Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

29 abr 2017

Los famosos asaltan las librerías...................... Maite Nieto

Carme Chaparro, Màxim Huerta, Emilio Aragón o Mónica Carrillo triunfan en las ferias y aseguran el éxito de sus libros gracias a su impacto mediático.

De izquierda a derecha: Màxim Huerta, Mónica Carrillo y Emilio Aragón.
De izquierda a derecha: Màxim Huerta, Mónica Carrillo y Emilio Aragón.

 Plantar un árbol, tener un hijo y escribir un libro son las tres cosas que se dice que toda persona debe hacer en su vida —y no precisamente por este orden—.

 Los rostros conocidos, lo que en el argot editorial se conoce como autores mediáticos, se lo han tomado al pie de la letra y al menos el libro es una de las tareas a la que muchos de ellos se dedican con fruición desde hace años. 

Con la llegada de la primavera las obras firmadas por personajes habituales de la televisión, y en menor medida de la radio, surgen con el mismo ímpetu con el que brotan las hojas de los árboles.

 Un hecho que tiene mucho que ver con dos populares eventos literarios que aprovechan editores y todos los autores: Sant Jordi y la Feria del Libro de Madrid. 

 Este año no es una excepción, máxime en un momento en el que el sector editorial ha logrado estabilizarse tras caer sus ventas hasta un 40% durante los años más duros de la crisis.

La lista de famosos que se han lanzado a la escritura es prolija: Boris Izaguirre, María Teresa Campos, Carmen Alcayde, David Cantero, Xavier Sardà, Jorge Javier Vázquez, Marta Torné, Nuria Roca, Raquel Sánchez Silva, Marta Fernández, Lara Siscar, Mario Vaquerizo, Pelayo Díaz, Nina, Gemma Mengual, Almudena Cid, Risto Mejide, Sandra Barneda…
 En este popurrí hay de todo, ficción, cuentos, libros prácticos, relatos, recuerdos, incluso algún ensayo.
 Este año el censo se sigue nutriendo con escritores que repiten y otros que se estrenan, algunos de ellos con notable alto a nivel comercial.
 Es el caso de Carme Chaparro que con su primera novela, No soy un monstruo, ganadora del Premio Primavera dotado con 100.000 euros, ha sido una de las estrellas de la edición de Sant Jordi.
Otros autores mediáticos que firman novedades este año son Màxim Huerta (La parte escondida del iceberg), Mónica Carrillo (El tiempo. Todo. Locura), Carlos del Amor (Confabulación), Emilio Aragón (El indiferente azul del cielo), Pilar Rahola (Rosa de ceniza), Samantha Villar (Madre hay más que una), Silvia Abril (Como a mí me gusta), Cristina Soria (Adiós, tristeza), Marta Robles (A menos de cinco centímetros) o Christian Gálvez (Leonardo da Vinci. Cara a cara).

 Quedan otros en el tintero, pero esta muestra da idea de un fenómeno que no por repetitivo deja de levantar suspicacias entre quienes se dedican exclusivamente a la literatura.

 Los afectados por los recelos opinan que ser juzgado de antemano es la espada de Damocles que pende sobre ellos por el hecho de ser conocidos por otras facetas profesionales como presentadores, deportistas, periodistas, guionistas, actores, o una mezcla de todo un poco. 

Y fuentes editoriales señalan que aunque su popularidad haya llegado a través de la imagen, muchos son periodistas, algunos buenos lectores y a todos les empuja el interés de dar un salto de calidad además de añadir un sello extra en su currículo que quedará para siempre aunque en algunos casos la aventura acabe en fiasco.

 

 

 

Edimburgo, la gran fiesta escocesa......... Javier Montes

El vibrante festival de artes escénicas cumple en agosto 70 años. La ciudad vieja más el ensanche georgiano del siglo XVIII conforman una elegante ruta urbana.

Monumento al filósofo escocés Dugald Stewart, completado en 1831, en la ladera de Calton Hill, desde donde se contempla el centro de Edimburgo y su castillo.  
Monumento al filósofo escocés Dugald Stewart, completado en 1831, en la ladera de Calton Hill, desde donde se contempla el centro de Edimburgo y su castillo.

 

La Atenas del norte: ese, ni más ni menos, ha sido el apodo de Edimburgo desde mediados del siglo XVIII.
 Al principio fue más bien una idea romántica, y pronto una profecía autocumplida: los jóvenes aristócratas escoceses habían sido de los primeros en seguir la moda del Grand Tour, y como buenos prototuristas de lujo dedicaban un año o dos a cultivarse visitando las ruinas de Italia y Grecia (también sus teatros, tabernas y prostíbulos) antes de volver a la capital de Escocia para casarse con el mejor partido posible y sentar la cabeza.
Traían en su equipaje grabados y vistas de los grandes monumentos clásicos, selfies al óleo con majestuosos paisajes romanos de fondo, ánforas y antigüedades más o menos antiguas y muchas ideas heroicas sobre las glorias del pasado.
Ventanas del Parlamento de Escocia, de Enric Miralles, en Edimburgo. 
Ventanas del Parlamento de Escocia, de Enric Miralles, en Edimburgo.
Y se daban de bruces con una vieja ciudad medieval apiñada bajo el castillo decrépito y a lo largo de su Royal Mile, sin alcantarillas ni plazas ni paseos, estrangulada por murallas roídas y barrancos convertidos en vertederos. 
Había perdido su Parlamento autónomo en 1707, y la aristocracia y las élites habían huido de su insalubridad y su inadecuación a las nuevas formas de vida urbana que la Ilustración iba imponiendo en las grandes capitales de Europa.
Así que en 1766 el consejo municipal convocó el concurso para construir un ensanche que permitiera a la Auld Reekie (la Vieja Apestosa) medirse en pie de igualdad con Berlín, Turín o Londres, le devolviese el esplendor clásico de la mítica Edina romana que quizá nunca fue y en cualquier caso le diese el lustre de una nueva Atenas.
 La idea caló al calor del nacionalismo escocés y coincidió con una generación ilustrada de vecinos que incluía a filósofos, economistas o arquitectos como David Hume, Adam Smith o Robert Adam.
 Y el éxito fue tal que un siglo después otro escocés ilustre, Stevenson, decía lleno de ardor patriótico que “Edimburgo es lo que París debería ser”. 

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Edimburgo, la gran fiesta escocesa 

Walter Scott, a lo grande

La verdad es que desde entonces los edimburgueses tienen muy a gala el cosmopolitismo, el europeísmo y el interés por las artes de una ciudad que cuenta con museos y colecciones botánicas de primer orden, que mima una universidad pública situada entre las mejores del mundo y con un campus de primera categoría, que alzó un gigantesco monumento a Walter Scott (dicen que el mayor del mundo dedicado a un escritor), que dio a su estación central, Waverley, el mismo nombre que titula una de sus novelas, y que este agosto celebrará la septuagésima edición de un festival de teatro que es casi como el Cannes de los escenarios.
Escaparate de la sastrería Walker Slater, en la calle Victoria de Edimburgo, un clásico de los trajes de 'tweed'.
Escaparate de la sastrería Walker Slater, en la calle Victoria de Edimburgo, un clásico de los trajes de 'tweed'. Alamy
El Festival Internacional de Edimburgo (y su cita paralela más alternativa, el Fringe) es una buena razón para visitar en su mejor momento anual esa vieja Edimburgo transformada en nueva Atenas.
 Y el ambiente de aquel furor clasicista de la Ilustración escocesa se respira muy bien por las calles del New Town planeado en 1766 por James Craig, el joven arquitecto escocés que ganó el concurso municipal para la ampliación.
 Es un conjunto excepcional de arquitectura georgiana que no ha cambiado prácticamente desde mediados del siglo XVIII. El contraste con el caserío contrahecho de la Old Town (la Ciudad Vieja) no puede ser mayor: calles dibujadas con tiralíneas, plazas amplias, fachadas de severa piedra gris y una gélida elegancia neoclásica.
 Los ventanales son amplios para dejar pasar la mayor cantidad posible de codiciada luz solar, y es una suerte, porque permite fisgar a pie de calle los azules, rosas y pistachos apastelados de los frescos y las molduras que cubren los techos de las plantas nobles.
Poca cosa más podían hacer los edimburgueses que se animaran a pasear en el XVIII por este barrio sin ser vecinos: el New Town (la Ciudad Nueva) era un barrio de gente rica, y los soberbios jardines que lo amenizan, como los que corren paralelos a Queen Street, eran y siguen siendo particulares, protegidos por verjas y cancelas que solo abren las llaves del pequeño puñado de afortunados propietarios.
 Los gastos de comunidad para pagar al ejército de jardineros que mantiene impecablemente segado el césped tentador y prohibido deben ser, desde luego, igual de disuasorios.
Jóvenes jugando al rugby en Fettes College, en Edimburgo.
Jóvenes jugando al rugby en Fettes College, en Edimburgo. Getty
Por suerte el National Trust, tan presente (e ibéricamente envidiable) en todo Reino Unido, ha comprado, restaurado y abierto al público una de las aristocráticas townhouses (viviendas en varias alturas) que rodean la joya del barrio:
 Charlotte Square, con fachadas clásicas trazadas impecablemente por el gran Robert Adam.
 Al visitar la Georgian House, en el número 7, uno entiende por qué los nobles escoceses e ingleses se rifaron a Adam y pelearon por conseguir que diseñase sus mansiones campestres y sus palacios urbanos.
 No solo renovó y aligeró el lenguaje ornamental algo pesado del palladianismo tardío inglés, también ideó interiores que combinaban las necesidades simbólicas de las estancias públicas con los dormitorios y gabinetes privados a todo confort.
Lo más interesante de la visita, en realidad, quizá sea el recorrido por las cocinas y zonas de servicio, que hacen entender la inmensa cantidad de ingenio y mano de obra necesarias para hacer funcionar como un reloj el mecanismo de precisión que era una casa aristocrática de la época. 
Ojo, también es inmenso el ejército de voluntarios jubilados e informadísimos que esperan a la vuelta de cada esquina para impartir generosamente su conocimiento al visitante desprevenido.
La taberna The Royal Mile, en la calle del mismo nombre, cerca del castillo de Edimburgo. ampliar foto
La taberna The Royal Mile, en la calle del mismo nombre, cerca del castillo de Edimburgo.
El New Town fue todo un éxito, y cuando su primera fase se quedó pequeña aún pudo aprovechar el terreno disponible a espaldas de Charlotte Square para lucir las tres espléndidas plazas engarzadas que forman Moray Estate (Moray Place, Ainslie Place y Randolph Crescent hacen que se suceda un gran círculo, un óvalo impecable y una majestuosa media luna que conforman uno de los paisajes urbanos más conseguidos y originales de la Europa ilustrada). 
El Instituto Francés, en Randolph Crescent, es uno de los pocos edificios abiertos al público que permiten hacerse una idea de los interiores originales, con su noble escalera central dando acceso a las plantas.


Palomo Linares no deja herencia que repartir............ Antonio Lorca

Tras vivir una época de esplendor como torero, terminó sus días sin patrimonio

y enfrentado a sus tres hijos.

FOTO: Sebastián Palomo Linares, con uno de sus cuadros..
Sebastian Palomo Linares, en una capea.
Sebastian Palomo Linares, en una capea. Cover/Getty Images
El torero se ha ido alejado de sus hijos y del entorno de amigos de la familia.
 Ni siquiera ha podido asistir a la inauguración de su última exposición de pintura, que abrió sus puertas el pasado día 21, en Boadilla del Monte, ni ha vuelto a la plaza de Las Ventas para recibir el último homenaje de la afición que un día de 1972 se sintió conmovida, emocionada y también dividida por los máximos trofeos que paseó en su arena el torero de Linares.
“He sido siempre radical y mal perdonador”, confesó el torero en mayo de 2015, cuando se descubrió en la plaza madrileña un azulejo que recordaba el rabo que cortara en ese ruedo.
 Ya en aquel acto se mostró como había sido siempre: un hombre de fuerte carácter y amor propio, avispado y rebelde, nada fácil, aparentemente, para los avatares de la convivencia. 
Algunos de sus amigos añaden algo más: fue un hombre generoso y manirroto también; un mal gestor de su patrimonio, que no acertó en sus inversiones empresariales y recibió con frecuencia los requerimientos de la Agencia Tributaria.
 Palomo Linares, exhibe el rabó que cortó al ejemplar de Atanasio Fernández en la feria de 1972. 
Palomo Linares, exhibe el rabó que cortó al ejemplar de Atanasio Fernández en la feria de 1972. © BOTAN
 
Solo así se puede entender que tuviera que vender su finca El Palomar a los hermanos Lozano (Pablo, José Luis y Eduardo), sus apoderados desde que comenzara su andadura en los ruedos y verdaderos padres adoptivos del torero, que lo han considerado como de su propia familia hasta el día de su muerte.
El Palomar, situada en el término de la localidad toledana de Seseña, de 72 hectáreas y una vivienda de 1.335 metros cuadrados, la compró Palomo en el año 1981, y fue adquirida en 1997 por Agrícola la Sagra, propiedad de Eduardo Lozano, para saldar una deuda con Hacienda que superaba los sesenta millones de pesetas de la época. 
 Se ha publicado que la venta ascendió a 211,4 millones de pesetas, y el acuerdo incluía que Palomo y su familia podían seguir viviendo en ella, como así ha ocurrido, lo que ofrece una muestra del ejemplar comportamiento de los Lozano con Palomo Linares.
El hijo del torero Palomo Linares, Miguel Linares, a su llegada al tanatorio La Paz de Alcobendas (Madrid), el pasado martes.
El hijo del torero Palomo Linares, Miguel Linares, a su llegada al tanatorio La Paz de Alcobendas (Madrid), el pasado martes. EFE
Lo que no está tan claro es cómo pudo el matrimonio dilapidar la fortuna que el torero ganó honestamente en los ruedos.
 Sus allegados se limitan a decir que el matrimonio “tenía un modo muy diferente de ver la vida”. 
La realidad es que parece que Palomo no contaba, siquiera, con liquidez para pagar la pensión compensatoria de 4.000 euros que debía abonar mensualmente a su exesposa (el torero intentó rebajarla sin éxito cuando Marina Danko inició una nueva relación sentimental), y 1.000 euros a su hijo menor, cantidades ambas que han abonado los hermanos Lozano.
El torero llegó a recibir requerimientos judiciales por impago de los gastos de comunidad de la vivienda donde vivían Marina Danko y su hijo Andrés, piso situado en la calle madrileña de Diego de León, y que está a nombre de Explotación Ganadera Hermanos Palomo SL, cuyo administrador único es su hijo Miguel.
Palomo Linares se ha ido de repente y ha dejado tras de sí una honrosa trayectoria taurina y una vida personal y familiar con luces y sombras. 
A fin de cuentas, no era más que un ser humano.

 

28 abr 2017

Recomponiendo los juguetes rotos de Hollywood

'Feud' se entrega con pasión a lo que Hollywood hizo muy esporádicamente en sus décadas de apogeo: darle un papel protagonista decente a una mujer de más de 50 años.

Susan Sarandon y Jessica Lange, caracterizadas como Bette Davis y Joan Crawford en 'Feud'.
 
 

 

Hay un lema que describe a la perfección cómo Hollywood ha tratado a las actrices sobre las que esculpió su mito.
 Es “divide y vencerás”, una frase que en el final del último capítulo de la serie Feud, estrenada en España por HBO, pronuncia ni más ni menos que Jack Warner (Stanley Tucci), uno de los fundadores de la legendaria productora Warner Brothers. 
Lo dice en una alucinación de una Joan Crawford a la que le queda poca vida, pero podría haber sido el lema forjado en hierro a las puertas de aquel estudio o de cualquier otro de los grandes ocho de la era dorada de Hollywood: 
“Divide a las mujeres y vencerás”.
Mirando atrás, los grandes taquillazos se alzaron sobre las ruinas de la dignidad de una ingente cantidad de divas, convertidas en peones en un endiablado juego de estrategia que rompió miles de sueños y quebró vidas enteras.
En sus ocho episodios, Feud se entrega con pasión a lo que Hollywood hizo muy esporádicamente en sus tres décadas de apogeo: darle un papel protagonista decente a una mujer de más de 50 años.
 El resultado es una melancólica reedición con falso aroma a biopic de la vieja historia que ya contó con maestría Billy Wilder en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard) hace casi 70 años: una veterana diva quiere seguir trabajando, contra las leyes de la biología, la física y la estética.
Hay algo insano en la curiosidad del ser humano por ese tipo de historias.
 Feud tiene escenas hipnóticas, de las de aguantar el aliento. 
Jessica Lange, de 68 años, interpreta a Joan Crawford a los 54, cuando logra que se filme ¿Qué fue de Baby Jane?, una novela con posibilidades para una pareja de actrices veteranas. 
Profesional hasta la autodestrucción, Crawford ofreció el papel de comparsa a Bette Davis, que entonces había cumplido 51.
 A ambas las separaba una añeja enemistad que a lo largo de la serie crece y crece hasta el odio.
La serie explota aquel choque cósmico con una artificialidad propia de un melodrama de los que hicieron famosas a Crawford y Davis. Es la estética adecuada: al final nos damos cuenta de que hemos asistido a una gran tragedia, y que nuestras risas ante las batallitas de ambas divas son otro hilo más en una amarga historia de marionetas. 
Somos parte imprescindible del sistema, quienes pagan por disfrutar del espectáculo grotesco de dos egos desmedidos que quieren que se las siga queriendo, admirando, tomando en serio.
Crawford y Davis juegan un papel, el que le conviene a todos menos a ellas mismas: al productor, que vive del escándalo; al director, que necesita notoriedad; a la periodista, que rapiña cotilleos.
 Como los protagonistas del género trágico, se autodestruyen sin comprender muy bien por qué. 
En un momento, para interpretar a la epónima Baby Jane Hudson, Davis se disfraza de esperpento. 
Pasados los años, Crawford se lo recrimina: “Cuando una pierde su belleza la solución no es esconder lo que queda bajo el ridículo”.
Feud es cine dentro de cine y dentro de mucho más cine. 
Es ontología fílmica hasta la náusea: una historia de juguetes rotos que interpretan a más juguetes rotos en una industria que ha sublimado el arte de romper juguetes.
Recomponiendo los juguetes rotos de Hollywood
Es liberador ver al fin cómo un productor de la talla del televisivo Ryan Murphy (Glee, American Horror Story) se atreve a ponerle el espejo delante al machismo de Hollywood. 
Las mujeres de Feud, incluyendo a varias secundarias como la Olivia de Havilland que interpreta Catherine Zeta Jones, o Kathy Bates, suman 11 premios Oscar en toda su carrera.
El Oscar es el protagonista ausente del film, un tótem en torno al que danzan estas actrices, objeto de pasión e instrumento de control.
 ¿Todas esas historias de furiosas batallas por una estatuilla? Casi siempre son mujeres las que entran en liza. ¿A quién nominaron 16 veces para darle sólo tres premios? A Meryl Streep. 
¿Quién obtuvo 12 candidaturas y triunfó en cuatro? Katharine Hepburn.
 De todas ellas, la que parece saber mejor la verdadera y vacua naturaleza de ese galardón es Crawford, tal vez la más vanidosa. 
En la ceremonia de entrega de 1962 logra ser ella la que posa para la posteridad con un premio en la mano sin haber sido nominada ni galardonada, al aceptarlo en nombre de otra persona. 
Lo que importa es la foto, no el reconocimiento.
Hasta en sus vidas personales, estas divas actuaron de acuerdo con lo que la industria esperaba de ellas.
 Lange y Sarandon lo saben y obran en consecuencia: hay un consciente exceso de artificialidad en cada palabra que pronuncian y cada paso que dan, que sólo se rompe cuando admiten ambas, a punto de llorar, que ni toda su belleza ni todo su arte dramático fueron nunca suficientes en aquel mundo asfixiante y machista que todavía no ha desaparecido. 
La prueba de que perviven aquellos hábitos: hoy es noticia que mujeres de una cierta edad, como Lange y Sarandon, encuentren trabajo estable en el cine o la televisión.
Recomponiendo los juguetes rotos de Hollywood
Por último, algo excelente que tiene Feud es la rehabilitación de la imagen de Crawford.
 Fue un titán de Hollywood, una de sus actrices más profesionales. Como dijo de ella Davis, “siempre se sabía sus líneas y siempre llegaba a tiempo”.
 Magnética en el melodrama, devoró a compañeros de reparto y directores en títulos que merecen ser revisitados, como Mildred Pierce.
 Todo aquello quedó triturado por un injusto y despiadado libro que su hija adoptiva Christina publicó en 1978, meses después de la muerte de la actriz.
 Crawford la desheredó y ella le robó la fama en la posteridad.
 Se hizo, por supuesto, una película, titulada Queridísima mamá.
 Como no podía ser de otro modo, la interpretó una gran actriz con Oscar, Faye Dunaway.
 Pero resulta tan histriónica que hoy es pasto de imitación para drag queens.
 Pero esa es otra historia, que deberá contar otra serie.