Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

12 jun 2019

Joan Crawford, ¿madre monstruosa o víctima de una hija cruel?

Aparece en España 'Queridísima mamá', las memorias de la hija de la estrella en las que desgrana los maltratos y las humillaciones recibidas.

 




Joan Crawford y su hija Christina, en julio de 1947 en su casa.
Joan Crawford y su hija Christina, en julio de 1947 en su casa. Keystone / Getty Images
El 10 de mayo de 1977, a las diez de la mañana en Nueva York, falleció Joan Crawford. 
 "La superestrella ha muerto. Ahora se abrirá la puerta y todos los fans desfilarán agitando sus promesas de lealtad firmadas con un 'Dios te bendiga, Joan'. 
Lloré, pero no de tristeza, sino de cólera". 
Este es uno de los párrafos iniciales de Queridísima mamá, las memorias de Christina Crawford, la hija mayor de la protagonista de Johnny Guitar, un libro rebosante de amargura, dolor, venganza y miserias que se editó por primera vez en 1978 y fue adaptado en 1981 al cine con el título homónimo en una vergonzosa película protagonizada por Faye Dunaway.
  En España las memorias nunca habían visto la luz hasta ahora, que las publica Notorious Ediciones traduciendo la versión de 2017.
 Desde que murió su madre, Christina Crawford ha sacado partido de su volumen: en el vigésimo aniversario de la edición escribió cien páginas más y eliminó otras cincuenta del libro original.
 En 2017 añadió fotos de su álbum y un prólogo en el que asegura: "La violencia familiar es generacional, un comportamiento aprendido. [...] Solo la voluntad bien informada de las personas puede revertir realmente dicho comportamiento. Esa es la razón principal por la que he mantenido a Queridísima mamá en constante publicación durante cuarenta años".
Si en su momento el libro levantó una polvareda tremenda, con los años las respuestas familiares y la serie Feud, que ahondaba en su tormentosa relación con Bette Davis, han resucitado para varias generaciones el nombre de Joan Crawford, estrella que trabajó sin parar de 1925 a 1970, y que en sus últimos años se convirtió en la mejor publicista de Pepsi-Cola, al casarse —fue su tercer marido— con Alfred Steele, el presidente del consejo de administración de la marca de refrescos. 
Crawford adoptó cuatro hijos a lo largo de su vida (hubo un quinto que fue reclamado por su madre y por tanto devuelto): 
Christina, Christopher, y las gemelas Cindy y Cathy.
 En su testamento Crawford desheredó a los dos mayores: a Christopher no lo veía desde que él cumplió 15 años y algunos amigos aseguraban que Christina ya había empezado a escribir sus memorias en vida de Joan, y que esta, tras leer algunas páginas, decidió eliminarla de la herencia.

Joan Crawford, en un fotograma de 'Amor en venta'.
Joan Crawford, en un fotograma de 'Amor en venta'.
Christina no se llamó siempre así
. Al inicio de su vida como niña adoptada recibió el nombre de Joan Crawford jr. 
Su madre se dio cuenta pronto del peso del nombre y se lo cambió por Christina.
 Al año de vida del bebé, en 1940, madre e hija cruzaron de costa a costa Estados Unidos para pasar varias semanas en Miami.
 Cuatro décadas más tarde, Christina descubrió que su progenitora "tenía conexiones con el hampa desde su adolescencia", y que así conoció a una leyenda de la mafia judía, Meyer Lansky, que facilitó la adopción de Christina en el Estado de Nevada, ya que en California existían leyes que no permitían que mujeres solteras adoptaran niños.
La autora habla de años de maltrato psicológico y golpes con objetos, encadena episodio tras episodio de broncas por rehusar comer algún alimento (durante una semana se niega a acabar un filete, y desayuno, comida y cena la carne sale del frigorífico para que el servicio la ponga en la mesa ante Christina) 
y redacta los recuerdos de sus legendarios cumpleaños, cuando Joan Crawford montaba en su casa "auténticos espectáculos circenses" a los que acudían los hijos de las estrellas y los prebostes de Hollywood.
 En las fotos de aquellas jornadas aparecían retratados "niños pequeños sin asomo de sonrisas en sus caras", críos a los que Christina, además, no conocía.


Queridísima mamá es una lista desenfrenada de quejas y desdichas en 450 páginas en los que la califica hasta de ninfómana.
 A Crawford le obsesionaba la limpieza, y Christina encadena historias sobre aquellos momentos volcánicos en los que la actriz dejaba salir "su frustración, ansiedad o completa locura, que le hacían reunir a toda criatura capaz que tuviera a mano para obligarla a prestar servicio".
 La autora también subraya que no solo ella sufrió aquellos desmanes.
 La estrella, nacida como Lucille Fay LeSueur en San Antonio (Texas), creció junto a su madre y su hermano Hal, luchando por salir adelante con muy poco dinero.
 Décadas después Crawford contaría que su padrastro abusó de ella durante varios años desde que ella cumplió los 11.
 "El tío Hal y la abuela...A menudo, he pensado que se les hizo pagar un precio terrible por aquellos primeros años de pobreza que compartieron con mamá.
 Creo que solo representaban dolor para ella y creo que se avergonzaba de ellos", plasma Christina. El libro acaba con una ceremonia en homenaje a Crawford organizada por George Cukor, cuando su hija ya sabe que tanto ella como su hermano han sido desheredados "por las razones que ellos muy bien conocen" (así consta en el testamento), un acto al que acude todo Hollywood, incluido un joven llamado Steven Spielberg que había dirigido siete años antes en televisión a la estrella.
 Hasta para él Christina reserva una colleja verbal.


En Queridísima mamá Christina no ahorra en detalles morbosos, incluso salvajes.
 Delante del cadáver embalsamado de su madre, le dice —o así lo escribe—: "Sé que en realidad ya no estás aquí conmigo, madre... Solo quiero decirte que te amo, que te perdono [...]. Dios nos ha liberado, mami querida. Vete en paz". 
Y a partir de ahí inicia el viaje a los infiernos que, insiste, fue su existencia.
Joan Crawford, a la derecha, en 'Alma en suplicio'. 
Joan Crawford, a la derecha, en 'Alma en suplicio'.
¿Cuánto de verdad hay en esas memorias?
 Tras su publicación comenzó una guerra en el mundo del cine y en la familia Crawford.
 La estrella poseía un carácter endiablado, necesario probablemente para sobrevivir en el Hollywood de la época, en el que ganó el Oscar por Alma en suplicio y obtuvo otras dos candidaturas por Amor que mata y Miedo súbito. 
 Esa fortaleza y ferocidad alimentaron su personaje en ¿Qué fue de Baby Jane?, donde encaró a otra gran leyenda, Bette Davis.
 Aquel enfrentamiento alimentó regueros de tinta y medio siglo después, pasó a la televisión en la serie Feud.
Crawford, en '¿Qué fue de Baby Jane?'. 
Crawford, en '¿Qué fue de Baby Jane?'.
Sin embargo, el resto de las biografías de Crawford —como Not the Girl Next Door: Joan Crawford: A Personal Biography, de Charlotte Chandler— no se creen todas las historias de Christina. Empezando por sus dos hermanas pequeñas, que hablan de una "madre estricta pero cariñosa".
 Lo mismo aseguraron exmaridos, secretarios, personal de servicio y otras estrellas amigas.
 En cambio, su hermano Christopher apoyó el libro, y actrices como Helen Hayes, June Allyson o Betty Hutton confirmaron algunos de los abusos de los que fueron testigos.
 Su compañera en Alma en suplicio Eve Arden contaba que Crawford era "una buena mujer", hasta que el alcoholismo y su trastorno bipolar alteraban su comportamiento. 
Fuera lo que fuese, aún hoy, a sus 79 años, Christina Crawford vive dolida por sus años como hija de una de las leyendas de Hollywood.


 

México acusa a Carolina Herrera de apropiación cultural por su colección más reciente

La Secretaría de Cultura exige en una carta a la diseñadora venezolana una explicación por el uso de diseños de pueblos originarios.

Vestidos de Carolina Herrera inspirados en el sarape de Saltillo.

 

El joven diseñador Wes Gordon lleva un año trabajando como director creativo de Carolina Herrera, la modista venezolana que es un icono de las pasarelas. 
Resort 2020 es la reciente colección de la pareja creativa y está inspirada en la “alegría de vivir” de América Latina.
 Vogue la ha descrito como “juvenil, fresca y fiel a las raíces de la marca”. A esto puede sumarse también “polémica”. 
Algunos vestidos de temporada han generado molestias en el Gobierno de México
El Ejecutivo de izquierdas de Andrés Manuel López Obrador ha acusado a Herrera y Gordon de apropiación cultural al haber incorporado en sus prendas diseños y elementos identitarios de los pueblos originarios locales.

La secretaria [ministra] de Cultura del país, Alejandra Frausto, envió este lunes una carta de reclamación a ambos diseñadores. Frausto asegura en ella que algunos de los patrones utilizados en la colección forman parte de la cosmovisión de pueblos de regiones específicas de México.
 El Gobierno ha pedido a Herrera que explique “públicamente” los fundamentos que llevaron a la casa de modas a usar elementos culturales cuyo “origen está plenamente fundamentado”.
 Además, solicita a la modista que aclare si las comunidades portadoras de estas vestimentas se van a beneficiar de las ventas de la colección.
Una de las prendas, por ejemplo, es un largo vestido blanco que tiene bordados animales de colores brillantes que se entrelazan con flores y ramas.
 “El bordado proviene de la comunidad de Tenango de Doria (Hidalgo); en estos bordados se encuentra la historia misma de la comunidad y cada elemento tiene un significado personal, familiar y comunitario”, dice la ministra en el documento al que ha tenido acceso EL PAÍS.
Otros dos casos citados en la protesta de Frausto se refieren al uso de bordados florales sobre una tela oscura como los que se hacen en la región del istmo de Tehuantepec, en Oaxaca.
 Y la incorporación, en otros dos vestidos, del famoso sarape de Saltillo (Coahuila). “En la historia de este sarape encontramos el recorrido del pueblo de Tlaxcala para la fundación del norte del país”, explica la funcionaria del Movimiento de Regeneración Nacional (Morena) a la diseñadora afincada en Nueva York desde 1980.
Frausto cree que las prendas que el señor Gordon ha ideado para la casa Herrera pueden insertarse en un debate mundial sobre los derechos culturales de los indígenas.
 “Se trata de un principio de consideración ética que… nos obliga a hacer un llamado de atención y poner en la mesa un tema impostergable…: promover la inclusión y hacer visibles a los invisibles”, indica la carta, con fecha de 10 de junio. 
Este periódico intentó sin éxito contactar con la oficina de Carolina Herrera en Nueva York para conocer la reacción tras la carta.
Ya decía yo que Carolina ya no es la Carolina Herrera de mis sueños , ahora toca esperar que nos vista como a Frida Khalo cejijunta y con bigote.....no no Carolina no es ya Carolina que las dependientas ganan menos de lo que cuesta un vestido suyo o un bolso......no no y menos ir de mejicana linda y bonita... 

proyecto para una ley de salvaguardia de los conocimientos, cultura e identidad de los pueblos indígenas y afromexicanos. La norma pretende derogar algunas leyes vigentes de derecho de autor para impedir que los diseñadores utilicen este tipo de ilustraciones sin el consentimiento de los pueblos.
“Es una ley muy grande que da la titularidad de estos elementos a las culturas originales”, explica a este diario la senadora Susana Harp, de Oaxaca, presidenta de la comisión de Cultura y autora de la norma, que será trabajada durante dos meses más junto a otros instrumentos legales. 
“El mercado debe entender que no se trata de dos bolitas arriba o dos bolitas abajo. Estos diseños son imágenes de su cosmovisión. Las comunidades piden respeto, no piden dinero. Quieren que los diseñadores se acerquen a ellos y pidan permiso”, agrega la legisladora. 
Uno de los apartados de esta ley indica que los pueblos originarios podrán firmar, o no, convenios con los diseñadores que pretendan utilizar sus diseños.
Harp indica que también existen ejemplos de buenas prácticas del trabajo con artesanos locales. 
Entre ellas Roche Bobois, una mueblería francesa de alta gama, que hizo una colección basada en arte huichol. Por cada pieza vendida, los indígenas obtienen un ingreso.
 La mexicana Carla Fernández también se ha convertido en un referente con sus colecciones influenciadas en la riqueza textil de los pueblos originarios.
 Una riqueza que Carolina Herrera tendrá que explicar al Gobierno mexicano.

Eterna añoranza, señor Wayne...................... Carlos Boyero

El protagonista de películas como 'Centauros del desierto' o 'El hombre que mató a Liberty Valance' es una de las presencias más grandiosas de la historia del cine.

John Wayne, en 'La diligencia'.
John Wayne, en 'La diligencia'.
Se llamaba Marion Robert Morrison, nombre escasamente cinematográfico. 
Sonaba mucho mejor John Wayne.
 Este martes hizo cuarenta años que se largó de este mundo.
 Creo que tenía 72 años, pero parecía invulnerable, era la imagen de la fortaleza, costaba imaginártelo devastado física y mentalmente, en una silla de ruedas o en estado vegetativo. 
Durante toda su vida estuvo afiliado a la derecha más dura, militó en la Legión Americana y en la Asociación Nacional del Rifle, apoyó las siniestras listas negras durante la caza de brujas que montó aquel delincuente tan patriotico llamado McCarthy, defendió hasta la militancia la intolerable guerra de Vietnam y la glorificó en Boinas verdes, la única y mediocre película que dirigió.
 Cuentan de él que siempre fue inquebrantable amigo de sus amigos, todas su esposas fueron de ascendencia latinoamericana, le gustaba beber y fumar.
  Dicen que el cáncer que le mandó al cielo, al infierno o a la nada fue consecuencia de la radiación a la que se expuso durante el rodaje de El conquistador de Mongolia, esa desmesurada osadía en la que se atrevieron a algo tan improbable como que Wayne interpretara a Gengis Kan.
De Wayne, aseguran los puristas de la interpretación, los antiguos apologistas de la expresión corporal, los feligreses del Método, que este hombre solo era capaz de interpretarse a sí mismo, que era nula su capacidad para desdoblarse, que no poseía matices, que siempre hacía de John Wayne.
 Estoy de acuerdo. Por eso me gusta tanto. 
También puedo admirar a los grandes camaleones. 
Pero lo del amor es ootra cosa. 
Y Wayne me resulta una de las presencias más grandiosas de la historia del cine, alguien que me hipnotiza permanentemente y al que quiero, que me hace comprar la entrada por el placer de verle y oírle, que desde la sobriedad gestual me ha regalado muchas e impagables emociones.
 Y por supuesto, acusan al personaje real de fascista. Probablemente lo fuera. 
 Pero eso es algo que jamás percibo en el arte que despliega su personalidad en una pantalla.
 Y ese fulano es legal y fuerte, inspira confianza, te sentirías bien con él en el peligro y en la fiesta.
 Y puede interpretar a gente atormentada o en derrota, pero es imposible que te lo puedas creer como villano.
 Le ocurre lo mismo que a los extraordinarios James Stewart y Henry Fonda (y no me olvido de esa tontería dormitiva de Leone titulada Hasta que llegó su hora.
  Son mis actores favoritos. Junto a Cary Grant y Robert Mitchum. Pero estos si podían ser perversos.
 Pruebas sublimes de ello: La noche del cazador, El cabo del terror, Encadenados. 
 Y constato que todos ellos pertenecen a la misma época, en la que se rodó el mejor cine que ha existido. 
Perdón, el que más me gusta a mí.

 Cuentan que los majestuosos andares de Wayne los copió de John Ford.

 A cambio, Wayne fue el transmisor ideal del universo y los sentimientos de ese inigualable poeta del cine, de ese señor que se presentaba desdeñosamente una y otra vez como un profesional que se limitaba a hacer su trabajo, que no tenía nada que ver con el lirismo ni con el arte.

 Ford se refería a Wayne como “ese pedazo de carne”, pero está claro que su relación, más allá del trabajo, debió de ser paterno filial.

 Y Ford debía de ser un padre duro, mordaz y gruñón. Rodaron juntos 12 películas, memorables casi todas. Y tres obras obras maestras.

 Muy tristes dos de ellas y otra un canto luminoso a la alegría de vivir. 

Pocas tragedias comparables a la de Ethan Edwards en Centauros del desierto y la de Tom Doniphon en El hombre que mató a Liberty Valance. 

 El primero, más solo que la una bajo el sol del desierto en el escalofriante plano final.

 El segundo, quemando la casa que significaba el triunfo de sus sueños, matando a su enemigo a traición y desde la oscuridad, sabiendo que eso significa renunciar para siempre a la mujer que ama.

 En la maravillosa El hombre tranquilo, la plenitud acaba triunfando en ese paisaje mágico después de habérsela trabajado mucho el boxeador atormentado y la mujer que no quiere renunciar a su sagrada dote.

 Y por supuesto que en los tiempos actuales Ford no podría haber contado esa historia. O sería crucificado.

 Wayne también trabajó en cinco ocasiones con Howard Hawks, otro creaor que está más allá del elogio.

 Que divertida y emocionante es ¡Hatari!. Como es la ronda por el pueblo, acechados por todos los peligros, de Wayne y Mitchum, ambos lisiados, en El Dorado. 

 Wayne solo recibió un Oscar, que sonaba a honorífico, por su admirable composición de ese cazador de recompensas, viejo, alcoholizado y tuerto, en Valor de ley. 

Yo se lo hubiera dado todos los años.

 El gran reaccionario era el tipo más auténtico y épico cuando le filmaba la cámara. 

Y la cámara no miente. Siempre acaba revelando la verdad. Su amor hacia determinados intérpretes está justificado.

Y......señor Boyero....¿Por qué no dice nada de Tu a Boston y yo a California?

Yo lo veía en las que usted nombra porque eran toleradas para menores....pero las pelis del Oeste me aburrían una barbaridad. 

Las de Mitchum era diferentes y daban miedo....aunque yo era ya mayor......

11 jun 2019

‘Big Little Lies’: Volver, distintos, a Monterey

La segunda temporada de la serie de HBO muestra un mundo en el que todo ha cambiado pero debe fingir no haberlo hecho.

 
Avance de la segunda temporada de 'Big Little Lies'.
Como un habitante más de la pequeña y chismosa Monterey, la segunda temporada de Big Little Lies finge muy bien.
 Finge, para empezar, que el cineasta Jean Marc Vallée, el particular productor de la primera temporada, no se ha ido a ninguna parte.
 El estilo inconfundible, de arty flashes, su narración puramente cinematográfica –se dice que los guionistas sufren, al menos, sufrió la escritora Gillian Flynn en Heridas abiertas, cuando trabajó con él porque si por Vallée fuera, nadie hablaría, todo lo contaría la música y la imagen–, intenta seguir ahí, pero se nota que es solo un intento.
Aunque ya no se base en la novela de Liane Moriarty, esta nueva temporada cuenta con la propia Liane Moriarty: es decir, no es como Juego de tronos, aquí nadie está jugándosela, y mucho menos, su creador, el siempre cauto y brillante David E. Kelley.
 La propia autora está asegurándose de que sus personajes siguen siendo los que eran y escribiendo, para televisión, la inesperada continuación de su novela. 
La cual no solo a nivel formal se presenta como una versión de la primera, sino también y sobre todo, a nivel narrativo, pues todo apunta a que va a ser el negativo de la anterior.
Por ejemplo, lo que vemos ahora, por fin, son los flashbacks a los interrogatorios de las chicas y no a los de los vecinos.
 De hecho, la acción se sitúa en un presente que vuelve al pasado y no en un pasado que vuelve al presente –como ocurría en la primera temporada, narrada con saltos hacia el futuro hasta el desenlace que unía las dos líneas temporales–.
Y pensemos en los personajes. 
El primer día de colegio de la primera temporada se odiaban. No todas, pero sí casi todas. Cuanto menos, estaban en bandos distintos. 
Ahora están en el mismo. Comparten un secreto.
 El binomio Jane-Bonnie (Shailene Woodley-Zoë Kravitz) ha cambiado.
 Antes Bonnie era feliz, era el personaje más en paz consigo misma, mientras que a Jane la consumía el pasado y el miedo. Ahora, a Bonnie la consume la culpa –fue ella quien empujó a Perry–, se ha convertido en un Raskolnikov, mientras Jane baila en la playa, atada al mismo ipod que antes le servía para evadirse. Coquetea con su compañero en el acuario. 
Sonríe. ¿Bonnie? Bonnie ni siquiera puede mirar a la cara a Nathan (James Tupper).
 No se soporta.
La constante es la insuperable Reese Whiterspoon, en el papel de su vida: madre joven desafortunada en un primer matrimonio, aparentemente feliz en el segundo, de existencia huracadamente shakesperiana y encantadoramente engreída (y, por cierto, su reconversión en agente inmobiliaria promete).
 Ahora enfrentada a la siempre enorme Meryl Streep en un duelo de titanas delicioso.
 Porque no es que Streep encaje, es que parece que haya estado ahí desde el principio.En el papel de la madre del muerto (Alexander Skarsgård), Mary Louise, Streep es, también, en cierto sentido, el reverso del personaje de Whiterspoon.
 Su actitud pasivo agresiva es siempre edulcorada y falsa, no dice lo que piensa aunque todos lo saben, mientras que la de Mary Louise es directa y franca y durísima. 
“La gente bajita no es de fiar”, le suelta a la propia Madeline, un segundo después de decirle que es “muy bajita”, en una de las primeras escenas de Streep, esa mujer en la que viven cientos de personas, esta vez, lo que parece una mujer amargada contenida, con, veremos si se confirma, cierta tendencia al estallido psicopático.

El personaje eje, Celeste (Nicole Kidman), se debate entre el recuerdo perverso –aquel que le muestra a su marido maltratador como el padre y amante devoto que los pérfidos flashes del duelo y la culpa le devuelven– y la pesadilla inculpatoria, la única que amenaza con destruir el cierto grado de normalidad que su vida ha alcanzado. Todo en su vida es distorsión y readaptación a este nuevo mundo en el que todo ha cambiado, pero, como decíamos al principio, como en cualquier pequeño infierno cotidiano de apariencias, debe fingir no haberlo hecho.