El morbo en España es casi tan intenso como la contaminación.
La tenista Garbiñe Muguruza, en la fiesta de 'Vanity Fair' del pasado martes en Madrid.gtresonline
Para combatir la boina de polución que tiene Madrid encima, la edición española de la revista Vanity Fair ha homenajeado como personaje del año a Garbiñe Muguruza
y por primera vez muchos de sus admiradores pudimos verla vestida de
gala, en un Gucci con un hombro al aire y volantes en el otro. La
tenista celebró que el premio recayera en una mujer y se reconoció
cómoda en su rol de inspiradora para otras mujeres jóvenes. “Tiene que
hacerse con sacrificio pero el esfuerzo rinde”, señaló levantando el
premio. Perdí una lágrima sobre la moqueta, porque admiro mucho a
Muguruza, española y venezolana como yo pero con muchísima más
disciplina y colágeno.
La fiesta fue un diez, la revista sigue siendo una publicación que celebra la burbuja y el abismo. Tamara Falcó estrenó peinado, un flequillo que la hacía, afortunadamente, más Preysler que Falcó y volvió a cruzarse con su papá y su nueva esposa, Esther Doña, para el deleite de los cronistas. Al parecer, el marqués de Griñón
le preguntó a su hija qué hacía allí y Tamara le respondió abriendo
mucho los ojos. “Se ha convertido en un nuevo deporte social que Griñón y
su nueva esposa se encuentren siempre con sus ex”, sentenció alguien en
mi mesa, muy cerca de la presidencial donde aparte de Albert Rivera y
su novia estaba la ministra de Agricultura, Pesca y Alimentación con la
espalda al aire. Como estábamos tan cerca, el periodista Josemi
Rodríguez-Sieiro la fotografió y se la mandó por WhastApp a Arias
Cañete, que tuvo el mismo cargo pero claramente no el mismo físico. Mientras, un joven banquero se contaminó con las pipas flotantes en la
crema de calabaza y tuvieron que enviarlo a casa con Urbason. Está todo
tan contaminado que cada vez hay alergias más raras. La de pipas de
calabaza tiene que ser una lotería, me extraña que se dedique a la
inversión. Josemi decidió que la carne del alérgico no podía quedarse sin comer y me la puso enfrente. Toda la mesa miró el disparate: Jorge Vázquez, el sensible y brillante diseñador, Ángel Schlesser, el rey del minimalismo, y dos articulistas de la revista. “Debes pasar mucha hambre en Miami”, agregaron mientras devoraba. Terminé bailando con Tamara en la terraza. Ella se sabe las
letras de muchas canciones, incluso de Manolo Tena, y el DJ, al
pillarlo, recurrió a uno de los hits de Enrique Iglesias y
Tamara, tranquilamente, bailó el éxito de su hermano mientras la sala se
inmovilizaba. El morbo en España es casi tan intenso como la
contaminación. Por supuesto, las grandes reinas del cotilleo, con sus
móviles en la mano, la interrogaron sobre la boda de su hermana Ana. Tamara dejó que se agotaran preguntando y solo les dijo: “Habrá sorpresas”.
Tamara Falcó, en la fiesta de los personajes del año de la edición española de la revista 'Vanity Fair'.gtresonline
Sorprendente y deslumbrante fue el collar que llevó Carmen Cervera. Estuvimos, por un momento, solos. La felicité por los 25 años del
museo. “Han pasado cosas”, me dijo, “Pero seguimos”. Batallaba porque mi
mirada no se desplazara sobre el collar de aguamarinas del tamaño de
pequeñas piscinas azuladas. Ella me tomó de la mano. “Estoy tan
preocupada por Venezuela. Tiene que pasar algo”. Uno de sus maridos fue
Espartaco Santoni, un mito social de la Venezuela saudita, que se portó
fatal con ella en sus memorias. Preferí cambiar de tema y felicitarla
por la extraordinaria exposición sobre Toulouse Lautrec y Picasso. “A mí me apasiona Toulouse. Todo el mundo le quería porque era un antihéroe”. La vida debería ser una fiesta. Pero no lo es. A la mañana siguiente,
resacoso, recordé que también estuve un rato con el exduque de Lugo,
Jaime de Marichalar, intercambiando impresiones acerca de Miami. A él no
le gusta, a mí me han dado las llaves de la ciudad. Y me topé con unas declaraciones del exduque de Palma, Iñaki Urdangarin, a las que ha tenido acceso El Mundo. “No se puede demandar al olmo por no dar peras”, dice en el escrito
donde solicita su absolución. Un nuevo episodio del larguísimo juicio
del caso Nóos.
España es un país de ex. Y qué diferentes son sus vidas. A Marichalar
lo ves disfrutar de un festejo y a lo mejor los Urdangarin tendrían
menos problemas si en vez de meterse en asociaciones sin ánimo de lucro
se hubieran dedicado a ir a fiestas como las que ofreció Madrid esta
semana. Habrían bebido más, pero contaminado menos. Sin la boina que
tienen encima.
Una
foto tomada por la hija mayor, Irene, en la que retrata a su hermana
Sara haciéndose un selfie con su madre junto al puente de Brooklyn, con
Manhattan al fondo.Fue por marzo, el Día del Padre por más señas, cuando se concibió mi
planazo del año. El viaje de mi vida como cabeza de familia de tres
mujeres en distintas fases de la edad del pavo: la madre y las hijas.
Como buena indecisa y pusilánime, el plan no lo gesté yo, sino que me lo
dieron parido otros. Huérfana y divorciada en la vida, fui a comer con
unos colegas y sus hijos en plan acoja a una single a su mesa
y, a los postres, mi amiga me soltó la bomba: “Nos vamos a Nueva York en
octubre”. “Qué bien, qué envidia, qué morro”, dije. “No, que nos vamos
todos, también tú y las niñas, ya he reservado yo porque si no, no vas a
ir nunca”, contestó mi prima. Y, como soy muy bien mandada, me puse a
sus órdenes. Ir sola con dos pavas salvajes a la capital del mundo se me
hacía un ídem, pero migrar en bandada con otros padres de adolescentes
en plan socialización del sufrimiento y del gozo sonaba irrenunciable. No reproduzco la interjección de mis hijas al saber la buena nueva
porque esto lo leen menores y no es plan de dar mal ejemplo.
La
odisea empezó desde las maletas. Emperrada en epatar a los neoyorquinos
con su depurado estilo de niñata europea, la pequeña, 16 abriles en
flor carnívora, hizo acopio de los pingos más indescriptibles de su
armario —y del mío— y atoró su trolley con sus zapatillas viejas en espera de comprarse allí, in situ,
el par definitivo. En su defensa hay que decir que las otras dos pavas
de la casa, la pesada de su madre y su hermana mayor del alma, también
nos agenciamos sendas gorras de béisbol para mimetizarnos con lo que
suponíamos la fauna autóctona. Quizá por eso, por dar tan fenomenalmente
el pego, eligieron a mi dulce dieciseisañera como la pasajera más
sospechosa del vuelo y le registraron hasta los empastes en Barajas. Había que ver a la niña de mis ojos en tal trance. “Soy menor”, va y le
suelta al segurata para que su peor enemiga, o sea, mi menda,
la protegiera. “Mamá, mamita, mami”, le faltó llamarme. Ella, que me
niega hasta el saludo en público.
El puente de Queensboro
Del vuelo y los trámites de inmigración en el JFK mejor ni
hablamos, salvo que las primeras 5.000 calorías del viaje las ingerimos
sin levantar las nalgas de los asientos de Delta Airlines a costa de los
hidratazos del catering y que casi nos hacemos íntimas de unos
abueletes coreanos en la hora y media que pasamos juntos en la cola. La
entrada a la ciudad por el puente de Queensboro, adivinando los rascacielos emblemáticos
a través de las vigas, compensó con creces los engorros. El chutazo de
energía. Esa es la primera señal de que estás en la Gran Manzana. Te
poseen, no sé, unas ganas de tomar Manhattan que no ves el momento de
tirarte a la calle. Así que, nada más llegar al hotel, el Manhattan at Times Square,
uno centriquísimo muy mono por fuera y muy justito por dentro, lo que
tiramos fue el equipaje, salimos al raso, nos hicimos en el delirio de
luces, flora y fauna de Times Square propiamente dicho los primeros 200 selfies de los miles que perpetraríamos y empezamos a desnucarnos de tanto mirar alto.
Manhattan desde la terraza del Rockefeller Center, en Nueva York.Nacho Cembellin
“Mamá, macho, aquí todo es a lo bestia”, dictaminaron mis
vástagas como primera impresión del viaje, y es cierto. Todo es más
alto, más grande, más apabullante. Pero cuando te acostumbras y cierras
la boca que se te abre un palmo según llegas, te das cuenta de que Nueva
York, como Madrid, en cuanto te adentras 10 metros del frontis de
cualquier calle, no deja de ser un pueblo grande. Al segundo día, casi
saludábamos al vecindario: el poli de la esquina, el homeless del Starbucks, los voceadores de los buses turísticos, el asiático del deli y a las chicas del McDonald’s de Broadway donde desayunábamos dado lo prohibitivo de los cafés en cualquier otro sitio. Eso sí, pese a nuestro empeño en no parecer guiris, nos
olían a la legua y nos hablaba en español quien sabía hablarlo, que eran
legiones, demostrando que nuestro camuflaje era francamente mejorable. El primer día, por cierto, se nos fue en un suspiro. Un paseo por la
Quinta, una incursión en la estación Gran Central,
una visión prenavideña de la pista de patinaje del Rockefeller Center y
un encuentro con una fiesta callejera de nigerianos y nigerianas cerca
de la sede de la ONU que nos confirmó en la idea de que, en cuestión de
poderío físico, hay razas superiores y no son la nuestra.
Baile callejero en el neoyorquino barrio de Harlem.Alex DamianidisGetty
El siguiente paso fue bajar al Subway a comprar la
Metrocard, un abono para viajar por las tripas de la ciudad una semana
por 30 dólares que exprimimos a conciencia una vez que las chicas
desentrañaron el galimatías de cifras y letras de las líneas, que una ya
está mayor para eso teniendo el relevo generacional de neuronas en
casa.Así, en metro, nos propusimos cumplir el rito de ver una misa góspel
en el Abyssinian de Harlem, pero al llegar, una cola disuasoria —y una
matrona de 130 kilos que pregonaba alternativas— nos desvió a otra
iglesia con otra misa especial para turistas que, por 10 pavos del ala,
nos permitió hacernos una idea aproximada de lo que nos estábamos
perdiendo. A cambio, nos tomamos un capuchino en un bar lleno de vecinos
del barrio vestidos de domingo como sacado de una película de los
sesenta, y en el paseo por Harlem de regreso al metro vimos a un
fenómeno de la naturaleza, perdón, hombre negro, de dos metros cúbicos
sin más equipamiento textil que un slip ajustadísimo, haciendo estiramientos con una cinta amarrada a un semáforo en la mismísima mediana de la calle. Mereció la pena.La tarde la pasamos paciendo por las praderas de Central Park, atizándonos el primero de las decenas de grilled chicken
sándwiches que nos íbamos a meter entre pecho y espalda en la terraza
del Loeb Boathouse, bailando con patinadores de todo pelaje al ritmo del
Despacito y esquivando judíos ultraortodoxos convirtiendo a
infieles por el parque. En el regreso andando al hotel, a las chicas les
dio por entrar en el lobby del Hotel Plaza para ver al
paisanaje de ricos vestidos como para recoger el Oscar, mientras una se
quedaba fuera rumiando su envidia, perdón, rencor de clase. En la
enésima travesía de la Quinta, además de a la primera Trump Tower, las
chicas le echaron el ojo a la primera Niketown, unos mamotretos de
cuatro plantas a mayor gloria de las zapatillas homónimas que proliferan
por la ciudad y donde, me informó gentilmente la pequeña, estaban las
deportivas de sus sueños. Las Nike Vapor: 190 dólares de vellón —“al
cambio son solo 150 euros, mamá, chaval”, me matizó la bróker de la
familia— por un par de abarcas de telilla, ni de cuero ni de nada, y
suela de blandiblub transparente. “Ni de coña”, fue mi cordial respuesta.
Una tienda de ropa en Canal Street (Nueva York).Cristian BaitgGetty
Los días que siguieron fueron de vértigo. Jornadas de 12
horas pateándose la ciudad por arriba y por abajo para comprobar, entre
otras cosas, que hay más que altas torres bajo el skyline.
Especialmente maravilladas quedaron las chicas con la visita a
Washington Square, con sus ardillas por los parterres; el campus urbano
de la Universidad de Nueva York, con sus estudiantes de todos los
colores y tonelajes; Greenwich Village, con sus maravillosas casas de
ladrillo y forjado, y Bleecker Street, con sus tiendas tan cuquis como
prohibitivas. En cada esquina, las chicas creían ver a los protagonistas
de sus series favoritas, hasta que un día, brujuleando por Madison
Avenue, donde pasea la cotorra de Blake Lively en Gossip Girl,
llena de opulentos portales con porteros de librea y tiendas de lujo que
te hacen sentir un pordiosero, la pequeña soltó, sin saberlo, el
resumen del viaje. “Mamá, tío, vale que los neoyorquinos te miren por
encima del hombro, pero es que hasta los perros saben que son de Nueva
York y nos perdonan la vida a las personas humanas”. A ver quién le
llevaba la contraria.
Tienda de lencería de Victoria’s Secret en Nueva York.Alamy
La obligada romería por el puente de Brooklyn, en un día espectacular en el que el skyline lucía tan real que parecía de atrezo, fue otro puntazo. Se podría hacer una película de dibujos animados con los cientos de selfies que nos hicimos cada 10 pasos. El garbeo por el Meatpacking District y el Highline,
una pasarela que serpentea por Manhattan a la altura de un tercer piso y
donde una hizo decenas de paradas no solo para admirar el paisaje, sino
para descansar los pies que le ardían por mucha zapatilla que hubiera
estrenado, completaron otro día épico. ¡Las zapatillas! Las Vapor de los
testículos. En busca de ellas, por si se obraba el milagro de hallarlas
más baratas, fuimos al Soho, a otra Niketown de marras, de donde
salimos con dos palmos de narices y el morro de la pequeña cada vez más
prominente. Las novedades no se rebajan, catetas, nos informaron
amablemente los de la tienda. El paseo por el cercano Chinatown no
arregló precisamente las cosas. Muy típico, muy abigarrado, muy
agobiante, el barrio. Y un gran sitio para descubrir el verdadero
significado del latinajo horror vacui. La vuelta a nuestra zona
de confort de la Quinta Avenida, con la correspondiente visita a un
macro Victoria’s Secret, ese templo de la lujuria choni, y el cargamento
de decenas de botes de colonia a seis pavos para regalar a las
amiguitas de las niñas, templó un poco los ánimos.
Placa en el munumento conmemorativo del 11 de Septiembre, en Nueva York.Jason DoiyGetty
El momento más emocionante, sin embargo, fue la visita al
nuevo World Trade Center, con la evocadora ausencia de las Torres
Gemelas. Ni mi mayor ni mi pequeña tienen más recuerdo del 11-S que las
imágenes de la tele. La primogénita tenía cuatro años y la benjamina era
una recién nacida. La visión del memorial a las víctimas,
una especie de oda al vacío de las torres con sendos balcones corridos a
sendas cortinas de agua desaguando al centro de la tierra y un rosario
de rosas junto a algunos de los nombres de los muertos que cumplían años
ese día, nos puso el corazón en un puño y un nudo en la garganta. Para
deshacerlo, nos marcamos una razzia al Century 21, un centro
comercial de rebajas en pleno WTC donde servidora trincó al vuelo tres
vestidazos de Calvin Klein ultrarrebajados y del que las chicas tuvieron
que sacarme con fórceps porque de las Nike Vapor, ni rastro.
Turistas fotografiándose junto al Toro de Wall Street, del escultor Arturo Di Modica.Alamy
Alcanzado el consenso de que era mejor ver la Estatua de la
Libertad con perspectiva y no comernos la cola para subírsele a la
chepa, otra mañana cogimos el ferri a Staten Island, lo único gratis del viaje
además de los vasos de agua que te sirven en todas partes antes incluso
de que pidas la comanda. En efecto, la estatua palidece al lado del
encanto del viaje y de la acongojante presencia de la patrulla de
guardacostas que escolta al barco con un tipo apuntándote directamente
con un fusil de caerte de espaldas: cero bromas. Tras comer en la
encantadora terraza del muelle, se impuso un paseo por Wall Street, la Bolsa y la otra Trump Tower
justo a la hora de salida de los curritos con sus trajes, sus corbatas y
sus caras de cansancio de siglos, demostrando que en todos los sitios
cuecen menús del día, aunque sean de cinco estrellas. Bueno, eso lo vi
yo, que soy muy cotilla, en la hora y media que las chicas pasaron
haciendo cola para tocarle las gónadas al dichoso toro de la fortuna y
hacerse el correspondiente selfie. “Venga, mamá, tío, pesada, qué te cuesta”, me increpaba mi prole, pero servidora dijo que por ahí sí que no pasaba.
Local de hamburguesas en el parque de Madison Square, en Manhattan.Sean PavoneGetty
Algunas respuestas
Para el último día, sábado, optamos por un plan tranquilo,
en parte porque a las seis de la tarde teníamos que salir pitando al
aeropuerto, en parte porque entre el cansancio acumulado y la depresión
prepartida ya no podíamos con nuestras almas. Como, por pura ley de
Murphy, elegimos el único día nublado para subir al mirador del One World Trade Center
y nos quedamos compuestas y sin vistas, lo compensamos con un paseo por
el puerto. Allí, en Fulton Market nos llevamos la postal de los
neoyorquinos de verdad nadando en su salsa con sus niños, sus
monopatines, sus perros y sus litronas de Starbucks en ristre. Total, que llegamos a NY con muchas preguntas y nos fuimos
con algunas respuestas. Íbamos a ser las reinas de la noche y a las
nueve estábamos tan reventadas que lo único que queríamos era
agenciarnos sendos yogures de medio kilo y rebozarnos en la cama del
hotel viendo Sexo en Nueva York en Nueva York, como dijo mi bebota,
hasta el día siguiente. Las vistas son inmejorables, pero algunos
olores a cloaca, a comida y a cuerpos te noquean viva. El desfile humano
del metro y de la superficie, con seres bellísimos y despojos humanos
tirados literalmente por los suelos, es fascinante. Y, sí, confieso. El
último día a última hora aflojé los pernos y los 190 pavos y, previa
promesa de no pedir nada para Papá Noel ni Reyes ni cumpleaños ni santos
ni demás fastos en lo que queda de año, le di el plácet a la nena para
comprarse las dichosas zapatillas. Mira, qué drama. No las encontraba ni
vivas ni muertas en su número. Hasta que, cinco minutos de reloj antes
de coger la furgoneta al aeropuerto, apareció con ellas puestas. Es más
mona…
Una vez
cubiertas las necesidades básicas, intentamos llenar vacíos emocionales.
Somos felices en ese momento pero esa sensación desaparece en seguida
Un año más, el Black Friday llega con la promesa de hacerte
feliz si te compras todo lo que llevas deseando desde las últimas
rebajas. Un oasis entre los descuentos de verano y los de Navidad. Desde
hace unas semanas, las ofertas nos bombardean
y pensamos que es la oportunidad perfecta para cambiar el ordenador, el
móvil o la ropa de invierno. Aunque, en realidad, sabes que podrías
tirar un tiempo más con lo que tienes. Entonces, ¿por qué sentimos esa
necesidad imperiosa de caer en las ofertas? ¿Por qué anticipamos el
placer de estrenar algo? Y ¿por qué ese placer es tan efímero y
necesitamos volver a comprar en seguida?
Una
de las teorías más extendidas es que seguir comprando una vez que ya
tienes tus necesidades básicas cubiertas es una estrategia para llenar
vacíos emocionales . Es lo que pasa, por ejemplo, cuando has tenido un
mal día y te vas de compras. Estás evitando gestionar una emoción y buscando una vía de escape para
sentirte bien rápidamente. Pero tan rápido como viene, se va. "Si
alguien no se encuentra emocionalmente bien, siente ansiedad, tristeza o
está pasando por un momento difícil, comprar le podrá calmar, aliviar
de forma inmediata, pero no va a solucionar lo que le ocurre", explica
Elisa Sánchez, psicóloga. "Si no eres feliz con lo que tienes, no vas a
ser feliz con lo que te falta". Al adquirir ciertos productos, sobre todo relacionados con la tecnología, también buscamos encajar. Muchas veces no necesitamos el último modelo del móvil, sino la imagen
que proyectamos cuando lo utilizamos. "Hablamos de la aceptación de los
demás, el respeto, cómo nos valoran por tener la última tecnología... no
es una necesidad material, sino emocional", explica nuestra psicóloga
Elisa Sánchez. Podríamos decir que intentamos llenar lo que nos falta en
la vida comprando cosas. ¿De dónde hemos sacado esta idea? Las sociedades que se
basan en el consumo han convertido algunos objetos que inicialmente eran
caprichos en necesidades primarias. Como ha sucedido con los móviles,
que ahora son un bien de primera necesidad: todo el mundo necesita tener uno. La ONG Ecologistas en acción lo adelanta en su informe ¿Consumimos felicidad?,
sobre la insatisfacción crónica que genera el consumo, donde asegura
que estamos convencidos de que "consumiendo un determinado producto
vamos a satisfacer alguna carencia e inseguridad". Este informe también señala que la percepción de la
felicidad tiene que ver con cómo de felices son los que están a nuestro
alrededor. Caemos en el sesgo de pensar que si todos en nuestro entorno
parecen ser felicísimos, nosotros, por bien que estemos, sentiremos que
deberíamos ser más felices. Para acercarnos a su situación, creemos
erróneamente que deberíamos tener lo que ellos tienen. Es el mecanismo
que funciona entre los productos que aununcian los influencers en redes sociales y sus seguidores. ¿Conseguimos este objetivo? La mayoría de estudios aseguran que no,
aunque hay posiciones encontradas. Comprar nos hace más felices a corto
plazo, por el acto en sí de comprar (la ilusión de estrenar) y por el
objeto que adquirimos, pero se trata de algo efímero. La alegría inicial
de adquirir un objeto nuevo se desvanece con el paso del tiempo, a
medida que nos acostumbramos a verlo y utilizarlo, según explica Ryan
Howell, profesor de psicología en la Universidad de San Francisco. "Las
personas se adaptan a una nueva compra en un plazo de entre seis y ocho
semanas, hasta un máximo de tres meses", explica Howell. Eso significa
que el placer inicial se desvanece en cuestión de semanas o meses. Pero también depende de qué sea lo que compremos. La
investigación psicológica sugiere que, a la larga, las experiencias nos
hacen más felices que las posesiones porque seguimos teniendo sus
recuerdos felices mucho tiempo después de que ocurra el evento. "Cuando
las personas gastan dinero en experiencias, como viajes o conciertos,
están invirtiendo también en relacionarse con los demás, porque la
mayoría de esos eventos involucran a otros", explica Howell. Las
personas sentían una mayor sensación de vitalidad o "estar vivos"
durante la experiencia, añade. Quizá la clave sea precisamente esa: la implicación con los
demás. Elisa Sánchez, psicóloga laboral, asegura que "la generosidad de
comprar regalos para otros sí nos suele aportar felicidad duradera,
habitualmente más que comprar cosas para nosotros mismos". Esta idea se
refuerza por Howell, que señala que el acto de dar o recibir un regalo
es una experiencia en sí misma. "Regalar algo material a menudo se
convierte en un recuerdo y tiene un valor sentimental que aumenta con el
tiempo, en lugar de disminuir como la mayoría de los bienes
materiales", asegura. Si tenemos en cuenta estos matices, el Black
Friday, pensado originalmente para comprar los regalos de Navidad, es un
poco menos malo.
Alguien dejó dicho que de cada líder soviético que tomó el poder el pueblo esperaba algo.
De Lenin, la revolución; de Stalin, ganar la guerra; de Jrushchov, la desestalinización; de Brézhnev, la paz en el mundo; de Andrópov, un retorno a la disciplina.
Pero cuando llegó Chernenko, la gente solo esperaba de él que se muriera.
Konstantín
Ustínovich Chernenko gobernó la URSS entre el 13 de febrero de 1984 y
el 10 de marzo de 1985.
Catorce meses. Batió el récord de brevedad de su
antecesor, Yuri Andrópov, de dieciséis, que estuvo conectado a una
máquina de diálisis desde los tres meses de su nombramiento.
Algo que no
tenía mucho mérito a la vista del historial médico del anterior,
Brézhnev.
Insuficiencia cardíaca desde 1961, a partir de 1973 sufre
microderrames cerebrales.
En 1975 se le dice a la opinión pública que
tuvo un infarto, pero se sospechaba que fue una hemorragia cerebral,
hasta que su médico personal entre el 75 y el 82 confesó a un periodista
británico en los noventa que lo que le había ocurrido realmente fue una
sobredosis de somníferos y ansiolíticos a los que era adicto.
También
había antecedentes de ese tipo en Moscú.
Kerensky, el menchevique, se metía en vena cocaína, si quería trabajar, o morfina, si lo que quería era dormir.
El caso es que desde 1975 hasta la llegada de Gorbachov
en el 85, la URSS tuvo como líderes a ancianos con graves problemas de
salud.
El sistema soviético, la democracia más perfecta jamás concebida,
por lo que fuera, que no viene al caso, tenía cierta inclinación por la
sucesión gerontocrática de la jefatura del Estado.
Es muy ilustrativo
que Chernenko, a la muerte de Brézhnev, sonara como sustituto cuando
tenía setenta y un años —setenta y un años del siglo XX— porque era «el joven».
Escribió Rafael Poch
que cuando Konstantín llegó por fin al poder, en el 84, había sido jefe
del departamento administrativo del Comité Central, «cuyo mayor talento
era preparar reuniones y afilar los lápices», en palabras textuales del
periodista catalán en su libro La gran transición.
Hasta
llegar a ese puesto no había hecho mucho más que acompañar a Breznev de
cargo en cargo como su secretario.
Pero la situación de la URSS a esas
alturas era crítica. Los chinos, años antes, con el cadáver de Mao
todavía caliente, ya habían empezado a emprender con premura las
reformas que todos conocemos.
La economía soviética llevaba años
estancada y en los ochenta comenzaba una contracción, el nivel de vida
era cada vez más bajo y el sistema productivo estaba próximo a la
obsolescencia, y, de propina, se habían metido en una guerra que se
apodaría como «su Vietnam».
Ese era el cuadro general cuando accedió al
poder absoluto el chaval, Chernenko, esa joven promesa que estaba
empezando.
Los
meses de gobierno del sexto secretario general del Comité Central del
PCUS tienen un gran valor simbólico.
Son los últimos años de la URSS
auténtica.
Tras la llegada de Gorbachov comenzaron los cambios, más
accidentados que la propia decadencia, y ya nada fue igual.
Ese punto
muerto en el que se encontró el país ya lo tratamos aquí a través del libro que el corresponsal de El País, Felix Bayón, escribió antes de que empezara la Perestroika, y también dando voz a una fuente primaria, el testimonio de Dieter, un siberiano que fue niño en aquellos días.
Ahora vamos a seguir con la obra maestra de Aleksei Balabanov, cineasta ruso fallecido hace tres años, Gruz 200.
La
película, centrada en el año 1984, era una crítica despiadada del
resultado de setenta años de revolución y comunismo en Rusia.
El crédito
de esa visión tan negativa es que su director, como se cansó de repetir
en su día en entrevistas, era netamente soviético. Nacido en 1959 en
Sverdlovsk —actual Ekaterimburgo—, en el límite entre Europa y Asia, en
los montes Urales.
Balabánov estuvo en los pioneros de niño, después en
el Komsomol (juventudes comunistas) y más tarde en el ejército y en la
guerra. Su madre era directora de un instituto de salud, ciencia y
psicoterapia, militante del PCUS, y su padre editor de Na Smenu! (Por El Cambio),
el periódico órgano del Komsomol local, también miembro del partido,
por supuesto.
Más soviético no podía ser ni él ni su entorno.
El
cine fue una vocación tardía en Balabánov.
Primero quiso ser nadador
profesional, luego cosmonauta, pero terminó de intérprete del ejército
en Oriente Medio y África. Hasta los veintiocho años no entró por fin en
la Academia de Cine de Moscú.
Culto, conocedor de la periferia
soviética, recorrió la URSS de punta a punta, del partido desde dentro,
del ejército y presente en una guerra;
poca gente le podía discutir a
Balabánov cómo era su país en aquellos tiempos.
Para él, Gruz 200 no fue más que una película autobiográfica, un retrato de su generación.
María Kuvshinova, una de las críticas de cine más importantes de Rusia, lo expresó con estas palabras: «En Gruz 200 la URSS se presenta como un cadáver en descomposición donde el único organismo sano son los gusanos».
El título hace referencia a los ataúdes de los cadáveres de los soldados que llegaban de Afganistán.
Gruz
significa «carga» en ruso, 200 era su nombre en clave.
Este tipo de
cargamento le sirvió de inspiración a Balabánov porque él estuvo
involucrado en el transporte de los féretros.
En declaración a Filmmaker Magazine,
lo explicó: «En 1983 serví en el ejército, en la aviación de
transporte.
Llevaba y traía tropas, también sus cadáveres.
Durante este
tiempo dormía con un piloto que se había chupado toda la guerra de
Afganistán y me contaba montones de historias. Por ejemplo, que no había
un control real sobre el transporte de los muertos a casa, que a menudo
desaparecían».
Imagen: Kinokompaniya CTB.
Partiendo
de esa idea, Balabánov situó la acción en una pequeña ciudad industrial
de la Rusia de provincias.
No se puede decir que la película tenga un
género definido. Hay terror, hay cine negro, ingredientes de comedia y
un marcado simbolismo sobre el colapso del universo soviético.
Es,
posiblemente, una de las películas más escalofriantes que se han rodado
en este siglo.
Angustiosa y desagradable.
Traumática. Habrá quien no
pueda terminar de verla, pero quien atienda a las metáforas podrá hasta
descojonarse de risa.
Trata
de la desaparición de la hija de un alto cargo del partido en la
aludida localidad.
No siga leyendo si tiene curiosidad por verla.
El
argumento no es original, es la adaptación de la novela maldita de William FaulknerSantuario.
Balabánov, lector compulsivo desde niño, siempre tuvo especial interés
por este escritor.
No solo él.
En los ochenta Faulkner ganó popularidad
en las regiones al sur de Moscú como representante de un sur universal,
no conectado con ningún país en particular, según ha explicado Frederic H. White, autor de Degeneración, decadencia y enfermedad en la Rusia de fin de siglo.
¿Por qué nadie menciona la historia espacial de La URRS y de rusia? No hablan de Gagarin el 1º hombre que orbitó la tierra, no mencionan a Eisestein, no dice bajo que presidente empieza la carrea espacial.
La URSS siempre fue por delante de América en ciencia , en física en Astrofísica pero ¿Que mandatario estaba en el poder?
El
«sur» de Faulkner, empobrecido, decadente y corrupto a todos los
niveles, era para Balabánov perfectamente asimilable al mundo soviético
que conoció en los ochenta.
Como su productor no pudo comprar los
derechos de la novela, para Gruz 200 adaptó una de las tramas de Santuario
rusificando a cada personaje.
Un ejemplo: cuando la chica es violada en
la novela, lo hacen con una mazorca de maíz; en la película de
Balabánov es con una botella de vodka. Fácil.
Y qué mujeres fueron revolucionaria? no dicen ni el nombre de las esposas que tb fueron revolucionarias.
La comparación con Tarantino quizá no sea exacta, pero sí es pertinente y desde luego no es original.
El New York Times
destacó que el universo del director ruso estaba formado por «sicarios,
impúdicos funcionarios corruptos y una sucesión de cadáveres en un
pastiche cinematográfico que recuerda a la obra de Quentin Tarantino en
la realización artística y el gusto por lo exuberante y descarado».
Además,
ambos directores no solo comparten esa inquietante indiferencia por la
violencia que muestran e imprimen un ritmo frenético a sus películas,
también alcanzaron la fama con el cine de gánsteres.
Balabánov lo hizo
con Brat (Hermano), una película ultraviolenta que, no obstante, tenía más que ver con Rambo que con Tarantino. No por la acción, sino por el efecto social que causaba en el público.
Mientras el personaje de Sylvester Stallone servía al espectador americano para digerir la humillante derrota de su país en Vietnam, Brat
suponía también un alivio para los rusos, que habían visto cómo su
imperio soviético se había hundido como un castillo de naipes y que la
Rusia que emergió estuvo a punto de ser un Estado fallido hasta la
llegada de Putin.
Solo saben , lo dicho, Stalin o Putin...entre ellos la Nadaaaaaaaaaa.
Imagen: Kinokompaniya CTB.
El protagonista de Brat
era un nacionalista de manual.
Militar recién licenciado, despreciaba a
los extranjeros —célebre fue cómo rechazaba la música occidental en una
escena de la película—, encarnaba virtudes eslavas muy importantes,
como mantener la palabra dada, y resolvía los problemas a tiros sin
inmutarse en el San Petersburgo de los mafiosos arribistas y los nuevos
ricos.
Símbolo de la degradación de la Rusia de Yeltsin.
La
película fue a Cannes, ganó el primer premio en el festival de cine de
Sochi, Kinotavr, el más importante de Rusia, y su secuela, Brat 2,
recaudó más de un millón de dólares en su país. Poco dinero para los
grandes estudios de Hollywood, pero una auténtica barbaridad en Rusia
para una película rusa. Más adelante llegó Voyná (La guerra),
sobre hazañas bélicas de las tropas rusas en Chechenia, lo que le hizo
ganarse a su autor la reputación de mejor director ruso del momento y la
etiqueta de adscrito a los intereses nacionales.
Pero
Balabánov no era un nacionalista que buscara el aplauso fácil e
irreflexivo. Por si alguien se había equivocado y no era capaz de leer
entre líneas, emprendió el proyecto de Gruz 200 para despejar
dudas. En 2005, Vladimir Putin manifestó que la desaparición de la Unión
Soviética era la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX. Era cuando
el presidente comenzaba a asentar su poder.
A cambio de estabilidad,
orden y cierta regeneración de los servicios sociales, además de volver a
ser tomados en serio en la política exterior, los rusos aceptaron
mayoritariamente un Gobierno con preocupantes rasgos despóticos.
El
problema era que en la década anterior, los noventa, hizo mucho frío,
por decirlo de algún modo.
Pero cuando Putin recuperó el himno de la
URSS para Rusia e hizo acto de presencia la nostalgia por el pasado
comunista, cuando en la sociedad volvieron esos tics de renuncia a
derechos por un presunto bien colectivo, Balabánov decidió filmar esta
película. Puso de manifiesto que rechazaba por igual a los oligarcas que
a los comunistas.
Eso
sí, nunca reconoció que fuese una película contra Putin ni contra nada
en particular.
El director insistía en que su trabajo era contar
historias y que cada uno interpretase lo que quisiera.
Dicho y hecho, el
primero en actuar fue el Gobierno ruso.
La película fue calificada para
mayores de veintiún años y solo se proyectó en los cines de madrugada;
el periodista y presentador de TV Leonid Parfenov
admitió que probablemente nunca se estrenaría en televisión porque todo
ese mensaje negativo y desagradable sobre la URSS tenía también cargas
de profundidad contra su sucesora, la nueva Rusia.