Ambas confluyen en un inesperado
gusto musical. El mismo que las ha llevado a enfundarse en su look
festivalero y asistir a una macro fiesta en Benicàssim.
Pedro Sánchez y Begoña Gómez, en el FIB. (EFE)
Ayer la presencia más esperada entre el gentío que se aglutinaba para ver a The Killers en el FIB no era otra que la del presidente del gobierno, Pedro Sánchez, que acudía de la mano de su esposa, Begoña Gómez.
Ambos hacían acto de presencia tarde, alrededor de las diez y media de la noche, pero a tiempo para el recital que encabezaba Brandon Flowers.
Vocalista que está habituado a entonar para un público VIP en nuestro país, ya que en 2013 actuó con Letizia Ortiz entre
su público.
La entonces princesa de Asturias acudió al mismo festival
en Benicàssim que Sánchez y Gómez para ver a la banda estadounidense,
pero su presencia logró pasar desapercibida, tanto que nadie logró una
instantánea de la misma.
Aquél día, la actual reina se plantaba casi de incógnito en el recinto con unos amigos y sin Felipe.
Era el mismo festival el que reconocía que hasta el día anterior no obtuvieron la confirmación oficial de su visita.
Pedro Sanchez con su mujer Begoña en el FIB (EFE
Pero este no ha sido el caso del presidente y su mujer, la misma que aprovechó este evento cultural para descolgar de su armario un vestido bohochic floral que combinó con un pequeño bolso cruzado. Un look juvenil y acertado que chocaba con la camisa ligeramente
remangada, zapatos y cinturón de Sánchez que se negaba a asistir de una
forma más informal. Esto es especialmente reseñable ya que el dirigente había acudido años atrás a esta fiesta con una camiseta básica negra y unos vaqueros. Cuando podía saltarse el protocolo no escrito para su tiempo libre.
Los dos se desenvolvieron genial entre los asistentes, tanto que incluso
se tomaron una bebida 'entre bambalinas.
Una vez llegaron al escenario,
se sentaron en su respectivo palco VIP desde donde la gente jaleaba
“Pedro, Pedro”. Él, sin problema alguno, saludó en el que se convertía en su primer evento cultural desde que se erigiera en su cargo.
A última hora él mismo subía una imagen junto a Gómez a su cuenta de Instagram.
De sobra conocemos las pulsiones de la infidelidad: una persona cañón
que se cruza en el camino, el estar atrapado en una relación
insatisfactoria, las ganas de aventura… Pero, ¿por qué, aún siendo
felices en una relación, a veces no somos capaces de evitar ser
infieles? Una encuesta realizada a 2.000 personas en Estados Unidos y Europa ha dado con algunas respuestas. Entre ellas, que no se libra casi nadie.
La
mayor parte de mujeres y hombres encuestados que han sido infieles
—entre el 60% y 68%—aseguran que solo se trata de un desliz y algo
puntual. Solo entre el 32% y 40% reconocen a los entrevistados haberlo
hecho en más de una ocasión. Desde la perspectiva de la persona a la que han engañado, unos
cuernos pueden ir desde algo tan sencillo como unos mensajes de
WhatsApp, hasta un beso o, por supuesto, una relación sexual. Sin
embargo, el que es infiel no lo ve de la misma forma y nuestro lugar de
origen parece tener algo que ver en nuestra forma de pensar: los europeos, según la encuesta, son más permisivos y abiertos, mientras que muchos estadounidenses consideran que incluso una quedada casual con un amigo puede considerarse un engaño. En cuanto a los motivos por los que se engaña a una pareja, hay diferencias entre los géneros. Los hombres europeos y estadounidenses coinciden en que el motivo
principal es porque "la otra persona estaba muy buena". Después, los
motivos varían según el origen. Los estadounidenses se escudan en que
"la otra persona ligaba conmigo", "estaba teniendo dudas sobre mi
relación", "no tenía sexo con mi pareja" y "mi pareja había dejado de
prestarme atención". Los europeos también engañan porque la tercera
persona "realmente estaba ahí para ellos" y porque se aburren. Las
razones de las mujeres son similares, aunque en primer lugar se sitúa la
falta de atención de la pareja. Después de la infidelidad, que habitualmente ocurre con un amigo o compañero de trabajo, la mayor parte de las personas sienten culpa y arrepentimiento. Para evitarlo quizás deberían plantearse los motivos principales por los cuales las personas deciden no engañar, que han sido revelados por una investigación publicada en The Journal of Sex Research.
¿Por qué hay personas que no engañan?
Hasta ahora, los estudiosos se habían basado en dos modelos, ambos
relacionados con el coste social. Uno es el modelo de interdependencia,
que se refiere a cómo las personas, ante la perspectiva de una relación
extramatrimonial, ponemos en una balanza lo que vamos a perder y ganar con ella. Cuando consideramos que los daños van a ser mayores que los beneficios,
decidimos que no nos compensa. El otro es el modelo de inversión:
sostiene que a medida que los cónyuges invertimos más (tiempo, energía,
recursos materiales, emociones) en nuestra relación, la motivación para
mantenerla aumenta, lo que genera un rechazo al sexo fuera de la pareja.
Este estudio ha tenido en cuenta ambas variables y ha dado concluido
que el catálogo de motivos disuasorios se concentró en cuatro grandes
grupos. Estas son algunas de las respuestas reales: Razones morales: "Traicionar a mi pareja es como
traicionarme a mí mismo (o mis principios)". "Rompería la confianza
entre mi pareja y yo". "No es moral". Miedo a la soledad: "Tendría que abandonar mi hogar". "Mi pareja se separaría de mí". "Podría acabar solo". Preocupación por los hijos: "Crecerían en una
familia rota". "Podrían ser ridiculizados por sus amigos". "Presentaría
un modelo erróneo a la gente que me rodea". Efecto en otras personas: "Podría perjudicar el
estatus social de mi cónyuge". "Podría hacer daño a la nueva pareja".
"Mis amigos lo descubrirían y se distanciarían de mí". Profundizando en los hallazgos, cuando se pidió a los participantes que evaluaran por separado cada uno de los factores, el moral apareció como el más fuerte amortiguador,
seguido por el miedo a lastimar a los niños. Pero cuando se
relacionaron las variables entre sí, el temor a quedarse solo predecía
mejor el comportamiento que la inquietud por herir a los hijos. “Incluso
las personas que no sienten que hayan invertido mucho en el matrimonio
pueden apelar a daño moral y al miedo al abandono”, concluye el trabajo. "Por encima de lo biológico están los valores de las personas",
explica Mara Cuadrado, psicóloga. "El valor de las cosas que han
construido, de la pareja, de la familia. Y hay muchas personas que son
capaces de decir 'no' a un estímulo que puede resultarles atractivo,
pero no más atractivo que sus valores".
La personalidad también afecta
Pero estos deben conjugarse con otras dos variables.
Una de ellas es la personalidad del individuo. "No para todo el mundo
es fácil rechazar una tentación que es muy atractiva. El autocontrol es
una variable de personalidad importantísima. Las personas más
inteligentes tienen mayor capacidad para anticipar consecuencias y son
las que mejor se autocontrolan. Por el contrario, hay personas que son
impulsivas, además desde pequeñas. Pueden pensar en las consecuencias ,
pero una vez que han dado el paso", describe Mara Cuadrado.
Las mujeres tienen más temor al escrutinio social
Del estudio también se desprende que hombres y mujeres coinciden en
apelar, por este orden, a la moralidad, los hijos, el temor a quedarse
solos y los efectos sobre otras personas como cortafuegos. Pero mientras
en las mujeres la proporción es mayor entre quienes apuntan razones
morales y el miedo a la soledad, los hombres ganan en porcentaje en lo
relativo a los hijos y los efectos en otras personas. En cuanto al perfil de los más fieles, "los resultados muestran que
ser mujer, más religiosa y llevar casada menos tiempo se asoció con
mayores expectativas de abstenerse de tener relaciones sexuales
extramatrimoniales cuando se presenta un hipotético escenario", afirma
el estudio. Cuando tenemos que recurrir a un abanico tan amplio de excusas, todas
ellas además tan poderosas, ¿no será que, en el fondo, tendemos a ser
infieles por naturaleza? "La infidelidad es mucho más frecuente de lo
que pensamos", señala Miren Larrazábal. Como aduce Mara Cuadrado, la
pareja y la convivencia poseen muchos puntos favorables, pero también
otros desfavorables. "Somos seres biológicos y tenemos afectos que se ponen en funcionamiento ante determinados estímulos. Vivir en pareja es un hecho muy cultural, relacionado con la
supervivencia de la especie. Para cuidar de la familia es necesaria
cierta estabilidad de los progenitores. Pero el día a día, el cansancio,
las crisis, incidencias de la vida cotidiana, los hijos…, conducen a un
bucle de problemas que o se compensan trabajando mucho en la familia o
pronto entran estímulos de fuera que pueden romperla".
La esperanza de vida en el mundo ha aumentado en torno a los cinco
los desde el 2000, dice la Organización Mundial de la Salud (OMS) y
señala que se trata del crecimiento más grande desde la década de los
60. En España la media entre hombres y mujeres es de 83 años,
la segunda más alta entre los países de la Organización para la
Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) —por detrás de Japón, que
es de 83,9. Y se prevé que aumente hasta cinco años para 2030.
Cada
vez vivimos más y pensar que en algún momento serán muchos los que
superen los 100 años no parece una idea tan descabellada. Ya hay quien
lo ha conseguido; el récord oficial lo ostenta Jeanne Calment, que murió
a los 122 años. Hay incluso quien asegura tener todavía más edad, como el autoproclamado como el hombre más viejo del mundo,
que falleció en 2017 con 146 años. Y, lo más importante, la ciencia
apunta a que todavía no hemos llegado al punto máximo de la longevidad
humana.
Lo dice un estudio publicado en la prestigiosa revista Science, que ha analizado la progresión de la tasa de mortalidad a lo largo de la vida. Según la investigación, los picos se sitúan en la infancia, en torno a
los 30 y se dispara entre los 70 y los 89 años. Sin embargo, superado el
centenario, la curva deja de aumentar, se estabiliza formando una meseta que "empieza a hundirse con el tiempo", afirma Kenneth W. Wachter, demógrafo de la Universidad de California en Berkeley y uno de los autores del trabajo. A pesar de que los autores no explican por qué se estabiliza la tasa
de mortalidad en edades superiores a los 100 años, sí afirman que la humanidad "no está cerca de alcanzar un punto máximo en la expectativa de vida", señala Wachter. Pero, no se haga ilusiones, no va a vivir para siempre. Los
investigadores también explican que una tasa de mortalidad estanca no
quiere decir que con cada año de vida no haya más posibilidades de morir
y que cuanto más alto se sitúe el récord de longevidad, más difícil
será alcanzarlo.
Esfuércese lo justo
Por otro lado, aunque nuestro organismo tiene, aún, mucho potencial de mejora, hemos limitado nuestras posibilidades en lo que respecta al rendimiento físico. Es la desalentadora conclusión de una revisión de más de 160 estudios
que recogen datos de los últimos 120 los, realizada por un equipo de
investigadores franceses y publicada el pasado octubre en la revista Frontiers of Physiology. Los cambios medioambientales y climáticos tienen mucho que ver. “A
pesar del progreso científico en alimentación y sanidad, la sociedad
moderna ha permitido que la especie llegue a su límite", considera
Jean-François Toussaint, de la Universidad de París Descartes. Triste,
¿no?
La
discreción de la examiga del rey emérito vuelve a saltar por los aires
con la filtración de las grabaciones del excomisario Villarejo, que
serán investigadas por la Audiencia Nacional.
Corinna zu Sayn-Wittgenstein, en Nueva York 28 de febrero de 2016.Andrew TothGetty
"¡No tengáis miedo!", exclamó el cardenal Antonio María Rouco Varela
en la catedral de la Almudena. Rouco se dirigía a Felipe de Borbón y Letizia Ortiz. "El matrimonio y la familia aportan siempre un inestimable e
imprescindible servicio para el bien de la sociedad y del hombre en
general. Vuestro matrimonio os exige un plus de disponibilidad al
servicio a España, absolutamente único y singular. Comporta (…) gravosos
sacrificios y una entrega incesante al bien común de la sociedad
española y de todos los españoles". Era el 22 de mayo de 2004, día de
boda real, tres meses después de que Juan Carlos de Borbón conociese a
Corinna zu Sayn-Wittgenstein y le encargase organizar la luna de miel de
los enamorados. Cuando se ruede la película de los últimos años del rey emérito, bien se
podría emular a Francis Ford Coppola y escuchar el discurso del
religioso mientras se superponen las imágenes de lo que había ocurrido
semanas atrás en el mayor coto de caza de España, la finca de La
Garganta (Ciudad Real), 15.000 hectáreas del duque de Westminster. En
ese lugar permanece sitiada una pedanía, El Horcajo, que vio en una
ocasión como en una finca vecina, El Escorial, se cerraron todos los
caminos y no se pudo entrar ni salir a la localidad: se quedaron fuera
los invitados a unas bodas de plata y la propia alcaldesa. Según
denuncias de los ecologistas, La Garganta también ha cerrado pasos
públicos, ha cortado según sus necesidades el agua y la luz y llegó a
cambiar la dirección de una autovía para que no atravesase la finca. Los
pocos vecinos de El Horcajo, que llegó a tener 7.000 habitantes, están
rodeados por las vías del AVE y alambradas que se prolongan 70
kilómetros para contener a los animales.
Allí a Juan Carlos de Borbón, 66 años, le presentaron a la princesa Corinna zu Sayn-Wittgenstein,
39 años, que se aferraba al apellido de su segundo exmarido, el
príncipe Casimir, cuyo título nobiliario se remonta al siglo XIV del
Sacro Imperio Románico Germánico. "Ocurrió en la cena que tuvo lugar
después de una montería", cuenta al otro lado del teléfono la escritora
Pilar Urbano, autora de varios libros sobre la Casa Real, entre ellos La reina, muy de cerca
(Planeta, 2008) una biografía de Sofía de Grecia basada en
conversaciones con ella. En esa cena, según el relato de Urbano, Juan
Carlos de Borbón le pidió a la anfitriona de la montería que se sentase a
su lado porque sospechaba que Corinna
trataba de seducirlo. Con las horas terminó ofreciéndole negocios: no
sólo le pidió que organizara la luna de miel de Felipe de Borbón y
Letizia Ortiz, sino que colocase a su yerno preferido, Iñaki Urdangarin,
en la Fundación Laureus; Urdangarin envió un CV a Corinna incluyendo su
estado civil: "Casado con S.A.R. la infanta Doña Cristina de Borbón". Un año después aparecieron por esa finca los príncipes Guillermo y
Enrique con varios amigos a pasar la Nochevieja "dedicados a acabar con
las provisiones de whisky de la comarca y a diezmar su fauna: el primer
día de su estancia, mataron 740 perdices, y el segundo pasaron ya a
mayores, con una gran montería de jabalíes y ciervos", contó el diario Hoy. Desde 2004 los periodistas que seguían la actualidad de la Casa Real
empezaron a escuchar que el rey tenía una nueva relación especial. Durante ocho años el personaje público más famoso del país mantuvo una
relación con una “amiga entrañable", como ella se llamó a sí misma, sin
que esa información trascendiese. Sólo el servicio de La Zarzuela y el
privilegiado establishment cercano al monarca conocía la
relación y trataba a Corinna, que llegó a vivir en un pabellón de El
Pardo, con la servidumbre acostumbrada. Pero al contrario que en otras
relaciones del monarca, con él Corinna hacía viajes privados y también
oficiales, como cuando fue descubierta en 2006 compartiendo la alfombra
roja con Juan Carlos de Borbón en la recepción al rey en el aeropuerto
de Stuttgart recibiendo honores militares. Y, sobre todo, hacía
negocios. Para ella y, según su versión al excomisario Villarejo,
para el monarca. También, había dicho años antes, misiones "delicadas"
para el Estado español que levantaron un escándalo político y llevaron
al director del CNI, Félix Sanz Roldán, que negoció con ella para
pedirle que dejase de conceder entrevistas cuando su nombre salió a la
luz, a dar explicaciones al Congreso. El encuentro que mantuvieron Sanz Roldán y Corinna zu
Sayn-Wittgenstein se produjo en el Hotel Connaught, en el corazón de
Myfair, uno de los barrios más elitistas de Londres. Según ella, fue
amenazada de muerte; el jefe de los espías españoles comparecerá este
jueves 26 en el Congreso para detallar la participación del CNI en el
caso. Ya lo hizo hace cinco años, el 19 de marzo de 2013, la primera vez
que negó cualquier vinculación de los servicios de inteligencia
españoles con Zu Sayn-Wittgenstein. Entre Myfair, Belgravia (el exclusivo barrio donde tiene su
residencia Corinna, en Eton Square) y Westminster transcurre el día a
día de la princesa en la capital británica. En medio del triángulo que
forman las tres zonas se encuentra Buckingham Palace. Durante varios
meses, Corinna vivió en una suite del Connaught mientras se reformaba su
apartamento de Eton Square; el hotel alberga una de las estancias más
caras del mundo, The Apartament, que cuesta unos 18.000 euros la noche
incluyendo mayordomo 24 horas. Si algo define ese edificio victoriano y
en ello se emplea su personal, es la discreción. Y si algo definía la
vida de Corinna zu Sayn-Wittgenstein es, precisamente, la discreción con
la que vivía en un universo de lujo prohibitivo que incluye,
naturalmente, Mónaco.
El mundo irreal
Desde el balcón de su apartamento de la Avenue Princess Grace,
Montecarlo, la princesa puede ver dos mares: uno azul y lleno de
reflejos del sol, y otro azulísimo y mustio, sin yates ni veleros a lo
lejos. El primero baña una de las bahías más caras del mundo, el segundo
oculta la nueva batalla que el Principado libra con el mar, ganándole
terreno gracias a una obra de 2.000 millones de euros pagada por
constructores privados que luego dispondrán 60.000 metros cuadrados en
los que levantar viviendas de lujo. En Mónaco se va de cara. La construcción ha obligado a fingir el Mediterráneo con una tela que
se extiende varios kilómetros. De lejos parece el mar, pero al llegar
allí uno se siente Jim Carrey en El show de Truman cuando
llegaba al final del mundo, que no era más que el final de un mundo
construido para él. La vida de la princesa Corinna, como la de nadie en
Mónaco, no empieza ni acaba aquí. Pertenece a esa especie de
multimillonarios cuyos movimientos migratorios atienden a razones
fiscales: no se desplazan por el clima, sino por el tipo impositivo. "Montecarlo y Londres son dos ciudades que te convierten en invisible. Curioso, siendo Montecarlo más pequeña que un pueblo. Pero nadie
pregunta por nadie ni, sobre todo, se interesa por el origen de nada,
menos aún del dinero", dice Philippe, un inversor franco-español, en el
bar del Hotel Metropole, uno de los lugares de culto de Corinna. En la
carta del bar el gintonic más barato cuesta 35 euros, un café 12 euros,
una Coca-Cola 10. Puede pedirse una botella de whisky cuyo precio es de
10.000 euros. Philippe espera a gente para cenar en el restaurante que
Jöel Rebuchon, dos estrellas Michelín, tiene en el hotel. "Encontrarte
con cierto tipo de personas cuesta mucho dinero. No están en los
aeropuertos porque vuelan en avión privado, no están en restaurantes y
hoteles porque tienen salas o alas reservadas para ellos, no hacen cola,
no esperan como estoy esperando yo ahora. Viven en una especie de doble
fondo; son indetectables, no llaman la atención".
En ese mundo en el que Corinna se hizo a sí misma, ella empezó a
chirriar en 2012 como un tren que descarrila. "Mi reputación se basa en
la discreción, en el secreto", había dicho siempre. Hija del director
europeo de la compañía de aviación brasileña Varig, el danés Finn Bönnig
Larsen, y de la alemana Ingrid Sauerland, Corinna Larsen nació en 1965. Como en tantos personajes que no pertenecen a la aristocracia pero
terminan fundiéndose en ella, la revelación de Corinna ocurrió pronto,
en la adolescencia, y en el país que marcaría su vida, España. Fue en
Marbella, lugar al que solían viajar sus padres de vacaciones, donde
Corinna decidió que nunca volvería a separarse de los ricos y famosos. Algo que ella, después de enseñarle sus fotos en el Marbella Club, se lo
negó a la periodista Ana Romero: ella siempre fue parte de los ricos y famosos. La propia Romero, la periodista española que más trato ha tenido con ella y que adelantó en El rey ante el espejo (La Esfera, 2017) la trama urdida por Villarejo, explica en su libro Final de partida
con prolijos detalles el ascenso social de Corinna: hay dos páginas en
las que apenas cabe otra cosa que apellidos compuestos y títulos
larguísimos. En la vida de Corinna, dice la autora del libro a EL PAÍS,
aparecen personajes entrelazados los unos con los otros que constituyen
un formidable fresco literario: herederos de la Mercedes, descendientes
de Churchill, millonarios árabes, paquistaníes, duquesas, príncipes,
actrices de Hollywood, descendientes de Pushkin y de antiguos sirvientes
de la familia del Zar Nicolás. Cuando se instaló en París, acabados sus estudios de Relaciones
Internacionales en Ginebra, Corinna Larsen comprendió que en el mundo al
que se dirigía sin credenciales aristocráticas ni multimillonarias una
valía lo que pesaba su agenda, y su agenda pesaba los apellidos que la
contenían. Ponerlos en contacto, facilitar encuentros, organizar
eventos, engrasar relaciones, hacer de interlocotura y traductora, ser
la llave de un acuerdo. Para todo eso despegó en 2000 en el oficio
adecuado, empleada de la armería Boss&Co organizando safaris;
posteriormente, tras conocer al rey Juan Carlos, fundó Apollonia
Associates, que según su página oficial proporciona "asesoramiento
estratégico a clientes corporativos e institucionales en transacciones
transfronterizas". Mucho antes, al llegar a la capital francesa a los 21
años, se había instalado en un apartamento diminuto pero
extraordinariamente bien ubicado. "¡Location, location, location!",
suele decir. No cuesta imaginarla como el Eugene de Rastignac, el joven
de Balzac que quería entrar en la alta sociedad, subido a la montaña en
la que estaba el cementerio para poder ver París a los ojos y decirle:
"Ahora tú y yo, ¡cara a cara!". Cuando Corinna zu Sayn-Wittgenstein conoció al rey emérito tenía dos
hijos y se había divorciado dos veces, recientemente del príncipe
Casimir, que se se casa este verano (y despojará a Corinna de título y
apellido), y de Philip J. Adkins, un empresario que viajó con Corinna y
Juan Carlos de Borbón al famoso safari de Botsuana. En esa cita Adkins
se hizo amigo del rey. Con Adkins habló Vanity Fair tras el accidente de
Juan Carlos I ("[Corinna] no es una escaladora social, eso es ridículo. Es una mujer guapísima, siempre va bien vestida, tiene los mejores
modales, la mejor educación. Tiene una vida súper interesante y es muy
divertida. Es el tipo de mujer que cualquier hombre, incluyendo Ernest
Hemingway, perseguiría") y hace unos días, cuando se conocieron las
grabaciones del excomisario Villarejo: "Es una sociópata narcisista. No
hay cirujano plástico ni banquero que pueda cambiar eso. Corinna siempre
ha estado muerta por dentro".
"Es una mujer que vive como una tragedia el paso del tiempo. Empieza a
comprender que no volverá a a haber un rey en su vida. Le quedan 30
años que serán decadencia física, como nos ocurre a todos. Y cuando has
dependido tanto de tu belleza para conseguir lo que has conseguido, el
tiempo se convierte en un drama", explica Romero, a la que el
excomisario Villarejo acusa en las grabaciones de ser una “agente doble”
de los servicios de espionaje. "Aquí despachando con M, mi jefa en el
MI6", respondió ella en Twitter con una foto en el Museo de Cera con la
superior de James Bond y los mensajes de "no al chantaje" y "no al
periodismo cloaca".
El vodevil del triángulo real, que incluía a la reina Sofía, era
conocido por un círculo exclusivo que seguía la máxima instaurada con la
monarquía de que no se informaba de la vida privada del rey. Ni
siquiera cuando en 2010, año en el que Juan Carlos I creyó que iba a
morir debido a un tumor que luego se supo benigno, Corinna abandonó la
habitación tras pasar con él las horas más crudas y bajó en un ascensor
del Clínic de Barcelona mientras por el otro, tras esperar a que se
marchase ella, subía la reina.
Tampoco se hizo hincapié en lo publicado
por Pilar Eyre en enero de 2012, meses antes de la cacería de Botsuana,
en el libro La soledad de la reina (La Esfera): "Nosotros
sabíamos perfectamente por qué la reina no quería ir a Barcelona.
Las
razones se reducían a una y tenían nombre de mujer: Corinne [sic]".
Tampoco cuando en otra cacería, según cuenta Romero, un invitado hizo un
comentario indiscreto al rey delante de su hija, la infanta Elena, que
desencadenó que todos los hijos del monarca conociesen el grado de
intimidad que tenía con su padre una mujer que aspiraba a suplantar poco
a poco la figura de la reina.
Todo empieza y acaba en Bostuana
Todo, de alguna manera, empieza y acaba en Botsuana. Allí se produce
no sólo la caída de Juan Carlos de Borbón (“Es un juguete roto, y los
españoles, que son unos cobardes, quieren ahora arrastrarlo por el
fango: matamos muy bien a los muertos”, dice a este diario el periodista
Raúl del Pozo). Corinna detonó algo aún más importante para la
monarquía que la discreción: los eufemismos. De repente, tras el
accidente de Botsuana, no había forma de referirse a ella sin levantar
sospecha. Mientras la prensa extranjera hablaba de "amante", en España
sólo Del Pozo se había referido años antes a "la novia alemana del rey"
sin decir su nombre. La primera periodista que le puso nombre y
apellidos en España fue Mábel Galaz en EL PAIS al informar del accidente
de Botsuana: "El Rey no renunciará a esas amistades, que incluyen la
estrecha relación que desde hace años mantiene con la princesa alemana
Corina Zu Sayn-Wittgenstein, empresaria y organizadora de safaris, que
también acompañaba al monarca en la cacería de Botsuana". A esto le
sucedieron guiños y sobreentendidos desesperados sobre la alemana. Visto
el atasco, la propia Corinna salió al rescate en una entrevista
concedida a El Mundo: era una "amiga entrañable".
"Felipe VI es un rey sin mito, y Juan Carlos I, que lo tenía, se está
quedando sin él", dice Javier del Rey, profesor de Ciencia Política en
la Universidad Complutense. "La desmitificación de su padre deja al rey
en la estacada. ¿Hace bien la Casa Real en mantener silencio? Sí, si no
tiene capacidad de desmentir de forma efectiva la información que
circula. Si se produce un escándalo en una institución debe valorarse
mucho una respuesta, porque ésta puede volverse en contra". En las zonas comunes del Connaught, segunda residencia de Corinna zu
Sayn-Wittgenstein en Londres, una persona trabaja en cada baño con una
misión: abrir el grifo si el cliente quiere lavarse las manos, extender
el jabón y ofrecer la toalla con la que secarse. "El problema de todo
esto, como siempre", dice un antiguo cliente del hotel, "es que cuando
sale uno del Connaught, tiene que lavarse las manos por sí mismo".
"Me educaron en lo que tenía que hacer, pero nunca me dijeron lo que
no debía hacer", dijo la infanta Cristina en medio del escándalo Noos.
En Botsuana, el rey fue a abatir elefantes y, al caerse, arrancó el
telón que mostró uno mucho más grande y peligroso dentro de una
habitación. Al que ya no había más remedio que mirar.