La actriz, de 79 años, ha tenido que
plantar cara a Hacienda vendiendo su casa de Madrid para saldar sus
deudas.
“A los 79 años empiezo de cero, pero ya no tengo ninguna deuda.
Puedo dormir tranquila”, cuenta la intérprete vallisoletana en exclusiva
a la revista Semana.
“He llorado mucho, pero de todo se sale”, reconoce.
La actriz, que actualmente se encuentra en el teatro La Latina protagonizando la obra El Funeral que dirige su hijo Manuel Marsó,
vive de alquiler después de vender su piso de la calle de Princesa de
Éboli de Madrid. Una venta que, según dice, le ha costado especialmente. Pero esta no es la primera vez que la que fue la chica yeyé se
ve obligada a deshacerse de algunas de sus propiedades por sus
problemas económicos. Hace unos años las deudas también le obligaron a desprenderse del espléndido chalé en el que vivía en La Moraleja y se mudó a un piso en Sanchinarro, un barrio al norte de Madrid donde viven su hermano Manuel y su hijo Paco. A lo largo de su dilatada carrera de artista, Velasco se ha arruinado
en varias ocasiones. Los problemas económicos comenzaron a raíz de su
relación con el que fue su marido durante más de 25 años, el productor de teatro Paco Marsó. Cuando se casaron, en 1977, él se dedicó en exclusiva a la producción
escénica, fundamentalmente en aquellos proyectos en los que era
protagonista Concha Velasco. “Nos metíamos en producciones carísimas,
como Hello Dolly (2001), que no recuperábamos ni llenando, pero
eran bonitos espectáculos. Y porque me lo he gastado malamente y un día
vas y lo pierdes todo”, confesaba la actriz a EL PAÍS en 2012. De Marsó, que falleció en Málaga a consecuencia de un derrame cerebral en 2010,
eran conocidos sus problemas con el juego y sus escandalosas
infidelidades, algo que llevó a la actriz “por la calle de la amargura” —en sus propias palabras a este diario—
y la obligó a superarse a sí misma. “Al divorciarme he ganado que
cuando suena el timbre de casa no piense que es una citación judicial”,
llegó a decir Velasco en otra entrevista sobre su separación definitiva
en 2005.
Hadfield es uno de los astronautas más experimentados del mundo, ha
pasado casi 4.000 horas en el espacio y ha sido comandante de la
Estación Espacial Internacional, donde dirigió un número récord de
experimentos científicos.
Con tan sólo nueve años su vida cambió cuando
el hombre pisó la Luna, y decidió que él también sería astronauta algún
día.
Chris Hadfield se ha convertido en uno de los astronautas más populares
de la historia gracias también a sus extraordinarias fotografías y
vídeos educativos sobre la vida en el espacio.
“La educación te permite
alejar la ignorancia y ver más allá de los límites”, apunta.
Su versión
“sin gravedad” de la canción Space Oddity de David Bowie se considera el
primer videoclip de la historia en el espacio.
De entre las lecciones
que un astronauta puede compartirnos, Hadfield, destaca la importancia
de entender la diferencia entre el peligro y el miedo:
“Debemos evaluar
en nuestra vida ¿qué nos asusta y cómo está cambiando nuestra vida por
las decisiones que tomamos?”.
Hadfield ha trabajado como director de operaciones de la NASA, jefe de
robótica del Centro Espacial Johnson y responsable de comunicación de la
cápsula espacial en 25 lanzamientos.
Además, ha recibido diferentes
galardones como el Premio a la Promoción de la Ciencia del Consejo de
Investigación de Ciencias Naturales e Ingeniería de Canadá, un premio
que reconoce su divulgación de la ciencia y su habilidad comunicativa
con el público general, y en especial con los más pequeños.
“Involúcrate
en crear quién eres.
No seas pasivo en tu propia vida.
Solo tienes una. Intenta mejorar quién
eres, y puede que en el futuro te conviertas en ese alguien con el que
siempre habías soñado”, concluye el astronauta.
Chris Hadfield.
La nave espacial
es una locura, pasan muchas cosas a la vez. Tienes que mantener la nave
a punto, los experimentos, el trabajo, hablar con la gente de la
Tierra…
Pero mientras, estás dando vueltas alrededor del mundo cada 92
minutos, y el mundo gira debajo de ti, así que cada vez que das una
vuelta lo haces por un nuevo lugar.
Pasado un tiempo, si tienes el sol
en un punto, la mitad del tiempo estás en la oscuridad: noche, día,
noche, día… El sol sale y se pone cada 46 minutos y el mundo cambia
constantemente por el tiempo. Era como si se lavara y enjuagara cada vez
que dábamos una vuelta.
La primera vez que ves la Tierra es algo
increíblemente bello, quieres mirar a tantos sitios que no puedes
concentrarte.
Todo lo que puedes ver es aquello que estás preparado para
ver, las cosas que puedes reconocer.
Cuando miras Europa, todos lo que puedes decir es: “Ah, mira,
ahí está Londres, vale. Londres, y ahí está París. Eso es Madrid, puedo
ver donde está Madrid y en la costa puedo ver Barcelona, ¡qué bonita!”. Pero cuando vuelves a pasar por encima ya sabes donde están Londres y
París y dices: “Eso debe ser el estuario del Támesis”, la vez siguiente
ves el río Severn y en la siguiente descubres donde está Stonehenge.
Entonces empiezas a buscar todas las vías romanas y de pronto
empiezas a ver el mundo con una claridad que nunca antes habías tenido. Y
todo eso pasa en 90 minutos. Así que no pasa solo con el lugar que
conoces sino con todos los sitios: los siete mil quinientos millones de
personas y los cuatro mil quinientos millones de años de historia que
tiene la Tierra están justo debajo de ti, como un regalo interminable.
Los astronautas tenemos mucho trabajo en la nave, pero no
puedes evitar acercarte a la ventana constantemente para ver lo que hay
debajo de ti. Es irremediablemente bello y extremadamente sugerente ver
el mundo de esa manera.
Chris Hadfield. ¿Dormirías bien
la primera vez que vas a dejar la Tierra? Esa noche te vas a la cama
pensando que el día siguiente va a ser bastante especial. Pero me han
preparado para ello.
Yo decidí ser astronauta cuando tenía diez años, he
estado entrenando, aprendí a volar en la adolescencia, estuve en las
fuerzas aéreas, me convertí en ingeniero, fui piloto de pruebas y,
finalmente, recibí entrenamiento para ser astronauta durante varios
años.
Así que fue un gran día, pero era un día para el que estaba
preparado.
Por eso, aquella noche dormí bien. La mañana del lanzamiento me
levanté, recibí todas las instrucciones, me puse al día con todos los
cambios de última hora y esas cosas. Entonces, comienzan a construir el
traje alrededor de tu cuerpo, tienes que llevar un traje presurizado por
si se produce alguna fuga en la nave, ya sabes, cuando se sale el aire y
todo el mundo muere. Entonces te ponen un traje revestido de goma para
que si hay una fuga en la nave, el traje se hinche como un globo y te
mantenga a salvo. Te ponen el traje y comprueban que todo está correcto,
es grande, pesado y da calor. No es nada cómodo.
Y es como si pudieras oír el tiempo pasar porque sabes que
están a punto de ocurrir grandes cosas, sientes que se dan muchos pasos
pero que esos pasos llevan a algún sitio. Los trajes son naranja
brillante porque así si tienes que saltar desde el transbordador pueden
localizarte en el océano. Así que llevas este traje de calabaza, como
nosotros le llamamos, es del mismo color que esta silla, naranja
brillante.
Así que vas por el pasillo, subes al ascensor, sales y hay
miles de personas, flashes que te ciegan y todo este montaje. Nos
subimos a la furgoneta y comienza a llevarte hacia la lanzadera, que
está en Florida, en el centro espacial Kennedy. Está a varios
kilómetros, así que hay tiempo para hablar y reír mientras esperamos. Lo
mejor sucede al girar una esquina y, desde la distancia, al otro lado
de la carretera puedes ver tu nave por primera vez, esperando en la
lanzadera. No es una nave cualquiera, es la tuya.
Avanzas esos últimos metros, nos dejan bajo la nave, y no hay
nadie alrededor porque la explosión es tan grande que la gente debe
estar al menos a cinco kilómetros de distancia. Entras en el ascensor y
este va subiendo, y uno a uno tenemos que ir gateando hasta la nave,
llegas a tu asiento, estás de espaldas, alguien te pone todos los
cinturones, el oxígeno y los accesorios para realizar todas las
comunicaciones y conexiones. Entonces te dan un beso en la frente, quizá
una nota de tu esposa, por último cierran la compuerta y, de repente,
estás solo en la nave.
Se hacen comprobaciones de presión, de comunicación, el reloj
corre, todo el mundo que hay por allí va desapareciendo estás un par de
horas ahí tirado de espaldas. Pero el reloj cada vez está más cerca de
la hora . Puedes pensar que estás asustado, pero no lo estás, estás
preparado. El único miedo real es no poder salir ese mismo día porque
hay mal tiempo o porque en el lugar concreto del océano donde van a caer
los propulsores, puede que haya un barco y no podamos despegar hasta
que se vaya.
Ese es tu mayor miedo, porque estás preparado para enfrentarte a
lo que va a suceder. Pero también lo niegas porque has estado soñando
con ese día desde que tenías nueve años, y aquí estoy 26 años después, y
nunca creí que este día iba a llegar. Nunca me permití pensar ni un
momento que iba a ir al espacio. Pero en ese momento estás tan cerca y
al reloj solo le faltan diez minutos y después cinco, y empiezas a
pensar: “Quizá sí que vamos a ir al espacio hoy, ¡cómo mola!”. Y ves que
tras treinta segundos el vehículo se ha separado de la tierra y
funciona por su cuenta, cuando está a seis segundos se empiezan a
encender los motores y todo el mundo se centra en que los instrumentos
funcionen correctamente y cuando llega a cero, los enormes cohetes se
encienden y sientes una gran fuerza producida por la energía del
vehículo.
Y sientes como te haces pequeño debido a la gran explosión que
ha ocurrido a tu alrededor. Pero estás a salvo en el centro de tu
cápsula. Es como si de pronto un tornado te hubiera envuelto y empezara a
sacarte del camino muy rápido. Sientes una fuerza increíble en la
espalda, una gran vibración, la torre se cae… En el momento de abandonar
la torre vamos a 160.000 kilómetros por hora y subiendo, vamos a la
velocidad del sonido en 45 segundos. Vas más rápido que el Concorde en
un minuto y medio.
Es muy violento, te tambaleas y vibras, ni siquiera puedes
concentrarte en los instrumentos. En dos minutos has atravesado el cielo
y los grandes cohetes que te impulsan por encima de la atmósfera se
quedan sin combustible y explotan dejando al vehículo envuelto en
llamas, y ahora es muy suave porque solo usas los motores de hidrógeno. Pero cada vez te sientes más pesado mientras vas acelerando más y más. Ves que vas a la velocidad del sonido, cada mach implica ir al doble de
la velocidad del sonido.
Poco a poco, el vehículo ha ido haciendo su trabajo, está a una
correcta velocidad y altitud, perfectamente situado en la dirección
correcta, el motor se apaga y ya no hay gravedad. Sientes que ya se ha
acabado, que has hecho lo más difícil, pero a la vez está empezando. En
ese momento tienes el permiso para hacer todo aquello por lo que estás
ahí. Es un viaje de nueve minutos increíble. Lleva tu vida desde un
lugar que solo habías soñado hasta un reino de oportunidades, hacia una
nueva realidad.
Solo como resultado del ingenio, de la capacidad y del poder de
las cosas que podemos inventar. Depende del
vehículo, de si es un cohete Apolo o una lanzadera.
Yo volé en un cohete
ruso, el Soyuz, en mi tercer vuelo.
Pero todos tardan sobre los nueve
minutos.
Es lo que tardan en subir por el aire y acelerar, suelen ser
nueve minutos.
Yo
nací en 1959, por lo que en 1969, el año del primer alunizaje, iba a
cumplir diez años.
Era el verano del 69, un mes antes de mi cumpleaños.
Era un niño de nueve años inquieto, como todos los niños de nueve años,
pero en mi cabeza toda la ciencia ficción de Star Trek, de 2001: Una
odisea del espacio y de todos los libros que había leído se estaban
volviendo realidad.
La gente estaba viajando al espacio: Yuri Gagarin ya había
viajado, Alan Sephard, John Glenn… Y ahora la gente se estaba esforzando
en andar por la Luna. Para mí fue como… Imagínate que hubieras estado
leyendo sobre los X-Men y, de repente, pasaran los X-Men de carne y
hueso. Te darías cuenta de que ya no es una ficción, es real. No es solo
posible para ellos, sino que a lo mejor puedo hacerlo yo también. Fue
cautivador. ¿Qué
quiero hacer con mi vida?”. En esa noche, la del 20 de julio de 1969,
mucha gente se reunió en nuestro salón porque estábamos en una cabaña
pasando el verano y no todo el mundo tenía televisión. Estábamos todos
en el salón: un montón de adultos, mi hermano y yo. La gente se
amontonaba para ver la pequeña televisión en blanco y negro. En esa
pequeña televisión estaba Walter Cronkite narrándolo todo.
Vimos a Neil Armstrong y Buzz Aldrin alunizar, bajaron y
Armstrong dio unos pasos y dijo lo de: “Es un pequeño paso para el
hombre…”. Ya no volví a mirar a la Luna de la misma manera. La Luna ya
no era solo una luz en el cielo, era un sitio donde había estado la
gente y al que iban a continuar yendo. Eso cambia tu relación con tu
propio futuro.
Pensar: “Es algo que podemos hacer”. Esto me ayudó a tomar
muchas decisiones en mi vida. Esa gente asumió riesgos para abrir una
puerta que nadie había abierto antes.
La Tierra se convierte en un planeta que ves a lo lejos, como
la Luna o Marte, ya no estás allí. Entonces, hay una separación
psicológica que te aleja del mundo. Así que te sientes cómodo, te
acostumbras y te sientes productivo allí. Pero el calendario sigue su
curso y llega el día en el que tienes que volver a casa. Sentí muchas
emociones diferentes, claro. Sentí una gran sensación de realización
porque habíamos logrado muchos hitos para la ciencia en la estación
espacial.
Tuvimos un gran problema mecánico en la estación espacial y
tuvimos que realizar un bloqueo espacial de emergencia, cuatro días
antes de volver a casa. Pero lo resolvimos, triunfamos, arreglamos esa
parte de la estación espacial, así que todos esos años de entrenamiento
valieron la pena. Compartimos la experiencia con millones de personas
usando nuestra nueva capacidad para unir internet con la vida en una
nave espacial.
Fue muy satisfactorio. Estaba muy contento de poder volver y
ver a mi familia, porque podría volver y ver a mi mujer y a mis hijos. Podía volver a mi vida. Pero también es el final de algo, y diez minutos
antes de meterme en el Soyuz me acerqué a la ventana y floté en
ingravidez una última vez, solo para fijar en mi memoria lo que se
sentía.
Y juegas con la ingravidez, le das la vuelta a las cosas que
hay delante de ti hasta el último segundo, porque es magia. Es como si
pudieras hacer un truco, hacer que las cosas vuelen y floten, incluso a
ti mismo. Pero después me puse el traje, me metí en el Soyuz, y mi
cabeza solo pensaba en volar con el Soyuz hasta la Tierra. Es bastante
peligroso porque no has volado en seis meses y tienes que concentrarte. Además, los instrumentos están en ruso, que no es mi lengua materna. Tienes que hacerlo todo otra vez mientras desciendes y estás aplastado
contra el asiento, y tienes que hacer un montón de cosas mientras te
precipitas hacia la atmósfera, al final se abre el paracaídas y de
repente eres ligero como una pluma. Entonces cae en el suelo y da un par
de vueltas, es un regreso muy violento, muy abrupto.
El equipo de rescate ruso abre la compuerta y ya sabes, los
rusos te saludan y ayudan muy amablemente, te sacan de allí. Los médicos
quieren hacer un seguimiento de cómo se readapta tu cuerpo, así que te
tratan muy amablemente, cargan contigo durante un rato. Quieren que tu
cuerpo se readapte despacio, no es instantáneo.
Pero es abrumador. Estás agotado porque llevas 24 horas trabajando, estás sintiendo la gravedad otra vez, y es bastante…
Injusto. Tienes que esforzarte por levantar el brazo y tu corazón tiene que
levantar tu sangre por primera vez en seis meses. Tu sangre pesa por
primera vez en seis meses. Te cuesta mantener el equilibrio, te dan
náuseas y es bastante agotador volver a la Tierra, pero también es
encantador. Alguien me dejó un móvil para que llamara a mi mujer y
empezara la siguiente fase de mi vida.
Es un día muy importante. Es un día necesario en el proceso. Es
uno de esos días donde recuerdas muchos pequeños detalles, porque es un
día bastante inusual de tu vida.
creo que el vértigo o el miedo a las alturas produce unos espasmos de
piernas involuntarios, se te encoge el estómago por el miedo a las
alturas… No sé cómo te sientes tú, pero cuando salgo a un balcón y la
barandilla está muy baja o si estoy cerca de un precipicio, mi cuerpo me
manda todas las señales que puede para que me aleje y me marche de
allí. Porque, en realidad, por un pequeño fallo, un golpe de viento, o
que alguien me golpeé puede acabar en tu muerte.
Así que no creo que sea un miedo irracional, creo que es un
miedo natural y sano. La verdadera pregunta que hay que hacerse es:
“¿Qué haces con tu miedo?”. Porque puedes tenerle miedo a las alturas y
no subir nunca a un sitio elevado, pero ¿dónde está el límite? ¿Vas a
subir a un edificio de diez plantas? ¿Vas a subirte en ascensor? ¿A una
escalera? ¿Vas a pasarte toda la vida tumbado en el suelo?
Lo que decidí, obviamente, como hace la mayoría de personas, es
que está bien subir a un sitio elevado siempre que sepas que no vas a
caerte. Si estás dentro de un edificio de diez plantas, estas a una
altura de diez pisos, pero no te vas a caer diez pisos porque tienes un
suelo debajo. Si estás en un avión, puede que estés a diez kilómetros
del suelo, pero tiene alas y no vas a caerte de repente.
En una nave estás en la ingravidez, puedes dejarte llevar y no
te caerás. No puedes caerte, es imposible caerte de la nave. Así que
mientras sepas que no vas a caerte, no hay de qué preocuparse. Esa es la
gran diferencia: ¿cómo te tomas las cosas a las que temes con un miedo
primitivo, animal? Y pensar en ello para reconocer que tienes miedo,
pero, aunque estés al borde de un precipicio, si llevas un arnés
superfuerte que está unido a una pared detrás de mí, no puedo caerme, no
importa y no necesito estar preocupado. No soy un animal imprudente,
soy un humano racional. Así es como le hice frente a mi versión
particular de vértigo. Por eso he podido llegar tan increíblemente alto
en mi vida.
Creo
que el primer paso, y el más importante, es tener un sueño. ¿Qué
imaginas ser cuando eres honesto contigo mismo? Si piensas: “Para que mi
vida fuera perfecta, ¿qué podría ser de mayor?”. Mantenlo siempre
cerca de tu corazón y úsalo en cada decisión que tomes. “¿Qué libros
debería leer?”, “¿Qué película debería ver?”, “¿Qué comida debería
comer?”, “¿Qué cosas debería aprender para ser lo que sueño ser?”.
Y si sueñas con ser un astronauta, si sueñas con ser astronauta
puedes hacer tres cosas muy importantes. La primera, necesitas un
cuerpo sano, piensa en hacer un poco de ejercicio. Si quieres ser
astronauta, lo primero es cuidar tu cuerpo. Lo segundo es que las naves
espaciales son complicadas. Y las que vuelan lo son todavía más, así que
vas a necesitar entender cosas complicadas. Así que intenta estudiar
cosas complicadas, como hiciste tú. Intenta estudiar algo muy complejo a
un nivel muy avanzado. Plantéate obtener un título universitario
avanzado, no algo que te resulte fácil, sino algo que de verdad te haga
pensar. Así que, lo segundo es plantearte tener una educación técnica
avanzada en algo que te resulte interesante.
Lo tercero, aprende a tomar decisiones y mantenerlas. Es fácil
decir: “No me pagan lo bastante para esto, ya lo decidirá otra persona”. O moverte sin rumbo por la vida. Es muy importante tomar decisiones,
pequeñas, y mantenerlas. La toma de decisiones es una cualidad. Puedes
mejorarla. “Voy a tomar una decisión: durante el próximo mes voy a hacer
esto”. “El año que viene hará esto”. “Los próximos diez minutos haré
aquello”. Lo que sea, aprende a tomar decisiones y a mantenerlas. Si tienes un cuerpo fuerte y sano, si has entrenado tu mente de forma
avanzada y técnica, y tienes la habilidad de tomar decisiones y
mantenerlas, estarás forjando tu camino para andar sobre Marte. O para
hacer cualquier cosa que desees.
Algunos
vuelos muy demandados son hasta un 43% más económicos que hace tres años
y en Copenhague los hoteles presentan descuentos de hasta el 80% con
respecto a 2018.
Ciclistas en Copenhague, con el edificio de la Bolsa al fondo.Leonardo PatriziGettyimages
La cura del llamado estrés postvacacional
para muchos se encuentra en la planificación de nuevos viajes. Según
Skyscanner, buscador de vuelos, hoteles y coches de alquiler, el volumen
de consultas en su portal durante el mes de enero, justo después de las
fiestas de Navidades, se multiplica por 13 con respecto a la media del
año anterior. Con la vista ya puesta en Semana Santa, nueve de cada 10
españoles expresan además el propósito de viajar más este año, según un
informe del mismo buscador.
Vuelo hacia la bahía de San Francisco
La Place du Capitole, en Toulouse.
Al analizar el precio medio de los billetes de avión de los destinos
cuya demanda ha aumentado más en los últimos tres años, desde el
buscador destacan los que más han bajado. De esta manera, si la idea es
desconectar por completo e irse a otro continente, Oakland
(Estados Unidos) parece ser uno de los lugares ideales, sobre todo si
no se quiere vaciar el bolsillo por completo antes de llegar. Según
Skyscanner, el precio medio del billete para volar a esta ciudad
californiana, situada en la parte oriental de la bahía de San Francisco,
es de 473 euros, es decir, un 23% menos que hace tres años. Oakland es
también el destino de larga distancia que en los últimos tres años ha
experimentado el mayor aumento de la demanda, un 600% de búsquedas más
con respecto a 2016. Si la preocupación mayor fuera el alojamiento, sin embargo, Nueva York
es la ciudad en la que los hoteles más se han abaratado para esta
Semana Santa con respecto al año pasado, hasta un 40%, según la agencia online Expedia. Le siguen San Francisco (20%), Lake Powell (Arizona, EE UU; 20%) y Hakone
(Japón; 15%). La Gran Manzana es también el destino intercontinental
que experimenta el descenso más vistoso del precio medio de los
paquetes, por lo que reservar juntos vuelo y hotel en esta ciudad
supondrá un ahorro de hasta un 30% con respecto a la misma opción hace
un año. Otros destinos top son Toulouse (Francia), con un precio medio de 86 euros y un descuento del 28% con respecto a hace tres años; Verona (Italia), con un precio medio de 126 euros y una rebaja del 23%; y Burdeos, cuyo billete de avión ahora vale 106 euros, un 21% menos. Pero la verdadera sorpresa de esta Semana Santa es el ahorro que se
puede realizar al alojarse en algún hotel de Copenhague, ya que el
precio medio ha descendido hasta un 80% con respecto al año pasado,
señalan desde Expedia. Descuentos inferiores, pero muy interesantes,
registran Dublín y Florencia (65%), la región portuguesa del Algarve y la capital de Irlanda del Norte, Belfast (55%), Edimburgo (50%), y Ámsterdam (35%). Los paquetes de vuelo más hotel a Colonia (Alemania) son hasta un 75% más convenientes este año que en 2018. En Budapest han descendido un 50%; en Copenhague, un 45%; en Roma, un 40%; en Berlín, un 35%; en Viena y en Londres, un 15%.
Avión más hotel en Navarra
Una playa en Tenerife.
Si lo que se tiene planeado es, más bien, una escapada sin salir de
España, el destino doméstico que destacan desde Skyscanner es Santander.
Con un aumento de la demanda del 125%, y unos billetes de 100 euros de
media, viajar a la capital cántabra en avión es ahora un 26% más
económico que en 2016.
Hotel en Copenhague, por un 80% menos
Quedarse en Europa es otra posibilidad para Semana Santa. Un billete de avión para Luxemburgo
vale ahora de media 116 euros, un 43% menos que en 2016, mientras que
su demanda se ha multiplicado por tres, según Skyscanner. Otros destinos
top son Toulouse (Francia), con un precio medio de 86 euros y un descuento del 28% con respecto a hace tres años; Verona (Italia), con un precio medio de 126 euros y una rebaja del 23%; y Burdeos, cuyo billete de avión ahora vale 106 euros, un 21% menos.
Si el 28% de los encuestados afirma que el interés turístico del
destino es la principal motivación detrás de sus elecciones, el 51%
indica que el precio es el criterio fundamental que le guía a la hora de
escoger el lugar de su descanso. Si tú también estás soñando con tus
próximas vacaciones, tal vez te estés preguntando adónde te resultaría
más conveniente viajar alrededor de la semana entre el 14 y el 21 de
abril. Estos son los consejos de los expertos.
Pero para disfrutar de las bajadas de precio más importantes en los hoteles, habrá que preferir Navarra y Córdoba, con descuentos de hasta el 55%.
Como muchas de las grandes creaciones de la humanidad (la penicilina,
por ejemplo), los Manolitos nacieron por un error. Sí, a los creadores
se les fue la mano con un ingrediente y salió esta adictiva especie de minicroissant de mantequilla, con la opción de tenerlos bañados en chocolate, ya sea negro o blanco. Pero hay más enigmas que resolver de este dulce de moda...
Gracias a un cupón de la ONCE
La peculiar crónica de los Manolitos arrancó hace casi tres décadas,
en 1989. Manolo Manzano, nieto e hijo de pasteleros, pidió a su abuela
un préstamo para abrir su primer local, de tan solo 60 metros cuadrados,
en Colmenar Viejo (Madrid). Y así, Manolo pasó de ayudar a su padre a
hornear tartas por encargo a poner a su progenitor literalmente a sus
órdenes. Pronto llegó la segunda pastelería, y la tercera -que se abrió
gracias a un cupón de la ONCE… premiado, claro -, y… hasta una fábrica. Y
pronto también se sumaron al negocio Remedios y Noelia, hermanas de
Manolo.
Surgió por un error en la receta
Y todo fue por un error: echaron mantequilla de más y acabó saliendo
este sabrosísimo dulce. Eso sí, no desvelan la receta completa. “El
cambio de milenio fue definitivo para Pastelerías Manolo”, recuerda
Remedios Manzano, uno de los tres hermanos propietarios. Pocos meses
después de que, en 1999, abrieran su “buque insignia" -en Corazón de
María, 10, en Colmenar Viejo- estos bollos con vocación de minicroissants
se convirtieron en objeto de deseo para los habitantes de la sierra
noroeste de Madrid. Su fama llegó hasta la capital, gracias, eso sí, al
boca a oreja. "La mejor campaña de comunicación, lenta pero muy
efectiva”, nos dice Isabel Aires, experta en comunicación gastronómica y
CEO de Aires News. Ningún experto de imagen estuvo detrás, ninguna
agencia de comunicación. La historia del nombre nos la cuenta Remedios
Manzano: “Unos clientes asiduos nos llamaban por teléfono para hacernos
encargos y los llamaban así, Manolitos [recuerden: Manolo Manzano es el
que lo empezó todo]. Nos gustó tanto el nombre que en 2012 decidimos
registrarlo como marca comercial”, recuerda Remedios Manzano. Al menos, eso sí, contaban con un -curioso- departamento de control
de calidad: el propio Manolo, que todavía sigue comiendo "unos diez manolitos
al día". “Es nuestro I+D”, ironiza su hermana. Ya más en serio: Manolo
dice tener los niveles de azúcar en orden y practica deporte a diario (y
se nota).o
Los
Manolitos nacieron por una casualidad. Sí, a los creadores se le fue la
mano con un ingrediente y salió esta adictiva especie de
'minicroissants' de mantequilla.Instagram
Qué no son 'croissants', oiga
Sí, tienen forma más que parecida a los kiflis austriacos o a los famosos croissants franceses,
aunque en tamaño mini, claro. Pero, como afirma Iván Sáez, chef del
restaurante Desencaja (Paseo de La Habana, 84, Madrid) y de El Zorzal
(Santa Clara, 10, Madrid), y buen conocedor de la gastronomía francesa, “si estás pensando en un croissant francés, con sus capas, su
crujiente, con el sabor y aroma a mantequilla, no puedes comerte un
Manolito, porque es otra cosa, y viceversa”. Así que no intentes buscar
parecido alguno. Pese a que surgieran con intención de croissant,
y hasta a los propios inventores se les escape el término, este es “un
bollo único, y prueba de su éxito es que tiene imitaciones”, prosigue
Sáez.
Surgió por un error en la receta
Y todo fue por un error: echaron mantequilla de más y acabó saliendo
este sabrosísimo dulce. Eso sí, no desvelan la receta completa. “El
cambio de milenio fue definitivo para Pastelerías Manolo”, recuerda
Remedios Manzano, uno de los tres hermanos propietarios. Pocos meses
después de que, en 1999, abrieran su “buque insignia" -en Corazón de
María, 10, en Colmenar Viejo- estos bollos con vocación de minicroissants
se convirtieron en objeto de deseo para los habitantes de la sierra
noroeste de Madrid. Su fama llegó hasta la capital, gracias, eso sí, al
boca a oreja. "La mejor campaña de comunicación, lenta pero muy
efectiva”, nos dice Isabel Aires, experta en comunicación gastronómica y
CEO de Aires News. Ningún experto de imagen estuvo detrás, ninguna
agencia de comunicación. La historia del nombre nos la cuenta Remedios
Manzano: “Unos clientes asiduos nos llamaban por teléfono para hacernos
encargos y los llamaban así, Manolitos [recuerden: Manolo Manzano es el
que lo empezó todo]. Nos gustó tanto el nombre que en 2012 decidimos
registrarlo como marca comercial”, recuerda Remedios Manzano. Al menos,
eso sí, contaban con un -curioso- departamento de control de calidad: el
propio Manolo, que todavía sigue comiendo "unos diez manolitos
al día". “Es nuestro I+D”, ironiza su hermana. Ya más en serio: Manolo
dice tener los niveles de azúcar en orden y practica deporte a diario (y
se nota).
Los
Manolitos nacieron por una casualidad. Sí, a los creadores se le fue la
mano con un ingrediente y salió esta adictiva especie de
'minicroissants' de mantequilla.Instagram
Qué no son 'croissants', oiga
Sí, tienen forma más que parecida a los kiflis austriacos o a los famosos croissants franceses,
aunque en tamaño mini, claro. Pero, como afirma Iván Sáez, chef del
restaurante Desencaja (Paseo de La Habana, 84, Madrid) y de El Zorzal
(Santa Clara, 10, Madrid), y buen conocedor de la gastronomía francesa,
“si estás pensando en un croissant francés, con sus capas, su
crujiente, con el sabor y aroma a mantequilla, no puedes comerte un
Manolito, porque es otra cosa, y viceversa”. Así que no intentes buscar
parecido alguno. Pese a que surgieran con intención de croissant,
y hasta a los propios inventores se les escape el término, este es “un
bollo único, y prueba de su éxito es que tiene imitaciones”, prosigue
Sáez.
Cuánto engordan, que no me quiero pasar
Reconozcámoslo: tienen el tamaño perfecto. Seguramente si fueran más
grandes, como la mayoría de bollería al uso, sonaría enseguida la señal
de alarma de nuestra dieta y más de uno evitaría la tentación. Y es que,
como señala Isabel Aires, es “un bocado delicado, sutil, y, al ser más
chicos, da la sensación de que se peca poco”. Pero oigamos la
voz del especialista, que igual nos baja la euforia. El nutricionista
Guillermo V. Rodríguez alerta: “El hecho de que vengan en un formato más
pequeño puede hacer que nos comamos más de uno, porque lo vemos como
algo más inofensivo”. Sin ser determinantes sí que podemos sacar algunas conclusiones. Por ejemplo, un minicroissant
tiene unas 90 calorías. Conclusión: un Manolito tiene más calorías
porque contiene más mantequilla (¡se pasaron con este ingrediente en la
receta!) y algunos llevan chocolate. Por poner otros ejemplos: un
polvorón puede llegar a las 180 calorías y una manzana tiene 70 calorías
(eso sí, este último es azúcar natural de los alimentos, no añadido,
que es el de los dulces). Álvaro
Morata intentó crear su propia versión del Manolito, el 'crosantino'.
Pero finalmente optó por una solución más práctica y segura: convencer a
los Manzano para asociarse. En la imagen, el futbolista con una caja de
'crosantinos'.Instagram