El director y el consultor de riesgos se casaron en 2015 y se separaron a finales de 2017 después de un viaje a Colombia
Alejandro Amenábar en un estreno en Madrid en diciembre de 2017.
Cordon PressEl director Alejandro Amenábar y su marido, consultor de riesgos
empresariales, han firmado el divorcio esta semana, según una
información publicada por El Confidencial. La pareja se conoció a
principios de esta década y después de cinco años de relación, decidieron casarse el 18 de julio de 2015
en una ceremonia a la que asistieron 250 invitados entre los que se
encontraban algunos amigos del mundo del espectáculo como Eduardo
Noriega, José Luis Cuerda o Alaska y Mario Vaquerizo.
Ni uno ni otro dio detalles, ni entonces ni después, sobre
los motivos o el alcance de su decisión, pero según la información
publicada ahora la pareja inició el proceso de divorcio hace ya tres
meses y esta semana se ha oficializado su divorcio. En el tiempo que ha pasado la vida ha seguido para ambos. Amenábar está pendiente de estrenar Mientras dure la guerra, la película que comenzó a rodar justo después de la separación y se le atribuye una relación sentimental con un joven médico de 24 años que acaba de presentarse al examen del MIR. Por su parte, David Blanco continúa en la empresa de análisis de riesgos EY Spain y mantiene su compromiso personal con Ciudadanos , partido con el que milita y colabora defendiendo la candidatura de Ignacio Aguado para las elecciones municipales. . Dos años y medio de la celebración de su matrimonio el realizador
y su marido decidieron separarse temporalmente, justo al regreso de
unas vacaciones de dos semanas en Colombia durante las navidades de
2017. Nada más volver de su viaje, en el que estuvieron acompañados de
algunos amigos, David Blanco abandonó el domicilio conyugal, un dúplex
situado en la plaza de España de Madrid. Este hecho ocurría durante el
fin de semana de Reyes y amigos próximos a la pareja ya dijeron entonces
que no se trataba de una crisis sino de una decisión definitiva.
El
arquitecto estadounidense, nacido en Cantón (China) en 1917, hijo de un
prominente banquero, está considerado uno de los grandes maestros de la
arquitectura.
Formó su estudio propio, I. M. Pei & Asociados, en
1955 y recibió el premio Pritzker en 1983.
Sus primeros
proyectos fueron principalmente para William Zeckendorf, temido promotor
inmobiliario responsable de buena parte del paisaje urbano de Nueva
York, para quien empezó a trabajar a lo grande en 1948, poco después de
graduarse en Harvard.
Su ambición, disimulada por su encanto y
unos modales exquisitos, le llevó pronto a expandirse más allá de la
influencia de Zeckendorf, firmando proyectos importantes por todo
Estados Unidos, incluidos los museos Everson de Siracusa y el Des Moines
Art Center, en Iowa.
Completados ambos en 1968, fueron los primeros de
una serie de museos que acabarían incluyendo el Ala Oeste de la National
Gallery de Washington (1978) y la reforma del Louvre (1989), su primer
proyecto en Europa.
El proyecto, una intervención modernísima en
un edifico que encarna el clasicismo, desató una acalorada discusión
entre partidarios y detractores.
“Me encuentro con personas que hablan
de Luis XIV como si hubieran cenado con él la víspera.
Si fuera
únicamente norteamericano no lo comprendería, pero afortunadamente la
cultura china es muy vieja y puedo entenderlo”, dijo entonces.
Museos, rascacielos corporativos o de
viviendas, su mezcla de pragmatismo y osadía, su modernismo limpio y de
pureza geométrica, su personal diálogo entre lo clásico y lo rompedor,
seducían a una variada tipología de clientes.
Atento pero escéptico ante
las modas, le obsesionaba que sus diseños resistieran el paso del
tiempo.
Emigró de China a EE UU en los años treinta
del siglo pasado y acabó firmando un icono de algo tan genuinamente
estadounidense como el rock and roll.
Su edificio del Rock and
Roll Hall of Fame de Cleveland, completado en 1995, fue inspirado por
una serie de viajes a conciertos de rock de la mano de Jann Wenner,
editor de Rolling Stone, para comprender el alma de un arte que
no le gustaba demasiado.
Sí le gustaba, en cambio, otra disciplina
artística estadounidense, el expresionismo abstracto, que coleccionaba
con tesón. Su último museo fue el de Arte Islámico de Doha (Qatar), que
terminó en 2008.
Prescindiendo de una convocatoria pública,
el entonces presidente francés, François Mitterrand, encargó la urgente
ordenación del caótico museo parisino directamente a Pei, que era ya uno
de los arquitectos más famosos del mundo.
Su osada propuesta consistió
en colocar una pirámide de cristal de 21 metros de alto en la explanada
central que dibuja el antiguo palacio de la monarquía, que da acceso a
unas galerías subterráneas, dotando al centro de una entrada central en
sustitución de la lateral por la que accedía el público hasta entonces.
Además de museos, diseñó vivienda social,
auditorios, torres de oficinas, edificios administrativos, aeropuertos
(el que hoy es el JFK de Nueva York) y hospitales.
Ya en 1964, fue el
elegido por Jacqueline Kennedy para diseñar la John F. Kennedy Library,
en Boston, lo que le colocó, al inicio de su carrera, en la vanguardia
de los arquitectos estadounidenses.
Dotó a la arquitectura moderna, vilipendiada por su
frialdad y su falta de ornamentación, de vida cálida.
Y de una escala
humana no reñida, paradójicamente, con el carácter monumental de muchas
de sus obras.
El ala este de la National Gallery of Art de Washington, estrenada en 1978 y diseñada por I. M. Pei.GETTY
‘Sorry We Missed You’ logra implicarte en los problemas de unos supervivientes
Mati Diop, autora de 'Atlantique', ha realizado una película insufrible.
Foto:
Rebecca O’Brien, Katie Proctor, Paul Laverty, Ken Loach, Debbie
Honeywood, Rhys Stone y Kris Hitchen, ayer en Cannes. CHRISTOPHE SIMON
(AFP). En vídeo, el análisis de Carlos Boyero de la última película de
Ken Loach.EPV
Me he encontrado a un señor de 83 años, acompañado de una anciana con
apariencia tan apacible y digna como la de él, en un bar minúsculo y
anónimo especializado en panini, nada que ver con la opulencia y
el famoseo de Cannes. Y he estado a punto de acercarme a él, algo que
no he hecho jamás con nadie, para darle las gracias por la película que
acabo de ver. Me he cortado, por pudor, por respeto. Ese hombre se llama
Ken Loach y lleva toda su carrera hablando con lenguaje realista y
algunas veces conmocionante de injusticias cotidianas, de gente anónima y
legal que se siente acorralada por el estado de las cosas, víctimas que
intentan sobrevivir sin pisar a nadie, a las que les van cayendo
hostias continuas que no se merecen. Y a estos personajes reconocibles, con derecho a encontrar un poco
de respiro y un pedacito de sus antiguos sueños, a espantar su asfixia
laboral, económica y vital, Loach les ofrece su cámara y su oído,
haciendo retratos de situaciones intolerables que empiezan mal y acaban
peor. A este director le acusan en los últimos tiempos los idiotas e
impostores de siempre, expertos en disfraces según las modas, de hacer
un cine panfletario y facilón. Admito que hay subidas
y desfallecimientos en su obra, que a veces ha sido simplista o cercano
al maniqueísmo en su concepción de buenos y malos, pero cuando acierta
tiene la capacidad para removerme, creérmelo, hacerme sentir indignación
y piedad, implicarme en sus reivindicativas y humanistas historias. Lo
hizo en Kes, Family Life, Agenda oculta, Riff-Raff, Lloviendo piedras, Mi nombre es Joe y Yo, Daniel Blake.
Y vuelvo a sentir lo mismo con Sorry We Missed You .
La familia que describe y el agobio que siente resultan tan verosímiles
como cercanos. Intentan algo tan razonable como comer todos los días,
ofrecer un poco de futuro a sus hijos, una cría que se entera de todo y
un adolescente enganchado permanentemente a su teléfono y a pintar
grafitis que le pueden crear problemas. También alimentan el deseo de
unos ingresos regulares y tal vez poseer alguna vez una casa propia. En
otra época pudieron pertenecer a la clase media baja, pero saben que los
tiempos actuales ya no admiten ni eso, que la pobreza les está rozando. Y trabajan como bestias, él transportando paquetes a domicilio y ella
cuidando a discapacitados y ancianos. Pero todo está amenazado por la
explotación más dura, la ruina, las tensiones cercando a la estabilidad
familiar.
El angustioso guion pertenece a Paul Laverty, colaborador habitual de
Loach. Y este lo traslada a imágenes que desprenden verdad y
sentimiento. Utilizando a intérpretes que yo desconocía y que parecen
sacados de la calle. Y logra implicarte en los problemas de estos
acosados supervivientes. He sentido un ligero temblor a medida que se
acercaba el desenlace. Optar por la negrura absoluta sería una tentación
fácil. Loach la elude. El padre de esta afligida familia hace lo que
tiene que hacer. Yo espero que a este director, a este Pepito Grillo del
cine, le queden fuerzas y ganas para seguir haciendo películas tan
personales como necesarias.
Comentaban como algo venturoso y excepcional que Mati Diop, autora de Atlantique,
era la primera directora negra que competía en la historia del Festival
de Cannes.
Pues vale. El color de su piel y su condición femenina no la
eximen de haber realizado una película insufrible, un fatigoso y
absurdo onanismo mental sobre una mujer senegalesa cuyo amante se ha
embarcado en un cayuco para intentar buscarse la vida en Occidente y a
la que su familia obliga a casarse con un hombre al que no ama.
Parece
que existe un argumento, pero todo es una sucesión de disparates.
Doña Letizia nos enseña cómo llevar una de las grandes tendencias de la temporada (y uno de sus favoritos).
El traje blanco es uno de sus grandes recursos: si alguien puede darnos lecciones sobre cómo llevarlo es ella.
La reina Letizia esta mañana.
Es uno los básicos infalibles de la Reina y
probablemente también el tuyo, porque esta temporada es posible
encontrarlo en el catálogo de todos los grandes nombres del prêt-à-porter. El traje de chaqueta inmaculado ofrece ilimitadas posibilidades: es una
solución socorrida para acudir a cualquier cocktail pero también es
perfecto para ir vestida de novia, y si no que se lo pregunten a Bianca Jagger.
Para Doña Letizia es una fórmula fetiche: lo eligió para presentarse
ante el mundo como futuro miembro de la Casa Real Española aquel día de
noviembre de 2003.
De hecho, aún en febrero de este año pudimos verla
exactamente con el mismo histórico conjunto de Armani en una visita a
Marruecos.
Es un color que en todos los casos resalta la forma física de
quien lo luce: tanto la delgadez como las curvas.
Hoy, en su cita en Patronato de la Fundación de Ayuda contra la
Drogadicción, la reina ha optado por un dos piezas muy similar a aquel
de la pedida de mano, aunque mucho más pegado a las tendencias.
Como en
anteriores ocasiones, desaparece el cuello chimenea para dar paso a un
blazer con solapas y doble fila de botones mucho más idóneo para una
reunión de trabajo.
Los botones, forrafos en raso, aportan aún más
frescura al conjunto.
Todo el traje tiene en un punto setentero que queda remarcado por unos
pantalones acampanados y por un top satinado con rayas en tono arena.
Ese detalle de color lo refuerzan los salones marrones de ante del mismo
tono.
La reina se ha maquillado en tonos naturales y a escogido unos
discretísimos pendientes con brillantes de Gold & Roses. Contrasta
frente a la blancura del traje la oscuridad de su cabello, que
últimamente opta por teñir sin sus características mechas.