Belén Esteban es desde hace 18 años una máquina de hacer dinero y generar noticias.
Instalada como princesa del pueblo
en el púlpito de Mediaset, la famosa colaboradora ha sabido hacer de su
vida un negocio, antes asesorada por su representante Toño Sanchís con
el que acabó en los tribunales, ahora con el apoyo de La Fábrica de la
Tele y de la revista Lecturas.
Esteban desde hace mucho tiempo
acostumbra iniciar la temporada televisiva, que arranca en septiembre,
con una exclusiva.
En los últimos años ha vendido sus peleas con Jesulín
de Ubrique, sus noviazgos, separaciones, operaciones estéticas y la
rehabilitación de sus adicciones.
Este año la trama elegida ha sido su
boda.
Este miércoles Belén Esteban es portada de Lecturas con el anuncio de la fecha de su enlace.
"Me caso el 22 de junio". En la publicación avanza el lugar del enlace
(un antiguo convento en Alcalá de Henares), el número de invitados
(cerca de 300) y todos los detalles de cómo fue la petición de mano
(ella no se creía que su novio Miguel Marcos hablara en serio).
Esteban, de 47 años, reaparecerá tras este anuncio en televisión con
una línea argumental para toda la temporada. Quién estará invitado y
quién no, quién le hará el traje de novia -en su primer enlace ninguna
de las grandes firmas quisieron hacerlo- y todo lo que se le ocurra a la
colaboradora y a sus asesores. Sin su hija como objeto de controversia;
con el culebrón legal con su exmanager, Toño Sanchís, finiquitado vía sentencia judicial y con Jesulín de Ubrique centrado en dar sus propias exclusivas sobre su amor incondicional hacia su mujer, María José Campanario, su filón informativo parecía en peligro.
Belén Esteban, con su novio Miguel Marcos.GTRESONLINE
Denostada y adorada a partes iguales, Belén Esteban
es un fenómeno difícil de explicar. Pero algo debe tener que sigue
haciendo que la cadena de televisión confíe en ella. A mediados de enero
renovó el contrato con La Fábrica de la Tele, pero esta vez tuvo que
conformarse con congelar su sueldo y firmar por la misma cantidad que
cobró en 2017. Fuentes de la productora desmintieron entonces que la
cantidad que Esteban cobra anualmente supere el millón de euros. Según la productora, sus ganancias rondan la mitad de esta cifra e incluye todas sus apariciones diarias en Sálvame y cuatro entrevistas al año en el Deluxe,
un momento que se programa para emitir en horario de máxima audiencia y
por el que cobra 40.000 euros por cada una de ellas. Esteban había
pedido un aumento de sueldo y la productora no se lo concedió en esta
ocasión alegando que el programa “tiene el mismo presupuesto del año
pasado, que está muy ajustado y que Esteban es la mejor pagada del
programa con diferencia”.
Tras la separación de Brad Pitt y un divorcio muy complicado, la percepción de la actriz se enturbia.
Angelina Jolie en Londres el pasado junio.gtresonlin
El halo de bondad que rodea a Angelina Jolie parece que está desapareciendo. La actriz, que en la última década se ha alejado de las pantallas para centrarse en su labor humanitaria como embajadora de la ONU
y colaborando con diferentes organizaciones, está ensuciando su
reputación debido a cómo está manejando su eterno divorcio con el
también actor y padre de sus hijos, Brad Pitt. La pareja tiene seis hijos: tres adoptados —el camboyano Maddox (17),
el vietnamita Pax (14) y la etíope Zahara (13)— y tres biológicos
—Shiloh (12) y los gemelos Knox y Vivienne (10)—.
Jolie solicitó el divorcio de Pitt
el 19 de septiembre de 2016 tras más de una década juntos y apenas dos
años después de casarse. Desde entonces, el proceso está siendo muy
largo y complejo para ambos. Pitt, de 54 años, y Jolie, de 43, no
hablaron hasta pasados seis meses de su separación y han tardado 18
meses en llegar a un primer acuerdo de divorcio. La cuestión de los seis
hijos de la pareja es primordial, ya que ambos se encuentran en un
arduo tira y afloja por conseguir la custodia. Ahora mismo la tiene
Jolie, pero sus exigencias con su todavía marido para ver a los niños
son tales que ha estado a punto de perderla. Un juez le exigió hace
pocas semanas que tenía que facilitarle al actor las visitas si no quería perder la custodia.
De hecho, el trato que Pitt daba a sus hijos fue, supuestamente, una de las razones que llevaron a su esposa a pedir la disolución del matrimonio
hace ya dos años.
Un incidente en un avión en el que el actor se enfadó
con su hijo Maddox, con el que presuntamente se sobrepasó verbal y
físicamente, fue uno de los motivos para que la intérprete decidiera
poner punto final a su relación.
A raíz de esto, Pitt fue investigado
por el Departamento de Infancia y Servicios Familiares de Los Ángeles
acerca de un posible caso de abuso infantil, pero quedó libre de cualquier cargo.
Los actores con sus hijos en 2015.gtresonline
El régimen de visitas de los niños sigue siendo temporal.
Así, la actriz
tiene la custodia completa de sus hijos, a los que Brad Pitt puede ver
una vez a la semana, al principio bajo supervisión (a la que no se sabe
si sigue sometido todavía). Además, todos han acudido a terapia, tanto por separado como en familia.
El actor sigue luchando por la custodia compartida,
que es su principal prioridad, pero los términos de esta negociación se
están llevando en secreto y ni siquiera se sabe si está cerca de
sellarse un acuerdo final y oficial.
La pasión del actor por sus
pequeños es tal que no duda en cruzarse medio mundo para estar con ellos
solo unas horas.
A principios del mes de agosto, los abogados de Jolie presentaron
documentación en la Corte Suprema de Los Ángeles.
"Pitt tiene la
obligación de pagar la manutención de sus hijos. Hasta el momento, no ha
apoyado financieramente de forma significativa a los hijos desde la
separación", se lee en los papeles a los que ha tenido acceso la cadena de televisión NBC.
Jolie exige que Pitt pague "el 50% de los gastos de los niños", así
como una compensación retroactiva y que el proceso que conduzca a su
divorcio finalice lo más pronto posible, a más tardar antes de que acabe
2018.
Angelina Jolie y Brad Pitt en 2015.gtresonlin
Una decisión por parte de la intérprete de Maléfica para terminar cualquier contacto con su todavía marido, según ha señalado una fuente a Page Six. “Ella ha ido a atacar. Angelina considera que Brad es un padre inútil,
cuando él paga por la seguridad de los niños, hoteles y aviones privados
y todo lo que quiere es ver a sus hijos", agrega la fuente. Otras
personas cercanas a la pareja confirmaron a The Post que es
Jolie quien está dificultando todo: "En los últimos dos años, Angelina
ha abierto una brecha entre Pitt y los niños, desde controlar sus
llamadas telefónicas hasta decirle a los niños que no necesitan ver a su
padre”. Pero los abogados del actor contraatacon la versión de la actriz y
aseguraron, en nuevos documentos presentados ante la misma corte, que el intérperte ha pagado más de 1,3 millones de dólares
(algo más de 1,1 millones de euros) en "recibos y facturas para el
bienestar de Jolie y los niños", tal y como recogen la agencia de
noticias Reuters y la revista People,
que ha tenido acceso a los documentos. Además, en esos papeles se
explica que Pitt le ha prestado a Jolie 6,9 millones de euros para que
comprara la vivienda en la que ahora reside.
Angelina Jolie con sus hijos Shiloh, Knox, Zahara y Vivienne en California en agosot. gtresonline
Otro detalle que ha enturbiado la imagen de la también directora y productora ha sido su cambio repentino de abogada, Laura Wasser,
considerada una de las letradas más célebres de Hollywood que ha
llevado divorcios como los de Gwyneth Paltrow y Chris Martin, Ashton
Kutcher y Demi Moore, Antonio Banderas y Melanie Griffith Hace apenas una semana, la revista People
anunciaba que la todavía esposa de Brad Pitt había decidido prescindir
de los servicios prestados por Wasser, quien ya gestionó la separación
de Jolie con Billy Bob Thornton en 2003. Según explicó una portavoz de
la actriz, "Angelina ha decidido optar por Samantha Bley Dejean como consejera, puesto que el punto fuerte de Samantha es la protección y los intereses de los niños". Brad Pitt también se llevó su parte. Tras la separación solo ha concedido una entrevista. Fue a la revista GQ en mayo de 2017, y en ella reconoció su adicción al alcohol
y cómo esto fue el mayor problema en la convivencia con Jolie. "Cuando
formé mi familia detuve todo excepto el alcohol. Incluso este último año
estaba bebiendo demasiado. Se había convertido en un problema", confesó
el intérprete, algo que ya había trascendido pues para seguir viendo a
sus hijos, al menos al principio, debía someterse a pruebas de drogas y alcohol. En esta entrevista el actor aseguró que ya solo bebía zumos de arándanos. Sin embargo, al contrario que Jolie, Pitt ha continuado trabajando en la interpretación y no ha roto lazos con el mundo de Hollywood, como sí parece que hizo la actriz,
que se centró más en su faceta como directora y en sus labores
humanitarias. Sea como fuere, la que fue la pareja de oro de Hollywood
aun no ve del todo claro que esto pueda llegar pronto a su fin.
Eduardo Mendoza, tras la presentación de 'El Rey recibe', ayer, en Barcelona.JUAN BARBOSA / MASSIMILIANO MINOCRI
Cuando ganó el Cervantes, hace dos años,
e hizo su discurso ante los reyes en Alcalá de Henares, Eduardo Mendoza
le dijo a Don Felipe que en ese momento estaba escribiendo una nueva
novela, cuyo título era El Rey recibe. “¿Recibe qué?”, le
preguntó el rey. Aquí está el resultado: la historia de España (y del
mundo) desde 1960 a 1975, contada por uno de los grandes narradores
españoles de posguerra. El libro, publicado por Seix Barral como todos
los suyos, engrosa la lista abierta por La verdad sobre el caso Savolta,el primer libro reseñado (por García Hortelano) por EL PAÍS en su historia. En todos sus libros, incluido aquel, este barcelonés de 75 años se muestra como lo describió aquí Javier Rodríguez Marcos cuando hizo aquel discurso ante la pareja real: “Zumbón y melancólico”. En El Rey recibe
esas dos características se acentúan. Y en esta entrevista la
melancolía aparece gravemente sobre todo cuando, al final, habla del
momento que ahora vive Cataluña.
Pregunta. Parece una novela más escrita por la persona Eduardo Mendoza que por el escritor de su nombre. Respuesta. Sí, hay algo de eso. No quería escribir
novela. Me propusieron escribir unas memorias y así empecé. Pero mi
estilo es la novela y lo cambié a un personaje que no tiene nada que ver
conmigo. Las anécdotas son inventadas aunque hay un recorrido por mi
vida. Pero insisto en que el personaje no soy yo, ni siquiera soy yo
disfrazado.
Me resisto a aceptar esa visión desdeñosa de la Transición
P. ¿Ese Rufo “felizmente insatisfecho” no es un poco Eduardo Mendoza? R. No. El balance que hago de esos 25 años de mi
vida es muy positivo. Soy egoísta pero no egocéntrico. Todo me parece
poco para mí, pero me doy cuenta de la enorme suerte que he tenido.
P. Sobre los sesenta del siglo XX escribe usted: “En
aquella época las personas todavía se comportaban de una manera
irreprochable”.
P. Su personaje viene a Barcelona antes de la
Transición, en Navidades, regresa a Nueva York para el fin de año, y se
da cuenta de que en ambos sitios va a empezar una fiesta de la que él se
queda fuera.
R. Hay dos palabras que brotan, fiesta y aventura. Esta
es mi experiencia y la que se resume al final del libro.
Dejo Barcelona
porque España es invivible, es una pecera donde te ahogas, y me voy a
Nueva York, donde se me abre el horizonte. Pero se produce la Transición
y pienso: ¡vaya, una vez más me he equivocado y la fiesta estaba allí y
no aquí!
Pero ya no tengo remedio, no puedo ir colándome en todas las
fiestas.
Es la sensación con la que acaba el libro y con la que se
abrirá la segunda parte: en España está habiendo una fiesta en la que se
paga una cara entrada, pero es una fiesta de ilusiones y de futuro, a
la que estamos privados de participar los que nos fuimos.
P. ¿En aquel preciso momento tuvo envidia de lo que ocurría aquí? R. Envidia no, tuve la sensación de perdérmelo. Vine
en ocasiones, claro, no renuncié totalmente. Lo vi y quizá me llevé una
impresión un poco de turista accidental, porque los que estaban aquí me
decían un poco lo mismo pero al revés: “Si tú supieras lo que es
esto…”. Pero yo llegaba y veía unos cambios tremendos. P. ¿Cuándo volvió, en 1983, sintió que las proclamas de desencanto eran reales o que nos estábamos quejando de vicio? R. Las dos cosas. Había habido una etapa
preparatoria de acumulación de ilusiones que por fuerza tenía que
desembocar en desencanto. Sí es verdad que en seguida se produjo un
retroceso muy rápido y muy fuerte, el desencanto lógico de las ilusiones
puestas en un sistema político que no dejaba de ser humano. Coincidió
con momentos muy críticos de la segunda mitad del siglo XX, el SIDA, la
plaga de la droga… Todo eso pasó una enorme factura. Por donde nadie lo
esperaba apareció el enemigo: ¿quién iba a esperar una plaga bíblica
cuando se discutía si había que hacer o no la reforma industrial? P. Es una mirada periodística muy melancólica. Más de Eduardo que de Rufo. R. En realidad el libro tiene tres narradores. El
protagonista narra a ras de suelo lo que a él le va pasando. El segundo
narrador, que soy yo, es el que cuenta lo que pasa históricamente. Y un
tercero (siempre soy yo, claro, porque yo he escrito el libro) que es el
fantasioso, el que vive esta aventura de reyes que quieren reconquistar
reinos medievales, que es algo que me ha acompañado toda la vida…
P. Pero, siendo risueño como casi siempre, tiene usted aquí un tono de pérdida de tiempos que quizá pudieron ser distintos… R. Es el pasado, y se han producido también pérdidas
personales reales… Vuelves a la sociedad que conoces y en la que has
vivido y ves que es otra, paseando por Barcelona veo que me apropié de
una ciudad que ahora no encuentro. Siempre hay una pérdida. P. Cuarenta años después la Transición ha sido revisitada por jóvenes que la consideran un fraude… R. La historia es el derecho a equivocarse de cada
generación. Si querían algo perfecto, esa es una reclamación absurda. Lo
que se hizo se hizo muy bien, todos recordamos momentos de una gran
incertidumbre, de un equilibrio muy precario y finalmente las cosas
salieron bien porque la gente las hizo bien. Me resisto a aceptar esta
visión tan desdeñosa y tan fraudulenta de lo que pasó en aquellos años. P. Usted escribe aquella frase, “En aquella época
las personas todavía se comportaban de una manera irreprochable”. ¿Cómo
se comportan ahora las personas? R. Fatal. Las personas se comportan muy mal y el mundo las jalea. P. Un buen titular. R. Es la sensación que hay: antes la gente se
rasgaba las vestiduras, ahora llaman listillo al que chulea y éste tiene
muchas posibilidades de ser elegido para un alto cargo… Pasa en todo:
incluso creo que hay políticos que fuerzan el escándalo porque si no
parece que sean muy aburridos y que van a perder el interés de la gente. Creo que se finge, que simulan hechos dudosos para generar interés,
para que la prensa y las redes sociales se fijen en ellos. P. Eso se podría conjuntar con esta frase de su
libro: “Bajo la piel de un príncipe que se diría salida de un cuento de
hadas se oculta una triste historia de rabiosa actualidad política”. R. Ja, ja. Haciendo balance de las personas que han
recorrido el último siglo en España con una intervención pública
importante podríamos ver al rey, primero como un príncipe que va detrás
de Franco;
de repente, cuando todo el mundo piensa que es un figurón que
no sirve para nada es el artífice de la Transición, el héroe nacional
que salva la democracia
Pasan los años y otra vez vuelve a ser un personaje acartonado a
quien todo el mundo mira entre desdén y condescendencia. ¡Qué historia
más larga, más completa, casi diseñada por un arquitecto!
P. El último viaje del libro —Per Nadal tots a casa…—,
usted deja Nueva York y viene a la Navidad de Barcelona… Ahí extrae
esta conclusión previa a la Transición: “Y ahora el objetivo prioritario
era recuperar la presencia de una Cataluña democrática y progresista
doblemente sojuzgada por el régimen dictatorial. Con este fin, las
fuerzas del catalanismo se habían agrupado en un frente común en el que
tienen cabida todas las tendencias de carácter democrático, desde los
feroces anarquistas de viejo cuño hasta los mansos católicos
posconciliares”. R. Es cuando se constituye como fuerza política sin
una ideología muy marcada y el PSUC que anda por ahí y no sabe muy bien
qué papel le toca jugar…, nunca lo ha sabido muy bien, pero en ese
momento el desconcierto es grande. P. ¿Cómo se refleja la historia de ese momento en la actualidad? R. No lo sé y no lo entiendo. Dedico mucho tiempo a
pensar en esto. Leo lo que se publica, porque quiero entender de dónde
viene, si esto es aquello, si viene de otra cosa distinta. Si ha habido
un momento en el que se produjo una ruptura y luego se recupera desde el
presente, tergiversándolo, buscando unas raíces donde quizá no están. Me cuesta identificar el movimiento actual con aquellos movimientos, con aquellas diadas pidiendo el Estatut. Pero a lo mejor entonces yo no veía las cosas como eran. P. ¿Qué sensación le produce no entender? R. Es muy incómodo porque, quieras que no, soy un
intelectual. Un intelectual tiene que explicar, no ya a los demás, sino a
sí mismo, las cosas que está viendo y muchas no las sé explicar,
precisamente las que tengo más cerca, quizá porque tengo más datos,
porque me preocupan más, tal vez porque mi propio interés condiciona la
visión. P. Es un momento duro. R. Sí, porque no lo entiendo, no veo a dónde va, me preocupa. Me da miedo. P. Es el único momento de la entrevista en que no ha sonreído. R. A mi edad las cosas son menos preocupantes porque
mi futuro está a la espalda, pase lo que pase poco me va a afectar,
pero bueno…, a ver cómo va la cosa. No sé, no sé
"Nunca he visto a un hombre atrapar el mundo entero en la palma de su
mano de esa forma". Así describe Peter Freestone, asistente personal de
Freddie Mercury (Tanzania, 1946 – Londres, 1991)
todo lo que sucedió el 12 de julio de 1986 en el estadio de Wembley, de
Londres. El concierto pasaría a la historia de la música y de la
cultura popular: el mundo dejó de girar durante tres horas y toda una
generación asociaría para siempre al líder de Queen con esa chaqueta
amarilla, ese mostacho y ese éxtasis musical casi religioso. Lo más fascinante de aquel espectáculo es que se puede percibir cómo el
cantante es perfectamente consciente de que está haciendo historia.
Tanto, que ni siquiera le hizo falta una canción de verdad para
despertar el fervor de 70.000 creyentes: le bastó con una improvisación
de apenas 2 minutos. Hoy esa aparentemente intrascendente improvisación
condensa todo lo que convirtió a Freddie Mercury, que hoy cumpliría 72
años, en una leyenda.
Así se domina con chulería y elegancia un escenario
Era el escenario más grande construido hasta el momento, y se le
quedaba pequeño. Mercury se pasea como un animal que sabe que conquista
inmediatamente el terreno que pisa, y en ningún momento parece
intimidado ante la responsabilidad de seducir a 70.000 personas. Resulta
tan chulesco como entrañable. Sus posturas triunfales mientras
improvisa, a medio camino entre la ópera y la verbena de pueblo,
generaron una corriente eléctrica que consiguió que el público no
sintiese que estaba repitiendo cantos tiroleses, sino que formaba parte
de la historia de la música.
Siempre cantando como si fuera la última vez en su vida
"No puedo llegar tan alto, vamos a bajar otra vez", reconoce el
cantante en el vídeo. Pero enseguida vuelve a elevar su voz con una
magnitud que no cabía en Wembley. A pesar de que el rango vocal de
Mercury llegaba a la estratosfera como pocos cantantes masculinos han
logrado, daba la sensación de que su vigor no nacía de la técnica, sino
de las entrañas. El público respondió entusiasmado a sus gorgoritos,
porque Freddie se lo estaba tomando tan en serio como si se tratase de
la última canción de su vida.
Mercury se arrodilla ante Brian May en el concierto de Wembley de 1986.Getty
Líder de masas
El flautista de Hamelin era un aficionado al lado de Mercury. Aquella
masa entregada había pagado 17 euros por la entrada, en la que sin duda
es la mejor inversión de toda su vida. Y se dejaron llevar por la
euforia de Queen. La indumentaria de Mercury le hace parecer un líder
militar sacado de un sueño, y sostiene su característico micrófono con
la actitud épica de quien ostenta un cetro. Le falta la corona, pero ya
se encarga él de comportarse como si fuera el rey del mundo. El público
estaba tan a sus pies que si al terminar el concierto Freddie llega a
proponer invadir Polonia, esas 70000 personas le habrían seguido sin
pensarlo dos veces.
Un anfitrión divertido que invita a todo el mundo a la fiesta
Despedir el numerito con ese "que os jodan" y recibir una ovación
como respuesta es algo que solo pueden permitirse las estrellas de
verdad. Mercury se ha metido a Wembley entero en el bolsillo, y lo ha
conseguido porque la arrogancia solo es carismática cuando nace de la
positividad y no de la prepotencia. El cantante arranca su improvisación
con un mini/cachi/maceta en la mano, que le haría parecer el borracho
de turno de la fiesta si no fuera porque su presencia es majestuosa. Él
es el primero en sorprenderse por lo receptivo que está el público, y
parece querer poner a prueba la obediencia de sus fieles, pero no lo
hace con superioridad (aunque la disfruta), sino invitando a todo el
mundo a la fiesta.
Despreocupadamente atractivo
Freddie Mercury no era guapo, pero exhibía el bigote
como pocos. Sus pantalones ajustados, su apego por las camisetas de
tirantes y lo empapado que terminaba en cada actuación resultaba
asombrosamente atractivo, precisamente gracias a que no le preocupaba lo
más mínimo.