Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

26 nov 2017

La lucha final.................................................. Juan José Millás


La imagen

La lucha final

NO ES LA FOTO de una instalación artística.
 Pertenece a un momento de la vida real.
 Los dueños de esos gorros son soldados, no importa ahora de dónde, que están celebrando una reunión en el Pentágono.
 En el Pentágono, se dice pronto, uno de los lugares de este funesto mundo donde se toman decisiones que marcan el rumbo de la historia.
 Fíjense bien: ni un abrigo, ni una casaca, ni una guerrera, ni una capa, nada, excepto los sombreros, que inevitablemente evocan al cerebro debido a que la frontera entre aquellos y este es un poco difusa.
 Alguien, quizá el general más veterano, debería haber advertido al resto de que las metáforas las carga el diablo y que los fotógrafos están a la que salta.
 He ahí el problema de que en las escuelas militares no se estudie retórica.
 Resulta que en un artefacto repleto de perchas para colgar de él las prendas que representan al cuerpo y entrar en la reunión libre de cargas, han preferido abandonar los cerebros.
Así va el mundo.
Lo peor, con todo, es que los han dejado de cualquier forma, unos encima de otros, sin orden ni concierto, de manera que sería imposible averiguar si hay o no hay una jerarquía. 
No sabemos quién manda. No obstante, mande quien mande, observen el susto de las perchas, que van haciéndose fuertes, poco a poco, en el lado derecho de la barra.
 Agrupémonos todas en la lucha final, parecen decirse frente a esa cantidad desusada de encéfalos castrenses amontonados en un mueble diseñado para otros contenidos.
—No corráis, que es peor —da la impresión de gritar la más alejada del grupo.La lucha final

No....................................................................Rosa Montero

Durante cuatro décadas, en el extranjero me he tenido que enfrentar centenares de veces a los mismos tópicos sobre la sociedad española.
TENGO UNA AMIGA catalana no independentista que el otro día me contaba sus cuitas.
 Por un lado, la crispación social y la creciente agresividad: por ejemplo, hace poco viajaba en un taxi en Barcelona e iba comentando por el móvil con un amigo su tristeza por la situación política, y el taxista comenzó a bufar, pegó un frenazo y la echó con cajas destempladas de su vehículo. 
Y, por el otro lado, el sapo que se tuvo que tragar cuando formó parte de la última manifestación por la unidad y recorrió las calles acompañada por el chunda chunda del ¡Que viiiiiva Españaaaaa! de Manolo Escobar: “Porque desde luego hay que salir y manifestarse, pero tener que aguantar eso…”, se dolía la criatura. Qué bien la entiendo.
Llevo casi cuarenta años participando como periodista y novelista en actos públicos en el extranjero y en todo este tiempo me he tenido que enfrentar centenares de veces a los mismos tópicos sobre la sociedad española, unos estereotipos rancios y ridículos que poseen una fabulosa tenacidad, porque las décadas transcurren, pero los lugares comunes continúan firmemente hincados en la mentalidad de franceses, ingleses, italianos, alemanes, norteamericanos y demás individuos de allende fronteras.
 Y es que los tópicos persisten por encima de lo real siempre y cuando nos devuelvan una imagen confortable de nosotros mismos. Al anclar a España en lo primitivo, lo violento y lo racial, los ciudadanos precisamente más primitivos de esos países (es decir, los más incultos) se sienten superiores. 
Denigrar al vecino, ya se sabe, es la manera más fácil que tienen los necios para creerse listos. 

De modo que llevo casi cuarenta años teniendo que explicar una y otra vez, y a medida que transcurre el tiempo más irritada, que la España de hoy no se define de manera esencial por la Guerra Civil o por el franquismo.
 Sin duda forman una parte muy importante de nuestra historia, pero exactamente igual que la Segunda Guerra Mundial forma parte de la historia de los vecinos.
 Quiero decir que, por el hecho de ser una escritora española, no tengo que ser preguntada una y otra vez por la maldita Guerra Civil, de la misma manera que a nadie se le ocurre preguntarle a un escritor francés por el colaboracionismo de Pétain, con el agravante de que esto último tendría incluso más sentido cronológico, porque la guerra mundial terminó seis años más tarde que la nuestra. 
Hace 42 años que murió Franco, 78 que acabó la Guerra Civil: la España de hoy no se reduce a eso, por favor.
Pero ahí sigue aleteando el tópico.
 España es sinónimo de Guerra Civil, machismo, toreros, Iglesia y flamencas con bata de lunares.
 Y yo me aburro de repetir que, según el Eurobarómetro, el machismo español está en la zona media-baja (aunque siga existiendo, por supuesto: hay sexismo en todas partes); que apenas un 35% de la población apoya los toros (y entre menores de 24 años, sólo un 16%); que somos uno de los países menos religiosos del planeta (sólo un 26% se declaran católicos practicantes, sólo un 35% marcan la casilla de la Iglesia en la renta), y que las flamencas forman parte de nuestra rica y complejísima cultura, pero son tan sólo un ingrediente más de ese mosaico y, aunque nos guste verlas, muchos no nos sentimos representados por ellas. 

Pero hete aquí que ahora, con este salto para atrás que siempre fomentan las ebulliciones nacionalistas, sean del signo que sean, se diría que los tópicos más viejos y casposos están levantando la cabeza. 
Verán, a mí me parece de perlas que haya gente a la que le encante Manolo Escobar con su carro, sus no me gusta que a los toros te pongas la minifarda y sus vivas patrióticos, y seguro que el cantante fue un buen hombre, pero considero lamentable intentar reducir la moderna y poliédrica España de hoy a ese mensaje elemental y arcaico, que para bailar achispado en una boda puede funcionar, pero como eslogan político da pavor.
 Esta queja puede parecer una frivolidad con la que está cayendo, pero es que los símbolos son importantes porque las ideologías se amparan y engordan bajo ellos.
 ¿Que viva España? Pues mira, suplantada, empequeñecida y secuestrada por la simpleza del hit escobariano, como que no. 

‘Poor devils’.......................................................Javier Marías

La obtusa interpretación del conflicto catalán hecha por medios y opinadores anglosajones confirma que sus países ya no cuentan intelectualmente.
CONOZCO A ALGUNAS personas compungidas por la ramplona interpretación que de la crisis catalana han hecho ciertos medios y opinadores anglosajones, a ambos lados del Atlántico.
 Desde mi punto de vista (y miren que soy anglófilo de toda la vida, y por ello he sido tildado en España de “autor inglés traducido” y otras etiquetas más groseras), esas personas van atrasadas de información, o bien son muy lentas a la hora de sacudirse los viejos prestigios, cuando éstos ya han caído. 
Las voces en inglés han aparecido más autorizadas que cualesquiera otras durante décadas, y con bastante justicia.
 Tanto los Estados Unidos como Gran Bretaña son ricos y fuertes todavía, han tenido y tienen científicos y artistas deslumbrantes y Universidades de enorme fama; han sido serios en el mejor sentido de la palabra, escrupulosos y racionales en sus análisis;
 han universalizado su cultura y su historia a través del cine y las series televisivas: no sé ahora, cuando ya casi nadie sabe nada, pero hasta hace poco no había europeo que ignorara quiénes fueron el General Custer o Jesse James, mientras que éramos incapaces de decir un solo nombre de general alemán, español, italiano o francés, incluidos los de Napoleón, o de un bandolero de las mismas nacionalidades.
 O bueno, mucha menos gente conocía al italiano Salvatore Giuliano que a los americanos Capone, Luciano o Billy el Niño. Con lo anglosajón, pero sobre todo con lo estadounidense, hay un papanatismo propio de países colonizados, con España a la cabeza. Todo lo que se inventa o se cree descubrir en América acaba abrazándose aquí con absoluto sentido acrítico, casi con idolatría. 

Desde mi punto de vista, insisto, hace tiempo que lo que desde allí nos venden es mercancía dañada o barata, con las excepciones de rigor.
 La mayor parte de las novelas estadounidenses son repetitivas y carentes de interés, rara es la ocasión en que abro una y no empiezo a bostezar ante sus “frescos” de una época o de una ciudad, ante sus historias de familias (disfuncionales todas, por favor), ante sus artificiales prosas pretendidamente literarias y plagadas de tics de las llamadas “escuelas de escritura”, ante su voluntariosa sumisión a lo “edificante” o a lo “transgresor”.
 Del cine no hablemos: hace lustros que dejó de ser un arte que ofrecía un montón de obras maestras al año para brindarnos hoy productos sin brío y sin alma, películas desganadas, rutinarias y sin convicción, remakes y secuelas sin fin. 
De las costumbres que hemos importado, qué decir, desde Halloween hasta el Black Friday, todo contribuye a la infantilización y el gregarismo del mundo.
En cuanto a los “razonamientos”, les debemos las siete plagas de lo políticamente correcto, el abandono de toda complejidad, matiz y ambigüedad, incluso de toda duda y de todo dilema, cuando el ser humano es esencialmente complejo, ambiguo, lleno de excepcionalidades, incertidumbres y encrucijadas morales. 
Pero, aparte de todo esto, que es una generalización superficial, los prestigios de los países están irremediablemente unidos a sus gobernantes, quienes, nos guste o no, influyen mucho más de lo que deberían.
 En este sentido, un país capaz de elegir como Presidente a Trump para mí ya no cuenta, en conjunto. 
Tampoco uno capaz de votar alocadamente el Brexit para medio arrepentirse cuarenta y ocho horas después y, pese a ello, carecer de valor para rectificar su atolondrada decisión; de exhibir como Premier a la incompetente y confusa Theresa May y como Ministro de Exteriores al cínico, bufonesco y dañino Boris Johnson. 
Países capaces de dejarse engañar por mamarrachos como Nigel Farage y Donald Trump pasan a ser inmediatamente países sin prestigio alguno, temporalmente idiotizados, dignos de lástima.
 
No es que en España ni en Europa estemos representados por gente mucho mejor, pero al menos nuestros gobernantes no resultan grotescos (al menos hasta que ganen Berlusconi o Grillo, tal para cual). 
Sosos y mediocres, sí; injustos y con escasa pesquis, la mayoría; inútiles, también.
 Pero no grotescos ni llamativamente lerdos. 
Por eso, la obtusa interpretación del conflicto catalán hecha por editoriales del New York Times y el Washington Post, el Guardian y el Times, carece de la importancia que habría tenido hace sólo dos años, y no debería llevar a nadie a la compunción ni al sonrojo.
 Que esos diarios (y algunos escritores de brutal ignorancia e inermes ante la manipulación) no sepan detectar que el Govern de Puigdemont y Junqueras ha encabezado un golpe retrógrado y decimonónico, antidemocrático, insolidario, totalitario, a la vez elitista y aldeano, y tan denodadamente embustero como el de los brexiteros y los trumpistas, no hace sino confirmar que los países a los que pertenecen están embotados y han dejado de contar intelectualmente, ojalá que por poco tiempo. 
Y no es que en el mundo anglosajón no haya voces inteligentes, claro que las sigue habiendo. 
Pero están en retirada, avasalladas y desconcertadas por la rebelión de los tontos y su toma del poder.
 Cuanto hoy venga de ese mundo ha de cogerse con pinzas y ponerse en cuarentena.
 Porque, después del Brexit y Trump, esos países han bajado provisionalmente a la categoría de “poor devils”, como dicen en inglés. 

25 nov 2017

Aurora Bertrana, una viajera adelantada a su tiempo............ Use Lahoz.

La reciente publicación de las memorias 'Paraísos Oceánicos' rescata la figura casi secreta de la escritora.

Aurora Bertrana, en una imagen de archivo.
Aurora Bertrana, en una imagen de archivo.
La reciente publicación de Paraísos oceánicos no solo restaura una deuda con una escritora y un libro de viajes excepcionales, sino que supone además el rescate de una figura casi secreta y deslumbrante, la de una mujer adelantada a su tiempo y pionera en el atrevimiento y en el arriesgado oficio de vivir contracorriente y de acuerdo a unos principios.
 Paradisos oceànics se publicó originariamente en catalán en la editorial Proa en 1930, y dado el inmediato éxito que despertó, tres años después se publicó una traducción al castellano bajo el título Islas de ensueño (ediciones Populares Iberia)
. La completísima edición que presenta estos días la editorial Rata añade un capítulo del libro de memorias de Aurora Bertrana (Memòries fins el 1935), traducido por la escritora Jenn Diaz, dedicado a la gestación y acogida de la obra que la dio a conocer como cronista tierna y luminosa, además de documentos gráficos, notas biográficas y de edición, y varios textos de apoyo que ayudan a posicionar a esta autora en la literatura escrita por mujeres en el siglo XX.
Aurora Bertrana fue hija del escritor catalán Prudenci Bertrana (autor de Josafat, clásico modernista de lectura obligatoria para tantos estudiantes en Cataluña) y su esposa Neus Salazar.
 Nació en 1892 en Girona, lugar que enseguida se le quedó pequeño. Como bien cuenta Mar Abad en el prólogo de la edición castellana, a los diez años escribió un cuento que entregó a su padre. Este, asustado ante la posibilidad de que una niña se pudiera dedicar a las letras -pero también reconociendo que sería difícil encauzarla en el ganchillo y los encajes de bolillo-, no solo la acusó de haberlo copiado sino que también le buscó un profesor de violonchelo. A los 18 años viajaba sola varias veces por semana a Barcelona a estudiar música. La misma Bertrana relató así la experiencia: “Fue considerado por los gerundenses de la época como una hazaña única en la historia de las libertades femeninas. Ninguna de las chicas que yo conocía habría osado hacerlo y, en caso de haberlo querido, sus padres no lo habrían permitido”. En cuanto supo de la existencia del Instituto Dalcroze de Ginebra, también Barcelona se le quedó pequeña. Así, en 1923 ya tocaba el violonchelo en la orquesta de un hotel de Mürren y, seguidamente, en Ginebra, fundó la primera banda de jazz femenina de Europa. Eran los locos años veinte. La libertad, en Suiza, era algo visible y tangible. Pero, ay, también ellas (la libertad, Suiza) se le quedaron pequeñas. Porque allí conoció el amor, encarnado en la imagen de un ingeniero eléctrico con mucha mundología: monsieur Choffat, quien se fue a vivir tres años a la Polinesia, desde 1926 a 1929, donde debía montar una central eléctrica.
 
Paraísos oceánicos es el conjunto de las crónicas que Aurora Bertrana escribió desde allí relatando la experiencia de enfrentarse al exótico y virginal mundo de las islas francesas del Pacífico, y puede leerse como libro de viajes, novela de aprendizaje o relato de aventuras. Destaca el poder evocador de las descripciones, en las que, por medio de un catalán culto y perspicaz, confluyen imágenes sugerentes y una entrañable combinación de cotidianidad e intencionalidad metafórica. (“Una verdadera noche oceánica, tejida de perfumes sutiles, de celajes suaves, de masas de verdura fantástica, sobre la cual la luna resbala sin poder penetrar. Una quietud de jardín abandonado se extiende por la ciudad coqueta y florida”, se lee en la crónica Un barrio chino en una ciudad oceánica). 
 La suya es una prosa cándidamente poética y líquida, gracias a la que el lector siente, ve, huele, palpa y oye la canción misteriosa del Pacífico. Por supuesto, son crónicas alejadas de la postal, por lo que cabe lo feo, el peligro, la tristeza. Con idéntica intensidad se describe una puesta de sol, un entierro indígena y festivo o el timo que padecen unos guiris. Hay humor, ternura, respeto. 
Y, sobre todo, voluntad de integrarse (sin convertirse) en formas de vida desconocidas, en una cultura completamente ajena. Son narraciones atentas a los detalles, los colores, los matices, y en ellas está muy vivo el amor al paisaje. Bertrana observa y absorbe. Buen ejemplo es la crónica titulada El correo de California, en la que se cuenta cómo cambia la fisonomía y la vitalidad de la localidad de Papeete los días que llega el correo, su único lazo con la civilización, en un buque que pone a todo el mundo en movimiento. “El correo, he aquí la palabra mágica que lo transfigura todo, y cuya sola evocación significa una infinidad de cosas: las emociones sentimentales y de negocio, las venganzas administrativas, los honores, las esperanzas, todo lo trae el correo. Desde la carta de un hijo o de una madre que viven separados por todo el espesor de la tierra, hasta la gasolina, los vestidos, las latas de conserva.
El correo mantendrá latentes nuestras grandes flaquezas de civilizados, de nuestra eterna inquietud. Somos impotentes contra el tóxico de las ciudades europeas o americanas, lo llevamos en la sangre como un microbio hereditario, y no pensamos que allí, a nuestra espalda, la selva solitaria es todo un mundo cercano, rebosante de frutos y de agua pura, de belleza y de serenidad... Las avenidas se ven pobladas de estrafalarios turistas de ambos sexos. ¡Es la conquista de la isla! Los que van a pie pasan en grupos, desenvueltos y vociferando. Suelen ir con faldón o faldita corta, la kodak en bandolera y gafas ahumadas. Los indígenas, discretamente apartados, los miran pasar con una especie de maliciosa condescendencia. El anglosajón parece hallarse en todas partes en su casa. El maorí (desde que se le ha conquistado) no se siente nunca en su tierra, salvo en el interior de la selva. Una hora después de la llegada, Papeete ha caído en poder de Inglaterra. los taxistas ese día no conocen otra lengua que la inglesa ni otra moneda que el dólar. Si entráis a una tienda os tendréis que despachar vosotros mismos, o esperar al día siguiente...”.
Después de la aventura en la Polinesia, Aurora Bertrana regresó a Cataluña. Fue abandonada por el ingeniero eléctrico. Se metió en política, vivió el exilio, viajó mucho a Marruecos, intentó ser madre soltera sin lograrlo. Vivió de escribir y de acuerdo a sus principios hasta 1974. En 1967, Alfaguara publicó su libro Vent de Grop y en la solapa ella misma se encargó de la nota biográfica: “Amo la justicia con mayúsculas, sin jueces ni juzgados. Amo los buenos libros, la conversación de un amigo, la música de Mozart. Pienso que el mundo es maravilloso y la vida una quiniela con poquísimos resultados y uno o dos aciertos”.