La realidad colabora en la creación del estereotipo para que coincida con nuestra idea
Quien descubre el Aparato Imaginario se convierte en un individuo libre.
Entrados en este debate, se quedan muy sorprendidos cuando consigo
hacerles entender que la realidad es en gran medida una construcción
verbal. Lo explica Castaneda en Las enseñanzas de don Juan, me
parece, cuando afirma que "la realidad es lo que decimos que es la
realidad". Hay un cuento, no recuerdo ahora de quién, en el que se
relata la historia de un antropólogo que tras estudiar durante años en
una universidad europea las características de una tribu del centro de
África, consigue ir a conocerla y no logra ver más que lo que ha
estudiado. Le ocurre lo que a los habitantes del pueblo de El rey desnudo,
que no ven sino lo que esperaban ver. Es sabido además, nos advierte el
autor del relato, que estas tribus africanas tienen ojeadores que
avisan, cuando ven venir al antropólogo, para que los negros se pongan a
hacer las tonterías que el antropólogo espera que hagan. . De manera que la realidad colabora en la creación del estereotipo
para que lo que tenemos dentro de la cabeza coincida con lo que hay
fuera de ella.
A estas alturas, los alumnos que todavía me escuchan van haciéndose
cargo de que en efecto, lo que llamamos realidad no es algo dado,
inmutable y fijo, sino algo en perpetuo movimiento que se modifica en
función de que lo nombremos de un modo o de otro, lo que sin duda alguna
depende de la capacidad verbal de los usuarios de la realidad. Entonces
es cuando trato de explicarles que también la ausencia de palabras
genera realidades, y les cuento una anécdota, extraída de una película
canadiense titulada Léolo, que quizá muchos de ustedes hayan
visto y que les hace bastante gracia. Hay una escena en esta película,
digo, en la que aparece una clase de inglés. Los alumnos, críos de 9 o
10 años, son de habla francesa. El profesor ha dibujado en la pizarra el
esquema corporal de un niño al que llama Johnny, cuyo cuerpo va
recorriendo con un puntero al mismo tiempo que los alumnos pronuncian en
inglés la zona señalada. De este modo, se oye un coro de voces que
repite como una letanía: el pelo de Johnny, la frente de Johnny, los
ojos de Johnny, los párpados de Johnny, la nariz de Johnny, los labios
de Johnny, etcétera. El protagonista de la película, que es uno de esos
niños, llega muy excitado cada mañana a la clase de inglés para ver si
ese día Pero como los días pasan y el profesor de inglés recorre todo el cuerpo
de Johnny sin mencionar ese órgano, el niño crece convencido de que los
ingleses no tienen polla. Y esto, que a primera vista parece el
despropósito de un niño disparatado, les explico, es en realidad un
desatino del sistema. El niño, por el contrario, está haciendo unos
esfuerzos increíbles para entender algo que no tiene otra explicación
que la que él se da. Ese niño constituye una isla de racionalidad en un
entorno desquiciado
Victoria
Combalía reivindica el papel de mujeres como Valentine Hugo, Nancy
Cunard y Kiki de Montparnasse en el movimiento artístico de inicios de
la pasada centuria.
Nancy Cunard fotografiada con sus brazaletes africanos en 1926 por Man Ray. Man RayHay periodos del arte en el que sus protagonistas desbordan
intensidad . Uno de ellos es el Surrealismo, donde pintores, escritores y
artistas parecen haber vivido la vida al límite, sin prejuicios y lejos
de convencionalismos. Después de estudiar durante 10 años y publicar en
2013 un libro sobre Dora Maar, la fotógrafa y amante de Picasso, pero también una de las creadoras surrealistas más intensas e interesantes, parecía normal que la crítica de arte Victoria Combalía se fijara en sus hermanas pequeñas,
un ramillete de mujeres que han quedado eclipsadas por sus compañeros y
amigos, pero que desempeñaron un papel destacado en la creación de las
primeras décadas del siglo XX. Valentine Hugo, Nancy Cunard, Peggy Guggenheim,
Kiki de Montparnasse —la única de origen humilde de las seis—,
Maria-Laure de Noailles y Joyce Mansour son las protagonistas de Musas, mecenas y amantes. Mujeres en torno al surrealismo (Elba), un bello libro en el que queda patente el amor por el arte de este grupo de fascinantes mujeres.
“En
el entorno de los creadores surrealistas, siempre aparecen mujeres
asistiendo a eventos, firmando manifiestos, como novias, amantes,
cómplices y compañeras, pero solo de forma puntual se les nombra en los
pies de fotos. Como Valentine Hugo, esposa de Jean Hugo, íntima amiga de
Cocteau y localmente enamorada de Breton; Peggy Guggenheim como mujer
de Marx Ernst, Nancy Cunard como la amante de Louis Aragon, por la que
quiso suicidarse, o Kiki de Montparnasse, la más simpática y gamberra,
que fue amante de Man Ray que la fotografió en múltiples ocasiones y
acabó siendo el símbolo de la bohemia parisina. Me interesaba investigar
sus vidas y comprobar que hicieron muchas cosas por ellas mismas”. Por
eso, Combalía no ha incluido en su libro a personajes como Gala.
Kiki de Montparnasse, en una famosa imagen que Man Ray tomó en 1926. Man Ray
Por el contrario, las protagonistas del libro son mujeres superactivas.
Como Valentine Hugo, ilustradora de libros y escenógrafa con su marido
que acabó llevándose todo el reconocimiento.
“Kiki de Montparnasse era
una reconocida cantante, una gran profesional y la única por la que
sintió celos Édith Piaf”, apunta la autora.
La mecenas más activa,
aparte de Peggy Guggenheim, que decía que había que comprar un cuadro
cada día, ayudó a muchos artistas a salir del yugo nazi, como a Breton
al que pagó una mensualidad durante su exilio americano, descubrió a
Pollock y reunió una gran colección de arte que puede verse en lo que
fue su casa de Venecia (en cuyo jardín está enterrada junto a sus
perros), fue, según la autora, Maria-Laure de Noailles.
“Ella y su
marido adelantaron el pago de una obra a Dalí que utilizó el dinero para
comprar su barraca de Portlligat. También ayudó a Picasso y financió a
Luis Buñuel La edad de oro con 260.000 francos tras ver en 1929 Un perro andaluz.
Un apoyo que llevó a la pareja a ser expulsada de los círculos sociales
de la alta burguesía parisina”.
Pero la que más simpatía despierta a la
autora es Nancy Cunard.
“Era poeta y periodista y durante la Guerra
Civil destacó por su militancia a favor de la República, escribiendo
crónicas como las de Hemingway.
Criticó los campos de refugiados y ayudo
a los exiliados.
Era una enamorada de la cultura africana y fue
desheredada por su relación con el músico negro Henry Crowder”.
Maria-Laure de Noailles y Salvador Dalí, en 1930.
Libertad sexual
Las seis comparten aficiones: casi todas beben, fuman opio y todo
tipo de drogas y son bastante libres sexualmente. “Es lo normal, ya que
el ambiente artístico y la creación estaban muy unidos a las drogas. Peggy no bebía pero sus maridos eran unos borrachos y ella, según se da a
entender en sus biografías, era casi ninfómana”. Algunas fueron tachadas incluso de locas, como Kiki de Montparnasse y
Nancy Cunard. “Eran mujeres muy independientes y tenían mucho carácter,
con comportamientos contrarios a los que se consideraban normales
dentro de la burguesía, la clase a la pertenecía la mayoría”, explica la
autora que considera que no existen mujeres como ellas hoy en día. “Que
cumplan todos sus requisitos, no. La sociedad de los años veinte y
treinta no es la de ahora. Quizá Francesca Thyssen, la hija del barón. Me consta que hace mucho por los artistas, pero desconozco si su vida
sentimental es tan intensa como la de ellas”, remacha.
El estereotipo patrio se perfila tímido a la hora de mostrar su verdadera personalidad y poco dado a probar cosas nuevas.
Para las españolas estar morena es sinónimo de estar guapa.
Foto: Getty
Un pasatiempo a realizar en los aeropuertos internacionales es jugar a
descubrir la nacionalidad de los transeúntes.
No hay que generalizar,
pero los estereotipos se cumplen en muchas ocasiones.
La norteamericana,
excesivamente artificial y orgullosa de serlo; la inglesa, para la que
el adjetivo excéntrico dista mucho de ser peyorativo sino algo deseable,
aunque sea en pequeñas dosis; la francesa, con su elegancia natural o
la nórdica, con su interesante versión del minimalismo coqueto y
confortable.
Las españolas somos también fácilmente identificables, aunque tal vez
necesitaría tener otra nacionalidad y vivir fuera para poder definir el
estilo patrio en una sola frase. Lo que se conoce como perspectiva para
tener una visión de conjunto. Si me atrevería a apuntar esa
compartimentación que divide a las compatriotas en grupos fácilmente
identificables, estéticamente, y que cumple a rajatabla ciertas reglas. Plantillas de las que uno no puede salirse. La señora de clase alta, con
la ropa como acabada de comprar que no olvida su pañuelo para viajar en
avión; la mochilera, a la que le está prohibido el maquillaje o
cualquier tipo de frivolidad; la funcionaria, que en sus vacaciones
visita las capitales europeas y es adicta al normcore en cuerpo y alma o la seguidora de tendencias, aunque éstas últimas no la sigan a ella. “Lo más acusado en la mujer española es el miedo a desarrollar la propia personalidad, a sobresalir, a ser diferente”,
comenta Sara Largo, directora de tuasesordeimagen.es y presidenta de la
Asociación Española de Asesores de Imagen y Personal Shoppers (ASEDAI).
“Somos muy conservadoras, incluso en Madrid que, si la comparamos con otras capitales europeas a nivel estético, es muy poco vanguardista.
Asesoro en cuestión de imagen a muchas ejecutivas, profesionales que
han llegado muy alto gracias a su esfuerzo y siempre me piden lo mismo:
quieren estar bien y correctas pero pasar desapercibidas. Cero concesión
a la frivolidad o feminidad en un mundo laboral dominado por hombres,
porque su mayor temor es que los demás piensen que han alcanzado su
estatus por razones al margen de los estrictos méritos profesionales”,
apunta Largo. El alto poder adquisitivo no va siempre unido a un mismo nivel cultural. Algo que se aprecia en todo el mundo y que, en España, deja su huella. “Una persona cultivada lo refleja en su forma de vestir y arreglarse.
Pero, a veces, tener dinero se traduce aquí en llenarse de colores,
maquillarse en exceso o adornarse con excesivas joyas o abalorios”,
apunta esta asesora. Envejecer con dignidad es otra de las asignaturas
pendientes de la estética nacional, que pierde con los años. La juventud
es siempre una garantía de buen aspecto pero, una vez perdida se
encuentran pocos ejemplos de lo que es mantener la naturalidad y el
estilo. “Más que intentar parecer más joven, lo deseable sería
conservarse lo mejor posible, dentro de la edad que uno tiene. Yo soy
partidaria de abrazar el minimalismo a medida que se cumplen años. Hay
que ser cada vez más austera y apostar por colores neutros, pero veo que
aquí mucha gente hace lo contrario y, por ejemplo, en ropa se decantan
por los estampados o brillos”, sostiene Sara Largo. Al final, todas acabamos rubias La máxima de que los tonos claros suavizan los rasgos ha hecho que la
mayoría de la población, pasados los 40, tenga el mismo color de pelo .
Sin embargo, Yolanda Aberasturi, la prestigiosa peluquera vasca, matiza
que “esta regla es aplicable si se tiene la tez blanca, pero si la piel
es morena o aceitunada hay que tener cuidado porque se puede conseguir
el efecto contrario”. Sara Largo es partidaria de seguir la naturaleza
con alguna ayuda extra, “nuestro color natural de pelo es, casi siempre,
el que más nos favorece porque va acorde con el tipo de piel. Se puede
aclarar uno o dos tonos con los años, pero no más. Yo siempre digo que
lo ideal es conseguir el que teníamos de pequeños, antes de que empezara
a oscurecerse. Una de las primeras cosas que hacemos cuando alguien nos
pide asesoría en imagen es hacer un estudio del color para ver los que
más le favorecen. Pero, debido a una mala elección en el tinte, en
muchos casos el color que le va bien al pelo no corresponde con el de la
piel y hay un desajuste”. Ni que decir tiene que las canas son, todavía, el pecado nacional,
aunque cada vez hay más mujeres que se atreven a llevarlas y que deben
soportar las reprimendas de sus compañeras de género, ¡ay si te tiñeras,
parecerías 10 años más joven! En opinión de Aberasturi, “el problema
del look con canas es que hay que cuidarlo minuciosamente. El
corte es fundamental al igual que los cuidados para evitar tener un
aspecto desaliñado o que el pelo blanco se vuelva amarillo o crespo. Pero, debidamente atendido, da un toque de sofisticación natural”. El abuso de las mechas o su mala utilización tiene también un
capítulo en la estética capilar española. “Hay muchas formas de hacerlas
para conseguir un efecto natural y no recargarlas en exceso. Lo ideal
es dibujarlas de forma degradada, muy suaves, tanto en color como en
grosor. Hay que partir de la zona superior e ir disminuyendo en
intensidad a medida que bajamos en largura”, señala la peluquera
bilbaína. Maquillaje. Básicos hispanos: polvos bronceadores y kohl “La relación de las españolas con respecto al maquillaje es más bien
extremista. Están las que no se maquillan en absoluto y las que lo hacen
en dosis excesivas”, apunta Pedro Cedeño, maquillador y peluquero para
Talents. Según este profesional, los errores más comunes entre las
españolas son “el abuso de los polvos bronceadores, que además se
extienden por toda la cara; el kohl negro –esa raya que va por dentro
del ojo- y el perfilador de labios, mal utilizado. A veces, incluso, sin
el uso de color, solo con el gloss. La española tiene incrustado en su ADN que estar guapa es sinónimo de estar morena y tener buen color
y uno de los fallos más corrientes es no dar con el tono adecuado para
la base de maquillaje –tender a oscurecerla- y usar la misma para verano
e invierno”.
Las españolas son más dadas a seguir las tendencias en moda que en maquillaje. Aquí, y según Cedeño, “suelen utilizar el mismo maquillaje toda la vida, una vez que dan con el que creen que más les favorece.
Hay que decir que esta costumbre está cambiando con las nuevas
generaciones, que parecen más preocupadas en aprender a utilizar mejor
los productos y a combinarlos adecuadamente. La mayor parte de la gente
que me hace preguntas son chicas jóvenes a las que maquillo, ¿qué color
de labios me va mejor?, ¿cómo aplico la sombra de ojos o el antiojeras
sin que parezca un oso panda?, ¿la manera correcta de usar las sombras
de ojos? Intuyo que las nuevas generaciones se van a preocupar más en
cuidar su piel y no tanto en taparla, como han hecho sus madres. Las
mujeres de entre 40 y 50 están muy preocupadas en como hacerse pequeños
arreglos que las ayuden a mantener un buen aspecto sin que se note
demasiado, puesto que disponemos de sobrada información visual de lo que
no nos gusta”.
El escaso interés en cambiar nuestra manera de maquillarnos y de
seguir de forma inteligente las tendencias en este campo viene, según
este profesional, de una falta de información adecuada. “La gente
desconoce las novedades y corrientes en maquillaje y creo que la culpa
de esto está en parte en los medios de comunicación. No hay revistas
especializadas en el tema, solo las de moda tratan el asunto en unas
páginas y, a veces, de una forma no demasiado clara ni explicativa. Cuando fui por primera vez a Nueva York me llamó la atención el hecho de
que en las tiendas de cosmética todo el mundo estaba probando los
productos. Aquí, hasta hace muy poco, la dependienta te veía con malos
ojos si usabas el probador y te preguntaba si ibas a comprar algo. La
televisión también parece algo desfasada y el maquillaje que llevan presentadoras y contertulios es muchas veces excesivo, sobrecargado. La tecnología ha cambiado, tenemos pantallas de plasma que nos muestran
hasta el último poro y los maquilladores todavía usan la misma técnica
de años atrás”. Las festividades o eventos importantes son momentos en los que la
mayoría recurre a un peluquero, pero pocas contratan a un maquillador
profesional para que saque lo mejor de una misma. La consecuencia es,
según Cedeño, que “para muchas arreglarse es echarse años encima o
disfrazarse y perder por completo su estilo y personalidad”.
Billy Wilder creó una combinación explosiva de gánsteres y travestismo con Marilyn Monroe, Tony Curtis y Jack Lemmon.
Tony Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe, en 'Con faldas y a lo loco'.VÍDEO:TCM
Cuando Fernando Trueba recogió su Oscar por Belle époque, el director español aseguró que no creía en Dios, sino en Billy Wilder,
y que por eso le agradecía la estatuilla a él. Con toda la razón. Tal
vez Wilder no fuera un genio en su sentido más restringido: el del
individuo que reforma radicalmente el arte en el que trabaja (cosa que
sí hicieron Eisenstein, Chaplin o Coppola), y habrá críticos -el mismo
Wilder lo aseguraba- que defiendan la supremacía en el terreno de la
comedia de Ernst Lubitsch sobre su discípulo Wilder… aunque la película más redonda de Lubitsch fue Ninotchka, con guion de su amigo. Wilder solo no se atrevió con un género: el western. En el resto, sencillamente, fue un maestro: Traidor en el infierno, El gran carnaval,Días sin huella, Berlín Occidente, La tentación vive arriba, Irma, la dulce, Uno, dos, tres, Perdición,Testigo de cargo, Sabrina, Primera plana; Con faldas y a lo loco,Fedora, El crepúsculo de los dioses y El apartamento, entre sus mejores títulos. Muy pocos artistas han entendido a sus congéneres como Billy Wilder,
con su visión de una humanidad culpable, pero a la vez llena de vida. A
lo mejor Dios no existe, sin embargo, Billy Wilder sí lo hizo, y podemos
disfrutar de sus obras.
Wilder realizó Con faldas y a lo loco a finales de los años cincuenta, después de Testigo de cargo y antes de El apartamento. Palabras mayores. Con esta comedia ambientada en los años veinte, comenzarán en la carrera de Wilder las colaboraciones con Jack Lemmon,
con el que rodará seis películas más, y será su segundo trabajo con el
guionista I. A. L. Diamond. Con su primer gran colaborador, Charles
Brackett, Wilder sí tuvo una gran amistad; con Diamond, sin embargo,
solo una relación profesional y de respeto mutuo.
Tony Curtis, Jack Lemmon y Marilyn Monroe, en 'Con faldas y a lo loco'.VÍDEO:TCM
El trío protagonista, en el rodaje en el hotel Del Coronado.
Wilder siempre sospechó que había una gran historia tras la comedia alemana Ellas somos nosotros, que a su vez se basaba en una película francesa, Fanfare d’Amour,
de 1935. En ambos títulos los músicos protagonistas se disfrazan por
hambre y se travisten y acaban ligando con una chica sexy. Cuando el
cineasta y Diamond retomaron el proyecto, se lo vendieron a los hermanos
Mirisch, quienes aprobaron un presupuesto de tres millones de dólares. En febrero de 1958, Wilder se acercó a la mesa que ocupaba Jack Lemmon
en el restaurante Dominick’s y le dijo: “Tengo una idea para una
película en la que me gustaría que intervinieras”. “Siéntate”, le
ofreció el actor. “Ahora no tengo tiempo, pero te digo de qué trata. Son
dos hombres que huyen de unos gánsteres porque corre peligro su vida,
se disfrazan con ropa de mujer y se unen a una orquesta femenina”. En
cuanto a la época en que se desarrolla esta comedia, Diamond explica:
“Cuando la ropa de todo el mundo parece excéntrica, un hombre vestido de
mujer no resulta llamativo”. Wilder fue quien encontró la clave de la
huida: la matanza del día de San Valentín en el Chicago de 1929.
Curtis y Lemmon, en maquillaje.
A pesar de que Jack Lemmon ya había ganado un Oscar, no tenía tirón en taquilla, así que, según Tony Curtis, pensaron en él, Frank Sinatra y Mirzy Gaynor como trío protagonista. Wilder había conocido a Curtis en el rodaje de El gran Houdini
y fue él quien apostó por el actor. En mitad de su contrato de siete
años con Universal, Curtis fue cedido sin problemas a Mirisch. El
siguiente a convencer fue Frank Sinatra. Billy Wilder quedó a comer con
él. Nunca apareció. Marilyn Monroe llegó al proyecto tras enviar una carta a Wilder en la que confesaba con cuánto afecto recordaba su trabajo en La tentación vive arriba. Por más pesado que hubiese sido aquel rodaje, a Wilder siempre le había
parecido estupenda su actuación. “El papel de Sugar era el más flojo,
así que el truco era que lo interpretara la actriz más fuerte”. Probablemente el sentimiento mostrado en la carta fuera cierto. Sin
embargo, también era verdad que el matrimonio Arthur Miller
- Marilyn Monroe necesitaba dinero para pagar los elevados gastos
legales que estaba suponiendo el enfrentamiento de Miller contra el
Comité de Actividades Antiamericanas. Monroe firmó tras haber leído sólo
un resumen de dos páginas. Posteriormente renegó de él: comentó que era
otro papel de rubia tonta, justo del tipo de los que quería alejarse. Tampoco se dio cuenta de que la película era en blanco y negro hasta
que no vio las tomas diarias en el rodaje. “Le dije que estaba muy
bella, y que el blanco y negro era mucho más interesante que el color. Que lo necesitábamos para que no se notara el maquillaje de Curtis y
Lemmon y por dónde se habían afeitado”, comenta Wilder. En abril de 1958
el trío protagonista, con Lemmon en el papel que iba a interpretar
Curtis y Curtis en el de Sinatra, firmó el contrato. Monroe cobró
200.000 dólares más un 10% de los ingresos brutos. Los chicos, 100.000
dólares y otro porcentaje de los ingresos. Wilder, un fijo de 200.000
dólares más otro buen pellizco de los beneficios de taquilla.
El relajado ambiente prerrodaje ya se estropeó en la fiesta que
Harold Mirisch organizó para celebrar el regreso de Monroe a Hollywood. Allí Miller pilló por banda a Wilder y a Diamond, y les sermoneó sobre
cómo debían rematar el texto. Al director no le hizo ni pizca de gracia.
En julio empezaron los ensayos. Wilder recordaba con afecto a Barbette,
un travesti al que había conocido en Berlín y París, y le trajo de su
retiro para que diera clases a Lemmon y a Curtis. Porque no todo era
cuestión de maquillaje, cejas depiladas y pechos falsos bien puestos. Tony aprendió muy rápido. “Yo mezclaba el estilo de Barbette con las
maneras de Mae West, que marcaba mucho el movimiento de caderas mientras
andaba, y con los gestos de mi madre”, recuerda el actor. Pero Lemmon
fue harina de otro costal. Barbette pronto lo dio por imposible. Su
Daphne no tenía ninguna gracia ni estilo. “El mentecato que yo
interpretaba no podía mostrar mucha pericia andando con tacones. Tenía
que hacerlo solo lo bastante bien como para parecer una mujer torpe”, se
defendía Jack . A cambio su Daphne era un ser incontenible. El personaje
masculino de Lemmon era un quejica; su álter ego, una mujer con mucha iniciativa desde el mismo momento que le grita a Sweet Sue: “¡¡Soy Daphne!!”. El gran Orry-Kelly, que iba a confeccionar el vestuario de Marilyn,
también crearon el de los chicos. Curtis cuenta: “Él y su ayudante toman
las medidas a Jack. Tanto de manga, tanto de cintura, tanto de
cuello... Después entro yo. Tanto de cadera, tanto de cintura, tanto de
pierna... Salgo y entra Marilyn. Lo mismo. Tanto de cintura, tanto de
brazo. Y Orry-Kelly le suelta: ‘¿Sabe? Tony tiene un culo mejor que el
suyo’. Marilyn se desabrochó la blusa, se sacó un pecho y le respondió:
"Pero no tiene tetas como estas”. Curtis remata asegurando que los
pechos de Monroe eran un desafío constante a la gravedad. El éxito en las pruebas de maquillaje era fundamental para que el
público se creyera la trama. “Billy nos envió al baño de mujeres del
estudio”, rememora Curtis. “Nos pusimos delante de un espejo a
retocarnos el maquillaje mientras entraban y salían las chicas. Las
saludábamos y ellas nos correspondían con risas. Tras un rato, sale la
última, yo le suelto: "¡Adiós!"; y ella me mira y dice: "Hasta luego,
Tony". La idea general era que yo acentuara un estilo Grace Kelly,
y Jack... bueno, Jack debía acercarse a una prostituta”. Cuando arrancó
el rodaje, el 4 de agosto de 1958, Wilder y Diamond se reunían, tras la
jornada laboral del plató, a pulir el libreto de ocho y media a once de
la noche. La filmación comenzó en los estudios Goldwyn en Hollywood. A esas alturas el título de la comedia había cambiado de Not tonight Josephine a Some like it hot, traducible libremente como A algunos les va la marcha. Monroe llegaba a tiempo al estudio, pero tarde al rodaje. Se entretenía
en su camerino sola o con su maquillador, su peluquera y Paula
Strasberg, la esposa del mítico Lee, el hombre que llevó el método de
interpretación de Stanislavski a Estados Unidos gracias a la academia Actors Studio. Durante esos primeros días ya quedó claro que el rodaje iba a
convertirse en uno de los más difíciles de la historia. Wilder les dijo a
Lemmon y a Curtis: “Cuando ella lo haga bien, esa será la toma buena. Así que no os metáis donde no os llaman”. “Nunca he oído instrucciones
tan inteligentes como las que le daba Billy”, comentaba Lemmon, “pero
nada surtía efecto hasta que ella se convencía de que había salido bien. Simplemente le decía una y otra vez: "Lo siento, tengo que volver a
hacerlo". Y si Billy le aconsejaba: "Bueno, te diré una cosa, Marilyn,
si fuera posible que...", entonces ella respondía: "Espera un momento,
Billy, ahora no me hables porque olvidaré cómo quiero hacerlo”. La
culpable de esas dudas era Paula Strasberg. Cada vez que se oía el
“¡Corten!”, la actriz miraba a su maestra. Un día, harto, tras parar el
rodaje, Wilder se dio la vuelta y gritó: “Paula, ¿te parece buena esta
toma?”. Strasberg nunca más volvió al plató. Con faldas y a lo loco está repleta, como todas las películas
de Wilder, de grandes resoluciones visuales (como la de omitir a los
chicos travistiéndose: pasamos de ellos como hombres a ellos / ellas
cogiendo el tren), de frases ingeniosas y de multitud de anécdotas
alrededor de su rodaje. La última: la secuencia final la escribieron los
dos guionistas un fin de semana en el estudio . El famoso “Nadie es
perfecto” lo pilló Diamond de un chiste popular de la época. “No nos
gustaba aunque no se nos ocurría nada mejor. Pensamos que en un doblaje
posterior lo cambiaríamos. Pero llegamos a un preestreno en Westwood y
el público estalló”.
Con sus ganancias, Wilder aumentó su colección de arte con una pintura y un dibujo de Paul Klee, un cuadro de Egon Schiele y otro de Braque. Él sí era perfecto.
Joe E. Brown y Jack Lemmon, en la secuencia final de 'Con faldas y a lo loco'.