Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

27 nov 2017

El príncipe Enrique y Meghan Markle se casan

El palacio de Kensington anuncia la boda para la próxima primavera. La pareja comparecerá esta tarde ante los medios.

 

Antonio y Jaime, el duelo que tiene en vilo a los espectadores de ‘Pasapalabra’

La pareja de concursantes lleva 38 días enfrentándose entre sí.

Antonio y Jaime de Pasapalabra
Antonio Ruiz y Jaime Conde, en uno de sus duelos en 'Pasapalabra'.

 
En las últimas semanas, Antonio Ruiz y Jaime Conde han monopolizado la silla azul y naranja de Pasapalabra
 Su duelo ya se alargado durante 38 días, y está siendo uno de los duelos más igualados que se recuerda en el programa: Jaime ha ganado 14, Antonio ha ganado otros 14 y han empatado 10.
 La opción que da la silla azul para que el derrotado regrese al día siguiente ha hecho que el enfrentamiento entre los dos concursantes se haya alargado hasta ahora durante 38 días, en muchos de los cuales se han quedado a punto de llevarse el bote del rosco, que ya está en 1.068.000 euros.

En estos días, Jaime, el último en llegar de los dos al programa, ya lleva acumulados 22.800 euros. 
Muy lejos aún de los 105.600 euros que lleva ganados Antonio en los 109 programas que lleva en el programa de Telecinco, de los cuales 82 han sido victorias. 
Pero, ¿quiénes son Antonio y Jaime, los protagonistas de este duelo?
Antonio Ruiz, murciano de 45 años pero residente en Castellón, es músico autodidacta. 
Toca la guitarra aunque también maneja el saxo tenor, el lap steel y el piano
. Ha estado en grupos de diferente estilo musical, aunque compagina la música con otros trabajos.
 En la actualidad está desempleado. Su primera aparición en Pasapalabra fue en octubre de 2016, donde perdió en la silla azul en el primer intento
. Seis meses después fue repescado para un nuevo intento y ahí se hizo con la victoria, logrando mantenerse durante 26 programas de forma consecutiva.
 No es el primer concurso en el que demuestra su cultura general, ya que en Saber y ganar logró ser supermagnífico en 2015.
Por su parte, Jaime Conde, de 26 años, es natural de Huelva. 
A los 18 años fue a estudiar a Madrid, donde se graduó en Traducción e Interpretación.
 En 2012 va a vivir a Barcelona, donde continuó sus estudios e hizo un máster en Lengua Española y Literaturas Hispánicas, al que siguió el doctorado que cursa actualmente.
 Se dedica profesionalmente a la traducción, aunque de una manera esporádica, como él mismo asegura, ya que todavía no ha logrado ningún contrato con una editorial. 
También ha dado clases de inglés, francés y español para extranjeros. 
Una de sus mayores aficiones es la literatura. Jaime también tenía experiencia en concursos antes de Pasapalabra
Se estrenó en Saber y ganar en febrero del año pasado, donde se llevó una muy modesta cantidad de dinero. 
Se presentó al casting de la Supercopa de Pasapalabra y estuvo a punto de ser el representante de Cataluña, pero fue superado por David Leo.
Pasapalabra es líder en su franja horaria, reuniendo a más de 2.100.000 espectadores ante el televisor cada tarde y con una cuota de pantalla que supera el 16%.

 

Judi Dench: “Soy la persona menos majestuosa que te echas a la cara”

La octogenaria actriz, que está perdiendo la vista debido a una degeneración macular, no tiene planes de abandonar el cine y se encuentra en plena promoción de 'Asesinato en el Orient Express'.

Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia.
Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia. Cordon press

Desde hace unos años a Judi Dench (Reino Unido, 1934) le falla la vista.

 Tiene degeneración macular y la octogenaria dama del cine dice que cada vez ve peor. 

Escribe menos cartas, un arte que le encantaba practicar, afirma que no puede leer y que ve menos películas.

 Se le nota incómoda bajo la luz de los flashes que pide amablemente que dejen de apuntarla.

 Y el coche, ni tocarlo. “Eso sí que es un duro golpe porque tengo un BMW deportivo”, confiesa a EL PAÍS con una cara que no puede ser más pícara. 

Hasta ahí las quejas. 

Tendrá 82 años, acaba de cumplir seis décadas como actriz, está perdiendo la vista y, a veces, conversando se nota un halo de ensimismamiento o quizá un punto de sordera.

 Pero está claro que nada detiene a la mujer que más veces ha interpretado a una reina, a esta joya británica a la que nunca se le acaban las pilas.

 O la risa. “Soy la persona menos majestuosa que te puedes echar a la cara”, resume con esa risa rasposa tan suya que empequeñece sus ojos hasta convertirlos en lágrimas de felicidad. 

Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia.
Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia. Cordon press
Desde hace unos años a Judi Dench (Reino Unido, 1934) le falla la vista. Tiene degeneración macular y la octogenaria dama del cine dice que cada vez ve peor. Escribe menos cartas, un arte que le encantaba practicar, afirma que no puede leer y que ve menos películas. Se le nota incómoda bajo la luz de los flashes que pide amablemente que dejen de apuntarla. Y el coche, ni tocarlo. “Eso sí que es un duro golpe porque tengo un BMW deportivo”, confiesa a EL PAÍS con una cara que no puede ser más pícara. Hasta ahí las quejas. Tendrá 82 años, acaba de cumplir seis décadas como actriz, está perdiendo la vista y, a veces, conversando se nota un halo de ensimismamiento o quizá un punto de sordera. Pero está claro que nada detiene a la mujer que más veces ha interpretado a una reina, a esta joya británica a la que nunca se le acaban las pilas. O la risa. “Soy la persona menos majestuosa que te puedes echar a la cara”, resume con esa risa rasposa tan suya que empequeñece sus ojos hasta convertirlos en lágrimas de felicidad.
Eduardo de Wessex saluda a Judi Dench en un evento en junio de 2016 en el que la actriz lució 007 con Svarowskis en su espalda y se ve el tatuaje de su muñeca derecha. 
Eduardo de Wessex saluda a Judi Dench en un evento en junio de 2016 en el que la actriz lució 007 con Svarowskis en su espalda y se ve el tatuaje de su muñeca derecha.
Su espíritu lo lleva tatuado en la muñeca: Carpe Diem. “Aprovecha el día. No hay tiempo que perder. 
Me lo hice con mi hija cuando estábamos de compras. Tenía 80 años y de repente me dijo: '¿Estás lista para tener un tatuaje?”, asegura enseñando entre pulseras ese recordatorio de cómo vivir la vida al límite.
 Acaba de estrenar Asesinato en el Orient Express y está haciendo las rondas típicas de la temporada de premios con otro de sus trabajos reales, Victoria y Abdul, un nuevo retrato de la realeza británica que tantas veces ha interpretado. 
“¿Cómo me iba a negar? —se ríe la primera que se subió al tren para la nueva versión de la novela de Agatha Christie—. 
  Con esta creo que ya son 10 las veces que trabajo con Ken Branagh. 
Y el rodaje fue una reunión de colegas donde no tuve mucho más que hacer que estar sentada con un vestuario maravilloso y dos perritos encantadores en un vagón de tren lleno de amigos y sin apenas líneas de diálogo que aprenderme”. 
Después de conseguir un Oscar como mejor actriz de reparto por el papel más breve jamás galardonado en la historia de estos premios por su interpretación en Shakespeare enamorado y otras seis nominaciones a la misma estatuilla por títulos como Mrs. Brown, Iris o Notes of Scandal, su trabajo en Asesinato en el Orient Express no será el que quede en su obituario. 
Pero Dench no piensa en esas cosas. “Solo pienso en la suerte que tengo.
 En lo increíblemente agradecida que estoy de que me ofrezcan trabajo”, asegura.

Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia.
Judi Dench, en el estreno de "Victoria and Abdul" en Venecia. Cordon press
Desde hace unos años a Judi Dench (Reino Unido, 1934) le falla la vista. Tiene degeneración macular y la octogenaria dama del cine dice que cada vez ve peor. Escribe menos cartas, un arte que le encantaba practicar, afirma que no puede leer y que ve menos películas. Se le nota incómoda bajo la luz de los flashes que pide amablemente que dejen de apuntarla. Y el coche, ni tocarlo. “Eso sí que es un duro golpe porque tengo un BMW deportivo”, confiesa a EL PAÍS con una cara que no puede ser más pícara. Hasta ahí las quejas. Tendrá 82 años, acaba de cumplir seis décadas como actriz, está perdiendo la vista y, a veces, conversando se nota un halo de ensimismamiento o quizá un punto de sordera. Pero está claro que nada detiene a la mujer que más veces ha interpretado a una reina, a esta joya británica a la que nunca se le acaban las pilas. O la risa. “Soy la persona menos majestuosa que te puedes echar a la cara”, resume con esa risa rasposa tan suya que empequeñece sus ojos hasta convertirlos en lágrimas de felicidad.
Eduardo de Wessex saluda a Judi Dench en un evento en junio de 2016 en el que la actriz lució 007 con Svarowskis en su espalda y se ve el tatuaje de su muñeca derecha. ampliar foto
Eduardo de Wessex saluda a Judi Dench en un evento en junio de 2016 en el que la actriz lució 007 con Svarowskis en su espalda y se ve el tatuaje de su muñeca derecha.
Su espíritu lo lleva tatuado en la muñeca: Carpe Diem. “Aprovecha el día. No hay tiempo que perder. Me lo hice con mi hija cuando estábamos de compras. Tenía 80 años y de repente me dijo: '¿Estás lista para tener un tatuaje?”, asegura enseñando entre pulseras ese recordatorio de cómo vivir la vida al límite. Acaba de estrenar Asesinato en el Orient Express y está haciendo las rondas típicas de la temporada de premios con otro de sus trabajos reales, Victoria y Abdul, un nuevo retrato de la realeza británica que tantas veces ha interpretado. “¿Cómo me iba a negar? —se ríe la primera que se subió al tren para la nueva versión de la novela de Agatha Christie—. Con esta creo que ya son 10 las veces que trabajo con Ken Branagh. Y el rodaje fue una reunión de colegas donde no tuve mucho más que hacer que estar sentada con un vestuario maravilloso y dos perritos encantadores en un vagón de tren lleno de amigos y sin apenas líneas de diálogo que aprenderme”. Después de conseguir un Oscar como mejor actriz de reparto por el papel más breve jamás galardonado en la historia de estos premios por su interpretación en Shakespeare enamorado y otras seis nominaciones a la misma estatuilla por títulos como Mrs. Brown, Iris o Notes of Scandal, su trabajo en Asesinato en el Orient Express no será el que quede en su obituario. Pero Dench no piensa en esas cosas. “Solo pienso en la suerte que tengo. En lo increíblemente agradecida que estoy de que me ofrezcan trabajo”, asegura.
Sergei Polunin, Olivia Colman, Derek Jacobi, Dame Judi Dench, Kenneth Branagh, Michelle Pfeiffer y Tom Bateman, en el estreno de Asesinato en Orient Express, en Reino Unido.
Sergei Polunin, Olivia Colman, Derek Jacobi, Dame Judi Dench, Kenneth Branagh, Michelle Pfeiffer y Tom Bateman, en el estreno de Asesinato en Orient Express, en Reino Unido. cordon press
Dench ha hecho famosos otros tatuajes más perecederos. El que decía 007 en su espalda trazado con cristales de Swarovski para uno de los estrenos de James Bond, saga en la que inmortalizó una nueva M.
 Y ese que se maquilló en el trasero como si fuera real para expresarle su agradecimiento a Harvey Weinstein, el hombre que apostó por su carrera. 
 Nada más conocerse las denuncias sexuales contra el magnate de Hollywood, la británica dejó claro su “horror” ante los abusos cometidos por el que un día llamó su amigo y no quiere hablar más de ello. 
“Hay veces en las que tienes que lidiar con bullies”, es lo único que añade con pesar
Su vida tiene otro tono. 
Para lo gamberra que aparenta ser, Dench lleva una vida muy organizada.
 Diez minutos de paseo todos los días. “A paso ligero, tengo poco de perezosa”, afirma.
 También a diario aprende una nueva palabra. La de hoy: “Anatidafobia o miedo irracional a que te mire un pato”, se ríe.
 Los martes pinta como lo hicieron su padre, su tío y sus hermanos. Le da igual estar perdiendo visión. “Lo hago por mí, no para que nadie lo vea. Es algo que me da placer”, admite. 
Y el placer es fundamental para alguien como ella, que no disfruta especialmente de su propia compañía.
 Casada durante tres décadas con el también actor Michael Williams hasta su muerte, la actriz no oculta la felicidad que ha vuelto a encontrar junto a David Mills, un naturalista ocho años más joven que ella. 
Dench no juzga, ni a sus personajes ni a ella misma.
 “No pienso en cuestión de edad”, apostilla riéndose de nuevo.
 “Un amigo —como prefiere describir a su compañero— no es más que alguien que está ahí. 
Y ya te digo, yo no soy mi mejor compañía. 
Si estuviera sola sin hacer nada me aburriría soberanamente”.

Risto Mejide mete miedo..................................... Borja Hermoso

De la vuelta de 'Chester' se concluye que Risto es de los entrevistadores buenos.

La entrevista de la madre de las Campos fue una sencilla tonteria, estoy harta que vivan a base de entrevistas , el sábado a su hija mayor que quiso quedar como una actriz erótica o de una chica que estuvo con varios hombres y ahora está sola pero que no paró mientras pudo, no sé si es bueno o malo ni me importa pero viven a todo tren con deudas millonarias. 

Risto y María Teresa Campos en 'Chester'.
 
Para cualquier entrevistador televisivo de por aquí debe de ser una faena tener sobre la cabeza el péndulo de Iñaki Gabilondo, más que una referencia un estigma en el muy difícil género periodístico del tú a tú, donde tantos hacen el ridículo día sí y día también. 
Pero quitando la irremediable evidencia de que en esas lides Gabilondo es Dios o se le parece cantidad, hay que concluir que Risto Mejide es de los buenos, incluso de los muy buenos.

Ha vuelto Chester en Cuatro, y sin filtro, lo que es de agradecer. 
El feroz verdugo de triunfitos reconvertido en sacacorchos de confesiones, lágrimas y revelaciones más o menos exclusivas colocó la palabra Miedo como leit motiv de su regreso en la noche del domingo en Cuatro.
 Miedo era lo que él metía a aquellos pobres diablos que intentaban hacer gorgoritos en busca de una carrera musical, así que de esto sabe bastante.
Era un ogro sin atisvo de espernza para unos chicos que querían empezar en el mundo de la música, pero se casó con una niña marisabidilla y los dos se aprovechan de ello.
Pero más sabe Antonio Pampliega, un tipo que llora ante la cámara como Nureyev volaba por los aires, con una mezcla desarmante de poesía y cojones.
 Al Qaeda lo secuestró en Siria y, de los 299 días que duró su cautiverio, este periodista se pasó 204 a solas en un cuartucho esperando a que lo degollaran. 
“Todos los días durante todos esos meses me estuve preparando para morir”. Eso es miedo. 
Y pensar en lo que estará pensando tu madre, me quedé sin hijo, por ejemplo.
 Eso también da miedo. 
Para más inri, estamos ante un hombre con sentimiento de culpa. “Lo siento”, le dice el héroe Pampliega a su hermana Alejandra, que visita el plató. 
Me interesó ese testimonio mucho un hombre al borde de ser ejecutado eso debe ser terror y ese chico a vuelto a hacer lo que casi le causa la muerte. Dice sin miedo , porque esos quieren que les tengas miedo y claro pasan cosas terribles en nombre de Alá o de Dios.

También ese señor sin rostro capaz de bloquear cuerpos y mentes debió de coger la mano de María Teresa Campos en el trayecto hacia la Jiménez Díaz cuando una isquemia cerebral entró sin llamar a la puerta. 
Se salvó y luce estupenda, pero no hay marcha atrás: “Ese miedo te deja ya tocada”.
 La Campos, también con lágrimas asomando, le revela a Risto cómo ella ya se había autodiagnosticado por adelantado: “Entonces había demasiadas cosas que me hacían daño y yo me decía: te va a dar algo en la cabeza”, y le dio.
Risto Mejide logra, no se sabe bien cómo, que una de las dos reinas de la mañana (la otra es Ana Rosa Quintana y, visto lo visto el domingo, bajo la educada carantoña mutua subyacen soterradas batallas entre las dos damas) hable del suicidio de su marido, José María Borrego, en 1984. 
 El hombre llevaba años con esa idea en la cabeza, “casi desde el principio”, confiesa la invitada. 

Pero también hay sitio para el cachondeo. 
María Teresa Campos cuenta aquella noche en que compartió un porrete con Joaquín Sabina durante una entrevista. “¿Me estás diciendo que estabais fumados durante la entrevista?”, inquiere el lobo feroz no tan feroz. “Pero era por trabajo”, ríe la invitada.
Risto Mejide se hace bastante el actor durante las entrevistas en su sillón Chester, esto va con el personaje, una marca en sí mismo, no se olvide que viene de la publicidad. 
Pero deja hablar con inteligencia y buen tino
. A Risto Mejide, que habla poco, la gente le cuenta cosas. Y eso es lo que cuenta.