Su salud se resentía. Aunque ese año solo había
trabajado durante unos meses, facturó 12 millones de euros.
Dos años
antes, Avicii se había colado en la lista de los DJ mejores pagados del
mundo, según Forbes: ganó 23 millones de euros, por detrás de los
incombustibles Calvin Harris y David Guetta.
Aunque no hay cifras exactas de su patrimonio en el momento de su
muerte, cuando se retiró —cuando estaba en la cresta de la ola— el
portal Celebritynetworth valoró su fortuna en unos 70 millones de euros.
La carrera de Avicii comenzó en 2008. Un año después ya estaba
remezclando temas de Gueta o Tiësto.
Al poco estaba trabajando con los
más grandes de la música. “Avicii era el futuro. Probablemente hubiera sido la mayor estrella del pop”, contaba Pino Sagliocco,
presidente de Live Nation y promotor detrás de la carrera de Madonna,
Michael Jackson, Elton John o The Rolling Stones en España. Hablaba en
EL PAÍS, en un artículo escrito por Abraham Rivera.
“La primera vez que
le traté, vi que era una persona muy frágil, pero muy comprometida con
su show”, añadía Sagliocco, que en 2014 programó una sesión de
Avicii en la primera edición del Barcelona Beach Festival.
Le
acompañaban David Guetta y Steve Angello.
Los mensajes de las ex
Avicii no tenía hijos. Tampoco pareja. Hasta finales de 2014 estuvo saliendo con la modelo canadiense Raquel Bettencourt. Antes, entre 2011 y 2013, había tenido una relación con Emily Goldberg. Ambas exparejas han querido despedirse del creador. “Parece que fue
ayer cuando éramos inseparables”, escribía Bettencourt junto a una foto
en la que aparece con el artista.Por su parte, Goldberg compartió en su cuenta de Instagram capturas de
algunos mensajes personales —y privados— que había intercambiado con el
artista. En unos se puede leer “te quiero”; en otros, Goldberg habla
sobre una canción que Avicii le dedicó: “Vamos cariño, no te rindas de
nosotros. Elígeme y te mostraré amor... Ésas son las letras de una
canción que Tim escribió para mí. Ojalá pudiera haber estado a la altura
de ellas”. “Durante los dos años que estuvimos juntos, él fue mi
confidente y mi mejor amigo. Ahora no puedo mirar a Bear [por Berling]
sin saber que nunca volveré a ver su cara.
Todavía estoy recogiendo mis pensamientos. Gracias por todas sus
amables palabras y textos. Despertarme cuando todo termine, porque no
quiero que sea real”, escribió la exnovia del DJ, haciendo referencia a
la canción Wake Me Up (Despiértame), que fue número uno en 22 países del mundo.
Los mensajes de Goldberg no han sentado bien entre los seguidores del
DJ, que han tildado de “oportunista” la publicación de los mismos.
Vista de la exposición 'Las apariencias engañan', en el Museo Frida Kahlo de Ciudad de México.Fotografía
de Javier Hinojosa (Archivo Diego Rivera y Frida Kahlo, Banco de México
Fiduciario en el Fideicomiso relativo a los Museos Diego Rivera y Frida
Kahlo)La pintora mexicana utilizó sus vestidos para disimular defectos físicos y reivindicar el folclore de su país
La moda ha ido conquistando poco a poco la categoría de arte y ha
irrumpido en los museos sin complejos, pero el sentido de esta
exhibición no es únicamente estético, sino también político y curativo:
se llama Las apariencias engañan porque trata de mostrar el
modo en el que la pintora mexicana empleó la indumentaria para esconder o
corregir sus imperfecciones físicas.
Frida
Kahlo sufrió a lo largo de su vida veintidós operaciones quirúrgicas,
de modo que su cuerpo fue deshaciéndose o mutando a medida que cumplía
años. Murió joven, pero los dolores, las malformaciones y
las cicatrices que originaron en ella la polio, primero, y después el
accidente de tráfico en que la barra de hierro del pasamanos de un
autobús le perforó el útero, hicieron de su carne y de sus huesos un
campo de batalla. El resto de su vida estuvo en alguna medida marcado
por esos menoscabos físicos, aunque, como se sabe bien, fue una gran
seductora y una amante omnívora cuya cama al parecer compartieron,
además de su marido Diego Rivera, Leon Trotski y Chavela Vargas entre otros. El célebre vestido de tehuana, que en tantas fotos y retratos ha lucido,
no estaba sólo pensado para disfrazar sus malformaciones: lo levantó
como símbolo de poder femenino, puesto que dicho vestido procede del
Itsmo de Tehuantepec, en el estado de Oaxaca, donde la sociedad era
gobernada en su totalidad por mujeres. Con esa vestimenta cubriría tres
objetivos fundamentales: fortalecer su identidad personal, reafirmar sus
convicciones políticas y disimular sus imperfecciones físicas.
El comisariado de la exposición explica con detalle
la funcionalidad del vestido:
“La ornamentación se concentra en la parte
superior del cuerpo: blusas con bordado en punto de cadeneta, flores y
joyería recargada.
Con ello se obliga al espectador a fijar su atención
en esa parte superior, dando oportunidad así a Frida a editarse y
fragmentarse a sí misma, distrayendo la atención de sus piernas y de la
parte inferior del cuerpo”.
Hesse no
cree que la imagen de la mexicana se deba a su personalidad, sino más
bien al contrario:
“Por un lado vistió muchas veces de forma masculina,
sobre todo antes de conocer a Diego.
Esto nos dice mucho de ella, era
muy provocativo para la época, en la que las mujeres tenían que ser señoritas.
El otro atuendo es el de Tehuana, remitiendo a una sociedad matriarcal.
Pero no podemos olvidar que este traje lo usaba por tapar su pierna
derecha (más delgada que la izquierda) y por contentar a Diego Rivera”.
Frida Kahlo combinó a lo largo de su vida lo político y lo indumentario.
No vio ninguna contradicción entre el activismo feminista, que defendió
con uñas y dientes, y la coquetería.
“Frida era tremendamente coqueta”,
dice María Hesse, “pero también había en ella una continua
reivindicación de la cultura mexicana”.
El ocultamiento no fue, sin duda, la razón última de
la forma de vestir de Frida Kahlo, pues de ser así no se habría
entendido por qué llevaba colgados en la bota alta que cubría su
prótesis metálica dos cascabeles, listos para sonar con ritmo de
renqueo.
Más bien se podría decir que Frida, con su temperamento,
trataba de convertir las deformaciones en ironía. Escamotearlas y
realzarlas al mismo tiempo.
O, dicho en otras palabras, esconderlas sin
aceptar la humillación de tener que hacerlo.
“Amurallar el propio
sufrimiento es arriesgarte a que te devore desde el interior”.
Por eso
los trajes de Frida eran la desnudez que deseaba tener y que por
distintas razones no podía tener. La desnudez debajo de la cual había
otra desnudez.
Desde muy pequeña formaba parte del Club de los Cachuchas y tenía sus
ideas político- indumentarias, que consistían en reivindicar las
tradiciones mexicanas y lucirlas sobre el propio cuerpo. María Hesse
sostiene la hipótesis de que si Frida no hubiera sido una tullida, si no
hubiera tenido que hacer que las apariencias engañaran, habría seguido
vistiendo igual.Con ese estilo inconfu8ndiblemente personal que a Jean Paul Gaultier le sirvió de inspiración para una de sus colecciones.
Harvey Keitel en Malas calles. Imagen: Warner Bros.
«Descubre
tu presencia y máteme tu vista y hermosura. Mira que la dolencia de
amor, que no se cura sino con la presencia y la figura». La cita es de San Juan de la Cruz, pero bien lo podría haber dicho Newland Archer (Daniel Day-Lewis) en la maravillosa La edad de la inocencia,
uno los muchos Scorseses superlativos y algo olvidados que
sorprendentemente hay que rescatar y reivindicar de vez en cuando.
Porque hay filmografías tan sublimes que permiten al público dejar de
lado, a ratos, alguna obra maestra, y tratar verdaderos alimentos para
el alma como La edad de la inocencia como si fueran un molesto trozo de carne que se queda entre los dientes, de esos que la gente se quita con un palillo.
«Mi vida es cine y religión, nada más».
La cita no puede ser de San Juan de la Cruz, claro, pero es de Martin Scorsese,
que también.
No lo sé con exactitud, pero a lo mejor la dejó caer en un
renuncio, pese a lo cual es muy socorrida para los críticos y para
establecer el perímetro en artículos como este.
Por lo visto, él no se
siente muy cómodo con ella.
«Siempre suprimen la primera parte de la
cita», ha dicho alguna vez.
No sé cuál es la primera parte, aunque
aventuro, no con mucho fundamento, pero, bueno, y qué, que algo tiene
que ver con el amor. Porque la asociación mental inmediata de buena
parte del público cuando oye «¡Scorsese!» es la imagen de Joe Pesci perforando cuellos con estilográficas, y bien está, pero es que el tipo es un romántico de mucho cuidado, y La edad de la inocencia, una película sobre lo que hay de exquisito en los desengaños amorosos, es buena prueba.
Establezcamos el perímetro, por tanto: amor, cine y religión.
El director confesó en una ocasión (a Roger Ebert, en Scorsese by Ebert, un manual para la vida del buen cinéfilo) que tras su divorcio de Isabella Rossellini (ya sabe, hija de Roberto y de Ingrid Bergman, nada menos) no podía ver El Gatopardo de Visconti porque está rodada en la isla de Salina y allí pasó unos días con ella.
No podía ver ninguna película de los hermanos Taviani,
porque su romance con Isabella empezó en el set de uno de sus rodajes.
No podía ver ninguna película distribuida por compañías en las que
Isabella hubiera trabajado.
«Siempre puedes entrar a la sala después de
que aparezca el logo en pantalla», apuntó Ebert. «No, lo sabría»,
respondió Martin. Como para ponerse Te querré siempre. O el final de Casablanca.
Y
sin embargo, «nadie te pidió que sufrieras. Eso fue idea tuya».
La cita
no es de ningún chamán, ni de un sabio.
Tampoco de un ángel, aunque un
poco sí: es de una yonqui que habla desde la ultratumba a Nicolas Cage al final de otro Scorsese magnífico, estrepitoso y semiolvidado: Al límite (Bringing Out the Dead, 1999)
una película sobre un conductor de ambulancias que viaja tres noches
(Jueves, Viernes y Sábado Santo) al averno acompañado de tres versiones
diferentes de Caronte, y que halla la paz el Domingo de Resurrección.
La
cita es una frase escrita por Paul Schrader, un hermano del alma de Martin, autor del guion de algunas de sus mejores películas (Taxi Driver, Toro salvaje, La última tentación de Cristo, Al límite)
y un tipo educado, como él, en la culpa cristiana, el miedo al infierno
y la redención.
Schrader ha contado alguna vez que sus padres,
calvinistas estrictos, no le dejaron ver una película hasta los
dieciocho años («las películas son una tentación», decían, y la verdad
es que hay que darles la razón) y que su madre le solía pinchar con un
alfiler mientras le gritaba: «¡El infierno es mil veces peor, y es
eterno!».
¿Cómo no iba Schrader a encajar como un guante en una
filmografía, la de Martin Scorsese, que arranca con una madre
repartiendo el pan ante una figura de la Virgen María (Who’s That Knocking at My Door?, 1967) y que se cierra, de momento, con un jesuita aferrado a un crucifijo más allá de la vida (Silencio,
2016)? ¿Cómo no iba Schrader a encontrar la afinidad con un director
que en otra ocasión le confesó a Roger Ebert, tras uno de sus cuatro
divorcios, «estoy viviendo en pecado, y estoy seguro de que iré por ello
al infierno»?
«A todo el mundo le tendrían que gustar los wésterns, porque los wésterns les solucionarían todos los problemas de la vida».
La cita es de J. R. (Harvey Keitel), alter ego de Scorsese en Who’s That Knocking at My Door?, ópera prima del maestro y ensayo general de Malas calles (1973),
película con la que comparte casi todo.
Scorsese escribió de hecho una
trilogía sobre ese muchacho de Little Italy, católico, cinéfilo
empedernido y aprendiz de gánster, que al principio de Malas calles
acudía a la iglesia para poner el dedo en los cirios e imaginar cómo
serían las llamas del infierno. Un personaje autobiográfico con
trastorno de identidad, aspirante a mafioso y a seminarista a un tiempo,
y con una idea no menos confusa del amor, pues solo concibe dos tipos
de mujeres: las prostitutas y la Virgen María.
Cuando descubre que
quiere acostarse con las chicas de las que se enamora o, aún peor, que
algún otro ya se ha acostado con ellas, sobreviene la crisis.
La última tentación de Cristo. Imagen: Universal Pictures, Cineplex Odeon Films.
"Realmente
luchó y reflexionó sobre el significado de la vida y la felicidad", han
escrito los familiares del 'dj' sueco en un comunicado.
Avicii, en una actuación en 2015.REUTERS
La familia del dj sueco Avicii,hallado muerto la semana pasada en Mascate —capital de Omán—
a los 28 años, ha dicho este jueves que el artista tenía problemas con
la vida y que "no pudo más". En su primer comentario público tras el
fallecimiento del músico, cuya causa no se ha revelado, la familia ha
escrito en un comunicado: "Realmente [Avicii] luchó y reflexionó sobre
el significado de la vida y la felicidad. Él no pudo más. Él quería
encontrar paz ". La declaración sugiere la idea de que se quitó la vida. La representante de Avicii, Diana Baron, no ha querido hacer más comentarios. El dj, cuyo verdadero nombre era Tim Bergling,
fue una de las mayores estrellas de la música dance electrónica. Tras
ser hallado muerto en Mascate el pasado viernes no se divulgó ninguna
causa de muerte, aunque desde 2015 su estado de salud a causa del
cansancio provocó diversas cancelaciones hasta anunciarse su retirada
oficial del mundo de la música en marzo de 2016, conuna última sesión como dj en Ibiza aquel mismo mes. Nacido en Estocolmo el 18 de septiembre de 1989, Avicii empezó a publicar su propio materialcuando
apenas había cumplido 19 años de edad, piezas de house que obtuvieron
cierta repercusión internacional y que empezaron a darle a conocer entre
el público y sobre todo entre los dj's de electrónica
comercial de aquellos momentos, muchos de los cuales colaboraron con él
puntualmente. Pero no fue hasta 2011 cuando llegó su primer gran bombazo
internacional con Levels. Era conocido por sus éxitos internacionales, entre los que también estaban Wake Me Up y Hey Brother. En 2016 Avicii anunció que se retiraba de la música por las
dificultades de su estilo de vida. "Nuestro querido Tim era un buscador,
un alma artística frágil que buscaba respuestas a preguntas
existenciales. Un perfeccionista excesivamente exitoso que viajó y
trabajó duro a un ritmo que provocó un estrés extremo ", ha escrito la
familia en el texto. "Cuando dejó de hacer giras, quería encontrar un
equilibrio en la vida para ser feliz y poder hacer lo que más le
gustaba: la música", ha agregado. La muerte de Avicii conmocionó la semana pasada al mundo de la
música. Las campanas de las iglesias de Estocolmo, la capital sueca,
tocaron uno de los mayores éxitos de Tim Bergling este pasado martes.