Su
estancia en el hospital de Kingston se suma al interés de la duquesa de
Cambridge por causas como la salud infantil y la mental.
Kate Middleton, en Londres, el pasado 18 de noviembre.Stephen Lock "La duquesa de Cambridge, patrona de la Real Fundación del duque y la
duquesa de Cambridge, ha completado hoy dos días [de trabajo] con la
unidad de maternidad del hospital Kingston". Así de escueto ha sido el comunicado que ha publicado la Casa Real británica sobre las últimas actividades de Kate Middleton. Según varios medios británicos, la esposa de Guillermo de Inglaterra
ha acudido a este centro sanitario al suroeste de Londres para conocer
más de cerca su labor con los pacientes. Se trata de una de las unidades
más prestigiosas de la capital británica, que en 2018 atendió casi
6.000 partos y que ofrece asistencia a aquellas mujeres que desean dar a
luz en sus hogares. A
principios de noviembre, Middleton inauguró el hospicio de Nook,
en Norwich, al sureste del Reino Unido, después de ayudar a recaudar 10
millones de libras para abrir el centro. Allí tuvo oportunidad de
conocer a las familias que hacen uso de las instalaciones, como Stanley
Harrold, un niño de tres años que padece el síndrome de
Pallister-Killian, una enfermedad genética poco común, o a Isabella
Alford, de diez, que sufre una enfermedad neurológica degenerativa.
En la agenda de Middleton resultan habituales las
actividades que giran en torno al bienestar de los más pequeños. En una
ocasión, decidió cortarse la melena y acordó con su estilista Joey Wheeler donar el pelo sobrante
—un mínimo de 20 centímetros— a una organización benéfica infantil que
fabrica pelucas de pelo natural para niños con cáncer. Lo hizo bajo un
nombre falso, pero la fundación Litlle Princess Trust hizo
pública su identidad a través de su página web a principios de
2018. “Estamos muy agradecidos con todas las personas que amablemente
nos apoyan de esta manera.
Como la duquesa de Cambridge es tan conocida, esperamos que su gesto
conmueva y aumente la conciencia de otras personas.
Recibir una peluca
de cabello real y gratuita tiene un impacto muy positivo en un niño o
joven en un momento tan difícil”, aseguró Mónica Glass, gerente de la
fundación.
España es un país divertido y puedo asegurar que pocos países tienen
esa suerte. Parte de esa diversión sucede porque es un país en el que
continuamente pasan cosas, no todas igualmente divertidas pero que
animan bastante. Y a veces hay incluso personas serias que dicen cosas
divertidas como el exministro José Bono
y que he leído esta semana: “Unas personas se maquillan, otras se ponen
pendientes, pulseras… ¡Pues muy bien! Cada uno se pone lo que quiere:
yo me puse pelo”. Es genial. La bravura de Bono. Como es vecino mío en
Madrid, lo he visto varias veces curioseando en una selecta tienda de
ropa. Y en alguna ocasión en compañía de otro exministro, Eduardo Zaplana. Amigos pero distintos: Bono prefiere pelo y Zaplana, lo sé porque íbamos al mismo gimnasio, depilación.
Si
algo te falta, pues te lo pones. Resuelves un problema y pasas a lo
siguiente. Celebro ese tipo de actitud. Es cierto que el pelo nuevo es
más evidente que el perdido pero hay que asumirlo. El dinero nuevo
igual. Y no pasa nada. Ningún nuevo rico quiere dejar de ser adinerado,
pues lo mismo con los injertos. Y es una lección magnífica asumirlo con
humor peludo. Y al reconocer ese sentido como una parte esencial de
nuestro ADN, podemos sortear obstáculos y malestares.
Este lunes me encontré marchando junto a centenas de mujeres
defendiendo el día internacional contra la Violencia de Género al mismo
tiempo que me dirigía a la fiesta de los premios que da la revista Vanity Fair. Para muchos puede resultar contradictorio o frívolo combinar ambas
situaciones pero yo me lo tomé con la misma naturalidad que José Bono
luce su nueva melena. Me encantó poder estar en ambas. Me tomé casi el
mismo número de selfies en las dos, por distintas que fueran.
Tamara Falcó, ganadora de 'MasterChef Celebrity', en el hotel NH Eurobuilding de Madrid, el pasado jueves.David G. FolgueirasEn la marcha mucha gente me felicitó por mi buen hacer en MasterChef,
agregando que les hacía pasar momentos muy divertidos y que no tengo un
pelo de tonto. Yo intentaba explicarles mi punto de vista sobre el ser
español y divertido y tuve poco éxito. “Eso es porque no eres de aquí”,
insistieron. En la fiesta de Vanity Fair alguien me sugirió que
“solo en los círculos que te mueves, la gente es divertida. El resto es
más serio”. Pero mi interlocutor ya estaba obnubilado por el desfile de
personalidades en la convocatoria del Vanity Fair español. En menos de un pestañeo vi desfilar a Esther Doña, Agatha Ruiz de la Prada
e Isabel Preysler, cada una en su estilo y sin preocupaciones porque ya
no hay tendencias, lo que importa es la naturalidad y la emoción. Lo
interesante es que esto podía suponer un final para las alfombras rojas
y, todo lo contrario, las ha hecho más intensas. Y esa noche del Hombre
del Año me lo pasé bomba observándolo, tanto que me instalé al lado de
Susi Caramelo, sin acreditación de prensa ni nada y la vi entera. Antonio Banderas, el premiado,
es impecable. ¡No hay nada como Hollywood para enseñarte que lo
divertido es algo muy serio! Es edificante ver en acción todo ese
conocimiento, cómo mira al entrevistador, cómo se planta antes que
posar, la estela que deja su seguridad. Es tan fascinante que cuando lo
tuve de frente solo pude decir: “Gracias”. Y él, concentradísimo, me
preguntó por qué.
En la fiesta todo el mundo comentaba a Preysler lo bien que les caía su hija Tamara en MasterChef Celebrity. Como madre, respondió que estaban todos muy felices por este éxito,
aunque era un enigma cómo había conseguido ser tan querida. Aunque luego
aprovechó que compartía mesa con el ministro de Cultura José Guirao y
Eugenia Martínez de Irujo, ambas, sin pelos en la lengua, no dudaron en
preguntar si habría gobierno
El ministro en funciones pareció responder con un gesto enigmático que
resultó divertido y serio al mismo tiempo. Entendí que Preysler quisiera
desviar la atención hacia el gobierno para que no la acorralaran con
querer confirmar que su hija era la ganadora de MasterChef Celebrity. Todo el mundo sabe que el programa está grabado y también que existe
una claúsula de confidencialidad pero no se puede controlar la diversión
que genera reventar un secreto. Lo más divertido es cómo nada de eso
afecta el contundente dato de audiencia que cosechó la final del
programa. Se confirma que no hay nada más divertido que sufrir para
triunfar.
"El gusto
es mío’ está cruzado de experiencias asociadas a viajes, a gente que
quiero, a la vida…”, dice el cantante sobre su libro, en el que incluye
recetas de cocina.
Víctor Manuel, durante la presentación de su libro.Jesus BrionesGTRES
De niño la güela María le decía, en su lengua asturiana: “Este niñu ta muy ruin”. Y es que entonces Víctor Manuel
era “un niño de deshecho prácticamente, muy delgado, mal comedor; no me
gustaba nada”. Pasó el tiempo y la vida, el disfrute de la comida, lo
han hecho “demasiado gordín”, y aunque le gustaría estarlo menos, quiere
tanto la cocina que le ha dedicado un libro, El gusto es mío (Aguilar), en el que combina las recetas con el placer de comer con otros. Su tiempo (nació en 1947, en Mieres) está marcado por las canciones que le dedicó al abuelo fusilado en la guerra
y a la mina y al sabor de los primeros alimentos, y al miedo de
posguerra. “Nada se movía. Las familias estaban asustadas por lo que les
había tocado vivir…" ¿Y el hambre? “La sensación de hambre es cuando no
tienes nada. Si puedes comer de lo que hay entonces no tienes hambre…
Yo no he pasado hambre en mi vida. En mi familia se preocupaban de que
hubiera lo básico”.
Lo
básico eran “las sopas, los cocidos, las lentejas, la fabada, el
pote…”. Excepcionalmente había pollo, como aquellos con cuyo olor se
alimentaba Carpanta, “o unas almejas a la marinera, pero eso ya suponían
fiestas absolutas. ¡Desconocía que existiera el pulpo o el mejillón!...
En los días de fiesta, además, mi padre me llevaba a un bar para tomar
un vermú con aceituna. Yo volvía a casa un poco colocado, y allí nos
encontrábamos pollo al horno o patatas a la importancia… El pollo era un
lujo, pero es que mis padres se dedicaban a repartir pollos y huevos. Algo se iba quedando en casa y nos los comíamos. No nos machacábamos pensando en alimentos excepcionales o en comidas
irrealizables. Cuando tienes el estómago lleno y disfrutas de la comida
con tu familia no piensas en más. Eso viene más adelante”.
Y más adelante es lo que está en el recuento de memorias de recetas y
comidas con otros que constituye el libro. Son también historias
sentimentales que le pasan con la cocina como origen o pretexto. “Nunca
habría tenido la osadía de hacer un libro de recetas. Hay cocineros
fantásticos que las hacen. Las emociones que cuento ocurren en torno a
cosas más domésticas, que vienen de saber que cuando mi abuela cocinaba
estaba dando a la vez una lección de ética… Primero servía a todos los
animales de la casa, perros, gatos, los que hubiese, y después servía a
los demás. Esa secuencia me marcó para siempre”. Víctor Manuel y Ana Belén.Jesus BrionesGTRES
De niño la güela María le decía, en su lengua asturiana: “Este niñu ta muy ruin”. Y es que entonces Víctor Manuel
era “un niño de deshecho prácticamente, muy delgado, mal comedor; no me
gustaba nada”. Pasó el tiempo y la vida, el disfrute de la comida, lo
han hecho “demasiado gordín”, y aunque le gustaría estarlo menos, quiere
tanto la cocina que le ha dedicado un libro, El gusto es mío (Aguilar), en el que combina las recetas con el placer de comer con otros. Su tiempo (nació en 1947, en Mieres) está marcado por las canciones que le dedicó al abuelo fusilado en la guerra
y a la mina y al sabor de los primeros alimentos, y al miedo de
posguerra. “Nada se movía. Las familias estaban asustadas por lo que les
había tocado vivir…" ¿Y el hambre? “La sensación de hambre es cuando no
tienes nada. Si puedes comer de lo que hay entonces no tienes hambre…
Yo no he pasado hambre en mi vida. En mi familia se preocupaban de que
hubiera lo básico”.
Lo
básico eran “las sopas, los cocidos, las lentejas, la fabada, el
pote…”. Excepcionalmente había pollo, como aquellos con cuyo olor se
alimentaba Carpanta, “o unas almejas a la marinera, pero eso ya suponían
fiestas absolutas. ¡Desconocía que existiera el pulpo o el mejillón!...
En los días de fiesta, además, mi padre me llevaba a un bar para tomar
un vermú con aceituna. Yo volvía a casa un poco colocado, y allí nos
encontrábamos pollo al horno o patatas a la importancia… El pollo era un
lujo, pero es que mis padres se dedicaban a repartir pollos y huevos.
Algo se iba quedando en casa y nos los comíamos. No nos machacábamos
pensando en alimentos excepcionales o en comidas irrealizables. Cuando
tienes el estómago lleno y disfrutas de la comida con tu familia no
piensas en más. Eso viene más adelante”.
Y más adelante es lo que está en el recuento de memorias de recetas y
comidas con otros que constituye el libro. Son también historias
sentimentales que le pasan con la cocina como origen o pretexto. “Nunca
habría tenido la osadía de hacer un libro de recetas. Hay cocineros
fantásticos que las hacen. Las emociones que cuento ocurren en torno a
cosas más domésticas, que vienen de saber que cuando mi abuela cocinaba
estaba dando a la vez una lección de ética… Primero servía a todos los
animales de la casa, perros, gatos, los que hubiese, y después servía a
los demás. Esa secuencia me marcó para siempre”.
Víctor Manuel y Ana Belén.Jesus BrionesGTRES
El gusto es mío “está cruzado de experiencias culinarias
siempre asociadas a viajes, amigos, a gente que quiero, a la vida… ”
Llegó a Madrid muy joven e iba al mercado de Olavide, donde da inicio al
placer de cocinar. Ahora ya no iba al mercado a acompañar a su padre,
sino a buscar para comer. “Desconocía miles de alimentos, que entonces
viajaban con mucha más dificultad. ¡En Asturias había visto los pulpos
dibujados! Pero no tenía ni idea de a qué sabían, e igual me pasaba con
los mejillones… Fui viajando, descubriendo sabores nuevos de los que no
tenía idea hasta que tuve 18 o 20 años. En Canarias descubro el gofio,
en Valencia entiendo que la paella no era lo que comíamos como tal en
Asturias. En todas partes quise averiguar cómo estaban hechos los
platos”.
El cantante Víctor Manuel.Penguin Random House
Al descubrimiento del pulpo, por cierto, le dedica algunas de las
páginas del libro. Están experimentando para reproducirlo en cautividad.
“Me apena muchísimo que deje de existir como comida, porque me encanta.
Hay alimentos que ahora disfrutamos y se están acabando, como los
percebes… La primera vez que los percebes aparecen en la literatura es
en el siglo XIX, en una novela de Emilia Pardo Bazán.
Recomendaba que no se sacaran a la mesa los percebes grandes porque a
las jóvenes podrían suscitarles historias sexuales… Eso se está acabando. Estamos asistiendo a la extinción de muchas especies. Se acaban porque nos las hemos comido y ya está, no hay más”.
Lo rodeaba en la niñez en que era un niñu ruinín la mina y
la huerta, “y el cerdo, que en mi tierra tiene un monumento; un animal
que quitó mucha hambre y que se administraba como un tesoro, durante
mucho tiempo”. Luego vinieron otras cocinas. México es la reina de todas
las que ha descubierto desde que se fue al mercado de Olavide a buscar
alimentos para una chica que ya había en su casa, y que entonces y ahora se llama Ana Belén. Para ella sigue cocinando, y para cientos de amigos como los que aparecen en este libro. El gusto sigue siendo suyo.
Una de las obsesiones de Camilo Sesto
en vida fue esclarecer el asalto a su mansión de Torrelodones. Una
madrugada, tres hombres encapuchados embutidos en trajes de camuflaje lo
despertaron blandiendo cuchillos de caza. Los ladrones lo ataron con
cinta americana y amenazaron con cortarle un dedo si no revelaba dónde
escondía el dinero y los objetos de valor. El cantante vivía como un
asceta en un palacio en medio de la nada. Aquello fueron cuatro horas de
pesadilla para él. Cuando pensó que por fin se habían ido los intrusos,
se dirigió al cuarto de baño más cercano, pero los hombres volvieron a
aparecer con su actitud intimidante. A Camilo Sesto el corazón se le iba
a salir del pecho. Aquel episodio marcó sus últimos años de vida. Después del asalto reforzó la seguridad de la casa. Sus allegados le
recomendaron mudarse a un lugar más concurrido, pero él se negó. Creía
que era darle la razón a los que trataron de inocularle el virus del
miedo. Aunque cansado, solo y consciente de la losa que suponía el paso
del tiempo para una estrella como él, dedicó sus últimas fuerzas a
perseguir a quien sospechaba que era el cerebro de aquel robo en 2013. Como uno de los atracadores reveló después ante la Guardia Civil,
todo parecía haber sido planeado por un amigo y productor con el que
Sesto había trabajado en el pasado. Alguien que conocía sus rutinas de
hombre sencillo en mitad de un bosque, que sabía la ubicación de la
habitación perdida entre pasillos donde dormía y que hasta podía tener
copia del bombín de la puerta de entrada. El pasado 13 de noviembre, después de dos aplazamientos a los que
asistió el compositor, se celebró por fin el juicio contra este
productor al que la fiscalía pedía tres años y medio de cárcel por un
delito de violencia con intimidación en casa habitada. La acusación
particular no se pudo ejercer porque Camilo había muerto dos meses
antes. Su abogada presentó un escrito donde informaba de su muerte a los 72 años
—solo alguien que viviera en Marte no se habría enterado— y pedía
informar su único heredero, su hijo Camilo Blanes, para que continuara
con el proceso que tanto había instigado su padre. Blanes, de 37 años,
nunca respondió y años de investigación resultaron en balde. El juicio
quedó visto para sentencia solo con la actuación de la fiscalía. El
acusado, que defendía su inocencia, pidió su absolución. Queda por
conocer en breve el dictamen del juez. Ningún medio de comunicación
cubrió el juicio.
La preservación del legado de Camilo Sesto peligra.
Después de muchas
especulaciones, su hijo, fruto de una relación con una fan, Lourdes
Ornelas, quedó como heredero universal.
En el testamento, al que ha
tenido acceso este periódico, Sesto dispuso de tres puntos.
En el
primero legaba todos sus objetos y reconocimientos al museo que debe
levantarse en su nombre en Alcoy, su pueblo. En el segundo, declaraba heredero a su hijo, y en el tercero, designaba albacea a Cristóbal Hueto, un trabajador de confianza.
Exteriores de la casa de Camilo Sesto.KIMKORPA
Sin embargo, el museo no avanza. Alrededor de la herencia solo hay
parálisis. Las partes no se ponen de acuerdo sobre qué debe legarse al
museo. ¿Deben ir allí las zapatillas con las que actuó en el musical Jesucristo Superstar? La gente de su entorno dice que para localizar a Camilo hijo, que vivía
en México hasta la muerte de su padre, se necesita entre siete y diez
días (“es difícil de encontrar”). Su regreso a Madrid parece haberle
trastocado. Ornelas, en declaraciones a la revista Corazón, ha
contado que su hijo tiene “un problema”. “Está enfermo y necesita
ayuda”, ha declarado después de que el chico fuese visto desorientado
por las calles de Madrid hace unos días. Según la madre, llevaba tres
días desaparecido y volvió a casa sin tarjeta de crédito, teléfono ni
documentación. El descuido del joven a la hora de interesarse en el proceso penal que supuso mucho para su padre —que le ha dejado unos derechos que devengan unos 200.000 euros al trimestre
(solo una clínica dental ha pagado 30.000 euros por usar una canción en
un anuncio) y tres propiedades— es otra prueba más de un proceder
errático del heredero en la guarda y custodia del legado de un artista
universal. “Camilo luchó mucho por sentar en el banquillo al supuesto cerebro
del robo. Quiso saber la verdad. Quería justicia, de corazón”, expone la
abogada del cantante. “Era algo que le importaba. Se lo tomó como un
asunto personal. Duele que se desentiendan del caso”, se suma Hueto. Camilo Sesto no lo hubiera querido así.