Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

7 jun 2014

Darío, el intrépido..................................................................................................... Rosa Rivas


Imagen con la que Darío Barrio ilustraba su cuenta de Twitter.

Darío Barrio (Madrid, 1972) murió con las alas puestas, ejecutando una de sus pasiones: el salto base. La otra, la que le daba de vivir, era la cocina
. Justo en mayo pasado celebró el décimo aniversario de su restaurante madrileño, Dassa Bassa, un proyecto personal, familiar, en el que su mujer, Itziar Ortega, formaba parte activa como jefa de sala y sus hermanos, Héctor (arquitecto) y Silka (decoradora), habían hecho posible en 2004 la transformación de una carbonería del siglo XIX en un modernísimo espacio gastronómico.
Y hace unos pocos días, el siempre sonriente cocinero presentaba su “gastronomía de diseño” para el rincón MINI de Casa Decor, un espacio efímero con ecos automovilísticos.
 Como efímera ha sido la carrera de un cocinero prometedor, una de las figuras de la escuadra gastronómica madrileña.
Practicante de una cocina de mercado, creativa, cosmopolita e informal, Darío Barrio cimentó fama televisiva con uno de los primeros realities culinarios, Todos contra el chef (en 2005), para la cadena Cuatro. En Canal Cocina presentó Darío y Cía y Bombón. Haciendo gala de su buena forma física, participó en el concurso acuático de Antena 3 Splash!
Deportista impeninente, corría todas las mañanas por el parque del Reitiro cercano a su restaurante y a su domicilio, y por allí también circulaba con sus hijos (de corta edad) en bicicleta. Como corredor entusiasta, participó en maratones, incluido el de Nueva York
. Con su afición quería demostrar su rechazo a la vida sedentaria y en cuantas ocasiones podía participaba en actividades a favor de la alimentación saludable
. Lo proclamaba en su libro de recetas caseras Cocina, disfruta, vive
. Partidario de la producción ecológica, formaba parte de la red de cocineros Fish to fork, comprometidos con la pesca sostenible.
 Su faceta solidaria se había incrementado últimamente con la incorporación a su restaurante de uno de los chavales en exclusión social que encuentran oportunidades laborales en los fogones gracias a la iniciativa Cocina Conciencia de Fundación Raíces.
Pero este cocinero inquieto, atractivo y optimista, en su cuenta de twitter no aparecía con chaquetilla de chef, sino luciendo su atuendo de saltador, con una imagen en pleno vuelo.
 Ahora, el cocinero con estrella, se ha estrellado contra un castillo en un momento inoportuno –como todas las muertes- y cuando aún le quedaban muchos menús y muchas aventuras más.
No era un saltador de última hora.
 Barrio había entrenado su afán volador en Noruega, Groenlandia, Venezuela, Italia… Atrevido , efectuado saltos “como nunca se han hecho” en Picos de Europa, Sierra Nevada o Gredos.
 Y con su traje de alas (wingsuit) era la imagen de una marca deportiva.
“Ha sido un vuelo glorioso rascando la torre del castillo”, tuiteó Barrio el pasado 26 de mayo cuando con “rascó” las almenas del castillo de la Sierra de Segura (Jaén) en una prueba de lo que sería su acrobacia final.
 Contra esas piedras antiguas y con su “traje de alas” ha encontrado la muerte en un fatal vuelo de exhibición el viernes 6 de junio, un “día negro para la gastronomía española”, como ha dicho su amigo Alberto Chicote, y como han dicho también en las redes sociales (ya tienen otro triste trending topic) otros colegas como David Muñoz, Paco Torreblanca, Marcos Morán, Quique Dacosta y muchos más
. La consternación es general entre la profesión.
“Continuará”, decía un rótulo final en uno de los vídeos de los ensayos de salto base sobre el castillo. No ha sido así.
Destino ingrato el de este aventurero que precisamente falleció durante el homenaje a otro apasionado del deporte de riesgo, Álvaro Bultó, muerto de la misma forma.
 Barrio hacía lo que le gustaba, y lo que le gustaba era el reto, arriesgar.DEP:

6 jun 2014

Letizia, la percha más cotizada...................................................................... Luz Sánchez-Mellado

La princesa habla por primera vez en público desde que se supo que sería reina. Y lo hace rodeada de diseñadores.

Ella es, y más desde ahora, la imagen de España. Se ha abierto la lucha por vestirla.

 

Doña Letizia en la entrega de los Premios Nacionales de la Moda. / JULIÁN ROJAS

Cuchillos no, porque no son utensilios propios del oficio.
 Pero, además de lindezas, galanterías y efluvios de perfumes caros, volaban tijeras la tarde del viernes en el auditorio del Museo Reina Sofía.
 En la platea, la crema y nata de la industria de la moda del país, que hacían como que no sabían de antemano los ganadores de los Premios Nacionales de Moda para que la princesa de Asturias pudiera entregar los galardones sin arruinar el efecto sorpresa.
Debajo de tanta gentileza, latía el deseo de todos los presentes de hacerse un hueco en el armario de la percha más cotizada del país.
 La de Letizia Ortiz Rocasolano, inminente Reina de España.
Seguro que alguien, en algún taller de postín de Madrid, probablemente el del modisto Felipe Varela, está rematando el vestido que lucirá esta no tan alta pero sí delgada mujer de 41 años, tipo de garza y piel traslúcida de puro tirante, en el solemne acto de proclamación de su marido, Felipe de Borbón, y de ella misma, su consorte, como nuevos monarcas.
 Porte, desde luego, no le falta.
Llegó una hora larga después de que el resto de los mortales fueran convocados al efecto, saludó a los notables, posó 30 segundos para los fotógrafos, y partió rauda a entregar los premios.
 Vestía de Felipe Varela, obviamente.
 Un vestido de gasa liviana, unos decían que gris perla y otros que gris piedra, pegado a los flancos, la cintura marcada por una hilera de lentejuelas, perdón, pailletes que se desparramaban luego en listas hasta tocar el bajo.
 Escoltándola, el ministro Soria, titular de Industria, con su uniforme de burócrata y una corbata no tan violeta como para resultar sospechosa de poco monárquica.
 Borja Villel, director del museo, ejercía de anfitrión con cara de qué he hecho yo para merecer esto. No se había visto en otra.
Era la primera vez que doña Letizia iba a hablar alto y claro desde que se supo que iba a ser reina el 19 de junio.
 Y habló, sí. Después de entregar el premio a toda una carrera al veterano diseñador Adolfo Domínguez y el de nuevo talento al modisto Etxeberría
. Agradeció la invitación, abogó porque la moda de España triunfe dentro y fuera de casa, y celebró “el esfuerzo y la magia” de los que crean las cosas bellas que nos ponemos encima.
Antes, Etxeberría, un hombretón con dilatadores del tamaño de una moneda de euro en las orejas y vestido con la, digamos, personalísima ropa de piel para caballero que diseña y que difícilmente podría llevar en público el inminente Felipe VI, casi besa el suelo en vez de la mano de doña Letizia al inclinarse ante Su Alteza
. El veterano Adolfo Domínguez, más sobrio, recibió un cálido apretón de brazo por parte de la mujer a la que viste de vez en cuando y a la que probablemente inició en el gusto por la ropa de firma en sus tiempos de presentadora del telediario. “Va correcta. Viste español, y eso es suficiente”, zanjó, Domínguez, 64 años de edad, 40 de carrera y varias generaciones de poderosos vestidos a sus espaldas, al ser inquirido por el estilo de la princesa.
Lo que todos saben es que doña Letizia es, y más que será de ahora en adelante, la imagen de España en el mundo.
 Y que se ha abierto la lucha por vestirla
. Ya hay pruebas.
 Ni don Juan Carlos, rey saliente, ni don Felipe, rey en puertas, fue el icono elegido por medios tan influyentes como The Telegraph para ilustrar la sucesión en el trono
. La cabecera apostó por la foto que Cristina García Rodero le hiciera a la princesa de Asturias con motivo de su 40º cumpleaños con un vistoso vestido de guipur negro que dejaba al aire las clavículas marcadas y el cuello de flamenco marca de la casa. De Felipe Varela, obviamente.
La querencia casi única de la futura reina por este diseñador es el muro a derribar por los creadores españoles si quieren que su ropa aparezca en esas fotos, y aprovechar el potencial tirón de Letizia en otras clientes potenciales.
“Va siempre impecable, pero podría abrir un poco el abanico.
 Y más ahora que va a ser reina.
Yo mataría por vestirla e iría sensacional, ya te lo digo”, comentaba el joven diseñador Juanjo Gómez –gafas de pasta y barba homérica-, preguntado al respecto
. Está por ver, sin embargo, que Letizia agote modelos en las tiendas como Kate Middleton o, sin ir tan lejos, Sara Carbonero.
 Que doña Letizia no es una víctima de la moda no hace falta que lo jure
. Hasta el punto de que los reporteros gráficos se desesperaban en Mallorca cuando iba prácticamente de trapillo a diario, como una turista plebeya.
 Para ocasiones más formales, desde que descubrió a Varela y le confió su guardarropa, raro es el evento en el que apuesta por otra firma
. Repite modelo con tanta frecuencia, que algunos sospechan que lo hace no solo para dar imagen de austeridad con la crisis, sino también por la comodidad de ir a tiro hecho con modelos que le funcionan.
Las rebajas de Mango y Zara de la calle Princesa de Madrid son las ocasiones en las que, quizá, adquiere la ropa más informal con la que acude a los conciertos indies o con los que sale a cenar con su marido o sus amigas.
Si seguirá o no esa liturgia cuando sea reina es aún un enigma.
Esa es la batalla que emprenden ahora los asistentes al evento del Reina Sofía. Vestir a Su Majestad doña Letizia.
 Desde el presidente del jurado, el Alto Comisionado de la Marca España, Espinosa de los Monteros, hasta Modesto Lomba, presidente de la Asociación de Creadores de Moda de España (ACME), o Covadonga O’Shea, directora de la revista Telva.
 En las gradas, lo más vistoso de la flora y la fauna –más flora que fauna- de la moda con sus uniformes de somos distintos y estamos superideales.
 Nada que ver con la otra crema de la sociedad madrileña que había ido a aplaudir a su suegro, don Juan Carlos, en su última faena como Rey en la corrida de la Beneficencia en Las Ventas.
Veremos si doña Letizia sale del sota, caballo y rey de Varela, Hugo Boss y Mango y le da aire a un sector que en 2013 exportó bienes por valor de 20.000 millones de euros y da trabajo a más de 100.000 personas
. Va a ser reina. Conoce el percal.
 Y no suele dar puntada sin hilo.
 A poder ser, doble.

Adiós, vaquero Por JOSÉ OVEJERO..............................................................Del Blog Papeles Perdidos

Por JOSÉ OVEJERO
Ruzinava-adiosvaqueroEn Graceland, una novela del sudafricano Chris Abani, el joven protagonista mira a su alrededor y se pregunta “¿Qué tengo yo que ver con todo esto?”.
No hay pregunta que defina mejor la adolescencia, esa fase de tu vida en la que te sientes apresado por lo que te rodea pero al mismo tiempo lo que te rodea te parece pertenecer a un mundo ajeno: tus padres son alienígenas, tus profesores hablan idiomas que desconoces y habitan en una dimensión diferente a la tuya; buscas consuelo en gente de tu edad pero eso no te hace sentir mucho mejor, porque es como estar en una burbuja que puede estallar en cualquier momento. Suponiendo que de verdad te sientas mejor con gente de tu edad.
No es el caso de Ruzinava, la protagonista de Adiós, vaquero, de Olja Savicevic Ivancevic.
Ella no encuentra un solo lugar que pueda llamar suyo. En la aldea croata en la que vive, además, no hay espacio para el que es diferente
. Las guerras tienen ese efecto: crean bandos irreconciliables y solidaridades estúpidas. Solo lo homogéneo es aceptado.
Y Ruzinava asiste con perplejidad a ese intento de clasificación que expulsa lo que no encaja en los raseros locales: “La vecina con la que discutíamos en la escalera común en más de una ocasión se cagó en nuestra puta madre alemana.  Y toda nuestra familia se cagaba en su puta y pérfida madre serbia.
Pero en realidad nunca supimos quién era qué, y nos cogió por sorpresa que todos supieran lo que éramos mejor que nosotros.” Como aquellos judíos que solo se enteraron de que lo eran cuando quemaron sus tiendas o los maltrataban por la calle.
En la Aldea Vieja, donde vive Ruzinava, la gente es rápida en adjudicarte una categoría y hacerte pagar por pertenecer a ella.
Por ejemplo, su hermano Danijel era demasiado afeminado para no tener un futuro preprogramado de víctima
. O la loca Marija, que se empeña en no separarse de la gente “normal” aunque la insulten y la golpeen.
 O el viejo profesor, al que pegan una paliza por maricón, o porque sí, por el gusto de señalar a alguien que no pertenece al grupo y descargar sobre él la rabia acumulada
. Una rabia que sería difícil decir de dónde viene: en la novela se habla del calor, del polvo, de la pobreza, de la locura. Y solo de pasada intuimos el trauma de los habitantes de esa ciudad croata.
 Al que se añade el trauma personal de la protagonista.
Años después de haberse marchado a estudiar a Zagreb, Ruzinava regresa a casa de su madre. A menudo, el regreso es una forma de querer aplacar a ese animal voraz, la nostalgia, volver allí donde podríamos haber sido felices para serlo por fin y que el pasado salde la deuda que tiene con nosotros. Pero la nostalgia está ausente en esta novela de la croata Olja Savicevic
. En las descripciones que hace de las calles y los lugares de su infancia no hay un ápice de amor, de simpatía
. Como si todo, incluso los momentos alegres, que tuvo que haberlos, hubiera quedado sepultado por el polvo y la miseria moral provocada por una guerra. Lo dice su hermano Danijel en una carta:  “me doy cuenta que desde que acabo la puta guerra y de eso ya pasó un mazo de tiempo todos sea donde sea que vayas regurgitan las mismas jodidas historias que no tienen nada que ver conmigo.”  Otro que tiene la impresión de estar excluido de lo que le rodea; tanto, que tiene que separarse drásticamente de ello: Danijel se arroja bajo las ruedas del tren.
Y por eso vuelve Ruzinava, para entender por qué se suicidó Danijel, y porque le resulta inaceptable haber sabido tan poco de su hermano, cuando precisamente él era su único cómplice en ese mundo en el que aterrizaron como dos astronautas que llegan a otro planeta.
 Y como no encajaban en la realidad, ambos buscaron otra más comprensible en el cine, en los western: allí al menos hay personajes a los que uno querría parecerse, situaciones que se desearía vivir y salir airoso de ellas. Adiós, vaquero, habla de la imposible despedida, de ese deseo de regresar al momento previo al trauma como si así pudieses desactivarlo: pero es imposible despedirse de un hermano muerto; él se fue sin hacerlo y Ruzinava busca las razones; o quizá es que, como le dice el profesor amigo de su hermano, “cuando perdemos seres queridos, seguimos buscando en nosotros mismos la prueba de haberlos amado lo suficiente”.  Y ella recuerda, busca los momentos estelares de la niñez, bucea en ese pasado que no deja nunca de ser presente y lo refleja en esquirlas: escenas sin conclusión, frases poéticas o vulgares dispersas en la narración precisamente para mostrar lo que no se puede mostrar. Lo lírico y lo pedestre, la descripción realista y la metáfora, una cierta coherencia narrativa hilvanada con saltos temporales, espaciales, cambios de protagonista. La realidad no se puede mostrar, solo puedes escribirla, es decir, crearla con el lenguaje, como hace Savicevic, aunque eso no siempre permita comprender.
El lector tampoco entiende del todo, pero atisba, como Ruzinava, la brutalidad impasible de una sociedad que ha atravesado el horror, que ha sido a la vez víctima y cómplice.
 Allí no hay salvación posible. Solo puedes abandonar la aldea, cabalgar hacia el horizonte al final de la película, como hizo Danijel, sin despedirte.
 Para que la nostalgia, o la compasión, no te atrapen en el último momento.

Cuando vienen mal dadas..........................................Del Blog Cultura


They Don't Dance Much, 1952.1
Mal dadas le vienen las cosas a los personajes de la novela de James Ross (Mal Dadas, Sajalin Editores, 2013, que acaba de publicar su segunda edición), retrato magistral de las gentes de Corinth, localidad de Carolina del Norte en los años de la Gran Depresión, cuya escala social se divide en "gente como Dios manda, gente como Dios manda de verdad" y el resto, seres empobrecidos, física y espiritualmente, cuyas vidas están hechas pedazos.
Jack McDonald, el protagonista, relata en primera persona su peripecia vital: no tiene un céntimo y ha perdido lo poco que tenía.
 Su granja está embargada y tiene una deuda por el funeral de su madre con el mafioso local: "¿Mis bienes inmobiliarios? A ver, hombre, el banco agrario tiene hipotecada la granja por más de lo que vale
. Por los muebles de la casa no me darían más de veinte dólares, y eso con suerte: dudo que se puedan sacar ni siquiera diez
. Debo cuarenta de impuestos.
 Todo eso va por delante de tu factura [la del funeral]. Tengo algunos aperos de labranza: unos quince dólares.
Y una mula que no vale nada. También hay algunas gallinas, pero si han puesto un solo huevo en los últimos dos meses debe de haber un perro que ha ido por mi casa y se lo ha zampado".
Así que cuando su antiguo compañero de colegio Smut Mulligan le ofrece un empleo en su recién inaugurado salón de carretera, lo acepta inmediatamente.
Por este salón -donde se sirve alcohol (ilegal) de fabricación casera, se juegan partidas clandestinas y se alquilan cabañas por horas-, desfila todo un paisanaje que proporciona a Mulligan buenos rendimientos, ya sea en forma de dinero o de información.
Cuando Smut se ve en la tesitura de saldar sus deudas para poder continuar con el negocio esa información será vital para poner en práctica su plan y Jack McDonald se verá involucrado en un crimen chapucero del que le resultará muy difícil salir airoso.
Como una premonición del título de su novela, mal dadas le vinieron al autor, que publicó esta novela en 1940 con el original título original de They don’t dance much que no gustó al público americano: su realismo sin concesiones y su lenguaje directo resultaron demasiado avanzados para el gusto de los lectores de entonces y cayó en el olvido hasta que en la década de los setenta volvió a publicarse.
 En España ha estado inédita hasta octubre de 2013.
James Ross (Carolina del Norte, 1911-1990), tras dejar sus estudios universitarios y participar en la Segunda Guerra Mundial, trabajó como albañil, granjero, fue jugador semiprofesional de béisbol hasta que se dedicó por completo al periodismo.
 De su obra narrativa solo consiguió publicar Mal dadas y algunos relatos en revistas.
 A pesar de que su obra recibió los elogios de Raymond Chandler, Flannery O’Connor y George V. Higgins nunca encontró editor para su novela inédita In the Red.
La obra, calificada por Raymond Chandler como "una novela sórdida y depravada",  escrita con un lenguaje sencillo y carente de emociones, se sostiene sobre los diálogos extraordinarios de sus protagonistas: obreros de la fábrica de hilados, un sheriff corrupto, un mafioso local, el rico del pueblo y su mujer insatisfecha, morenos (negros) paupérrimos y víctimas del racismo, blancos desarrapados que trabajan por alcohol, comida y cama... gente que aspira a salir de la pobreza por el camino más corto, que por otro lado, es el único camino.
  Personajes sorprendentemente amorales que Ross nos presenta sin un solo juicio de valor.
Mención especial merece el lenguaje.
 Higgins, en el epílogo que acompaña a la edición, escrito en 1975, habla de la imposibilidad que tuvo el autor de "presentar directamente unos hechos brutales en términos también brutales"
. Porque a lo largo de las casi 350 páginas de la novela no hay ni una sola palabra malsonante.
 Es imposible creer que esos personajes al límite hablaran como niños bien educados.
 Sin embargo, los censores no lo habrían permitido.
 Y como plantea Higgins "cuesta creer que [esos personajes duros, de piedra, que transpiran una amoralidad resuelta y depravada] limitaran sus intervenciones verbales a frases incapaces de ofender ni siquiera a japoneses que no hablaran inglés veinte años después.
 De hecho, resulta imposible".  Y así el también infravalorado autor de Los amigos de Eddie se plantea si Ross merecería una felicitación tardía por su maestría al presentar una historia amoral con un lenguaje que no hace daño y, de ese modo, burlar las restricciones.
Sobre ese microcosmos del salón de carretera, donde se bebe alcohol desmedidamente y los incautos que se atreven con las timbas se quedan sin blanca cuando vienen mal dadas, se cierne la incertidumbre, que Ross dosifica extraordinariamente hasta sorprendernos con un desenlace absolutamente inesperado.