Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

10 ago 2019

¿Por qué justo anoche quise leerlo?

No lo sé conocí a Cataño siendo muy jóvenes entonces casi todos, era muy amigo de Carlos Pinto que a la vez lo era mio.
No es ni la 1ª vez que pensando en una persona en la hace tiempo no veo ni leo a la mañana siguiente me entero que se ha muerto. Son Casualidades , siempre me lo dicen, casaluadidades pero son avisos sin pensalo en el momento de que se han muerto.
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Adios Cataño

Domingo, 21 de julio de 2019

Sus ojos serán bonitos, me parece, porque son pequeños y están hundidos. Las capas de lápiz y brocha negros no lo remedia.
Negra era
 la falda, que mostraba unos muslos tan generosos como insultantes para el calor de julio.
 Por eso, sin embargo, llevaba los pies zambullidos en unas zapatillas abiertas, de plataforma, blancas, creo recordar. 
Rojo madreperla, sin duda, era el color de sus labios y el de sus uñas, así como también era negro en el fleco y en el pelo, que se adivinaba teñido y débil.
Hablaba con voz muy baja y así también se excusó cuando, de las filas traseras, se elevó un vocerío denunciando que no se oía lo que decía. Tampoco es que dijera mucho. 
Quizá por el calor que reinaba en la sala, plena de ayes y abanicos.
Echando una ojeada a su poesía lo entiendo todo.
 Como golpes de puño en la hoja, sin reverberación.
 Sin gracia
. Ha visto que existen las palabras, como el rojo madreperla y el azabache, y las ha dejado caer, así como arroja hacia el frente la mirada sin pestañeo de sus ojos pequeños y atrasados.

Las letras canarias pierden al poeta, narrador y ensayista José Carlos Cataño

José Carlos Cataño, en una imagen de 2017 en Espacio
El poeta, narrador y ensayista canario José Carlos Cataño (La Laguna, 1954 -Barcelona, 2019) siempre destacó por su efectiva difusión de la cultura canaria en el exterior, tanto a través de su obra poética como de las exposiciones, talleres y otras iniciativa que impulsó en Cataluña, Italia y Canarias, con el apoyo de la Generalitat de Cataluña y la Fundación La Caixa.
El escritor, que falleció ayer en Barcelona a los 64 años, comenzó sus estudios en la Escuela Superior de Bellas Artes de Santa Cruz de Tenerife, aunque se licenció en Filología Románica en la Universidad de Barcelona, también desarrolló una gran labor ensayística en torno al arte y la poesía que recopiló en su libro Aurora y Exilio, en el que volcó sus textos escritos entre los años 1980 y 2006.
Cuando presentó aquel volumen confesó que era la huella de una escritura poética que no dejó de merodear en torno a la figura interiorizada de la insularidad.
 Aquellos "ejercicios de exilio", como calificó el propio Cataño, fueron recuperados en aquella obra que algunos definieron como la segunda entrega de Escritos (1994).
 Cataño, que vivió algunos periodos Marruecos, Israel y Martinica hasta que regresó a Barcelona en 1977, colaboró de forma habitual con diversas publicaciones internacionales Atlántica Internacional de las Artes, Clarín, Gaceta del FCE, Ínsula y Letras Libres.

Académico honorario


El poeta lagunero, que fue nombrado en 2009 académico honorario de la Academia Canaria de La Lengua, también escribió alguna novela, como El exterminio de la luz, con la que obtuvo en 1974 el Premio de Edición Benito Pérez Armas de Novela.
Ofreció un discurso que tituló La rosa sumergida en el que intentó, "establecer una cartografía espiritual y geográfica de La laguna, mi ciudad de nacimiento.
 A través de la rosa de los vientos trazaré un recorrido por mi infancia y mi juventud.
Mis inicios en la literatura están cartografiados por una serie de puntos de La Laguna.
 Juego con el término de la rosa sumergida, que estando sumergida en mi vida sale otra vez a flote precisamente hoy con mi ingreso en la Real Academia de La Lengua".
Su producción literaria cuenta con títulos como J ules Rock (1973), Disparos en el paraíso (1982), Muerte sin ahí (1986), El cónsul del mar del Norte (1990), A las islas vacías (1997), En tregua (2001), El amor lejano y Desdende (2007).
También hay que señalar su Obra poética (1975-2007), editada por Pretextos, en el que se destaca su fuerza poética, que se "imprime mediante una natividad que es un frotamiento de la lengua en el agua.
De modo que escribir no será plegarse a la ley de un territorio, sino turbarse en el estallido del volcán.
A partir de allí, Cataño trama una poética del archipiélago, a partir de su propia biografía de escritor canario de expresión castellana. Una historia de postergación y colonización sensible al desvío, a su fragilidad, una historia que reagrupa lo aislado limando el espesor continental".
También hay que señalar La vida figurada (2008-2009), publicada por la editorial Renacimiento en 2017, Los que cruzan el mar, con Pre-Textos, El cónsul del mar del Norte (1990), con el que fue finalista del Premio Nacional de Poesía de 1991 y Lugares que fueron tu nombre (2008), entre otros títulos.
Este poeta, narrador y ensayista también fue un buen dibujante, algunas de cuyas obras ilustran sus poesías y otros escritos en los que late el irrenunciable origen canario que defendió.

José Carlos Cataño: el imposible exterminio de una luz.....juan cruz ruiz

Era un escritor sin cesar, y era un poeta hasta cuando no escribía nada.

Dos grandes amigos de entonces venían a despertarme por las mañana al Barrio Nuevo de La Laguna, donde yo vivía en una casa terrera.
Venían a la hora de las antiguas lecheras, tocaban a la puerta con la confianza de encontrar adentro a alguien y cuando ya les abría lo que traían no era leche sino poesía.
Aquellos dos jóvenes heridos por la poesía y marcados por la alegría y la broma que anima a todos, a esas edades, a sentirnos inmortales, eran Andrés Doreste Zamora y José Carlos Cataño. Ellos consideraban que, porque yo trabaja ya, estaban despertando de un sueño demasiado largo a un burgués perezoso.
Yo les aguantaba de nueva gana esas bromas porque, a cambio, me regalaban imaginación y esa alegría de camaradas que entonces parecía gratis y eternamente duradera.
Ahora ha muerto, exactamente como del rayo, como aquel amigo de Miguel Hernández, el más joven de aquellos dos poetas de mis amaneceres. José Carlos Cataño, nacido en La Laguna en 1954, trasterrado, de buena gana, a Barcelona veintitrés años más tarde, murió en la madrugada de este viernes en su casa de allí.
 Primero parecía que estaba afectado por algo pasajero, y luego se le representó, como si matara su luz, el espectro voraz de un infarto.
 Deja a su mujer, Carmina, y a Vera, su hija, desconsoladas. Y deja en las estanterías muchos libros, el último de los cuales es una recopilación que Pre-Textos hizo de su poesía.
 En el telar cibernético, me dice su hija, había otros libros recién acabados.
 Era un escritor sin cesar, y era un poeta hasta cuando no escribía nada.

Ahora ha muerto, exactamente como del rayo, como aquel amigo de Miguel Hernández, el más joven de aquellos dos poetas de mis amaneceres. José Carlos Cataño, nacido en La Laguna en 1954, trasterrado, de buena gana, a Barcelona veintitrés años más tarde, murió en la madrugada de este viernes en su casa de allí. Primero parecía que estaba afectado por algo pasajero, y luego se le representó, como si matara su luz, el espectro voraz de un infarto. Deja a su mujer, Carmina, y a Vera, su hija, desconsoladas. Y deja en las estanterías muchos libros, el último de los cuales es una recopilación que Pre-Textos hizo de su poesía. En el telar cibernético, me dice su hija, había otros libros recién acabados. Era un escritor sin cesar, y era un poeta hasta cuando no escribía nada.
A aquella pareja Doreste-Cataño siguieron, para Cataño, otros dúos que estaban benéficamente heridos por la pasión poética. Con Carlos Eduardo Pinto escribió, con el seudónimo conjunto Pórfido Santos John, una novela que fue célebre y que quedó segunda en el mismo premio que entonces (1974) ganó Félix Francisco Casanova, un genio que desgraciadamente se fue de este mundo poco después de ese éxito, a los diecinueve años. Tanto la novela de Félix Francisco (El don de Vorace) como la de Pórfido Santos John fueron publicadas por el más benéfico de los editores (y poetas) canarios, Manuel Padorno, con su mujer, Josefina, en Taller de Ediciones JB.

Ese libro que escribieron Cataño y Pinto como pianistas bien conjuntados fue el inicio de la doble militancia de ambos en la narrativa y la poesía.
 Ya solo en la vida literaria, convertido en un escritor obsesivamente dedicado a defender con uñas y dientes la intimidad de la vida como la afirmación poética de la existencia, Cataño se hizo un diarista formidable, de carácter unamuniano, que escribía contra esto y aquello, con esperanza o sin ella, pero siempre con convencimiento.
 Esa autobiografía que constituyen sus diarios conocieron
En los que cruzan el mar (Pre-textos 2004) un caleidoscopio de resplandores, de vivos y de oscuros resplandores, porque él fue un poeta, un narrador, un ciudadano disconforme que abordaba la vida como si ésta fuera un risco irremediablemente resbaladizo.
Ahí, en ese libro, en su poesía, sobre todo en su poesía, Cataño se mostró siempre de cuerpo entero, nunca delegó su personalidad para ponerla a resguardo de la intemperie. Conoció el dolor e incluso la proximidad terrible de la muerte (una vez, en Taganana, donde un accidente al borde del mar pudo haberlo dejado ya sin el resplandor que luego siguió siendo su vida), pero no perdió ni en esos momentos, ni en las de la franca alegría, la elegancia.
Esa elegancia recordaba la de los años de esplendor de Luis Feria, su bigote recortado, sus zapatos de antigua moda y de muy elegante rescate, sus chaquetas de estilo inglés, sus gafas como de ave proustiana echada a volar en La Laguna o en Las Canteras o en el Café Gijón de Madrid.

Su generación, a la que pertenezco aunque él, y otros citados aquí, son muchísimo más jóvenes, estuvo transida por la luz del surrealismo que atravesó de cabo a rabo la identidad de la literatura canaria de aquellos años en que Andrés y José Carlos me despertaban con versos y narraciones de Julio Cortázar o de Rimbaud.
Recibí temprano, ante esta máquina de escribir, en un garaje del sur de Tenerife, la terrible noticia de su muerte.
En un garaje así recibí en enero de 1976 la noticia de la muerte de Félix Francisco Casanova.  
El azar movió aquel tiempo, y aquel tiempo no se acaba aunque el destino se empeñe en exterminar su luz.