La reina de Jordania y la princesa de Asturias, juntas y con estilos similares en la visita de los Príncipes a Ammán.
Era una de las fotos más esperadas y la que sus protagonistas en un principio intentaron evitar. Pero al final Rania de Jordania y Letizia Ortiz
han posado juntas justo antes del almuerzo oficial en el Palacio Real
de Ammán al que han asistido 17 miembros de la familia real jordana,
siete integrantes del Gobierno y seis grandes empresarios. Los príncipes
llevan varios días de visita oficial por Oriente Medio, y han visitado Israel y los territorios palestinos. El acto, de gran importancia empresarial e institucional, ha quedado minimizado por el encuentro entre ambas. Desde hace tiempo los especialistas en moda vienen observando cómo el estilo de Rania y Letizia tiene cada vez más puntos de coincidencia. En esta ocasión parece que se han puesto de acuerdo hasta en rizarse el pelo.
Para esta cita las dos han coincidido también en la elección de sus
trajes, ambos en tonos pastel. Letizia ha apostado por un diseño rosa
-un color que usa a menudo, y con el que la hemos visto en más ocasiones esta temporada-
y Rania por un conjunto gris azulado. Los modelos tenían coincidencias:
cintura entallada, hombros marcados, falda tubo y altos tacones.
Recibimiento en PalacioEl
príncipe Felipe y el rey Abdalá de Jordania reciben a sus esposas,
Letizia y Rania, a su llegada al palacio real de Ammán, la capital
jordana. Los príncipes de Asturias almuerzan hoy junto a los reyes de
Jordania.DARREN WHITESIDE (REUTERLa reina jordana, que tiene una cuenta en Twitter con casi un millón y medio de seguidores y es usuaria frecuente de Internet,
también ha hecho referencia a la visita de los príncipes de Asturias, y
colgó una foto del encuentro de ambas parejas antes del almuerzo. La
reina decía en su mensaje,
en inglés y árabe: "Encantada de dar la bienvenida a la hermosa pareja
real del príncipe Felipe y la princesa Letizia. Bienvenidos". Y tras
ello, la foto del encuentro.
Inicialmente el encuentro entre los príncipes de Asturias y los Reyes
de Jordania iba a ser privado. Solo estaba prevista una cena en el
Palacio Real de Ammán -que se celebró ayer- ya que Abdalá y Rania debía
de emprender viaje hoy. Pero finalmente pudieron retrasarlo y han
asistido a este almuerzo oficial. Y antes de sentarse a la mesa llegó la
foto más esperada: Rania y Letizia, frente a frente.
Desde que oficializaron su relación con aquel famoso beso del Mundial de Sudáfrica de 2010, Iker Casillas y Sara Carbonero
han encabezado las encuestas de popularidad.
En ellos dos, contaban los
expertos en imagen, se veía a una pareja joven, guapa y triunfadora.
Por eso, a la periodista se la rifaban las firmas para sus campañas de
imagen. Por eso, Iker Casillas se lanzó también al mundo de la
publicidad.
En los últimos días, todas las miradas estaban puestas en Casillas, en su recuperación. Y de ahí las especulaciones sobre si seguiría ligado al mundo del fútbol
en el cuerpo técnico del Oporto o regresaría a España. Porque lo que él
ya sabe es que los médicos le han desaconsejado colocarse de nuevo bajo
los palos de la portería. Pero la pareja, pocos días después de
regresar a su hogar portugués con un convaleciente Iker, descubría que
tenía por delante otra batalla que librar. En un control rutinario, los
doctores le detectaban a la periodista un tumor en uno de los ovarios.
Una vez operada —la intervención fue el pasado viernes 10 de
mayo en la clínica Ruber de Madrid—, descubierto que era cancerígeno y
diseñado el tratamiento posterior, Sara Carbonero decidió contarlo en Instagram. Horas antes, ella había publicado un post deseando ánimo y mostrando su amor a su marido que cumplía 38 años, en un aniversario no muy feliz, como él mismo se
encargó de contar. "Esta vez, no ha sido un gran cumpleaños", confesaba
el propio Casillas en el arranque de su mensaje. "Estoy seguro de que
en algún momento de vuestras vidas os ha pasado alguna cosa, ese día o
días atrás, que hace que no tengáis tan buen recuerdo. No estamos
exentos de que eso nos pase. Aún así, he tenido que posar y mostrar esta
cara algo alegre", relataba el integrante del Oporto. Lo que nadie
sospechaba era que el portero estaba pensando en su esposa, también
convaleciente. "Cuando aún no nos habíamos recuperado de un susto, la vida nos ha
vuelto a sorprender. Esta vez me ha tocado a mí, esa dichosa palabra de
seis letras que todavía me cuesta escribir", cuenta Carbonero en su
publicación en la red social y para sus 2,3 millones de seguidores. "Hace unos días en una revisión, los médicos me vieron un tumor maligno
de ovario y ya he sido operada. Todo ha salido muy bien, afortunadamente
lo hemos pillado muy a tiempo, pero todavía me quedan unos meses de
lucha mientras sigo el tratamiento correspondiente. Estoy tranquila y
con la confianza de que todo va a salir bien. Sé que el camino será duro
pero también que tendrá un final feliz. Cuento con el apoyo de mi
familia y amigos y con un gran equipo médico. Aprovecho para pedir desde
aquí a mis compañeros periodistas el respeto y la comprensión con los
que siempre me habéis tratado, especialmente en estos momentos tan
difíciles y delicados para mí y mi familia", concluye.
Iker
Casillas y Sara Carbonero, el 5 de mayo en Oporto, a la salida del
futbolista del hospital en el que fue operado de un infarto.CORDON PRESS
La periodista ha desvelado que, tras la operación, deberá someterse a
un tratamiento. Si le cuesta pronunciar la palabra de seis letras,
cáncer, lo mismo le sucede con la palabra quimioterapia. Y es que,
aunque el tumor ha sido detectado en una fase muy temprana, los médicos
recomiendan seguir este procedimiento para asegurarse una total
recuperación. Los pronósticos son muy optimistas.
La pareja, tras el tsunami de emociones vivido en solo 20 días, debe planificar su vida. Casillas quiere seguir ligado al fútbol
pero el tratamiento de su esposa probablemente le lleve a decidir
regresar a España.
Carbonero, que tiene sus médicos en Madrid, parece
que prefiere volver para tener cerca a su madre y a su hermana. La pareja sigue teniendo su casa en la urbanización madrileña de La
Finca, en Pozuelo de Alarcón, donde puede instalarse con sus hijos
Martín y Lucas.
Precisamente la noticia de la enfermedad de Carbonero
llega cuando todavía resuenan unas declaraciones en las que aseguraba
que aún pensaba tener más hijos.
Lo que sí tendrá que dejar de momento la periodista es su trabajo en Cuatro,
donde regresó hace poco más de tres meses con un programa de
entrevistas a deportistas tras un tiempo dedicada a su familia y a sus negocios en la moda. Fue realizando un reportaje en Tarifa cuando supo que Iker había sufrido un infarto. En las últimas horas, las redes sociales se han llenado de mensajes
de apoyo a ambos. Desde Alejandro Sanz a Carles Puyol, todos hablan de
su fortaleza para sortear los envites. En la memoria están las críticas
de tinte machista que Carbonero sufrió en la primera fase de su relación
con Casillas. Los problemas del portero con José Mourinho que forzaron su salida del Madrid y de la selección española. Y, entre medias, las desavenencias familiares del futbolista con sus padres cuando este quiso hacerse con el control de sus financias y negocios, lo que provocó un largo periodo de incomunicación. Detrás de toda historia, por muy de color de rosa que se vea desde
fuera, hay sombras. Casillas y Carbonero son un claro ejemplo de ello,
pero también de superación. Con 38 y 35 años respectivamente tienen por
delante un nuevo reto que afrontan más unidos que nunca y con el cariño
de siempre de la gente que sigue viéndoles como la pareja perfecta.
"Y una vez que la tormenta termine, no recordarás cómo lo lograste, cómo
sobreviviste.
Ni siquiera estarás seguro si la tormenta ha terminado
realmente. Pero una cosa si es segura. Cuando salgas de esa tormenta, no
serás la misma persona que entró en ella. De eso se trata esta
tormenta".
Estas palabras del escritor Haruki Murakami recordadas por Sara Carbonero en su Instagram son la manera de afrontar su particular batalla.
El nuevo
presidente del mayor organismo financiador de la ciencia europea cambió
las matemáticas por la medicina tras la trágica muerte de su joven mujer.
Mauro Ferrari con su primera mujer, Marialuisa, en Berkeley en 1987, cuando tenían 28 y 25 años.Colección familiar
Ese chaval melenudo y barbudo de la foto, Mauro Ferrari, va a manejar
un presupuesto mayor que el de muchos países: 16.600 millones de euros
para el periodo 2021-2027. La Comisión Europea acaba de anunciar que ese
chico, hoy un señor de 60 años, será el próximo presidente
del Consejo Europeo de Investigación, el mayor organismo dedicado a
financiar la ciencia en el continente. Esta es la triste historia de
aquella foto de 1987. Ferrari, nacido en Padua (Italia) en 1959, suele empezar sus charlas
mostrando un retrato de una chica veinteañera. “Esta es Marialuisa”,
proclama ante su audiencia. La vio por primera vez, según explica,
cuando ella tenía 20 años y él, 23. “Me enamoré de ella hasta tal punto
que, unas horas después de conocerla, literalmente, le propuse que nos
casáramos”, continúa. La siguiente diapositiva muestra a Marialuisa en
la playa unos meses después. “Esta es una foto de nuestra luna de miel”,
prosigue Ferrari, que por entonces era un jovencísimo matemático becado
por la Universidad de California, en Berkeley. Las imágenes se suceden
en la pantalla: la boda, el primer niño, el segundo embarazo de dos
niñas gemelas. Y una foto de toda la familia en 1995. “Esta es la última
foto de Marialuisa viva”. La mujer de Ferrari murió pocos días después por un cáncer galopante,
entre terribles dolores, cuando apenas tenía 32 años. El matemático,
que en aquella época se dedicaba a hacer cálculos sobre el movimiento de
las galaxias, se sintió incapaz de seguir investigando asuntos que no
tuvieran que ver con la medicina. “Fue muy trágico. Sentí que tenía que
hacer algo contra el cáncer. Si vas a una guerra y tienes un cuchillo,
vas con el cuchillo. Y si tienes una piedra, vas con una piedra. Yo
tenía las matemáticas y la física”, recuerda.
El italiano Mauro Ferrari, próximo presidente del Consejo Europeo de Investigación.ERC
Ferrari, la primera persona de su familia que fue a la universidad, se convirtió muy pronto en un pionero de la nanomedicina. Su laboratorio diseña partículas, de un tamaño de millonésimas de
milímetro, que inyectadas en la sangre actúan como taxis que transportan
fármacos directamente hasta los tumores. De momento, ha tenido éxito en ratones. Ferrari, que corre ultramaratones, sabe que la ciencia también es una carrera de larga distancia.
El investigador italiano, católico practicante, cree que “el sentido
de la vida, seas religioso o no, es transformar el dolor en algo útil
para otras personas”.
En su caso, la muerte de Marialuisa hizo que Ferrari consagrara su
vida a aprender sobre el cáncer para poder derrotarlo.
En 2002, la
Universidad Estatal de Ohio le fichó como profesor de medicina interna y
el científico se dio cuenta de que sabía mucho sobre lo diminuto y muy
poco sobre lo demás.
Así que, a sus 43 años, se matriculó en el primer
curso de Medicina como un alumno más.
“Los otros estudiantes podían ser
mis hijos”, recuerda entre risas.
Sin embargo, Ferrari no tuvo tiempo para acabar la carrera en la que
era alumno y profesor a la vez. En 2003, el Instituto Nacional del
Cáncer de EE UU le puso al frente de la Alianza para la Nanotecnología
contra el Cáncer, un programa nacional que financió a miles de
científicos en todo el país. Y, desde 2010, Ferrari presidía el Instituto de Investigación del Hospital Metodista, un centro en Houston con más de 1.000 investigadores y cientos de ensayos clínicos de nuevos fármacos en marcha.
Mauro Ferrari con su mujer, Paola, y sus cinco hijos, Giacomo, Kim, Chiara, Ilaria y Federica.Colección familiar
Ferrari compara su estrategia contra el cáncer con la exploración
espacial. Los ingenieros de la NASA, subraya, se percataron de que no
podían llegar a la Luna con “una sola bola de cañón”. En su lugar,
inventaron un cohete con diferentes módulos para poder salir de la
órbita terrestre, alcanzar el satélite, alunizar y regresar a casa. El
equipo de Ferrari intenta hacer lo mismo con el cáncer, diseñando
nanopartículas con múltiples etapas: la primera aterriza en el vaso
sanguíneo que alimenta al cáncer, la segunda penetra en el tumor, la
tercera entra en la célula maligna.
“Matar células cancerosas es muy fácil. Puedes hacerlo con agua.
Puedes ahogar las células cancerosas. El problema no es qué fármaco
utilizar, lo difícil es asegurarte de que no mate a todo lo demás”,
repite Ferrari en sus conferencias. Las charlas del italiano tienen un final feliz. Tras la “increíble
tragedia” de la muerte de Marialuisa, Ferrari comenzó una relación con
Paola Del Zotto, que había sido su amor platónico en el instituto. Al
poco de empezar, su nueva pareja se quedó embarazada de gemelas. “Paola
no tenía hijos y en unos pocos meses tenía cinco. La llamaban la señora
De cero a cinco”, bromea el investigador. Ahora, Mauro, Paola y sus cinco hijos —Giacomo, las gemelas Kim y
Chiara y las gemelas Ilaria y Federica— suelen acudir juntos al evento anual itinerante
que, desde 1999, homenajea a Marialuisa e intenta concienciar al
personal sanitario sobre la necesidad de estar atentos a los primeros
síntomas del cáncer y al dolor de los pacientes. Al matemático le gusta
mencionar a Simón de Cirene, el campesino que, según el relato bíblico,
se encontró por casualidad con la comitiva que llevaba a Jesucristo a la
crucifixión. El labrador regresaba a su casa del trabajo y, sin comerlo
ni beberlo, acabó cargando con la cruz de Jesús. Así se siente Mauro
Ferrari.
La trama
de 'Érase una vez en... Hollywood' no se sabe bien adónde pretende
conducir, con diálogos insustanciales y carentes de ingenio.
El
cineasta Quentin Tarantino posa para los medios delante de los actores
estadounidenses Brad Pitt y Leonardo DiCaprio, en Cannes. En vídeo, el
tráiler de la película.IAN LANGSDONEFE
Hay directores tan legendarios como escasos cuya nueva entrega se
espera como agua de mayo, que convierten lo que hayan decidido parir en
algo ansiado por los espectadores, la industria (tan necesitada del
éxito de los más dotados en estos tiempos agónicos), los informadores y
los críticos. La obra de Quentin Tarantino justifica esas expectativas. En Cannes su cine tuvo un bautizo esplendoroso hace 27 años con la revolucionaria Reservoir Dogs y en 1994 dejó flipado a todo el personal con la inclasificable Pulp Fiction,
que logró la Palma de Oro y se ha convertido en un clásico. Por ello,
la película que marcaba esta edición de Cannes, en la que estaban
depositadas las esperanzas colectivas, era Érase una vez en... Hollywood. Tarantino aceleró hasta límites febriles su montaje para que se
celebrara aquí el estreno mundial, la han exhibido en dos sesiones casi
paralelas intentando algo tan democrático como que todos los asistentes a
Cannes la vean al mismo tiempo. Antes ha salido un señor al escenario
hablando en nombre de Tarantino y rogando que nadie cuente su argumento. En fin, un montaje a la altura de lo que se espera de las sorpresas
confirmadas.
Y,
efectivamente, es sorprendente.
Pero no por la exhibición de talento
que tantas veces ha acreditado su creador, sino por su lamentable falta
de gracia, por una trama que no se sabe bien adónde pretende conducir,
por diálogos insustanciales y carentes de ingenio (algo inaudito en el
mejor y más original dialoguista del cine moderno), por situaciones
alargadas hasta el aburrimiento, por actores excelentes como Leonardo DiCaprio, Brad Pitt y Al Pacino, que parecen tan perdidos como su director.
Contaba la rumorología, siempre tan estratega ella, que suponía un
tributo de amor por parte de Tarantino al cine y el mundo de finales de
los sesenta en Hollywood, a sus personajes más pintorescos y también un
retrato de aquel suceso pavoroso en el que la actriz Sharon Tate y sus
amigos fueron masacrados por la banda satánica de aquel demente
excesivamente siniestro llamado Charles Manson. Sabemos que la cultura cinematográfica de Tarantino se educó
tragándose con inmenso placer toda la subcultura del cine más casposo de
los videoclubes, que lo sabe todo no ya del spaguetti wéstern y de la serie Z,
sino también del cine de kárate, Kung-fu y yudo. Igualmente es experto
en las series televisivas de esa época. Ha jugado eternamente con esas
referencias que tanto ama pero dándoles la vuelta con su espectacular
talento. Aquí, los protagonistas son un famoso actor de wésterns en esas
series y el hombre que además de doblarle en las escenas de riesgo le
soluciona todo tipo de problemas en su disparatada estructura cotidiana. Pero su buen momento ha pasado y tendrá que aceptar rodar spaguetti wéstern en Italia y en Almería. La situación de ambos se complica aún más cuando toman accidental contacto con un grupo de hippies
muy inquietantes y puestos hasta arriba de LSD. Y ahí se produce para
mí la única secuencia desasosegante en esta película tan fallida. Es la
visita cargada de señales y amenazas que hace el doble al campamento de
esa gente tan peligrosa. El resto (y dura casi tres horas) es un cansino
modelo del quiero y no puedo, un híbrido en el que no me engancha ni el
argumento ni los personajes, ni lo que hacen ni lo que dicen.
No es el primer fiasco de Tarantino, antes había hecho una cosa
gamberra y horrenda de corredores de coches y pandilleras que se
titulaba Death Proof. Pero es triste que no aprendiera de aquel
fracaso. Se han oído algunos tibios aplausos al terminar la proyección.
Me temo que eran de algún fan voluntariamente ciego y de la gente que
hace la promoción de esa desventurada película. El desenlace, hablando
de hechos reales, pretende ser insólito y gracioso. Da igual. Quentin Tarantino y su equipo revolucionan el festival de Cannes.ATLAS