Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

7 oct 2019

Las confesiones de Elton John: un cáncer y siete años sin hablarse con su madre

El cantante revela detalles de su pasado en su autobiografía 'Yo: Elton John', que sale a la venta el 15 de octubre.

 El cantante Elton John, durante su última gira. 

El cantante Elton John, durante su última gira.

 

Elton John se ha desnudado íntegramente en su libro autobiográfico Yo: Elton John, unas memorias que salen a la venta a partir del 15 de octubre. 
En ellas, el artista cuenta en primera persona algunas facetas de su vida y revela algunos detalles hasta ahora desconocidos por el público, como que padeció cáncer de próstata, los motivos por los que estuvo más de siete años sin hablarse con su madre o cómo la paternidad le cambió la vida.
El diario británico Daily Mail ha sido el encargado de recoger algunos de estos fragmentos días antes de la publicación del libro, donde el cantante, de 72 años, explica que su madre, Sheila Farebrother, siempre fue muy crítica con él tanto en su trabajo como en su vida personal. 
“Si hacía un nuevo álbum, era una basura; si compraba un cuadro, era muy feo; si tocaba en un concierto solidario, era la actuación más aburrida a la que había asistido que se salvó por la participación de otro artista”, cuenta.
 El artista señala que fueron dos ocasiones las que marcaron el distanciamiento con su madre: cuando dejó de trabajar con su asistente personal, Bob Halley, y cuando se casó con su pareja y padre de sus dos hijos, David Furnish, en 2014.
“Pasar tiempo con ella era como invitar a almorzar o de vacaciones a una bomba sin detonar: siempre estaba histérica, como cuando yo era niño. 
Para cuando nació Zachary [en 2010, el primero de sus dos hijos con David Furnish], ya no nos hablábamos en absoluto.
 Un periodista, en busca de la primicia, le preguntó a mi madre sobre cómo se sentía al no conocer a su primer nieto. 
Y ella dijo que no le molestaba porque nunca le habían gustado los niños”, recuerda. 

Elton John y Bob Halley, su asistente personal, habían trabajado juntos desde los años 70, pero en los últimos tiempos su relación se había vuelto tensa.
 El artista cuenta que el lujoso estilo de vida que llevaba Halley chocó con la nueva gerencia que había contratado el cantante, pues la nueva oficina que llevaba las cuentas y la administración supo rentabilizar mejor sus éxitos. 
“Después de una fuerte discusión, Bob se fue avisándome de que mi carrera sin él terminaría en seis meses. 
El único cambio en mi carrera después de que Bob renunciara fue que los gastos de la gira se redujeron notablemente”.
Farebrother nunca perdonó a su hijo que dejara escapar a su gran amigo. 
“Mamá estaba absolutamente furiosa cuando se enteró de que Bob se había ido: se llevaban muy bien.
 Ella no quiso escuchar mi versión y me dijo que Bob siempre había sido más un hijo para ella que yo mismo. Y fue entonces cuando me dijo: ‘Te importa más esa maldita cosa con la que te casaste que tu propia madre”.
 “No volvimos a hablar durante los siguientes siete años".
Pese a que no se dirigían la palabra, Elton John no dejó de preocuparse por su madre y se aseguró de que no nunca le faltara nada. 
 “Me aseguré de que la cuidaran económicamente. Cuando quiso mudarse a Worthing, le compré una casa nueva. 
Pagué por todo; me aseguré de que tuviera la mejor atención cuando tuvo que operarse de la cadera… Subastó los regalos que yo le había hecho, sus joyas…todo para fastidiarme a mí…
Fue triste pero yo ya no la quería en mi vida”, recuerda el artista.
Elton John y su madre Sheila Farebrother, en 2002.  
Elton John y su madre Sheila Farebrother, en 2002.
Pese a todos esos años de desprecio y dolor, en cuanto el artista se enteró de que su madre estaba enferma no dudó en volver a ponerse en contacto con ella. 
“La invité a almorzar. Entró en Woodside y lo primero que dijo fue: ‘Había olvidado lo pequeño que es este lugar”. 
Él no quiso entrar al trapo y, pese a que su madre volvió a rechazar ver a sus hijos en esa ocasión, Elton John insistió en querer demostrarle que después de todo lo que habían pasado la seguía queriendo.
 “Yo también te quiero, pero no me gustas en absoluto”, recibió como respuesta por parte de su madre. 
Una frase que, en cierto modo, sirvió para cerrar ese largo capítulo de su vida y, de alguna manera, limar asperezas.

Por ello, unos meses después, cuando el cantante se enteró de la muerte de su madre en diciembre de 2017, entró en shock
 “Estaba increíblemente molesto.
 La había visto la semana anterior y sabía que tenía una enfermedad terminal, pero no la vi tan mal.
 Ella nunca fue una madre cariñosa pero, más allá de la mala racha entre nosotros, hubo momentos en los que me apoyó y en los que fuimos felices”.

Elton John con su marido David Furnish y sus dos hijos Zachary y Elijah, este verano. 
Elton John con su marido David Furnish y sus dos hijos Zachary y Elijah, este verano.
En sus memorias, Elton John revela que el mismo año de la muerte de su madre, él también había estado a punto de morir debido a un cáncer de próstata que descubrió después de un rutinario chequeo médico.
 John explica en su libro que tomó la decisión de no someterse a quimioterapia y que prefirió una complicada cirugía para extirparse la próstata porque prefería "cortar por lo sano" que enfrentarse a "docenas de visitas al hospital", lo que hubiera interferido más en sus planes profesionales y conciertos que ya tenía programados. Aunque la intervención fue un éxito, el cantante contrajo una infección que acarreó serios problemas.
"Fui muy afortunado, aunque en ese momento no me di cuenta", dice. "Estuve despierto toda la noche, preguntándome si iba a morir", recuerda el cantante. 
"En el hospital, solo, a altas horas de la noche, recé: 'Dios, no me dejes morir, déjame ver a mis hijos otra vez, dame un poco más de tiempo".
El artista cuenta que su estado era tan grave que desde el hospital avisaron a su marido de lo peor.
 “Los médicos le dijeron a David que me quedaban 24 horas de vida. Si la gira por Sudamérica hubiera durado un día más, estaría fiambre", añadió.
 Tras 11 días en el hospital, recibió el alta y pasó otras siete semanas recuperándose en casa.

Unos problemas de salud que hicieron que el cantante se replanteara su vida y tomara la decisión de retirarse para dedicarse por completo a su familia: a su marido, David Furnish, y sus dos hijos, Zachary, de nueve años, y Elijah de seis. Por ello, y por ellos, desde el año pasado y hasta 2020 Elton John se
 encuentra sumergido en su gira de despedida Farewell Yellow Brick Road, que empezó en septiembre de 2018 y termina en 2020 con más de 350 conciertos en los cinco continentes en los que la estrella del pop repasa sus grandes éxitos tras más de medio siglo de carrera musical.
Elton John también dedica parte de sus memorias al momento en que descubrió que quería ser padre.
 El intérprete de Your Song cuenta que era su marido quien más ganas tenía de formar una familia y él siempre rehuía el tema: "Cada vez que David mencionaba la idea de formar una familia, le presentaba una lista de objeciones porque yo no quería hijos. 
Era muy viejo, demasiado establecido en mis caminos. 
Demasiado ausente y siempre fuera, de gira [...] En realidad, mi propia infancia fue la raíz de cada una de mis objeciones".
Fue una visita a un orfanato en Ucrania lo que le hizo cambiar radicalmente de opinión:
 "Sentí una conexión inmediata con un niño al que intentamos adoptar David y yo junto a su hermano, sin éxito, pero mis sentimientos paternos ya no se fueron. 
Ahora quería hijos tanto como quería David". Y cumplió otro de sus sueños y lo hizo por partida doble: Zachary nació el día de Navidad de 2010 y su hermano Elijah en enero de 2013, ambos por el mismo vientre de alquiler.





“La distancia entre el campeón del mundo de ajedrez y las máquinas es mayor que entre Usain Bolt y un Ferrari”

Gari Kasparov participa en un encuentro en Milán organizado por 'La Repubblica' y otros diarios europeos, entre ellos EL PAIS.

 
 

El ex campeón mundial de ajedrez, Gari Kasparov, durante su intervención en la primera edición de Onlife en Milán
El ex campeón mundial de ajedrez, Gari Kasparov, durante su intervención en la primera edición de Onlife en Milán
Al ex campeón mundial de ajedrez Gari Kasparov aún le escuece: "No fue la primera partida que perdí contra una máquina. Fue la primera partida que perdí", dice. En 1997 Deep Blue, de IBM, ganó al vigente campeón de ajedrez, que llevaba 12 años imbatido. "Las primeras semanas fueron muy duras", dice.
 "Fui el primer trabajador intelectual derrotado dolorosamente por una máquina delante de todo el mundo".
 Kasparov admite que perdió no por la brillantez de Deep Blue, sino por su consistencia
. Cometió menos errores. Kasparov pidió una tercera competición –en la primera en 1996 había ganado el humano–, pero IBM se negó: 
"Fue una sabia decisión estratégica", dice Kasparov.

Por suerte para Kasparov, no fue un caso único. Aquella distancia no ha hecho más que crecer: 
"La distancia entre el campeón actual de ajedrez, Magnus Carlsen, y las máquinas es mayor que entre Usain Bolt y un Ferrari".

Kasparov se ha convertido hoy en un evangelista del futuro de la inteligencia artifical y de la colaboración entre hombre y máquina. Esta lección sobre la bondad del futuro se ha dado en la primera edición de Onlife, un encuentro organizado en Milán por el diario La Repubblica con la colaboración de Lena, una asociación de periódicos europeos a la que pertenece EL PAÍS.  
Onlife es un neologismo inventado por el filósofo italiano Luciano Floridi que significa ese espacio donde "no hay una diferencia real entre estar online y offline, y que es una gran zona híbrida, rebautizada como onlife", según Carlo Verdelli, director de La Repubblica.

Nos quejamos porque estamos vivos

"La tecnología es la razón principal por la que estamos vivos para quejarnos de la tecnología", ha bromeado Kasparov.
 Su optimismo le ha llevado a comparar el valor de la inteligencia artificial con el de Steve Jobs, fundador de Apple, de cuya muerte se cumplieron ocho años el 5 de octubre:
 "Las máquinas pueden personalizarte y darte lo que no sabes que quieres, pero no saben darte lo que aún no existe, como hizo Jobs".
Otros ponentes han sido más cautos.
 Uno de los pioneros de internet, Kleinrock, ha admitido que la evolución del medio ha sido irregular. En los primeros años era difícil imaginar este declive hacia una red donde el spam, el ransomware, los ataques y la falta de privacidad tuvieran un peso tan grande: 
"En los primeros 20 años nadie monetizó la red y nadie se portaba mal", ha explicado. 
Les fue más difícil prever el declive.
El objetivo logrado del encuentro ha sido comprobar cómo la mutación que vive la sociedad desde hace escasas tres décadas es varias cosas a la vez: una amenaza, una esperanza y un lío.
 Todas son válidas.
 Unos prefieren centrarse en lo que se pierde, otros en lo que se gana y otros aún en la complejidad. 
"Es una bendición a medias", ha dicho Kleinrock, con el conocimiento grave de alguien que lleva 50 años en primera línea. Quizá por eso practica un sabio desapasionamiento:
 "Es un nuevo mundo. ¿Queréis entenderlo?
 Preguntad a vuestros hijos".

La alcaldesa Colau explicó la labor de Barcelona durante su primer mandato contra "la gentrificación bestial" provocada por la plataforma Airbnb. "La primera vez que hablamos con ellos nos dijeron que no podíamos hacer nada en contra de ellos, pero luego aprendimos", ha dicho.
Durante el día y medio que ha durado Onlife pasaron más de 4.000 personas por el Teatro Parenti y el Politécnico de Milán a ver charlas sobre un futuro que cada vez más ya está aquí: "Es un futuro ya presente", según Verdelli. Las charlas analizaron los retos de una época en la que la promesa de una tecnología liberadora se ha convertido en una realidad ambigua. Junto a Kásparov, han intervenido entre otros la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, y el alcalde de Milán, Giuseppe Sala; el creador de la app Waze que ayuda a evitar atascos, Uri Levine; los escritores Alessandro Baricco y Roberto Saviano; el matemático que mandó el primer paquete de datos por internet, Leonard Kleinrock, o la autora del libro germinal La era del capitalismo de la vigilancia, Soshana Zuboff.

 

A Lady Di le preocupaba tener los pechos pequeños (y otras historias secretas del gran pope de las revistas de moda)

El legendario editor Nicolas Coleridge se despide de los años gloriosos de Condé Nast revelando algunos secretos de sumario de la alta sociedad británica. 

A Lady Di le preocupaba tener los pechos pequeños (y otras historias secretas del gran pope de las revistas de moda)
Nicolas Coleridge en su despacho de Vogue House. 

Cuando solo tenía dieciséis años y estaba convaleciente en casa de su madre por una lesión de espalda, Nicholas Colerige buscaba en los revisteros del salón algo que le sacase de su aburrimiento: encontró la revista de ecos de alta sociedad Harpers & Queen. “Aquellas horas de lectura cambiaron mi vida”, cuenta en sus memorias, The Glossy Years, que ahora lanza Penguin Books (y que todavía no se ha publicado en España).
 “El brillo del papel satinado, la fragancia de las tiras de perfume pegadas en las páginas de publicidad, el morbo de las vidas sofisticadas de las que allí se hablaba me atraparon”.
 Supo inmediatamente que él quería trabajar en esa industria.

Se puso manos a la obra: mandó a la publicación una columna escrita a mano titulada “Cómo sobrevivir a las fiestas adolescentes”. 

Una década después era el director de la revista. También es cierto que su posición social no jugaba en su contra a la hora de hacerse sitio en ese mundillo: su padre, descendiente del poeta Samuel Taylor Coleridge, era el presidente de la uberlondinense aseguradora Lloyd’s y él estudiaba en esa fábrica de prohombres llamada Eton, donde también se formaron todos sus hermanos.

El presidente de Conde Nast Britain (antes también de Condé Nast Internacional) es una leyenda del mundo editorial: forma parte de esa élite del periodismo de estilo de vida que en las décadas finales del siglo XX podían gastar ingentes cantidades ingentes de dinero en crear páginas prodigiosas, en las que la moda, la belleza, el lujo y las vidas extraordinarias se convertían en altas expresiones artísticas.
Ahora que el mundo de las revistas atraviesa una profunda crisis, Nicholas Coleridge se retira (aunque seguirá formando parte del comité directivo del museo Victoria and Albert, del Patronato de las artes Gilbert y del consorcio de la pura lana virgen del Príncipe de Gales). 
 Pero antes de hacerlo quiere hacer recuento ante el mundo de las cosas extraordinarias que ha vivido, desde sus comienzos en Tatler al lado de Tina Brown (también mítica artífice de los años gloriosos de Vanity Fair) hasta sus años de frenesí e intrigas en Vogue House, donde se encargó del lanzamiento de títulos tan incontestables como GQ, Glamour o Love.
 Y donde vivió momentos extraordinarios, como aquella vez que el perro más pijo de toda Inglaterra murió aplastado por la puerta giratoria del edificio; ese día que un editor de GQ apareció muerto en un país de Europa del Este tras una orgía bien aderezada con whisky y drogas; aquella ocasión en que un periodista de Tatler amenazó con tirarse por la ventana si le quitaban su puesto; o esa vez que la excéntrica (que es como llaman los británicos a los locos influyentes) directora de moda Isabella Blow tomó un taxi de Londres a Liverpool para ir a una sesión de fotos porque no sabía que se podía ir en tren. 

Pese a la posición ejecutiva que ha ocupado en los últimos años, Coleridge sigue siendo un afiladísimo analista de los usos y costumbres de la jet-set en general y de la aristocracia británica en particular.
 Y es esa voz que disecciona con precisión de cirujano los mecanismos de la vanidad es la que usa en su libro para recordar, por ejemplo, aquel almuerzo con Lady Di en el que ella estaba preocupada por unas fotos publicadas por el Daily Mirror en las que salía haciendo topless durante unas vacaciones en un hotel en España. 
El príncipe Guillermo, que entonces estudiaba en Eton (ese ambiente que Coleridge conocía tan bien) la había llamado disgustado.
 Coleridge cuenta que Lady Diana le dijo:

“Los demás chavales se están burlando de él, diciéndole que mis tetas son muy pequeñas”

 La princesa estaba contrariada también y, en confianza, le preguntó: “Nicholas, se franco, por favor. Quiero saber tu punto de vista. ¿Crees que mis pechos son demasiado pequeños?”. 

No es la única indiscreción que contiene el volumen: también narra el acuerdo de 100 millones de libras al que llegó con Mohamed Al-Fayed en el club Bath & Racquets para que retirara una demanda contra Vanity Fair o desliza que John Travolta (amigo íntimo de Diana) viaja siempre con un asistente que se ocupa específicamente de su pelo.

Aunque el libro esté impregnado de la malicia, el sentido de la diversión y el saber vivir que es necesario para triunfar -y disfrutar- en el mundo de las revistas de alta gama,
 Coleridge también trasciende los meros cotilleos y habla del funcionamiento de la industria: analiza la feroz rivalidad entre editoriales, dice que una buena portada puede significar un aumento de las ventas en quiscos de hasta le veinte por ciento y hace un análisis de cifras de circulación. 
En las entrevistas que ha concedido con motivo del lanzamiento de sus memorias es realista: sabe que el futuro del papel es incierto, pero está convencido de que no ha muerto aún. 
Y si le preguntan por el rol de los influencers (como hicieron en The Independent) es enormemente crítico: 
“Los grandes periodistas de moda tienen un conocimiento profundo de la industria y pueden hacer valoraciones útiles y con entidad. Los influencers tienen muchos seguidores y los invitan a los shows, donde les fotografías con un bolso nuevo maravilloso que les ha regalado una marca. 
Pero yo no llamo a eso periodismo”.
Entra dentro de lo previsible que este caballero de Eton acostumbrado a cerrar tratos con supermodelos y estrellas en los restaurantes más sofisticados de Mayfair no apruebe la llegada de la plebe a los front rows
 El mundo en el que él triunfó se regía con unos valores muy diferentes.
 Él es el último mohicano de un universo que se desvanece.

6 oct 2019

Alejandro Sanz presume de su nueva novia, Rachel Valdés

El cantante y la artista cubana han sido fotografiados en una playa de San Diego con la hija mayor del artista.

 Hace solo tres meses que Alejandro Sanz anunció al mundo que se separaba de Raquel Perera tras una década de relación y dos hijos en común, Dylan y Alma.

 Ahora, el cantante ya presume de nueva novia.

 Tras semanas de noticias que hablaban de la presencia de Rachel Valdés, una artista cubana, en la vida de Sanz, la revista ¡Hola! publica este miércoles un reportaje en el que se ve a la pareja en actitud cariñosa por una playa de San Diego acompañados de Manuela, la hija mayor de Alejandro Sanz. 

La nueva pareja del músico le acompaña en la gira que está realizando por Estados Unidos tras finalizar la que realizó este verano por España.

Todo indica que los problemas de Alejandro Sanz y Raquel Perera son de hace tiempo.

 El cantante comunicó su separación a través de sus redes sociales: "Somos una familia y siempre lo seremos. Decidimos amarnos para siempre y así será.

 Lo eterno tiene la complejidad y la ventaja de transformar las maneras de amarse en otras direcciones, sin destruir el cariño, la lealtad y la responsabilidad conjunta sobre nuestros hijos. Nuestra familia está por encima de cualquier cosa... es diversa y bella, como la vida y así permanecerá.

 El mundo cambia, nosotros también, siempre amorosamente. Gracias por respetarlo". 

Raquel Pereda y Alejandro Sanz comenzaron su relación en 2007, dos años después de que el cantante se separara de Jaydy Michel con quien se había casado en Indonesia en 1999. 

Al principio mantuvieron su relación fuera del foco de los medios y en enero de 2011 anunciaron que esperaban su primer hijo, Dylan, que nació el 12 de julio de ese año. 

Con la misma discreción, y por sorpresa, la pareja contrajo matrimonio el 26 de mayo de 2012 en la finca que el cantante tiene en la localidad cacereña de Jarandilla de la Vera.

 Un enlace que ni siquiera conocían los familiares y amigos a los que congregaron allí ese día y que pensaban que solo asistían al bautizo de Dylan, que se celebró al mismo tiempo que su matrimonio.

El 24 de julio de 2014 llegaba al mundo su segundo hija, Alma. 
El cantante tiene además un cuarto hijo, Alexander, de una relación extramatrimonial y a quien Sanz dio a conocer a través de un comunicado en diciembre de 2006.
 En dicho comunicado el músico afirmaba que su hijo tenía entonces tres años y explicaba que si no había informado antes de su existencia había sido por "expreso deseo de la madre, una mujer totalmente ajena a la vida pública".
Rachel Valdés, de 30 años, es una artista de origen cubano que se graduó en la Academia Nacional de Bellas Artes San Alejandro de La Habana en 2010 y en el Vermot Studio Center.
 Esta última es una selectiva organización sin fines de lucro situada en Johnson, ciudad del Estado de Vermont, que organiza programas de residencia en Bellas Artes y Escritura y está considerado como una de las más grandes de Estados Unidos en este tipo de disciplinas. 
Valdés mantiene un estudio en el barrio de El Vedado en La Habana, pero también reparte su trabajo entre Estados Unidos y Barcelona, ciudad a la que viaja periódicamente ya que es allí donde vive su hijo Max, de cinco años, fruto de su matrimonio con un catalán algunos años mayor que ella de quien está divorciada.
Fueron amigos comunes quienes los presentaron.
Alejandro Sanz se mueve mucho entre artistas y cada vez más fomenta su afición por la pintura. 
El cantante confesó en 2018 a la Agencia Efe que en un momento dado tuvo que elegir entre la pintura y la música, y eligió lo segundo. 
 Pero el gusanillo quedó ahí y en mayo de 2018 retomó su afición a lo grande presentando en Nueva York su primera exposición, Smile, en colaboración con el artista mallorquín Domingo Zapata. 
Una treintena de cuadros con los que Sanz encontró otra vía para dar salida a sus emociones. 
“Solo fabrico caminos para que el arte que nace en mí camine hacia su hogar”, escribió entonces en sus redes sociales.