18 mar 2018
El suicidio de las hermanas vírgenes aguanta el paso del tiempo
Las adolescentes de Jeffrey Eugenides cumplen 25 años con nuevas reediciones y trazando el camino a otras novelas.

La idea se la había dado la niñera de su sobrino. Al parecer, la chica tenía un puñado de hermanas.
Y todas habían intentado suicidarse en algún momento siendo aún adolescentes.
Eugenides imaginó qué hubiera pasado si todas lo hubieran conseguido.
También, qué hubiera pasado si él hubiera vivido en el mismo barrio que ellas.
Y aquella misma noche se puso a escribir la historia de las malogradas hermanas Lisbon –Cecilia, Lux, Bonnie, Mary y Therese–, cinco hijas del vacío existencial del suburbio norteamericano, y de la idea, siempre sospechosa, de la familia perfecta.
Eugenides se alejaba, aunque no demasiado, de la crueldad quirúrgica del brat pack, el pequeño grupo de escritores que había revolucionado –y todavía lo estaba haciendo– la narrativa norteamericana de finales de los ochenta, a saber, Bret Easton Ellis, Jay McInerney, Jill Einsenstadt, y se erigía en una suerte de híbrido salvajemente nihilista entre el vacío de la vida en los suburbios del siempre brillante John Cheever –el primero en apuntar y disparar, con éxito, contra el estigma de lo aniquilador que resulta tenerlo todo– y el aparente ideal de la vida familiar (numerosa y) perfecta y, en realidad, disfuncionalmente dolorosa, de J.D. Salinger, y sus hermanos Glass.
Era inevitable, era cuestión de tiempo, que su universochocase con el de Sofia Coppola,que nunca jamás (lo dijo en su momento) se había planteado dirigir una película hasta que leyó la novela.
“Vi en ella cosas que no había visto en ninguna parte.
Me dio la sensación de que Eugenides entendía perfectamente lo que era ser adolescente: el deseo, la melancolía, el misterio que existe entre chicos y chicas.
Toda esa confusión”, escribió la hoy reputada directora cuando le pidieron que hablase sobre el porqué de todo aquello.
Y lo cierto es que la huella del clásico de Eugenides –cuya carrera despegó estratosféricamente a partir de su segundo asalto, Middlesex, Pulitzer mediante– no sólo está presente en el estilo de la ya toda una experta en retratar la soledad y la desorientación adolescente, sino que perla incluso el narrador en plural de un fenómeno como Big Little Lies– recordemos que la historia de las chicas Lisbon la cuentan los chicos del barrio, en un ejercicio de punto de vista ampliado que no tenía demasiados adeptos por entonces– y, por supuesto, el resto de cine que tiene que ver con dinamitar la vida de suburbio (Todd Solondz) o la idea de familia (disfuncional) perfecta (Wes Anderson).
Otros espejos
En la literatura, Eugenides tiene otros espejos en los que mirarse. La siempre corrosiva y mordaz A. M. Homes ha hecho arder hasta los cimientos y en más de una ocasión –Música para corazones incendiados, Ojalá nos perdonen– a la aburrida (y frustrada) y vacía clase media norteamericana, y la aún por explotar Celeste Ng –Todo lo que no te conté– está siguiendo los pasos de uno y otra, a su manera: en sus historias, es siempre el forastero, el que viene de algún otro lugar, el que intenta adaptarse a esa vida que nadie calificaría de infierno en llamas pero en realidad lo es.¿Y qué hay de la desorientación existencial, del inevitable limbo adolescente?
Es muy probable que jamás hubiera existido Emma Cline, la Emma Cline escritora de Las chicas, si antes no hubieran existido las chicas Lisbon, y quizá, tampoco entenderíamos la eterna adolescencia de los personajes beckettianos de Tao Lin sin ellas. Han pasado 25 años, pero ellas siguen como el primer día.
No envejecen.
Se mudaron al País de Nunca Jamás.
La última reedición española de Las vírgenes suicidas no tiene ni tres meses (data de enero de este mismo año).
Y no es la primera, evidentemente.
Desde su irrupción en el mercado hispano (octubre de 1994), la novela se reimprime con una regularidad pasmosa.
Desde 2013, ha habido una nueva edición por año. ¿Por qué?
La respuesta la dio su propio autor, hace más de una década: no sólo se aproxima a la adolescencia desde la propia nebulosa de la adolescencia y lo hace pavorosamente bien, sino que trata el suicidio como lo que es: un misterio sin solución.
“La novela va sobre la inadmisibilidad del suicidio, sobre el hecho de que nunca vamos a poder identificar la razón por la que alguien se suicida”, dijo.
Leemos, aún, para intentar entender. Y lo seguiremos haciendo, siempre.
A vueltas con la vida íntima.......................... Elvira Lindo
HBO estrena un documental realizado por Rebecca, la hija del dramaturgo Arthur Miller.
Me irrita esa exigencia de un juicio rápido con respecto a un asunto del que conocemos todo lo que se puede saber hace muchos años.
Ha sido tan profusamente narrado en la prensa desde que comenzó en 1992 el divorcio Allen/Farrow hasta cuando un blog de The New York Timespublicó la carta abierta de Dylan Farrow, en 2014, que sorprende que muchos de los actores de aquel país anuncien ahora que jamás volverían a trabajar con el director, como si fuera el trámite obligado para adquirir un certificado de pureza.
Siendo tan probable que el director no vuelva a dirigir una película, a qué viene continuar con la piedra en la mano.
Todo estuvo desde hace más de dos décadas a la vista de cualquiera, la misma incógnita, que resultará imposible de esclarecer.
El divorcio fue turbio, arruinó los bolsillos de ambas partes, llenó páginas y tertulias, y yo que andaba por allí, en USA, pensé entonces que era despreciable hacer fotos desnuda a esa hija de tu mujer a la que has visto crecer y dejar olvidada las pruebas encima de la mesa.
Daba igual que la hija fuera adoptada y que la pareja no estuviera oficialmente casada.
Aquello era reprobable, pero no delictivo; lo de Dylan, de haberse probado, sí era delito.
Los psicólogos afirmaron que podía ser un recuerdo construido en un ambiente disfuncional, de mucho estrés. En cualquier caso, la niña, hoy mujer, contó su verdad.
Pero mientras me preguntaban por la estatua de Allen, se cruzó por mi mente otro de los galardonados con el Príncipe de Asturias, Arthur Miller.
Este mes, HBO estrena un documental realizado por la hija del dramaturgo, Rebecca Miller, en torno a la figura del padre.
No ha debido de ser fácil abordar una presencia tan rica en claroscuros como la de Miller.
El referente moral americano, el hombre que se negó valientemente a delatar a colegas ante el tribunal de actividades antiamericanas, aquel que supo retratar a los derrotados, enfrentarlos con la no consecución de los sueños juveniles en un país implacable con el fracaso, tenía en su biografía varias sombras que emborronan su coherencia moral.
Para empezar, no sé si una hija que adora a su padre es la más adecuada para asumir la manera en que el autor teatral abordó su relación con Marilyn Monroe en la obra Después de la caída.
Aunque Miller afirmó que en nada se parecía la ficción a la realidad, sus diarios desdicen aquello que fue una obviedad para el público.
Es sabido que Monroe se encontró abierto el diario de su marido en el que pudo leer que la ignorancia de la actriz lo avergonzaba ante sus amigos.
La crítica juzgó duramente lo que consideró un texto arrogante, carente de autocrítica, en el que el personaje femenino aparecía como una bella descerebrada.
Sin duda, Miller encontró a una igual, a una compañera de vida, en la fotógrafa austriaca Inge Morath, pero de esa relación que sí fue serena surge el capítulo más injustificable de la existencia de ambos.
En el año 66, tres años después de Rebecca, nacía Daniel Miller, un bebé con síndrome de Down.
La pareja decidió entregarlo a una institución, aconsejada por los médicos.
En una entrada de su diario, el dramaturgo escribe: “Cuando la enfermera lo estaba preparando para nuestro viaje a la institución, me volví a mirarlo con reparo.
Durante unos segundos me encontré a mí mismo, sin dudar del diagnóstico del médico, inundado por un amor hacia él.
No me atreví a tocarlo, no fuera que terminara llevándomelo a casa, y lloré”.
Hoy, Daniel Miller, de asombroso parecido a su padre, lleva una vida plena y feliz, trabaja, es un experto ciclista y convive con personas que se han convertido en su verdadera familia.
Rebecca Miller comenzó a tratarlo animada por su marido, el actor Daniel Day-Lewis, que no debía de concebir que su esposa no corrigiera de alguna forma esa terrible historia de abandono.
La cuestión es que andamos tan centrados en el asunto sexual que cualquier otro tipo de atropello, abandono o desamparo nos parece menor, pero un niño expulsado de un hogar por el hecho de haber nacido con una condición que desagrada es algo difícilmente digerible.
Por más que la hija los exculpe afirmando que era otra época.
La realidad es que el niño no aparece en las memorias de Miller. Nada.
Lo borró.
Algo que desmonta la verdad de los otros recuerdos.
Tampoco se dio cuenta de la existencia de Daniel en las necrológicas de ambos, lo cual es extraño en un país en el que se hace siempre referencia a lo personal.
Rebecca Miller estrena este documental ahora, cuando sus padres están muertos.
No quiso herirlos con este asunto.
A mí me queda una duda: ¿no es extraño hablar de aquella infancia encantadora y artística que te dieron tus padres y no ponerla en cuestión por la ausencia del hermano ignorado?
Sí, me refiero a sentir algo así como una culpabilidad delegada. La sensación de haberte comido tu tarta de cumpleaños y la suya.
Historias de amor y muerte de El Lerele, la casa de Lola Flores
Rosario Flores vende la casa familiar de La Moraleja, donde vivieron grandes momentos y despidieron a su madre y a su hermano.
“626 metros cuadrados, cinco habitaciones, siete baños y un
jardín de 2.000 metros cuadrados con piscina en La Moraleja, Madrid”.
Así se anuncia El Lerele en un portal inmobiliario.
Pero en ningún lugar pone que en esos terrenos se vivieron algunas de las fiestas que Lola Flores, la gran anfitriona, daba.
Tampoco están ya los dos retratos de La Faraona y El Pescaílla que recibían en la entrada.
Ni ningún recuerdo familiar, ni siquiera hay muebles. Pero como algunas mansiones de Hollywood, El Lerele emana un aura de leyenda.
Rosario, la última propietaria de la casa, la vende por 1.995.000 euros, casi un millón menos del precio de valoración inicial.
Según Alba Flores, hija de Antonio y actriz en alza, a su tía “esa casa ya le pesaba” y para sus primos “era una casa aburrida”. Rosario, su pareja Pedro Lazaga y su hijo Pedro, de 12 años —la mayor, Lola, de 21, está estudiando en Londres— se mudan a un piso en la calle Pintor Rosales de Madrid que están reformando.
Lola Flores y El Pescaílla compraron el chalé a finales de los ochenta.
Pero en ningún lugar pone que en esos terrenos se vivieron algunas de las fiestas que Lola Flores, la gran anfitriona, daba.
Tampoco están ya los dos retratos de La Faraona y El Pescaílla que recibían en la entrada.
Ni ningún recuerdo familiar, ni siquiera hay muebles. Pero como algunas mansiones de Hollywood, El Lerele emana un aura de leyenda.
Según Alba Flores, hija de Antonio y actriz en alza, a su tía “esa casa ya le pesaba” y para sus primos “era una casa aburrida”. Rosario, su pareja Pedro Lazaga y su hijo Pedro, de 12 años —la mayor, Lola, de 21, está estudiando en Londres— se mudan a un piso en la calle Pintor Rosales de Madrid que están reformando.
Lola Flores y El Pescaílla compraron el chalé a finales de los ochenta.
Después de que la artista fuera acusada de fraude, en 1987,
cuando Hacienda le reclamaba 130 millones de pesetas por no presentar
las declaraciones de 1982 a 1985.
La matriarca de los Flores tuvo que
deshacerse de la casa de la calle María de Molina.
Bautizaron su nueva
residencia El Lerele, como su canción, y la pareja se mudó a La Moraleja
con sus tres hijos, Lolita, Rosario y Antonio. Hasta allí se fueron
también todos sus amigos.
Lola Flores abría las puertas de su casa a todo el mundo.
También a Antoñita y Juan, los hijos que tuvo El Pescaílla antes de casarse con ella, contaba hace un par de años Juanito Díaz El Golosina, amigo de la familia.
Lola de España, La Faraona era la mejor de las anfitrionas cuentan todos aquellos que la trataron.
Aunque las fiestas de El Lerele nunca tuvieron la épica de las que organizaba en su chalet de Marbella, Los Gitanillos (por donde, además de los habituales —como los Orellana o los Carmona—, se dejaban ver personalidades de la talla de Sean Connery o Audrey Hepburn), la familia vivió grandes momentos que, según contó Alba Flores esta semana, no se van con la finca:
“Hemos tenido la suerte de tener siempre una cámara al lado y tenemos registro de todo lo que ha ocurrido allí".
El Lerele fue también la casa de los momentos más tristes de la familia Flores.
La matriarca vivió allí sus últimos años, con un cáncer de mama que le habían diagnosticado dos décadas antes.
El día de su muerte, el 16 de mayo de 1995, también les acompañaban muchos amigos y seres queridos cuando ella pidió que la dejaran en su habitación.
El grupo más cercano a la familia también estaba en la casa 15 días después, guardando el luto por Lola, cuando Antonio se quedó “un momento solo” en la cabaña al lado de la piscina.
Su madre la había construido para tenerle cerca.
Ahí, él vivía y componía.
Ahí también “se fue”, como relató Mariola Orellana, representante de los tres hijos, tras tomarse un cóctel fatal de somníferos y alcohol.
“Mientras yo viva, a mi hijo no le va a pasar nada. Ahora, cuando yo me muera…”, contó que dijo la propia Lola Flores.
El Lerele se cubrió de luto.
Cinco años después murió El Pescaílla. Lola y Rosario heredaron la casa y la dividieron en dos.
Pero la hermana pequeña acabó comprándola entera y hace dos años le hizo la reforma con la que ahora se vende, sin objetos familiares, pero llena de recuerdos.
También a Antoñita y Juan, los hijos que tuvo El Pescaílla antes de casarse con ella, contaba hace un par de años Juanito Díaz El Golosina, amigo de la familia.
Lola de España, La Faraona era la mejor de las anfitrionas cuentan todos aquellos que la trataron.
Aunque las fiestas de El Lerele nunca tuvieron la épica de las que organizaba en su chalet de Marbella, Los Gitanillos (por donde, además de los habituales —como los Orellana o los Carmona—, se dejaban ver personalidades de la talla de Sean Connery o Audrey Hepburn), la familia vivió grandes momentos que, según contó Alba Flores esta semana, no se van con la finca:
“Hemos tenido la suerte de tener siempre una cámara al lado y tenemos registro de todo lo que ha ocurrido allí".
El Lerele fue también la casa de los momentos más tristes de la familia Flores.
La matriarca vivió allí sus últimos años, con un cáncer de mama que le habían diagnosticado dos décadas antes.
El día de su muerte, el 16 de mayo de 1995, también les acompañaban muchos amigos y seres queridos cuando ella pidió que la dejaran en su habitación.
El grupo más cercano a la familia también estaba en la casa 15 días después, guardando el luto por Lola, cuando Antonio se quedó “un momento solo” en la cabaña al lado de la piscina.
Su madre la había construido para tenerle cerca.
Ahí, él vivía y componía.
Ahí también “se fue”, como relató Mariola Orellana, representante de los tres hijos, tras tomarse un cóctel fatal de somníferos y alcohol.
“Mientras yo viva, a mi hijo no le va a pasar nada. Ahora, cuando yo me muera…”, contó que dijo la propia Lola Flores.
El Lerele se cubrió de luto.
Cinco años después murió El Pescaílla. Lola y Rosario heredaron la casa y la dividieron en dos.
Pero la hermana pequeña acabó comprándola entera y hace dos años le hizo la reforma con la que ahora se vende, sin objetos familiares, pero llena de recuerdos.
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