Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

14 oct 2018

Lo primero, la realidad................................Juan José Millás

Lo primero, la realidad Juan José Millás 
SI USTEDES DESEAN conocer las diferencias entre la renta per capita de Canadá y la de España, no las busquen en Google, fíjense en los calcetines de los señores de la foto.
 En Canadá, la economía llega a las partes más alejadas del cuerpo social, a las más periféricas, que son también las más necesitadas. Los pies no están excluidos de la prosperidad global. 
 Reciben tantos cuidados como el pecho; más aún, si cabe, puesto que en esta foto los ojos se nos van a los zapatos y a los calcetines del mandatario canadiense en vez de a su rostro, que sería lo común. 
En España, en cambio, las desigualdades entre pobres y ricos no hacen otra cosa que aumentar frente a la indiferencia, cuando no a la complicidad, de los políticos.
De ahí que las extremidades de Sánchez vayan de luto riguroso. Zapatos negros: verdaderos ataúdes pequeñitos para sus fríos pies, y calcetines que evocan a los de la terrible marca Ejecutivo, a juego con los pañuelos funerarios que las abuelas de nuestros pueblos suelen llevar en la cabeza. 
La alegría, el color, el regocijo, no llega a las clases bajas, lo que queda perfectamente metaforizado en esta imagen de una dureza ­inusual. 
Aquí solo acudimos al podólogo in articulo mortis, porque les tenemos poca consideración a los suburbios.
 Somos clasistas en lo económico y centralistas en lo político, por eso también los problemas de unidad y ruptura en los que llevamos décadas o siglos enredados.
 Algunos pensarán que la solución pasaría por regalar a Sánchez unos calcetines de corazones.
 Pero no: primero habría que arreglar la realidad. 
 

Conviviendo con la violencia...............................Rosa Montero.

Desde el bofetón en la infancia hasta los correazos, desde el maltrato psicológico hasta las chillonas broncas entre políticos, continuamente aceptamos la agresividad.
EL CALOR ENFERMIZO de este tórrido otoño quizá haya contribuido a inundar de sangre el final de septiembre: en poco más de 48 horas fueron asesinadas en España cinco mujeres. 
De esa cosecha atroz me estremeció en especial la última víctima, una mujer de 44 años que fue acuchillada repetidas veces en ­Torrox, Málaga.
 Arma blanca, furia negra: hace falta odiar mucho y tener unas tripas envenenadas para ser capaz de clavar una y otra vez la afilada hoja, tan cerca de tu víctima, tan manchado por su miedo y su dolor.
 Pero no es por esta horrible forma de matar, por desgracia tan común, por lo que el caso de Torrox me conmovió, sino porque la mujer tenía interpuestas dos denuncias por maltrato contra dos hombres, los dos con orden de alejamiento. 
Uno de ellos fue quien la asesinó. 
Al parecer, había vuelto a convivir con él.
Los psicólogos que trabajan con la violencia de género lo llaman la “luna de miel”. 
El maltratador vuelve arrepentido, llora, promete dulzuras y un amor eterno, durante unos días es el príncipe azul.
 La maltratada, que a esas alturas está con la autoestima por los suelos, desprotegida, aislada, confundida y tan necesitada de amor como el yonqui necesita su dosis de droga, baja las defensas y se entrega a él.
Pero lo más atroz es que esto se convierta en una pauta de comportamiento.
 La mujer de Torrox había convivido antes con otro maltratador, y es probable que hubiera otros verdugos a los que no denunció. Quién sabe si incluso la pegaron de niña: a veces la trampa de la violencia se construye en la infancia.
 También para los agresores: diversas fuentes señalan que un tercio de los maltratadores fueron maltratados de niños. 
En los varios reportajes que he hecho sobre la violencia de género conocí a bastantes mujeres que iban pasando de un energúmeno a otro sin solución de continuidad.
Que creían haber encontrado por fin al hombre amoroso y protector hasta volver a recibir la primera paliza. 
Es un despeñadero autodestructivo demasiado frecuente.
 Estas vidas atrapadas por la brutalidad nos resultan chocantes, pero lo cierto es que toda nuestra sociedad pivota en torno a la violencia, intentando encontrar con ella, o contra ella, un acomodo difícil.
 No hablo ya de la violencia de género, que es un ejemplo nítido y extremo, sino de las muchas y distintas agresiones cotidianas.
 Hace un par de semanas saqué un artículo sobre el acoso escolar (otra violencia soterrada y atroz) y una profesora, XXX, me mandó una lúcida carta: “¿Cómo pretendemos solucionar el problema del acoso escolar cuando los mismos profesores están acosando a sus compañeros?”. 
Un reciente estudio de la Central Sindical Independiente y de Funcionarios indica que el 90% de los profesores conviven con situaciones de violencia en los centros en donde trabajan, incluyendo “insultos y vejaciones entre compañeros y compañeras”. 
Y añade XXX: “¿De verdad pensamos que este clima entre adultos no se transmite a nuestro alumnado?” 

Tiene razón; ellos están educando a las nuevas generaciones, pero a su vez se encuentran atrapados en la espiral de agresividad en la que todos vivimos. 
Según la Asociación contra el Acoso Moral y Psicológico en el Trabajo, el 15% de los trabajadores en España sufren mobbing.
 Y el profesor Iñaki Piñuel, especialista en acoso laboral, dijo en 2014 que el fenómeno había crecido en España un 40% desde el comienzo de la crisis. 
Entre las víctimas, una mayoría de mujeres.
 Con el agravante de que ahora las redes han sacado el acoso del centro laboral y han conseguido arruinar la vida entera del acosado. A veces pienso que, en efecto, todo está relacionado.
 Por ejemplo, que la violencia de género no se nutre solo del machismo, sino también de nuestro nivel de aceptación de la violencia en general.
 Desde el polémico bofetón en la infancia hasta los correazos, desde el maltrato psicológico hasta las chillonas broncas entre padres e hijos, entre hermanos, cónyuges, amigos, amantes, compañeros de trabajo, vecinos, oponentes políticos a los que insultas y vociferas y persigues en las redes.
Somos una jauría a medio civilizar y no sabemos cómo no envenenarnos con nuestra propia violencia. 


 

Literatura de penalidades o de naderías.............. Javier Marías

Echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso y procuraban mostrar las ambigüedades de la vida.

OTRA VEZ NO, ¿cuándo va a cesar esta moda?”, pensé al leer sobre el penúltimo fenómeno de las letras estadounidenses: una joven autora que relata las penalidades que pasó de niña en su familia de mormones.
 Ni médicos, ni lavarse, ni mundo exterior, un hermano mayor violento consentido por los padres…
 Una de las razones por las que leo tan pocos libros contemporáneos (y quien dice leer libros dice también ver películas) es, me doy cuenta, que demasiados autores han optado por eso, por contar sus penalidades, a veces en forma de ficción mal disimulada, las más en forma de autobiografía, memorias, “testimonio” o simplemente “denuncia”.
 La de denuncia suele ser espantosa literatura, por buenas que sean sus intenciones. 

En esta época de narcisismo, no es raro que esta patología haya invadido todas las esferas.
 Hay pocos a quienes les haya ocurrido una desgracia que no la cuenten en un volumen. 
El uno ha perdido a una hija, el otro a su mujer o a su marido, el de más allá a sus padres. 
Todas cosas muy tristes y aun insoportables (sobre todo la primera), pero que por desgracia les han sucedido y suceden a numerosísimas personas, nada poseen de extraordinario.
 Otro describe su sufrimiento por haber sido gay desde pequeño, otra cómo su padre o su tío (o ambos) abusaron de ella en su infancia, otro cuánto padeció tras meterse en una secta (los de este género dan menos pena, por idiotas), otro sus cuitas en África y cómo debía recorrer kilómetros a pie para ir a la escuela, otro las asfixias que sintió en su país islámico. 
También los hay no tan dramáticos: mis padres eran unos hippies descerebrados y nómadas que no paraban de drogarse; mi progenitor era borracho y violento; yo nací en una cuenca minera con gentes bestiales y primitivas que no comprendían, y zaherían, a alguien sensible como yo; mi padre era un mujeriego y mi madre tomaba píldoras sin parar hasta que una noche se pasó con la dosis; me encerraron en reformatorios y después en la cárcel, por cuatro chorradas. Etc, etc.
Sí, todas son historias tristes o terribles, a menudo indignantes. Millares de individuos las han padecido (en el pasado, mucho peores) desde que el mundo es mundo.
 Yo comprendo que algunos de estos sufridores necesiten poner por escrito sus experiencias, para objetivarlas y asimilarlas, para desahogarse. 
Lo que ya entiendo menos es que ansíen publicarlas sin falta, que los editores se las acepten y aun las busquen, que los lectores las pidan y aun las devoren. 
Quien más quien menos las conoce por la prensa, por reportajes y documentales.
 A mí, lo confieso, en principio me aburren soberanamente, con alguna excepción si la calidad literaria es sobresaliente (Thomas Bernhard).
 Que la vida está llena de penalidades ya lo sé. No preciso que cada cual me narre las suyas pormenorizadamente. 
Soy un caso raro, porque no se escribirían tantos libros así si no hubiera demanda.
 Creo que ello es debido a la necesidad imperiosa y constante de muchos contemporáneos —una adicción en regla— de “sentirse bien” consigo mismos, de apiadarse en abstracto, de leer injusticias y agravios y pensar del autor o narrador: “Pobrecillo o pobrecilla, cuánta empatía siento, porque yo soy muy buena persona”; 

y de quienes les arruinaron la infancia o la existencia: “Qué crueles y qué cerdos”. 
Pero la tendencia se ha extendido. Quienes no acumulan aberraciones han decidido que pueden contar sin más su biografía, porque, como es la suya, es importante. 
La crítica internacional elogió sin mesura los seis volúmenes del noruego Knausgård.
 Como ya conté, leí las primeras trescientas páginas, y me pareció todo tan insulso y plano, y contado con tan mortecino detalle, que tuve que abandonar pese a mi sentido de la autodisciplina. 
“No puedo dedicar mi tiempo a tres mil páginas de probables naderías, con estilo desmayado”, me dije. 
A partir de este éxito, cualquiera se siente impelido a relatar sus andanzas en el colegio, o en la mili si la hizo, sus anodinos matrimonios y sus cansinos divorcios, sus dificultades como padre o madre o hijo, sus depresiones e inseguridades.
 Por supuesto sus encuentros con gente famosa, aunque esta modalidad es antiquísima, no todo lo ha propulsado Knausgård.
 Cada una de estas obras, las de penalidades y las de naderías, suelen ser alabadas por los críticos y por los colegas escritores, que han hecho una regresión monumental y ya sólo se fijan en lo que antes se llamaba “el contenido”. 
Si esta novela o estas memorias denuncian injusticias, ya son buenas.
 Si relatan atrocidades, aún mejores. 
Si dan a conocer lo mal que lo pasan muchos niños, gays, mujeres o discapacitados, entonces son obras maestras.
 Puede que en algún caso así sea.
 Pero cada vez que leo sobre la aparición de una nueva maravilla “disfuncional” o de las características descritas, echo de menos a los autores que inventaban historias apasionantes con un estilo ambicioso, no pedante ni lacrimógeno, y además no procuraban dar lástima, sino mostrar las ambigüedades y complejidades de la vida y de las personas: a Conrad, a Faulkner, a Dinesen, a Nabokov, a Flaubert, a Brontë, a Pushkin, a Melville. 
Y hasta a Shakespeare y a Cervantes, por lejos que vayan quedando.