Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

8 dic 2019

Rebecca West, el clásico de la literatura británica todavía por descubrir

Periodista, escritora y feminista, la autora fue una de las figuras más relevantes de las letras del milenio pasado.


La escritora británica Rebecca West.
La escritora británica Rebecca West. Wikimedia
Rebecca West consiguió recorrer parte del siglo XX dinamitando cualquier posibilidad de que su nombre y obra se aparejaran a una etiqueta o una ideología. 
 Lo hizo con su particular mirada sobre la historia de Yugoslavia, los juicios de Nuremberg al régimen nazi y su manera de entender el feminismo -entonces concebida como odio a los hombres-. “Nunca he sido capaz de averiguar qué es exactamente el feminismo; solo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso sentimientos que me diferencian de un felpudo”, afirmó. Así, hasta convertirse, en una de las figuras más relevantes de la literatura del milenio pasado.
Nació en 1892 en Londres con el nombre Cecily Isabel Fairfield que rápidamente se cambió a Rebecca West en homenaje a la heroína rebelde de la obra La casa de Rosmer, de Henrik Ibsen. Con 16 años dejó el colegio por una tuberculosis y se convirtió en autodidacta.
 Ya entonces su padre, un periodista de origen irlandés, las había abandonado.
 Como en la trilogía La familia Aubrey, una de sus obras de ficción que publica por primera vez en castellano Seix Barral, West y su hermana quedaron a cargo de su madre, una pianista escocesa.
La publicación ahora en España de La familia Aubrey ejemplifica cómo su obra vuelve de manera intermitente, sin orden, a la primera línea literaria.
 Reino de Redonda editó Un reguero de pólvora y El significado de la traición.
 Ediciones B publicó en 2001 Cordero negro, halcón gris, una de sus obras más importantes en las que narra la historia de Yugoslavia y que es imposible de encontrar en España. Zut Ediciones (Málaga), Herce Editores (Madrid), Viena (Barcelona), Argos Vergara (Barcelona), Destino (Barcelona) y Erein Argitaletxea (Gipuzkoa) son las otras seis editoriales que han publicado alguna de sus obras de manera puntual.

Con 26 años, West ya firmaba en el semanario feminista The Freewoman
Poco tiempo después publicó su primera novela, El retorno del soldado
. Desde 1918 no dejó de escribir, aunque la crítica de antaño nunca fue tan generosa con ella como con sus coetáneas Virginia Woolf y Doris Lessing.
 En una entrevista en The New York Times, antes de morir, West reconoció el talento de Woolf al mismo tiempo que dibujó su particular relación.
 “Escribió que tenía los brazos peludos.
 Le pregunté a mi abogado si podía denunciar a una persona muerta y me dijo que no podría denunciar a alguien, aunque siguiera vivo, por una frase así”, recordó.

Bibliografía

La familia Aubrey (Seix Barral)
Un reguero de pólvora (Reino de Redonda)
El significado de la traición (Reino de Redonda)

La sexualidad y sus primeras disertaciones -que siempre le acompañaron- sobre la relación entre hombres y mujeres trazaron su camino hasta H.G. Wells.
 Ella tenía 20 años y el autor de La guerra de los mundos 46 cuando se encontraron por primera vez después de que West le llamara “la solterona entre los novelistas” en una crítica a su novela Marriage
 El escritor la invitó a comer pese a la crítica. 
En la segunda cita, West se quedó embarazada. 
“Nunca he conocido a nadie como ella, y dudo que antes de ella existiera alguien así”, aseguró él.
Wells, casado en ese momento, compró una casa en el campo para West y su hijo Anthony.
 La relación se prolongó durante 10 complicados años. 
“No logro explicarme por qué se ha agotado el amor que me profesabas hace tan solo tres meses. 
Pero es algo que se me escapa por completo, algo que me revuelve las tripas.
 Y el hecho de que seas tú precisamente quien me revuelve las tripas me saca todavía más de quicio, porque eres el único obstáculo que me separa de la paz.
 Es evidente que tienes razón: no tengo nada que ofrecerte. A ti solo te atraen las emociones fuertes y la comodidad”, le escribió por carta, una de las misivas de West que alberga la Universidad de Yale.
Sus primeros artículos periodísticos recogían su experiencia en los movimientos por el derecho al voto de la mujer -en los que se había iniciado en la adolescencia con su hermana- al mismo tiempo que trataban sobre la sexualidad femenina. 
La escritora reclamó en sus textos la necesidad de las mujeres al sexo, a amar y desear con “la misma fiereza” que los hombres.
Pese a la tortuosa experiencia que culminó con un hijo renegando de su madre, las biografías sobre la escritora recuerdan una de sus frases sobre H. G. Wells: 
“Es uno de los hombres más interesantes que he conocido. 
No era fuerte, escribió mucho y fue el padre y la madre de la ciencia ficción”.
 La manera de Wells de entender la guerra impregnó el trabajo de West que, sin embargo, siempre citó a Mark Twain y Henry James entre sus referentes.

"Reportajes a la altura de la literatura"

Cordero negro, halcón gris (1941) sigue fija como una de sus grandes obras.
 Un millar de páginas sobre los Balcanes que resultó de su viaje a la región con su marido Henry Maxwell Andrews, un banquero multimillonario.
 Para entonces West ya se había despojado de su odio al capitalismo que aparecía en algunos de sus textos. 
Su militancia nunca estuvo cerca de la religión ni de la ideología.
En Un reguero de pólvora West reunió seis reportajes de temática judicial, entre ellos los tres artículos sobre los juicios de Nüremberg que la revista estadounidense The New Yorker le encargó en 1946, 1949 y 1954 originalmente titulados Invernadero con ciclámenes. Una gran producción que, hasta cierto punto, le trajo cierta melancolía.

Siempre aseguró haber echado en falta haber incluido más ficción en sus 20 títulos. 
“Es como comparar cómo suena la música y un discurso: ofrece mejores matices emocionales”, confesó en alguna ocasión sin renegar de su trabajo como periodista para diversos medios estadounidenses.
 La crítica siempre ha considerado que su reporterismo estaba “al nivel de la literatura”.
Vivió como escribía.
 Con irreverencia e inteligencia. Como se evidencia en las cartas de Yale. 
En 1953 escribe a Ingrid Bergman para decirle: “Estoy segura de que quiere mucho a su marido, pero tarde o temprano va a tener que asumir que carece del más mínimo talento. 
Usted tiene unas aptitudes únicas y una personalidad arrolladora. Me parece absurdo que sacrifique esos dones en favor de su vida sentimental”.
 A contrapelo. Así se despidió de H.G. Wells: “En los próximos días, no me va a quedar otro remedio que levantarme la tapa de los sesos o cometer un acto aún más devastador que el propio suicidio. Sea como fuere, no pienso tolerar que otros se apropien de mi final”.
 Casi un epitafio.

 

Palabras aladas ..............................................Marco Balzano

Palabras aladas

Adhesiones excesivas ........................................... Adhesiones excesivas .......................................Juan José Millás

Adhesiones excesivas 

 

A la calle.............................. Rosa Montero

Con un proceso de deterioro físico tan acelerado, acabará matándonos antes el sobrepeso que el cambio climático.

DIRÉ, COMO LUTHER KING pero al revés, que he tenido una pesadilla, una premonición.
 Veo a la raza humana, dentro de muy poco, con dimensiones ballenato-elefantinas; gordos inmensos de piernas atrofiadas que se pasan el día amorrados a una pantalla sin hablar con nadie, con las posaderas desbordando el asiento de sus sillas reforzadas y masticando pizzas de chorizo artificial hecho con pasta de medusa. Cuatro científicas de la OMS acaban de publicar un estudio monumental realizado durante 15 años con 1,6 millones de adolescentes de 145 países, y han llegado a la espeluznante conclusión de que el 78% de los chicos entre 11 y 17 años y el 85% de las chicas (las mujeres sacamos peores resultados en todo el planeta) no hacen el ejercicio mínimo recomendado, que no es más que una modesta hora al día de movimiento.
 No es que no hagan deporte, sino que ni siquiera caminan.
 Que no se menean, vaya. 
Que lo único que hacen es estar sentados, por lo general frente a una pantalla.
El mejor resultado mundial lo da Bangladés, con un 66% total de chavales inactivos, y el peor es de Corea del Sur, con un 94%. 
En España tenemos, qué vergüenza, una abultada diferencia de género: un 69,8% de ellos y un 83,8% de ellas sufren esta epidemia de absoluta pereza. 
Yo recuerdo que, de adolescente, me daba carreras de pronto en la calle sin ningún propósito, por la pura necesidad de descargar un poco la energía que me bullía dentro (por entonces aún no existía la moda del running y tenías que correr vestida normal y simulando que se te perdía un autobús). 
Todos los animales jóvenes muestran esas explosiones de actividad: perritos que te destrozan la casa, terneros que brincan y cocean en los prados felices de estar vivos.
 Pero se ve que los cachorros humanos están mutando en setas.
 En gelatinas pegadas a una silla. 

O más bien en sacos de grasa, porque ya se sabe que la falta de ejercicio, junto con los malos hábitos alimentarios, son los dos factores principales para sufrir sobrepeso, lo cual, si no se corrige, puede terminar derivando en obesidad.
 Unir esta epidemia mundial de vagancia juvenil con la también creciente epidemia mundial de gordura pone los pelos de punta: según la OMS, en 2016 había 2.200 millones de personas con sobrepeso en el planeta, 796 millones de ellas obesas, frente a 800 millones de individuos que pasaban hambre. 
Lo que quiere decir que en los últimos 50 años la alimentación de los seres humanos ha experimentado un cambio radical: en 1970, un tercio de la población mundial sufría hambrunas y sólo había un 10% de gordos. 
Hoy es al revés: un 11% está desnutrido y casi un 30% tiene sobrepeso. 
Se calcula que para 2030 la mitad de los habitantes de la Tierra estarán en el sector de los rollizos.
En España es aún peor.
 Un reciente estudio del Institut Hospital del Mar d’Investigacions Mèdiques vaticina que para 2030, justamente cuando todos esos niños setas se hagan adultos, habrá en nuestro país 27 millones de ciudadanos con sobrepeso y obesidad (un 80% de los hombres y un 55% de las mujeres).
 En 2016 ya éramos 24 millones de gordos, el 70% de la población, y al parecer cada década se suman tres millones más.
Me temo que estamos tan malacostumbrados al sobrepeso que ni nos damos cuenta de que nos estamos convirtiendo en unos torreznos.
 Ahora mismo siete de cada diez españoles andan sobrados de kilos, pero yo no tengo la sensación de que el personal esté tan mantecoso.
 Creo que nos hemos habituado a las barriguillas y las barrigotas, empezando quizá por las carnes propias. 
Y es que hay un rasgo muy útil de adaptación psicológica que hace que contemplemos con especial benevolencia aquellas características que poseemos.
 Lo cual está muy bien: rebelémonos contra la dictadura estética e irreal de las modelos anoréxicas o los macizos de abdomen de tableta y amemos nuestras lorzas. 
Pero, por favor, que sean pequeñas.
 Que la grasa esté bien repartida. 
 Que los músculos se muevan. 
Reivindicar la gordura no es liberador: es idiota y suicida.
 Con un proceso de deterioro físico tan acelerado, acabará matándonos antes el sobrepeso que el cambio climático.
Hay que sacar a ese 80% de niños a la calle antes de que sea tarde, por favor.