El director George Cukor dijo de Crawford que se la podía fotografiar desde cualquier ángulo, porque siempre resultaba magnífica, aunque su mayor talento, el más misterioso de todos, era su manera de caminar.
“Crawford atrae su atención por el simple hecho de moverse. Ni siquiera necesita abrir la boca: solo tiene que andar. Y estará soberbia”.
Cuando en San Sebastián le preguntaron por su compañera de reparto en ¿Qué fue de Baby Jane? (Robert Aldrich, 1962), Davis prefirió dar la espalda a la verdad: “Al trabajar juntas desilusionamos a toda la prensa americana, que esperaban que nos tirásemos de los pelos.
Nada de eso ocurrió y tuvimos una relación muy amistosa”.
Como recoge la serie Feud, que ha devuelto actualidad a la célebre enemistad entre las dos “fieras”, este manoseado cliché responde a hechos reales.
La terrible manipulación a la que fueron sometidas las dos estrellas por parte de sus jefes, encabezados por el capo del estudio, Jack Warner, respondía a un solo y perverso fin: divide y vencerás.
Las dos actrices daban mucha más publicidad y, por tanto, eran mucho más rentables si su relación se vendía como un patético combate entre dos viejas glorias.
De nada sirvió la astucia de ambas; cayeron como niñas en la trampa y a partir de la película de Aldrich vivieron para odiarse.
La venganza de Barbara D. Hyman, primogénita de Davis, y la de Christina Crawford, una de sus hijas adoptivas, fue la misma: regalaron a sus madres sendos libros donde desnudaban el calvario que según ellas había sido su infancia
. En Mommie Dearest (1978), Christina pintaba a su madre como una borracha ninfómana, mientras que en My Mother’s Keeper (1987), B. D. Hyman retrataba a Davis como una tirana egoísta que arruinó su vida.
Cuando esta viajó a San Sebastián acompañada de su secretaria y varias decenas de baúles ya había firmado el testamento que excluía a su hija y sus dos nietos.
Crawford hizo lo mismo antes de morir: desheredó a sus hijos mayores, Christina y Christopher.
Las coincidencias se alargan hasta la ficción, a las dos obras maestras que han fijado el mito moderno de ambas actrices.
En Eva al desnudo (Joseph L. Mankiewicz, 1950), Davis daba vida a Margo Channing, torrencial actriz en su madurez que descubre con pavor cómo una dulce y servil advenediza es capaz de todo por suplantarla.
En Johnny Guitar (Nicholas Ray, 1954), Crawford era Vienna, otra mujer con edad y pasado que decide tirar las maletas y levantar un salón de juego en un pueblo dominado por una joven celosa y cacique, en la piel de la magistral Mercedes McCambridge, capaz de todo por arrebatarle a la forastera el árido trono del desierto. Margo y Vienna se parecían tanto como Bette y Joan: dos diosas con cicatrices, dos guerreras hartas de luchar, dos mujeres admiradas por hombres jóvenes y adultos, dos seres amenazados por un nuevo orden al que se enfrentaron, dentro y fuera de la pantalla, con uñas y dientes.