El aire y la tierra están agitados. Huracán Irma, terremotos en México y el volcán referéndum en Cataluña.
Pedro Almodóvar con algunos de los bodegones que expone en la Fresh Gallery, de Madrid.Chema MoyaEFE
Decidí titular mi nueva novela Tiempo de Tormentas, pero
algo me hizo pensar que sonaba demasiado premonitorio. Días antes de
finalizarla, al verme rodeado de huracanes y terremotos, cambié el
título . Me encantaría recuperarlo, pero los hijos de mis amigas insisten
en que el fin del mundo ha cambiado de fecha. Este verano, en Ibiza,
alarmaron con que será el 10 de octubre. Ayer, en un restaurante vacío
en la zona de moda en Miami, me aseguraron que era hoy, 23 de
septiembre. No garantiza nada si está leyendo esta columna, porque
podría ser lo último que lea. Y, claro, tampoco existe seguridad de que
mi novela sea publicada aunque he jugueteado con varias frases
promocionales, por si resulta ser la primera lectura después del final
del mundo. El aire y la tierra están agitados. Huracán Irma, terremotos en México y el volcán referéndum en Cataluña. Desde que unas gotas del huracán llegaron a mi boca, calientes, saladas
y violentas entendí que es la acumulación de calor en los océanos lo
que nos confirma el cambio climático. No sé rezar, ni en judío ni en
cristiano, pero sé que por encima de la fe está la responsabilidad. Y
todos somos responsables del cambio climático por no saber evitarlo o
por continuar negándolo. Sea como sea, pasar dos semanas de septiembre marcadas por los
desastres naturales es una de esas cosas que no le deseo a casi nadie. Quizás a esa mala persona que es Vladímir Putin, que aterrorizó a Angela Merkel
paseando frente a ella a su perro labrador sabiendo perfectamente que a
ella le aterran los canes, porque uno la mordió en su infancia. Putin,
exdirector de la KGB, sabe mucho de torturas y métodos de coacción. Carlos Torretta y Marta Ortega en el desfile de RobertoTorretta, el pasado día 18, durante la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid.GTRESONLINEEs que superar una catástrofe o un trauma te deja con aire
trascendental, que a mí no me sienta precisamente bien. Esta situación
precaria me impidió estar en la Mercedes-Benz Fashion Week Madrid y presenciar la llegada de Marta Ortega, La zarina,
al desfile de Torreta, por ejemplo . O ver las cuatro veces que se
cambió de traje Olivia Palermo en un mismo día . Hubo un momento que
anhelé que mi vida fuera como una fashion week larga. Que todo resultara bello e irónico, como los bodegones de Pedro Almodóvar, presentados esta semana en la Fresh Gallery, en Madrid. Preocupado, llamé a mi amiga Gloria a México. Me contó que después de
un simulacro, homenaje a las víctimas del terremoto del 85, regresó a
casa y una hora más tarde estaba aferrada a una pared viendo cómo toda
su cocina se desmoronaba. Salió a la calle y se encontró rodeada de
coreanos, los principales de su barrio, que le dijeron que una razón
para explicar el desastre podrían ser las pruebas nucleares del amado líder, Kim Jong-un. Este tipo de cosas preferí no confesarlas en la misa a la que me
llevaron mis amigos de Miami, que no fue en una iglesia sino en el
Fillmore Theater. Era una de esas congregaciones que interpretan la
Biblia recaudando ayudas en metálico, como si fueran sociedades anónimas
religiosas. Se llama Vous y está dirigida a profesionales liberales,
con buen sueldo. Gente de televisión y el esposo de Karolina Kurkova, la célebre modelo checa, se unían a los cantos, en estilo moderno, casi reggaeton,
contra el diablo y el flaquear de la fe. Y apareció el predicador, Rich
Wilkerson, Jr, con pantalones pitillo negros y brillantes, rubio, con
su esposa igual de rubia. El predicador nos reiteró en su sermón que
cada vez que vas hacia algo, tienes que atravesar una experiencia. Una
manera bonita de entender el apocalipsis y cualquier otra cosa. No me
disgustó hasta que descubrí que llevaba calzadas las botas de ante color
caramelo de Saint Laurent. No perdí, ni recuperé, la fe. Pero pensé, el
apocalipsis también es marquista.
álvaro fraileEn los últimos días, está circulando por Facebook la carta de un
padre al Ratoncito Pérez, después de descubrir que algunos niños reciben
¡50 euros por diente! frente a los 2 que el roedor le deja a su hijo. Ojo que no es un texto de reclamación para pedir más, sino al contrario,
intenta ser un llamamiento a la cordura con el que estoy completamente
de acuerdo. Porque en los últimos años, da la sensación de que cualquier acontecimiento o celebración que gira en torno a los niños, ya sea Navidad, cumpleaños, comunión o la graduación de Infantil, se convierte en una escalada de regalos y castillos hinchables. El autor de la carta, Álvaro Fraile,
relata una anécdota ocurrida al encontrarse con un amigo de su hijo
Guille, de seis años, en el supermercado (lo edito un poco con el
permiso del autor): - AMIGO: ¡Hola, Guille! ¿Qué tal? ¡Ah! ¡¡¡Se te han caído los dientes a ti también!!! ¿Qué te ha dejado el Ratoncito Pérez? - GUILLE: ¡¡¡HOOOLA!!! A MÍ 2 € - AMIGO: ¡¡¡Ahá... a mi 100 €!!! (¡Espera un momento! Este niño se ha equivocado, ¿no?) - GUILLE: ¡¡¡100 EUROS!!! - LA CAJERA DEL SÚPER: ¡¡¡¡100 EUROS!!!! - AMIGO: ¡SÍ! 50 € por cada diente y como se me han caído estos dos... (Hemos de reconocer que el chaval va bien en mates...) LA CAJERA DEL SÚPER: ¡¡¡¡¡100 EUROS!!!!!! - GUILLE: Ah, qué bien... - AMIGO: Bueno... ¡adiós! - GUILLE: Adiós... - LA CAJERA DEL SUPER: ¡¡¡¡¡JODER CON EL RATONCITO!!!!! "Es una anécdota real", me cuenta por teléfono Fraile, que es cantante y diseñador gráfico
(es autor de la ilustración que abre su carta, que me ha permitido
utilizar en este artículo). "A mi niño le pusimos dos euros, que creo
que es razonable", afirma. "Me quedé flipado" al oír la cantidad que le
había dejado el ratón al amigo, que según describe, es de una familia
"absolutamente normal". En conversaciones posteriores con amigos sobre
este tema, le contaron incluso de un niño al que le habían traído una
bici, que, obviamente, no estaba bajo la almohada.
El texto de Fraile, escrito en tono de humor, fue publicado el pasado día 13, ha sido compartido más de 20.000 veces en Facebook. "En realidad no sé qué decirte... Tú eres sabio, y conoces bien lo que
cada niño necesita o le viene bien... Además, ¿quién soy yo para decirte
lo que tienes que dejar en cada casa?", escribe. "En fin... que las
leyes de la proporción (no de la igualdad oiga) al menos me pusieron
alerta! ¿No se nos está yendo un poco de las manos esto del detalle que
deja el Ratón por cada diente? Seguramente hay dientes que valen más que
otros... pero... no sé...". Este padre explica que cuando a Guille, el mayor de sus tres hijos,
se le cayó su primer diente, el ratoncito le dejó un yo-yo, juguete que
tenía muchas ganas de tener, y que le hizo mucha ilusión. Ahora, le ha
dejado dos euros que ahorrará para comprarse un Halcón Milenario de Star
Wars. Mis hijos han encontrado bajo su almohada chapas, bolis de
purpurina, cromos o monedas. Lo que viene siendo un detallito. Pero
tienen amigos que reciben ropa, libros, juguetes grandes o billetes. Por
suerte, ni los míos ni Guille, el protagonista de esta anécdota, han
planteado la incómoda pregunta de por qué a unos tanto y a otros
tampoco. "No me siento presionado para dejarle más, tengo claro que no quiero ir
por ese camino", asegura Fraile. "Pero tenemos que hacer una reflexión
los padres. Yo tengo claro que mi hijo no necesita 100 euros",
concluye.
Los últimos diez minutos de la película esconden un debate que no hemos superado 30 años después.
Los protagonistas de 'Atracción fatal' Glenn Close y Michael Douglas.Vídeo: tráiler de la película.
En el siglo XV, las mujeres que decidían no casarse y abrir
un herbolario eran consideradas una amenaza contra dos instituciones, el
matrimonio y la medicina. Así que eran sentenciadas por brujería, pero
la sociedad consideraba que matarlas con una estaca resultaba demasiado
misericordioso: querían verlas arder en una pira. Cinco siglos más
tarde, el público tomó las mismas represalias contra una bruja de Wall
Street, Alex Forrest (Glenn Close) en Atracción fatal. Cuando el estudio hizo pases de prueba, los espectadores se mostraron incómodos con su final: tal y como recuerda el ejecutivo Ned Tanen, "querían, con un prejuicio extremo, que exterminásemos a esa zorra". Chico conoce chica. Chico se lo monta con chica en un ascensor como
animales enjaulados. Chica intenta matar a toda la familia del chico,
empezando por su conejo. Atracción fatal (Adrian Lyne, 1987) fue definida por Time
como "una parábola sobre la pesadilla del sexo en los 80" que vengaba
la tradicionalmente vilipendiada figura de "la otra". Tras un fin de
semana de rodríguez en el que echa una canita al aire (la terminología
de la infidelidad masculina suena bastante entrañable), Dan Gallagher
(Michael Douglas) pretende regresar a su vida modélica de casa con
garaje, valla blanca y salón plagado de fotos familiares. Pero esta Fran
Kubelick de El apartamento
no va a quedarse esperando sin hacer ruido: "no puedes follarme y luego
tirarme a la basura". Dan no entiende nada porque ese era exactamente
su plan.
Este giro hacia la locura indica que Alex no era fogosa
sexualmente, sino que lo que estaba era desesperada. Al fin y al cabo,
es una mujer de 40 años que sigue soltera y por lo tanto, según el
Hollywood de los 80, no es de fiar: vive en un loft lleno de
cacharros sin fregar, solo aparece en la oficina para buscar presas
masculinas (nunca sale trabajando) y se viste casi de novia para
ejecutar su venganza. En cuanto empieza a necesitar cosas (atención,
respeto, afecto), Alex deja de resultar sexy para Dan. Un tipo que no
siente remordimientos por haberle puesto los cuernos a su mujer, sino
por la posibilidad de que ella se entere. Atracción fatal utiliza la iconografía acuática
para estimular al espectador: en medio de una tormenta, a Dan no se le
abre el paraguas hasta que Alex no lo toca con sus dos manos; durante su
polvo, él abre el grifo de la cocina para empaparla y que el público no
solo vea el coito, sino que lo sienta; el conejo aparece muerto en una
caldera hirviendo; el pitido de la tetera impide que Dan se percate de
la presencia de una intrusa asesina en su hogar; y, finalmente, el
clímax violento tiene lugar en una bañera. Precisamente ese
enfrentamiento final fue motivo de drama, debate y lágrimas en el
estudio. Nadie quería cambiarlo, pero se vieron obligados a ceder ante
la unanimidad de los espectadores.
Glenn Close, en la imagen, se negó categóricamente a aceptar el nuevo final y Douglas tuvo que intervenir para convecerla.
En el final original Alex se suicidaba escuchando (no podía ser de otro modo) Madame Butterfly
de Puccini, no sin antes asegurarse de que Dan sería incriminado por
asesinato. Como la muchedumbre del siglo XV, el público consideró que
este era un desenlace demasiado compasivo para la mantis. La productora
Sherry Lansing, la primera mujer en presidir un estudio de Hollywood, recuerda
que llegaron a hacer hasta seis pases de prueba: "Y en todos y cada uno
de ellos, cuando Anne [Archer, que interpretaba a la mujer del
protagonista] decía 'si te vuelves a acercar a mi familia, te mataré',
la audiencia aplaudía enfervorecida. [El presidente del estudio] me dijo
'creo que lo que quieren es que Anne Archer mate a Glenn Close'. Y yo
le miré, sin palabras, porque pensé que estaba loco". Michael Douglas (1944, EEUU) coincide: "El público deseaba visceralmente matar a Alex, no permitirle que se suicidase". Las mujeres del equipo se sintieron devastadas ante la propuesta de rodar un nuevo final. Glenn Close (1947, EEUU) se negó categóricamente, porque sentía empatía hacia su personaje. Según recuerda
Lansing, Alex era "una mujer luchando contra una enfermedad mental que
se resistía ferozmente a encarnar los tópicos de la enésima psicópata
femenina". Douglas intentó convencerla ("quizá no sea el mejor final
para tu personaje" le dijo, "pero es el mejor para la película") y Close
le pidió consejo a un compañero: "William Hurt me dijo 'ya has dejado
claro lo que piensas, ahora es tu responsabilidad ayudar al equipo,
aguantarte y hacerlo'", recuerda Close. Al director Adrien Lyne también
le repugnaba el nuevo final, pero le convencieron con un cheque de 1,2
millones de euros por rodar esa escena extra, mientras que Anne Archer,
la mujer engañada que debía acribillar a "la otra", se limitó a llorar
en silencio cuando le informaron de los planes del estudio. Cualquier conexión que el espectador haya generado con Alex
Forrest (no la defendemos, pero sí la comprendemos; y es mucho más
cinematográfico quedarse con ella encendiendo y apagando una lámpara que
ver otra cena perfecta de los Gallagher) se evapora en cuanto se
transforma en una máquina de matar. Y para colmo es Beth, la mujer de
Dan, quien tiene que dispararla y acabar definitivamente con ella:
además de cornuda, tiene que sacar la basura que su marido le ha dejado
en el sótano. Este nuevo final sí satisfizo a las masas, al aliviar la
ansiedad ante el terror (en este caso, el miedo a perder el posición
social): "En las tragedias griegas, después del caos, el orden solo
puede restablecerse mediante un derramamiento de sangre. Fue catártico
para el público", recuerda Glenn Close. Atracción fatal fue un fenómeno cultural y sociológico, fue la película más taquillera de 1987 (ajustando a la inflación, recaudó lo mismo que Wonder Woman)
y logró seis nominaciones al Oscar incluidas mejor película, director,
actriz, secundaria y guion. No ganó ninguno, pero Douglas sí consiguió
su medallita aunque fuese por otra película: Wall Street (Oliver Stone, 1987). Durante la década siguiente, tres protagonistas de comedias románticas (Tom Hanks en Algo para recordar, Jeff Bridges en El amor tiene dos caras y Hugh Grant en Cuatro bodas y un funeral) confesaban vivir aterrorizados ante la idea de tener una cita con una mujer y que acabase como Atracción fatal. Hoy, el diccionario británico de la lengua inglesa incluye
"cuece-conejos" como término para definir a las mujeres que pierden la
cabeza tras acostarse con un hombre. No existe el término
correspondiente para los varones.
Este nuevo final convertía un melodrama trágico, en el que no quedaba claro quién era el villano y quién la víctima, en un thriller
doméstico de sustos con la maniaca asesina de turno. En vez de
suicidarse, ahora Alex se cuela en la casa de los Gallagher cuchillo en
mano y parece dispuesta a matar a quien se le cruce por delante. "Tras
investigar sobre el tema, llegué a la conclusión de que [Alex] no era
una psicópata", aclara
Glenn Close, "sino una mujer profundamente perturbada.
Por eso cuando
pones un cuchillo en su mano, traicionas el personaje".
'Atracción
fatal' fue la película más taquillera de 1987 y logró seis nominaciones
al Oscar incluídas mejor película, director, actriz, secundaria y
guión.
La crítica Pauline Kael detestó la película, porque consideraba
que "trata sobre hombres que ven a las feministas como brujas y, tal y
como está contada, la mujer efectivamente es una bruja. También retrata
algo más profundo que el miedo que sienten los hombres ante el
feminismo: su miedo hacia las mujeres". Janet Maslin, en el New York times, se atrevía a vaticinar cómo sería percibida Atracción fatal con el paso del tiempo. "Dentro de varios años, resultará posible diseccionar el momento exacto que produjo Atracción fatal
y las circunstancias concretas que la convirtieron en un éxito. Irrumpió en la última etapa de la era "puedes-tenerlo-todo" [una
boyancia marcada por la presidencia de George Bush padre], justo antes
del impacto que el sida tendría en la moralidad de Hollywood. Al mismo
tiempo, jugaba hábilmente con el creciente énfasis social en el
matrimonio y la familia, ofreciendo algo para cada espectador: la
desesperación de una mujer profesional sin marido, la imprudencia de un
esposo supuestamente satisfecho y las preocupaciones de una esposa. Y
además, está rodada con esa profesionalidad sofisticada y seductora que
caracterizaba al cine de su época". Los espectadores masculinos vieron Atracción fatal como una
fábula, con su moraleja incluida. Las mujeres vieron una tragedia. Pero
nadie se la quiso perder. El recurso del último susto, en el que el
villano resucita por sorpresa cuando le creíamos muerto, se convirtió en
un canon del thriller de terror tan tópico que en 1996 Scream ya se reía de él. Treinta años después, Atracción fatal sigue funcionando como thriller
erótico, doméstico y laboral. Siguen sorprendiendo su guion, que
incluye una palabra históricamente tabú en el cine americano ("aborto"),
y su conclusión: la infidelidad tiene remedio, pero la locura no. Todo
lo demás ha pasado de moda: las gabardinas enormes, las parejas
cinematográficas que tienen la misma edad (Close tenía 39 años, tres
menos que Douglas) y la abogacía como sinónimo de triunfo en el sueño
americano. Lo que sigue vigente es el lugar de honor que ocupa Alex
Forrest en el imaginario colectivo. Tres décadas después nadie ha podido
olvidarla, sin importar que fuera víctima o verdugo, porque ahora es
algo más grande: un icono cultural. Ese es su final feliz.
A los 40
años de su muerte, la autora de 'Cerca del corazón salvaje' reina en la
historia de la literatura brasileña tanto como en las redes sociales.
Una biografía retrata su enigmática figura.
La biblioteca Clarice Lispector de São Paulo es un edificio público de
hormigón situado en Lapa, un barrio de clase media relativamente cerca
del centro de la ciudad.
Tiene puertas amarillas y azules por fuera; por
dentro, principalmente personas mayores sentadas en media docena de
mesas redondas.
Casi todo el mundo sabe que la tal Lispector
que da nombre al edificio era alguien importante, aunque no todos
acaban de ubicarla como la escritora brasileña más traducida y aclamada
en décadas.
Y nadie responde con la disposición de Lycia, una
adolescente de 14 años y enormes gafas de pasta que estaba repasando las
estanterías de metal que hay en las paredes.
“Creo que la conozco”,
dice. Y, tras una búsqueda en Google, muestra el móvil como un trofeo:
en la pantalla, varias fotos en blanco y negro de una mujer bella y
congelada en un gesto distante, como de estrella del cine de los
cuarenta.
En cada versión de la foto hay una frase diferente: “El verano
está instalado en mi corazón”. “Todo silencio tiene un nombre”. “Mi
problema es que nunca fui de gustar más o menos; o gusto mucho o no
gusto”.
Todas las frases se atribuyen a Lispector, la mujer de la foto,
pero pocas lo son.
Lycia remata: “Libros suyos aún no he leído, pero
creo que me gusta”.
Cuarenta años después de su muerte, Clarice Lispector
goza de una tremenda fama en las redes convertida en un icono de la
autoayuda adolescente.
Para sus lectores más serios, los que defienden
que arrancar sus frases del delicado contexto al que pertenecen equivale
a quitarles el alma, es solo una anécdota ignominiosa.
Para algunos
jóvenes es lo que Lispector siempre ha sido.
Pero también es un síntoma
del complicado legado que la propia escritora, que nunca mostró el menor
interés en la vida pública, ha dejado en su país.
“Clarice goza hoy de
más culto a su imagen que a su obra”, matiza Yudith Rosenbaum, profesora
de letras clásicas en la Universidad de São Paulo y autora de dos
libros sobre la escritora.
“Por no conceder entrevistas, por haberse
aislado y haber rodeado su vida de misterio, por preferir el silencio a
las charlas, se ha creado un aura de inaccesibilidad de cara a una
legión de fans idólatras”.
Lispector se ha convertido a lo largo de las
décadas en un fenómeno muy difícil de ignorar, pero eso solo ha ido
empeorando el problema de la huella que dejó en la literatura brasileña
alguien tan difícil de clasificar.
De izquierda a derecha, Mania Krimgold, Elisa, Clarice, Tania y Pinkhas Lispector.Editorial Siruela
Resulta complicado hablar de Lispector incluso como autora brasileña,
porque sus escritos parecen pasar por encima de la realidad terrenal. Una vez en 1969 dedicó unas de las crónicas que escribía en el periódico
Jornal do Brasil al tema de la violencia policial (porque unos agentes habían disparado 13 veces sobre un famoso bandido). Su última novela, La hora de la estrella,
habla de una chica que, al igual que ella hacía años, viaja del noreste
a Río de Janeiro. Y ya. En casi 40 años de producción no hay más
referencias explícitas al lugar ni la época que la rodeaban. Solo hay,
defiende Rosenbaum, una referencia implícita en algunos textos. “Brasil
aún es un país en el que la empleada doméstica ocupa un lugar importante
en las familias de clase media y alta. Es un resquicio de nuestra
triste herencia colonial”. Y hay varias crónicas de Clarice, publicadas
en el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973, que hablan de la
experiencia de la escritora con sus empleadas: “Los momentos de
semejanza y de diferenciación entre ellas revelan unos conflictos de
clase que la sociedad brasileña había mantenido ocultos”. La académica
recuerda que en la novela La pasión según GH el enredo central ocurre en la habitación de la empleada.
Casi tan inútil como intentar etiquetarla por el contenido de sus
textos es estudiar su forma. Su estilo, entre la poesía y la prosa, de
pintar de espiritualidad los detalles cotidianos y usar la primera
persona en relatos en los que ella no es un personaje la distancia más
que acercarla a sus coetáneos: no se parece a nadie y su visión no
recuerda a ningún movimiento. “Ya desde el principio se diferenció del
neorregionalismo de los años treinta que dominaba el panorama brasileño
del que surgió. Era más cercana a la novela introspectiva e intimista,
heredera de la prosa de la ficción católica francesa, pero aun así no se
aproxima a ninguna de esas dos vertientes”, sopesa Rosenbaum. Benjamin
Moser, autor de la biografía Por qué este mundo, que se publica
ahora en España y que en 2009 galvanizó la fama internacional de la
autora, se resiste también a la clasificación: “Leer a Clarice es una
experiencia muy personal. Hablar de ella en clave nacional o académica
es una idea pésima, es permitir que una camarilla sin imaginación
entierre a una artista en una tumba polvorienta”, sostiene. “Clarice se
describe mejor como una amante con la que uno tiene momentos de luz, de
amor, de sexo y de muerte. Esto le sonará exagerado a quienes no la
hayan leído, pero a los que sí, les parecerá obvio y hasta un poco
limitado”. Lispector murió en 1977. Su influencia en los futuros escritores del
país resultó ser más problemática de lo esperado. Muchos intentaron
ocupar su hueco y durante años han proliferado imitaciones de su estilo:
algunas excesivamente místicas, otras simplemente impenetrables. Otros
escritores huyeron de su temible sombra. Caio Fernando Abreu, un autor
de los años setenta y ochenta que hoy también está de revival
20 años después de su muerte, se negó a leer su obra para no
contaminarse. No fue el único. “Un joven escritor de São Paulo me dijo
que, tras Clarice, muchos brasileños sintieron que no tenían nada que
decir”, recuerda Moser. A la vez, la visión universal de Lispector ayudó a que su obra
medrase en el extranjero. En 1954 se publicó en Francia la primera
traducción de una novela suya . En Nueva York la primera se lanzó en
1964: para los años ochenta los títulos en inglés se habían
multiplicado. La editorial alemana Schöffling & Co. compró los
derechos en alemán y Siruela
hizo lo propio en español. “Ella siempre fue una figura de culto, pero
solo entre los expertos, como un secreto bien guardado. Fueron las
traducciones y el interés que empezó a generar fuera lo que la convirtió
en un fenómeno brasileño”, opina el editor y escritor Pedro Corrêa do
Lago. El prestigio de otros países completó la ecuación. Entre que su
estilo era tan peculiar que se limitaba a su obra; entre que apenas
había cultivado su faceta pública y que era un nombre más avalado por el
extranjero que por el propio país, Clarice Lispector pasó a ser una
figura de culto.
Unas décadas más en ese camino y estaría protagonizando
memes para la próxima generación. Al menos por ahora, mientras su presencia siga relativamente cercana
en el tiempo. Su valor para el país está claro: “Es, junto con Guimarães
Rosa, la gran escritora de la segunda mitad de nuestro siglo XX”,
sentencia Corrêa do Lago. Quizá sea cuestión de que, con el tiempo, se
le acabe encontrando un hueco que no dependa de si representaba o no la
mentalidad brasileña. “Y Shakespeare ¿representa la mentalidad inglesa? O
Cervantes, ¿la española? Al principio desde luego que no: eran simples
escritores, y el Quijote se pudo haber escrito en Francia tanto como Hamlet
se pudo haber escrito en Italia”, protesta Moser. “Pero los grandes
artistas saben proyectar, de una manera muy extraña, una visión muy
excéntrica y personal sobre los hablantes de todo un idioma, y también
saben hacerles creer que esa visión es la suya. Así, es imposible
imaginar el español sin Cervantes, el inglés sin Shakespeare y el
portugués sin Clarice”.