Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

8 ene 2017

Las siete maravillas susurran sus viejos secretos............. Jacinto Antón


Turistas frente a las tres pirámides de Guiza. Flickr Vision
En estos tiempos de listas es bueno recordar una de las más famosas de la humanidad, la madre de todas las listas: las siete maravillas del mundo antiguo.
 Hubo un tiempo en que nadie que se considerara culto podía dejar de enumerarlas, como no podía ignorar los doce trabajos de Hércules o los nombres de las musas. O tempora! 
 De ellas, de las maravillas, esos siete magníficos del ingenio humano —cinco edificios y dos estatuas gigantescas—, solo queda una en pie, la Gran Pirámide, y muy distinta de lo que fue; a las otras seis, el coloso de Rodas, los jardines colgantes de Babilonia, el templo de Artemisa en Éfeso (en cuyo interior se veneraba el ídolo de ébano de la diosa recubierto de mamas —o escrotos de toros—), el mausoleo de Halicarnaso, el Zeus de Olimpia y el faro de Alejandría las ha barrido, despiadado, el viento de la Historia. 
Uno de los más populares expertos en la antigüedad, el arqueólogo y escritor Valerio Manfredi, autor de Aléxandros, de Odiseo, y de muchos otros títulos de éxito, nos lleva ahora en su último libro aparecido en España, Las maravillas del mundo antiguo (Grijalbo), en un viaje a través de los siglos a visitar esos monumentos en todo su esplendor y a conocer cómo fueron construidos y cómo se disolvieron la mayoría en el polvo del tiempo.

También a descubrir muchos de sus secretos: la enorme estatua crisoelefantina (de oro y marfil) de Zeus que se adoraba en el templo del padre de los dioses en Olimpia —y en uno de cuyos dedos talló su autor, Fidias, ¡una declaración de amor a un jovencito!— era en su interior como una falla, una maraña de tablones ensamblados con cuerdas y brea por la que correteaban los ratones; el coloso de Rodas fue desde el principio un gigante inestable y condenado nacido de los celos de un discípulo,
Cares de Lindo, por su maestro, Lisipo; lo realmente maravilloso del faro de Alejandría estaba no en sus mayúsculas dimensiones sino en el mecanismo giratorio de su luz y sus espejos, apoteosis de la catóptrica, la ciencia de la refracción de la luz; el inmenso templo de Artemisa en Éfeso disponía de un sistema antisísmico (el primero del que se tiene noticia en un edificio), consistente en un estrato de carbón troceado y lana de oveja sobre el que se colocaron los cimientos; 
la tumba del rey Mausolo (de ahí “mausoleo”, sinónimo de tumba monumental) constaba de varios ciclos escultóricos asombrosos y la columnata rematada por una pirámide sobre la que se asentaba una cuadriga en la que estaban representados el más bien poco humilde soberano y su reina, Artemisia, parecía flotar en el cielo; la pirámide de Keops —que durante 38 siglos fue el edificio más alto del planeta— era, con su deslumbrante revestimiento de piedra calcárea, muchísimo más impresionante que la construcción que podemos ver ahora. 
En cuanto a los jardines babilonios, la maravilla “más evanescente, la más fantasmagórica, inútilmente buscada y perseguida”, Manfredi señala que su secreto permanece sin resolverse: nadie sabe cómo eran en realidad. 
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Uno de los fragmentos del Mausoleo de Halicarnaso custodiados en el British Museum.
¿Por qué esta revisitación de las maravillas? “Se me ocurrió mientras diseñaba un proyecto de restauración para el inmenso templo G de Selinunte, en Sicilia”, explica el especialista italiano.
 “Mi proyecto chocó con la mentalidad académica que defiende dejar las ruinas como están, aunque ello suponga que se vayan degradando hasta desaparecer; eso me hizo reflexionar sobre la suerte de los siete grandes monumentos de la antigüedad”.
 Manfredi apunta que la lista de los siete, que se atribuye a Filón de Bizancio, es arbitraria y solo una de las que debían circular en la época helenística.
 Otras listas podrían haber incluido más o menos maravillas.
 Pero la que ha prevalecido no deja de tener su coherencia. “Todas esas siete maravillas formaban parte de las grandes civilizaciones que conquistó Alejandro Magno, eso es lo que tienen en común, y el significar todas ellas un desafío a lo imposible”, recalca el escritor.
Las siete maravillas (haciendo un poco la vista gorda con los jardines, que seguramente desaparecieron antes) coexistieron un periodo breve: del 300 al 227 antes de Cristo, cuando se derrumbó el coloso.
 Manfredi subraya que se las seleccionó por lo que tenían de desafío a la naturaleza, de retos tecnológicos en una época, la helenística, que valoraba la capacidad del ser humano de realizar cosas verdaderamente grandiosas. En ese sentido la lista es heredera del espíritu que animó el Museo y la Biblioteca de Alejandría, de “una edad fantástica, increíble, osada”, y de “una civilización que creó la conciencia de que no hay nada imposible”. 
De ahí, dice, venimos nosotros y nuestras nuevas maravillas modernas: los rascacielos más altos, los puentes más vertiginosos, los túneles más largos. 

A Manfredi no le sorprende que en la vieja lista no esté, por ejemplo, el Partenón
 “Es un edificio de una perfección absoluta, pero lo que iba a la lista era lo imposible.
 El Zeus, del tamaño de una casa de cuatro pisos, es imposible, lo es el coloso de Rodas con sus 33 metros y dedos que no podía abrazar un hombre corpulento, el bosque de columnas de 18 metros del templo de Artemisa, la Gran Pirámide…”. Manfredi (no en balde Valerio Massimo) tiene los arrestos de añadir a la lista una octava maravilla, de su cosecha, la tumba de Antíoco I de Comagene (descendiente de Alejandro y de Darío I), por la que tiene un flaco.
 “Es un divertimento, un juego, me lo pidió el editor.
 Esa construcción en Anatolia que emplea toda una montaña, el monte Nemrut, cuya sombra podía cubrir todo el reino era sin duda alguna, nadie que la conozca me lo negará, una maravilla”.
En la desaparición de parte de las viejas maravillas paganas jugó un papel destructor nuestra civilización cristiana, de manera muy similar, recuerda Manfredi, a la de la feroz iconoclastia del ISIS que tanto nos indigna.

Qué fue de ellas

Los jardines colgantes. Ni rastro.
El mausoleo de Halicarnaso. Elementos reutilizados en construcciones posteriores. Algunos fragmentos en el British Museum de Londres.
El coloso de Rodas. No queda “nada de nada”.
 Los restos del gran bronce los compró al peso un comerciante de Edesa y los fundió.
 Hace unos años saltó la noticia de que había aparecido un puño bajo el agua: era una roca arañada por una draga.
El Zeus de Olimpia. Desaparecido completamente. Según alguna fuente sobrevivió hasta el siglo V en Constantinopla.
 Que estuviera revestido de oro y marfil lo hacía especialmente proclive al reciclaje.
El faro de Alejandría. Restos desperdigados en el mar donde se precipitó por un terremoto. 
Algunos elementos han sido recuperados.
El templo de Artemisa. Destruido. Trozos en el British Museum.
La Gran Pirámide.
 Ahí está, viendo pasar el tiempo (que, es sabido, la teme). Sin su piel resplandeciente pero impresionante todavía.
 La única maravilla que sobrevive.

 

España: una, grande ¡y cine!........................... Manuel Morales

Un pormenorizado estudio analiza la producción de películas al servicio de la nación en el franquismo.

Secuencia de 'Sor Citroën' (1967), con Rafael Alonso y Gracita Morales. EPV
El cine, “ese invento del demonio”, según Antonio Machado, fue, en manos del franquismo, una herramienta de control para que las productoras forjaran la idea de España que le interesaba a la dictadura, una visión nacionalista. 
Esa tesis sostiene la doctora en Historia Gabriela Viadero Carral en su libro El cine al servicio de la nación (1939-1975), de la editorial Marcial Pons, un pormenorizado recorrido por la filmografía en el régimen de Franco.
 Para este ensayo, prologado por José Álvarez Junco, Viadero Carral (Santander, 1983) ha visto en tres años 450 películas "de las aproximadamente 2.500", apunta, que se produjeron en las casi cuatro décadas de régimen.

Secuencia de 'Sor Citroën' (1967), con Rafael Alonso y Gracita Morales. EPV

 Esa tesis sostiene la doctora en Historia Gabriela Viadero Carral en su libro El cine al servicio de la nación (1939-1975), de la editorial Marcial Pons, un pormenorizado recorrido por la filmografía en el régimen de Franco.

“La construcción de la nación española, desde un punto de vista moderno, es anterior al franquismo, surge en el XIX.
 Sin embargo, con Franco se renegocia esa idea de España a través de medios como el cine, que llegaba a mucha gente y es persuasivo”, explica la historiadora.
 Las productoras "sabían que recibirían permisos para rodar y ayudas económicas si elegían los temas y enfoque que gustaban al poder".
Al comienzo del régimen se creó un intrincado proceso, de ventanilla en ventanilla, para poder filmar.
 El objetivo de los productores era conseguir un permiso de importación, "que permitía traer películas extranjeras, las que quería ver el público, y aseguraban ganancias". Para conseguirlo, antes había que producir películas españolas". 
El primer requisito, poder rodar, dependía del Servicio de Cinematografía, que vigilaba que el filme respondiese a las directrices de propaganda, si no, podía censurarlo. 
Después, la Subcomisión Reguladora de Cinematografía avalaba la viabilidad económica del proyecto y decidía sobre los permisos de importación, y el Sindicato Nacional del Espectáculo determinaba si se concedía el crédito.
 La razón de tanta burocracia era satisfacer a las familias del poder (falangistas, iglesia, militares…) que habían ganado la Guerra Civil.
-¿Cómo podemos ayudar a la reina?
-¡Conspirando en su favor como conspiran los partidarios del rey!
-Eso sería provocar una guerra civil.

 

Revolución en la alfombra roja................................. Irene Crespo...

El #AskHerMore cumple dos años y cada vez más actores se unen a él para combatir la desigualdad en las fiestas del cine.

Invitadas a Cannes 2015.

Hace dos años Julianne Moore, Reese Witherspoon y Jennifer Aniston se plantaron ante la famosa Mani-Cam, la minicámara que grababa la manicura y joyas de las actrices en las alfombras rojas de Hollywood.
 Fue el mismo año que The Representation Project lanzó en Twitter la campaña #AskHerMore justo a tiempo para los Oscar.
 Y el mismo en el que Patricia Arquette llevó a su discurso de agradecimiento del Oscar la denuncia de la brecha salarial en la industria.

Dos años después, las actrices siguen en la misma lucha, pero con la esperanza de que en las próximas galas haya cambios reales. Como parece que los ha habido, aunque lentamente, fuera de estos eventos —Jennifer Lawrence cobrando más que sus compañeros masculinos, Emmy Rossum alcanzando el mismo sueldo que su coprotagonista—.
 Por lo pronto, la Mani-Cam desapareció, después de captar alto y claro el no de algunas protagonistas y el dedo corazón de Elisabeth Moss
 Y en los últimos premios la pregunta sobre qué diseñador las vestía ha ido desapareciendo o al menos no es la única cuestión dirigida a las actrices.
Tampoco los cámaras apostados en la alfombra escanean ya de arriba abajo a las actrices, después de que uno se llevara el justo enfado de Cate Blanchett: “¿Le haces también eso a los hombres?”.

 

Hace dos años Julianne Moore, Reese Witherspoon y Jennifer Aniston se plantaron ante la famosa Mani-Cam, la minicámara que grababa la manicura y joyas de las actrices en las alfombras rojas de Hollywood.
 Fue el mismo año que The Representation Project lanzó en Twitter la campaña #AskHerMore justo a tiempo para los Oscar.
 Y el mismo en el que Patricia Arquette llevó a su discurso de agradecimiento del Oscar la denuncia de la brecha salarial en la industria.

Dos años después, las actrices siguen en la misma lucha, pero con la esperanza de que en las próximas galas haya cambios reales. Como parece que los ha habido, aunque lentamente, fuera de estos eventos —Jennifer Lawrence cobrando más que sus compañeros masculinos, Emmy Rossum alcanzando el mismo sueldo que su coprotagonista—.
 Por lo pronto, la Mani-Cam desapareció, después de captar alto y claro el no de algunas protagonistas y el dedo corazón de Elisabeth Moss 
. Y en los últimos premios la pregunta sobre qué diseñador las vestía ha ido desapareciendo o al menos no es la única cuestión dirigida a las actrices.
En la moda, Ashley Graham está consiguiendo que las tallas grandes se normalicen en pasarelas y revistas.
 En el cine, Leslie Jones lanzó en Twitter la queja de que ningún diseñador quería vestirla para la alfombra de Cazafantasmas. Christian Siriano salió en su ayuda y ya no ha vuelto a tener problemas.
 
Tampoco los cámaras apostados en la alfombra escanean ya de arriba abajo a las actrices, después de que uno se llevara el justo enfado de Cate Blanchett: “¿Le haces también eso a los hombres?”.
“Este es un extraño caso del mundo occidental en el que aún se considera totalmente aceptable reducir a mujeres listas y exitosas a participantes de un concurso de belleza”, dijo la periodista de The Guardian, Hadley Freeman, convirtiéndose en una de las frases más repetidas esta temporada.
"Este es un extraño caso del mundo occidental en el que aún se considera totalmente aceptable reducir a mujeres listas y exitosas a participantes de un concurso de belleza"
Las alfombras rojas son, en parte, concursos de belleza, nadie lo niega, pero lo que exigen es que no lo sea solo para ellas. Que los medios no las juzguen solo por sus vestidos y que se acabe esta rueda en la que llegan a un evento en el que están siendo alabadas por su trabajo, mientras fuera están siendo criticadas por la elección de su maquillaje.
Actrices y estilistas de Hollywood han anunciado ya su participación en la gran marcha de las mujeres el 21 de enero en Washington. El activismo feminista ha pasado de ser un nicho a un movimiento generalizado. Y el debate sobre la diversidad en la industria también se ha sumado a la lucha. Diversidad de razas, pero también de género, edades y tallas.

Moda de extremos para escapar de lo común...................... Estel Vilaseca......

Los complementos veraniegos serán antagónicos: o minúsculos o talla XXL.


Bolso de Balenciaga en el desfile primavera/verano 2017.

 

La próxima temporada no entiende de términos medios, sino todo lo contrario.
 Los adjetivos máximo y mínimo luchan desde su carácter de polos opuestos para definir los complementos —bolsos y calzado— para la próxima temporada de primavera y verano.
 “Los extremos son más atrayentes y permiten escapar de lo común. Si optas por ellos demuestras más personalidad, con un producto diferenciador que te hace escapar de la monotonía de la gran masa”, explica el experto en moda Gabriel Torres, director de proyectos y docente de la escuela de moda y diseño LCI de Barcelona.




Modelo con un mini bolso durante el desfile de Valentino de primavera-verano 2017.

Los bolsos representan actualmente casi el 30% de las ventas del mercado del lujo. 
Por ello las firmas invierten tiempo y esfuerzo en crear productos que generen deseo.
 Se encuentran pequeñísimos en la firma italiana Valentino. Su director creativo, Pierpaolo Piccioli, tras la marcha de Maria Luisa Chiuri a Dior el pasado julio, hilvana referencias renacentistas y punk en una colección inspirada en la libertad que otorgan los cambios.
 En la presentación de su línea de primavera-verano 2017, celebrada en septiembre en París, las modelos de Valentino caminaron ligeras sobre la pasarela con bolsitos de piel cruzados en los que apenas cabe un móvil, un pasaporte y un billete de avión a algún palacio decadente en el que disfrutar de una fiesta privada.

La próxima temporada no entiende de términos medios, sino todo lo contrario. Los adjetivos máximo y mínimo luchan desde su carácter de polos opuestos para definir los complementos —bolsos y calzado— para la próxima temporada de primavera y verano. “Los extremos son más atrayentes y permiten escapar de lo común. Si optas por ellos demuestras más personalidad, con un producto diferenciador que te hace escapar de la monotonía de la gran masa”, explica el experto en moda Gabriel Torres, director de proyectos y docente de la escuela de moda y diseño LCI de Barcelona.


Modelo con un mini bolso durante el desfile de Valentino de primavera-verano 2017.

Los bolsos representan actualmente casi el 30% de las ventas del mercado del lujo.
 Por ello las firmas invierten tiempo y esfuerzo en crear productos que generen deseo.
 Se encuentran pequeñísimos en la firma italiana Valentino. Su director creativo, Pierpaolo Piccioli, tras la marcha de Maria Luisa Chiuri a Dior el pasado julio, hilvana referencias renacentistas y punk en una colección inspirada en la libertad que otorgan los cambios.
 En la presentación de su línea de primavera-verano 2017, celebrada en septiembre en París, las modelos de Valentino caminaron ligeras sobre la pasarela con bolsitos de piel cruzados en los que apenas cabe un móvil, un pasaporte y un billete de avión a algún palacio decadente en el que disfrutar de una fiesta privada.

Minúsculos son también algunos de los bolsos que imagina Nadège Vanhee-Cybulski para Hermès.
 En una de las salidas de la pasarela de la maison, una de las modelos lució a modo de collar una miniatura azul inspirada en el famoso modelo Kelly.
 Otras lucieron en la mano un par de nano-bolsos cada una, uno redondo y otro cuadrado. La lectura de estos complementos es simple: las dueñas de ellos están obligadas a llevar lo esencial y prescindir de lo superfluo.


Detalle de uno de los bolsos de Valentino. PIXELFORMULA/ SIPA / Cordon Press

En el otro extremo se encuentra Cèline.
 Entre las propuestas de la casa parisina destacan unos triunfantes sacos de piel para las Mary Poppins del siglo XXI; piezas talla XXL de color blanco que se cuelgan del hombro o se llevan bajo el brazo, pensadas para la vida nómada y lujosa.
Phoebe Philo, directora creativa de Cèline, es toda una maestra en el arte de dar vida a exclusivos sacos en los que, ahora sí, cabe de todo: 
 “Para el día me pone de los nervios si un bolso no es úti”, explicaba la diseñadora a la revista especializada en moda WWD, en una de las pocas declaraciones que Philo ha dado a la prensa.
 La británica llegó a Céline en 2008 y, desde entonces, ha materializado sus manías en bolsos cómodos, versátiles y, sobre todo, prácticos.
 Algo más excesivo ha sido Demna Gvaslia para Balenciaga, quien presentó para la próxima temporada bolsos que recuerdan a los asientos puf. 
O los de Loewe y Prada, de tamaño maxi y asa corta, ideados para lucir como carteras de mano.