La actriz
se encontraba en A Coruña representando 'El funeral', una obra escrita
por su hijo Manuel, cuando se sintió indispuesta.
Ahora ha sido
trasladada a Madrid.
La actriz Concha Velasco.GTRES
La actriz Concha Velasco, de 78 años,
fue ingresada el pasado domingo en un hospital de A Coruña al sufrir
una indisposición que le obligó a suspender en el teatro Rosalía de
Castro. Este martes ha sido trasladada a otro centro médico de Madrid.
Velasco estaba en la ciudad gallega representando la obra El funeral,una
comedia escrita y dirigida por su hijo, Manuel Velasco. Según Antonio
Durán, manager de la actriz, esta sufre una neumonía. "Ha sido un susto,
pero todo evoluciona de forma normal", ha explicado. La pieza se había representado ya el viernes y el sábado en el
Rosalía de Castro y suponía la primera colaboración artística de madre e
hijo. Además de Concha Velasco, en la obra intervienen Jordi Rebellón,
Clara Alvarado, Cristina Abad y Emmanuel Medina.
Concha Velasco, el pasado mes de julio.GTRESONLINE
Tras su último trabajo dramático, Reina Juana,
agotador monólogo por el que recibió su segundo Premio Nacional de
Teatro, Velasco había manifestado su intención de hacer mutis con una
obra divertida, como la que ahora va a representar: "Va a ser la última
si Dios quiere y tiene éxito. Quiero retirarme con una función blanca
para todos los públicos", precisó, "y hacerlo con Manuel, mi cómplice y
amigo desde que nació", añadió. "Es una bestia, una todoterreno cargada
de energía", respondió el director de El funeral, su hijo Manuel sobre su madre. En 2014, la actriz tuvo graves problemas de salud.
Sufrió un linfoma que la tuvo apartada de los escenarios una buena
temporada. Regresó con 11 kilos menos y con la advertencia de los
médicos de que debía cuidarse. Pero como ella misma reconoció necesitaba
volver por vocación y por necesidades económicas.
Rosa María Mateo, durante su comparecencia.Jaime Villanueva
La periodista Rosa María Mateo,
administradora única de RTVE, ha rechazado este martes que se hayan
producido purgas en RTVE y ha explicado que los cambios efectuados en la
corporación desde que fue nombrada hace dos meses se justifican
exclusivamente por criterios profesionales. Mateo ha comparecido ante la
Comisión Mixta (Congreso-Senado) de Control Parlamentario de la
Corporación RTVE y sus Sociedades, para explicar su política de
nombramientos y contestar a las preguntas parlamentarias registradas por
los distintos grupos.
En tono firme y enérgico, ante los insistentes murmullos de los
parlamentarios del PP, Mateo ha afirmado que no está dispuesta a tolerar
“que se le ponga la cruz a alguien por su raza, ideología o creencia” y
ha remarcado que su objetivo es ejercer sus funciones con
independencia, pluralidad y profesionalidad.
En
una sesión bronca en la que Mateo no ha ocultado su enfado por las
constantes críticas e interrupciones del PP, Mateo ha identificado las
“purgas” esgrimidas por el PP, con estalinismo, fascismos, nazismo,
campos de concentración y dictadura y ha rechazado de manera contundente
que los ceses y nombramientos efectuados en la corporación, y
especialmente en los informativos, se ajusten a esa definición.
Por el contrario, ha defendido que cree profundamente en la libertad y
ha sostenido que lo que es dañino es una televisión manipulada y al
servicio del poder y del Gobierno de turno, como ha ocurrido en la etapa
de gestión del PP. En este sentido, ha recordado que el equipo liderado
por el exdirector de los Servicios Informativos, José Antonio Álvarez
Gundín, acumuló más de 600 denuncias de manipulación efectuadas por el
Consejo de Informativos de TVE. La administradora única de RTVE ha confesado que espera que su cargo
dure “lo menos posible”. “Yo antes era muy feliz”, ha dicho tras exponer
que tiene la sensación de que la empresa pública no le importa a nadie e
insistir en que su compromiso es ejercer su trabajo con respeto a la
pluralidad y a la independencia y con la vista puesta en la defensa del
interés general y los valores universales. “Los trabajadores defienden
el periodismo independiente”, ha enfatizado Mateo, que ha insistido en
que no ha recibido órdenes de tratar al Gobierno de una determinada
manera. “No ha ocurrido ni va a ocurrir nunca. Soy independiente y nadie
me va a dar órdenes. No lo consiento”. Al comparar los cambios efectuados durante sus dos meses de mandato,
ha asegurado que en la etapa de Gundín cesaron 47 de 49 cargos en el
área de informativos y muchos de los nombramientos fueron
incorporaciones externas. “Aquello fue conocido como redacción paralela y
ustedes no lo calificaron de purga”, ha dicho dirigiéndose al Grupo
Popular, especialmente duro durante el inicio de la sesión. Su portavoz,
Ramón Moreno, ha arremetido contra lo que ha calificado de “purga
brutal, feroz e ilimitada” y ha tildado los cambios de “revancha” y
“venganza colectiva” y ha dicho que se ha sometido a maltrato y
humillación colectiva a los purgados con “recolocaciones absurdas y
comentarios despóticos” extremos que ha negado Mateo rotundamente. Mateo ha admitido estar “de paso” en la corporación y ha confiado que
el concurso público que está en curso contribuya a hacer de RTVE la
televisión pública que merece el país y los ciudadanos. Ha negado que su
nombramiento sea fruto del “dedazo” sino de los 180 votos obtenidos en
el pleno del Congreso. “Dedazo fue el nombramiento de José Antonio
Sánchez, que solo le votaron ustedes”, ha dicho refiriéndose al PP. “A
mí me solicitaron si quería aceptar el puesto. Pensé que sería un
problema, pero enfrentarme a ustedes es otro problema. No es agradable
estar aquí y ustedes no me lo ponen nada fácil”, ha dicho Mateo, que fue designada para el cargo el pasado mes de julio.
El
distrito de Embajadores tiene dos velocidades: la de los alquileres por
las nubes y las terrazas caras; y la de poseer la menor renta por hogar
de todo el centro.
Grafitis en la calle de Embajadores.Samuel Sanchez
Hoteles, restaurantes, bares, salas de teatro, huertos urbanos, efervescentes centros culturales… Esta es una de las caras de Lavapiés (en el barrio de Embajadores, distrito Centro).
Y es poderosa: la zona acaba de ser escogida como el barrio más cool del mundo. Cool entendido como molón, guay. Lo ha dicho la publicación Time Out,
especializada en ocio urbano. Para sacar esa conclusión, ha realizado
una encuesta (con más de 15.000 entrevistados).
Pero esa faceta tan
molona y brillante convive con otras imágenes del barrio más complejas:
gentrificación, botellón, empobrecimiento, plagas de chinches
o un draconiano mercado de la vivienda.
Dos cifras ejemplifican la
disparidad de Embajadores: es una de las zonas donde más ha subido el
precio de la vivienda (más del 21% interanual en todo el distrito Centro)
y a la vez es el barrio con menor renta por hogar de toda la almendra
central (poco más de 23.800 euros anuales, según datos del
Ayuntamiento).
Lavapiés
tiene dos velocidades. La de calle Argumosa, donde se concentran
terrazas con precios desorbitados y tapas alternativas, pero cuquis. Y
la de la calle del Oso, donde el pasado mes de marzo falleció un mantero senegalés a causa de un paro cardiaco. Gran parte de los manteros de la ciudad viven allí por lo que la muerte
de Mame Mbaye, de 35 años, desató una oleada de protestas –se prendió
fuego a contenedores y vehículos- y un gran despliegue policial para
apaciguar el barrio.
“Cuando llegué a Lavapiés como estudiante, a finales de los años setenta, todos veníamos de provincias”, contaba la fotógrafa Mariví Ibarrola con motivo de su exposiciónDe Lavapiés a la Cabeza. En esta selección de imágenes, Ibarrola, que sigue siendo vecina de la
zona, retrataba el barrio en los años ochenta, cuando la droga campaba a
sus anchas por sus callejas. En los noventa, el barrio se tornó en un enorme bazar chino,
con tiendas al por mayor que expulsaron a gran parte del comercio de
cercanía. Y en los dosmiles, sus bajos precios y su buena ubicación, lo
convirtieron en el puerto de Madrid, en el epítome de lo multicultural:
entonces la población extranjera representaba el 35%. Actualmente, uno
de cada cuatro vecinos es de fuera, originarios de Bangladesh, Marruecos
o Senegal, pero también de Italia, Francia o Estados Unidos. Ibarrola
explicaba con sus imágenes que en Lavapiés “convivían las costumbres más
conservadoras con las vanguardias”. Actualmente, uno de cada cuatro vecinos es de fuera, originarios de
Bangladesh, Marruecos o Senegal, pero también de Italia, Francia o
Estados Unidos. Ibarrola explicaba con sus imágenes que en Lavapiés
“convivían las costumbres más conservadoras con las vanguardias”. Ese
crisol -de nacionalidades, de expresiones culturales, de inquietudes…– y
los alquileres asequibles (debido a los problemas derivados del mercado
de la droga, de la delincuencia y a la alta presencia de población
migrante) también atrajeron a actores, directores de cine, periodistas, o
agentes sociales (ONG, movimientos políticos alternativos, las primeras
casas okupas...). Todos ellos dejaron su huella en el barrio. Lo
dotaron de un halo de modernidad
Entrada de uno de los bares de Lavapiés.Samuel Sanchez
“En Embajadores, y especialmente en Lavapiés, se están produciendo varios procesos a la vez: burbuja inmobiliaria, turistificación
y gentrificación”, relata Javier Gil, sociólogo especializado en temas
de vivienda (para su doctorado estudia el fenómeno de AirBnB) y
perteneciente al Sindicato de Inquilinos de Madrid. “La crisis detuvo un
poco el proceso de gentrificación de Lavapiés, pero desde 2013, se ha
vuelto a acelerar. Las consecuencias directas son la transformación de
la zona; la expulsión de parte de la población original y la
revalorización del suelo y de los inmuebles”, explica. Ana B., de 35 años, tuvo que dejar su casa hace poco más de un año,
en el verano de 2017: “Pagaba 750 euros al mes y me tocaba renovar el
contrato, pero mi casero me dijo que me fuera. Él es el dueño de todo el
edificio. Algunos meses antes, los vecinos de al lado se fueron, el
dueño remodeló la casa -mucho más pequeña que la mía- y la comenzó
alquilar por 1.100 euros al mes”, recuerda. Buscó piso en el barrio y le
fue imposible por lo que acabó alejándose un poco de una zona en la que
llevaba viviendo casi una década.
La policia avanza por la Calle Meson de Paredes con la calle Tribulete, durante los disturbios del pasado marzo en Lavapiés.VICTOR SAINZ
Justamente, el sociólogo Gil advierte de los procesos de
rehabilitación de edificios y las ayudas para ello: “Si das dinero para
rehabilitar y no pones una cláusula para que no se pueda vender en 20
años, fomentas la especulación”. El Consistorio acaba de excluir la zona de Embajadores como “área preferente de impulso a la regeneración urbana”,
es decir, de las ayudas para la renovación de edificios. Las
asociaciones vecinales vivieron con estupefacción esta decisión porque,
aunque consideran que el barrio ha mejorado, destacan que mantiene “unas
condiciones socioeconómicas complicadas” y gran presencia de “vivienda
antigua e infravivienda”. “Cuando se pone la etiqueta de cool a una zona de una
ciudad, el barrio se convierte en una marca”, continúa el sociólogo Gil,
“es una construcción simbólica, que no está relacionada con elementos
objetivos de calidad de vida, pero que acaba generando un discurso
legitimador de las expulsiones urbanas”. Con estas ideas, permean otras: “Como el sitio es tan molón, parece normal que la gente tenga que
irse", agrega Gil, "parece que no todo el mundo tenga derecho a vivir en
esa zona”.
Una mujer y una niña, este lunes en un banco en Sevilla.Paco Puentes
Sucedió en España. Después de un largo proceso, una pareja cumplió su
sueño de tener una hija. La adoptaron en Ucrania cuando ella tenía dos
años. Desde el principio su madre vio que la niña no se conseguía
adaptar ni a un nuevo país ni a una nueva familia. Sentía cada día el
sufrimiento de la niña, que creció rebelándose contra todo y contra ella
misma. Su madre decía de ella que era como una mariposa encerrada en su
crisálida, que solo se podía ver e intuir porque permanecía aún
encerrada sin poder volar. Durante años, la mujer trató de que su hija
la quisiese y de que viese que aquella casa era un hogar y aquella
familia la suya. Fue en vano; a los 16 años la chica se suicidó. Lo hizo
“harta de no encontrarse”, según le contó su madre a la escritora
Yolanda Guerrero. La mujer nunca dice que su hija murió: su hija “se
fue”, y lo hizo para dejar de ser crisálida y convertirse por fin en una
mariposa libre. La que lleva su madre desde entonces tatuada en el
tobillo. La niña contaba 12 años cuando se le diagnosticó trastorno del apego,
habitual entre niños abandonados. Tenía dificultades graves para dar y
recibir afecto, a causa de experiencias emocionales traumáticas durante
el primer año y medio de vida. Fue tarde para ella y para sus padres. Guerrero publicó el año pasado El huracán y la mariposa (Catedral). La autora, periodista de EL PAÍS durante más de 20 años, ficcionó una
adopción fallida, algo que ella vivió personalmente. Prefiere no hablar
de su caso (“hubo dos personas en esa historia, dos ya adultas, yo soy
solo una de ellas”), pero sí refiere a este periódico varias adopciones
con las que trazó su historia tras documentarse. En su novela, por
ejemplo, cuenta la historia de una madre que adopta a una niña de siete
años que desenvuelve, con el tiempo, un odio enfermizo hacia ella, a la
que empieza a atacar y golpear cuando crece. Está basada en una historia
real, la de la desesperación de una mujer que, rendida, prefiere que
algún día su hija la mate antes de abandonarla de nuevo. Hasta que su
psicólogo le hace ver que el crimen también arruinaría para siempre la
vida de su hija. Con esta historia Guerrero rompió un silencio y un estigma:
el de las adopciones que salen mal, un porcentaje ínfimo en el total de
los procesos que se llevan a cabo en España. Según el Observatorio de la Infancia,
70.560 menores fueron adoptados en España (54.000 en el extranjero)
entre 1996 y 2016; de esas adopciones, explica Jesús Palacios,
catedrático de Psicología Evolutiva de la Universidad de Sevilla,
alrededor de 1.440 fueron fallidas. Un porcentaje de un 2% en España,
cuando en Europa asciende al 4% y en Estados Unidos llega a ser del 10%. Los menores regresan entonces a los centros a la espera de una nueva
adopción, cada vez más complicada. Llamada por el título, El huracán y la mariposa, la madre
con una mariposa tatuada en su tobillo contactó con Guerrero. No fue la
única. El año pasado, en la librería Teseo de Fuengirola, un hombre de
unos 60 años cogió el micrófono en la presentación del libro y contó su
experiencia: su mujer y él adoptaron a dos hermanos que también
padecían, sin saberlo sus padres adoptivos, el trastorno del apego. La
familia vivía en un pequeño pueblo. De puertas afuera, era la familia
ideal; de puertas adentro, un infierno que finalmente desbordó la puerta
de casa. Los episodios violentos de los ya adolescentes hicieron que el
pueblo, y su propia familia, diesen la espalda a los padres “por no
saber educarlos”. El hombre terminó su intervención llorando: “Los
culpables sois vosotros, nos repetían”. Su mujer cayó en el alcoholismo y
él en la depresión. Se acabaron marchando del pueblo.
“La adopción”, advierte Jesús Palacios, “es uno de los mejores y más
potentes recursos de protección infantil. Lo bien que ha cambiado la
vida para los padres y para los niños es indescriptible”. A raíz de la fallida adopción de la niña india,
entregada a la Administración por sus padres tras comprobar que tenía
13 años y no siete como les habían dicho, los medios han puesto el foco
(también este) en las adopciones que no funcionan. Pero estos casos,
repite Palacios, representan el 2% del total. Eso no quiere decir que
los procesos de adopción sean historias siempre “maravillosas”: son
“historias de educación, de crecimiento”.
Una idea ingenua
Ana Fernández Manchón, psicóloga clínica que lleva más de 20 años
atendiendo a familias que han adoptado hijos, dice que cuando un proceso
de adopción se interrumpe, con lo que más se ha encontrado “ha sido con
familias poco preparadas y poco sostenidas”. “Familias que no conocían
realmente lo que era una adopción, que tenían una idea ingenua y ligera
del proceso. Se encontraban con una realidad que no podían asumir. Y
tampoco encontraron a tiempo apoyos de profesionales o de la propia red
familiar”. Yolanda Guerrero señala algo en lo que mucha gente cae: ni adoptar es un
acto de caridad, ni los niños tienen que estar agradecidos. “A veces te
encuentras con noticias referidas a hijos adoptados y escuchas, muy
habitualmente, comentarios del estilo 'fíjate, con lo que hicieron sus
padres sacándole de este y otro sitio. Eso no es así”. La psicóloga
clínica Montse Lapastora, una profesional con años de experiencia en
adopciones a sus espaldas, advierte de las expectativas, que suelen ser
desmesuradas. “Y las expectativas de las familias no se suelen cumplir,
porque no todo es feliz. Muchos padres piensan que con cariño se
arregla. El cariño no basta. Es imprescindible, pero no basta. Se
requieren más cosas”. Lapastora coincide en esto con Guerrero, que suele
decir que “con amor no se consigue todo”. “Es una frase bonita pero no
es verdad. Conozco experiencias suficientes como para saberlo: no todo
se soluciona con amor”. Montse Lapastora ha tratado familias con hijos
adoptados a los pocos meses que nunca han consentido que sus padres les
den un beso porque, simplemente, no soportan que nadie les toque. “Y los
padres siguen luchando día a día, les llevan a terapia y hacen lo que
sea”, refiere. Porque se habla, matiza, de padres que no pueden más y
ceden la tutela, pero hay otro tipo de fracasos, encubiertos: “Como no
pueden hacerse con ellos, los mandan a estudiar fuera”. No hay adopción sin adversidad, explica Palacios desde Sevilla. “No
hay adopción sin experiencias complejas para el niño. Niños que han
sufrido maltrato, abandono, negligencia, experiencias institucionales
prolongadas no siempre en buenas condiciones. Vienen con heridas
emocionales. Y con un enorme potencial para crecer y adaptarse, y para
salir adelante: son niños increíblemente fuertes. Tienen una enorme
fragilidad por sus experiencias acumuladas, pero también una enorme
capacidad de adaptación y para salir adelante. Para intentar hacer feliz
a alguien, para desear que alguien les haga felices. Son niños
fantásticos, en general”. Ocurre que estos niños han aprendido a
desconfiar. “Ya no ven al adulto como fuente de protección sino como un
peligro, porque los adultos para ellos han sido peligrosos antes”, dice
Palacios. “Les han hecho daño, les han abandonado, les dijeron cuánto
los querían y les daban palizas, les dijeron cuánto los querían a
condición de que no dijesen a nadie lo que estaba ocurriendo entre
ellos”.
“Yo lloraba y no sabía por qué”, empezó a hablar un chico en unas
jornadas sobre adopción y apego organizadas por Afamundi en Santander en
octubre el pasado año. “Lloraba y creía que no se acabaría nunca. No
sabía de dónde venía ese llanto, pero aprendí a vivir con él”. Hasta que
tuvo la ayuda profesional de su psicólogo, Alberto Rodríguez, presente
en esas jornadas. Él le enseñó, dijo, que sí se podía acabar alguna vez
con aquello.
El promedio de las adopciones que terminan mal es de cinco o seis
años de convivencia. “Las familias no tiran la toalla a la primera
dificultad, no es una decisión caprichosa”, dice Palacios. Si la
adopción es problemática, la mayor parte de las familias luchan durante
años para sacarla adelante. Si no, llega el luto. Lo cuenta Ana
Fernández Manchón: “Una adopción fallida es lo más parecido a que se te
muera un hijo . El duelo que tienen que hacer los padres por un hijo
adoptivo que no pueden criar es un desgarro. A veces se piensa que es
una frivolidad, y que los padres devuelven algo que no les gusta. No, no
es un objeto, es un hijo. La fractura y el dolor que se produce en los
adultos que adoptan y tienen que renunciar, después de tantos años de
ilusión y espera, es tremendo. Y en cuanto al menor, la herida es casi
irreparable. Un menor viene de un abandono, ya se cuestiona a sí mismo
('no debo de ser bueno, no debo de tener condiciones, porque me han
abandonado'); imagina que ese niño llega a una familia en la que espera
tener los padres que le faltaron y se encuentra con un nuevo rechazo”.
Porque un hijo adoptivo “es un hijo a todos los efectos”, sentencia
Montse Lapastora. Y no hay más abandonos de padres adoptivos que de
padres biológicos. Ocurre que en padres adoptivos es más llamativo. “El caso Asunta, por ejemplo. Unos padres mataron a su hija,
punto. A su hija. Era su hija, sin apellido. No su 'hija adoptiva'. Y
cuando se insiste en que la hija es adoptiva puede ocurrir lo que me
pasó a mí en el centro, donde hubo niños que me preguntaron antes de ser
adoptados: '¿A mí me va a pasar lo mismo que a Asunta?'”.
Entonces se dirige a la Administración y pide que se
hagan cargo de ella.