Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

5 ago 2016

Ferocidades de la Transición................................................ Carles Geli

El historiador Xavier Casals disecciona la paradoja de la violencia que buscaba radicalizar la situación entre 1975 y 1982 y acabó alejando a los extremismos de uno y otro lado.

Indignación por los sucesos de Montejurra (Navarra) en 1976. Un enfrentamiento entre carlistas acabó
con un muerto y cuatro heridos.  
¿Qué es eso del Batallón Vasco Español?”, inquirió el rey Juan Carlos al líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar.
 Podía haber sido una pregunta capciosa, pero más bien era así: la cúpula del Estado no tenía mucha información sobre la guerra sucia en plena Transición.
 En paralelo, el ministro de la Presidencia, José Manuel Otero Novas, alertaba a Alfonso Suárez de la resistencia de las organizaciones paramilitares contraterroristas a someterse al Gobierno y el temor a que se creara un Estado dentro del Estado. Suárez le decía que estaba en ello, intentando eliminar una que se conocía como Batallón Vasco Español. 

Había de todo: aparatos parapoliciales, paramilitares, el Ejército, la ultraderecha, la extrema izquierda anarquista y comunista, el independentismo vasco, catalán y canario... Silenciada la mayoría de las veces o usada como espantapájaros, la violencia política se cobró unos 700 muertos entre 1975 y 1982, en unas 3.200 acciones conflictivas. ¿No influyó todo ello en los resultados políticos?
 Esa es la pregunta que plantea en La Transición española: el voto ignorado de las armas (Pasado & Presente) el historiador Xavier Casals.
Y una de las primeras respuestas es de las que solo se dan en España: sí, el temor a una involución rebajó las expectativas de la reforma política y moderó la oposición, pero la desestabilización que buscaba la violencia acabó, mutatis mutandis, estabilizando el país.
“La violencia generó una gran paradoja: buscaba radicalizar la situación pero acabo alejando a los extremismos de uno y otro bando, los dejó fuera del proceso, por lo que se apostó por los partidos que daban estabilidad; y, por otro lado, los partidarios de la reforma exageraron esa realidad violenta para jugar a su favor, lo que facilitó la consolidación de Suárez”, resume Casals
. Su trayectoria (es autor, entre otros títulos, de La tentación neofascista en España) y la bibliografía empleada ahora (más de 500 referencias y 133 páginas de notas) le llevan a afirmar que “la Transición tuvo un punto de azarosa, pero no hubo una teoría conspirativa, un gran diseño de todo desde las alcantarillas del Estado: cada episodio tuvo su dinámica propia”. 

Indignación por los sucesos de Montejurra (Navarra) en 1976. Un enfrentamiento entre carlistas acabó con un muerto y cuatro heridos.
¿Qué es eso del Batallón Vasco Español?”, inquirió el rey Juan Carlos al líder de Fuerza Nueva, Blas Piñar. Podía haber sido una pregunta capciosa, pero más bien era así: la cúpula del Estado no tenía mucha información sobre la guerra sucia en plena Transición. En paralelo, el ministro de la Presidencia, José Manuel Otero Novas, alertaba a Alfonso Suárez de la resistencia de las organizaciones paramilitares contraterroristas a someterse al Gobierno y el temor a que se creara un Estado dentro del Estado. Suárez le decía que estaba en ello, intentando eliminar una que se conocía como Batallón Vasco Español.
Había de todo: aparatos parapoliciales, paramilitares, el Ejército, la ultraderecha, la extrema izquierda anarquista y comunista, el independentismo vasco, catalán y canario... Silenciada la mayoría de las veces o usada como espantapájaros, la violencia política se cobró unos 700 muertos entre 1975 y 1982, en unas 3.200 acciones conflictivas. ¿No influyó todo ello en los resultados políticos? Esa es la pregunta que plantea en La Transición española: el voto ignorado de las armas (Pasado & Presente) el historiador Xavier Casals. Y una de las primeras respuestas es de las que solo se dan en España: sí, el temor a una involución rebajó las expectativas de la reforma política y moderó la oposición, pero la desestabilización que buscaba la violencia acabó, mutatis mutandis, estabilizando el país.
“La violencia generó una gran paradoja: buscaba radicalizar la situación pero acabo alejando a los extremismos de uno y otro bando, los dejó fuera del proceso, por lo que se apostó por los partidos que daban estabilidad; y, por otro lado, los partidarios de la reforma exageraron esa realidad violenta para jugar a su favor, lo que facilitó la consolidación de Suárez”, resume Casals. Su trayectoria (es autor, entre otros títulos, de La tentación neofascista en España) y la bibliografía empleada ahora (más de 500 referencias y 133 páginas de notas) le llevan a afirmar que “la Transición tuvo un punto de azarosa, pero no hubo una teoría conspirativa, un gran diseño de todo desde las alcantarillas del Estado: cada episodio tuvo su dinámica propia”.

La matanza de Atocha

Quizá no hubo conspiración, pero lo parece: cada acción violenta acabó beneficiando el proceso democrático. 
El paradigma quizá fue, en el caso de la ultraderecha, la matanza de Atocha (1977), que solo aceleró lo que se quería impedir: la legalización del Partido Comunista de España. 
El carlismo quedó tocado y hundido con el episodio sangriento de Montejurra (mayo de 1976): se les vetó concurrir a las primeras elecciones de 1977 y llegaron muy afectados y divididos a las de 1979.
 El atentado anarquista en la sala Scala de Barcelona en 1978 aceleró la implosión del movimiento.
 Aquel mismo año, el intento de asesinato (con visos de ser orquestado desde el aparato policial del Estado) del líder del movimiento independentista canario, Antonio Cubillo, evitó que el proceso de autodeterminación de las islas saltara al panorama internacional de la ONU.
 El Grapo quedó bajo sospecha como “grupo raro” con el secuestro del político Antonio María de Oriol y el militar Emilio Villaescusa, pero más criminalizado y residual acabo el independentismo catalán violento, con los sangrientos secuestros del empresario Josep Maria Bultó (1977) y del exalcalde de Barcelona Joaquim Viola y su esposa (1978). 
El golpe de Estado del 23-F resultó también una vacuna contra la deriva pretoriana del Ejército: tras él aguantó sin más sobresaltos un Gobierno tan débil de la UCD como el de Calvo Sotelo, cuando hasta entonces el ruido de sables permanente más el golpismo de papel de la ultraderecha hacían irrespirable la situación, según Casals.
“Mayormente, son casualidades: el Gobierno no controlaba todo esto porque los hechos así lo demuestran, pero sí revela que había una autonomía importante de determinados aparatos del Estado, difíciles de perfilar y con elementos oscuros que permitieron desde extorsiones a atentados fabricados desde las entrañas del poder”, resume Casals, que lo achaca a “querer hacerse una Transición democrática manteniendo todo el antiguo aparato policial del Estado franquista”
. El paradigma de ello sería la figura del comisario Roberto Conesa, turbia estrella de la lucha antiterrorista de la época.
La traducción política de esa violencia puede incluso entreverse en la Constitución. Así, la actitud pretoriana del Ejército explicaría su presencia garante en los artículos 2 y 8.1 de la Ley Fundamental, mientras que ETA generó, en particular, el 55.2 (la suspensión de derechos fundamentales por temas de terrorismo).
 También parecen evidentes los réditos en lo económico: Canarias, Euskadi y Navarra, conflictiva cartografía durante la Transición, gozan hoy de un trato fiscal distinto, y se deja una puerta abierta a la unión entre Navarra y el País Vasco, que contrasta con el cerrojo para Cataluña, Valencia y Baleares, como constata el artículo 145.1. “No se puede documentar una causa-efecto, pero sin duda abre una reflexión sobre el peso del voto violento”, cree Casals.

Son muchos los aspectos a estudiar porque la violencia en la Transición ha quedado un poco en la cuneta historiográfica.
 “La Transición tiene su mito fundacional en la propia Transición, por lo que no puede darse protagonismo a la violencia: como tal mito, ha de ser ejemplar y exportable”. Hay hoy más documentación, pero aun así falta “poder acceder a archivos de los Servicios de Información del Estado o recuperar papeles como el sumario sobre Montejurra, perdido, o tener una buena biografía de Conesa”.
Acabadas las 800 páginas del libro, uno no sabe qué vertiente refuerza de la actual discusión sobre si la Transición fue la única posible o un lamentable pacto a la baja.
 “¿Cómo se podía hacer una ruptura democrática teniendo un Ejército que ya en 1971 tenía planes secretos para tomar el poder y frenar la subversión?
 Creo que el resultado fue francamente estimable; visto lo visto, la Transición salió bien de precio”.


 

Marylin Monroe en cinco películas

Pequeña muestra de los filmes de la actriz, de cuya muerte se cumplen hoy 54 años.


Norma Jeane Baker nació el 1 de junio de 1926 en Los Ángeles 
. A los 25 años se convirtió para siempre en Marylin Monroe, icono inolvidable del Hollywood dorado.
 Vivió tan deprisa como intensamente, y tras una meteórica carrera que dejó tras de sí una extensa filmografía, seguida de un descenso a los infiernos de la depresión y los altibajos emocionales, murió el 5 de agosto de 1962 en su casa de Brentwood (California) por una sobredosis de somníferos, a los que era adicta. Tenía 36 años.
Su triste final no ha emborronado su legado en la historia del cine. En el 54 aniversario de su muerte, repasamos algunas de las películas más recordadas de su carrera.














 

 

La estrella errante................................................Merlin J. Gutherless

matthew mcconaughey dallas buyers club
Matthew McConaughey en Dallas Buyers Club.
Se ha dado en el primer cuarto de 2014 una alineación de hypes con denominador común en la figura del actor Matthew McConaughey, referencia múltiple por haber conseguido un Óscar y protagonizar la serie del momento, True Detective, el sabor de la semana, como reza el dicho anglosajón. 
Hasta el periodista deportivo Santiago Segurola ha dejado reseña.
 Y es que cuando el F.C. Barcelona declina en la liga, Segurola tira hacia las páginas de cultura.

Por lo alfabético Matthew figura en la subcategoría de los actores con misma letra en el nombre y el apellido, como Kevin Kline, Keira Knightley o Victoria Vera. 
 Tras haberle hecho un lifting a su carrera, el actor ha estado en las noticias por sobresalir en la vieja pero aún prestigiosa disciplina del cine así como en el escenario de las series que, dicen, han relevado al cine como producto entretenido de calidad. 
Entre ambos océanos yo destacaría además sus anuncios televisivos para una marca de perfumes. 
En particular aquel en el que se lanza a un diván para dejarse retratar por el sonido de decenas de flashes.
 En la época del selfie, Matthew, que no abre la boca en el comercial, parece decirle a la plebe narcisista que él no hace fotos. Se las hacen. 
Un estrellón.
«Quién es esa chica, señorita tan linda». Madonna, «Who’s that girl».
Lone Star o el que no era el nuevo Paul Newman.
Lone Star o el que no era el nuevo Paul Newman.
El fenómeno Matt podría calificarse de resurgir de una estrella si es que alguna vez este pudo haberse considerado como tal.
 El caché potencial lo tuvo allá cuando despuntó a mediados de los noventa.
 Entonces apareció por las revistas como un supuesto nuevo Paul Newman en virtud de su parecido físico con aquel. 
Si la belleza de Paul se representaba en tormentos, mirada y morritos, en MM sobresalía la sonrisa. 
Era entonces un vitalista, como Patrick Swayze.
La competencia dentro del star-system era feroz en esos noventa. Con Tom Cruise sosteniéndose en blockbusters a su variada medida, Mel Gibson y hasta Kevin Costner estaban siendo relevados por una generación que encontraba su hueco en diversos nichos. 
Brad Pitt, Keanu Reeves o Hugh Grant copaban papeles con directores de renombre. Daniel Day-Lewis monopolizaba el favor de la crítica.
 Denzel Washington encarnaba a los negros guays, Samuel L. Jackson a los negros macarras y Wesley Snipes hacía películas de aviones.
 Andy García y Antonio Banderas se repartían a los latinos.
 Y Johnny Depp brillaba en cintas de prestigio independiente y como muso de Tim Burton.
 Fue en una película de ese sello, el alternativo, la etiqueta por excelencia de esos noventa, donde surgió la figura de McConaughey, un apellido complicadísimo para uno de esos concursos americanos de deletrear palabras. 
La peli, estrenada en 1996, es Lone Star, de John Sayles
Un drama en escenario sureño y con paisajes desérticos. Un muerto, mexicanos, esqueletos entre la arena, alacranes, cactus, slide-guitar, requiebros del pasado y esas cosas.
 Matt hacía de secundario en un reparto capitalizado por Kris Kristofferson y un Chris Cooper que en su madurez se había consolidado como uno de los actores del momento tocando todos los palos. 
Viendo Lone Star me preguntaron: «¿Quién es el rubio ese que acompaña a Chris Cooper?».

«Clap for ‘em, clap for ‘em, clap for ‘em, hey / Everyday a star is born». Jay Z, «A Star is Born»
En materia de premios y consolidación de carrera en el santoral actoral los noventa suponen la década de Tom Hanks, que procedía de la comedia. 
De las tablas adquiridas en los ochenta le venía esa capacidad para cargar con todo el peso de una historia —de Forrest Gump (1994) a Naúfrago (2000), ambas de Robert Zemeckis— o el carisma para liderar a grupos heroicos en Apolo XIII (Ron Howard, 1995) y Salvar al soldado Ryan (Steven Spielberg, 1998).
 Una carrera hábil en la elección de películas con la plena actualidad del momento en lo social y lo moral. 
En 1993 se estrena Algo para recordar, una comedia romántica ubicada en la ciudad de moda de entonces, Seattle, a las órdenes de Nora Ephron y haciendo Hanks pareja con Meg Ryan.
 Y ese mismo año el espaldarazo de Philadelphia (Jonathan Demme), su primer Óscar por el papel de un afectado de sida que sería punta de lanza de la presencia gay en los guiones mainstream primero como sensibilización reivindicativa, después como normalización.
«Chained and shadowed to be left behind». Metallica «Metal Militia»

Y Don Draper ganó la guerra fría......................................................David López Canales

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.
Los yanquis se tragaron la Gran Depresión con whiskey.
 Y también la guerra y la posguerra. 
Y con whiskey también intentaron ablandar los recuerdos de los frentes del Pacífico
. Era la bebida de aquella generación aún sin televisor ni rock and roll; la de la Guerra Fría recién puesta a enfriar. 
Apenas tenía rival. 
Pero algo empezaba a cambiar. 
A mediados de los cincuenta el vodka irrumpió en aquella nueva América de la NASA y Eisenhower.
 A finales de los hippies sesenta, superaba a la ginebra.
 Y en 1976, por fin finiquitado Vietnam, se convertía en el licor más vendido en el país.
 Había ganado al ron, al whiskey y al bourbon.
 Parte de la culpa la tuvieron personajes como James Bond y que se le imitase con su martini-con-vodka-mezclado-no-agitado.
 Pero casi todo lo que se bebía era vodka malo del país.
 Hasta que llegaron los suecos de Absolut y se empezó a pedir Absolut-tonic y luego Grey Goose y más de lo mismo. 
Y para entonces la industria del bourbon se hundía, cerraban destilerías y los trabajadores se marchaban a pedir empleo a los campos de maíz o tabaco de Kentucky o a la planta de General Motors.
 Desde la época de la Prohibición, desde la ley seca, el único licor típicamente americano, reconocido como «nativo» por el Congreso, el que forma parte de la historia del país y de su expansión al Oeste, nunca lo había pasado tan mal.
 El bourbon con el que la nación había acompañado sus desgracias, el que había ingerido para luchar y olvidar, era ahora una bebida obsoleta.
 La copa del padre. Peor aún: la del abuelo.
 El trago de esas generaciones anteriores, de esa época que cambiaba. Reagan querría vencer la Guerra Fría, sí. Pero el vodka era otro asunto y beber vodka era otra historia.
Y ahora, cuarenta años después, mientras el Moscú de Putin y el Washington de Obama se sacuden la propaganda como siempre en otros mapas, cuando ya estaba ese capítulo cerrado, va un hombre de aquella otra época, de aquel pasado, y vuelve a cambiarlo todo. Ocho años, siete temporadas, viendo a Don Draper beber whiskey, vaso corto y ancho, solo o con hielo, en la pantalla de Mad Men, viéndole engullir old-fashioned antes de cenar, o durante, o en lugar de, han propulsado aquella bebida antigua hasta convertirla de nuevo en el trago de moda, en la favorita de los norteamericanos. «La gente ha visto a Don Draper beber bourbon y quiere también hacerlo. 
O probar ese old-fashioned que ha propiciado también que el bourbon se haya disparado en las coctelerías», lo confirma Eric Gregory, presidente de la Asociación de Destilerías de Kentucky.
Kentucky, en el centro sudeste del país, es el estado del bourbon. Allí se destila desde hace más de doscientos años este whiskey típicamente americano. Porque el bourbon es whiskey, sí. 
Pero no todo el whiskey es bourbon.
 Solo si, como el de allí, entre otros requisitos, envejece un mínimo de dos años en barril de roble americano y lleva al menos un cincuenta y un por ciento de maíz. 
A Kentucky, al condado de Bourbon, llegaron los primeros colonos conquistando el lejano Oeste desde Pensilvania.
 Los que habían protagonizado a finales del siglo XVIII durante una década la rebelión del whiskey, cuando se levantaron contra el Gobierno de George Washington por la subida de impuestos al alcohol que ya fabricaban y el ejército cargó contra ellos para acabar con la insurgencia. 
¿Cuál es el mayor enemigo del bourbon hoy? —le pregunto a Gregory.
¡Los impuestos! Pagamos demasiados. ¡Más del cincuenta por ciento!
Han pasado más de dos siglos y todo sigue igual.
Bueno, todo no. 
En Kentucky no recuerdan haber vivido una época tan floreciente para su bourbon desde el final de la ley seca.
 Aquella otra década en la que los destiladores vendieron sus fábricas o las escondieron, o intentaron abrir otros negocios que fracasaban mientras a sus pueblos llegaban, como recuerdan aún hoy las viejas historias, berlinas negras refulgentes desde el norte con hombres dentro que buscaban alcohol y destiladores clandestinos.
«Desde los años sesenta, antes de que irrumpieran el vodka y el tequila, no nos había ido tan bien», lo resume Gregory. 
Los números lo confirman. 
El año pasado produjeron 1 886 821 barriles, un récord solo superado en 1967. Desde el año 2000 se ha multiplicado por más de tres la producción. 
Y las marcas invierten ahora más de mil millones de euros en su expansión, construyendo nuevas destilerías, almacenes y plantas embotelladoras. Todas las estadísticas les acompañan.
 Hasta la de que poseen más de seis millones de barriles, como nunca desde los sesenta.
 O incluso el millón de visitantes a sus instalaciones que tuvieron el año pasado. 
Los peregrinos del bourbon.
Foto: DP.
Foto: DP.
Foto: Ken Thomas (CC)
Foto: Ken Thomas (CC)
Es precisamente ese sabor diferente, ese dulzor, esa sensación de pegarle un bocado a un árbol, el que fomenta su crecimiento. 
El nuevo consumidor busca nuevos sabores y productos, como este bourbon, o los whiskies irlandés o canadiense, frente a los tradicionales escoceses.
 Y la coctelería también lo difunde, porque el bourbon es más versátil para combinar.
 Y más barato para mezclar que un buen escocés. 
Como con esos old-fashioned
 Por eso sube tanto.
 En Estados Unidos ha duplicado al vodka en crecimiento durante los últimos años, según los datos de la empresa IWSR, especialista en el sector.
 Aún se bebe cinco veces más vodka, sí.
 Pero para los próximos años apuntan a que seguirá escalando y el vodka continuará estancado, perdiendo terreno. 
La realidad ha cambiado.
 No solo The Wall Street Journal o Forbes dedican artículos al cambio de ciclo. 
También la industria del vodka parece confirmarlo lanzando productos como un vodka oscuro con sabor a barril de roble.
 Con sabor a bourbon, vamos.
 Y todo, sí, en parte, por Jon Hamm, o por su personaje de Mad Men.
 Por Don Draper, que durante siete temporadas nos ha convencido de que lo bueno, lo que de verdad tenemos que hacer, lo importante, el complemento perfecto, lo necesario para alegrarnos el día, el mejor recurso de seducción, lo que sea como se lo quiera llamar, es beber bourbon
Y no importa aquí siquiera que él no lo hiciera, que él consumiera sobre todo whiskey de centeno canadiense. 
Eso es otra historia.
 Un pequeño detalle que no merece cargarse un buen titular.