Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

29 ago 2019

LA MUÑECA GRANDE de Mary Rancel

LA MUÑECA GRANDE de Mary Rancel


De pequeña, siempre estaba enferma de la garganta;  me daba mucha fiebre y pasaba días en cama.  
Cuando tenía seis años, el médico decidió que debía ser operada de amígdalas, para acabar de ese modo con este recurrente malestar.  
Después de la preparación previa y los análisis pertinentes, decidieron la fecha de la intervención para extirparme  esas glándulas que tanto daño me hacían.  A tal fin, nos trasladamos a Santa Cruz y nos quedamos unos días en casa de una hermana de mi padre.  
Mi tía tenía tres hijos; dos chicas y un varón, y la más pequeña de las niñas era de mi edad y, juntas, lo pasábamos estupendamente, jugando todo el tiempo.
La operación se llevó a cabo en una clínica de la calle del Castillo. 
 El cirujano fue D. Fernando Rey Valentín; no he podido olvidar su nombre.  La primera noche tras mi operación, la pasé en la clínica pero, al día siguiente, volvimos a casa de mi tía.
  Allí me daban helados y purés que me encantaban.  Papá se marchó porque tenía trabajo y yo me quedé con mamá dos días más.
El día que regresábamos a casa, mi madre apareció con una gran caja que me entregó de inmediato. 
 Era una muñeca casi tan grande como yo.  Caminaba, cerraba los ojos y decía mamá. 
 Me quedé prendada de ella; era la más bonita que había visto nunca.  Aquel obsequio era el premio por haber sido una buena niña.  
Una vez en casa, mamá me hizo un vestido igual al que llevaba la muñeca, de la misma forma y color. 
 Resultó ser otro regalo importante.  Lo estrené el día de la presentación de mi increíble muñeca a las amigas.  Ese día todas pudimos jugar con ella

Eslabones perdidos del jazz.................................. Diego A. Manrique

Ve la luz ‘Rubberband’, álbum grabado por Miles Davis en 1985 y rechazado por Warner.

 Otro regalo inesperado: el rescate de una banda sonora de Coltrane.

jazz
Miles Davis, en una actuación en Nueva York en 1985. Getty
Puede que todo comenzara con Betty Mabry. Modelo y cantante, se movía por los círculos neoyorquinos del rock y del soul. 
Fue casualidad que coincidiera con Miles Davis y que entre ambos surgiera una relación abrasadora.
 En 1968, se convirtió en la segunda esposa legal del trompetista y cambió tanto su música como su look.
 Por entonces, Davis mantenía su rutina profesional, ante públicos decrecientes.

jazz
Miles Davis, en una actuación en Nueva York en 1985. Getty
Puede que todo comenzara con Betty Mabry. Modelo y cantante, se movía por los círculos neoyorquinos del rock y del soul. 
Fue casualidad que coincidiera con Miles Davis y que entre ambos surgiera una relación abrasadora.
 En 1968, se convirtió en la segunda esposa legal del trompetista y cambió tanto su música como su look.
 Por entonces, Davis mantenía su rutina profesional, ante públicos decrecientes.
Reconvertida en Betty Davis, ella le hizo ver que estaba descolocado. 
El jazz parecía aspirar al suicidio comercial, tras la eclosión del free; Betty le llevó al territorio donde estaba la acción. Primero, renovó su vestuario.
 Segundo, le sumergió en discos de Hendrix, Otis, Sly, Cream. Poco a poco, Miles se fue electrificando.
 Hay indicios en Miles in The Sky (1968), pero se hace evidente al año siguiente, con In a Silent Way.
Davis controlaba su evolución con pulso firme; no ocurría lo mismo con su matrimonio, envenenado de celos y violencia.
 Los temas dedicados a Betty reflejan ese deterioro, del exquisito Mademoiselle Mabry al despectivo Back Seat Betty.
  Se divorciaron en 1969, sin romper el contacto.
 Con su apellido de casada, Betty se reinventó como lúbrica vocalista de funk-rock, sin lograr gran impacto.
 Miles se estableció en la emergente escena del jazz-rock, creando escuela con discos dobles como Bitches Brew y On the Corner. 
 Sin embargo, tampoco logró entrar en el mainstream de la música negra.
 No formaba parte de la dieta sonora del gueto: su ámbito eran los palacios del rock, el circuito europeo del jazz, Japón.
Entre 1976 y 1980, Miles desapareció de la circulación, perdido entre cocaína, dolorosos achaques y confusión íntima: se transformó en el Príncipe de la Oscuridad, como decía su leyenda. Le salvó una intervención familiar, encabezada por su hermana Dorothy y su futura tercera esposa, la actriz Cicely Tyson. Reapareció en 1981 con una balada que pegó en la radio: Time After Time, de Cindy Lauper.
 Todavía no había recuperado su pericia en la trompeta, pero lo disimulaba con una banda que incluía bestias como el guitarrista Mike Stern, el saxofonista Bill Evans y el bajista Marcus Miller.

Aunque hubo algunas recaídas en las drogas, aprovechando ausencias de Cicely, todo funcionaba perfectamente hasta que dio un puñetazo encima de la mesa: abandonó Columbia, su hogar desde 1955.
 Le molestó algún gesto de tacañería, aunque la disquera le había mantenido durante sus años de inactividad. 
Y le indignaba el asunto Wynton Marsalis: la nueva estrella de la trompeta también grababa para Columbia y, mientras ascendía a capo del jazz en Nueva York, no ocultaba su antipatía por el Miles eléctrico.
 También había roto amarras con Teo Macero, su productor en Columbia.
La modelo y cantante Betty Davis, segunda esposa de Miles Davis, en una imagen sin datar.
La modelo y cantante Betty Davis, segunda esposa de Miles Davis, en una imagen sin datar.
Sin avisar a esa compañía, en 1985 fichó con Warner. Decidió debutar con un disco que le estableciera como figura del funk.
 El álbum, que nunca se publicó y verá la luz el próximo 6 de septiembre (mes en el que habrá otra operación de rescate en la sección de leyendas del jazz con otra referencia olvidada de John Coltrane), tenía título, Rubberband, y los cómplices adecuados: chavales de Chicago a los que había conocido a través de su sobrino, el baterista Vince Wilburn Jr.

Ya habían trabajado con Miles y sabían de sus peculiaridades: les dejaba solos en el estudio y, al final, él sumaba su trompeta.
 Aparte de Vince, al proyecto Rubberband se unieron Randy Hall y Attala Zane Giles, músicos y productores de soul contemporáneo. Nada de jazz: Miles quería “el sonido de la calle”. 
Usaron Ameraycan, estudio del guitarrista Ray Parker Jr., situado en North Hollywood (Los Ángeles). 
Hasta el ingeniero tenía pedigrí: Reggie Dozier era hermano de Lamont Dozier, gran constructor del Sonido Motown. 
Soportaban los arrebatos de Miles: insultos, golpes de boxeo, groserías varias. 
Dozier se quedó aterrado al comprobar que podía tocar fuera de micro; intentaba, luego lo explicaría, explorar los armónicos y asegurarse de que no desafinaba. 
 
Terminaron contentos: Miles añadió su trompeta (y algo de sintetizador) en 11 temas. Faltaba rematar uno e incorporar las voces de Al Jarreau y Chaka Khan cuando cayó el mazazo: Tommy LiPuma, responsable de jazz en Warner, decretó que aquello no se debía publicar. ¿Tan horrible era?
 No para los oídos de Miles: Rubberband, Carnival Time, Wrinkle y I Love What We Make Together sonaron en muchos conciertos; otras dos piezas fueron recicladas en Doo-Bop, su disco póstumo.

Con la publicación de Rubberband constatamos que no se trataba de un disco radical. 
Aunque ahora se haya endulzado con las gargantas de Ledisi y Lalah Hathaway, el moderno r&b estaba compensado con música trepidante a lo Miami Vice, algunas baladas y hasta un exotismo smooth jazz (Paradise).

Reconvertida en Betty Davis, ella le hizo ver que estaba descolocado.
 El jazz parecía aspirar al suicidio comercial, tras la eclosión del free; Betty le llevó al territorio donde estaba la acción.
 Primero, renovó su vestuario.
 Segundo, le sumergió en discos de Hendrix, Otis, Sly, Cream. Poco a poco, Miles se fue electrificando. 
Hay indicios en Miles in The Sky (1968), pero se hace evidente al año siguiente, con In a Silent Way.

LiPuma prefería que Miles colaborara con Marcus Miller: tocaba prácticamente todos los instrumentos, tenía olfato comercial, sus producciones encajaban en el sonido esterilizado de los ochenta y… era flexible a la hora de los créditos.
 Funcionó, hay que decirlo, con Tutu (1986) y Amandla (1989). El truco: LiPuma exigía firmar como coproductor, multiplicando su sueldo.
 Tampoco Miles está exento de culpa: no peleó por Rubberband. Y cometió errores de primerizo: fiándose de David Franklin, abogado que también guiaba la carrera de su esposa actriz, firmó sin advertir que cedía sus derechos editoriales a Warner Chappell. 
Los adelantos tampoco fueron generosos: recibía casi medio millón de dólares para gastos de producción de cada disco… pero se gastaba mucho más, con lo que empezaba endeudándose con Warner.
Lamentablemente, el sello tampoco ha sido capaz de honrar la memoria de Miles.
 No ha llegado a materializar The Last Word, la tantas veces anunciada panorámica de sus seis últimos años.
 Su único lanzamiento comparable con las exhaustivas cajas de Columbia es The Complete Miles Davis at Montreux 1973-1991, una iniciativa de Claude Nobs, fundador del festival suizo. Tampoco ha logrado juntar en un disco las grabaciones confeccionadas por Prince para el trompetista, reinventadas en giras y en un estudio alemán. 
No esperen grandes revelaciones, pero todavía queda Miles por descubrir.

 

 

Las visitas a don Juan Carlos en el hospital

El rey Felipe VI y la reina Letizia vistiaron el pasado domingo al Rey emérito. A la salida comentaron que le vieron bromeando y "con las típicas molestias, pero evolucionando muy bien". 
Oh! es ella y su aireada blusa de lunares

 
La reina Sofía también destacó el pasado domingo, tras visitarle por la mañana, su sentido del humor: "Nunca lo pierde". La reina Sofía también destacó el pasado domingo, tras visitarle por la mañana, su sentido del humor: "Nunca lo pierde".


La infanta Cristina y sus hijos Juan Valentín, Irene y Miguel visitaron a Juan Carlos I este lunes, donde permanece ingresado tras haber sido sometido el pasado sábado a un triple bypass.  
Cristina parece más una hermana que una madre , son muy guapos sus hijos y sobre todo su hija


  • El rey Felipe VI y la reina emérita salen de la clínica Quirón, en Madrid, junto a una de los médicos de don Juan Carlos. Madre e hijo acudieron a ver al Rey emérito el sábado, pocas horas después de la intervención quirúrgica del monarca. Fueron los primeros de una larga serie de visitas que han acudido al hospital.
    El rey Felipe VI y la reina emérita salen de la clínica Quirón, en Madrid, junto a una de los médicos de don Juan Carlos. Madre e hijo acudieron a ver al Rey emérito el sábado, pocas horas después de la intervención quirúrgica del monarca. Fueron los primeros de una larga serie de visitas que han acudido al hospital. GTRES. Su madre de niño lo educó muy bie y más mayor recuerdo que iba a verlo a EE.UU. cuando seguía sus estudios.
     
     
    La infanta Elena con sus hijos Felipe Juan Froilán y Victoria Federica. La infanta Elena con sus hijos Felipe Juan Froilán y Victoria Federica. 

  El jueves, el rey Felipe volvió a acudir a la clínica Quirón de Pozuelo de Alarcón (Madrid) para visitar a su padre, el rey Juan Carlos. Lo hizo acompañado de su hija, la infanta Sofía. 

 El jueves, el rey Felipe volvió a acudir a la clínica Quirón de Pozuelo de Alarcón (Madrid) para visitar a su padre, el rey Juan Carlos. Lo hizo acompañado de su hija, la infanta Sofía..

El tratado sobre la crueldad y el amor de Carlota Casiraghi



El tratado sobre la crueldad y el amor de Carlota Casiraghi

Maggiori y Casiraghi, en el despacho de los Encuentros Filosóficos de Mónaco, en el Barrio Latino de París.
Maggiori y Casiraghi, en el despacho de los Encuentros Filosóficos de Mónaco, en el Barrio Latino de París.
Carlota Casiraghi y Robert Maggiori son, a todas luces, una extraña pareja. 
Una tiene sangre azul y el otro es hijo de inmigrantes italianos.
 Ella es nieta de Grace Kelly y octava en la línea de sucesión monegasca, mientras que él ejerce de filósofo, especialista en Gramsci y Jankélévitch. 
Ella es un personaje de papel cuché, cuando él oficia como crítico en Libération, el diario que fundó Sartre.
 Su pasión compartida por el pensamiento los llevó a fundar, en 2015, los Encuentros Filosóficos de Mónaco. Bajo ese paraguas, este dúo improbable pilota varias actividades: un coloquio anual que reúne a los mayores intelectuales del planeta, un premio al mejor libro filosófico del año y un programa educativo de iniciación a esta opaca disciplina en todas las escuelas del Principado. “No aspiramos a que alumnos de primaria resuelvan cuestiones que han preocupado a los pensadores durante 25 siglos.
 El objetivo es que, cuando sean mayores, la filosofía no les resulte ajena”, afirma Casiraghi, en blusa y deportivas, durante una tarde veraniega en París.
El tratado sobre la crueldad y el amor de Carlota Casiraghi

En el libro, los autores recurren a Montaigne y Rousseau, a Nietzsche y María Zambrano, a Alberto Moravia y Martha Nussbaum.
 Su misión es subrayar la complejidad de lo que sentimos. La ira también puede ser positiva. 
La alegría, melancólica. Y la tristeza, un motor de cambio. Una emoción no existe sin sus zonas limítrofes.
 “Por eso lo llamamos archipiélago: son pequeñas islas en un mismo mar, separadas por fronteras difusas”, resume Casiraghi.
 ¿Abogan los autores por una filosofía práctica que resuelva los conflictos de la vida diaria?
 “No es un libro de autoayuda, pero es verdad que no hacemos filosofía para filósofos”, concede Maggiori, partidario de combinar “el rigor intelectual con un lenguaje inteligible”.
 Tampoco es el volumen de un maestro dando lecciones a su discípula, sino un diálogo entre iguales.
 “Esta es una de las grandes virtudes de Robert como profesor: contemplar la igualdad de las inteligencias”, afirma ella. 
“El objetivo de un buen profesor es que su discípulo acabe convertido en su maestro”, sonríe él.
 Dedican el libro a sus muertos: al hermano de Maggiori y al padre de Casiraghi, fallecido en un accidente náutico cuando ella tenía cuatro años. 
 
 
“Escribir es una manera de invocar a los ausentes”, responde con extremo pudor esta princesa sin título nobiliario.
 Su antiguo profesor aportará alguna pista más: “A veces vivimos cosas irreversibles que agitan nuestro pensamiento. 
Y son esas experiencias las que nos hacen llegar más lejos de lo que creímos en un comienzo”. El tratado sobre la crueldad y el amor de Carlota Casiraghi