Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

4 nov 2018

El peso de la identidad............................... Elvira Lindo

Los Bolsonaros están convenciendo al electorado de que las minorías les han robado un espacio que era suyo.

Hay una idea que sobresale: la culpa de que triunfe la extrema derecha la tiene una izquierda atontada.
Hay una idea que sobresale: la culpa de que triunfe la extrema derecha la tiene una izquierda atontada. AP
Qué difícil es para un intelectual admitir que también es susceptible de someterse a los dictados de la moda.
 Sería como reconocer que en sus especulaciones también intervienen la ambición y el capricho.
 Hasta en una materia áspera como el análisis político hay quien tiene astucia para seguir la moda, y contarnos, como si fuera la primera vez, lo que ya está escrito.
 Porque la moda se basa en eso: en la repetición de un concepto. 
Ya estaba escrito, por ejemplo, que a la izquierda no le convenía la fragmentación de sus fieles. 
Ya estaba escrito, desde los años setenta, que los derechos de las mujeres podían esperar.
 Y así podían esperar otros colectivos que reclamaban derechos civiles.
 Ya estaba escrito que eran aspiraciones secundarias.
 No fue la izquierda quien tiró de este carro, sino los propios activistas quienes forzaron la marcha.
 Fue Clara Campoamor quien avisó a la izquierda de que las mujeres no podían esperar a ser tratadas como adultas; fue Martin Luther King quien entendió que las aspiraciones de los negros eran también las de la clase trabajadora y que el movimiento no sobreviviría como tal si no se producía esa alianza.
En los análisis posteriores a la victoria de Trump y Bolsonaro hay una idea que sobresale entre todas las demás y que compran y difunden tanto comentaristas conservadores como de un sector de la izquierda: la culpa de que triunfe la extrema derecha la tiene una izquierda atontada y rendida a las políticas de identidad.
 Hay incluso quien desde la derecha reclama que se le reconozca la generosidad de ofrecer estrategias de redención que devuelvan a la izquierda al buen sendero, que entendía al individuo solo como trabajador y obviaba aquellos aspectos de la vida en los que se centra la soberanía individual.
 Es lo mismo que vocifera Trump, pero de manera más bruta y que le ha venido de perlas para desatar el resentimiento necesario que precisa un déspota.
 La culpa, señalan desde el púlpito los líderes de la ultraderecha, la tienen aquellas minorías que están arrebatando, por capricho de la izquierda, los derechos de las personas normales.
 Esas “minorías” son, según convenga, los africanos, los latinos, los negros, las feministas, los gais.
Cierto es que la izquierda no ha sabido aunar ese coro de voces, pero culpar a las políticas identitarias del auge del reaccionarismo es injusto, por no decir grotesco. 
Si tan efectivas hubieran sido esas medidas correctoras veríamos los foros del poder financiero y político plagados de mujeres, de gais, de negros, de latinos. 
¿Lo están? En absoluto. 
Pero es que además se advierte en este análisis una especie de condescendencia hacia esa clase obrera que dicen reivindicar: no entienden que hoy en día para un joven trabajador puede ser tan importante su sueldo como poder expresar libremente su legítima condición sexual, o que para una mujer pobre el añadido de ser negra o gitana sea un elemento en contra.
 Malviven, como intuyó Luther King, en una intersección donde coinciden varios elementos de marginalidad. 
Pero los Bolsonaros están convenciendo al electorado de que las minorías les han robado un espacio que era suyo. 
Y esa teoría la manosean analistas que la repiten como un hallazgo. Yo no creo en la inocencia de dicho análisis, venga del lado que venga, intuyo en él un viejo desprecio a los derechos humanos y un miedo poco disimulado a la amenaza feminista. 
Qué fácil desdeñar el peso de la identidad para quien jamás se ha visto menospreciado o arrinconado por ser diferente (al que manda). 

 

Tanta belleza.........................................Juan José Millás

Contenedores, Hong Kong, 2014.
Contenedores, Hong Kong, 2014.
Juan José Millás 

ESTA OBRA DE ARTE no es una obra de arte.
 Es un conjunto de contenedores apilados que casualmente han construido un mondrian.
 Debemos su descubrimiento a la agudeza del fotógrafo, que fue capaz de observar unas pautas cromáticas donde la mayoría de los mortales solo habríamos visto un montón de chatarra de colores.
 El contenedor es uno de los grandes inventos de la poshistoria o como quiera que se llame esta época que nos ha tocado vivir. Sus medidas estándar facilitan su almacenamiento y transporte por carreteras, ríos u océanos.
 Las grandes barcazas especializadas en su traslado atraviesan los mares cargando centenares o miles de ellos, los unos encima de los otros, elevando peligrosamente el centro de gravedad del complejo. Su visión desde un barco normal o de recreo resulta muy perturbadora para las buenas conciencias, sobre todo si se manifiesta en medio de la niebla, como un remordimiento.
 A veces, en los temporales, la carga se balancea y algunos de los contenedores caen al agua precipitándose hasta el fondo. 
 Los lechos marinos están llenos de estas cajas de zapatos monstruosas que igual contienen maquinaria agrícola que inmigrantes de los llamados ilegales.
Del mismo modo que si deseas entender a Mondrian has de atravesar lo que en su pintura hay de pura geometría y de simple pantone, para entender uno de estos continentes industriales debes abrir, siquiera de forma imaginaria, sus puertas de acero corten o aluminio para sorprenderte (y escandalizarte quizá) de lo que nos enviamos de un extremo al otro del universo mundo provocando sin querer tanta belleza. 

La ignorancia produce monstruos ........................ Rosa Montero.


La ignorancia produce monstruos

¿Quieran o no?..........................................Javier Marías

No es aceptable que un reciente editorial de EL PAÍS sobre la prohibición del tráfico privado en el centro de Madrid terminara con ese tic dictatorial.

EN UN PAÍS tan tradicionalmente propenso al autoritarismo, cuando no a lo dictatorial, hay que estar con cuatro ojos y cuatro oídos ante cualquier veleidad de este tipo, aunque sea sólo verbal. Al contrario de lo que sostiene Carmen Calvo, las palabras encierran a menudo peligro, y dan avisos, sobre todo cuando “se le escapan” al que habla, cuando no se da cuenta de lo que delatan. 
Si Torra anima a atacar al Estado, no se puede tomar a la ligera, porque de hecho es lo que él y sus correligionarios llevan años haciendo, y continúan, y continuarán, con más ahínco cuanto más explícito se haga el objetivo. 
Tanto los independentistas como el PP como Podemos tienen el tic autoritario en la punta de la lengua, sin cesar.
 Esta última formación lo tiene además tan arraigado que casi no hay manifestación de sus dirigentes en la que no aparezca, quizá involuntariamente.
Un ejemplo reciente es la frase de su fundador Monedero durante una charla pública titulada La Corona, ¿pa’ cuándo? Llaves para abrir el candado democrático (sic).
 “Compañeros, hay algo muy claro”, dijo con arrogancia. “A la Monarquía en España no le queda mucho si nosotros estamos aquí”. 
No resulta claro dónde es “aquí” (¿en La Moncloa, ahora que ya han metido el pie?), pero sí meridiana la idea de Monedero de la democracia, al creer que algo tan fundamental como la forma de Estado dependerá de la decisión de un partido, o de un hipotético Gobierno, que ni siquiera se dignaría consultar a los ciudadanos.
 Con toda nuestra larga historia de autoritarismos diversos, lo último que me esperaba es que esa tentación se expresara de manera diáfana en el periódico en el que escribo desde hace cuarenta años, y que leo desde hace algo más.
 Si digo “en el periódico” es por esto: los editoriales de EL PAÍS, como los de todos los diarios, no van firmados, lo cual significa que la publicación los suscribe y los hace suyos sin reservas ni matices.
 De haber llevado firma el editorial “Un corte necesario”, del 17-10-18, quizá no me vería impelido a escribir esta columna.
 El texto parecía inspirado por un concejal del Ayuntamiento de Madrid o por un entusiasta de Manuela Carmena y su (para mí) nefasto y cínico equipo, el peor de la democracia, y cuidado que hay candidaturas a ese título en nuestra ciudad.
 El editorial era una defensa y un aplauso incondicionales a la disparatada medida (entrará en vigor el 23 de noviembre) de prohibir el tráfico privado, salvo escasas excepciones, por un “centro” de Madrid de amplitud colosal. 
 Nunca he tenido coche ni sé conducir, así que poco me afecta en lo personal, pero espero que, tras semejante restricción, y en coherencia, el Ayuntamiento deje de cobrar a los automovilistas el impuesto de circulación, ya que apenas podrán circular. 
El escrito alababa las bondades del plan, sobre todo para la salud y en la lucha contra el cambio climático.
 Pero callaba ladinamente que: a) el tráfico que no pueda acceder a esa enorme “almendra” (más bien un “melón”) abarrotará el resto de calles, que estarán en permanente colapso; b) eso hará que los desplazamientos lentísimos, con los motores encendidos, contaminen el aire todavía más; c) si a eso se añade la reciente prohibición de sobrepasar los 30 km por hora en el 85% de la ciudad (aunque las avenidas estén despejadas), el atasco perpetuo, y la consiguiente emisión de gases, están asegurados; d) mientras se aplica este delirio, los voluminosos y pausados buses turísticos (ah, que le dan dinero a la alcaldía) bloquean calles estrechas, a veces de cinco en cinco; e) la situación infernal se verá agravada por la inhabilitación de la Gran Vía, ya ejecutada, y por la que se planea de la Castellana, al parecer; f) los caprichosos carriles-bici, apenas usados, ya han herido mortalmente a la capital. 
El editorial reconocía que “una parte de los empresarios y comerciantes” están desesperados.
 Por lo que sé, lo están la gran mayoría, y también los hoteles, restaurantes, bares, los taxistas y una altísima porción de la población. 
No conozco a nadie que no sea un podemita o un carmenita furibundo que no se tire de los pelos ante el despropósito que convertirá Madrid en un insalubre caos (aún más). 
Pero bien, cada uno tiene su opinión. Lo que no es aceptable es que EL PAÍS terminara así: “El camino de Madrid es el único posible si se quiere […] proteger la salud de los ciudadanos, quieran o no”. He ahí el tic dictatorial español.
 ¿Cómo que “quieran o no”? Esa frase supone una violentación de las libertades individuales, y tratar a los madrileños, a semejanza de lo que hacía el franquismo, como a menores de edad. 
Se empieza por proteger la salud y a continuación también cabe proteger su “salud moral”, “quieran o no”. Se dictamina qué pueden ver, leer, escuchar y decir. 
“Por su bien” se les puede imponer o prohibir cualquier cosa, porque los gobernantes o los periódicos saben mejor que ellos cuál es “su bien”. 
 Que a EL PAÍS, defensor de las libertades y la democracia, se le deslice semejante expresión, la suscriba y haga suya, me parece un grave síntoma, y la prueba, una vez más, de que los vientos del autoritarismo son demasiado contagiosos.


¿Quieran o no?