Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

2 ene 2017

El doloroso adiós de Johan Cruyff,,,,,,,,,,,, Ramon Besa

Por más atención que se le ponga al partido, la visión resulta nostálgica, o si se quiere romántica, como si el juego se hubiera parado desde se marchó.

Johan Cruyff, como jugador del Barcelona en 1973. Cordon Press
No es fácil acostumbrarse a la ausencia de Johan Cruyff.
Ayuda saber por Romario que el fútbol se mira con los ojos de Cruyff.
 Ocurre que por más atención que se le ponga al partido, la visión resulta nostálgica, o si se quiere romántica, como si el juego se hubiera parado por más que los futbolistas no paren de correr, también en el Camp Nou.
También reconforta que se publiquen tantos libros sobre su vida, alguno muy revelador, como El meu Barça en blanc i negre (Editorial Base) de Xavier Valls.
 El fotoperiodista cuenta en una entrevista concedida a Marta Cabré en L'Esportiu en qué consistía el sentido de la austeridad de Cruyff. “Una vez me pidió 40 ampliaciones de una foto y yo se las entregué con una factura. 
 Tomó las fotos y me dejó con la factura en la mano.
 Unos días después me llamó para decirme: ‘si quieres mañana voy a ir a la pista de hielo del Palau con la familia’. 
Hice muchas fotos y las vendí a las revistas por mucho más dinero del que figuraba en la factura de las ampliaciones”.
Y es un consuelo saber que se sucederán las efemérides que evocan la gigantesca obra de Cruyff.
 Hace muy poco se recordó su gol a Miguelito Reina en el Camp Nou y en mayo de 2017 se celebrará el 25 aniversario de Wembley y la conquista de la Copa de Europa por parte del Barça.
 Las gestas del dream team y de la naranja mecánica fueron tan célebres que jamás se olvidarán en el Barça, en el Ajax y tampoco en Holanda. 
Acaso Messi ayudará a revivirlas, como ya sucedió con el penalti indirecto que tiró contra el Celta, una recreación del que lanzaron Cruyff y Jesper Olsen en 1982. 

Al fin y al cabo, todo está impregnado de Cruyff, y quien más, quien menos le ha imitado jugando, hablando y entrenando, aplicando una lógica aplastante, la del espacio y el tiempo, resumida en un rondo: el fútbol es cuestión de velocidad y precisión, de un segundo y un centímetro, de técnica y talento.
 Así lo defendió como jugador y como entrenador, con una exigencia y determinación tan mayúsculas que espantaba a los propios futbolistas, hoy ya convertidos en técnicos por el mundo, por la Liga y por la Premier.
 A Eusebio le sale el nombre de Cruyff cuando le preguntan por la Real y no hay un cruyffista más radical que Guardiola, ahora entrenador del Manchester City y antes del Bayern de Beckenbauer.
Guardiola necesitaba visitar de vez en cuando a Cruyff en El Montanyà. 
Alrededor de una partida de golf y de una mesa en L'Estanyol, el excelente restaurante de la familia Font, de Joan y Robert, conversaban sobre la evolución del fútbol, la vida y el Barça.
 Y la charla fluía amena porque Cruyff se había convertido en un oráculo, un ideólogo universal frente al tacticismo reduccionista, un venerable abuelo, cariñoso y próximo, divertido, capaz hasta de reírse de los enemigos a los que combatió sin piedad ni tregua, incluso con el punto de arrogancia que exigía la mejor competitividad, cuando era el amo del Camp Nou.
Tanto Guardiola como cuantos iban a su encuentro ya sabían qué les diría Cruyff porque tenían su misma mirada y entendían el juego de igual manera, en Ámsterdam y en Barcelona.
 Y, sin embargo, todos necesitaban verle y escucharle, participar cada año del mismo ritual, para certificar que estaban en lo cierto. Cruyff, al fin y al cabo, hizo posible lo que parecía imposible en el Barça y en el Camp Nou después de conseguir que Holanda ganara el Mundial 74 pese a perder la final con Alemania.
No parece casual que Cruyff muriera el mismo año que Muhammad Ali.
 Ambos han sido únicos, revolucionarios, universales y carismáticos; imposible no añorarles por más que su obra sea tan ingente que cada día haya un motivo para recordarles. 
Una cosa es mirar el fútbol con los ojos de Cruyff y otra vivirlo sin él, sin su cabeza ni su corazón, sin su compañía, sin el asentimiento de Johan. 

 

El difícil arte de pronunciar el vals........................... Pablo L. Rodríguez....

Gustavo Dudamel dirige un desigual Concierto de Año Nuevo a la Filarmónica de Viena, tan vistoso como siempre aunque más serio de lo habitual.

Gustavo Dudamel, dirigiendo a la Filarmónica de Viena en el Concierto de Año Nuevo. AP

En Viena el vals no solo se baila. Su ritmo forma parte hasta de los quehaceres cotidianos de la ciudad
. Lo ha mostrado con claridad Robert Neumüller en el documental emitido este año en el descanso del Concierto de Año Nuevo. Pero la Filarmónica de Viena tiene su propio enunciado.
 Ellos lo hacen de una forma característicamente asimétrica.
 Nada del habitual “un-dos-tres”, sino más bien “un-dooos-tres”, anticipando el segundo pulso y retrasando el tercero.
 Un director que sepa exprimir musicalmente este detalle autóctono tiene asegurado el éxito al frente del Concierto de Año Nuevo de la Filarmónica de Viena.
Ser o no vienés es lo de menos. 
En el pasado lo asimilaron directores de fuera como Karajan o Kleiber, mientras que corría por las venas de Krauss y Boskovsky. Incluso el año pasado el letón Mariss Jansons dio una magnífica lección de cómo se “pronuncia” el vals.
El venezolano Gustavo Dudamel (Barquisimeto, 1981) dudó sobre la pronunciación correcta del nombre de la orquesta vienesa en alemán durante la tradicional felicitación del año previa al vals El bello Danubio azul.
 Fue algo anecdótico, pero también sintomático. En la primera parte costó mucho reconocer la pasión y energía habitual en sus interpretaciones. 
La condición de director más joven que se ha subido al podio de este popular y mediático concierto parece que le hizo mella.
 A pesar de dirigir de memoria y con su habitual elegancia de movimientos, se mostró algo desubicado en la primera parte. Quedó claro en el bello vals Los patinadores, de Waldteufel, y fue todavía más evidente en La llamada infernal de Mefisto, de Johann Strauss hijo, tan poco tenebroso como superficial en sus manos.
 Por fortuna, las polcas caminaron algo más desahogadas, aunque sin toda la chispa necesaria.
Todo cambió en la segunda parte con la obertura de La dama de picas, de Franz von Suppé.
 Dudamel despertó su encanto personal.
 Y fluyeron detalles exquisitos en la dinámica y el fraseo.
 Empezó a respirar con la orquesta vienesa. 
Siguieron varias piezas que no habían sido nunca interpretadas en el Concierto de Año Nuevo, aunque Dudamel se mantuvo mucho más proclive hacia las polcas, como Pepita y Cuadrilla Rotunde, de Johann Strauss hijo, o en La chica de Nasswald, de su hermano Josef, que fue pura música de cámara donde se lucieron los concertinos de la orquesta vienesa, Rainer Honeck y Albena Danailova.
 Entre los valses destacó en Los extravagantes, de Johann hijo, donde la realización de Michael Beyer mostró planos de los famosos caballos de raza lipizzana que forman parte de la Escuela Española de Equitación.
Precisamente la segunda parte ganó en interés con las escenas de ballet, la participación del coro y la inclusión de alguna de las tradicionales bromas.
 Muy vistosa la escena durante el vals ¡Vamos adentro! de la opereta El tesorero, de Karl Michael Ziehrer, en la Hermesvilla como homenaje a la emperatriz Sissi, pero todavía más natural y divertida la realizada en directo en el Musikverein durante la polca ¡A bailar!, de Johann Strauss hijo, con seis jóvenes bailarines de la academia de Ballet de la Ópera Estatal vienesa perseguidos por un acomodador.
 Excelente la intervención del coro de la Sociedad de Amigos de la Música de Viena en el homenaje al 175º aniversario de la orquesta con el Coro de la luna de la ópera Las alegres comadres de Windsor, de su fundador, Otto Nicolai. 
Por su parte, las bromas casi brillaron por su ausencia en esta edición. 
Una de las pocas se produjo en La chica de Nasswald cuando al final Dudamel tocó un silbato para emular el canto de los pájaros.
Para terminar, la Filarmónica de Viena se adueñó de las propinas. El vals El bello Danubio azul lo tocaron como suelen por tradición. Y Dudamel se concentró en el público durante la popular Marcha Radetzky, que pocas veces se ha escuchado con un palmeo tan matizado.
 En 2018 será Riccardo Muti quien se suba al podio del Concierto de Año Nuevo.
 Será su quinta vez, tras 14 años de ausencia.
 
 

 

Retrato de San Petersburgo sin la URSS

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Un grupo de chicas posa ante la iglesia de la Resurrección de Cristo. / Carma Casulá

Nada más caer la Unión Soviética, hace ahora un cuarto de siglo, San Petersburgo abandonó su nombre de guerra, Leningrado. 
Y con su antigua denominación ha ido recuperando parte de su viejo esplendor. 
La antigua ciudad de los zares se despereza sin complejos y dice adiós a la austeridad.
 Una mirada personal sobre Peter, como la suelen llamar los rusos.
 PETER ES un proyecto personal que plantea un acercamiento a Rusia, a esta vieja nación asentada sobre la desmembrada Unión Soviética hace ahora 25 años. Peter, o Piter, como llaman familiarmente sus ciudadanos a San Petersburgo, Petrogrado o Leningrado, según el nombre que decidiesen las autoridades, ha sido y es decisiva en la política y en la vida intelectual del país.
 La antigua capital imperial nacida por odio a Moscú hace de bisagra con Europa.
 Con la llegada de la perestroika, las catedrales e iglesias que habían sido socializadas, abandonadas, profanadas y utilizadas como almacenes, teatros, clubes de baile, morgues y piscinas empezaron a recuperar su culto y el creciente poder religioso.
 En estos años se han llenado de alimentos las estanterías, de coches las calles, equiparado el precio del transporte entre rusos y extranjeros. 
Llegaron las academias de idiomas, los hoteles, los hostels, la moda rusa, los malls, las franquicias o los seguros de vehículos y del hogar. 
 Tras años de abandono gubernamental, está recuperando el viejo esplendor que la hizo famosa con el apoyo del presidente ruso, Vladímir Putin, que nació en ella.
 Y se ha acentuado la brecha entre San Petersburgo y Moscú respecto al resto del país.
La plaza de la Victoria, un recuerdo a los defensores de Leningrado frente el asedio alemán en la Segunda Guerra Mundial. (2001). Carma Casulá
Este trabajo, realizado entre 2001 y 2015 y recogido en el libro Peter (RM Verlag, 2016), tiene dos hilos conductores que se entrelazan y complementan.
 Uno está marcado por el recorrido de la ciudad y la vivencia de sus espacios, el de ese centro monumental con aromas del viejo continente que desborda belleza y riqueza.
 Es el foco más turístico del país, al que peregrinan casi con devoción los rusos, que convive con sus austeras periferias soviéticas mezcladas con los nuevos bloques de la voraz especulación urbanística. 
El otro hilo es un trazado descrito por mis paradas.
 Se adentra en otro mapa de la ciudad, el de la gente y sus hogares, el de sus vidas, y las cuestiones que les interesan o preocupan. En aquello por lo que sienten mayor apego.
El mapa de los ciudadanos de Peter. 


 

Con un ojo entusiasta y otro amedrentado.....................Rosa Montero..........

Deseos para 2017: no verter una sola lágrima de dolor, aprender a perder el tiempo, vivir un par de amores eternos.
COLUMNISTAS-REDONDOS_ROSAMONTERO
Y A SÉ QUE no es más que una maldita convención numérica, pero estas fechas tan redondas siempre me afectan mucho. 
Para peor, dentro de un par de días cumplo años, de modo que cada principio de enero experimento la necesidad de hacer balance y reiniciar mi vida, rosamontero versión 20.17 Home Basic.
O, dicho de otro modo, me siento como una semilla aún aletargada por el frío en su cuna de tierra, pero que ya percibe la tensión de las nuevas ramas por brotar.
a lo largo de la vida, vamos alternando temores e ilusiones, dependiendo de cómo sople el viento
Creo que es Martín Caparrós quien dice que las sociedades se pueden dividir entre aquellas que contemplan el futuro con esperanza y aquellas que le tienen miedo al porvenir. 
Pienso que a las personas nos sucede lo mismo y que, a lo largo de la vida, vamos alternando temores e ilusiones, dependiendo de cómo sople el viento.
 Cabría suponer que, a medida que envejezcamos, iremos sintiendo un mayor recelo ante el futuro, pero quizá no ocurra así.
 Puede que haya viejos que aprendan a vivir el presente, a desprenderse de los temores inútiles e instalarse en una gozosa ligereza. 
Yo desde luego no he alcanzado ni por asomo ese nivel de sabiduría, de modo que oteo 2017 ambiguamente, con un ojo entusiasta y otro amedrentado.
Son deseos o propósitos modestos, personales, nada descomunal tipo la paz en el mundo o cosas así.
 He aquí unos cuantos.
No verter, ni yo ni mi gente querida, una sola lágrima de dolor en todo 2017. 
Los únicos llantos admitidos son de emoción o de risa.

Que no me rayen el coche, al que por fin, tras muchos años de abolladuras, he llevado al taller, y que está como nuevo. 
Pero sobre todo deseo que, si me lo rayan, me importe un pimiento.
Dejar de desayunar de pie y a toda prisa.
 Estar más calmada.
 Sentarme a leer tranquilamente en mitad de la mañana sin sentirme culpable. 
 Acostarme y levantarme más pronto.
 Empezar a arreglarme media hora antes para no acabar metiéndome el cepillo del rímel en el ojo por las prisas. 
¡Aprender a perder el tiempo! 
Vivir cada día como si fuera el último, porque, como dice Woody Allen en su más reciente película, algún día acertaré.
Intentar extraviar el móvil sólo dos o tres veces al día (en vez de seis o siete). 
No dejar las gafas olvidadas dentro de la nevera cuando voy a sacar una botella de agua. 
Comprender que la vida está compuesta también de malestar y no angustiarme ante los pequeños reveses. 
Reírme más, sobre todo de mí misma. 
Ya se sabe que no debemos darle tanta importancia a nuestros problemas: nadie más lo hace.
Vivir un par de amores eternos, de esos que duran tres o cuatro meses.
 Chisporrotean y son emocionantes.
 Pero conseguir, con generosidad y tesón, que alguno de esos amores eternos se haga más modesto y efímero, porque esas relaciones duran mucho más.
Que mi perra pequeña deje de comerse mis libros y mis zapatos favoritos.

Ver más a la gente que quiero, sobre todo a aquellas personas a las que estoy perdiendo. 
Todos los años hay amigos que, sin motivo alguno, tan sólo por pereza o por trabajo, van desapareciendo en la lejanía como barquitos a la deriva.
 Impedir que los engulla el horizonte.
Que mi perra pequeña deje de roer las patas de las sillas.
Ser más consciente de que lo único que existe es el aquí y el ahora, el momento justo que una está viviendo.
 Intentar hacer cada día algo que esté fuera de la rutina, algo pequeño y propio, algo nuevo, al estilo de lo que contaba Ellen DeGeneres: “Mi abuela empezó a caminar cuatro kilómetros al día cuando tenía 60 años.
 Ahora tiene 97 y no sabemos dónde demonios andará”.
 Gozar de mi trabajo. 
De las novelas, pero también de los artículos (no siempre lo he logrado: ha habido años de agonía). Sentirme libre y juguetona al escribir.
 Incluso al redactar un artículo tan estrafalario como éste.
 Feliz 2017, amigos.