A lo largo del procés hemos visto muchas puertas. La de la imagen, por la que Roger Torrent
da la impresión de asomarse al infierno, es una más. Puertas cerradas,
abiertas y entreabiertas. En el mundo de los ciegos suele decirse que
las puertas deben estar siempre completamente abiertas o completamente
cerradas para evitar que sus usuarios se rompan las narices con el
canto. Las que han aparecido en la prensa y en los telediarios estaban
mayormente entreabiertas, como para facilitar el golpe a los que no
veían claro. Y eran tantos que casi todos, de un modo u otro, se han
partido la cara. La puerta tiene una dimensión simbólica, claro, lo
mismo que el portazo. Aquí también se han dado muchos portazos, desde
todos los lados. Por eso hay tanta gente con un pañuelo en las narices. No era la gripe. El día en que se obtuvo esta imagen Roger Torrent dio
puerta a Puigdemont. Dar puerta significa despedir, mostrar la salida. El fotógrafo ha captado a Torrent unos momentos antes de hacerlo, pero
ya lo lleva escrito en los papeles. En los papeles y en la cara. He ahí
el rostro de alguien que no está dispuesto a ir a la cárcel por un
problema de identidad nacional disponiendo de otras mismidades. Observen, en segundo plano, el de quien sabe lo que está a punto de
ocurrir y no puede evitar contarlo con su gesto. Se dice que cuando el
escritor conoce el final de su novela, lo desvela sin darse cuenta al
principio. Aquí no estábamos al final de una novela, pero sí de un
capítulo importante. Primera hora de la mañana del jueves 31 de enero de
2018. Mucho frío. Y niebla.
La lengua es como la piel de una sociedad, está unida a ella de manera
intrincada, de manera que, si la sociedad cambia, la lengua también
cambia.
Diré de entrada que Irene Montero ni siquiera me cae bien, y que sus portavozas
me parece una petardez, una patada al oído, al sentido común y al
feminismo, porque estas tonterías solo sirven para desprestigiar temas
muy serios; pero no me digan que no les ha parecido excesiva la
escandalizadísima respuesta del personal ante semejante bobada. Tantos
comentaristas cargados de enérgica razón, tanto griterío cipotudo y
feliz contra el gazapo… ¡Pero si el Abc incluso le dedicó una
portada al tema! ¡Una portada entera a esa simpleza, con la que está
cayendo! Ah…, que no es un tema baladí, claro. Que lo que subyace debajo
del clamor no es un palabro descerebrado, sino el triunfo de una
sociedad más igualitaria. Que, consciente o inconscientemente, contra lo
que están gritando la gran mayoría de los gritones es contra la
deconstrucción del sexismo, es decir, contra el avance de las mujeres y
de los nuevos hombres. Vamos, que, una vez más, es una cuestión de
narices patriarcales (por no citar otros órganos más bajunos).
En apenas un siglo hemos avanzado muchísimo hombres y
mujeres, de eso no cabe duda. Por ejemplo, recordemos que algo tan
básico como el sufragio femenino se conquistó hace muy poco. En Francia
no se logró hasta 1944; en Mónaco, tan finos ellos, hasta 1962; en la
rica Suiza, hasta 1971; en Liechtenstein, en el corazón de Europa, hasta
1984. Y en Arabia Saudí
empezaron a votar en 2015 y sólo en las elecciones locales. Así que sí,
hemos mejorado, pero el mundo sigue siendo sexista. Y ese sexismo se
refleja de manera innegable en la forma en la que hablamos.
La lengua es como la piel de una sociedad, está unida a ella
de manera intrincada, carne con carne y sangre con sangre, de manera
que, si la sociedad cambia, la lengua también cambia, estrechamente
pegada, como la dermis, a un cuerpo que engorda o adelgaza. De este
símil se deduce además que la lengua es algo orgánico, un tejido vivo
que no puedes transformar por decreto, sino que tiene que ir mutando a
medida que el cuerpo social cambia. Por eso no creo que prosperen
iniciativas como esas cansinas duplicaciones de ciudadanos y ciudadanas,
amigos y amigas y así hasta el infinito, porque son una solución
ortopédica y muy torpe al problema de la inclusión de lo femenino en el
lenguaje. Todos los idiomas buscan intuitivamente la elegancia de la
concisión y la precisión, y esta repetición insufrible resulta
agotadora.
En nuestra sociedad existe una necesidad real de adaptación del lenguaje sexista a los nuevos tiempos
Sin embargo, en nuestra sociedad existe una necesidad real
de adaptación del lenguaje sexista a los nuevos tiempos. Y aunque esa
piel de palabras sólo puede mudar orgánicamente, podemos colaborar en el
proceso, de la misma manera que una persona se pone a régimen cuando
quiere adelgazar. De hecho, la lengua ya está cambiando. Por ejemplo,
está desapareciendo el término señorita, que pertenece a un sistema
social caduco (¿por qué a las mujeres se nos va a tratar diferente por
el hecho de estar solteras o casadas?). Y muchos ya no decimos jamás el
hombre como genérico, sino que utilizamos seres humanos. Una muestra clara de ese cambio es presidenta. Hay quienes sostienen que
no se puede decir presidenta porque es un participio de presente, de la
misma manera que no se dice estudianta. Curiosa puntualización: les
incomoda la palabra presidenta, pero no les molesta asistenta o
dependienta, lo cual demuestra que es una cuestión de costumbre. Lo
cierto es que cuando la palabra se emplea como sustantivo puede
feminizarse, y así lo ha recogido la RAE. Otro ejemplo: al principio de la ley del matrimonio homosexual nos
sonaba raro que ambos cónyuges se llamaran maridos o esposas, y hoy nos
parece de lo más normal. Una palabra se legitima por el uso y por su
necesidad real. En cuanto al conflicto de cómo dirigirse a las
audiencias, propongo que cuando las personas presentes sean
mayoritariamente mujeres, usemos el femenino como neutro, y viceversa. Y
no hace falta ponerse a contar a la gente: en la duda, claro está, la
costumbre nos hará seguir usando el masculino. Pero esas situaciones que
todos conocemos, en las que hay una veintena de mujeres y un solo
hombre y seguimos concordando todo en masculino, a mí, personalmente,
empiezan a sonarme muy chirriantes.
Contaba Juan Cruz en un artículo
que, en un intercambio tuitero con desconocidos (a qué prácticas
arriesgadas se presta), alguien lo había conminado a callarse con esta
admonición, o semejante: “Estás desautorizado, perteneces a una
generación que permitió a Franco morir en la cama”. Que algún imbécil
intervenga en estas discusiones ha de ser por fuerza la norma, pero Cruz
añadía que se trataba de un argumento “frecuente” o con el que se había
topado numerosas veces, y esto ya trasciende la anécdota, porque supone
una criminal ignorancia de lo que es una dictadura. En parte puede
entenderse: cuando yo era niño y joven, y oía relatar a mis padres las
atrocidades de la Guerra, me sonaban, si no a ciencia-ficción, sí a
lección de Historia, a cosa del pasado, a algo que ya no ocurría, por
mucho que aún viviéramos bajo el látigo de quien había ganado esa Guerra
y había cometido gran parte de las atrocidades. Pero sí lograba imaginarme la vida en aquellos tiempos, y
los peligros que se corrían (por cualquier tontería, como ser lector de
tal periódico o porque un vecino le tuviera a uno ojeriza y lo
denunciara), y el pavor provocado por los bombardeos sobre Madrid, y el
miedo a ser detenido y ejecutado arbitrariamente por llevar corbata o
por ser maestro de escuela, según la zona en que uno estuviese. Me
hacía, en suma, una idea cabal de lo que no era posible en ese periodo.
También hay frívolos “valerosos” que
reprochan a los españoles no haberse echado a la calle para parar el
golpe de Tejero el 23-F, olvidando que los golpistas utilizaron las
armas y que había tanques en algunas calles.
Tal
vez los que pertenecemos a la generación de Cruz no hayamos sabido
transmitir adecuadamente lo que era vivir bajo una dictadura. Hay ya
varias que sólo han conocido la democracia y que sólo conciben la
existencia bajo este sistema. Creen que en cualquier época las cosas
eran parecidas a como son ahora. Que se podía protestar, que las
manifestaciones y las huelgas eran un derecho, que se podía criticar a
los políticos; creen, de hecho, que había políticos y partidos, cuando
éstos estaban prohibidos;
Tal
vez los que pertenecemos a la generación de Cruz no hayamos sabido
transmitir adecuadamente lo que era vivir bajo una dictadura. Hay ya
varias que sólo han conocido la democracia y que sólo conciben la
existencia bajo este sistema. Creen que en cualquier época las cosas
eran parecidas a como son ahora. Que se podía protestar, que las
manifestaciones y las huelgas eran un derecho, que se podía criticar a
los políticos; creen, de hecho, que había políticos y partidos, cuando
éstos estaban prohibidos; que había libertad de expresión y de opinión,
cuando existía una censura férrea y previa, que no sólo impedía ver la
luz a cualquier escrito mínimamente crítico con el franquismo (qué digo
crítico, tibio), sino que al autor le acarreaba prisión y al medio que
pretendiera publicarlo el cierre; ignoran que en la primera postguerra,
años cuarenta y en parte cincuenta, se fusiló a mansalva, con juicios de
farsa y hasta sin juicio, y que eso instaló en la población un terror
que, en diferentes grados, duró hasta la muerte de Franco
(el cual terminó su mandato con unos cuantos fusilamientos, para que no
se olvidara que eso estaba siempre en su mano); que había que llevar
cuidado con lo que se hablaba en un café, porque al lado podía haber un
“social” escuchando o un empedernido franquista que avisara a comisaría. También ignoran que, pese a ese terror arraigado, Franco sufrió varios
atentados, ocultados, claro está, por la prensa. Que mucha gente
resistió y padeció largas condenas de cárcel o destierro por sus
actividades ilegales, y que “ilegal” y “subversivo” era cuanto no
supusiera sumisión y loas al Caudillo. O ser homosexual, por
ejemplo.Tampoco saben que, una vez hechas las purgas de “rojos” y de
disidentes (entre los que se contaban hasta democristianos), la mayoría
de los españoles se hicieron enfervorizadamente franquistas.
Se creen el cuento de hadas de la actual izquierda ilusa o falsaria de
que la instauración de la democracia fue obra del “pueblo”, cuando el
“pueblo”, con excepciones, estaba entregado a la dictadura y la
vitoreaba, lo mismo en Madrid que en Cataluña o Euskadi. De no haber
sido por el Rey Juan Carlos y por Suárez y Carrillo, es posible que esa
dictadura hubiera pervivido alguna década más, con el beneplácito de
muchísimos compatriotas. Estas generaciones que se permiten mandar
callar a Juan Cruz no saben lo temerario y arriesgado que era levantar
no ya un dedo, sino la voz, entre 1939 y 1975. Que, si alguien caía en
desgracia y tenía la suerte de no acabar entre rejas, se veía privado de
ganarse el sustento. A médicos, arquitectos, abogados, profesores,
ingenieros, se les prohibió ejercer sus profesiones, entrar en la
Universidad, escribir en la prensa, tener una consulta. Hubo muchos
obligados a trabajar bajo pseudónimo o clandestinamente, gente proscrita
y condenada a la miseria o a la prostitución, qué remedio.
También hay frívolos “valerosos” que reprochan a los españoles no
haberse echado a la calle para parar el golpe de Tejero el 23-F,
olvidando que los golpistas utilizaron las armas y que había tanques en
algunas calles. Cuando hay tanques nadie se mueve, y lo sensato es no
hacerlo, porque aplastan. Hoy las protestas tienen a menudo un
componente festivo (la prueba es que no las hay sin su insoportable
“batucada”), y quienes participan en ellas se creen que nunca ha habido
más que lo que ellos conocen. Reprocharles a una o dos generaciones que
Franco muriera en la cama es como reprocharles a los alemanes que Hitler
cayera a manos de extranjeros o a los rusos que Stalin tuviera un fin
apacible. Hay que ser tolerante con la ignorancia, salvo cuando ésta es
deliberada. Entonces se llama “necedad”, según la brillante y antigua
(retirada) definición de María Moliner de “necio”: “Ignorante de lo que
podía o debía saber”.
La
tenista, que se enfrenta a un proceso de divorcio y a la petición de
cárcel realizada por el Banco de Luxemburgo por una deuda millonaria,
romperá su silencio mañana frente a las cámaras de Telecinco.
Arantxa Sanchez Vicario, en Barcelona en 2016.Europa PressEuropa Press via Getty Images
Arantxa Sanchez Vicario, en Barcelona en 2016.Europa PressEuropa Press via Getty Images
Desde que hace una semana se tuvieran noticias de que
Arantxa Sánchez Vicario y su marido, Josep Santacana, se encuentran en
trámites de divorcio tras dos años separados, las novedades se han ido
sucediendo y la situación de la tenista se ha ido complicando. Aislada
de su familia, aunque existan movimientos de acercamiento,
de momento se enfrenta sola a una complicada situación personal. Su
todavía marido quiere la custodia de los dos hijos del matrimonio y
alega problemas psicológicos de la tenista, mientras que el Banco de
Luxemburgo reclama a la pareja que devuelva 7,5 millones con los que
avalaron su pago a Hacienda y ha pedido prisión preventiva ante el incumplimiento de sus obligaciones.
Arantxa
Sánchez Vicario lleva una semana en absoluto silencio, sin contestar a
los requerimientos de este periódico para que facilite su versión de los
hechos. Este viernes parece haberse desvelado el porqué, ya que
Telecinco ha anunciado que mañana la tenista estará en Sálvame Deluxe
para realizar sus primeras declaraciones sobre la situación en la que
se encuentra. Para demostrarlo, la cadena de televisión ha mostrado una
fotografía de la deportista acompañada de dos abogados y un redactor del
programa. Aunque la codirectora del formato, Patricia González, ha
asegurado que Sánchez Vicario no ha cobrado por su intervención, resulta
extraño que elija precisamente este programa, para aclarar su situación
y dejar ver que "está triste y preocupada, pero serena". A lo largo de los años Arantxa Sánchez Vicario ha ido acumulando litigios. Comenzaron en 2003, cuando se vio envuelta en una causa por fraude fiscal. Entonces fue condenada a pagar por las cuotas no satisfechas a Hacienda
en los años que fingió vivir en Andorra. Cuando llegó el momento de
hacer frente a la multa de 5,2 millones de euros que le fue impuesta,
descubrió que no tenía fondos. Pero el conflicto no estalló públicamente
hasta 2012, en la presentación de su libro ¡Vamos!, donde la extenista acusó a sus padres, a su hermano y a dos gestores de confianza de haberla arruinado. A partir de entonces, proliferaron las denuncias entre los Sánchez
Vicario, que emprendieron una guerra que les ha dividido sin remedio.
A lo largo de los años Arantxa Sánchez Vicario ha ido acumulando litigios. Comenzaron en 2003, cuando se vio envuelta en una causa por fraude fiscal.
Entonces fue condenada a pagar por las cuotas no satisfechas a Hacienda
en los años que fingió vivir en Andorra. Cuando llegó el momento de
hacer frente a la multa de 5,2 millones de euros que le fue impuesta,
descubrió que no tenía fondos. Pero el conflicto no estalló públicamente
hasta 2012, en la presentación de su libro ¡Vamos!, donde la extenista acusó a sus padres, a su hermano y a dos gestores de confianza de haberla arruinado.
A partir de entonces, proliferaron las denuncias entre los Sánchez
Vicario, que emprendieron una guerra que les ha dividido sin remedio.
Arantxa Sanchez Vicario,con Josep Santacana, y dus dos hijos.Jean CatuffeGC Images
En 2012, Arantxa se querelló contra su padre Emilio,
su hermano Javier-José y las dos personas de "confianza" que
gestionaban sus ingresos: el abogado Bonaventura Castellanos y el gestor
Francisco de Paula. Les atribuía cuatro delitos (apropiación indebida,
administración fraudulenta, deslealtad profesional y falsedad) por
haberse apropiado de una fortuna que, entre torneos y patrocinios,
ascendía a unos 45 millones de euros. La querella fue archivada inicialmente pero, en 2013, la Audiencia de Barcelona obligó reabrir la causa e investigar los hechos. Poco después, la familia intentó hacer las paces sin resultado. En febrero de 2015, la tenista declaró en la Ciudad de la Justicia de
Barcelona para explicar el porqué de las acciones legales contra su
familia. "Estoy en la ruina y quiero que me expliquen por qué
tengo tantas deudas. Hacienda y Luxemburgo me reclaman cantidades que no
puedo pagar", detalló ante el juez.