El texto,
hallado en un archivo en México, es una primera versión de ‘El gallo de
oro’, película basada en el libro de Juan Rulfo en la que también
participó Carlos Fuentes.
Juan Rulfo y Gabriel García Márquez, en una fotografía de 1982.RAFAEL LÓPEZ CASTROCansado del periodismo y con la esperanza de sacar mejor provecho de su pasión por el cine, Gabriel García Márquez llegó a México en 1961. Carlos Fuentes
llevaba ya cuatro años casado con una actriz, Rita Macedo, era íntimo
de Luis Buñuel y había hecho sus pinitos escribiendo algún corto. Mientras que Juan Rulfo, 10 años mayor y con sus dos grandes obras ya publicadas, era el más implicado con el celuloide de la época: había rodado con María Félix
y escrito guiones para el Indio Fernández. Arrastrados por una especie
de fiebre del oro, la boyante industria cinematográfica mexicana no solo
atrajo a los tres gigantes de la literatura, sino que los puso a
trabajar juntos.
Todo se fraguó en el “castillo de Drácula”, como llamaba García Márquez a
la sede de la productora de Manuel Barbachano.
Allí, en las tertulias
de aquella oscura casona de la capital y de la mano de su paisano
colombiano Álvaro Mutis,
el recién llegado entró en contacto con exiliados españoles como Carlos
Velo, uno de los directores estrella del cine de oro mexicano, o el
propio Fuentes, que ya empezaba despuntar tras la publicación de La región más transparente
(1961).
De ese efervescente caldo de cultivo nacerá la oportunidad: en
1963, Gabo entra a trabajar como guionista adaptador de un texto de Juan
Rulfo, El gallo de oro, una novela corta —no publicada hasta
1980— sobre la fatalidad y la fortuna a través del mundo de las ferias y
los tahúres que Rulfo ya escribió pensando en su adaptación al cine.
La película se estrenaría en 1964 y el guion que se conocía es de ese
mismo año.
Hasta ahora. Perdido entre los archivos familiares, el hijo
del director, Roberto Gavaldón, ha encontrado un nuevo texto fechado en
diciembre de 1963.
Resguardado por la Fundación Rulfo, el texto verá la
luz por primera vez en un inminente libro titulado Juan Rulfo y el cine.
El guion, al que ha tenido acceso EL PAÍS, consta de 68 páginas
mecanografiadas, encuadernado en pastas verdes y con dos nombres como
autores: Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, los mismos adaptadores
que aparecen en el guion definitivo —junto al director— pero con el
orden de aparición invertido.
Cansado del periodismo y con la esperanza de sacar mejor provecho de su pasión por el cine, Gabriel García Márquez llegó a México en 1961. Carlos Fuentes
llevaba ya cuatro años casado con una actriz, Rita Macedo, era íntimo
de Luis Buñuel y había hecho sus pinitos escribiendo algún corto.
Mientras que Juan Rulfo, 10 años mayor y con sus dos grandes obras ya publicadas, era el más implicado con el celuloide de la época: había rodado con María Félix
y escrito guiones para el Indio Fernández. Arrastrados por una especie
de fiebre del oro, la boyante industria cinematográfica mexicana no solo
atrajo a los tres gigantes de la literatura, sino que los puso a
trabajar juntos. Todo
se fraguó en el “castillo de Drácula”, como llamaba García Márquez a la
sede de la productora de Manuel Barbachano. Allí, en las tertulias de
aquella oscura casona de la capital y de la mano de su paisano
colombiano Álvaro Mutis,
el recién llegado entró en contacto con exiliados españoles como Carlos
Velo, uno de los directores estrella del cine de oro mexicano, o el
propio Fuentes, que ya empezaba despuntar tras la publicación de La región más transparente
(1961). De ese efervescente caldo de cultivo nacerá la oportunidad: en
1963, Gabo entra a trabajar como guionista adaptador de un texto de Juan
Rulfo, El gallo de oro, una novela corta —no publicada hasta
1980— sobre la fatalidad y la fortuna a través del mundo de las ferias y
los tahúres que Rulfo ya escribió pensando en su adaptación al cine.
Malentendidos de la segunda novela de Rulfo
En la obra de Juan Rulfo es un lugar común quedarse con Pedro Páramo y su recopilación de cuentos, El llano en llamas. Y relegar a un escalafón menor El gallo de oro. Gran parte del equívoco nace del modo en que fue publicado. Tardíamente, en 1980, bajo el título: El gallo de oro y otros textos para cine. El resto, La formula secreta y El despojo, sí fueron ideados específicamente como lenguaje cinematográfico. Pero “El gallo de oro no es un guion, es una novela, y los lectores la han ignorado al interpretarlo mal”, explica Douglas J. Weatherford. Los investigadores calculan que la empezó en 1956, solo un año después de publicarse Pedro Páramo. “Tras el éxito de la novela, comienza recibir ofertas para adaptarla al
cine. Entonces decide escribir una obra sin tantas complejidades. Algo
más filmable, pero desde luego, un texto literario, no cinematográfico”,
apunta Víctor Jiménez, director de la Fundación Rulfo. El propio Gabo
tuvo la misma opinión: “El lenguaje no era tan minucioso como el del
resto de su obra, y había muy pocos recursos técnicos de los suyos, pero
su ángel personal volaba por todo el ámbito de la escritura”.
La película se estrenaría en 1964 y el guion que se conocía es de ese
mismo año. Hasta ahora. Perdido entre los archivos familiares, el hijo
del director, Roberto Gavaldón, ha encontrado un nuevo texto fechado en
diciembre de 1963. Resguardado por la Fundación Rulfo, el texto verá la
luz por primera vez en un inminente libro titulado Juan Rulfo y el cine. El guion, al que ha tenido acceso EL PAÍS, consta de 68 páginas
mecanografiadas, encuadernado en pastas verdes y con dos nombres como
autores: Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes, los mismos adaptadores
que aparecen en el guion definitivo —junto al director— pero con el
orden de aparición invertido. “El hecho de que aparezca primero su nombre, nos sugiere que la
autoría principal es de García Márquez, mientras que el segundo sería
quizás más de Fuentes. Se trata de dos textos muy diferentes entre sí. El primero es mucho más literario y el segundo no es simplemente una
corrección sino una reescritura a fondo”, apunta por teléfono Douglas J.
Weatherford, profesor de la Brighan Young University of Utah, experto
en las relaciones entre el cine y Rulfo y autor principal del libro en
ciernes, que será coeditado por la universidad y RM. Su tesis se basa en un cúmulo peculiaridades de cariz literario, muy
al estilo Gabo, incluso con algún guiño a su segunda novela, que acababa
de publicarse en Colombia, El coronel no tiene quien le escriba. Unas modificaciones que no aparecen ni en la novela de Rulfo ni el
segundo guion: la acentuación de los poderes sobrenaturales de la
protagonista y el gallo —con ecos al animal del coronel—, la existencia
de un pueblo fantasmagórico que recuerda a Comala y la evocación de un
terrateniente llamado Pedro Páramo. “Asistimos a una intertextualidad
maravillosa fruto de la sensibilidad de García Márquez y de su lectura
de la obra de Rulfo”, añade el investigador.
Víctor Jiménez, director de la Fundación Juan RulfoGladys Serrano
La autoría casi exclusiva del Nobel colombiano se vería reforzada
también por un comentario a una de las escenas, donde el guionista se
refiere a sí mismo como “el adaptador”, en singular. El texto
mecanografiado contiene además una anotación hecha a mano, una línea de
diálogo añadida a un cantinero. Con tinta negra y trazo redondo, los
investigadores la adjudican a García Márquez, una hipótesis corroborada
también por la Fundación Gabo. “Él viene de una experiencia agridulce como corresponsal en Nueva York y
en México busca un trabajo más estable a través del cine, que desde
niño le había fascinado.
Fue crítico en la prensa colombiana y llegó a recibir clases de
guion, dirección y montaje en el Centro Experimental de Cinematografía
de Roma”, dice Jaime Abello, director de la Fundación. Los diálogos que
tanto cuidaba el joven Gabo habrían sido, paradójicamente, la causa de
la entrada posterior de Fuentes al proyecto. Desde la producción,
Barbachano consideraba que estaban escritos “en colombiano” y pidió una
segunda mano para corregirlos. De hecho, Fuentes, ya llevaba tiempo
implicado en las aventuras de Barbachano, que intentaba con la presencia
de nombres pujantes de la nueva literatura, revitalizar una industria
que empezaba dar síntomas de agotamiento. Desde hacía al menos un año,
trabajaba junto al director Carlos Velo en la adaptación de Pedro Páramo, que acabaría filmando en 1966. El propio Rulfo estuvo involucrado en el arranque del proyecto. Están
documentados sus viajes a su Jalisco natal en busca de locaciones para
la película. La intervención de Rulfo en la adaptación de El gallo de oro
es más nebulosa. El único indicio es otro comentario a una de las
escenas, donde tras una larga descripción del traje del protagonista se
dice “según la descripción verbal del propio Rulfo” . Cuando García
Márquez llegó a México, aún no había oído hablar del autor jalisciense. Hasta que una noche su amigo Mutis subió los siete pisos sin ascensor de
su casa mexicana y le descubrió Pedro Páramo. “Desde la noche tremenda en que leí la Metamorfosis
de Kafka no sufría una conmoción semejante”, dejó escrito en un
artículo homenaje a Rulfo en 1980, donde explicaba el origen de su
relación con el cine: “Alguien le dijo a Carlos Velo que yo era capaz de
recitar de memoria párrafos completos de Pedro Páramo”. Realidad o exageración aduladora, un Gabo ya maduro siguió explicando en
aquel texto que su fascinación por la obra de Rulfo iba aún más lejos: “Podía recitar el libro completo, al derecho y al revés, sin una falla
apreciable, y podía decir en qué página de mi edición se encontraba cada
episodio, y no había un solo rasgo del carácter de un personaje que no
conociera a fondo”.
Así comienza el inédito
Contraportada de la carpeta del guion de 'El gallo de oro'.“1.- Créditos. Calle San Miguel del Milagro. Amanecer Amanece. Mientras pasan los créditos se oyen las campanas de una iglesia. (San Miguel del Milagro es un pueblo de construcción colonial:
portales con arcadas, casas de muros lisos y calles anchas y empedradas. Al amanecer, el clima es fresco y húmedo, y las piedras de las calles
brillan con el rocío. Al mediodía es ardiente y seco, con un sol cenital
y polvoriento que resplandece entre los muros de cal y produce en el
interior de las casas un sopor en penumbra).
La campana deja de tocar al aparecer el último crédito. El pregonero se aproxima al primer plano. Es Dionisio Pinzón”. Así comienza el primer guion que escribió García Márquez, una adaptación a lenguaje cinematográfico de la novela de Juan Rulfo, El gallo de oro,
una historia trágica sobre la ascensión y caída de Dionisio Pinzón,
“uno de los hombres más pobres de San Miguel del Milagro”. Gracias a su
mujer, la Caponera, un amuleto vivo que ayuda a los hombres a ganar
riquezas, Pinzón se adentra en el mundo de los galleros, mariachis y
tahúres que persiguen su destino de feria en feria por los pueblos del
Bajío mexicano. Mujeres con rebozos negros se dirigen a la iglesia. Al fondo del
sonido de la campana empieza a escucharse, remoto, el clamor de un
pregonero. Sus palabras, todavía incomprensibles, parecen un lamento. A medida que avanzan los créditos se vislumbra en el fondo de la
calle la figura del pregonero. Lleva en la mano una lámpara de petróleo
que balancea de un lado a otro mientras grita su pregón.
Uly MartínYA HEMOS HABLADO del punto de vista en otras ocasiones, pero nunca
viene mal refrescar el concepto. Nos referimos por punto de vista al
lugar que uno elige para observar la realidad. La realidad, en este
caso, es Pedro Sánchez minutos después de haber sido investido por el Congreso de los Diputados. Había que dejar constancia gráfica del momento, claro, y ahí tenemos a
los fotógrafos batallando por el lugar desde el que cada uno
consideraba mejor. No valía con ocupar cualquier espacio, pues a lo más
que podías aspirar desde cualquier espacio era a sacar cualquier
fotografía, nunca “LA FOTOGRAFÍA”. Lo curioso es que esa lucha por el
lugar físico constituye en el fondo una disputa por el lugar moral, pues
los mejores retratos son los que reflejan la psicología del personaje. Tal es lo que se juegan estos profesionales cuyo amontonamiento
recuerda también al de los jugadores de fútbol frente a la portería:
meterá el gol el que “vea” el hueco. La realidad no permanece estática, naturalmente. De hecho, la mirada del
observador modifica el comportamiento de lo observado (véase el
principio de incertidumbre de Heisenberg). En este caso, Pedro Sánchez,
el oscuro objeto de deseo de las cámaras, ha visto que un fotógrafo se
salía del pelotón y ha vuelto hacia él una mirada algo perpleja. La vida
sería diferente si los ciudadanos, en nuestros quehaceres diarios,
buscáramos también un lugar insólito para observar el mundo, que en
definitiva no es más que un modo de observarnos a nosotros mismos. Pero
lleva trabajo, y no solo de carácter intelectual como demuestra esta
imagen.
Me deja verdaderamente turulata que a estas alturas del siglo XXI sigamos emperrados en hablar de razas.
EL REVUELO ORGANIZADO a raíz de que Antonio Banderas haya sido considerado un actor “de color” en Estados Unidos
sería desternillante si no acabara espeluznando un poco cuando nos
paramos a pensarlo. Repasemos el asunto: la cosa comenzó con la
nominación de Banderas al Oscar como mejor actor. Las revistas Deadline y Vanity Fair
publicaron que él y la actriz afroamericana Cynthia Erivo eran los dos
únicos artistas de color en la carrera del premio, y ahí fue cuando se
armó la marimorena (una expresión que, por cierto, suena la mar de
adecuada en este contexto). El caso es que las redes los acusaron de
racistas e incultos y dijeron que Banderas es blanco y europeo. Pues sí,
lo suscribo, pero en la indignación de algunos de los comentaristas, en
su herido trémolo de escándalo, me parece percibir también un prejuicio
racista. Es como si dijeran: “¿Confundirnos a los españoles con negros?
Qué vergüenza”. Bueno, lo cierto es que hay españoles negros. Y cobrizos. Y café con
leche. Y amarillos. De todos los adjetivos con los que se ha definido a
Banderas, el que me parece más atinado es el de ser europeo. De eso no
cabe duda, y, además, creo que es probable que haber nacido en Europa te
dote de algunas particularidades culturales (como haber nacido en Medio
Oriente, o en Latinoamérica, o en cualquier otra zona con cierta
homogeneidad geopolítica). Ahora bien: hay europeos negros, y cobrizos, y
café con leche, y amarillos. Me deja verdaderamente turulata que a
estas alturas del siglo XXI sigamos emperrados en hablar de razas, algo
tan aberrante y tan ridículo como debatir del sexo de los ángeles.
Hay una permanente sucesión de bobos haciendo o diciendo bobadas. Casi nadie se esfuerza por fingirse inteligente.
EL 14 DE ENERO estaba fuera de Madrid con mi mujer, Carme, haciendo
juntos recados. A ella le quedaba uno pendiente, así que nos separamos y
me volví a casa. A los pocos minutos me entró por mi viejo Nokia un
mensaje de mi editora Pilar, en el que me decía: “Hemos detectado una
cuenta falsa de Alfaguara en la que anuncian que has fallecido. Estoy
segura de que es un idiota italiano que nos ha hecho esto mismo con
Vargas. Vamos a lanzar un desmentido. Pero te lo aviso para que estés al
tanto y no te alarmes”. Andaba yo corrigiendo un texto, de modo que me
limité a responderle: “Vale. No me alarmo”, y seguí a lo mío. Ni
siquiera le di las gracias en contra de mi costumbre. Al cabo de un rato
llegó mi mujer, a la que por fortuna había llamado otra persona de la
editorial, el eficaz Gerardo, violento por verse obligado a contarle
esta anécdota cretina. Y aun así le preguntó: “Pero ¿Javier está
contigo?” En aquel mismísimo momento no lo estaba, pero me había visto
diez minutos antes, menos mal. Pese a la presteza de Alfaguara, una de
mis mejores amigas, Mercedes, también la telefoneó, con el alma en vilo.
En vista de lo cual me pareció conveniente (hasta aquel instante
había hecho caso omiso) advertir con un mensaje a unas cuantas personas
próximas, por si el bulo las alcanzaba y se llevaban un disgusto
gratuito. (El deficiente italiano me hizo perder bastante tiempo.) Mercedes me dijo más adelante que se había enterado por llamadas de
gente inquietada o ya fúnebre (ella trabaja conmigo, así que se la
presumía fuente de información fidedigna), y que durante veinte minutos,
hasta que habló con Carme, se enfrentó angustiada a la idea de que
había muerto de un infarto, como afirmaba la cuenta falsa. Esto es muy viejo. Ya Mark Twain reaccionó ante la noticia de su
defunción tildándola de “exagerada”. Y Borges, si mal no recuerdo,
calificó la suya de “prematura”. Los dos tuvieron razón y los dos
mostraron humor. Obviamente, dar esa clase de noticia carece de mérito y
de imaginación, porque llegará un día en que será cierta para todo el
mundo, y a cualquiera le puede dar un infarto hoy o mañana. Hacerla
pasar por verdadera, así pues, está tirado: siempre puede ocurrir. Uno
se limita a preguntarse qué clase de cretino se dedica a propagar bulos
tan tontos, ramplones y dañinos.
Hacerla pasar por verdadera, así pues, está tirado: siempre puede
ocurrir.
Uno se limita a preguntarse qué clase de cretino se dedica a
propagar bulos tan tontos, ramplones y dañinos.
No para la persona cuyo
fallecimiento se inventa, sino para sus allegados. No me quito de la
cabeza que para mi amiga Mercedes los veinte minutos de incertidumbre se
le hicieron eternos.
Y Carme me dijo: “Menos mal que ha pasado estando
juntos. De haber estado yo en mi ciudad y tú en la tuya, no quiero ni
pensarlo”. No se sabe —a mí me resulta imposible, todavía, ponerme en el lugar de un cretino manifiesto— qué saca en limpio ese italiano.
Quizá hay gente que tiene prisa por que
desaparezcamos los vivos, que considera que somos muchos los que
escribimos y que hay que causar bajas lo más rápidamente posible.
He dicho “quizá” y es seguro. Uno se limita a preguntarse qué clase de cretino se dedica a propagar
bulos tan tontos, ramplones y dañinos.
No para la persona cuyo
fallecimiento se inventa, sino para sus allegados. No me quito de la
cabeza que para mi amiga Mercedes los veinte minutos de incertidumbre se
le hicieron eternos. Y Carme me dijo: “Menos mal que ha pasado estando
juntos. De haber estado yo en mi ciudad y tú en la tuya, no quiero ni
pensarlo”. No se sabe —a mí me resulta imposible, todavía, ponerme en el lugar de un cretino manifiesto— qué saca en limpio ese italiano. Me cuentan que unos días antes de “matarme”, había “apiolado” a un sociólogo francés y a un famoso ensayista estadounidense ,
tres en una semana.
Quizá hay gente que tiene prisa por que
desaparezcamos los vivos, que considera que somos muchos los que
escribimos y que hay que causar bajas lo más rápidamente posible.
Por muy jóvenes que sean, no deben creerse a salvo.
El infarto o la
carretera señalan a quienes les parece, sin orden de edad ni atendiendo a
probabilidades”.
El episodio no me va a hacer víctima de supersticiones
ni me produjo melancolía.
Bueno, esto último sí, pero no por mí, sino
por la imbecilidad abrumadora y generalizada de nuestra época.
Creo que
por primera vez en la historia está de moda ser idiota y
comportarse como tal. Infinitas cosas lo han estado, pero casi todas
tenían presumir como objetivo: de culto, de rico, de enterado, de
inteligente, de astuto, de transgresor, de ingenioso, de elegante, de
sabio, todo ello positivo en teoría.
Ahora está de moda aparecer como bondadoso (o solidario, o “empático”) y
ser malvado.
Pero, por encima de todo, ser tonto y parecerlo. Uno echa
un vistazo a las noticias o a los programas más frívolos y apenas se
diferencian: hay una permanente sucesión de bobos haciendo o diciendo
bobadas.
Casi nadie se esfuerza por fingirse inteligente, ni por
resultar inteligible, que es más fácil.
Salen Presidentes (Trump,
Johnson, Maduro, Erdogan, Sánchez) y ministras, actrices, tertulianos,
escritores, politólogos, supuestos científicos, psicólogos, directores
de teatro, incluso médicos, y es raro el que no suelta una sandez
incoherente o una obviedad, o balbucea frases incomprensibles y
contradictorias; eso sí, con una sonrisa ufana y creyéndose que
deslumbra o hace gracia.
Claro que hay excepciones (en disminución
vertiginosa) que a menudo son mal vistas.
Si uno no hace el ganso ni
anuncia una burrada, está dando la nota, o acaso ofende a las huestes
crecientes de tontos vocacionales.
El idiota italiano que me mató antes
de tiempo por lo visto es popularísimo.
En las imbecilizadas redes
sociales, como corresponde.