La
diseñadora venezolana critica a las blogueras y su volatilidad en el
mundo del diseño: "Se ponen lo que les den para el 'show' en ese
momento".
Carolina Herrera, en octubre de 2019 en Madrid.GTRESONLINECon muchos años de experiencia y una posición de reconocimiento en el mundo de la moda, Carolina Herrera
se ha convertido en una figura de referencia. La diseñadora venezolana,
instalada en Estados Unidos, ha abordado la irrupción de las influencers
en el mundo de la moda durante la Latin American Fashion Summit, una
cumbre sobre moda que se ha celebrado en Cartagena de Indias (Colombia). Y el sector no ha salido nada bien parado. "Las influencers
son algo que parece muy importante. Yo no lo entiendo mucho y voy a
explicar por qué", explica Herrera durante uno de los coloquios
organizados en este evento. "Para mí, no son el estilo de la moda. Son
el estilo del dinero", ha apuntado, señalando que "ellas no tienen su
estilo. Ellas se ponen lo que les den para un show".
Herrera, que en enero cumplirá 81 años, arrancaba su discurso con
humor. "Yo les pregunto '¿Dime qué hora es?' y me dicen '¿Por qué me
preguntas?' y digo '¿Es que por qué todas estas niñas están vestidas de
noche?' Todas vestidas de tul, como con una tiara de brillantes, otra
con un vestido largo... y son las diez de la mañana. Bien. Perfecto",
decía Herrera ante las risas de la entrevistadora y el aplauso generalizado del público, vítores incluidos. "Estas supuestamente son las influencers que te van a ayudar a vender tus colecciones", reflexiona la modista. "Esas influencers salen del show y se cambian [de ropa] inmediatamente para meterse al show de Michael Kors, o de quien sea, y se van cambiando. No tienen su estilo. Se ponen lo que les den para el show
en ese momento", explica Herrera, provocando de nuevo una gran ovación
en la sala del teatro Adolfo Mejía de la ciudad caribeña. Carolina Herrera es una de las pocas firmas que no se ha sumado a esta tendencias de las influencers, sino que ha apostado por continuar su negocio de la manera tradicional, contratando a modelos para sus campañas. La diseñadora decidió bajarse
del que ha sido su negocio durante 37 años en febrero de 2018. "No me
retiro, solo es un paso adelante. La decisión la he tomado yo sola",
decía entonces la modista sobre su anuncio. Efectivamente: la casa sigue
llevando su nombre y ella sigue inmersa en la industria de la moda,
como se ha podido comprobar en estas jornadas, en las que ha demostrado
su vitalidad y que sabe bien de los tejemanejes de la industria. Eso sí,
su firma ahora la comanda Wes Gordon, con resultados espectaculares en ventas y popularidad y siguiendo de forma clara la línea marcada por la maestra.
Los
actores deslumbran en la última película de Scorsese mientras sus vidas
siguen tan agitadas como en su juventud. Compiten en lista de conquistas
tanto como en nominaciones a los Oscar: 16 entre los dos.
Al Pacino y Robert De Niro, en la película 'El irlandés'.Cordon Press
Podría parecer que es 1974 con Al Pacino y Robert De Niro acaparando todos los elogios de los críticas cinematográficos de todo el mundo, como ocurrió entonces con el estreno de El Padrino II,
en la que compartían cartel. Cuarenta y cinco años después, ambos
vuelven a ser los protagonistas de una de las películas más aclamadas
del momento,El irlandés, de Martin Scorsese, donde sus interpretaciones han deslumbrado de forma unánime una vez más. Algo sí ha cambiado en todo este tiempo. Pacino tiene 79 años y De Niro 76,
y sus vidas y trayectorias han pasado por todo tipo de circunstancias. Sin embargo, lejos de haberse aposentado en la tranquilidad que muchos
esperarían a su edad, los dos actores más importantes de su generación
han escrito en sus vidas personales un guion tan lleno de giros como los
de sus trabajos más emblemáticos. De Niro vive una batalla judicial con su esposa,
de la que se está separando por segunda vez, mientras Pacino disfruta
desde hace un año de la última de una larga lista de relaciones
amorosas, una israelí 29 años más joven que él.
Amigos,
aunque también rivales, en cierto modo han tenido vidas paralelas. Los
dos nacieron en Nueva York y vivieron una infancia y adolescencia
difíciles. Alfredo James Pacino, hijo de emigrantes sicilianos, vivió el
divorcio de sus padres siendo muy pequeño, y creció en una familia con
serias dificultades económicas. Robert Anthony De Niro Jr., tuvo un
modelo familiar que le marcó profundamente. Su padre fue un pintor homosexual al que el actor homenajeó en un documental hace unos años, y su madre, poeta y pintora, vivía abiertamente su bisexualidad. Su progenitor les abandonó cuando el actor tenía 12 años, y nunca le habló de su sexualidad.
Una vez alcanzado el estrellato, los dos italoamericanos entraron en una
espiral de excesos. Pacino ha hablado de ello en más de una ocasión, tras dejar el alcohol y las drogas hace 30 años. “Mi vida cambió y de un día para otro tuve que readaptarme al mundo y a
la gente”, confesó. Una biografía no autorizada de De Niro asegura que
durante muchos años fue adicto al sexo y a la cocaína, y un compañero habitual de juergas de John Belushi. Comparten también una fama de mujeriegos empedernidos y compiten en lista de conquistas tanto como en nominaciones a los Oscar (16 entre los dos). De Niro, cuya debilidad siempre han sido las mujeres negras,
se casó por primera vez en 1976 con la actriz Diahnne Abbott, con la
que tiene dos hijos: Raphael, de 48 años y primogénito del actor, y
Drena, hija de Abbott de una relación anterior y que el intérprete de Toro Salvaje
adoptó como suya. Curiosamente ha terminado siendo la niña de sus ojos. Es actriz y han trabajado juntos en alguna película. 12 años después De
Niro se divorció. Un año antes de separarse, en 1987, había conocido a Grace Hightower, su relación más duradera. Pero no se casaron. Se cruzó en su camino la modelo Toukie Smith, y con ella tuvo a los gemelos Julian y Aaron,
de 24 años. Se reencontró y terminó pasando por el altar con Hightower
en 1997, y con ella ha estado 21 años, hasta el año pasado. Hubo una
primera separación dos años después de la boda. Ella le acusó entonces
de abusar del alcohol y las drogas y de serle infiel reiteradamente,
pero en 2004 se reconciliaron y renovaron sus votos. Entre boda y boda
estuvo seis años con Naomi Campbell,
que llegó a decir de él que ha sido el amor de su vida. Con Grace
Hightower ha tenido dos hijos más, Eliot y Helen Grace, de 21 y 7 años. Hace tres años el actor reveló que el mayor sufre de autismo, e inició una importante campaña de concienciación sobre este trastorno. Pacino no cumplió con la tradición que marca su ascendencia católica y
nunca se ha casado, pero ha tenido muchos romances, la mayoría
compañeras de profesión. Diane Keaton, su mujer en El Padrino,
Penelope Ann Miller, Debra Winger, Martha Keller o Kathleen Quinlan. Tuvo a su hija Julie Marie con Jan Tarrant, una profesora de
interpretación, aunque una de sus relaciones más largas fue con Beverly D’ Angelo,
también actriz, con la que rompió en 2001 justo después de tener a los
dos mellizos Anton James y Olivia Rose, los dos últimos descendientes
del ganador del Oscar por Esencia de Mujer. Su siguiente pareja fue la intérprete argentina Lucila Sola,
40 años más joven. Se separó de ella en 2018, al tiempo que De Niro de
su esposa, y empezó a salir con Meital Dohan, de 49 años, veintinueve
menos que él. Aunque Pacino disfruta del amor a punto de cumplir los 80 mientras De
Niro vive inmerso en un duro divorcio desde hace nueve meses, ambos
siguen haciendo gala de un espíritu inquieto y de una rebeldía
incorregible. Grace Hightower reclama al protagonista de Casino
la mitad de su fortuna, que se estima en unos 500 millones. Empresario
de éxito fuera de las pantallas, Robert De Niro ha hecho fuertes
inversiones multimillonarias, tiene una cadena de restaurantes y su
propia productora, Tribeca. Dicen que a él el dinero le da igual, y que
su prioridad es compartir la custodia de su hija pequeña. El principal
rasgo común entre ellos hoy es su forma de afrontar la vejez, uno de los
temas principales que trataEl irlandés. No piensan en ello, y no se plantean parar. Pacino lo dejaba claro hace
poco: “No puedo ni siquiera plantearme mi vida sin la interpretación”.
Los
Archivos Nacionales de EE UU custodian el conjunto que llevó la primera
dama el día en Dallas en 1963, pero la familia esperará al siglo XXII
para decidir qué hacer con él.
Jackie Kennedy y John F. Kennedy en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963.REUTERS/CORDON PRESS
Hay prendas que quedan asociadas para siempre a un momento, a una
situación, ya sea en el ámbito personal o, en el caso de los personajes
públicos, en el histórico. Es el caso de Jacquie Kennedy,
quien fuera primera dama de Estados Unidos en los años sesenta. Su
imagen estará irremediablemente unida a un traje dos piezas de falda y
chaqueta rosa con un sombrero a juego. Era lo que llevaba el día que
mataron a su marido, John Fitzgerald Kennedy,
presidente de Estados Unidos. Sin embargo, esa icónica prenda, que
decidió no quitarse hasta regresar a Washington, está guardada y puede
que no vea la luz nunca más. El
traje pertenece ahora a los fondos de los Archivos Nacionales de EE UU,
y se conserva como un tesoro nacional que marcó un momento y toda una
época. El dos piezas de lana rosa está oculto en unas instalaciones
específicas en Maryland, al noroeste del país. Allí está guardado en una
caja hecha específicamente para él, fabricada sin ácidos y con control
de temperatura y humedad, dentro de un contenedor creado para su
conservación.
Según explican ahora desde los Archivos Nacionales a la revista People,
si el traje llegara a exponerse ante el público en algún momento sería
ya en el próximo siglo, en concreto en el año 2103. Será entonces cuando
la familia Kennedy, los descencientes de John y Jacquie, decidan qué
tipo de tratamiento y de acceso quieren darle a esa icónica prenda, si
prefieren guardarla durante más tiempo o incluso no volver a exponerla. Caroline Kennedy, hija del matrimonio presidencial
y que ahora tiene 61 años, decidió donarlo a dichos Archivos en el año
2003. Entonces, Caroline fijó como condición que no se expusiera al
público para no "deshonrar la memoria" de sus padres y para "no causar
dolor ni sufrimiento a los miembros de la familia".
El momento del tiroteo contra John F. Kennedy en Dallas, Texas, en 1963.CORDON PRESS
En 2103 se cumplirán 150 años del asesinato de Kennedy en Dallas (Texas)
y por tanto del momento en el que ese conjunto pasó a la historia. "Dejad que vean lo que han hecho", dijo Jacquie cuando le sugirieron, en
varias ocasiones, que debía cambiarse el traje en el vuelo de vuelta a
casa y ponerse otra ropa que no estuviera manchada de la sangre de su
esposo. A menudo se ha dicho que el traje de Jacquie Kennedy era de Chanel,
pero en realidad era una copia realizada por Chez Ninon, una tienda de
modas neoyorquina que copiaba diseños de casas de diseño europeas con la
autorización de estas, algo relativamente habitual en los años sesenta. Entonces la exportación de ropas y complementos de diseño no era tan
común y por ello había sucursales en otros países que se dedicaban a
hacer réplicas. El traje de Jacquie, que vistió en numerosas ocasiones
antes del atentado presidencial de Dallas, parte de un original que Coco
Chanel mostró en un desfile de París para la colección otoño/invierno
de 1961-1962. Según People, el ya mítico dos piezas rosa era uno de los favoritos del presidente Kennedy.
Marie-Christine,
tía del actual rey Felipe de Bélgica, rompió con la familia real hace
décadas entre acusaciones de violación y problemas con el juego y el
alcohol.
La princesa Marie-Christine de Bélgica en el lago Tahoe (Nevada, EE UU), en diciembre de 1994. Benoit GysemberghParis Match via Getty Images
Un pueblo de 7.000 habitantes cercano a la frontera estadounidense con Canadá
era un destino improbable para una princesa nacida en el lujoso
castillo de Laeken, residencia oficial de la familia real belga. Pero el
fulgor de la Corona no desprende el mismo atractivo para todos los que
han crecido a su alrededor. Marie-Christine de Bélgica (68 años), tía
del rey Felipe, actualmente en el trono belga, lo identifica con
destellos de pesadilla y hace tiempo que rompió con su pasado
aristocrático entre graves acusaciones, problemas con el juego y una
fortuna dilapidada. Abonada
al escándalo, la prensa belga siguió sus andanzas puntualmente, pero su
pista se perdió en 2007. Ahora, tras más de una década en paradero
desconocido, el diario flamenco Het Laatste Nieuwsla ha localizado en Sequim,
un minúsculo municipio del Estado de Washington (al noroeste de EE UU)
conocido por ser la capital norteamericana de la lavanda. Allí, según
dicha publicación, vive con su marido, el cocinero francés Jean-Paul
Gourgues, en una casa de tres habitaciones con un jardín de árboles
frutales por la que habrían pagado unos 300.000 euros al cambio. Para entender cómo una princesa belga ha terminado asentada en los
límites de América hay que recurrir a sus explosivas memorias,
publicadas en 2004, la mayor fuente de información de sus idas y
venidas. En ellas, Marie-Christine relata una infancia marcada por las
ausencias de su padre, el rey Leopoldo III,
y la crueldad de su madre Lilian, la segunda esposa del monarca. Su
mayor desencuentro con esta llega a los 18 años, cuando tras un baile
culpa a uno de sus primos de haberla violado. La madre, según su
versión, trata de encubrir los hechos y reacciona castigándola a un
encierro de dos meses en su habitación.
En el libro, todo un ajuste de cuentas con su familia, explica que el
suceso agrandó la brecha abierta con sus allegados, y Marie-Christine
cae en una espiral de vida nocturna, alcohol y relaciones esporádicas. Su alejamiento personal se materializa también en lo geográfico poco
después. Una familia amiga de sus padres la acoge en Toronto (Canadá) a
los 29 años para tratar de encauzar un camino desviado de las rígidas
convenciones reales. Pero Marie-Christine acaba de conocer la libertad
fuera de los muros de palacio y se muestra indomable: pese a los
intentos de sus parientes por impedirlo, se casa en Florida con un pianista homosexual llamado Paul Drake para obtener el permiso de residencia, y seis semanas después se divorcia. Su familia cubre los gastos de la separación.
Marie-Christine de Bélgica y el pianista Paul Drake en junio de 1981.Jim RussellToronto Star via Getty ImagesSin apenas dinero, se gana la vida como puede, incluso desfilando en
ropa interior en bares de mala muerte. Su hermanastro, el rey Balduino,
se apiada de ella y decide ayudarla económicamente. Como ella misma
admite, utilizará parte de los fondos para pagar el coste de un aborto,
una práctica que el monarca reprueba, como demostraría tiempo después al negarse a firmar la ley que lo despenalizaba en Bélgica. En su deambular por América, la princesa comenzará poco después una
relación con el cocinero francés Jean-Paul Gourgues, con el que se casa y
vive en Los Ángeles (California). Tras una inversión fallida en un
restaurante, se trasladan a Las Vegas (Nevada). Y en la ciudad del juego
su suerte no cambiará a mejor. Tras dilapidar parte de sus ahorros en
los casinos, otro de sus hermanastros, el rey Alberto II,
convencerá a la madre de esta, Lilian, de permitir un nuevo rescate
económico para sacarla de la ruina, pero el cheque irá acompañado de una
carta repleta de reproches que sellará su ruptura con la familia real
belga. Marie-Christine ni siquiera acudirá a los funerales de sus padres
y hermanos, y rompe el último cordón que la une a su pasado al dejar de
hablar con su hermana, Esmeralda de Bélgica. "Mi problema es que no estoy hecha para trabajar", lamentaba en una entrevista recogida en el libro Crónicas reales, un siglo de indiscreciones, del periodista Thomas
de Bergeyck. Ahora, tras una vida impensable en alguien de su posición,
la princesa criada en el castillo de Laeken parece haber sentado la
cabeza rodeada de lavandas en una fría localidad costera de los confines
de Estados Unidos.