Antonio José Cortés Pantoja ha fallecido en Sevilla por una complicación coronaria.
Chiquetete con sus hijos Francisco, en 2015.Foto: GTRES | Vídeo: EP
El cantante Antonio José Cortés Pantoja, conocido artísticamente como
Chiquetete, ha fallecido en Sevilla tras sufrir un ataque al corazón,
según han confirmado este domingo a Europa Press fuentes de Idarte
Producciones. Desde esta productora han explicado a la agencia que el
cantante se encontraba hospitalizado en la clínica de Fátima de Sevilla
por una operación de cadera, que se ha complicado con un problema
coronario. El cuerpo del cantante se encuentra en el tanatorio de la
SE-30, donde está siendo velado desde primera hora de este domingo por
familiares y amigos, según han informado a Efe fuentes de la oficina de
representación de su hijo Fran, su guitarrista en los últimos años. Las
fuentes han señalado que el fallecimiento ha sido "un mazazo" para su
entorno, porque el estado de salud del artista, pese a sus problemas de
corazón, era "bueno en general". El artista se mantenía en activo y
estaba anunciada su participación en un espectáculo flamenco para el 29
de diciembre en San Juan de Aznalfarache (Sevilla).
Antonio José Cortés Pantoja nació en Algeciras (Cádiz) en 1948,
aunque su familia cambió su residencia a Sevilla cuando él contaba con
ocho años. Se inició en el mundo artístico a los 12 años formando parte
del conjunto Los Algecireños (posteriormente llamado Los Gitanillos del
Tardón), junto a Manuel Molina Jiménez y Manolo Domínguez El Rubio.
En ese momento adoptó el nombre artístico de su tío materno, Juan Pantoja Cortés, conocido comoEl chiquetete de Jerez,debido a que una vecina natural de Alicante comenzó a llamarlo xiquet(niño, en valenciano). Pantoja Cortés era padre de la también artista Isabel Pantoja y había formado un conjunto flamenco llamado Trío de los gaditanos junto a Florencio Ruiz Lara y Manuel Molina El Encajero. Alternó su carrera con el trío con actuaciones en diferentes
festivales, y en 1976 obtuvo el Premio Mairena del Alcor. Tras ello
inició su carrera en solitario con la grabación del disco Triana despierta, junto a Paco Cepero y Enrique de Melchor. Su primer trabajo en solitario, Gitano yo he nacío, fue publicado en 1977. Ese mismo año editó Amada, Amante. En 1980, con el disco Altozano, se adentró en el género de la balada romántica con toque aflamencados. Más adelante, en 1988, editó la sevillana A la Puerta de Toledo, que le brindó un gran éxito popular, junto a la balada Esta cobardía. Editó su último disco en 2017, La magia de una voz, en el que repasaba sus éxitos producidos con nuevos arreglos musicales.
La presidenta en funciones de la Junta de Andalucía, Susana Díaz, ha
lamentado en un mensaje de Twitter la desaparición del cantante: "Nos queda para siempre su arte, esa manera dulce y contenida de interpretar la canción flamenca, de la que fue su hacedor". También el candidato del Partido Popular a la presidencia andaluza por
el Partido Popular, Juan Manuel Moreno, se ha referido al artista en la
red social: "Hoy nos hemos despertado con la triste noticia del
fallecimiento de Chiquetete. Mi más sincero pésame a los familiares y
amigos de quién ha sido una gran voz de nuestra tierra". La Sociedad General de Autores de España (SGAE) ha expresado también
sus condolencias en un comunicado que recuerda que el artista logró dos
discos de platino y uno de oro tras alcanzar su mayor cota de
popularidad en los años ochenta. Chiquetete deja tres hijos fruto de sus matrimonios con Amparo
Cazalla, con quien tuvo a su primer hijo, Antonio, y otros dos de la
tormentosa relación con Raquel Bollo: Manuel y Alma. Una relación que se
hizo muy mediática a raíz de la denuncia que Bollo presentó por malos
tratos, que, tras el primer infarto del cantante, fue retirada, aunque
el cantante fue finalmente condenado.
Esta situación afectó gravemente al cantaor sumiéndole en una fuerte
depresión, por la que estuvo 32 días internado en la clínica Quirón de
Barcelona.
Una vez recuperado y tras formalizar su separación con la que
fuera empleada de Isabel Pantoja, esta le volvió a denunciar por malos
tratos, acusándole incluso de haberle provocado un aborto. Desde
entonces, su nombre ha aparecido en múltiples ocasiones en los programas
de televisión en el papel couché.
En agosto de ese mismo año, comenzó su relación con la Carmen Gahona,
quien en los últimos tiempos le ha defendido en los platós de
televisión.
HE AQUÍ un símbolo de la respetabilidad, de la autoridad moral, del
orden. Observen cómo brilla el suelo de mármol, recién encerado, y cómo
se reflejan en él los cuerpos de quienes permanecen de pie, dispuestos a
impartir justicia cuando les abran la oficina. En ese suelo, como
decían nuestras abuelas, se podría comer un cocido. Se levanta uno
ansioso porque sí, porque ha hecho del desasosiego una forma de vida, y al contemplar esta imagen en el periódico
comprende que no tiene derecho a la ansiedad. Después de todo, estos
señores tan aseados cuidan de nosotros. Observen sus togas de alpaca,
sus puñetas almidonadas y admiren ese conjunto de insignias,
condecoraciones y medallas que caen en cascada por sus pechos. Todo ese
oro debería tranquilizarnos por lo que significa traducido en quilates
de honorabilidad. Imaginen a estos hombres en sus casas, al caer la tarde, de regreso
de un trabajo al que se han visto obligados a acudir vestidos con esta
pulcritud, y no en vaqueros, como usted o como yo. Ahora deben quitarse
todo lo que llevan encima y colocarlo cuidadosamente en los lugares
adecuados, cada emblema en su cajita almohadillada, cada prenda de
vestir en su percha. Sus armarios deben de parecer pequeñas vitrinas de
museos dedicados a una cultura de cuya grandeza no somos conscientes. Si yo fuera médico, tendría en mi consulta esta fotografía para
mostrársela a los pacientes que vinieran a por unos gramos de Valium u
Orfidal. ¿Qué mayor sosiego que el que provocan estos rostros tan
limpios, esos cuerpos tan bien articulados, esa indumentaria impoluta?
Nixon cayó por el Watergate y Clinton las pasó canutas por sus embustes
sexuales. Ahora, Donald Trump vocifera infundios sin que suceda nada.
HAY DOS CLASES de personas que me dan mucho miedo, las crueles y las
dogmáticas (para peor, suelen darse a la vez), pero después los que más
me asquean son los mentirosos, que a menudo también suman crueldad y
fanatismo, alcanzando así el premio cum laude de mi repugnancia. Me refiero a la mentira rastrera e interesada, al engaño que se aprovecha de la necesidad de sus víctimas para sacar provecho, al desparpajo cínico.
Porque, por otra parte, mentir, lo que se dice mentir, lo hacemos
todos. En primer lugar, sin darnos cuenta: nuestra memoria, lo he dicho
mil veces, es un relato, un cuento que nos contamos a nosotros mismos y
que vamos variando cada día sin siquiera advertirlo para adaptarlo a
nuestras necesidades. Y menos mal que disponemos de esa imaginación tan hacendosa que va
cosiendo los agujeros del pasado y bordando bonitas flores sobre los
zurcidos, porque, sin ese relato que va dotando de orden y sentido al
caos de nuestros días, la existencia resultaría invivible. Ya lo decía
Epicteto: lo que nos afecta a los humanos no es lo que nos sucede, sino
lo que nos decimos de lo que nos sucede. Somos palabras en busca de
sentido y podríamos decir que la mentira es nuestro esqueleto. Una
mentira ignorada por la consciencia, una mentira necesaria e inocente,
tan sólida y tan blanca como un hueso. En segundo lugar, también mentimos de manera social,
por cortesía, o incluso podríamos decir que por empatía. Detesto a esos
necios que alardean de sinceridad y que en realidad van atizando
sopapos por doquier, espetando a sus víctimas lo feos que están, lo
mucho que han engordado o lo insípida y pasada que está la paella que
llevan toda la mañana preparando. ¡Menudos energúmenos! Mentir para
hacer que el otro se sienta mejor también es amar. Son mentiras amables,
mantecosas y rosadas, como la cubierta de azúcar de un pastel. Por último, todos mentimos a veces malamente. ¿Quién no ha dicho en
algún momento de debilidad una falsedad de la que se arrepiente? Porque
lo hizo por cobardía, o por sacar un provecho egoísta, o por dar la coba
a un poderoso. Nadie es perfecto, como decían en la genial Con faldas y a lo loco. Son mentiras escamosas, rojizas e irritantes, anomalías purulentas como granos de acné. Y luego está la mentira sin más, la mentira asquerosa contra la que nos
educaban de niños, mentiras negras y viscosas como sanguijuelas, armas
de guerra para manipular al prójimo. Creo haber dejado claro que todos
los humanos mentimos de diversas maneras (recomiendo la maravillosa
novela Mentira, de Enrique de Hériz,
para darse cuenta de hasta qué punto es así), pero también creo que
todos sabemos perfectamente cuándo se cruza la línea de la mentira
criminal. Es el tipo de embuste condenado por los Diez Mandamientos, por
el imperativo categórico kantiano y por el sentido común. Pues bien, me
parece que esa condena se ha acabado. Tengo la inquietante sensación de
que la mentira venenosa incluso se está poniendo de moda, de la misma
manera que hace unos años, en los tiempos de gloria de los brókeres y
los Marios Conde, se puso de moda la ferocidad de los tiburones competitivos, con las consecuencias que todos sabemos. Veamos: Cohen, el abogado de Trump, ha reconocido que mintió en una
declaración al Senado sobre un proyecto de la compañía del presidente
para construir un rascacielos en Moscú, proyecto que es uno de los
puntos esenciales en la investigación sobre la supuesta conspiración
entre Trump y el Kremlin para ganar las elecciones. Las sombras, más
bien las tinieblas de las mentiras, llueven sobre Trump, que además
utiliza personalmente su Twitter para vociferar infundios sin que suceda
nada. Y sin embargo Nixon cayó por mentir en el Watergate, y
Bill Clinton las pasó canutas con sus embustes sexuales. Ahora, en
cambio, parece que se admira al mentiroso y al cínico. Tengo amigos
(exagero: conocidos) a los que he visto calumniar sabiendo que calumnian
sin que se les mueva una pestaña, una desfachatez difamadora que me
parece que hace algunos años no existía. Me temo que se excusan diciendo
que el fin justifica los medios. Yo creía que esa aberración ya estaba
superada, pero se ve que siempre hay que volver a empezar por el
principio.
Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es que éstas son
abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de personas.
TODO ESCRITOR, que se pasa la vida eligiendo y descartando
vocabulario, acaba teniendo sus manías, sus filias y fobias, sus
preferencias y aversiones. En realidad eso le ocurre a cualquiera, pues
todos hacemos uso de la lengua con mayor o menor grado de conciencia, y
todos tendemos a aceptar o rechazar palabras, intuitiva o
deliberadamente. Cada época sufre sus modas y sus plagas, y lo penoso es
que éstas son abrazadas acríticamente o con papanatismo por millares de
personas, que las repiten machaconamente como papagayos, hasta la
náusea. Esos individuos creen a menudo estar diciendo algo original,
cuando lo que dicen es un tópico. O creen ser “modernos”, o estarles
haciendo un guiño a sus correligionarios, por el mero uso de ciertos
términos. Recuerdo que hace unos años todo era “coral” y “mestizo”; hoy es todo
“transversal”, convertido en uno de esos vocablos que, cuando me los
encuentro en un texto —o los oigo en una televisión o una radio—, me
instan a abandonar de inmediato la lectura —o a cambiar de cadena—,
sabedor de que quien escribe o habla está abonado a los lugares comunes y
no piensa por sí mismo. Antes de que empiecen a indignarse
quienes los emplean, conviene aclarar que yo sí hablo solamente por mí
mismo. Que me irriten términos o expresiones no supone nada, ninguna
condena. Es sólo que a mí me sacan de quicio y que no los soporto, lo
mismo que a una pazguata de antaño la hería leer “coño” o “cojones”, o
que a un recio varón le producían arcadas los “nenúfares” y “azahares”
de un poema.
Debo decir con lástima que el actual feminismo feroce ha plagiado o
acuñado unos cuantos palabros que me atraviesan los ojos y oídos. En
cuanto me aparecen el espantoso “empoderar” y sus derivados
(“empoderamiento”, “empoderador”), interrumpo al instante el artículo o
el libro, por mucho que la Real Academia Española los haya admitido en
el Diccionario (nada me puede traer más sin cuidado, en este
periodo asustadizo de esa institución a la que pertenezco…, creo). Lo
mismo me ocurre con “heteropatriarcal”
y no digamos con “heteropatriarcalizar”, que, aparte de larguísimos y
sobados, me parecen injustos e inexactos, como si los hombres
homosexuales no hubieran estado a menudo casados y no hubieran
participado del “patriarcado”. En cuanto a “sororidad”, tentado estoy de
hacerme cruces (o el harakiri) cada vez que cae ante mi vista, porque
me resulta inevitablemente monjil y con olor a naftalina. Tampoco se les
da bien la recreación castiza a estos feministas feroci: me provocan
urticaria “cipotudo”, “machirulo” y la más reciente “machuno”, con reminiscencias de “chotuno”. El desdichado sufijo en “-uno” no es demasiado frecuente en nuestra
lengua, seguramente por feo y zafio, lo que invita a recurrir a él en
este siglo XXI. Cada vez que leo “viejuno” (en vez de “vetusto”, por
ejemplo), ya sé que quien me lo suelta es mimético y habla por boca de
ganso.
Otro tanto me sucede con quienes empalman sin cesar verbos cursis
calcados del inglés más estúpido, como “empatizar”, “socializar”,
“interactuar” y similares. Estoy seguro de que un escritor no vale la
pena —y de que además es un pardillo deslumbrado— si recurre a la
expresión inglesa “ponerse en sus zapatos”, que es como se dice en esa
lengua lo que aquí siempre se ha dicho “en su lugar”, “en su piel” y aun
“en su pellejo”. Sé que el escritor en cuestión se ha nutrido de
traducciones malas o que ha leído directamente en inglés sin conocer su
propio idioma. Una de las razones por las que la mayoría de los
novelistas estadounidenses de las últimas generaciones me parecen
pomposos y bobos —una, hay varias— es por su irrefrenable tendencia a
hacer algo que ya he percibido en los copiones españoles, a saber:
juntar un adverbio “original” con un adjetivo.
Hace ya años que los autores baratos adoptaron, por ejemplo,
“asquerosamente rico” y “ridículamente feliz”, hoy en día insoportables
vulgaridades. Pero ahora empiezan a abundar los “extravagantemente
enérgico”, “impetuosamente simpático”, “hirientemente eficaz”,
“inquietantemente bueno” o “minuciosamente inútil”. Se nota tanto (en
los españoles como en los americanos) que el escritor en cuestión se ha
pasado largo rato pensándose la combinación, y creyendo hacer literatura
con ella, que se me hace aconsejable arrojar en el acto el volumen por
la ventana. Sé que se trata de un farsante. La fórmula “esto no va de mujeres, va de libertades” y parecidas me
producen un sarpullido más grave que la idiotizada expresión “sí o sí”,
omnipresente. Últimamente hay periodistas que han descubierto el verbo
“ameritar”, normal en Latinoamérica, y están desterrando nuestro
“merecer” a marchas forzadas. En cuanto al horroroso y mal formado
“ojiplático”, que ya ha pedido su ingreso en el Diccionario, qué
quieren.
Pretender que a partir de “se me quedaron los ojos como platos” se cree
ese engendro, es como aspirar a que también se incluyan
“carnigallináceo”, “pelipúntico” y “peliescárpico” para designar cómo
nos quedamos cuando nos emocionamos o nos llevamos un susto. Hay más,
pero por hoy ya es bastante.