El príncipe muestra su versión más 'eco' y desvela que fue su padre Rainiero quien le inculcó su defensa del medio ambiente.
El
príncipe Alberto de Mónaco con sus dos mellizos, Jacques y Gabriella, y
personajes de 'Bob Esponja', durante el Festival de Televisión de
Montecarlo.GtresOnline
Alberto de Mónaco fue un angelical príncipe rubio que se colaba entre el glamour incuestionable de su madre Gracia de Mónaco —Grace Kelly, hasta su real boda—
el tirón de su hermana mayor, Carolina, y la rebeldía de la menor,
Estefanía. Ocurrió desde su nacimiento, el 14 de marzo de 1958, y siguió
sucediendo en los años sesenta y setenta. Entonces, Mónaco florecía bajo el embrujo de la familia de revista
que había formando la oscarizada exactriz de Hollywood con Rainiero
III, el monarca que manejaba los designios de un principado de dos
kilómetros cuadrados de superficie preso de su minúsculo tamaño y su
situación entre la costa y los acantilados que sirven de frontera a este
país que parece de cartón piedra. Después, aquel joven llamado a ser el heredero de la monarquía que
regenta Mónaco, vivió la pérdida de su hipnotizante madre víctima de un
accidente automovilístico cuando ella tenía 52 años. Algo cambió para
siempre en el Principado que entonces era refugio de la jet set
internacional y hoy lo es de millonarios oligarcas rusos y acaudalados
deportistas. Rainiero nunca dejó del todo esa doliente imagen que dio la
vuelta al mundo durante los funerales por su esposa, y sus tres hijos
siguieron copando portadas de revistas pero más por sus idas y venidas
sentimentales que por sus logros intelectuales o profesionales. Del príncipe Alberto se esperaba un matrimonio modélico y un heredero , pero él tardó algo más de cinco décadas en decidirse. Mientras vivió la dolce vita que le permitía su posición y acumuló rumores, aventuras amorosas y un par de hijos extramatrimoniales, Jazmín y Alexander, con los que mantiene relación, a quienes ha reconocido pero que no tienen derechos sucesorios. En 2011, con 53 años, se casó con Charlene Lynette Wittstock,
una exnadadora sudafricana que se convirtió en la princesa Charlene —no
sin rumores de novia a la fuga en los días previos a su boda— y en la
madre de sus dos hijos pequeños, los mellizos Jacques (el heredero) y Gabriella.
El pasado jueves, Alberto de Mónaco recaló en Madrid y, en un momento de noticias felices en el Principado —bodas y proyectos profesionales de sus sobrinos,
que siguen copando las revistas del corazón— mostró su versión más eco y
activista. El motivo de su visita fue entregar, por primera vez en
España, los premios de la Fundación Príncipe Alberto II de Mónaco, que
han celebrado su XII edición. Una entidad creada en 2006 con el objetivo
de proteger el medio ambiente e impulsar un desarrollo sostenible.
El príncipe Alberto de Mónaco, este jueves en la entrega de premios de su fundación en el Museo Reina Sofía.ULY MARTIN
“En 1992 acudí con mi padre a la Cumbre de la Tierra y me abrió los
ojos sobre el gran problema que existía con el medio ambiente. Ya se
hablaba de situación de emergencia y me dije a mí mismo que algún día
haría algo al respecto. Fui ganando experiencia, conocí a muchos
científicos y tomé conciencia de diferentes problemas. En 2006 viajé al
Polo Norte y vi directamente los efectos del cambio climático. Me dije
que tenía que hacer algo más personal y así nació mi fundación”, explica Alberto II durante el encuentro con EL PAÍS que tuvo lugar horas antes de la entrega de premios.
El soberano monegasco cree que el mayor reto es alejarse de la
economía gubernamental porque “sabemos que no es sostenible y es
determinante para nuestro futuro. Si no tenemos sistemas sanos que se
preocupen por la Tierra, no tenemos futuro y no lo tendrán nuestros
hijos. El objetivo es desarrollar economías sostenibles que atiendan a
los recursos naturales”. Alberto y Charlene de Mónaco durante la ceremonia de clausura del Festival de Televisión de Montecarlo el pasado día 18.ERIC GAILLARDREUTERSPero además de las grandilocuencias, Alberto de Mónaco reconoce que
los grandes proyectos comienzan por los detalles pequeños: “La educación
es imprescindible. A mis hijos les llevo a espacios naturales, a estar
en contacto con la naturaleza y con los animales. Tenemos la suerte de
tener una granja y hacer así que estén más conectados con el entorno
para que puedan defenderlo en un futuro”. "En Mónaco lo que intento hacer es animar a la gente
a que se mueva en transporte público, dar incentivos para comprar
vehículos eléctricos y que la gente vaya aceptando el cambio poco a
poco", explica sobre su actuación como gobernante. Resulta inevitable preguntar a quien es miembro muy activo del Comité
Olímpico Internacional (COI) por su opinión sobre la posibilidad de que
Madrid vuelva a presentar su candidatura como sede olímpica. Precisamente a él, a quien muchos españoles señalan como quien frustró
el intento de conseguirlo en 2012 cuando en una de las últimas reuniones
del COI para decidirlo él preguntó sobre si España podía garantizar la
seguridad frente al terrorismo. La respuesta es digna de un príncipe: "Todas las veces que Madrid se ha presentado a la candidatura olímpica
yo lo he apoyado mucho. Estoy seguro de que en un futuro, Madrid será
ciudad olímpica".
Hijo de un molinero de Leiden y nacido en 1609, Rembrandt van Rijn
había vivido lo suficiente para ver cómo en 1648 la Corona española
reconocía la independencia de los Países Bajos tras una guerra de 80
años y asedios míticos como los de Breda o Maastricht. Aunque las
relaciones que siguieron a la paz de Westfalia estuvieron marcadas en el
siglo XVII por el pragmatismo habitual en los grandes comerciantes, la
liberación de las Provincias Unidas fue utilizada por el nacionalismo
del XIX para señalar el momento fundacional de la república liderada por
Guillermo de Orange.
Ampliar fotoUna
experta del Museo del Prado y otra del Rijksmuseum de Ámsterdam revisan
el cuadro de Rembrandt 'Los síndicos' esta semana en la pinacoteca
madrileña.Gorka Lejarcegi
¿Cuáles han sido los grandes logros de los Países Bajos? En 1886, en
plena efervescencia de los nacionalismos, el escritor neerlandés Conrad
Busken Huet escribió una historia cultural de Holanda en tres tomos para
tratar de responder a esa pregunta. Su respuesta se redujo, finalmente,
a dos cosas, una isla indonesia y un cuadro: Java y Los síndicos,
es decir, el imperio colonial y la pintura de Rembrandt. Desde el
próximo martes, ese cuadro podrá verse en el Museo del Prado dentro de
la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines. El lienzo, cuyo título completo es Los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam,
retrata a los encargados de controlar la calidad de las cotizadísimas
telas fabricadas en la ciudad, generalmente de colores azul y negro. El
martes pasado, la brigada de montadores del Prado se encargó de sacarlo
de la caja roja de madera que lo había traído en un camión desde el
Rijksmuseum y de colgarlo en el destino que tendrá hasta el próximo 29
de septiembre. La operación, que culminó cuando los focos iluminaron a
los seis sorprendidos protagonistas de la escena, se prolongó durante
tres horas, en las que hubo tiempo para colgar un vermeer, un velázquez y otros dos rembrandts;
entre ellos, su famoso autorretrato vestido como san Pablo y la efigie
de su hijo Tito con hábito de franciscano. Antes de que siete operarios
colocaran el cuadro en una ceremonia salpicada con jerga de quirófano y
prosa de carpintería, dos expertas del museo madrileño y una del
holandés repasaron con sendas linternas los 191,5 × 279 centímetros de
una tela que su autor firmó ostentosamente en el ángulo superior derecho
en 1662. Tenía 53 años, le quedaban 7 de vida y había conseguido a
duras penas sobreponerse a la bancarrota.
Retrato de un orfebre
Werner van den Valckert 1617
Francisco Pacheco
Diego Velázquez h.1620
Demócrito
Hendrick ter Brugghen 1628
Demócrito
José de Ribera 1630
El propósito era subrayar lo que diferenciaba a Holanda del resto de
Europa en general y de España en particular. Y el arte era un terreno
perfecto para ser usado como supuesto reflejo de caracteres colectivos
asociados al clima, la religión o la lengua. Nacían las naciones y, de
su mano, las escuelas nacionales de pintura. Para ello había que obviar,
por supuesto, la buena reputación de los holandeses en Castilla, las
relaciones comerciales de Cádiz con Ámsterdam, los dos embajadores de
los Países Bajos que vivían en Madrid, los trabajos de Murillo para
clientes neerlandeses afincados en Sevilla o los encargos del conde de
Peñaranda a Gerard ter Borch. Por no hablar de la labor en la corte de
los Austria de un pintor de Utrecht como Antonio Moro, la alegoría de la
fe romana pintada por Vermeer o la cantidad de católicos que seguían
viviendo en Holanda tras una guerra de independencia que se vendió
parcialmente como guerra de religión: dos de los síndicos del cuadro de
Rembrandt lo eran; entre ellos, el más anciano, Jacob van Loon, sentado
el primero por la izquierda.
Bodegón con alcachofas, flores y recipientes de vidrio
Juan Van der Hamen y León 1627
Vasco chino con flores, conchas e insectos
Balthasar van der Ast 1628
La propaganda hispana empleó parecidos reflejos nacionalistas para
satisfacción de escritores viajeros y buscadores de exotismo y de color
local. Pese a que, por un tiempo, la obra de El Greco
llegó a repartirse en el Museo del Prado entre las salas de pintura
española y las de pintura italiana, el artista de Creta formado en
Venecia fue, contra cualquier evidencia, convertido durante décadas en
representante de todo lo que no era: castellano y místico. Hace tiempo que la historiografía matizó la teoría de las escuelas
nacionales, pero esta sigue pesando mucho en el imaginario popular. Y en
la mera organización de las colecciones. “Nos resistimos a admitir para
el Barroco el internacionalismo que admitimos, por ejemplo, para las
vanguardias”, dice Alejandro Vergara, jefe de conservación de Pintura
Flamenca y Escuelas del Norte del Prado, mientras pasea por la
exposición de la que es comisario. “Por supuesto que no niego que las
naciones existan, incluso concedo que puede ser emocionante ver un
cuadro con la bandera al hombro, pero el arte no responde a las
fronteras a pesar de que la pintura se haya usado políticamente para
confeccionar relatos que inciden en nuestras vidas. Las estampas y los
tratados circulaban de norte a sur y de este a oeste. Tampoco niego que
existan las diferencias, solo digo que se han exagerado. Existía una
cultura pictórica paneuropea. Contra lo que se ha afirmado con
frecuencia, ni Velázquez, ni Vermeer, ni Rembrandt, ni otros pintores de
la época expresaron en sus cuadros la esencia de sus naciones. Ni lo español, ni lo holandés, ni la raza. Expresaron su propio talento y unos ideales estéticos que compartían con una comunidad supranacional de artistas”.
Mujer tocando la cítara
Jan Steen h.1662
Cuatro figuras en un escalón
Bartolomé Esteban Murillo h.1655-60
Por eso —“contra prejuicios muy arraigados en nuestra educación”—ha
montado una muestra que incide en las afinidades y no en las
diferencias. Por eso la ha abierto con una sección dedicada a la moda
del siglo XVII tal y como aparece en los cuadros del momento. El color
negro —popularizado como señal de buen gusto desde la corte española,
que lo tomó de los duques de Borgoña— fue adoptado con fervor en Holanda
hasta el punto de convertirse en un reto para los mejores retratistas,
siempre obsesionados por los matices. Por eso, en fin, se detiene en las
versiones de Demócrito que pintaron con dos años de diferencia (1628 y
1630) Hendrick ter Bruggen y José de Ribera. Ambos asimilaron en Italia
la lección realista de Caravaggio y la exportaron a sus respectivos
países. Del primero aprendieron Rembrandt y Vermeer; del segundo,
Velázquez y Zurbarán. Vergara, no obstante, advierte de que hablar de pintura “realista” en
el caso de esos autores tiene algo de abuso terminológico. “Realismo
es, de nuevo, un término del XIX”, explica. “En el XVII se hablaba de
estilo natural o de la naturaleza. Aunque valga para entendernos”. En
España y Holanda se seguía pintando a la manera realista cuando en
Italia —el gran referente para cualquier comparación cuando se trataba
de arte— Caravaggio ya había pasado de moda y tanto allí como en Francia
se imponía el clasicismo, Poussin y Guido Reni. Los que hoy nos parecen los barrocos más modernos —Velázquez,
Rembrandt— siguieron en su día un camino anacrónico según la ortodoxia
del gusto dominante, que empezaba a encumbrar por toda Europa las
batallas y escenas de caza de alguien como Philips Wouwerman, cuya
pálida pervivencia en la memoria popular lo dice casi todo.
Mujer bañandose en un arroyo
Rembrand Van Rijn h.1654
Marte
Diego Velázquez h.1638
Pese a defender con firmeza el argumento de la afinidad, Alejandro
Vergara expresa dos reparos. Uno tiene que ver con la tendencia a
considerar que un pintor es bueno porque nos resulta actual: “¿Y si el
valor de una obra fuese justamente no que se acerca a nosotros, sino que
nos lleva lejos?”. Alguien que ha pagado cara la factura del presentismo
de la cultura actual es su estimado Rubens. El pintor de Amberes —del
que el Prado atesora 90 obras— no está presente en la muestra por
motivos obvios —los protagonistas son los Países Bajos del norte, no los
del sur; la actual Holanda, no la actual Bélgica—, pero además el
maestro flamenco del color y la carne siempre supuso un problema
estético para sus vecinos septentrionales. “La historiografía
tradicional insistía en que ellos eran más sobrios que nadie, pero solo
hay que mirar sin prejuicios estos bodegones para apreciar lo mucho que
tienen en común”, afirma el comisario, señalando las tres paredes de las
que cuelgan piezas de Zurbarán, Saenredam o Pieter Steenwijck. El otro reparo de Vergara es un aviso contra sí mismo. “Esta
exposición tiene un relato, claro, pero eso no debe entorpecer la visión
de la pintura como pintura. Aquí hay cuadros maravillosos, obras
maestras de la historia del arte. No son ilustraciones de ninguna idea”,
insiste mientras —entre las 72 obras de la muestra— señala “prodigios”
como la textura de un cuello de lechuguilla en un greco, la mezcla de distancia y hondura de los síndicos sorprendidos por el espectador mientras trabajan —“recuerda a Las meninas”—, el turbante del san Pablo de Rembrandt —volúmenes y trazos irreproducibles en una foto—; la asimetría de La callejuela, de Vermeer; el autorretrato de Carel Fabritius —popularizado por la novela de Donna TarttEl jilguero—,
el Job de Jan Lievens —“equiparable a Rembrandt en su primera época”—
o el torrente de óleo sobre el que parece sentarse el Marte de
Velázquez: “De eso va esto. Como decían los expresionistas abstractos,
se trata de que la pintura sea más interesante fuera que dentro del
tubo. La conmoción que produce la experiencia real de mirar un cuadro es
algo irrepetible que no puede sustituirse por el efecto que producen
exposiciones inmersivas con música o con 3D, sobre Van Gogh o sobre Pink
Floyd. Por supuesto que estas también son interesantes, pero es algo
que no debería perderse”.
El Museo
del Prado presenta 72 obras de artistas holandeses y españoles para,
lejos del tradicional nacionalismo historiográfico, subrayar lo que
tienen en común los grandes maestros del Barroco.
Una
experta del Museo del Prado y otra del Rijksmuseum de Ámsterdam revisan
el cuadro de Rembrandt 'Los síndicos' esta semana en la pinacoteca
madrileña.Gorka Lejarcegi
¿Cuáles han sido los grandes logros de los Países Bajos? En 1886, en
plena efervescencia de los nacionalismos, el escritor neerlandés Conrad
Busken Huet escribió una historia cultural de Holanda en tres tomos para
tratar de responder a esa pregunta. Su respuesta se redujo, finalmente,
a dos cosas, una isla indonesia y un cuadro: Java y Los síndicos,
es decir, el imperio colonial y la pintura de Rembrandt. Desde el
próximo martes, ese cuadro podrá verse en el Museo del Prado dentro de
la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines. El lienzo, cuyo título completo es Los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam,
retrata a los encargados de controlar la calidad de las cotizadísimas
telas fabricadas en la ciudad, generalmente de colores azul y negro. El martes pasado, la brigada de montadores del Prado se encargó de
sacarlo de la caja roja de madera que lo había traído en un camión desde
el Rijksmuseum y de colgarlo en el destino que tendrá hasta el próximo
29 de septiembre. La operación, que culminó cuando los focos iluminaron a
los seis sorprendidos protagonistas de la escena, se prolongó durante
tres horas, en las que hubo tiempo para colgar un vermeer, un velázquez y otros dos rembrandts;
entre ellos, su famoso autorretrato vestido como san Pablo y la efigie
de su hijo Tito con hábito de franciscano. Antes de que siete operarios
colocaran el cuadro en una ceremonia salpicada con jerga de quirófano y
prosa de carpintería, dos expertas del museo madrileño y una del
holandés repasaron con sendas linternas los 191,5 × 279 centímetros de
una tela que su autor firmó ostentosamente en el ángulo superior derecho
en 1662. Tenía 53 años, le quedaban 7 de vida y había conseguido a
duras penas sobreponerse a la bancarrota.
Ampliar fotoUna
experta del Museo del Prado y otra del Rijksmuseum de Ámsterdam revisan
el cuadro de Rembrandt 'Los síndicos' esta semana en la pinacoteca
madrileña.Gorka Lejarcegi
¿Cuáles han sido los grandes logros de los Países Bajos? En 1886, en
plena efervescencia de los nacionalismos, el escritor neerlandés Conrad
Busken Huet escribió una historia cultural de Holanda en tres tomos para
tratar de responder a esa pregunta. Su respuesta se redujo, finalmente,
a dos cosas, una isla indonesia y un cuadro: Java y Los síndicos,
es decir, el imperio colonial y la pintura de Rembrandt. Desde el
próximo martes, ese cuadro podrá verse en el Museo del Prado dentro de
la exposición Velázquez, Rembrandt, Vermeer. Miradas afines. El lienzo, cuyo título completo es Los oficiales del gremio de pañeros de Ámsterdam,
retrata a los encargados de controlar la calidad de las cotizadísimas
telas fabricadas en la ciudad, generalmente de colores azul y negro.
El
martes pasado, la brigada de montadores del Prado se encargó de sacarlo
de la caja roja de madera que lo había traído en un camión desde el
Rijksmuseum y de colgarlo en el destino que tendrá hasta el próximo 29
de septiembre. La operación, que culminó cuando los focos iluminaron a
los seis sorprendidos protagonistas de la escena, se prolongó durante
tres horas, en las que hubo tiempo para colgar un vermeer, un velázquez y otros dos rembrandts;
entre ellos, su famoso autorretrato vestido como san Pablo y la efigie
de su hijo Tito con hábito de franciscano. Antes de que siete operarios
colocaran el cuadro en una ceremonia salpicada con jerga de quirófano y
prosa de carpintería, dos expertas del museo madrileño y una del
holandés repasaron con sendas linternas los 191,5 × 279 centímetros de
una tela que su autor firmó ostentosamente en el ángulo superior derecho
en 1662. Tenía 53 años, le quedaban 7 de vida y había conseguido a
duras penas sobreponerse a la bancarrota.
Más que un artículo, esta pieza corre el riesgo de resultar un árbol genealógico. Pero hablar de los herederos de Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza
supone casi una reconstrucción del Imperio Austrohúngaro y aledaños. Si
este anduviera vigente, sus cinco hijos naturales y adoptivos camparían
por sus dominios en Croacia, Bohemia, Hungría, Galitzia, Eslovenia,
Dalmacia, Lodomeria, Austria… La mayoría radica en Suiza. Pero algunos,
aparte de los descendientes de la rama de Carmen Cervera, por razones obvias, han elegido España y concretamente Madrid como parte de su base. No hace mucho supimos que Francesca
(Lausana, 61 años) había decidido hacer de la capital una de las sedes
de su fundación artística-ecológico-filantrópica —no necesariamente en
ese orden - y que nombraba a Carlos Urroz
su director. Apuntaba alto para la Thyssen Bornemisza Art Contemporary
(TBA21), cuyo camino comenzó en Viena. Elegir a Urroz supone fichar en
la élite del arte. Ha permanecido como director de ARCO los últimos nueve años y probablemente sea de las personas que más dominan los contactos del mundillo a nivel internacional.
Más que un artículo, esta pieza corre el riesgo de resultar un árbol genealógico. Pero hablar de los herederos de Hans Heinrich von Thyssen-Bornemisza
supone casi una reconstrucción del Imperio Austrohúngaro y aledaños. Si
este anduviera vigente, sus cinco hijos naturales y adoptivos camparían
por sus dominios en Croacia, Bohemia, Hungría, Galitzia, Eslovenia,
Dalmacia, Lodomeria, Austria… La mayoría radica en Suiza. Pero algunos,
aparte de los descendientes de la rama de Carmen Cervera, por razones obvias, han elegido España y concretamente Madrid como parte de su base. No hace mucho supimos que Francesca
(Lausana, 61 años) había decidido hacer de la capital una de las sedes
de su fundación artística-ecológico-filantrópica —no necesariamente en
ese orden - y que nombraba a Carlos Urroz
su director. Apuntaba alto para la Thyssen Bornemisza Art Contemporary
(TBA21), cuyo camino comenzó en Viena. Elegir a Urroz supone fichar en
la élite del arte. Ha permanecido como director de ARCO los últimos nueve años y probablemente sea de las personas que más dominan los contactos del mundillo a nivel internacional. Queda salir de dudas respecto a por qué Madrid. ¿Se debe a que realmente
Francesca cree que la ciudad representa hoy el equivalente a lo que fue
Berlín a comienzos del siglo XXI en términos de creatividad,
tendencias, frescura y talento? ¿O por hacer que Carmen Cervera, la
última esposa de su padre, sienta su aliento cerca? Sobre lo primero,
esperemos que el impulso en ese sentido que le ha dado a la ciudad la
etapa como alcaldesa de Manuela Carmena no quede sustituido por un largo letargo a manos de las derechas avivadas por Vox. Sobre lo segundo, a nadie se le oculta que entre la hija del barón y
Tita existe una cordial enemistad, pese a que Francesca sea la única
descendiente de los Thyssen con plaza en el patronato del museo.
Habría que pensar que ambos factores han influido en la decisión de
Francesca. Uno, objetivo. Otro, quizás, más visceral. Todo suma. El caso
es que la segunda hija en la escala de sucesión del barón, nacida de su
tercer matrimonio con la modelo Fiona Frances Elaine Campbell-Walter,
ha tenido una vida agitada. Pasó de ser antaño musa de habituales
crápulas como Iggy Pop,
vivió sus etapas de desenfreno junto a una fugaz carrera como actriz y
modelo en Londres para desembarcar después en un presente de aliento a
las vanguardias.
Los
barones Thyssen, Carmen Cervera y Hans Heinrich Thyssen-Bornemisza (en
el centro), con sus hijos Borja (izquierda) y Alexander (derecha) en la
inauguración de la exposiciónD. BlancoEFE
La TBA21 ha organizado este año su primera exposición en colaboración con el museo
donde se exhibe de manera permanente la colección de su padre. Y
vendrán muchas más. Cada año en el contexto de Arco después de 16 años
sin intentar una colaboración conjunta de su fundación con el museo. La
iniciativa de sinergia animará el panorama artístico madrileño. La
primera llevaba por título Purple, una videoinstalación del
artista y cineasta británico John Akomfrah. El nivel de participantes
será estelar. Francesca colabora habitualmente con figuras como Marina Abramovic o Olafur Eliasson.
Pero además de eso, intentará crear conciencia ecológica, algo de lo que también se encargará su hija Leonor, de 25, que va a trabajar en la fundación, ha sido también modelo, como su madre, y ha figurado entre las it girl
con más foco entre la aristocracia, una clase desde hace siglos
precursora de ese fenómeno posmoderno. Ambas son declaradas admiradoras
de Greta Thunberg, la líder ecologista adolescente sueca y proclaman su devoción y entrega a los océanos. Junto a ellas no se esperan más desembarcos de las otras familias
Thyssen. Georg Heinrich (Lugano, 1950), el primogénito, único vástago
del primer matrimonio del barón con Teresa de Lippe, bastante tiene con
dirigir los destinos de la principal corporación familiar, el
Thyssen-Bornemisza Groupe (TBG). Es el brazo de inversión financiera con
el apellido de la familia como marca dentro de un conglomerado que
comenzó dentro del mundo del acero y hoy cuenta con intereses en ámbitos
que van del petróleo a la cultura.
Fiona Thyssen-Bornemisza con su hijo Lorne en Saint Moritz, en 1968, en una foto para 'Vogue'.Henry ClarkeGetty Images
Lorne, 55 años, hermano de Francesca, llevaba todas las papeletas
para convertirse en la oveja negra. De hecho se ha quedado con el mérito
de ser uno de los más extravagantes. Al contrario de la afición de su
hermana por las vanguardias rompedoras, Lorne ama las antigüedades, pero
también es actor y productor de cine. Financia su coleccionismo con el
dinero que gana como petrolero y hace años se convirtió al Islam cuando
estuvo a punto de caer desde un ascensor en un rascacielos de la Quinta
Avenida en Nueva York. Un cable lo impidió. Pero Lorne le dio más
importancia a que llevaba un ejemplar del Corán bajo el brazo. Wilfried Alexander es el más discreto. Hijo de Liane Denise Shorto,
cuarta esposa de Heindrich y descendiente de una familia de banqueros
brasileña, nació en 1974. Con 10 años debió sufrir un verdadero trauma
ya que el divorcio de sus padres fue la comidilla de la prensa carnívora
británica y eso marca. A no ser que te llames Borja Thyssen, su último heredero adoptado, y campes por las portadas del corazón como por propio tu cortijo.