. Puro Madrid, vaya.

 

A Los Seguidores de este Blog

Hola . Les ruego se vuelvan a poner porque no aparecen y yo no los quité. Se los agradezco si lo hacen. Buen Dia y Buena Semana.


29 mar. 2020

El destino desigual de los tres hijos de Lucia Bosé

Miguel, Lucía y Paola Dominguín viven distanciados no solo geográficamente, hasta su muerte su madre era el nexo de unión.

Lucia Bosé, con sus hijos Lucia, Miguel y Paola y una de sus nietas.
Lucia Bosé, con sus hijos Lucia, Miguel y Paola y una de sus nietas.Europa Press Reportajes / Europa Press
 
Mábel Galaz 

 Lucia Bosé era “la mami” no solo para sus tres hijos, también para sus amigos más cercanos. 

La actriz, fallecida el lunes a los 89 años, alardeaba de desapego

 Aseguraba que cuando los suyos cumplían 17 años les abría la puerta y les invitaba a descubrir el mundo. 

Pero lo cierto es que Bosé era una mujer familiar a su estilo como lo son sus descendientes.

 Ellos viven distanciados geográficamente y puede pasar mucho tiempo sin que tengan contacto, pero aún así aseguran que están unidos. 

Su madre ha facilitado la unión entre ellos ya que pasaba temporadas con Miguel en su espléndida casa de México y visitaba a Lucía y Paola en el pueblo del interior de Valencia en el que residen. 

Y es que el destino y la vida de los hijos de Lucia Bosé son muy diferentes.

Miguel Bosé rompió su norma de no hacer concesiones a los sentimientos en público para brindar un homenaje a su madre en las redes sociales con una versión de su canción Te amaré. 
 Lo hizo desde México, donde recibió la noticia de la muerte de su madre, a la que adoraba pero con la que estuvo casi 10 años sin hablarse.
 El último viaje del cantante a España data del pasado verano cuando llegó con sus dos hijos, Tadeo y Diego, y se reunió con Ivo y Telmo, los dos que ha criado con Nacho Palau, con quien estuvo durante 26 años.
Miguel Bosé estaba citado en los tribunales 24 horas después del día en que murió su madre por la demanda interpuesta por quien fue su pareja pero el juicio se suspendió por el coronavirus. Tampoco estaba confirmada su presencia porque el cantante evita estar en España tras estallar el conflicto con Palau.

Lucia Bosé quería mucho a Palau y él a ella.
 No habían perdido el contacto pese la separación de la pareja. 
La mami le visitaba en Chelva donde vive con sus dos hijos, a los que la actriz trató siempre como nietos. 
 El destino quiso que las hermanas del cantante se instalaran hace tres años en Vilamarxant, a media hora de Valencia, un pueblo del interior a 50 kilómetros de donde reside Palau.
 Lucia Bosé no solo no ha ocultado sus visitas a Chelva si no que ha publicado fotos en Instagram de su presencia.
Las hermanas del cantante viven muy modestamente en una casa que ellas han colaborado a restaurar y donde cultivan un huerto. Primero se instaló Paola y luego llegó Lucía.
 Las dos han encontrado allí su refugio después de tiempos convulsos en los que se quedaron sin amor y sin trabajo.
 Ambas están separadas y los negocios que comenzaron no prosperaron.
 Lucía se arruinó con el Rocamador, el hotel que abrió en Extremadura con su entonces marido, Carlos Tristancho, padre de sus dos hijas menores. 
El establecimiento cerraba a la vez que ella daba un portazo a su matrimonio.
 Paola también rompió su matrimonio con Manuel Villalta con quien tuvo una hija, Alma, y decidió volver a empezar en otro lugar. 
Una ruptura dolorosa como lo fue la de Jose Coronado, padre de su hijo Nicolás.
 Paola ahora trabaja como artesana y realiza alguna colaboración con su amigo el modisto Francis Montesinos, quien la subió a la pasarela como modelo.

A Lucía la vida le arrebató a Bimba, su primogénita, un golpe del que todavía no se ha recuperado.
 En Valencia también vive Olfo el único varón, un joven que coqueteó con la prensa del corazón y los realities y le costó una reprimenda de su tío Miguel, que le tachó de la lista. 
No es habitual que Lucía, que igual que Paola mantiene el apellido Dominguín, hable con los medios de comunicación.
 Quien sí lo hace algo más es Paola que ha acudido a los platós de Telecinco con el correspondiente enfado de su hermano.
 Miguel huye del foco mediático pero ellas lo buscan en ocasiones por necesidad.

 

Juguemos con la sutilidad de los diálogos...............Dime Jose sin Tilde

  1. JJuguemos con la sutilidad de los diálogos
en este vacío de la comunicación indefinida.
Provoquemos entre nosotros algo ambicioso
que provoque reacciones nunca inocuas
entre los que nos miren como observadores.
Que vean que, hablándonos, nos miramos
serenos y llenos de intencionalidad,
capaces de lanzarnos atrevidos mensajes
que, a veces, traspasan la frontera vital
de las caricias no forzadas más sublimes.
Nuestra conversación aún no está escrita
y su historia está en lo que no se cuenta,
en el luminoso instante, anterior y posterior,
de cada uno de los gestos de tus labios
abriendo las puertas a la fragancia
de tus siempre esperadas palabras.
Para algunos, simples observadores,
simples y meras palabras encadenadas.
Para nosotros, que dialogamos,
la construcción de un espacio
en el que, sin  darnos cuenta,
fuimos entrando hasta permanecer,
como en una no dominada resaca
sobrevenida tras beber copa tras copa,
de la que nos va quedando su olor,
y el recuerdo, en momentos inesperados,
de aquellos en los que afloraba tu voz.

Dialogar contigo. Mirarte. .........................Huequitos de Sol

Dialogar contigo.
Mirarte.

Verte mariposa
como flor no abierta
bajo un cielo estrellado.
Contemplar el tornasol
de tus ojos convertidos
en astros de cristal,
en el sereno nocturno
de aquel claro de luna,
junto al tenue soplo
que viene del mar.
Lo inesperado
no es amarte,
sino dejar de olvidar
el sabor denso que deja,
como el café negro,
tus silencios
y tu ausencia.
Lo inesperado
es dejar de nadar
sobre el mar de la duda
para nunca dejar
de acariciarnos
con armonía.
Contemplar el tornasol
de tus ojos convertidos
en astros de cristal,
en el sereno nocturno
de aquel claro de luna,
junto al tenue soplo
que viene del mar.
Lo inesperado
no es amarte,
sino dejar de olvidar
el sabor denso que deja,
como el café negro,
tus silencios
y tu ausencia.
Lo inesperado
es dejar de nadar
sobre el mar de la duda
para nunca dejar
de acariciarnos
con armonía.

El mundo sin nosotros............................... Elvira Lindo.

Necesitamos imaginar que esta experiencia colectiva, traumática, nos hará, por así decirlo, mejores personas. Más atentos a lo esencial, menos anhelantes de lo prescindible.

La Gran Vía de Barcelona, prácticamente vacía, durante el estado de alarma.
La Gran Vía de Barcelona, prácticamente vacía, durante el estado de alarma.
Trataba de concentrarme en la escritura cuando, de pronto, una sinfonía de gritos chillones me llegó desde la terraza.
 Pasaba lo que nunca había ocurrido: que el canto de los pájaros era perceptible a los oídos. 
Allí estaban, agolpados, glotones, atraídos por las macetas donde comienza a brotar la primavera. 
Eran gorriones. Traté de imaginarme el Retiro, a un paso, disfrutando mi parque del aire limpio y de un silencio solo interrumpido por el vibrar de cientos de especies que hacen latir su tierra y que son invisibles a nuestros ojos.
 Viajé con la imaginación a la ribera del Manzanares, donde la naturaleza ha agradecido el mimo de los últimos años, que ha servido de llamada a gaviotas, abubillas, patos, jilgueros, galápagos, garzas reales. 
¿Habrán llegado nutrias a bañarse entre sus juncos como esa foca que el otro día se burlaba de nuestro confinamiento a orillas del Urumea? 
La vida natural está al acecho para volver al mismo lugar de donde fue expulsada. 
El científico Alan Weisman imaginó en el libro Un mundo sin nosotros qué ocurriría si desapareciéramos de nuestras ciudades. ¿Cuánto tiempo tardaría el mundo vegetal en quebrar el asfalto? No mucho: en mi acera ya parece que quiere brotar el musguillo, libre de nuestras pisadas.

Queremos pensar que esto provocará un cambio en nosotros. Necesitamos imaginar que esta experiencia colectiva, traumática, nos hará, por así decirlo, mejores personas.
 Más atentos a lo esencial, menos anhelantes de lo prescindible. Pero eso no ocurrirá si no aceptamos que el cambio afecte a la manera en que hasta ahora hemos vivido.
 ¿Cuánto tiempo han tardado los políticos en volver a enzarzarse a esa manera suya, tramposa, que finge estar impulsada por el bien común? 
¿Cuánto han tardado en avergonzarnos? Los cantos de unidad son un regalo envenenado, envuelto siempre en la mezquindad grosera: los medios derechistas hablan de “las infectadas” cuando se refieren a las mujeres del 8 de marzo.
 Como si no hubiéramos estado apiñados en los estadios, en mítines o en bares hasta que se nos prohibió. 
Todos los Gobiernos han llegado tarde.
 Expulsados de su hábitat, azotados por la sequía, huyen, igual que hacemos nosotros cuando nos vemos amenazados. 
Sus virus saltan hasta nuestras bocas no solo porque se vendan en los mercados, también porque los sometemos a un amontonamiento brutal.
La prensa nos regala estos días artículos que pueden arrancarnos de nuestro estado de perplejidad y señalarnos un camino de salvación. La periodista experta en epidemias, Sonia Shah, publicaba una pieza, ‘Contra las pandemias, la ecología’, en Le Monde Diplomatique, y en la misma línea lo hacía en este periódico Marcos Cueto, historiador de la medicina.
 Abrumados como estamos por los muertos y los enfermos, liderado el mundo por presidentes reaccionarios, Trump, Bolsonaro o Johnson, se nos puede escapar lo que ya se venía advirtiendo desde hace tiempo, que las pandemias son una consecuencia de la deforestación, de la industrialización masiva de la carne, de una sanidad esquilmada, de la violencia con la que hemos intervenido en el espacio natural. 
No escuchábamos el clamor de estas razones porque las epidemias nos parecían males que se cebaban en el mundo pobre, como plagas bíblicas. 
 Pero han derribado las puertas de nuestra frontera vital. Los animales salvajes, llámense pangolines o murciélagos, no son los culpables.

¿Cómo saldremos de esta? ¿Admitiremos que hay que controlar el consumo? ¿Asumiremos la necesidad de la producción cercana de los alimentos? ¿Viajaremos menos? ¿Seguiremos defendiendo nuestra sagrada libertad por encima de todo? 

La traductora Marta Rebón nombraba estos días, con mucho acierto, al médico escritor Antón Chéjov. El tío Vania es, entre otras cosas, una denuncia de la brutalidad humana: 

“Hay cada vez menos bosques, se secan los ríos, la fauna está casi exterminada, el clima se ha deteriorado, y con cada día que pasa la tierra es más pobre y más fea”.

 Él lo sabía ya, en 1899.

Apuntes sobre María Kodama............................ Leila Guerriero....

La viuda y albacea de Borges nunca quiso publicar sus propios cuentos en vida de su marido.

 Ahora reúne cuatro en un volumen. Durante varias tardes, en un bar de Buenos Aires, muestra su cara menos conocida.


María Kodama, el 18 de marzo en Buenos Aires. 
María Kodama, el 18 de marzo en Buenos Aires.
Pocos minutos después de las tres de la tarde de un jueves de febrero, durante la primera entrevista con María Kodama (que, como las siguientes, se lleva a cabo en el bar que está frente a su departamento, en el barrio norte de la ciudad de Buenos Aires), se produce este diálogo:
—Su padre había nacido en Japón.
—Sí, sí. Nacido y criado.—Llegó acá siendo adulto.
—Sí.
—Era químico.
—Sí.
—¿Y aquí trabajaba como químico? ¿Se ganaba la vida en…?
—No sé. Químico es universal. Ser químico es algo que no importa el idioma. Es universal.
—¿Pero no sabe dónde trabajaba?
—No. En Japón hay una base que es esta: nunca podés preguntar sobre la vida personal a un amigo porque vos estás haciendo una intromisión en algo que no te corresponde.
 Si ese amigo te miente, no tenés derecho a decirle nada, porque defiende lo que es su intimidad.
 Sos vos la que ha despertado eso, tratando de entrar en una intimidad que vos sabés que no te va a dar.
 Otra cosa es si te lo cuenta.
—Y su padre no hablaba de trabajo.
—No. Pero me hizo libre.
María Kodama, hija de Yosaburo Kodama y de María Antonia Schweizer, viuda desde 1986 del escritor argentino Jorge Luis Borges, ha dado una gran cantidad de entrevistas. 
En ellas ha respondido preguntas de toda clase, algunas sobre su vida personal. 
Sus respuestas tienen siempre la forma de anécdotas que se reiteran idénticas, incluidos los comentarios y los chistes que intercala. Puesto que esas anécdotas tienen la apariencia de ser un gran-momento-confesional, suelen funcionar como hechizo que obtura la repregunta y operan como una gran maniobra de elusión.



María Kodama, en Buenos Aires. 
María Kodama, en Buenos Aires.

Usa ropa clara y amplia —blusa, falda, casaca, capas de buenas telas superpuestas—, el pelo blanco lino, los zapatos plateados. 
Se come las uñas, pero no se nota porque se hace la manicura. 
En las fotos de juventud se la ve, siempre esbelta y delgada, sobre un camello con un vestido vaporoso de color lila —en una visita a Egipto que hicieron con Borges—, con un chemise de color claro —entrando con Borges a un edificio—, con un abrigo importante de paño —bajando con Borges de un auto—.
 En los últimos años, la indumentaria se ha llenado de gestos contemporáneos: faldas largas con zapatillas plateadas, chalecos de lana de texturas brutales, anteojos de sol excéntricos como los que usa ahora —sin quitárselos nunca—, redondos y grandes, el marco una filigrana de metal.

—Me los regalaron. Son de Japón. No pongas tu cartera en el respaldo. Mejor dejala acá, es más seguro— dice señalando una silla vacía.

No le gusta comer —“Yo de chica decía: '¿Cuándo voy a poder comer pastillas?”—, pero sobre la mesa hay un croissant relleno del que corta trocitos ínfimos. 
Cuando pida café —“Tomo muchísimo, el último a las dos de la mañana, antes de acostarme. Si no, no duermo”—, no lo beberá hasta que no esté frío:
 “En Japón, a la gente como yo se le dice 'lengua de gato', porque el gato no puede tomar cosas calientes.
 Yo tampoco”.
 Usa teléfono móvil, aunque probablemente sólo lo comparta con amigos: para contactarla hay que llamar a su teléfono fijo de siete a siete y media de la mañana. 
Siempre atiende.
—Si me encuentran ahí, bien. Si no, perdidos.
Buena parte del día se ocupa de cuestiones relacionadas con la Fundación Jorge Luis Borges, que existe desde 1988, y de leer tesis —sobre la obra de Borges— que le envían desde diversos países.
—Me las mandan para ver si está bien lo que han pensado, si no.
—Y si no le parece que sea correcto lo que han pensado…
—Algunos continúan, otros no.


—Es un trabajo…
—Horrible. Pasa que uno encuentra una buena, y compensa.
 En general las leo en bares, porque en mi casa empieza el teléfono a sonar.
 En la Fundación tampoco. Nunca estoy ahí. Primero, porque si la gente me ve, me agarra y no puedo trabajar. 
Y aparte yo sé lo que me exijo, y no lo puedo exigir.
 Porque no es humano. 
Para evitar los roces, prefiero que cada uno esté haciendo lo que quiere, y yo también. 
Libre.
—¿Ese ritmo siempre fue así?
—Siempre. Uno va acentuando aquello con lo que nació.
 Uno no cambia. Por eso todas las noches salgo.
 Voy al cine, al teatro, a comer con mis amigos. Voy a los speak easy. 
Son divertidísimos —dice aludiendo a los bares que funcionan a puertas cerradas y a los que se ingresa con una clave—. 
Hay uno que te recomiendo. Es como una escalera de subte.
 Bajás, grafitis en las paredes, para abrir las puertas tenés que poner una clave.
 Se abre y ahí hay una música que te tenés que poner tapones en los oídos. Con mis amigos nos divertimos.
—¿Son amigos del mundo de la cultura, del arte?
—De todo un poco. Son amigos de toda mi vida.
La mención a los amigos da pie a la primera de una serie de anécdotas que ilustran momentos de su vida: para hablar de la educación paterna, que la hizo libre, cuenta la anécdota de los barquitos y el estanque de la facultad de Derecho; para referirse a la forma en que ya desde niña pensaba de manera singular cuenta la anécdota de la abuela católica a la que escandalizaba con preguntas impertinentes, y la anécdota de los amigos.
—Tengo amigos a los que conozco desde los 13 años, viven fuera del país.
 Cada tantos años vienen y, claro, una vez encontraron que acá el mundo es otro.
 Que los chicos no se casan, que tienen hijos aunque no se casen, o que no tienen hijos aunque se casen.
 Me invitaron a comer y me dijeron: “María, queremos pedirte perdón. En realidad vos eras una adelantada, porque cuando estudiábamos decías la forma en la que ibas a vivir y nosotros pensábamos que estabas loca.
 Y ahora todo el mundo vive como vos, así que nos has dejado asombrados”.
—¿Cuáles eran esas cosas que usted decía?
—Ellos me decían: “Pero María, tener un hogar, una familia”. Y yo: “No les digo que ustedes no lo hagan, pero en mi caso, no.
 Yo hago el amor con un dios griego y a la mañana siguiente me encuentro con un tipo semibarbudo, malhumorado, y para mí se acabó.
 En cambio así, yo hago el amor con el dios griego y chau, mi amor, hasta mañana, él se va a su casa, yo a la mía”.

 Y es esa cosa fascinante que queda en el ambiente, viste.
 No toda la otra cosa que es la cotidianeidad, el aburrimiento.

La alusión al dios griego es extraña —la única pareja que se le conoce fue el escritor argentino—, y cuando se le pregunta si antes de Borges tuvo alguna experiencia afectiva —en un intento por rastrear de dónde proviene una educación sentimental de esa clase— dirá “No”. 
En su narración varias cosas parecen venir con ella desde el nacimiento, como el deseo de no tener hijos: cada vez que su madre le decía: 
“Cuando crezcas te vas a casar, vas a tener hijitos”, ella contestaba: “No, alumnos”. 
La memoria se presenta imprecisa para ciertos períodos, pero escrupulosa en la reconstrucción de situaciones ocurridas a sus seis años, como la que prefigura su resistencia al casamiento:
 “Mi padre me llevaba a un estanque que había frente a la facultad de Derecho para que hiciera navegar unos barquitos. 
Ahí le pregunté si casarse era obligatorio.
 Me dijo: 'Ni yo, que soy su padre, puedo obligarla a hacer algo que usted no quiera. Si usted no quiere casarse, muy bien.
 ¿Qué quiere hacer?'. 'Ir allí', le dije.
 Era la facultad de Derecho. 
Y me dice: 'Bueno, si quiere ir allí, será abogada. Pero de aquí a que usted haga jardín, primario, secundario, va a cambiar cuarenta veces de opinión'.
 No era obligatorio casarse, listo, me quedé tranquila”.
—Sus padres se divorciaron cuando usted era chica.
—Sí, sí.
—¿Tiene recuerdos de ellos juntos?
—No.
—¿Era muy chica cuando se separaron?
Se hace un silencio largo durante el cual mordisquea un trozo de croissant.
—Es interesante, pero ¿cómo te puedo decir?, también es muy divertido —dice, a modo de respuesta.
“Divertido” parece ser la “palabra de seguridad” destinada a advertir que no debe avanzarse por ese camino, o un timón competente para ejercer un viraje y conectar con una historia que casi nunca se relaciona con la anterior. 
De niña, vivía con su madre y su abuela, una mujer que había querido ser monja (“¿Cómo se llamaba su abuelo?”; “No, ni idea”).
—Su madre tocaba el piano, pero ¿vivía de eso, de tocar el piano?
—No, no.
—¿Trabajaba?
—No sé. Sí. Trabajaba. El japonés nunca pregunta.
 Un día fuimos a la plaza con mi madre, y un vecino se acercó para preguntarle qué grabación había estado escuchando. 
Y ella le dijo: “Era yo la que tocaba”. Yo tendría cinco años. 
Entonces él dice: “¿Y por qué no toca, señora?”. Y mi madre le dice: “Bueno, me casé, tengo una hija”. 
Y el hombre dice: “¿Y por eso dejó su carrera?”. 
Un monstruo. “Por eso”, y me miró.
 Me quedó para siempre la mirada y lo que dijo ese hombre.
—¿Su madre qué respondió?
—No sé, no me acuerdo.
Las historias son cuadros sin espesor, trozos escogidos para saciar la intriga de quienes se asoman a una intimidad por la que no debe preguntarse.



Jorge Luis Borges y María Kodama, en los años setenta.
Jorge Luis Borges y María Kodama, en los años setenta. Mondadori / Getty Images

Antes de iniciar la entrevista, apenas después del saludo de presentación, en una breve charla fuera de grabador acerca de sus estudios en la facultad de Filosofía y Letras (de la Universidad de Buenos Aires: toda su educación se llevó a cabo en instituciones públicas), ha citado en griego antiguo un pasaje de la Ilíada
Una semana más tarde, durante la segunda entrevista, cuando se le pida que recuerde ese pasaje, dirá:
—Los periodistas, cuando Borges partió, me preguntaban qué sentía yo. Un japonés nunca puede decir lo que siente, porque es mala educación. 
Y fue genial porque recordé lo que Andrómaca le dice a Héctor, cuando Héctor va a luchar con Aquiles. 
Para detenerlo le dice: “Héctor, tú eres para mí mi padre, mi señora madre y mis hermanos, pero sobre todas las cosas eres el amor que florece”.
 Es maravilloso. En realidad es lo que te dice la iglesia: “Este hombres es tu apoyo, tu familia”. 
A mí me encanta. Cuando yo estaba con todos los locos, me daba baños de inmersión, me ponía a leer las tragedias griegas y me decía a mí misma: 
“Todo tranquilo, no pasa nada, estos la pasaron mucho peor que vos, serenidad”.

Casi nunca dice “cuando Borges murió”, sino “cuando Borges partió”, o “cuando Borges entró al gran mar, como decían los florentinos”. 
Con “los locos” —o “los monstruos”— se refiere a quienes, cuando Borges murió en Ginebra después de haberse casado con ella, la señalaron como alguien que lo había inducido a tomar esa decisión y nombrarla su heredera universal. 
Al recitar el pasaje de la Ilíada su voz es cadenciosa, ensoñada, pero cuando menciona los baños de inmersión se llena de una comicidad burlona y jocosa de gran eficacia.
***
La infancia.
 Un padre con el que hablaba en inglés y en español, que en su recuerdo destila grandeza, bonhomía, severidad y un respeto que, a veces, hacía que ella se sintiera compelida a hablarle de pie (“Él me decía: '¿Pero qué hace? Siéntese, estamos hablando”). 
Un hombre que la educó en la idea de que la libertad es el bien supremo, siempre que se asuman sus consecuencias.
—Yo me negaba a comer. Mi padre decía: “Bien. Si no quiere comer, va a morir”.
 Le pregunto: “¿Qué es morir?”. Me explica: “Ya no va a poder ver la luna, que le gusta tanto”.
Era, además, un hombre de una discreción que llegaba a extremos fuertes.
—De chica, me llevaba al zoológico y me enseñaba los nombres de los animales en japonés. 
Pero un día dejó de enseñarme. Cuando crezco, le digo: “Kodama, ¿por qué dejó de enseñarme? Ahora sería mi segunda lengua”. Me dice: “Bueno, usted quería estudiar literatura, su lengua es el español.
 Si algún día tiene ganas, lo va a aprender, no se preocupe”. Mi padre muere, y yo le digo a mi madre: “Caramba, qué raro que era Kodama.
 Me enseña el nombre de los animales, después deja de enseñarme japonés, y ese podría haber sido mi segundo idioma”. 
Y mi madre, que hubiera podido callarse para siempre, tuvo la honestidad de decirme: 
“No fue él el que no quiso. Yo le prohibí”.
 Porque mi abuela le decía que yo me llevaba tan bien con él que, si me enseñaba japonés, me iba a llevar con él a Japón y no me iba a ver nunca más.
 Eso me hizo sentir el respeto que se tenían. 
Porque él me podría haber dicho: “¡Cómo que yo no quise! Es su madre la bruja que me prohibió”. Yo por eso los adoré a los dos.
—¿Su padre cuándo falleció?
—No me acuerdo el año. Yo tendría unos 20.
Si de su padre aprendió la libertad, de su madre —“Era muy cariñosa. 
A mí no me gusta que me abracen, y ella era de abrazarte, de besarte. 
Toda la cosa tierna ella me la daba”— aprendió a no tener miedo, no porque le insuflara coraje sino porque la mujer vivía aterrada.
—Mi madre era muy miedosa.
 Estábamos en el living y me decía: “Queridita, andá a prender la luz que mami tiene miedo”.
 Yo pensaba: “¿Habrá un monstruo?”. Después me decía a mí misma:
 “No, mami no puede mandarme a que yo enfrente a un monstruo”. Apoyaba la silla y me subía y prendía las luces.

 Mi abuela materna llevaba una vida de monja.

 Un día me empieza a decir que Dios era Todopoderoso. Entonces le digo: “No entiendo por qué entonces puso el mal en el pobre Luzbel, el más hermoso de sus ángeles, y lo arrojó del Paraíso”. 

Y mi abuela: “¡Ay, ese es el padre, que le metió esas ideas”. Y mi padre, al contrario, siempre me decía: 

“No la moleste a su abuela, no le pregunte cosas, pregúnteme a mí”. Ahí yo me di cuenta de que cuando una persona no quiere a otra, le achaca cosas que el otro no ha hecho.

 Yo aprendí muchísimo.

—¿Cómo se llamaba su abuela?
—Dorila, precioso nombre. Y ahí fue muy divertido…



Paseo en globo de María Kodama y Jorge Luis Borges en el Valle de Napa (California), en una imagen incluida en el libro 'Atlas'.
Paseo en globo de María Kodama y Jorge Luis Borges en el Valle de Napa (California), en una imagen incluida en el libro 'Atlas'.

La predestinación. 
Cuenta que a los siete años una profesora de inglés le leyó los Two English poems, de Borges: I can give you my loneliness, my darkness, the hunger of my heart.
 Ella preguntó qué era “el hambre del corazón” y la profesora respondió que, cuando creciera, se iba a dar cuenta de que eso era el amor.
La predestinación.
 Cuenta que a los ocho años leyó en una revista —probablemente Sur— la frase “Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche”, el comienzo del cuento 'Las ruinas circulares', y no pudo parar de leer. Cuando Borges ya había muerto, supo que él le había dicho a Victoria Ocampo
“Nunca, ni antes ni después, pude escribir algo con la intensidad con que yo escribí ese cuento”. 
Desde entonces, la asombra que una niña de ocho años haya podido percibir esa intensidad.

La predestinación. Cuenta que a los 12 años un amigo de su padre la llevó a una conferencia que daba Borges.
 En ese sitio repleto de gente lo vio hablar en un susurro y se dijo: “Si este señor, que es más tímido que yo, puede dar clases, yo voy a poder”.
El destino.
 Cuando tenía 16 años, caminando por la calle Florida, atropelló a Borges, que salía de una librería.
 Él tenía 54.

Aunque no parecen haber existido dudas acerca de que su vocación era la literatura, tenía condiciones para el ballet, pero cuando la profesora propuso que entrara en la escuela de danzas del teatro Colón, su padre le hizo un planteo:
—Me dijo: “Yo le voy a explicar y usted decide. El baile tiene una edad limitada”.
 No me dijo: “Después puede ser coreógrafa, enseñar”. Me dijo: “Usted después de una edad no puede bailar más. 
En cambio, usted ya sabe leer y escribir, tiene facilidad”. No me dijo: “Podés quedar tururú, tarada…”. Y si quedaba tururú no iba a poder leer ni escribir ni hacer nada.
 Y yo, entre pensar que a los 30 años no iba a poder bailar más y lo otro, que era infinito, elegí lo otro.
—¿Hasta qué edad siguió tomando clases de ballet?
—No sé. Hasta los 15. Después mi vida ya era demasiado complicada. Iba al colegio, estudiaba con Borges.
El anecdotario frondoso de la infancia se esfuma en la adolescencia, donde deja paso a la única historia que importa —su encuentro con Borges—, y reaparece, ya de joven adulta, para ilustrar la vida que compartió con él.
 Ha contado aquel encuentro así: ella tenía 16 años, caminaba por la calle Florida —“siempre camino como una bala; ahora menos porque me distendí los ligamentos, me operaron dos veces y no quedé bien”—, chocó con Borges y él la invitó a estudiar inglés antiguo.
—¿Cómo es que así, de la nada…?
—Porque yo le dije: “Yo escuché una conferencia suya cuando era chica”. 
Me dijo: “Claro, ahora usted es grande. ¿De qué trabaja?”. Y le digo: “No, estoy en el bachillerato, en cuarto año”. “¿Y qué va a estudiar?”. Literatura. 
“¿Le interesan los idiomas antiguos?”. Sí, mucho. “¿Y no le interesaría estudiar inglés antiguo?”.
 Yo, para hacerme la sabia, le digo: “¿Shakespeare?”. 
Y dice: “No, mucho más antiguo”. Y le digo: “Ah, no, eso va a ser muy difícil, no creo que pueda”. 
Y dice: “No, si yo tampoco lo sé, lo estudiamos juntos”. Empezamos a encontrarnos en bares, hasta que me dijo: “Madre dice que usted es una niña y que yo no puedo tenerla de bar en bar, que es mejor que nos veamos en casa”.
 Ahí me llevó a la casa y la madre era genial. 
No, te digo, yo he pasado una vida divertidísima.
 Después, los locos me la hicieron pagar, pero mi vida fue fascinante.
—¿Se acuerda del primer encuentro con él?
—En confiterías.
—¿Pero no estaba tensa? Iba a encontrarse con Borges, tenía 16 años.
—No, no.
—¿Usted se iba de su casa y decía “Mami, me voy a ver a Borges”?
—Claro, pero él me pidió el teléfono, y llamaba, llamaba.
 Y mi madre: “¡Qué quiere ese hombre, podría ser tu abuelo!”.
 Mirá, las peleas con mi madre. No te lo puedo decir. Yo le decía: “Pero mami, estudiamos”. 
Y me decía: “¡Vos estudiarás!”. Y resulta que cuando mi madre ya había muerto, Borges me dice: “¿Sabe cuando yo me enamoré de usted?
 Cuando tenía 16 años y me dijo que Europa tiene lo que se merece, porque Europa traiciona”.
Según cuenta, ella le dijo: “Europa tenía el Panteón Griego, los dioses se amaban, se odiaban, y todo eso lo abandonaron para abrazar una fe de parábolas que dice que no tendrás otro Dios más que a mí. 
Unen Iglesia y Estado, y tenemos las tiranías que hay’”.
—Entonces él me preguntó si yo había leído a Nietzsche.
 Yo no sabía quién era. Y me dijo: “Es un filósofo, y usted acaba de decirme en pocas palabras lo que Nietzsche explicó en un libro”. Y parece que él se enamoró de mí cuando le dije eso. Así que yo decía: 
“Mami, donde sea que estés, perdoname, tenías razón, pero yo también tenía razón.
 Al principio, estudiábamos”. 
Mi madre con Borges estaba enloquecida, y le decía a mi padre que me hablara de eso. 
Entonces él me dijo: “No me interesa absolutamente nada que usted me diga, ni qué relación tiene o no con ese señor. 
No me importa. Yo le voy a decir una cosa: usted tiene 16 años, toda la vida por delante.
 No haga nada que pueda arruinar toda esa vida”. Y nunca más volvimos a hablar del tema.
—Borges. “Es él el que lo impide. No con palabras, pero con actos, con cosas sutiles. Él tiene miedo de que, si vos te recibís, puedas cambiar. Tiene miedo de perderte”. 
Y le digo: “No, no es así”. Y dice: “Bueno, llamalo”. Lo llamo y me dice: 
“Esa es tal que le ha llenado la cabeza, venga inmediatamente para acá”. 
Y la profesora me dice: “No cedas, María. Es tu vida, hiciste el esfuerzo de dar 29 materias trabajando como loca y estando con él”. 
Entonces voy y le digo: “Bueno, aquí estoy”. Y me dice lo peor que me pudo decir: “¿Qué vamos a hacer con mi viaje a Colombia”.
 Un egoísmo monstruoso.
 Era la confirmación de que él no quería que yo me recibiera. Y le digo: “Hágalo. Tiene 200 mujeres que lo pueden acompañar”. 
Y me dice: “Está loca, yo estoy enamorado de usted, no de 200 mujeres”:
 Y le dije: “Haga lo que quiera, yo no soy celosa, usted lo sabe”. Y dice: “Esto es inaudito. Yo no tengo título. ¿Para qué quiere usted un título?”. 
Y le dije: “Usted es Jorge Luis Borges y tiene su obra.
 Yo soy María Kodama, he dado 29 materias y voy a dar la 30, pase lo que pase. Adiós”. 
Y me fui. Llorando. Al día siguiente yo almorzaba con la profesora. Teléfono. Era Borges.
 Y me dice: “He estado pensando, vamos a preparar la materia juntos. ¿Qué está leyendo?”. “El Arcipreste de Hita”. “Qué plomo”. “Así no, Borges”. “Bueno, está bien, venga y la preparamos juntos”. Y la estudió conmigo.
—Cuando usted se recibió ¿ya se habían mencionado el sentimiento que tenían el uno por el otro?
—Sí, sí. No te voy a contar, esas son cosas íntimas —dice sonriendo, recatada—. Eso fue muy complicado.
 Yo no pregunto, entonces no sabía cuál había sido su historia de juventud, antes de que nos conociéramos.
En 1967, cuando Borges se casó con una mujer llamada Elsa Astete, hacía al menos 14 años que conocía a María Kodama.
—Un día él tenía que ir a Israel, a Nueva York, y de ahí a Islandia. Yo tenía una sorpresa, que era conseguirme un pasaje a Islandia. Me dice: 
“Bueno, entonces vamos a Israel”. Le digo: “No”. “¿Pero por qué?”. 
Y le digo: “Ah, una sorpresa”. Pero había sucedido algo que yo no sabía. A principios de siglo XX, un amigo de Borges quería salir con una chica y le había preguntado a Borges si lo podía acompañar, porque esta chica tenía una hermana.
 Borges le dice que sí. Y la hermana era Elsa Astete. Salieron, Borges se enamora de Elsa Astete.
 La llama un día por teléfono y la madre atiende y dice: “Ah, ¿no le dijo? Elsa se casó”. 
 Cuando yo le dije que no iba a Israel y que tenía una sorpresa, pensó que me iba a casar con un abogado. Y entonces…
Hace un silencio, como si todo lo demás fuera evidente.
—¿Él se casó con Elsa Astete porque pensó que usted se iba a casar con otro?
—Estábamos sentados a la mesa, con su madre, y él tenía el anillo de compromiso. 
Va al cuarto y la madre me dice: “Decíselo vos, porque él no te lo va a decir”.
 Subimos al ascensor y le digo: “Lo felicito. Su madre me dijo que usted va a casarse”.
 Me dice: “Pero cómo, ¿usted no se iba a casar?”. Le digo: “Por supuesto que no”. Y me dice: “Usted tiene la culpa”. “¿La culpa de qué?”. 
“De que yo me case con Elsa”. Le dije: “Pero cómo se le ocurre”. Siempre la defendí a Elsa. Era una buena persona.
 No para él, porque era maestra, quería sentarse a ver la televisión con él.
—¿Usted los visitaba mientras estaban casados?
—Si. Otra cosa de locos. Yo llegaba a la tarde y ella, sin preguntarme si yo tenía un compromiso, desaparecía hasta las tres de la mañana.
Después que Borges murió yo estaba crazy. Pero no crazy por la muerte de él, porque eso fue una cosa tan única como su vida, sino por todos los líos que me armaban acá los locos de la guerra. Goytisolo me dice: “Vas a ir con los parientes de mi secretario”. Llegamos al desierto, armaron mi carpa. La de ellos no. Yo pensé: “No voy a dormir con estos 25 tipos en la carpa”. Entonces salgo con una sonrisa y les digo: “¿Ustedes no arman su tienda?”. “No, madame, nosotros vamos a dormir alrededor de su carpa, y por favor, si quiere ir al toilette, que queda bajo las estrellas, avísenos, porque perderse aquí es morir y el señor Juan nos mata”. Pasé ahí diez días. Me había comprado esas toallas que hay para lavar enfermos, diez para la mañana, diez para la noche. Y lo pasé bárbaro. Leía, escribía.
—¿Le hizo bien?
—Fue maravilloso.
 Un día, mirando un atardecer espléndido, de pronto sentí que algo giraba en mi cabeza, en mi corazón.
 Olvidé. El año pasado… o no sé, no tengo memoria, me llama una amiga y me dice: “Te voy a decir algo que te va a alegrar. Murió María Esther Vázquez”.
 Que es la que empezó con todo el problema. 
Y yo, como si me dijeran: “Murió el señor que pasaba por afuera”. No sentí nada.
 Le dije: “La noticia que me das me alegra, pero ¿sabés por qué? Porque me hace dar cuenta de que lo que yo sentí en el desierto hace 17 años me hace libre para siempre. 
Si yo hubiera sentido alegría por la noticia que me das, quedaba enganchada de lo negativo para siempre”. 
Yo no tengo la naturaleza de odiar. No me iba a rebajar a pelearme con ellos. Hacía juicios. Decían que yo amaba los juicios. ¿Qué querían que hiciera? ¿Qué les mandara chocolate?
Entonces se pone de pie y dice:
—Llamame entre siete y siete y media y quedamos para la próxima.
A diez años de la muerte de Borges, en 1996, María Esther Vázquez —fallecida en 2017— publicó Borges, esplendor y derrota, un libro en el que Kodama aparece, entre otras cosas, como alguien que reaccionó desaprensivamente ante la muerte de su propia madre y que separó a Borges de sus amigos y familiares. En una entrevista otorgada al diario La Nación en ese año, Kodama dijo que era “el libro de una persona que se lanza a provocar un escándalo para hacer plata con la vida de los demás. 
Son dichos de dichos. 
Esa señora no existía para mí. 
Nunca existió tampoco en la vida de Borges”. Cuando se publicó en 2006 el Borges, de Adolfo Bioy Casares, un diario en el que se reconstruye esa amistad de décadas, Kodama dijo que Bioy era un traidor, que Borges aseguraba que era un cobarde y, finalmente, que era “el Salieri de Borges”.
 La Sociedad Argentina de Escritores (SADE), organizó entonces un acto de desagravio a Bioy.
 La institución estaba presidida por Alejandro Vaccaro. Dueño de una colección de objetos del escritor, Vaccaro ha tenido enfrentamientos judiciales con Kodama, que denuncia reiteradamente el “tráfico ilegal de documentos y manuscritos” de Jorge Luis Borges. 
En el acto también estaba Roberto Alifano, amanuense de Borges a quien Kodama querelló por violación de derechos de propiedad intelectual.
 Alifano dijo: “Estas palabras hay que tomarlas de quien vienen, de una señorita que acompañó a Borges, que fue un poco su enfermera y que tiene intereses económicos”.
El matrimonio con Elsa Astete duró un año y medio.