Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

12 ene 2017

“La hiperpaternidad acaba generando adolescentes con muchos miedos”

 

El psicólogo José Antonio Luengo advierte del peligro de facilitar todas las comodidades y evitar todas las incertidumbres a los hijos.

José Antonio Luengo.
¿Los adolescentes de hoy en día son como los de antes? ¿Asistimos a una nueva manera de enfocar ese cambio en la vida de todo ser humano? 
Muchas voces advierten, desde hace tiempo, que el exceso de protección no es en absoluto beneficioso para los niños que crecerán sin saber asumir responsabilidades. 
José Antonio Luengo, psicólogo experto en adolescentes, reflexiona sobre cómo han cambiado los paradigmas educativos desde hace tan solo tres décadas y cuáles son las consecuencias.
PREGUNTA: Para empezar, ¿qué es la adolescencia y qué etapas de la vida cubre?
RESPUESTA: La adolescencia es una fase de la vida, una etapa crucial del desarrollo, marcada por cambios orgánicos, fisiológicos, cognitivos, psicológicos y emocionales notables y muy significativos en la configuración definitiva de la personalidad; esa que nos hace y hará alguien diferente de todos cuantos nos rodean. Hablamos de un período que abarca, con flexibilidad, desde los 11-12 años a los 16-18, siempre dependiendo de factores personales, individuales, sociales y culturales. 
El adolescente es un ser que, en términos precisos, crece y aprende a crecer. 
La palabra, etimológicamente, nos remite a ese principio: un ser que está creciendo.
 Con los conflictos, incertidumbres, dudas y sorpresas que ello conlleva. 
Para el propio adolescente y su entorno.
P: ¿Se diferencia en algo la adolescencia de ahora con respecto a la que los que ahora son padres, tuvieron?
R: Existen diferencias y no son pocas.
 Pero, probablemente, tengamos muchas más cosas en común de las que pensamos en la actualidad.
 La revolución hormonal y fisiológica que se produce, los cambios físicos y psicológicos…
 La crisis inherente a un cambio tan drástico y aparentemente inesperado. 
Las dudas, la ansiedad, por saber, por ser.
 La impulsividad, la desproporción, el desequilibrio. 
 Y cierta condición de rebeldía y oposición a lo establecido; por los padres y el entorno.
 Nos diferencian cosas, claro.
 Relacionadas, sin duda, por cómo vivimos, por cómo están hoy organizadas las cosas, a diferencia de ayer.
 Influyen en esas diferencias el cómo vivimos los adultos y cómo les hacemos vivir, las características de las familias de hoy, cómo organizamos sus vidas, el papel que juegan las tecnologías, y su fácil acceso a un mundo “inabarcable”…

P: España contempló una explosión económica sin precedentes en los ochenta y noventa. Se sabe que las situaciones económicas condicionan en buena parte la firma de educar. ¿Cree que los jóvenes nacidos a partir de esa época han sido educados en una cultura de poco esfuerzo y de tenerlo todo sin merecerlo solo porque sus padres no lo tuvieron?
R: Creo sinceramente que sí. 
Siempre se simplifica al realizar una afirmación categórica, pero no faltan evidencias de ello.
 Considerar que eres “mejor” padre o madre en función de las posibilidades de acceso a lo material que tienen tus hijos, evitar sus incertidumbres y “facilitarles” todo lo que tienen que vivir y experimentar han sido (y aún lo son) principios educativos torpes y, seguro, contraproducentes.
 Hay quien describió este fenómeno como una forma de “OPA amigable” a la infancia.
 “Te compro” con todo lo que te doy porque no tengo tiempo para estar contigo, para cuidarte, escucharte, tenerte y educarte como debería… Y como necesitarías.
P. Lo quiero/lo tengo y si no es así, entonces me frustro, tengo traumas, me drogo, bebo, tengo relaciones sexuales muy pronto y con muchas personas…
 ¿no será que nos hemos pasado de permisivos? ¿Hay lugar para la esperanza?

R: Hoy surge un término muy interesante, el de los padres “helicópteros”, en clara alusión a una manera de gestionar la educación de los hijos, basada en la hiperprotección.
 Una suerte de hiperpaternidad, que ve a los hijos como seres intocables, que, al fin, acaban teniendo más miedos que nunca. Padres que sobrevuelan sin tregua las vidas de sus hijos (de ahí lo de helicóptero), pendientes de todos sus deseos y necesidades. 
El mundo parece acabarse si tus hijos dudan, si aparecen frustraciones, desvelos.
 Si se entristecen o, un día, se enfadan con sus amigos.
 Involucrarse en la vida los hijos es consustancial, por supuesto, a ejercicio adecuado de la patria potestad. 
Otra cosa es la ofuscación por la perfección, por la necesidad, casi obsesiva, de que sean los mejores, en todo.
 En todo.
P: Hace sesenta años se educaba a base de cinturón y ahora se educa cuidando no traumatizar al niño.
 ¿La virtud está en este caso en el término medio? ¿Qué hemos ganado y perdido con respecto a la generación de nuestros padres?
R. Hablando de nuestro entorno social, el de un país desarrollado, hemos de insistir en una idea.
 Nunca los niños han estado tan bien “tratados” desde que nos reconocemos como seres humanos.
 Nunca el ordenamiento jurídico que ampara los derechos de la infancia y de la adolescencia ha adquirido tanto valor, rigor, seriedad, criterio y eficiencia.
 El secreto, si es que existe, es educar desde el equilibrio, atendiendo las necesidades de nuestros hijos con esmero.
 Y esto supone, ineludiblemente, entender la frustración como una experiencia imprescindible. 
Entender que el “no” también educa, que es imprescindible el dolor, la insatisfacción, la duda, el conflicto.
 Que es necesario que se enfrenten al no puedo o no sé, y saber afrontar las situaciones.
 Con autonomía.


P: ¿Estamos más perdidos ahora los padres que antes?
R: A pesar de todo lo que sabemos y hemos ido aprendiendo de educación, a pesar de que las condiciones de vida han mejorado notablemente respecto a épocas pretéritas (siempre en términos generales y sin obviar situaciones desfavorecidas que no deben ser pasadas por alto), educar, hoy, es un proceso muy complejo. Influyen muchos factores.
 Padres y madres sabemos con certeza que el mundo ha cambiado y que nuestros hijos no precisamente van a mejorar las condiciones de vida que nosotros, sus padres, hemos tenido o tenemos.
 Y aparecen muchas más dudas. 
Y la obsesión, la preocupación porque no les falte de nada, que sean los mejores, competitivos… Y pueden perderse ciertos papeles en este proceso. 
 Las condiciones de vida han hecho, también, que tengamos menos hijos.
 Y se pierden cosas.
 Los hermanos cubrían, y cubren, una parte sustancial de la experiencia de crecer en compañía.
P: La falta de compromiso es una de las características de la adolescencia pero es que ahora dura pasados los 18 y eso tiene que tener un porqué. ¿Sabría decirme cuál?
R: Soy de los que piensan que, a pesar de las circunstancias expuestas, tenemos los mejores adolescentes y jóvenes de toda nuestra historia.
 Pero no les ayudamos con principios y criterios educativos de hiperprotección.
 Muy al contrario.
 Acondicionar su vida desde la inacabable comodidad no es el camino. 
Nos estamos engañando. 
Crecer significa afrontar, caerse, saber levantarse, ayudar a quien dobla la rodilla a tu lado; a quien lo está pasando mal.
 Crecer significa, también, llorar y saber secarse las lágrimas. Y seguir.
 Crecer significa esforzarse, y tener disciplina.
 Automotivarse en cada tarea, en cada momento. 
Estos son, querámoslo o no, principios esenciales del manual del buen padre, del buen educador.
 ¿Pero es que no nos damos cuenta?
José Antonio Luengo, es Psicólogo educativo, vicesecretario del Colegio de Psicólogos de Madrid. Profesor de la Facultad de Educación de la Universidad Camilo José Cela de Madrid.




 

Ansia viva........................................ Luz Sánchez-Mellado

Dicen que los profesionales no dan abasto a atender a ansiosos, deprimidos, sufridores de eso que no es exactamente el cuerpo.

Una mujer yace en una cama. Getty Images
Son diez, quince minutos, media hora los peores días, pero esa eternidad en la que se te agarrota el espinazo, se te sale el corazón del plexo, se te viene el estómago a la boca y no te llega el pijama al cuerpo no te la quita nadie. 
Eso, sin que te pase nada ni a ti ni a los tuyos sino las prisas, las penas, las presiones, la vida. 
Nada distinto de lo que te pasaba anoche, cuando cogiste la cama como quien coge el último tren de vuelta al útero y cerraste al tiempo las pupilas y las rendijas del pánico a los peligros de ahí fuera.
 Bendita cama. Bendito sueño. Bendita tregua.
 Porque la guerra sigue
. Cuando vuelves en ti de repente, siempre a la misma hora de la madrugada oscura del alma, malditos biorritmos, ahí sigue el dinosaurio, Monterroso no se inventaba nada.
Entonces, debajo de la manta, o del nórdico gordo, o de la sabanilla fina en verano, tratas de recuperar el resuello y convencerte de que no, la mancha que te ha salido en la frente no es el aviso de un melanoma que te va a devorar viva. 
De que no, en el trabajo no se van a dar cuenta de que eres una impostora y te van a dar puerta.
 Y de que no, no van a caer sobre ti una tras otra las siete plagas de Egipto.
 Luego te levantas, te duchas, te pones la armadura de enfrentarte al prójimo, te tomas el primero de los equis placebos con los que vas engañando a la bestia a lo largo del día y parece que el tigre se domestica hasta que te arrea el próximo zarpazo y te vuelve a dejar tiritando de miedo a todo y a nada. 
Quien lo ha sentido sabe de lo que hablo.
 Somos legión, me temo. Cada poco, salen de eminencias de Nobel a psicólogos de barrio diciendo que no dan abasto a atender a ansiosos, deprimidos, sufridores de eso que no es exactamente el cuerpo y que, como no sabemos cómo llamar, llamamos espíritu.
 Y, eso, estando hartos de pan y wifi.
 Sí, me come la ansiedad, como a tantos. Como tantos, trato de vivir con ella.
 Y no, no nos quejamos de vicio.

 

M.ás Platón y menos Dora, la exploradora..... Jorge Marirrodriga

Estudiantes de una universidad británica exigen sacar del programa a varios filósofos por "blancos y colonialistas".

Cabeza de Platón de la Glyptothek de Múnich.
En la Universidad de Londres, el sindicato de estudiantes de la Escuela de Estudios Orientales y Africanos ha exigido que desaparezcan del programa filósofos como Platón, Descartes o Kant.
 Por racistas y colonialistas.
 En su escrito, el sindicato se refiere a estos —y a otros personajes históricos— como “filósofos blancos”.
 Además, demanda que sean estudiados únicamente si el alumno lo solicita y siempre poniendo su pensamiento “en el contexto”.
 Por ejemplo, los filósofos de la Ilustración deben ser explicados —y desacreditados— junto a su “contexto colonial”.
Una cosa es una cosa y otra es otra.
Si no quieren estudiar a Platón que se lo digan a D. Emilio Lledó.
Paltón siempre fue un filósofo más allá de ser blanco y colonialista.
Descartes ni te cuento y anda que decir esa simplicidad de Kant. Tres era tres y mira que aprendimos con ellos.
Resulta paradójico que en una universidad —que se supone es, entre más cosas, el lugar donde todas las ideas fluyen, se confrontan y permiten el surgimiento de otras nuevas— haya quien prohíba mostrar ideas de pensadores que, guste o no, han conformado el mundo en que vivimos. 
Más paradójico todavía es que esta reivindicación se base en una especie de... ¿antirracismo racista? ¿Qué tienen en común Platón y Descartes? 
 Que son blancos. Bueno, ojo con Platón. Si apareciera hoy en un aeropuerto europeo con su verdadero aspecto probablemente sería deportado.
 Y que son colonialistas. Es decir, para estos alumnos nada ha cambiado entre la Atenas del siglo IV antes de Cristo y la Francia del XVII. Al parecer, además de la Filosofía, tienen problemas con la Historia. 

Pero la cuestión no es esa. 
En una época donde a la mentira le llamamos “posverdad” y al totalitarismo social “corrección política”, no es difícil quedar a expensas de un grupo —por pequeño que sea— organizado y dispuesto a imponer cualquier disparate ante una mayoría aterrorizada de que la etiqueten si se le ocurre oponerse.
 Resulta obvio que ningún personaje histórico resiste cinco minutos un análisis con los ojos de hoy en día
. Por ejemplo, Platón perseguía a sus alumnos para enseñarles algo que no es precisamente el mito de la caverna.
Luego viene el fenómeno snowflake student (estudiante copo de nieve). 
 No solo tengo derecho a elegir asignaturas, sino los contenidos de estas.
 Y aunque no tengo ni idea —ni quiero tenerla—, puedo arrinconar a quien sea para exigir que ni me mencione contenidos que desafíen lo que pienso, alegando que son “ofensivos”.
 Ahí tenemos lo ocurrido en la Universidad de Glasgow, donde se previene a los estudiantes de Teología —atención, Teología— de que las imágenes de la crucifixión pueden resultarles “incómodas”. Si esto sigue así, van a terminar incluyendo en la guía docente Dora, la exploradora.
 En estos tiempos del “arden las redes sociales”, uno de los últimos reductos de pensamiento libre y reflexivo es la Universidad.
 Lo que suceda en esa institución ad intra —perdón por el uso del latín imperialista— resulta crucial para conformar la sociedad de los próximos años.
 Si la Universidad también cae en manos de la nueva inquisición del totalitarismo ofendido apoyado por los indignados de guardia en las redes sociales —inquisición que ya deja sentir su larga mano en otros ámbitos—, tal vez sea mejor cantar como Javier Krahe: “Pero dejadme, ay, que yo prefiera la hoguera, la hoguera, la hoguera”.
Y eso se dice en un Pais colonizador que se trajo medio Partenón para ponerlo en un museo...manda...eso ..Y de esa época que civilización de otro color y no colonialista hay filósofos negros? Como cada vez se estudia menos y les importa un pito a los alumnos el "Mito de La Caverna " por ejemplo.....pues eso que lo quiten. Llevan el Brixit en la sangre.

 

11 ene 2017

Muere Manolita Chen, la reina del cabaret de los pobres

Muere Manolita Chen a los 89 años