NO ES LA FOTO de una instalación artística. Pertenece a un
momento de la vida real. Los dueños de esos gorros son soldados, no
importa ahora de dónde, que están celebrando una reunión en el
Pentágono. En el Pentágono,
se dice pronto, uno de los lugares de este funesto mundo donde se toman
decisiones que marcan el rumbo de la historia. Fíjense bien: ni un
abrigo, ni una casaca, ni una guerrera, ni una capa, nada, excepto los
sombreros, que inevitablemente evocan al cerebro debido a que la
frontera entre aquellos y este es un poco difusa. Alguien, quizá el
general más veterano, debería haber advertido al resto de que las
metáforas las carga el diablo y que los fotógrafos están a la que salta. He ahí el problema de que en las escuelas militares no se estudie
retórica. Resulta que en un artefacto repleto de perchas para colgar de
él las prendas que representan al cuerpo y entrar en la reunión libre de
cargas, han preferido abandonar los cerebros.Así va el mundo.
Lo peor, con todo, es que los han dejado de cualquier forma,
unos encima de otros, sin orden ni concierto, de manera que sería
imposible averiguar si hay o no hay una jerarquía. No sabemos quién
manda. No obstante, mande quien mande, observen el susto de las perchas,
que van haciéndose fuertes, poco a poco, en el lado derecho de la
barra. Agrupémonos todas en la lucha final, parecen decirse frente a esa
cantidad desusada de encéfalos castrenses amontonados en un mueble
diseñado para otros contenidos.—No corráis, que es peor —da la impresión de gritar la más alejada del grupo.
Durante cuatro décadas, en el extranjero me he tenido que enfrentar
centenares de veces a los mismos tópicos sobre la sociedad española. TENGO UNA AMIGA catalana no independentista que el otro día me contaba sus cuitas. Por un lado, la crispación social y la creciente agresividad:
por ejemplo, hace poco viajaba en un taxi en Barcelona e iba comentando
por el móvil con un amigo su tristeza por la situación política, y el
taxista comenzó a bufar, pegó un frenazo y la echó con cajas
destempladas de su vehículo. Y, por el otro lado, el sapo que se tuvo
que tragar cuando formó parte de la última manifestación por la unidad y
recorrió las calles acompañada por el chunda chunda del ¡Que viiiiiva Españaaaaa!
de Manolo Escobar: “Porque desde luego hay que salir y manifestarse,
pero tener que aguantar eso…”, se dolía la criatura. Qué bien la
entiendo. Llevo casi cuarenta años participando como periodista y novelista en
actos públicos en el extranjero y en todo este tiempo me he tenido que
enfrentar centenares de veces a los mismos tópicos sobre la sociedad
española, unos estereotipos rancios y ridículos que poseen una fabulosa
tenacidad, porque las décadas transcurren, pero los lugares comunes
continúan firmemente hincados en la mentalidad de franceses, ingleses,
italianos, alemanes, norteamericanos y demás individuos de allende
fronteras. Y es que los tópicos persisten por encima de lo real
siempre y cuando nos devuelvan una imagen confortable de nosotros
mismos. Al anclar a España en lo primitivo, lo violento y lo racial, los
ciudadanos precisamente más primitivos de esos países (es decir, los
más incultos) se sienten superiores. Denigrar al vecino, ya se sabe, es
la manera más fácil que tienen los necios para creerse listos.
De modo que llevo casi cuarenta años teniendo que explicar una y otra
vez, y a medida que transcurre el tiempo más irritada, que la España de
hoy no se define de manera esencial por la Guerra Civil o por el
franquismo. Sin duda forman una parte muy importante de nuestra
historia, pero exactamente igual que la Segunda Guerra Mundial forma
parte de la historia de los vecinos. Quiero decir que, por el hecho de
ser una escritora española, no tengo que ser preguntada una y otra vez
por la maldita Guerra Civil, de la misma manera que a nadie se le ocurre
preguntarle a un escritor francés por el colaboracionismo de Pétain,
con el agravante de que esto último tendría incluso más sentido
cronológico, porque la guerra mundial terminó seis años más tarde que la
nuestra. Hace 42 años que murió Franco, 78 que acabó la Guerra Civil:
la España de hoy no se reduce a eso, por favor. Pero ahí sigue aleteando el tópico. España es sinónimo de Guerra Civil, machismo, toreros, Iglesia y
flamencas con bata de lunares. Y yo me aburro de repetir que, según el
Eurobarómetro, el machismo español está en la zona media-baja (aunque
siga existiendo, por supuesto: hay sexismo en todas partes); que apenas
un 35% de la población apoya los toros (y entre menores de 24 años, sólo
un 16%); que somos uno de los países menos religiosos del planeta (sólo
un 26% se declaran católicos practicantes, sólo un 35% marcan la
casilla de la Iglesia en la renta), y que las flamencas forman parte de
nuestra rica y complejísima cultura, pero son tan sólo un ingrediente
más de ese mosaico y, aunque nos guste verlas, muchos no nos sentimos
representados por ellas.
Pero hete aquí que ahora, con este salto para atrás que siempre fomentan
las ebulliciones nacionalistas, sean del signo que sean, se diría que
los tópicos más viejos y casposos están levantando la cabeza. Verán, a
mí me parece de perlas que haya gente a la que le encante Manolo Escobar
con su carro, sus no me gusta que a los toros te pongas la minifarda y
sus vivas patrióticos, y seguro que el cantante fue un buen hombre, pero
considero lamentable intentar reducir la moderna y poliédrica España de
hoy a ese mensaje elemental y arcaico, que para bailar achispado en una
boda puede funcionar, pero como eslogan político da pavor. Esta queja
puede parecer una frivolidad con la que está cayendo, pero es que los
símbolos son importantes porque las ideologías se amparan y engordan
bajo ellos. ¿Que viva España? Pues mira, suplantada, empequeñecida y
secuestrada por la simpleza del hit escobariano, como que no.
La obtusa interpretación del conflicto catalán hecha por medios y
opinadores anglosajones confirma que sus países ya no cuentan
intelectualmente. CONOZCO A ALGUNAS personas compungidas por la ramplona interpretación que de la crisis catalana
han hecho ciertos medios y opinadores anglosajones, a ambos lados del
Atlántico. Desde mi punto de vista (y miren que soy anglófilo de toda la
vida, y por ello he sido tildado en España de “autor inglés traducido” y
otras etiquetas más groseras), esas personas van atrasadas de
información, o bien son muy lentas a la hora de sacudirse los viejos
prestigios, cuando éstos ya han caído. Las voces en inglés han aparecido más autorizadas que cualesquiera otras
durante décadas, y con bastante justicia. Tanto los Estados Unidos como
Gran Bretaña son ricos y fuertes todavía, han tenido y tienen
científicos y artistas deslumbrantes y Universidades de enorme fama; han
sido serios en el mejor sentido de la palabra, escrupulosos y
racionales en sus análisis; han universalizado su cultura y su historia a
través del cine y las series televisivas: no sé ahora, cuando ya casi
nadie sabe nada, pero hasta hace poco no había europeo que ignorara
quiénes fueron el General Custer o Jesse James, mientras que éramos
incapaces de decir un solo nombre de general alemán, español, italiano o
francés, incluidos los de Napoleón, o de un bandolero de las mismas
nacionalidades. O bueno, mucha menos gente conocía al italiano Salvatore
Giuliano que a los americanos Capone, Luciano o Billy el Niño. Con lo
anglosajón, pero sobre todo con lo estadounidense, hay un papanatismo
propio de países colonizados, con España a la cabeza. Todo lo que se
inventa o se cree descubrir en América acaba abrazándose aquí con
absoluto sentido acrítico, casi con idolatría.
Desde mi punto de vista, insisto, hace tiempo que lo que desde allí nos
venden es mercancía dañada o barata, con las excepciones de rigor. La
mayor parte de las novelas estadounidenses son repetitivas y carentes de
interés, rara es la ocasión en que abro una y no empiezo a bostezar
ante sus “frescos” de una época o de una ciudad, ante sus historias de
familias (disfuncionales todas, por favor), ante sus artificiales prosas
pretendidamente literarias y plagadas de tics de las llamadas “escuelas
de escritura”, ante su voluntariosa sumisión a lo “edificante” o a lo
“transgresor”. Del cine no hablemos: hace lustros que dejó de ser un
arte que ofrecía un montón de obras maestras al año para brindarnos hoy
productos sin brío y sin alma, películas desganadas, rutinarias y sin
convicción, remakes y secuelas sin fin. De las costumbres que hemos importado, qué decir, desde Halloween hasta el Black Friday, todo contribuye a la infantilización y el gregarismo del mundo. En cuanto a los “razonamientos”, les debemos las siete
plagas de lo políticamente correcto, el abandono de toda complejidad,
matiz y ambigüedad, incluso de toda duda y de todo dilema, cuando el ser
humano es esencialmente complejo, ambiguo, lleno de excepcionalidades,
incertidumbres y encrucijadas morales. Pero, aparte de todo esto, que es una generalización
superficial, los prestigios de los países están irremediablemente unidos
a sus gobernantes, quienes, nos guste o no, influyen mucho más de lo
que deberían. En este sentido, un país capaz de elegir como Presidente a Trump
para mí ya no cuenta, en conjunto. Tampoco uno capaz de votar
alocadamente el Brexit para medio arrepentirse cuarenta y ocho horas
después y, pese a ello, carecer de valor para rectificar su atolondrada
decisión; de exhibir como Premier a la incompetente y confusa Theresa
May y como Ministro de Exteriores al cínico, bufonesco y dañino Boris
Johnson. Países capaces de dejarse engañar por mamarrachos como Nigel
Farage y Donald Trump pasan a ser inmediatamente países sin prestigio
alguno, temporalmente idiotizados, dignos de lástima. No es que en España ni en Europa estemos representados por gente mucho
mejor, pero al menos nuestros gobernantes no resultan grotescos (al
menos hasta que ganen Berlusconi o Grillo, tal para cual). Sosos y
mediocres, sí; injustos y con escasa pesquis, la mayoría; inútiles,
también. Pero no grotescos ni llamativamente lerdos. Por eso, la obtusa
interpretación del conflicto catalán hecha por editoriales del New York Times y el Washington Post, el Guardian y el Times,
carece de la importancia que habría tenido hace sólo dos años, y no
debería llevar a nadie a la compunción ni al sonrojo. Que esos diarios
(y algunos escritores de brutal ignorancia e inermes ante la
manipulación) no sepan detectar que el Govern de Puigdemont y Junqueras
ha encabezado un golpe retrógrado y decimonónico, antidemocrático,
insolidario, totalitario, a la vez elitista y aldeano, y tan
denodadamente embustero como el de los brexiteros y los trumpistas, no
hace sino confirmar que los países a los que pertenecen están embotados y
han dejado de contar intelectualmente, ojalá que por poco tiempo. Y no
es que en el mundo anglosajón no haya voces inteligentes, claro que las
sigue habiendo. Pero están en retirada, avasalladas y desconcertadas por
la rebelión de los tontos y su toma del poder. Cuanto hoy venga de ese
mundo ha de cogerse con pinzas y ponerse en cuarentena. Porque, después del Brexit y Trump, esos países han bajado provisionalmente a la categoría de “poor devils”, como dicen en inglés.
La reciente publicación de las memorias 'Paraísos Oceánicos' rescata la figura casi secreta de la escritora.
Aurora Bertrana, en una imagen de archivo.
La reciente publicación de Paraísos oceánicos no
solo restaura una deuda con una escritora y un libro de viajes
excepcionales, sino que supone además el rescate de una figura casi
secreta y deslumbrante, la de una mujer adelantada a su tiempo y pionera
en el atrevimiento y en el arriesgado oficio de vivir contracorriente y
de acuerdo a unos principios. Paradisos oceànics se publicó
originariamente en catalán en la editorial Proa en 1930, y dado el
inmediato éxito que despertó, tres años después se publicó una
traducción al castellano bajo el título Islas de ensueño
(ediciones Populares Iberia) . La completísima edición que presenta estos
días la editorial Rata añade un capítulo del libro de memorias de Aurora Bertrana (Memòries fins el 1935),
traducido por la escritora Jenn Diaz, dedicado a la gestación y acogida
de la obra que la dio a conocer como cronista tierna y luminosa, además
de documentos gráficos, notas biográficas y de edición, y varios textos
de apoyo que ayudan a posicionar a esta autora en la literatura escrita
por mujeres en el siglo XX. Aurora Bertrana fue hija del escritor catalán Prudenci Bertrana (autor de Josafat,
clásico modernista de lectura obligatoria para tantos estudiantes en
Cataluña) y su esposa Neus Salazar. Nació en 1892 en Girona, lugar que
enseguida se le quedó pequeño. Como bien cuenta Mar Abad en el prólogo
de la edición castellana, a los diez años escribió un cuento que entregó
a su padre. Este, asustado ante la posibilidad de que una niña se
pudiera dedicar a las letras -pero también reconociendo que sería
difícil encauzarla en el ganchillo y los encajes de bolillo-, no solo la
acusó de haberlo copiado sino que también le buscó un profesor de
violonchelo. A los 18 años viajaba sola varias veces por semana a
Barcelona a estudiar música. La misma Bertrana
relató así la experiencia: “Fue considerado por los gerundenses de la
época como una hazaña única en la historia de las libertades femeninas.
Ninguna de las chicas que yo conocía habría osado hacerlo y, en caso de
haberlo querido, sus padres no lo habrían permitido”. En cuanto supo de
la existencia del Instituto Dalcroze de Ginebra, también Barcelona se le
quedó pequeña. Así, en 1923 ya tocaba el violonchelo en la orquesta de
un hotel de Mürren y, seguidamente, en Ginebra, fundó la primera banda
de jazz femenina de Europa. Eran los locos años veinte. La libertad, en
Suiza, era algo visible y tangible. Pero, ay, también ellas (la
libertad, Suiza) se le quedaron pequeñas. Porque allí conoció el amor,
encarnado en la imagen de un ingeniero eléctrico con mucha mundología: monsieur Choffat, quien se fue a vivir tres años a la Polinesia, desde 1926 a 1929, donde debía montar una central eléctrica. Paraísos oceánicos es el conjunto de las crónicas que Aurora Bertrana
escribió desde allí relatando la experiencia de enfrentarse al exótico y
virginal mundo de las islas francesas del Pacífico, y puede leerse como
libro de viajes, novela de aprendizaje o relato de aventuras. Destaca
el poder evocador de las descripciones, en las que, por medio de un
catalán culto y perspicaz, confluyen imágenes sugerentes y una
entrañable combinación de cotidianidad e intencionalidad metafórica.
(“Una verdadera noche oceánica, tejida de perfumes sutiles, de celajes
suaves, de masas de verdura fantástica, sobre la cual la luna resbala
sin poder penetrar. Una quietud de jardín abandonado se extiende por la
ciudad coqueta y florida”, se lee en la crónica Un barrio chino en una ciudad oceánica). La suya es una prosa cándidamente poética y líquida, gracias a la que
el lector siente, ve, huele, palpa y oye la canción misteriosa del
Pacífico. Por supuesto, son crónicas alejadas de la postal, por lo que
cabe lo feo, el peligro, la tristeza. Con idéntica intensidad se
describe una puesta de sol, un entierro indígena y festivo o el timo que
padecen unos guiris. Hay humor, ternura, respeto. Y, sobre todo,
voluntad de integrarse (sin convertirse) en formas de vida desconocidas,
en una cultura completamente ajena. Son narraciones atentas a los
detalles, los colores, los matices, y en ellas está muy vivo el amor al
paisaje. Bertrana observa y absorbe. Buen ejemplo es la crónica titulada
El correo de California, en la que se cuenta cómo cambia la
fisonomía y la vitalidad de la localidad de Papeete los días que llega
el correo, su único lazo con la civilización, en un buque que pone a
todo el mundo en movimiento. “El correo, he aquí la palabra mágica que
lo transfigura todo, y cuya sola evocación significa una infinidad de
cosas: las emociones sentimentales y de negocio, las venganzas
administrativas, los honores, las esperanzas, todo lo trae el correo.
Desde la carta de un hijo o de una madre que viven separados por todo el
espesor de la tierra, hasta la gasolina, los vestidos, las latas de
conserva. El correo mantendrá latentes nuestras grandes flaquezas de civilizados,
de nuestra eterna inquietud. Somos impotentes contra el tóxico de las
ciudades europeas o americanas, lo llevamos en la sangre como un
microbio hereditario, y no pensamos que allí, a nuestra espalda, la
selva solitaria es todo un mundo cercano, rebosante de frutos y de agua
pura, de belleza y de serenidad... Las avenidas se ven pobladas de
estrafalarios turistas de ambos sexos. ¡Es la conquista de la isla! Los
que van a pie pasan en grupos, desenvueltos y vociferando. Suelen ir con
faldón o faldita corta, la kodak en bandolera y gafas ahumadas. Los
indígenas, discretamente apartados, los miran pasar con una especie de
maliciosa condescendencia. El anglosajón parece hallarse en todas partes
en su casa. El maorí (desde que se le ha conquistado) no se siente
nunca en su tierra, salvo en el interior de la selva. Una hora después
de la llegada, Papeete ha caído en poder de Inglaterra. los taxistas ese
día no conocen otra lengua que la inglesa ni otra moneda que el dólar.
Si entráis a una tienda os tendréis que despachar vosotros mismos, o
esperar al día siguiente...”. Después de la aventura en la Polinesia, Aurora Bertrana
regresó a Cataluña. Fue abandonada por el ingeniero eléctrico. Se metió
en política, vivió el exilio, viajó mucho a Marruecos, intentó ser
madre soltera sin lograrlo. Vivió de escribir y de acuerdo a sus
principios hasta 1974. En 1967, Alfaguara publicó su libro Vent de Grop
y en la solapa ella misma se encargó de la nota biográfica: “Amo la
justicia con mayúsculas, sin jueces ni juzgados. Amo los buenos libros,
la conversación de un amigo, la música de Mozart. Pienso que el mundo es
maravilloso y la vida una quiniela con poquísimos resultados y uno o
dos aciertos”.