El
vibrante festival de artes escénicas cumple en agosto 70 años. La ciudad
vieja más el ensanche georgiano del siglo XVIII conforman una elegante
ruta urbana.
Monumento
al filósofo escocés Dugald Stewart, completado en 1831, en la ladera de
Calton Hill, desde donde se contempla el centro de Edimburgo y su
castillo. Maurizio Rellini
La Atenas del norte: ese, ni más ni menos, ha sido el apodo de Edimburgo
desde mediados del siglo XVIII. Al principio fue más bien una idea
romántica, y pronto una profecía autocumplida: los jóvenes aristócratas
escoceses habían sido de los primeros en seguir la moda del Grand Tour, y
como buenos prototuristas de lujo dedicaban un año o dos a cultivarse
visitando las ruinas de Italia y Grecia (también sus teatros, tabernas y
prostíbulos) antes de volver a la capital de Escocia para casarse con
el mejor partido posible y sentar la cabeza. Traían en su equipaje grabados y vistas de los grandes monumentos clásicos, selfies
al óleo con majestuosos paisajes romanos de fondo, ánforas y
antigüedades más o menos antiguas y muchas ideas heroicas sobre las
glorias del pasado.
Ventanas del Parlamento de Escocia, de Enric Miralles, en Edimburgo.Richard Taylor
Y se daban de bruces con una vieja ciudad medieval apiñada bajo el
castillo decrépito y a lo largo de su Royal Mile, sin alcantarillas ni
plazas ni paseos, estrangulada por murallas roídas y barrancos
convertidos en vertederos. Había perdido su Parlamento autónomo en 1707,
y la aristocracia y las élites habían huido de su insalubridad y su
inadecuación a las nuevas formas de vida urbana que la Ilustración iba
imponiendo en las grandes capitales de Europa. Así que en 1766 el consejo municipal convocó el concurso para construir
un ensanche que permitiera a la Auld Reekie (la Vieja Apestosa) medirse
en pie de igualdad con Berlín, Turín o Londres, le devolviese el
esplendor clásico de la mítica Edina romana que quizá nunca fue y en
cualquier caso le diese el lustre de una nueva Atenas. La idea caló al
calor del nacionalismo escocés y coincidió con una generación ilustrada
de vecinos que incluía a filósofos, economistas o arquitectos como David
Hume, Adam Smith o Robert Adam. Y el éxito fue tal que un siglo después
otro escocés ilustre, Stevenson, decía lleno de ardor patriótico que
“Edimburgo es lo que París debería ser”.
.
javier belloso
Walter Scott, a lo grande
La verdad es que desde entonces los edimburgueses tienen muy a gala
el cosmopolitismo, el europeísmo y el interés por las artes de una
ciudad que cuenta con museos y colecciones botánicas de primer orden,
que mima una universidad pública situada entre las mejores del mundo y
con un campus de primera categoría, que alzó un gigantesco monumento a
Walter Scott (dicen que el mayor del mundo dedicado a un escritor), que
dio a su estación central, Waverley, el mismo nombre que titula una de
sus novelas, y que este agosto celebrará la septuagésima edición de un
festival de teatro que es casi como el Cannes de los escenarios.
Escaparate de la sastrería Walker Slater, en la calle Victoria de Edimburgo, un clásico de los trajes de 'tweed'.Alan WilsonAlamy
El Festival Internacional de Edimburgo (y su cita paralela más
alternativa, el Fringe) es una buena razón para visitar en su mejor
momento anual esa vieja Edimburgo transformada en nueva Atenas. Y el
ambiente de aquel furor clasicista de la Ilustración escocesa se respira
muy bien por las calles del New Town planeado en 1766 por James Craig,
el joven arquitecto escocés que ganó el concurso municipal para la
ampliación. Es un conjunto excepcional de arquitectura georgiana que no
ha cambiado prácticamente desde mediados del siglo XVIII. El contraste
con el caserío contrahecho de la Old Town (la Ciudad Vieja) no puede ser
mayor: calles dibujadas con tiralíneas, plazas amplias, fachadas de
severa piedra gris y una gélida elegancia neoclásica. Los ventanales son
amplios para dejar pasar la mayor cantidad posible de codiciada luz
solar, y es una suerte, porque permite fisgar a pie de calle los azules,
rosas y pistachos apastelados de los frescos y las molduras que cubren
los techos de las plantas nobles. Poca cosa más podían hacer los edimburgueses que se animaran a pasear
en el XVIII por este barrio sin ser vecinos: el New Town (la Ciudad
Nueva) era un barrio de gente rica, y los soberbios jardines que lo
amenizan, como los que corren paralelos a Queen Street, eran y siguen
siendo particulares, protegidos por verjas y cancelas que solo abren las
llaves del pequeño puñado de afortunados propietarios. Los gastos de
comunidad para pagar al ejército de jardineros que mantiene
impecablemente segado el césped tentador y prohibido deben ser, desde
luego, igual de disuasorios.
Jóvenes jugando al rugby en Fettes College, en Edimburgo.Peter DenchGetty
Por suerte el National Trust, tan presente (e ibéricamente
envidiable) en todo Reino Unido, ha comprado, restaurado y abierto al
público una de las aristocráticas townhouses (viviendas en
varias alturas) que rodean la joya del barrio: Charlotte Square, con
fachadas clásicas trazadas impecablemente por el gran Robert Adam. Al
visitar la Georgian House, en el número 7, uno entiende por qué los
nobles escoceses e ingleses se rifaron a Adam y pelearon por conseguir
que diseñase sus mansiones campestres y sus palacios urbanos. No solo
renovó y aligeró el lenguaje ornamental algo pesado del palladianismo
tardío inglés, también ideó interiores que combinaban las necesidades
simbólicas de las estancias públicas con los dormitorios y gabinetes
privados a todo confort. Lo más interesante de la visita, en realidad, quizá sea el recorrido
por las cocinas y zonas de servicio, que hacen entender la inmensa
cantidad de ingenio y mano de obra necesarias para hacer funcionar como
un reloj el mecanismo de precisión que era una casa aristocrática de la
época. Ojo, también es inmenso el ejército de voluntarios jubilados e
informadísimos que esperan a la vuelta de cada esquina para impartir
generosamente su conocimiento al visitante desprevenido.
ampliar fotoLa taberna The Royal Mile, en la calle del mismo nombre, cerca del castillo de Edimburgo.Luis Davilla
El New Town fue todo un éxito, y cuando su primera fase se quedó
pequeña aún pudo aprovechar el terreno disponible a espaldas de
Charlotte Square para lucir las tres espléndidas plazas engarzadas que
forman Moray Estate (Moray Place, Ainslie Place y Randolph Crescent
hacen que se suceda un gran círculo, un óvalo impecable y una majestuosa
media luna que conforman uno de los paisajes urbanos más conseguidos y
originales de la Europa ilustrada). El Instituto Francés, en Randolph
Crescent, es uno de los pocos edificios abiertos al público que permiten
hacerse una idea de los interiores originales, con su noble escalera
central dando acceso a las plantas.
El hijo del torero Palomo Linares, Miguel Linares, a su llegada al tanatorio La Paz de Alcobendas (Madrid), el pasado martes.Víctor LerenaEFE
Lo que no está tan claro es cómo pudo el matrimonio
dilapidar la fortuna que el torero ganó honestamente en los ruedos. Sus
allegados se limitan a decir que el matrimonio “tenía un modo muy
diferente de ver la vida”. La realidad es que parece que Palomo no
contaba, siquiera, con liquidez para pagar la pensión compensatoria de
4.000 euros que debía abonar mensualmente a su exesposa (el torero
intentó rebajarla sin éxito cuando Marina Danko inició una nueva
relación sentimental), y 1.000 euros a su hijo menor, cantidades ambas
que han abonado los hermanos Lozano. El torero llegó a recibir requerimientos judiciales por
impago de los gastos de comunidad de la vivienda donde vivían Marina
Danko y su hijo Andrés, piso situado en la calle madrileña de Diego de
León, y que está a nombre de Explotación Ganadera Hermanos Palomo SL,
cuyo administrador único es su hijo Miguel. Palomo Linares se ha ido de repente y ha dejado tras de sí una honrosa
trayectoria taurina y una vida personal y familiar con luces y sombras. A
fin de cuentas, no era más que un ser humano.
'Feud' se
entrega con pasión a lo que Hollywood hizo muy esporádicamente en sus
décadas de apogeo: darle un papel protagonista decente a una mujer de
más de 50 años.
Susan Sarandon y Jessica Lange, caracterizadas como Bette Davis y Joan Crawford en 'Feud'.
Hay un lema que describe a la perfección cómo Hollywood ha tratado a
las actrices sobre las que esculpió su mito. Es “divide y vencerás”, una
frase que en el final del último capítulo de la serie Feud,
estrenada en España por HBO, pronuncia ni más ni menos que Jack Warner
(Stanley Tucci), uno de los fundadores de la legendaria productora
Warner Brothers. Lo dice en una alucinación de una Joan Crawford a la
que le queda poca vida, pero podría haber sido el lema forjado en hierro
a las puertas de aquel estudio o de cualquier otro de los grandes ocho
de la era dorada de Hollywood: “Divide a las mujeres y vencerás”.
Mirando atrás, los grandes taquillazos se alzaron sobre las
ruinas de la dignidad de una ingente cantidad de divas, convertidas en
peones en un endiablado juego de estrategia que rompió miles de sueños y
quebró vidas enteras.
En sus ocho episodios, Feud se entrega con pasión
a lo que Hollywood hizo muy esporádicamente en sus tres décadas de
apogeo: darle un papel protagonista decente a una mujer de más de 50
años. El resultado es una melancólica reedición con falso aroma a biopic
de la vieja historia que ya contó con maestría Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard) hace casi 70 años: una veterana diva quiere seguir trabajando, contra las leyes de la biología, la física y la estética. Hay algo insano en la curiosidad del ser humano por ese tipo de historias. Feud
tiene escenas hipnóticas, de las de aguantar el aliento. Jessica Lange,
de 68 años, interpreta a Joan Crawford a los 54, cuando logra que se
filme ¿Qué fue de Baby Jane?, una novela con posibilidades para
una pareja de actrices veteranas. Profesional hasta la autodestrucción,
Crawford ofreció el papel de comparsa a Bette Davis, que entonces había
cumplido 51. A ambas las separaba una añeja enemistad que a lo largo de
la serie crece y crece hasta el odio. La serie explota aquel choque cósmico con una artificialidad
propia de un melodrama de los que hicieron famosas a Crawford y Davis.
Es la estética adecuada: al final nos damos cuenta de que hemos asistido
a una gran tragedia, y que nuestras risas ante las batallitas de ambas
divas son otro hilo más en una amarga historia de marionetas. Somos
parte imprescindible del sistema, quienes pagan por disfrutar del
espectáculo grotesco de dos egos desmedidos que quieren que se las siga
queriendo, admirando, tomando en serio. Crawford y Davis juegan un papel, el que le conviene a todos
menos a ellas mismas: al productor, que vive del escándalo; al
director, que necesita notoriedad; a la periodista, que rapiña
cotilleos. Como los protagonistas del género trágico, se autodestruyen
sin comprender muy bien por qué. En un momento, para interpretar a la
epónima Baby Jane Hudson, Davis se disfraza de esperpento. Pasados los
años, Crawford se lo recrimina: “Cuando una pierde su belleza la
solución no es esconder lo que queda bajo el ridículo”. Feud es cine dentro de cine y dentro de mucho más
cine. Es ontología fílmica hasta la náusea: una historia de juguetes
rotos que interpretan a más juguetes rotos en una industria que ha
sublimado el arte de romper juguetes. Es liberador ver al fin cómo un productor de la talla del televisivo Ryan Murphy (Glee, American Horror Story) se atreve a ponerle el espejo delante al machismo de Hollywood. Las mujeres de Feud,
incluyendo a varias secundarias como la Olivia de Havilland que
interpreta Catherine Zeta Jones, o Kathy Bates, suman 11 premios Oscar
en toda su carrera. El Oscar es el protagonista ausente del film, un tótem en
torno al que danzan estas actrices, objeto de pasión e instrumento de
control. ¿Todas esas historias de furiosas batallas por una estatuilla?
Casi siempre son mujeres las que entran en liza. ¿A quién nominaron 16
veces para darle sólo tres premios? A Meryl Streep. ¿Quién obtuvo 12
candidaturas y triunfó en cuatro? Katharine Hepburn. De todas ellas, la
que parece saber mejor la verdadera y vacua naturaleza de ese galardón
es Crawford, tal vez la más vanidosa. En la ceremonia de entrega de 1962
logra ser ella la que posa para la posteridad con un premio en la mano
sin haber sido nominada ni galardonada, al aceptarlo en nombre de otra
persona. Lo que importa es la foto, no el reconocimiento. Hasta en sus vidas personales, estas divas actuaron de
acuerdo con lo que la industria esperaba de ellas. Lange y Sarandon lo
saben y obran en consecuencia: hay un consciente exceso de
artificialidad en cada palabra que pronuncian y cada paso que dan, que
sólo se rompe cuando admiten ambas, a punto de llorar, que ni toda su
belleza ni todo su arte dramático fueron nunca suficientes en aquel
mundo asfixiante y machista que todavía no ha desaparecido. La prueba de
que perviven aquellos hábitos: hoy es noticia que mujeres de una cierta
edad, como Lange y Sarandon, encuentren trabajo estable en el cine o la
televisión.
Por último, algo excelente que tiene Feud es la
rehabilitación de la imagen de Crawford. Fue un titán de Hollywood, una
de sus actrices más profesionales. Como dijo de ella Davis, “siempre se
sabía sus líneas y siempre llegaba a tiempo”. Magnética en el melodrama,
devoró a compañeros de reparto y directores en títulos que merecen ser
revisitados, como Mildred Pierce. Todo aquello quedó triturado
por un injusto y despiadado libro que su hija adoptiva Christina publicó
en 1978, meses después de la muerte de la actriz. Crawford la desheredó
y ella le robó la fama en la posteridad. Se hizo, por supuesto, una
película, titulada Queridísima mamá. Como no podía ser de otro modo, la interpretó una gran actriz con Oscar,
Faye Dunaway. Pero resulta tan histriónica que hoy es pasto de
imitación para drag queens. Pero esa es otra historia, que deberá contar
otra serie.
La reina habría pasado por el quirófano
para 'arreglar' su mentón, los pómulos, la nariz y el pecho y el coste
ascendería a los 40.000 euros.
Entre la última imagen de la reina Letizia presentando el
Telediario de La 1 y su reciente visita a Japón 2007 han pasado casi 15
años. Un océano de tiempo, pero su transformación nos asombra a
todos. En sus estilismos, queda ya borroso, como un sueño, aquellas
prendas de cuello chimenea que popularizó. No cabe duda, de que el
gusto en su armario ha mejorado radicalmente, sobre todo, desde que, en
2015, la estilista Eva Fernández se convirtiera en su asesora. El
vestuario en cada uno de sus actos públicos es de 10. Como ejemplo, el
Nina Ricci de rayas que lució en los Premios ABC. De aquel ‘look’
rompedor también hay que destacar la elección del ‘efecto mojado’ para
sus cabellos. Y es que también, durante estos quinquenios a Letizia le ha gustado jugar con su pelo. Sin embargo, si en algo hemos podido apreciar un cambio de 180 grados ha sido en la fisonomía de su rostro, más afinado y dulce que en el inicio de la década de 2000. Oficialmente, solo estaría confirmada la operación de nariz a la que se sometió. Una septoplastia, que no rinoplastia, pues el objetivo de la cirugía
hubiera sido corregir el tabique nasal, que le impedía respirar
correctamente. Sin embargo, la transformación de la reina no quedaría justificada solo con aquella intervención y
se habría sometido a algún ‘retoque’ más, derivando en este cambiado
profundo en la expresión de su rostro. Al parecer, Letizia se habría
puesto en manos de los cirujanos para operarse los pómulos y el mentón. La nariz no solo la tiene ahora más recta y armoniosa, sino que los otros presuntos cambios, le habrían dulcificado sus facciones otrora angulosas. Además de hacer su mirada más expresiva con pestañas postizas, también se habría sometido a una ortodoncia,
que habría embellecido su sonrisa, y a diversos tratamientos estéticos
que le habrían corregido líneas de expresividad e imperfecciones de la
piel. Por si fuera poco, también se rumorea que habría esculpido su busto, con una operación de pechos, justo cuando acudió al Ruber de Madrid en 2008, momento en el que se habría sometido a la operación de nariz, mentón y pómulos.
la Princesa, pero la llegada de su hija Sofía unos meses más tarde supuso un enorme consuelo.