Un Blues

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Del material conque están hechos los sueños

12 feb 2018

Carlos García Gual: “Los alumnos pasan mucho tiempo con el móvil. No saben nada”

Sorolla en el taller de costura.......................... Carmen Morán

El Thyssen y el museo del pintor confrontan más de 70 obras del artista con trajes que muestran la nueva moda para la mujer que se emancipaba en el cambio de siglo.

Una visitante fotografía uno de los vestidos de la muestra 'Sorolla y la moda' que se expone junto con el lienzo del pintor 'Elena en la playa' (1909) en el Museo Thyssen de Madrid.

 No hubo un día en que al salir a la calle de repente las mujeres vistieran pantalón sin complejos.

 Hizo falta una larga transición para ir aflojando los corsés y despojándose de miriñaques; larga y no exenta de tortura social.

 El solo gesto de partir la falda para poder montar en bicicleta impidió la entrada a más de una en algún club de gente decente. Pero ese camino ya se transitó. 

A caballo entre los siglos XIX y XX, la modernidad llegó con la moda: las faldas se acortaron, los vestidos eran holgados y sin ataduras, los talleres diseñaban ropa para una nueva mujer, más dinámica y desenvuelta, aventurera y activista que lo mismo reivindicaba el sufragio femenino que prescindía del sombrero en un ademán de libertad conquistada.

 Sí, la nueva moda y la emancipación femenina hicieron un buen matrimonio.

¿Y qué pinta Sorolla en todo esto? Mucho.
 Observador privilegiado de aquellos cambios que operaban en las grandes ciudades del mundo, París, Londres, Nueva York, el pintor trasladó a sus lienzos con la maestría de un buen sastre el brillo del terciopelo, las transparencias del tul, la suavidad del fieltro y el frescor veraniego de sargas y algodones.
 En sus retratos a las damas de la alta sociedad (esas clases por las que empiezan todas las revoluciones), el artista (Valencia, 1863 - Cercedilla, Madrid, 1923) no ahorró en gasas, pasamanerías, lentejuelas, sombreros de paja y plumas, sombrillas y zapatos de hebillas diamantinas.

Sorolla y la moda, así se titula la exposición que reúne en el Thyssen más de setenta lienzos procedentes de museos y colecciones de medio mundo —algunos apenas han sido expuestos en público— con los vestidos de época que se conservan en prestigiosas galerías e instituciones, como el Victoria & Albert de Londres, el Museu Tèxtil de Terrassa o el Museo de Artes Decorativas de París.
 Desde mañana y hasta el 27 de mayo, estas joyas de la moda y valiosos complementos acompañarán a los retratos de gran formato donde el valenciano dio rienda suelta a su gran pasión: la moda. Aunque el Thyssen expone la gran parte del material, la visita no estará completa sin acercarse al Museo Sorolla, situado en la que fuera la casa madrileña del pintor, donde algunos de estos maniquíes buscan su espejo en óleos que no se descuelgan nunca de esas paredes.
 Los amantes de Sorolla podrán disfrutar en esta sede de un cuadro rara vez expuesto, Amalia Romea, señora de la Iglesia, una sutileza de gasas y carnaciones que incitan a tocar.
“La modernidad estaba llegando a Europa, las mujeres ya no necesitaban una sirvienta para embutirse en aquellos vestidos imposibles, se arreglaban y salían solas de compras y Sorolla se hace eco de todo aquello, pinta una mujer empoderada y moderna”, dice el comisario de esta exposición, Eloy Martínez de la Pera, que califica al pintor como el primer personal shopper.
 En sus viajes, Sorolla se emociona con los cambios en el vestir que observa, y envía cartas a su mujer, Clotilde García del Castillo, a la que adora, con bocetos de los sombreros que ha visto, los vestidos, los nuevos cuellos y complementos. 
 A su vuelta a casa llegarán los regalos para ella y para sus hijas, María y Elena, que vestirán la última moda de París, de la londinense Oxford Street y de los talleres neoyorquinos —cabe pensar que al hijo, Joaquín, también le traería algún presente—.
Una de las cartas de Sorolla con varios modelos de sombreros dibujados. 
Una de las cartas de Sorolla con varios modelos de sombreros dibujados.
Todas posaron para él, Clotilde hasta la extenuación y siempre con una mirada serena de gran dama en sus jardines: Clotilde con traje gris, Clotilde con vestido negro, Clotilde con traje de noche.
También se han seleccionado para esta muestra los retratos que hizo a las grandes damas estadounidenses, burguesas de Nueva York cuyas fortunas crecían al mismo ritmo que se elevaban los edificios; la realeza española, alfonsos y maría cristinas, también pasaron por sus pinceles.
No por conocidos, los trazos de Sorolla dejarán de fascinar al visitante, pero será difícil escapar de la atracción que provocan los modelos elegidos para acompañar a cada cuadro. Es la moda convertida en arte.
 “Cientos de personas han trabajado durante año y medio para restaurar, con precisión de cirujano, lentejuelas y encajes”, explica la comisaria técnica, Paula Luengo. 
Hubo que buscar aquellos modelos que más se parecían al retratado por Sorolla, y lo han conseguido, otorgando así veracidad al momento de fulgurante diseño que se experimentaba en la época. Los vestidos tienen prácticamente la misma fecha que los cuadros y parecen salidos de ellos.
 Sorolla estaba retratando el cambio de vida con el realismo de un fotógrafo.

Las marcas

Para los adinerados, y Sorolla lo era, aquellos años de Belle Époque eran felices. 
El arte y la moda se abrazaban y los diseñadores reivindicaron su parte. 
Charles F. Worth es artífice de esa transición hacia la creatividad personal: quiere que sus creaciones tengan nombre propio y estampa su firma, por ejemplo, en ese vestido rosa de seda, algodón, metal y raso que se expone en el Thyssen, perteneciente ahora a la colección Francisco Zambrana, de Málaga. Empezaban las marcas.
Pero la joya de la corona es el vestido Delphos, diseñado hacia 1920 por Mariano Fortuny y Madrazo, inspirado en las túnicas griegas, que caía sobre el cuerpo de la mujer sin ataduras. 
Con él, y sin ropa interior, bailó Isadora Duncan, que puso cimientos a la danza moderna, y lo lucía Peggy Guggenheim, la gran coleccionista y mecenas estadounidense. 
Sorolla se lo regaló a su hija en color amarillo y la retrató así.
 La nueva mujer estaba naciendo y el cambio de piel dejó un rastro de polisones y miriñaques que tanto tiempo le impidieron cabalgar la modernidad.



 

A lo que se atreve Javier Marías....................... Por JUAN CRUZ

Si lo digo yo nadie me hace caso.....pero si lo dice Juan Cruz AHHHH!!!! es otra cosa.

Peligra la libertad de decir, de expresar. Peligra la libertad, triunfa el griterío que ampara el lugar común.

Javier Marías, escritor, colaborador del EPS y académico de la Real Academia de la Lengua, en su despacho, en 2016.
Javier Marías, escritor, colaborador del EPS y académico de la Real Academia de la Lengua, en su despacho, en 2016.
Javier Marías hacía volantines de chico, en el Paseo de la Castellana.
 Entretenía a los transeúntes y ponía en peligro su cabeza. 
Sus amigos veteranos, Juan Benet, Juan García Hortelano, tutelaban su exposición pública.
 Hasta que se hizo mayor, y eso fue muy pronto, empezó a escribir novelas y se dejó de volantines.

Ahora ejerce Javier Marías un oficio más peligroso: opina en público.
 Sus artículos en EL PAÍS, que ahora aparecen en forma de libro como suele hacer en recopilaciones sucesivas, son tan polémicos como la libertad, derecho público cuyo ejercicio gusta sobre todo cuando favorece a quienes lo aplauden.
Marías ya vivió en peligro cuando hizo volantines, está su cabeza acostumbrada a superar las contrariedades del aire cuya dirección marcan los tiempos
Como hacía aquellas noches de su primera juventud, el joven Marías (así lo llamaban Benet y Hortelano) camina a contracorriente.
 En sus años de peligro físico caminaba al revés que todo el mundo, con los pies al aire, arriesgando cabeza y extremidades.
Ahora va también a contracorriente, postura que se ha convertido en un modo de ser, y de estar.
 Si no le gusta un poeta lo dice, y si no le gusta un político lo dice también. 
Y si no le gustan las costumbres, el ruido, por ejemplo, de Madrid, lo dice tantas veces como le haga falta.
A todo ello se ha añadido últimamente (aunque no tan últimamente: es así desde niño, por eso hacía volantines) su díscolo desdén por el lugar común, por ponerse en pandilla. 
Todo aquello que le suene a tópico, a ya sabido, a poco digerible, Marías lo tacha y esa tachadura la lanza como opinión, a veces para diatriba pero muchas veces también para que lo dejen en paz de gaitas, y por ello recibe mandobles a todo pasto.


La última vez que lo pusieron a parir fue ahora mismo, este último fin de semana.
 Se le ocurrió algo que ahora se dice en voz baja y en las intimidades que parecen eco de las catacumbas: ¿no nos estaremos pasando con este nuevo lugar común, según el cual las mujeres no están nunca bajo sospecha, que son los hombres los que han de ser quemados en la hoguera sin consulta previa pues el mundo se divide entre buenos y malos y los malos ya se sabe que son los hombres?
 Y, como tituló Francisco Umbral el libro que escandalizó Barcelona en los años 60, Dios la que se armó.
Por oficio, me acerqué a algunos comentarios de Twitter y vi que Marías era el diablo. 
También observé que, cómo no, era el diablo el periódico EL PAÍS por publicar a Marías. 
Algunos presentes en esos debates que no son tales se atrevían a sugerir que quizá tenían que leer todo el artículo, o parte de él, para estar seguros de que estaban opinando acerca de lo que decía Marías o de lo que ellos creían que podía haber dicho el autor de Berta Isla.
  Pues en otras ocasiones por una línea y media, mal reproducida por los interesados en tergiversar, a Marías lo colgaron bocabajo, postura que ya ensayó él mismo cuando hacía volantines. Peligra la libertad de decir, de expresar. 
Peligra la libertad, triunfa el griterío que ampara el lugar común.
 Lo único bueno de toda esta historia es que a Javier Marías no lo van a callar.
 Ya vivió en peligro cuando hizo volantines, está su cabeza acostumbrada a superar las contrariedades del aire cuya dirección marcan los tiempos.

 

 

El tremendo corte de Lydia Bosch a Toñi Moreno

La actriz ha estado en el programa 'Viva la vida' promocionando su nueva serie 'La Verdad'.

Viva la vida
Lydia Bosch y Elena Rivera han estado este domingo en el programa de Telecinco Viva la vida, presentado por Toñi Moreno, para promocionar su nueva serie La verdad, que se estrenará el próximo miércoles, 14 de febrero.
Toñi Moreno le ha preguntado a Bosch por su papel en la serie. "Bueno, el una madre...", ha empezado a responder la actriz dubitativa. 
Pero la presentadora no se ha conformado con la escasa contestación y ha vuelto a preguntar. "Pero, ¿cómo es interiormente? ¿Es feliz?", ha insistido.
"Mira, ¿sabes qué me pasa? Que yo odio contar las cosas de la serie. Me enfada mucho", ha confesado Bosch.
Viva la vida
"Oye me acabas de dar un corte. ¡Zasca!", ha exclamado Moreno.
"Escuchadme una cosa", ha dicho la presentadora dirigiéndose al público del programa.
 "Hacía tiempo que nadie me daba un corte como el que me acaba de dar", ha señalado Moreno.
Es una pesada esa Toñi Moreno, un programa aburridisimo para unas tardes de fin de semana, ella va de guay pero es un plomazo.
Viva la vida
Lydia Bosch ha abrazado a la presentadora entre risas y después ha rectificado su respuesta. 
"Cuando hay que hacer promoción, yo soy muy mala porque o lo cuento o no lo cuento. 
Y hay tramas y personajes de los que no puedo contar mucho", ha explicado la actriz.