Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

25 sept 2018

“Una adopción fallida es lo más parecido a que se te muera un hijo”

Un 2% de los 70.560 procesos realizados en España desde 1996 ha terminado mal.

 

Una mujer y una niña, este lunes en un banco en Sevilla.
Una mujer y una niña, este lunes en un banco en Sevilla.
Sucedió en España. Después de un largo proceso, una pareja cumplió su sueño de tener una hija.
 La adoptaron en Ucrania cuando ella tenía dos años.
 Desde el principio su madre vio que la niña no se conseguía adaptar ni a un nuevo país ni a una nueva familia. 
Sentía cada día el sufrimiento de la niña, que creció rebelándose contra todo y contra ella misma. 
Su madre decía de ella que era como una mariposa encerrada en su crisálida, que solo se podía ver e intuir porque permanecía aún encerrada sin poder volar.
 Durante años, la mujer trató de que su hija la quisiese y de que viese que aquella casa era un hogar y aquella familia la suya. 
Fue en vano; a los 16 años la chica se suicidó.
 Lo hizo “harta de no encontrarse”, según le contó su madre a la escritora Yolanda Guerrero.
 La mujer nunca dice que su hija murió: su hija “se fue”, y lo hizo para dejar de ser crisálida y convertirse por fin en una mariposa libre.
 La que lleva su madre desde entonces tatuada en el tobillo.
La niña contaba 12 años cuando se le diagnosticó trastorno del apego, habitual entre niños abandonados. 
Tenía dificultades graves para dar y recibir afecto, a causa de experiencias emocionales traumáticas durante el primer año y medio de vida.
 Fue tarde para ella y para sus padres. Guerrero publicó el año pasado El huracán y la mariposa (Catedral). 
 La autora, periodista de EL PAÍS durante más de 20 años, ficcionó una adopción fallida, algo que ella vivió personalmente.
 Prefiere no hablar de su caso (“hubo dos personas en esa historia, dos ya adultas, yo soy solo una de ellas”), pero sí refiere a este periódico varias adopciones con las que trazó su historia tras documentarse. 
En su novela, por ejemplo, cuenta la historia de una madre que adopta a una niña de siete años que desenvuelve, con el tiempo, un odio enfermizo hacia ella, a la que empieza a atacar y golpear cuando crece.
 Está basada en una historia real, la de la desesperación de una mujer que, rendida, prefiere que algún día su hija la mate antes de abandonarla de nuevo.
 Hasta que su psicólogo le hace ver que el crimen también arruinaría para siempre la vida de su hija. 
Con esta historia Guerrero rompió un silencio y un estigma: el de las adopciones que salen mal, un porcentaje ínfimo en el total de los procesos que se llevan a cabo en España.
 Según el Observatorio de la Infancia, 70.560 menores fueron adoptados en España (54.000 en el extranjero) entre 1996 y 2016; de esas adopciones, explica Jesús Palacios, catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla, alrededor de 1.440 fueron fallidas.
 Un porcentaje de un 2% en España, cuando en Europa asciende al 4% y en Estados Unidos llega a ser del 10%. 
 Los menores regresan entonces a los centros a la espera de una nueva adopción, cada vez más complicada.
Llamada por el título, El huracán y la mariposa, la madre con una mariposa tatuada en su tobillo contactó con Guerrero. 
No fue la única. El año pasado, en la librería Teseo de Fuengirola, un hombre de unos 60 años cogió el micrófono en la presentación del libro y contó su experiencia: su mujer y él adoptaron a dos hermanos que también padecían, sin saberlo sus padres adoptivos, el trastorno del apego. 
La familia vivía en un pequeño pueblo. De puertas afuera, era la familia ideal; de puertas adentro, un infierno que finalmente desbordó la puerta de casa.
 Los episodios violentos de los ya adolescentes hicieron que el pueblo, y su propia familia, diesen la espalda a los padres “por no saber educarlos”. 
El hombre terminó su intervención llorando: “Los culpables sois vosotros, nos repetían”.
 Su mujer cayó en el alcoholismo y él en la depresión. Se acabaron marchando del pueblo.

“La adopción”, advierte Jesús Palacios, “es uno de los mejores y más potentes recursos de protección infantil.
 Lo bien que ha cambiado la vida para los padres y para los niños es indescriptible”. 
A raíz de la fallida adopción de la niña india, entregada a la Administración por sus padres tras comprobar que tenía 13 años y no siete como les habían dicho, los medios han puesto el foco (también este) en las adopciones que no funcionan. 
Pero estos casos, repite Palacios, representan el 2% del total.
 Eso no quiere decir que los procesos de adopción sean historias siempre “maravillosas”: son “historias de educación, de crecimiento”.

Una idea ingenua

Ana Fernández Manchón, psicóloga clínica que lleva más de 20 años atendiendo a familias que han adoptado hijos, dice que cuando un proceso de adopción se interrumpe, con lo que más se ha encontrado “ha sido con familias poco preparadas y poco sostenidas”.
 “Familias que no conocían realmente lo que era una adopción, que tenían una idea ingenua y ligera del proceso.
 Se encontraban con una realidad que no podían asumir. 
Y tampoco encontraron a tiempo apoyos de profesionales o de la propia red familiar”.
Yolanda Guerrero señala algo en lo que mucha gente cae: ni adoptar es un acto de caridad, ni los niños tienen que estar agradecidos. 
“A veces te encuentras con noticias referidas a hijos adoptados y escuchas, muy habitualmente, comentarios del estilo 'fíjate, con lo que hicieron sus padres sacándole de este y otro sitio. 
Eso no es así”. La psicóloga clínica Montse Lapastora, una profesional con años de experiencia en adopciones a sus espaldas, advierte de las expectativas, que suelen ser desmesuradas.
 “Y las expectativas de las familias no se suelen cumplir, porque no todo es feliz.
 Muchos padres piensan que con cariño se arregla. 
El cariño no basta. Es imprescindible, pero no basta.
 Se requieren más cosas”.
 Lapastora coincide en esto con Guerrero, que suele decir que “con amor no se consigue todo”.
 “Es una frase bonita pero no es verdad.
 Conozco experiencias suficientes como para saberlo: no todo se soluciona con amor”.
 Montse Lapastora ha tratado familias con hijos adoptados a los pocos meses que nunca han consentido que sus padres les den un beso porque, simplemente, no soportan que nadie les toque. 
“Y los padres siguen luchando día a día, les llevan a terapia y hacen lo que sea”, refiere. 
Porque se habla, matiza, de padres que no pueden más y ceden la tutela, pero hay otro tipo de fracasos, encubiertos: 
“Como no pueden hacerse con ellos, los mandan a estudiar fuera”.
No hay adopción sin adversidad, explica Palacios desde Sevilla. “No hay adopción sin experiencias complejas para el niño.
 Niños que han sufrido maltrato, abandono, negligencia, experiencias institucionales prolongadas no siempre en buenas condiciones.
 Vienen con heridas emocionales. 
Y con un enorme potencial para crecer y adaptarse, y para salir adelante: son niños increíblemente fuertes. 
Tienen una enorme fragilidad por sus experiencias acumuladas, pero también una enorme capacidad de adaptación y para salir adelante.
 Para intentar hacer feliz a alguien, para desear que alguien les haga felices.
 Son niños fantásticos, en general”. Ocurre que estos niños han aprendido a desconfiar. 
“Ya no ven al adulto como fuente de protección sino como un peligro, porque los adultos para ellos han sido peligrosos antes”, dice Palacios. 
“Les han hecho daño, les han abandonado, les dijeron cuánto los querían y les daban palizas, les dijeron cuánto los querían a condición de que no dijesen a nadie lo que estaba ocurriendo entre ellos”.

“Yo lloraba y no sabía por qué”, empezó a hablar un chico en unas jornadas sobre adopción y apego organizadas por Afamundi en Santander en octubre el pasado año.
 “Lloraba y creía que no se acabaría nunca. No sabía de dónde venía ese llanto, pero aprendí a vivir con él”.
 Hasta que tuvo la ayuda profesional de su psicólogo, Alberto Rodríguez, presente en esas jornadas.
 Él le enseñó, dijo, que sí se podía acabar alguna vez con aquello.

El promedio de las adopciones que terminan mal es de cinco o seis años de convivencia. “Las familias no tiran la toalla a la primera dificultad, no es una decisión caprichosa”, dice Palacios.
 Si la adopción es problemática, la mayor parte de las familias luchan durante años para sacarla adelante.
 Si no, llega el luto.
 Lo cuenta Ana Fernández Manchón: “Una adopción fallida es lo más parecido a que se te muera un hijo
. El duelo que tienen que hacer los padres por un hijo adoptivo que no pueden criar es un desgarro.
 A veces se piensa que es una frivolidad, y que los padres devuelven algo que no les gusta. 
No, no es un objeto, es un hijo.
 La fractura y el dolor que se produce en los adultos que adoptan y tienen que renunciar, después de tantos años de ilusión y espera, es tremendo. 
Y en cuanto al menor, la herida es casi irreparable. 
Un menor viene de un abandono, ya se cuestiona a sí mismo ('no debo de ser bueno, no debo de tener condiciones, porque me han abandonado'); imagina que ese niño llega a una familia en la que espera tener los padres que le faltaron y se encuentra con un nuevo rechazo”.

Porque un hijo adoptivo “es un hijo a todos los efectos”, sentencia Montse Lapastora. 
Y no hay más abandonos de padres adoptivos que de padres biológicos.
 Ocurre que en padres adoptivos es más llamativo. 
“El caso Asunta, por ejemplo. Unos padres mataron a su hija, punto. 
A su hija. Era su hija, sin apellido.
 No su 'hija adoptiva'. 
Y cuando se insiste en que la hija es adoptiva puede ocurrir lo que me pasó a mí en el centro, donde hubo niños que me preguntaron antes de ser adoptados: '¿A mí me va a pasar lo mismo que a Asunta?'”.


Entonces se dirige a la Administración y pide que se hagan cargo de ella.

‘Vivir sin permiso’ da lo que promete......................... Natalia Marcos

La serie de Telecinco tiene potencial porque tiene claro lo que es, a quién se dirige y lo que quiere dar.

 No es 'Fariña', no es 'Narcos'. Es otra cosa. Y funciona.

 

24 sept 2018

Álex González: “Intento no explotar mucho los desnudos en la pantalla”

Es uno de los actores de moda. Ahora regresa con ‘Vivir sin permiso’, donde se reencuentra con Jose Coronado.

El actor Álex González durante la presentación de 'Vivir sin permiso', en el Festival de Cine de San Sebastián.
El actor Álex González durante la presentación de 'Vivir sin permiso', en el Festival de Cine de San Sebastián. EFE
Álex González (Madrid, 1980) comenzó desde muy joven en series como Los Serrano u Hospital Central, pero fue su personaje del inspector de policía Javier Morey en El Príncipe el que le consagró como uno de los actores más prometedores del panorama español. “Me cambió la vida completamente”, confiesa.
 Ahora, en Vivir sin permiso, serie de Mediaset que se estrena hoy en Telecinco, no solo vuelve a ponerse bajo las órdenes de Aitor Gabilondo, sino que repite compañero. 
 “A pesar de la amistad que tenemos, nunca he perdido el respeto que siento hacia Jose Coronado. Me sigue imponiendo mucho trabajar con él”, admite el actor.

En esta ocasión se mete en la piel de Mario Mendoza, el hijo adoptado de Nemo Bandeira (Coronado), un patriarca gallego que adquirió su fortuna mediante el narcotráfico y que ahora busca un heredero para su imperio tras ser diagnosticado con Alzhéimer. “Nadie en mi familia ha padecido esta enfermedad, pero me parece importante que se den a conocer los síntomas.
 Si lo conseguimos, habríamos hecho algo importante con nuestro trabajo”.
Con 38 años recién cumplidos este verano, González confiesa que le gustaría abordar otro tipo de retos interpretativos, indagar en otras personalidades y alejarse un poco del papel de héroe que salva a la chica. 
“La cuestión es que es difícil que la industria te vea de otra forma y que te llame para hacer papeles que aún no has hecho”.
 Sin embargo, en 2016 no dudó en irse a California para probar suerte. “Justo acababa de terminar una época de muchos rodajes y necesitaba desconectar”, recuerda. También quería perfeccionar su inglés.
Los medios estadounidenses, y poco después también los españoles, se hicieron eco de una relación entre González y la actriz Olivia Munn, conocida por su papel en The Newsroom o en la recién estrenada Predator, película en la que la actriz denunció haberse sentido abandonada por el director y el reparto tras haber denunciado que su compañero de rodaje, Steven Wilder Striegel, era un agresor sexual registrado por haber intentado tener relaciones sexuales con una menor de 14 años cuando él rondaba los 40 en 2009. 
González prefiere no pronunciarse. “Se me hace incluso raro hablar de mi vida personal con mis amigos”. 
Lo achaca a su timidez. A pesar de ello, sí que se conocen algunas de sus conquistas, como Chenoa, la piloto de Fórmula 1 Carmen Jordá o Adriana Ugarte, con la que coincidió en el rodaje de Combustión.
Casi como una constante en su trabajo, los personajes que interpreta tienden a aparecer en pantalla sin camiseta y el madrileño admite que al principio era algo que le incomodaba. “De los 20 a los 30 tuve mucho conflicto interno porque los actores a los que yo admiraba no hacían desnudos.
 Siempre he intentado no explotar mucho esa faceta”. Comenzó entonces a fijarse en otro tipo de intérpretes “que sí que usaban las herramientas que tenían y las dotes que le había dado la vida”. Tomó el ejemplo de Matthew McConaughey, a quien al principio de su carrera solo se le conocía por comedias románticas, pero tras retirarse un par de años, consiguió dar otra dirección a su carrera. “Me gustaría tener la trayectoria de Javier Bardem, pero Bardem solo hay uno
. Está como tocado por la mano de Dios y con su talento puede acceder a otro tipo de proyectos”. 
 Admite que le da bastante importancia a su imagen. “Me gusta cuidarme, estar a gusto conmigo mismo. El deporte me ayuda a desconectar”, cuenta. 
Convaleciente aún de la segunda operación de menisco en menos de un año, el actor explica que eso no le ha impedido seguir rodando. 
“Esto es como los toreros: debería haber estado con muletas mínimo dos semanas, pero yo al quinto día ya estaba de vuelta” y concluye:
 “El poder de la recuperación está en la mente”.
 

 

Melanie Griffith y Antonio Banderas, juntos de nuevo por su hija

Stella del Carmen cumple 22 años el 24 de septiembre y sus padres han querido unirse para organizarle una fiesta.

 

Melanie Griffith y Antonio Banderas en Málaga en marzo de 2013, en una de sus últimas apariciones como matrimonio. GTRESONLINE
Han pasado más de cuatro años desde que se separaron y el tiempo, como suele suceder, ha sido el mejor bálsamo para que las aguas hayan vuelto a su cauce.
 Melanie Griffith y Antonio Banderas han dejado de ser un matrimonio enfrentado de declaraciones cruzadas y tatuajes borrados y se han convertido en el mejor apoyo de lo que siempre tendrán en común: su única hija.Melanie Griffith y Antonio Banderas
Stella del Carmen ha cumplido 22 años este 24 de septiembre y lo ha celebrado en compañía de sus padres, así como de su abuela materna, la también actriz Tippi Hedren.
 Ha sido la propia Melanie Griffith la que ha querido compartir una imagen de los cuatro en la celebración.
 "Mama, Stella, Papi y MorMor en la velada por el 22 cumpleaños de Stella", ha escrito Griffith en su perfil de Instagram junto a una fotografía impresa de los cuatro sentados juntos y en la que Banderas abraza cariñosamente a su exsuegra. 
La actriz, que acumula casi 390.000 seguidores en su perfil, ha recibido montones de comentarios positivos sobre la imagen, que ha obtenido 8.000 me gusta en un par de horas.
 Esta imagen de Griffith (junto a otra donde se veía la casa en la que organizaron la fiesta) es la única constatación de la celebración del cumpleaños, ya que ni Banderas ni la propia Stella han subido imágenes de la misma. 
Tampoco lo ha hecho su hermana Dakota Johnson, hija de Griffith y Don Johnson, que pese a tener un perfil oficial en Instagram no tiene ni una sola foto en el mismo.
Cuando han pasado cuatro años de la separación entre Banderas y Griffith, y ahora que el malagueño tiene nueva pareja (la financiera Nicole Kimpel), la relación familiar es más que buena entre todas las partes, y son muchas.
Así lo demostraba un reciente vídeo que colgaban ambos actores en sus redes. 

En él se veía a Banderas, Griffith y Kimpel junto a Stella y también con Alexander Bauer (hijo de Melanie y Steven Bauer) y Jesse Johnson (hijo de Don Johnson, exmarido de Griffith, y la actriz Patti D'Arvanville). 
Todos bromeaban imitando la comentada forma de aplaudir de Banderas en los premios Emmy. 
 "Lo llevamos en la sangre", escribía Banderas. "Todos en la familia tenemos el toque", comentaba a su vez en inglés.  

Stella Banderas fue una niña mediática nacida en un matrimonio mediático. 
Con una vida a caballo entre Málaga y Los Ángeles, en su adolescencia rebajó su perfil y rehuyó de los medios hasta hace muy poco. 
 Ahora vuelve a salir a la palestra porque, como explicaba su padre hace unos meses y como confirmaba hace pocas semanas en el Festival Starlite de Marbella, quiere dedicarse a la industria del cine.
 "Ahora estudiando Arte Dramático.
 Nos ha sorprendido a todos porque ella no quería estar delante de las cámaras y de repente quiere dar ese salto", contaba Banderas sobre los estudios de su hija en California. 
Aún así, Stella sigue optando por un perfil bastante tímido: pese a tener más de 92.000 seguidores en Instagram, apenas ha colgado 38 fotos en sus más de dos años en la red.