Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

18 ene 2013

Zelda Fitzgerald

Escuchemos a Zelda Fitzgerald - ROBERT SALADRIGAS

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Sucedió que contra todo vaticinio el premio Goncourt 2007 recayó en Gilles Leroy (Bagneaux, 1958) por su novela Alabama song, título curiosamente extraído de un texto de Bertolt Brecht. Alabama song recapitula la apasionante y turbulenta vida de Zelda Sayre (1900-1948), la chica de Montgomery (Alabama), hija de un juez, nieta de un senador y de un gobernador, a partir de la fiesta de graduación de 1918 en que conoció a un atildado teniente de 20 años llamado Francis Scott Fitzgerald, oriundo de Saint Paul (Minnesota); la niña consentida y emancipada cayó deslumbrada a sus pies, luego se casó con él, se marcharon a Nueva York, él triunfó por todo lo alto con su primera novela A este lado del paraíso, juntos personificaron los desenfrenos de los años veinte y al final vieron como sus sueños de jóvenes sin ataduras, brillantes e irresponsables, se convertían en una pesadilla que los arrastraba al holocausto de los fracasados.
De manera que Gilles Leroy obtuvo el Goncourt con una novela protagonizada por Zelda, la mujer independiente, sin principios morales, de una poderosa familia de Montgomery que encarnaba como pocas los estrictos valores sureños de la Confederación, y eligió compartir la gloria y el infierno del joven desclasado que llegó del norte, hermoso como un poema de Byron, amante del dinero y el lujo, soberbio y atrabiliario como un sátrapa que cree tener el mundo a sus pies, que bebe y bebe, y escandaliza, y derrocha su talento y su crédito en excesos que realzan el sinsentido de vaciarse existencialmente en la estética de un tiempo efímero
. En este fastuoso juego de irrealidades Scott dejó una obra referencial - en parte discutible-,pero Zelda, la frágil muñeca de cristal que quiso ser escritora (lo intentó con una novela, Save me the waltz,1932), bailarina, pintora, fue condenada al silencio.
Se ha escrito mucho sobre la mujer esquizofrénica de Scott Fitzgerald.
 Nancy Milford publicó una estupenda biografía, La vida de Zelda Scott Fitzgerald (Ediciones B, 1990), y aparecieron las Cartas de amor y de guerra (1919-1940) (Grijalbo, 1994) cruzadas entre los esposos.
Con todo, seguíamos sin poder escuchar la voz de Zelda, siempre filtrada a través de los complejos de Scott, el eterno seductor que impone su propia realidad de macho y víctima sobre la de su frívola mujer por añadidura pasto de instituciones psiquiátricas de medio mundo.
 A Zelda, pues, sólo es posible adivinarla como un personaje desdibujado, paradójico, que poco a poco emerge de entre las veladuras y se hace fascinante.
Hasta que en Alabama song Gilles Leroy cede la palabra a Zelda - un reto por el que merece aplausos-y nos pide que la escuchemos pendientes de los diversos registros que va adoptando desde 1918 hasta su muerte cuarenta y siete años después, cuando en un final diría que apropiado, de drama novelesco, Zelda Sayre es víctima del incendio que la sorprende de noche y bajo llave en su habitación del Hospital Highland de Asheville (Carolina del Norte), el manicomio donde estaba internada.
 En un encadenado de fragmentos, como si cada uno fuese una puerta de acceso al vasto ámbito de una vida amurallada, vamos descubriendo la intimidad de Zelda
. A veces la oímos susurrar, en otras reírse con la insolencia de la adolescente que se cree por encima de todo y de todos; algo más adelante se torna romántica al confesar su amor por un aviador francés que la deja preñada, y es obligada a abortar y a alejarse del amante; el tono se endurece al contar su aparente derrumbe mental, la irremediable soledad, las vejaciones de Scott al que acusa abiertamente de plagiarla, su odio a Hemingway (Leroy lo enmascara prudentemente con la identidad de Lewis O´Connor), según ella un "homosexual vergonzante" que además se muestra ingrato con Scott cuando este vive el calvario de su decadencia, el trato que recibe de los psiquiatras y asistentes sociales, la prohibición de escribir por parte de su marido con el pretexto de que le es perjudicial, la pérdida de contacto con su única hija, Patti, la muerte de Scott en 1940, su capitulación final al ver en ella la imagen de una mujer prematuramente ajada, que ni siquiera aspira a sobrevivirse, sólo a pedir ilusoriamente que le sea devuelto todo aquello que le fue arrebatado por el tiempo, es decir, los sueños, espejismos y enfermizas miserias que fueron su vida.
Imagino lo que estarán pensando.
 Si Alabama song es una novela casi oral, por supuesto escrita en primera persona, no una biografía convencional para la que Leroy hubiera utilizado un narrador en tercera persona, ¿dónde está la divisoria entre la ficción y la realidad?
 En mi opinión, la voz de Zelda suena tan convincente, sus palabras tan sensiblemente humanas y coherentes con lo que se sabe de ella, que ni siquiera me planteo el dilema.
 Por primera vez he escuchado lo que Zelda tenía que decir de sí misma y no le dejaron. Leroy lo ha hecho posible.
 Loado sea.

¿Qué son esas moscas o puntos negros, Hilos que suelen salir en los Ojos?

¿Qué son esas moscas o puntos negros que tengo? ¿Es peligroso? ¿Hay alguna forma de quitarlas?
Para contestar necesito dar unas nociones de anatomía: el ojo es como una “pelota hueca”, aproximadamente esférica, y en el envoltorio interno, la retina, se reciben las imágenes y de ahí se transmiten al cerebro. La cavidad interior del ojo no está realmente vacía, ni llena de aire, sino que está “rellenada” de un líquido viscoso llamado humor vítreo o cuerpo vítreo. Nosotro lo llamamos símplemente vítreo.
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El humor vítreo es una gelatina transparente muy espesa, que está sujeta a la retina en varios puntos. No tiene vasos sanguíneos ni nada que le pueda hacer perder su transparencia. En su interior hay muy pocas células, y en su mayor parte está compuesto de proteínas, una red tridimensional o malla que atrapa el agua y que hace que el vítreo se comporte como un todo, que no fluya. Esto último puede covertirse en una seria desventaja, aunque eso lo dejo para otro artículo.
El lugar donde está alojado se llama cavidad vítrea (no todos los nombres anatómicos son enrevesados xD). Esta cavidad está ocupada totalmente por el vítreo, y va desde el cristalino por delante hasta el nervio óptico (el “cable” que sale del ojo hacia atrás) y la mácula (que es la parte de la retina que está más al fondo).
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En esta imagen vemos el vítreo cortado como un queso de bola, sólo han dejado una parte abajo y atrás. El cristalino es esa “lenteja” con forma de huevo, que está dibujado con color blanco y líneas concéntricas en su interior, y está señalado como “lens” (no sé si se llega a leer). Está detrás del iris. Por delante del cristalino ya no hay vítreo. El espacio que hay por delante del cristalino ya no es cavidad vítrea, se llama segmento anterior y está ocupado por el cristalino y el iris entre otras cosas. Este segmento anterior está “bañado” por el humor acuoso, que en oposición al humor vítreo, sí es un auténtico líquido, que circula y tiene una densidad casi igual a la del agua.
Pero esta parte anterior es pequeña, entre una sexta y una séptima parte del volumen del ojo. La mayor parte del interior del ojo está constituido por la retina y la cavidad vítrea.
¿Para qué sirve el vítreo?. Tiene una función clave durante el desarrollo del ojo en la etapa embrionaria y fetal, pero tras el nacimiento apenas tiene una función activa. Básicamente tiene que permanecer transparente para dejar que la luz pase a su través hasta la retina.
Todas las operaciones sobre la retina requieren previamente quitar el vítreo, así que son muchas las personas a las que quitamos el vítreo y la función de ese ojo es rigurosamente normal, el paciente no nota nada. Esa cavidad el ojo la rellena de “suero”, un filtrado de la sangre pero sin células (sería como el humor acuoso, o sea, básicamente agua), y no pasa nada.
Por tanto, una forma de ver las cosas es que el vítreo es como el apéndice, o no sirve para nada o da problemas.
Pero a lo que vamos. Con el envejecimiento el vítreo, como todo el cuerpo humano, tiende a deteriorarse. Va perdiendo el agua, por lo que su volumen disminuye. El vítreo está sujeto a la retina, pero al hacerse más pequeño, tiende a tirar de la retina para soltarse. Finalmente se suelta, aunque no se suele soltar totalmente. La unión en la parte de atrás es más débil, así que lo que ocurre se llama desprendimiento de vítreo posterior
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Aquí en el dibujo el vítreo está señalado con puntitos, y veis que en la parte de atrás, hay como una semiluna que ya no es vítreo. Se rellena de suero. Esto sería un desprendimiento de vítreo posterior simple. Ojo, no confundir con un desprendimiento de retina. El desprendimiento de vítreo no es una enfermedad, no quita visión, ocurre con la edad y es muy frecuente. Aunque hay que tener en cuenta que en los miopes ocurre mucho antes. Es típico de miopes jóvenes esta circunstancia.
El vítreo, una vez desprendido, ya puede reducirse. Eso se llama colapso del vítreo.
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Al colapsarse, las proteínas del vítreo que han perdido agua se condensan y pierden la transparencia. Se forman entonces opacidades o “grumos”.
Cuando esas opacidades se ponen en el medio, la sombra cae en la retina central y lo vemos más oscuro. Son las “moscas volantes” o “puntos negros”, que dependiendo de la forma de la opacidad vítrea puede ser un hilillo, una telaraña, una sábana, etc. Al mover la vista los puntos no se quitan, porque están en nuestro ojo. Hay momentos en que lo vemos y momentos en que no, sólo lo apreciamos cuando la opacidad está cerca del centro de visión, en especial cuanto tenemos un fondo homogéneo para contrastar (el cielo azul, una pared blanca, ect). Normalmente, con el tiempo los vemos con menos frecuencia, aunque puede persistir mucho tiempo.
Lo mejor es acostumbrarse a los puntos negros, principalmente porque no tenemos tratamiento eficaz

Actualización

Debido a la abundancia de comentarios en este sentido, he creído necesario actualizar el tema en este artículo. Tanto ahí como en los comentarios se explica más acerca de esto, así que pediría que no se insistiera en el tema, ya ha salido en numerosas ocasiones y no aporta nada nuevo repetir lo mismo.

La revancha de Zelda Fitzgerald Por: Virginia Collera | 18 de enero de 2013


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“Ya ha llegado el momento de su revancha, que recibimos con alegría, porque a nosotros, por las fotografías que están circulando y por los hechos y palabras memorables que se le han atribuido a ella, nos había resultado enormemente simpática y digna de comprensión, y desconfiamos tanto de la leyenda infernal de ella como de la leyenda áurea de él”. Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta utilizan estas palabras del poeta y traductor italiano Attilio Bertolucci como declaración de intenciones: Superzelda. La vida ilustrada de Zelda Fitzgerald es su revancha.
Ellos creen que hay musas y musas. Y Zelda Fitzgerald pertenece a la segunda categoría. 
Sin ella, las mujeres noveladas por F. Scott Fitzgerald no serían como son. 
Tampoco, quizás, las obras del escritor serían como son.
 Por ello, durante tres años se dedicaron a reconstruir la vida de Zelda Sayre, más conocida como Fitzgerald, y a leer, leer y leer.
 Entre sus principales fuentes están todas las novelas, los cuentos y la correspondencia de F. Scott y Zelda, sus biografías, en especial, Zelda de Nancy Milford y Scott Fitzgerald de Andrew Turnbull, The romantic egoists de Matthew J. Bruccoli, Scottie Fitzgerald Smith y Joan P. Kerr, París era una fiesta de Ernest Hemingway y El desencantado de Budd Schulberg.  
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Todo empezó cuando Lo Porto y Marotta reseñaron Alabama song, la biografía novelada de Zelda Fitzgerald de Gilles Leroy, para la columna de cómics que publican en D, la revista sabatina del diario La Repubblica. Fue Lo Porto -autora del guion de la novela- quien cayó rendida ante la personalidad arrolladora de Zelda y propuso a Marotta que fuese él quien dibujase su infancia en Alabama, las fiestas eternas en Nueva York y París, los vaivenes de su matrimonio con F. Scott Fitzgerald, sus obsesiones, sus excesos y, de paso, desdibujase esa "leyenda infernal" a la que se refería Bertolucci.
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Superzelda. La vida ilustrada de Zelda Fitzgerald de Tiziana Lo Porto y Daniele Marotta está editada por 451 editores. Todas las imágenes son cortesía de la editorial.

Peñafiel, condenado por el Supremo por sus críticas a Carmen Ordóñez

Francisco Rivera, hijo de la fallecida, demandó al periodista que en opinión del tribunal "manifestó su desprecio hacia el personaje y hacia su conducta” e incurrió en intromisión ilegítima en la intimidad.

La fallecida Carmen Ordóñez. / GTRES

La Sala Primera del Tribunal Supremo ha resuelto un recurso de casación sobre la demanda interpuesta por el torero Francisco Rivera Ordóñez contra el periodista Jaime Peñafiel Núñez, por las declaraciones realizadas en el programa de Telecinco Hormigas Blancas, emitido el 10 de julio de 2007,  dedicado a Carmen Ordóñez, madre del demandanteç
. El periodista deberá abonar a Rivera Ordóñez la suma de suma de 9.000 euros y hacerse cargo de las costas.
 Peñafiel, a juicio del Supremo, incurrió en el delito de intromisión ilegítima en la intimidad personal, familiar, propia imagen y defensa de la memoria de Carmen Ordóñez.
La sentencia de primera instancia desestimó la demanda. Esta decisión fue revocada por la Audiencia Provincial de Madrid, que consideró como desproporcionadas, excesivas y constitutivas de ilícito civil las manifestaciones realizadas por el demandado.
 Esta sentencia fue recurrida en casación por Peñafiel.
 La sentencia de la Sala de lo Civil, de la que ha sido ponente el magistrado Xiol Ríos, confirma la sentencia de la Audiencia Provincial de Madrid y tiene en cuenta la jurisprudencia aplicable a los supuestos en los que se divulgan datos ya conocidos, implicando a familiares.
Esta jurisprudencia afirma que, "en la valoración de la prevalencia o no de la intimidad familiar sobre la libertad de expresión, hay que atender a hechos como el fallecimiento de los personajes afectados, la desconexión temporal y espacial entre las declaraciones que en su día hicieran los protagonistas y la reconstrucción de los hechos que se hiciera en la noticia, teniendo en cuenta también la voluntad adoptada por los familiares, mantenida en el tiempo, de no divulgar los datos conocidos".
La sentencia considera que las palabras del demandado “manifestando su desprecio hacia el personaje de Carmen Ordóñez y hacia su conducta”, “son duras, con una fuerte carga de crítica a la droga, pero no pueden enmarcarse dentro del ejercicio legítimo de la libertad de expresión por la personificación en la conducta de  Carmen Ordóñez con conocimiento de que se trata de una persona fallecida, porque esta personificación tiene un carácter innecesario e injurioso”.
Carmen Ordóñez, que falleció el 23 de julio de 2004, a los 49 años. Fue encontrada muerta en la bañera de su domicilio madrileño con un golpe en la cabeza.