La
correspondencia de la hispanista francesa, que se expondrá en la
Biblioteca Nacional, revela su papel esencial en la difusión
internacional de grandes autores del siglo XX.
Mathilde Pomès, en 1931 BIBLIOTECA NACIONAL MADRID
Cuando la joven Mathilde Pomès veía los Pirineos desde su casa, se
preguntaba qué había al otro lado. Nacida en 1886 en el pueblo de
Lescurry, su curiosidad le impulsó a aprender español y a asistir cada
verano, desde 1912, a unos cursos de verano en Burgos. Allí conoció a
escritores e intelectuales, entre ellos, un joven poeta, Pedro Salinas, que luego integró la Generación del 27. Su influencia como profesora de La Sorbona –fue la primera catedrática
de español en esa universidad– ayudó a que a Salinas le diesen allí un
puesto. Ese fue el primero de los muchos favores que, de manera
desinteresada, hizo esta mujer a los grandes de la literatura española
de la primera mitad del siglo XX. Así lo demuestra el millar de cartas
que acumuló de 160 figuras (Unamuno, Azorín, Falla, Turina, Machado,
Azaña, Gómez de la Serna, Gerardo Diego, Alberti, Jorge Guillén…) y de
las que una pequeña muestra, en torno a 40, prácticamente todas
inéditas, formarán parte de una exposición en la Biblioteca Nacional a partir del 30 de septiembre. La comisaria de la exposición, Elisa Ruiz García, catedrática emérita
de la Facultad de Geografía e Historia de la Universidad Complutense de
Madrid, conoció a Pomès por su marido, Manuel Sito Alba, que dirigió la
Biblioteca española de París. “Ella no había tenido hijos y vivía en
una residencia. La visitábamos, nos contaba cosas, le llevábamos
fruta…”. Ruiz cree que Pomès vio en ellos a los nietos que no había
disfrutado, y quizás fue la razón por la que un día les anunció que les
regalaba las valiosas cartas que guardaba. Ruiz, nacida en 1937, se ríe
cuando dice que ahora se ve “como Mathilde, mayor” y por ello ha donado a
la Biblioteca Nacional las cartas de la hispanista y poeta, fallecida
en 1977. En esa correspondencia se aprecia su “amistad profunda” con Manuel de
Falla, al que había conocido en Granada. La hermana del músico se
dirigió a ella en febrero de 1930 para decirle que el autor de El amor brujo
estaba con depresión; con Unamuno, “el intelectual español que más le
impactó”, le confesó a la profesora Ruiz, y del que habrá en la
exposición una foto dedicada a Pomès: “Con un abrazo espiritual”. También, Baroja, Ortega y la Generación del 27,
“con los que se entendía muy bien porque eran de la misma edad”. Unos
jóvenes que se alejan de algunos de sus predecesores, como le escribe
Salinas en 1928: “La vieja Azorín con sus ridículos intentos teatrales. Baroja viviendo de las sobras de su arte. Machado, digno, noble siempre,
pero con ese aire remoto suyo”. Los escritores españoles le enviaban sus poemas y manuscritos a esta mujer inteligente, de estatura media, pelo a lo garçon y mirada penetrante. “Ella los traducía al francés y escribía artículos en Le Figaro,
donde colaboraba, para darlos a conocer. Fue clave en su difusión en
París, que entonces era la capital cultural del mundo. Si triunfabas
allí, podías tener éxito mundial”. Ramón Gómez de la Serna, del que
vertió al francés sus greguerías, la llamó “mi querida y admirada hada
madrina” en una de las 35 cartas que se conservan de él, todas escritas
en tinta roja. La triple condición de amiga, traductora y agente
literaria llevó a Vicente Aleixandre a definirla como “el verdadero
cónsul de la poesía española en Europa”. Muchos de ellos la visitaron en
su casa de París, un cuarto piso en el que al entrar solía haber un
agradable olor a sopa de verduras.
Las misivas de Pomès conforman “un fresco de la intelectualidad
española entre los años 20 y los 50 del siglo XX, un periodo crucial, y
en los textos hay referencias a la situación literaria, social y
política”. El agradecimiento de la flor y nata de la poesía española a
Pomès se reflejó en un homenaje al que ella acudió, el 10 de abril de
1931, en un restaurante de Madrid. En la Biblioteca Nacional se mostrará
una foto de aquella comida, en la que los asistentes firmaron un
tarjetón en el que Lorca dibujo a una joven con una copa. Sin embargo, en el archivo de Pomès hay un grupo de 55 cartas que tienen otra dimensión,
más emotiva, las de la esposa de Salinas, Margarita Bonmatí
(1883-1953). “En ellas describe si él está animado, si escribe…”. Un
itinerario de primera mano de su producción, como certifica una misiva
de 1931: “Hay un cambio en su poesía, lo siento como buscándose entre
nieblas, pero no acertando a dar con la luz”. Bonmatí le cuenta, un año
después, la complicada vida política española: “Los monárquicos, los
extremistas y los comunistas han avanzado con una sola idea, destruir
esta República tan humana”.
Tarjeta postal de 1931 dedicada a la hispanista por Lorca, Diego, Altolaguirre, Aleixandre.. BNE
Durante 30 años, Mathilde y Margarita forjaron una gran relación
.
“Aunque Margarita pertenecía a la alta burguesía, tuvo una vida difícil,
porque su marido conoció en 1932 a una profesora estadounidense,
Katherine Prue Reding, de la que se enamoró”. Cuando descubrió la
infidelidad, quiso suicidarse arrojándose al río Tajo, pero fue salvada
por alguien que pasaba por allí.
“En la correspondencia posterior se
aprecia, entre líneas, de manera delicada, su situación dramática”.
Cuatro años después estalla la Guerra Civil, y Salinas, significado con
la República, está con su mujer en Santander, donde dirigía los cursos
de la Universidad Menéndez Pelayo, y con Mathilde.
La francesa parte en
un barco llegado a la capital cántabra para evacuar a los extranjeros y
se lleva a los dos hijos de los Salinas, que hace pasar por suyos, para
sacarlos de España.
El autor de La voz a ti debida se lo agradecerá en una carta en la que se muestra “preocupadísimo y sin noticias de lo que ocurre” en el país.
Él y su esposa consiguieron abandonar España y partieron todos al exilio en Estados Unidos. “El que es un poco honesto o civilizado se ha ido a la desbandada”, le cuenta Bonmatí a su amiga.
La herida del exilio sigue abierta en 1950. Salinas escribe: “Estoy
resuelto a no pisar España mientras mande allí ese y esa canalla”, pero
añora su país y surge el miedo del desarraigo: “Pienso a ratos: ¿Qué
español hablo y escribo?”. La diáspora que causó la Guerra Civil diluyó
poco a poco los contactos de Pomès con sus amigos escritores. A la
profesora Ruiz le cuesta aún hoy entender el embelesamiento que Mathilde
Pomès tuvo por la cultura española, y del que da cuenta en una carta a
Guillén: “El verdadero clima de mi alma, yo lo he saboreado en España
con una emoción y un amor indecibles”.
Juan Ramón Jiménez, vendedor de bordados
La historiadora Elisa Ruiz. Alvaro García
Entre las numerosas muestras de generosidad de la hispanista Mathilde
Pomés hacia los escritores españoles, no solo las había literarias,
sino que también se preocupaba por aliviar sus aprietos económicos. El
mejor ejemplo es Juan Ramón Jiménez. El poeta encerrado en su creación
no tenía muchos ingresos, así que su esposa, Zenobia Camprubí, decidió
abrir en Madrid “una tienda de arte español, que vendía bordados,
encajes, artesanía…”, cuenta la profesora Elisa Ruiz. “Mathilde les
ayudaba enviando desde Francia materiales, como hilos de colores. Y, de
vuelta, Zenobia le mandaba los productos elaborados para que ella los
vendiese entre sus amistades de París”.
La realidad colabora en la creación del estereotipo para que coincida con nuestra idea
Quien descubre el Aparato Imaginario se convierte en un individuo libre.
Entrados en este debate, se quedan muy sorprendidos cuando consigo
hacerles entender que la realidad es en gran medida una construcción
verbal. Lo explica Castaneda en Las enseñanzas de don Juan, me
parece, cuando afirma que "la realidad es lo que decimos que es la
realidad". Hay un cuento, no recuerdo ahora de quién, en el que se
relata la historia de un antropólogo que tras estudiar durante años en
una universidad europea las características de una tribu del centro de
África, consigue ir a conocerla y no logra ver más que lo que ha
estudiado. Le ocurre lo que a los habitantes del pueblo de El rey desnudo,
que no ven sino lo que esperaban ver. Es sabido además, nos advierte el
autor del relato, que estas tribus africanas tienen ojeadores que
avisan, cuando ven venir al antropólogo, para que los negros se pongan a
hacer las tonterías que el antropólogo espera que hagan. . De manera que la realidad colabora en la creación del estereotipo
para que lo que tenemos dentro de la cabeza coincida con lo que hay
fuera de ella.
A estas alturas, los alumnos que todavía me escuchan van haciéndose
cargo de que en efecto, lo que llamamos realidad no es algo dado,
inmutable y fijo, sino algo en perpetuo movimiento que se modifica en
función de que lo nombremos de un modo o de otro, lo que sin duda alguna
depende de la capacidad verbal de los usuarios de la realidad. Entonces
es cuando trato de explicarles que también la ausencia de palabras
genera realidades, y les cuento una anécdota, extraída de una película
canadiense titulada Léolo, que quizá muchos de ustedes hayan
visto y que les hace bastante gracia. Hay una escena en esta película,
digo, en la que aparece una clase de inglés. Los alumnos, críos de 9 o
10 años, son de habla francesa. El profesor ha dibujado en la pizarra el
esquema corporal de un niño al que llama Johnny, cuyo cuerpo va
recorriendo con un puntero al mismo tiempo que los alumnos pronuncian en
inglés la zona señalada. De este modo, se oye un coro de voces que
repite como una letanía: el pelo de Johnny, la frente de Johnny, los
ojos de Johnny, los párpados de Johnny, la nariz de Johnny, los labios
de Johnny, etcétera. El protagonista de la película, que es uno de esos
niños, llega muy excitado cada mañana a la clase de inglés para ver si
ese día Pero como los días pasan y el profesor de inglés recorre todo el cuerpo
de Johnny sin mencionar ese órgano, el niño crece convencido de que los
ingleses no tienen polla. Y esto, que a primera vista parece el
despropósito de un niño disparatado, les explico, es en realidad un
desatino del sistema. El niño, por el contrario, está haciendo unos
esfuerzos increíbles para entender algo que no tiene otra explicación
que la que él se da. Ese niño constituye una isla de racionalidad en un
entorno desquiciado
Victoria
Combalía reivindica el papel de mujeres como Valentine Hugo, Nancy
Cunard y Kiki de Montparnasse en el movimiento artístico de inicios de
la pasada centuria.
Nancy Cunard fotografiada con sus brazaletes africanos en 1926 por Man Ray. Man RayHay periodos del arte en el que sus protagonistas desbordan
intensidad . Uno de ellos es el Surrealismo, donde pintores, escritores y
artistas parecen haber vivido la vida al límite, sin prejuicios y lejos
de convencionalismos. Después de estudiar durante 10 años y publicar en
2013 un libro sobre Dora Maar, la fotógrafa y amante de Picasso, pero también una de las creadoras surrealistas más intensas e interesantes, parecía normal que la crítica de arte Victoria Combalía se fijara en sus hermanas pequeñas,
un ramillete de mujeres que han quedado eclipsadas por sus compañeros y
amigos, pero que desempeñaron un papel destacado en la creación de las
primeras décadas del siglo XX. Valentine Hugo, Nancy Cunard, Peggy Guggenheim,
Kiki de Montparnasse —la única de origen humilde de las seis—,
Maria-Laure de Noailles y Joyce Mansour son las protagonistas de Musas, mecenas y amantes. Mujeres en torno al surrealismo (Elba), un bello libro en el que queda patente el amor por el arte de este grupo de fascinantes mujeres.
“En
el entorno de los creadores surrealistas, siempre aparecen mujeres
asistiendo a eventos, firmando manifiestos, como novias, amantes,
cómplices y compañeras, pero solo de forma puntual se les nombra en los
pies de fotos. Como Valentine Hugo, esposa de Jean Hugo, íntima amiga de
Cocteau y localmente enamorada de Breton; Peggy Guggenheim como mujer
de Marx Ernst, Nancy Cunard como la amante de Louis Aragon, por la que
quiso suicidarse, o Kiki de Montparnasse, la más simpática y gamberra,
que fue amante de Man Ray que la fotografió en múltiples ocasiones y
acabó siendo el símbolo de la bohemia parisina. Me interesaba investigar
sus vidas y comprobar que hicieron muchas cosas por ellas mismas”. Por
eso, Combalía no ha incluido en su libro a personajes como Gala.
Kiki de Montparnasse, en una famosa imagen que Man Ray tomó en 1926. Man Ray
Por el contrario, las protagonistas del libro son mujeres superactivas.
Como Valentine Hugo, ilustradora de libros y escenógrafa con su marido
que acabó llevándose todo el reconocimiento.
“Kiki de Montparnasse era
una reconocida cantante, una gran profesional y la única por la que
sintió celos Édith Piaf”, apunta la autora.
La mecenas más activa,
aparte de Peggy Guggenheim, que decía que había que comprar un cuadro
cada día, ayudó a muchos artistas a salir del yugo nazi, como a Breton
al que pagó una mensualidad durante su exilio americano, descubrió a
Pollock y reunió una gran colección de arte que puede verse en lo que
fue su casa de Venecia (en cuyo jardín está enterrada junto a sus
perros), fue, según la autora, Maria-Laure de Noailles.
“Ella y su
marido adelantaron el pago de una obra a Dalí que utilizó el dinero para
comprar su barraca de Portlligat. También ayudó a Picasso y financió a
Luis Buñuel La edad de oro con 260.000 francos tras ver en 1929 Un perro andaluz.
Un apoyo que llevó a la pareja a ser expulsada de los círculos sociales
de la alta burguesía parisina”.
Pero la que más simpatía despierta a la
autora es Nancy Cunard.
“Era poeta y periodista y durante la Guerra
Civil destacó por su militancia a favor de la República, escribiendo
crónicas como las de Hemingway.
Criticó los campos de refugiados y ayudo
a los exiliados.
Era una enamorada de la cultura africana y fue
desheredada por su relación con el músico negro Henry Crowder”.
Maria-Laure de Noailles y Salvador Dalí, en 1930.
Libertad sexual
Las seis comparten aficiones: casi todas beben, fuman opio y todo
tipo de drogas y son bastante libres sexualmente. “Es lo normal, ya que
el ambiente artístico y la creación estaban muy unidos a las drogas. Peggy no bebía pero sus maridos eran unos borrachos y ella, según se da a
entender en sus biografías, era casi ninfómana”. Algunas fueron tachadas incluso de locas, como Kiki de Montparnasse y
Nancy Cunard. “Eran mujeres muy independientes y tenían mucho carácter,
con comportamientos contrarios a los que se consideraban normales
dentro de la burguesía, la clase a la pertenecía la mayoría”, explica la
autora que considera que no existen mujeres como ellas hoy en día. “Que
cumplan todos sus requisitos, no. La sociedad de los años veinte y
treinta no es la de ahora. Quizá Francesca Thyssen, la hija del barón. Me consta que hace mucho por los artistas, pero desconozco si su vida
sentimental es tan intensa como la de ellas”, remacha.
El estereotipo patrio se perfila tímido a la hora de mostrar su verdadera personalidad y poco dado a probar cosas nuevas.
Para las españolas estar morena es sinónimo de estar guapa.
Foto: Getty
Un pasatiempo a realizar en los aeropuertos internacionales es jugar a
descubrir la nacionalidad de los transeúntes.
No hay que generalizar,
pero los estereotipos se cumplen en muchas ocasiones.
La norteamericana,
excesivamente artificial y orgullosa de serlo; la inglesa, para la que
el adjetivo excéntrico dista mucho de ser peyorativo sino algo deseable,
aunque sea en pequeñas dosis; la francesa, con su elegancia natural o
la nórdica, con su interesante versión del minimalismo coqueto y
confortable.
Las españolas somos también fácilmente identificables, aunque tal vez
necesitaría tener otra nacionalidad y vivir fuera para poder definir el
estilo patrio en una sola frase. Lo que se conoce como perspectiva para
tener una visión de conjunto. Si me atrevería a apuntar esa
compartimentación que divide a las compatriotas en grupos fácilmente
identificables, estéticamente, y que cumple a rajatabla ciertas reglas. Plantillas de las que uno no puede salirse. La señora de clase alta, con
la ropa como acabada de comprar que no olvida su pañuelo para viajar en
avión; la mochilera, a la que le está prohibido el maquillaje o
cualquier tipo de frivolidad; la funcionaria, que en sus vacaciones
visita las capitales europeas y es adicta al normcore en cuerpo y alma o la seguidora de tendencias, aunque éstas últimas no la sigan a ella. “Lo más acusado en la mujer española es el miedo a desarrollar la propia personalidad, a sobresalir, a ser diferente”,
comenta Sara Largo, directora de tuasesordeimagen.es y presidenta de la
Asociación Española de Asesores de Imagen y Personal Shoppers (ASEDAI).
“Somos muy conservadoras, incluso en Madrid que, si la comparamos con otras capitales europeas a nivel estético, es muy poco vanguardista.
Asesoro en cuestión de imagen a muchas ejecutivas, profesionales que
han llegado muy alto gracias a su esfuerzo y siempre me piden lo mismo:
quieren estar bien y correctas pero pasar desapercibidas. Cero concesión
a la frivolidad o feminidad en un mundo laboral dominado por hombres,
porque su mayor temor es que los demás piensen que han alcanzado su
estatus por razones al margen de los estrictos méritos profesionales”,
apunta Largo. El alto poder adquisitivo no va siempre unido a un mismo nivel cultural. Algo que se aprecia en todo el mundo y que, en España, deja su huella. “Una persona cultivada lo refleja en su forma de vestir y arreglarse.
Pero, a veces, tener dinero se traduce aquí en llenarse de colores,
maquillarse en exceso o adornarse con excesivas joyas o abalorios”,
apunta esta asesora. Envejecer con dignidad es otra de las asignaturas
pendientes de la estética nacional, que pierde con los años. La juventud
es siempre una garantía de buen aspecto pero, una vez perdida se
encuentran pocos ejemplos de lo que es mantener la naturalidad y el
estilo. “Más que intentar parecer más joven, lo deseable sería
conservarse lo mejor posible, dentro de la edad que uno tiene. Yo soy
partidaria de abrazar el minimalismo a medida que se cumplen años. Hay
que ser cada vez más austera y apostar por colores neutros, pero veo que
aquí mucha gente hace lo contrario y, por ejemplo, en ropa se decantan
por los estampados o brillos”, sostiene Sara Largo. Al final, todas acabamos rubias La máxima de que los tonos claros suavizan los rasgos ha hecho que la
mayoría de la población, pasados los 40, tenga el mismo color de pelo .
Sin embargo, Yolanda Aberasturi, la prestigiosa peluquera vasca, matiza
que “esta regla es aplicable si se tiene la tez blanca, pero si la piel
es morena o aceitunada hay que tener cuidado porque se puede conseguir
el efecto contrario”. Sara Largo es partidaria de seguir la naturaleza
con alguna ayuda extra, “nuestro color natural de pelo es, casi siempre,
el que más nos favorece porque va acorde con el tipo de piel. Se puede
aclarar uno o dos tonos con los años, pero no más. Yo siempre digo que
lo ideal es conseguir el que teníamos de pequeños, antes de que empezara
a oscurecerse. Una de las primeras cosas que hacemos cuando alguien nos
pide asesoría en imagen es hacer un estudio del color para ver los que
más le favorecen. Pero, debido a una mala elección en el tinte, en
muchos casos el color que le va bien al pelo no corresponde con el de la
piel y hay un desajuste”. Ni que decir tiene que las canas son, todavía, el pecado nacional,
aunque cada vez hay más mujeres que se atreven a llevarlas y que deben
soportar las reprimendas de sus compañeras de género, ¡ay si te tiñeras,
parecerías 10 años más joven! En opinión de Aberasturi, “el problema
del look con canas es que hay que cuidarlo minuciosamente. El
corte es fundamental al igual que los cuidados para evitar tener un
aspecto desaliñado o que el pelo blanco se vuelva amarillo o crespo. Pero, debidamente atendido, da un toque de sofisticación natural”. El abuso de las mechas o su mala utilización tiene también un
capítulo en la estética capilar española. “Hay muchas formas de hacerlas
para conseguir un efecto natural y no recargarlas en exceso. Lo ideal
es dibujarlas de forma degradada, muy suaves, tanto en color como en
grosor. Hay que partir de la zona superior e ir disminuyendo en
intensidad a medida que bajamos en largura”, señala la peluquera
bilbaína. Maquillaje. Básicos hispanos: polvos bronceadores y kohl “La relación de las españolas con respecto al maquillaje es más bien
extremista. Están las que no se maquillan en absoluto y las que lo hacen
en dosis excesivas”, apunta Pedro Cedeño, maquillador y peluquero para
Talents. Según este profesional, los errores más comunes entre las
españolas son “el abuso de los polvos bronceadores, que además se
extienden por toda la cara; el kohl negro –esa raya que va por dentro
del ojo- y el perfilador de labios, mal utilizado. A veces, incluso, sin
el uso de color, solo con el gloss. La española tiene incrustado en su ADN que estar guapa es sinónimo de estar morena y tener buen color
y uno de los fallos más corrientes es no dar con el tono adecuado para
la base de maquillaje –tender a oscurecerla- y usar la misma para verano
e invierno”.
Las españolas son más dadas a seguir las tendencias en moda que en maquillaje. Aquí, y según Cedeño, “suelen utilizar el mismo maquillaje toda la vida, una vez que dan con el que creen que más les favorece.
Hay que decir que esta costumbre está cambiando con las nuevas
generaciones, que parecen más preocupadas en aprender a utilizar mejor
los productos y a combinarlos adecuadamente. La mayor parte de la gente
que me hace preguntas son chicas jóvenes a las que maquillo, ¿qué color
de labios me va mejor?, ¿cómo aplico la sombra de ojos o el antiojeras
sin que parezca un oso panda?, ¿la manera correcta de usar las sombras
de ojos? Intuyo que las nuevas generaciones se van a preocupar más en
cuidar su piel y no tanto en taparla, como han hecho sus madres. Las
mujeres de entre 40 y 50 están muy preocupadas en como hacerse pequeños
arreglos que las ayuden a mantener un buen aspecto sin que se note
demasiado, puesto que disponemos de sobrada información visual de lo que
no nos gusta”.
El escaso interés en cambiar nuestra manera de maquillarnos y de
seguir de forma inteligente las tendencias en este campo viene, según
este profesional, de una falta de información adecuada. “La gente
desconoce las novedades y corrientes en maquillaje y creo que la culpa
de esto está en parte en los medios de comunicación. No hay revistas
especializadas en el tema, solo las de moda tratan el asunto en unas
páginas y, a veces, de una forma no demasiado clara ni explicativa. Cuando fui por primera vez a Nueva York me llamó la atención el hecho de
que en las tiendas de cosmética todo el mundo estaba probando los
productos. Aquí, hasta hace muy poco, la dependienta te veía con malos
ojos si usabas el probador y te preguntaba si ibas a comprar algo. La
televisión también parece algo desfasada y el maquillaje que llevan presentadoras y contertulios es muchas veces excesivo, sobrecargado. La tecnología ha cambiado, tenemos pantallas de plasma que nos muestran
hasta el último poro y los maquilladores todavía usan la misma técnica
de años atrás”. Las festividades o eventos importantes son momentos en los que la
mayoría recurre a un peluquero, pero pocas contratan a un maquillador
profesional para que saque lo mejor de una misma. La consecuencia es,
según Cedeño, que “para muchas arreglarse es echarse años encima o
disfrazarse y perder por completo su estilo y personalidad”.