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El puente de Queensboro
Del vuelo y los trámites de inmigración en el JFK mejor ni hablamos, salvo que las primeras 5.000 calorías del viaje las ingerimos sin levantar las nalgas de los asientos de Delta Airlines a costa de los hidratazos del catering y que casi nos hacemos íntimas de unos abueletes coreanos en la hora y media que pasamos juntos en la cola.La entrada a la ciudad por el puente de Queensboro, adivinando los rascacielos emblemáticos a través de las vigas, compensó con creces los engorros.
El chutazo de energía.
Esa es la primera señal de que estás en la Gran Manzana. Te poseen, no sé, unas ganas de tomar Manhattan que no ves el momento de tirarte a la calle.
Así que, nada más llegar al hotel, el Manhattan at Times Square, uno centriquísimo muy mono por fuera y muy justito por dentro, lo que tiramos fue el equipaje, salimos al raso, nos hicimos en el delirio de luces, flora y fauna de Times Square propiamente dicho los primeros 200 selfies de los miles que perpetraríamos y empezamos a desnucarnos de tanto mirar alto.
“Mamá, macho, aquí todo es a lo bestia”, dictaminaron mis vástagas como primera impresión del viaje, y es cierto. Todo es más alto, más grande, más apabullante.
Jornadas de 12 horas pateándose la ciudad por arriba y por abajo para comprobar, entre otras cosas, que hay más que altas torres bajo el skyline.
Especialmente maravilladas quedaron las chicas con la visita a Washington Square, con sus ardillas por los parterres; el campus urbano de la Universidad de Nueva York, con sus estudiantes de todos los colores y tonelajes; Greenwich Village, con sus maravillosas casas de ladrillo y forjado, y Bleecker Street, con sus tiendas tan cuquis como prohibitivas.
En cada esquina, las chicas creían ver a los protagonistas de sus series favoritas, hasta que un día, brujuleando por Madison Avenue, donde pasea la cotorra de Blake Lively en Gossip Girl, llena de opulentos portales con porteros de librea y tiendas de lujo que te hacen sentir un pordiosero, la pequeña soltó, sin saberlo, el resumen del viaje.
“Mamá, tío, vale que los neoyorquinos te miren por encima del hombro, pero es que hasta los perros saben que son de Nueva York y nos perdonan la vida a las personas humanas”.
A ver quién le llevaba la contraria.
Se podría hacer una película de dibujos animados con los cientos de selfies que nos hicimos cada 10 pasos.
El garbeo por el Meatpacking District y el Highline, una pasarela que serpentea por Manhattan a la altura de un tercer piso y donde una hizo decenas de paradas no solo para admirar el paisaje, sino para descansar los pies que le ardían por mucha zapatilla que hubiera estrenado, completaron otro día épico.
¡Las zapatillas! Las Vapor de los testículos.
En busca de ellas, por si se obraba el milagro de hallarlas más baratas, fuimos al Soho, a otra Niketown de marras, de donde salimos con dos palmos de narices y el morro de la pequeña cada vez más prominente.
Las novedades no se rebajan, catetas, nos informaron amablemente los de la tienda.
El paseo por el cercano Chinatown no arregló precisamente las cosas.
Muy típico, muy abigarrado, muy agobiante, el barrio. Y un gran sitio para descubrir el verdadero significado del latinajo horror vacui.
La vuelta a nuestra zona de confort de la Quinta Avenida, con la correspondiente visita a un macro Victoria’s Secret, ese templo de la lujuria choni, y el cargamento de decenas de botes de colonia a seis pavos para regalar a las amiguitas de las niñas, templó un poco los ánimos.
Ni mi mayor ni mi pequeña tienen más recuerdo del 11-S que las imágenes de la tele.
La primogénita tenía cuatro años y la benjamina era una recién nacida.
La visión del memorial a las víctimas, una especie de oda al vacío de las torres con sendos balcones corridos a sendas cortinas de agua desaguando al centro de la tierra y un rosario de rosas junto a algunos de los nombres de los muertos que cumplían años ese día, nos puso el corazón en un puño y un nudo en la garganta.
Para deshacerlo, nos marcamos una razzia al Century 21, un centro comercial de rebajas en pleno WTC donde servidora trincó al vuelo tres vestidazos de Calvin Klein ultrarrebajados y del que las chicas tuvieron que sacarme con fórceps porque de las Nike Vapor, ni rastro.
En efecto, la estatua palidece al lado del encanto del viaje y de la acongojante presencia de la patrulla de guardacostas que escolta al barco con un tipo apuntándote directamente con un fusil de caerte de espaldas: cero bromas.
Tras comer en la encantadora terraza del muelle, se impuso un paseo por Wall Street, la Bolsa y la otra Trump Tower justo a la hora de salida de los curritos con sus trajes, sus corbatas y sus caras de cansancio de siglos, demostrando que en todos los sitios cuecen menús del día, aunque sean de cinco estrellas.
Bueno, eso lo vi yo, que soy muy cotilla, en la hora y media que las chicas pasaron haciendo cola para tocarle las gónadas al dichoso toro de la fortuna y hacerse el correspondiente selfie.
“Venga, mamá, tío, pesada, qué te cuesta”, me increpaba mi prole, pero servidora dijo que por ahí sí que no pasaba.
Algunas respuestas
Para el último día, sábado, optamos por un plan tranquilo, en parte porque a las seis de la tarde teníamos que salir pitando al aeropuerto, en parte porque entre el cansancio acumulado y la depresión prepartida ya no podíamos con nuestras almas.Como, por pura ley de Murphy, elegimos el único día nublado para subir al mirador del One World Trade Center y nos quedamos compuestas y sin vistas, lo compensamos con un paseo por el puerto.
Allí, en Fulton Market nos llevamos la postal de los neoyorquinos de verdad nadando en su salsa con sus niños, sus monopatines, sus perros y sus litronas de Starbucks en ristre.
Total, que llegamos a NY con muchas preguntas y nos fuimos con algunas respuestas.
Íbamos a ser las reinas de la noche y a las nueve estábamos tan reventadas que lo único que queríamos era agenciarnos sendos yogures de medio kilo y rebozarnos en la cama del hotel viendo Sexo en Nueva York en Nueva York, como dijo mi bebota, hasta el día siguiente.
Las vistas son inmejorables, pero algunos olores a cloaca, a comida y a cuerpos te noquean viva.
El desfile humano del metro y de la superficie, con seres bellísimos y despojos humanos tirados literalmente por los suelos, es fascinante. Y, sí, confieso.
El último día a última hora aflojé los pernos y los 190 pavos y, previa promesa de no pedir nada para Papá Noel ni Reyes ni cumpleaños ni santos ni demás fastos en lo que queda de año, le di el plácet a la nena para comprarse las dichosas zapatillas.
Mira, qué drama.
No las encontraba ni vivas ni muertas en su número.
Hasta que, cinco minutos de reloj antes de coger la furgoneta al aeropuerto, apareció con ellas puestas.
Es más mona…