Charlene de Mónaco, antes y después.GTRESEl lunes Catherine Zeta-Jones
dejó boquiabierto a medio mundo con su imagen, sobre todo con los
últimos procedimientos estéticos que se realizó y que le dejó un rostro
bastante diferente del habitual. Ahora le ha tocado el turno a Charlene de Mónaco.
Hace mucho que la exnadadora y esposa del príncipe Alberto de Mónaco no
aparecía en un acto público, para nadie es un secreto que ella evita
todo lo posible asistir a eventos, pero esta vez no pudo evadir su
trabajo oficial y acudió como representante del Principado de Mónaco a
la gala de entrega de los premios princesa Grace, que se celebran en los
Estudios Paramount de Los Ángeles. Y su rostro, prácticamente sin
gestos, volvió a ser noticia. Desde que comenzara su relación amorosa con el príncipe Alberto, la princesa se ha sometido a diferentes intervenciones estéticas,
y ha renovado radicalmente su imagen en varias ocasiones. Entre las más
evidentes están la rinoplastia y el aumento de pecho. Y aunque, como
muchas otras personas es una cliente frecuente del bótox, esta vez el
exceso de colágeno en los labios la delató. Charlene siempre tuvo unos
labios bastantes delgados y finos, pero la noche de este miércoles se
dejó ver con unos mucho más carnosos e inflamados. Tanto así que le
costaba sonreír con naturalidad. Eso sumado al tratamiento al que se
sometió para voluminizar sus pómulos dieron como resultado un rostro
demasiado hinchado.
La princesa Charlene de Mónaco, la noche del miércoles en Los Ángeles.Amanda EdwardsWireImage
La rinoplastia se la realizó en 2008. Decidió pasar por el quirófano para perfilarse la nariz
y hacerla un poco más delgada (antes era aguileña y estaba torcida) .
Luego cayó en las manos del bótox . Al principio se inyectaba poco solo
para disimular algunas líneas de expresión, pero con el paso de los años
Charlene ha ido perdiendo algo más que las arrugas normales de la edad. El exceso de esta sustancia provoca que tenga un rostro con gesto de
sorpresa y bastante plastificado. La princesa pasó de nuevo por quirófano en 2010 cuando decidió
aumentarse el pecho. Aunque nunca lo ha confirmado las fotos del antes y
después sirven como pruebas irrefutables de la operación.
En Madrid,
el aire y las conversaciones están contaminados, vayas donde vayas,
solo se habla o se evita hablar del 'procés' catalán, de qué va a pasar
en este culebrón.
Leticia Sabater en el vídeo promocional de la serie 'Strangers Things'.
La Academia de la Televisión Española celebró esta semana sus premios anuales. El honorífico, bajo el título Por toda una vida, recayó en Xavier Sardá
y alguien en la Academia tuvo la idea de que lo entregara yo. Encantado
acepté, siempre es una delicia coincidir con Xavier y preparé un
discurso breve cargado de admiración, unas gotitas de nostalgia y una
sutil referencia a nuestros años en Barcelona. Repasé mis palabras en el
coche y tuve tiempo de leer una señal: “Alta Contaminación”. Me pareció
una metáfora de mi relación con la televisión, Sardá y la vida. El
coche llegó con retraso a los cines Kinépolis, a las afueras menos
polucionadas de Madrid, y me senté en la sala de maquillaje para
intentar dar buena apariencia en el momento de la entrega. Allí ya
estaba Xavier y de inmediato me contaminó con sus nervios. “Me acabo de
enterar que hay gente que no acepta estos premios. Te otorgan edad, dan
la impresión que estas con un pie en la tumba o que necesitan
recordarte”. Le di la razón. "Ojalá lo den el primero", me confesó.
Leticia Sabater en el vídeo promocional de la serie 'Strangers Things'.
Manuel Campo Vidal y Xavier Sardá con el premio de la Academia de Televisión.EFE Pero no fue así, antes desfilaron al menos tres generaciones de
estrellas de televisión, las que van desde Sardá a Raquel Sánchez Silva y
Jordi Évole. Cuando al fin tocó el turno del premio a Toda una vida,
Manuel Campo Vidal llamó primero a Javier y después a mí. Craso error,
Javier tomó el micrófono y empezó a hablar sin que yo ni pudiera
entregarle el galardón ni decir mis tan pensadas palabras. Lección
aprendida: No se pueden aceptar los premios a toda una vida ni mucho
menos entregarlos. En Madrid, el aire y las conversaciones están contaminados, vayas donde
vayas, te premien con lo que te premien, solo se habla o se evita hablar
del procés catalán, de qué va a pasar en este culebrón con más giros argumentales que Stranger Things, mi serie favorita del otoño, que regresa la semana próxima y que se promociona con un tráiler protagonizado por Leticia, Leticia Sabater. Cosas extrañas suceden dentro y fuera de la pantalla pero reunir a
Leticia Sabater con Winona Ryder es una de las más acertadas y bizarras
que pudieran suceder. Seguro que no se conocen bien pero podrían unirse y
fundar una república para todos los que somos o nos identificamos, al
menos, con alguna de las dos. También llama la atención Marcela Topor, la esposa de Puigdemont, que es rumana como Nadia Comaneci, y se ha convertido en una celebrity
de la televisión local de su remota región natal. Apenas lo supe
recordé a Helena Rakòsnik, la esposa polaca y pianista de Artur Mas, con
quien he sostenido diálogos tan independientes como insólitos sobre el
porqué las mujeres apuestan por el rojo o la simpatía casual de Tamara
Falcó. Fueron diálogos en el pasado. Esto confirma la tendencia en las
parejas presidenciales de que la esposa sea nativa del este europeo. A
las primeras damas independentistas, habría que sumar a Melania Trump
que es eslovena y federalista. ¿Cuál será el elixir de estas damas para
seducir a políticos como Mas, Trump y Puigdemont? No será una cosa
extraña. Hay mucha contaminación y por eso pasan cosas extrañas. Cristina Iglesias, la afortunada escultora española, inauguró su escultural fuente llamada Arroyos Desaparecidos
en el centro Bloomberg en plena City londinense donde brota el dinero. Un título fantástico que hace alusión a un arroyo desaparecido en ese
subsuelo del Londres financiero. Iglesias sostiene que la verdadera
naturaleza sobrevive bajo la superficie de las ciudades. Me parece
conmovedor. Es lo mismo que piensa Winona en Stranger Things,
que detrás de la pared de su casa, está el pasadizo para recuperar a su
hijo del extraño mundo que lo aprisiona. En mi infancia, creía que la
contaminación te permitía esconderte y por eso el smog era para
mí la más atractiva de las atmósferas. Ahora en las ciudades españolas,
Barcelona incluida, van a implantar lo del control de coches
circulando, según matrícula, en días pares e impares. En Venezuela se
impuso esta norma por primera vez en 1979. No contuvo ni a la alta
contaminación ni la altísima corrupción. Usted está en su derecho de no
imaginar ninguna posibilidad de que eso se repita en España. Pero al ver
reunidas a Winona Ryder con Leticia, Leticia Sabater, sospecho que no
hay muchas garantías.
Picasso es un genio diabólico que se sirvió de la inspiración de otros artistas para escalar la cima del arte.
Exposición Lautrec-Picasso, en el museo Thyssen de Madrid.B. P.
Ignoro si existen pruebas de laboratorio capaces de
descubrir las reacciones anímicas que producen las obras de arte. En
este caso, si a un esteta muy refinado le colocaran unos sensores en las
sienes y en el pecho conectados a un aparato programado para detectar
las emociones estéticas y a continuación le mostraran un cuadro de
Picasso, no resultaría extraño que en algún punto muy sensible del
cerebro de este espectador se produjera una descarga negativa con una
primera reacción de repulsa. La obra de Picasso raramente genera una sensación placentera, no despierta en el espectador el deseo de convertirse en una de sus figuras. Sucede lo contrario con Matisse, un pintor tan goloso y habitable. ¿A
quien no le gustaría sumarse a su rueda de cuerpos desnudos que danzan
al son de un caramillo de pastor o vivir en una de sus cálidas alcobas
de luz color tortilla en las que se ve el mar entre cortinas o
acompañarle en su viaje al profundo sur de palmeras y huríes recostadas
en los divanes o participar en la alegría de vivir entre muchachas
campestres que se desperezan sobre la hierba? Picasso es un pintor
admirado, pero no amado. En cierto modo es un genio diabólico, creador
de formas, que se sirvió de la inspiración de otros artistas para
escalar la cima del arte hasta conseguir su destrucción.
“Esconded a vuestras mujeres”, avisaba algún amigo ante la llegada del
seductor Petronio a una fiesta romana. Lo mismo decían de Picasso sus
colegas cuando los visitaba en su estudio. Matisse, Braque y Juan Gris
solían esconder sus últimos trabajos, porque sabían que se podía
apropiar de sus secretos. Ved aquí a Juan Gris en el Bateau Lavoir de
Montmartre, alimentado con sopa de huesos de aceitunas tomándose con una
seriedad y rigor absolutos su trabajo. A Picasso le bastaba con mirar
de soslayo por encima del hombro el cuadro que estaba realizando su
amigo con el cartabón para absorber como un mago su contenido y
convertirlo luego en una obra propia llena de libertad, humor y
descarada soltura sin esfuerzo alguno. Pablo Picasso ya conocía la pintura de Toulouse Lautrec
cuando en 1904, después de dos viajes preliminares, a los 23 años se
instaló definitivamente en París, ataviado de joven bohemio con pipa y
chambergo. Picasso en Barcelona había sido asiduo de la taberna de Els
Quatre Gats, donde Ramón Casas e Isidro Nonell le habían hablado y
ponderado el trabajo de ese aristócrata de aspecto deforme, nacido en
Albi, en 1864, de cabeza grande, con apenas metro y medio de estatura
debido a las piernas atrofiadas por dos caídas del caballo cuya figura
se había convertido en un icono emblemático de aquel mundo de cafés
cantantes, cabarets, prostíbulos, salas de baile, circos y teatros de
Montmartre. Lautrec seguía el consejo escatológico de Ingres: “Dibuja un
buen perfil y cágate dentro”. Bajo la luz pegajosa que exhalaba el
vapor del aguardiente en los tugurios, Lautrec había tomado imágenes en
directo con el pulso nervioso de aquellas criaturas a quienes la
historia, como a él mismo en su divertida perversión, había arrojado al
estercolero social y se habían acogido a los últimos placeres malditos. Pablo Picasso, desde Montmartre, se abatió sobre esa estética y entró a
saco en la misma galería de personajes cuando Lautrec ya había muerto a
los 37 años. Llegado a este punto, si uno visita la exposición en el
Museo Thyssen donde se muestran los cuadros de la época azul de Picasso
superpuestos a la obra de Lautrec, cabe preguntarse cuál de estos dos
formidables artistas es el verdadero creador, a quién pertenecen en
propiedad intelectual estas criaturas desesperadas, en qué cuadros hay
más técnica, más verdad, más compasión. Es una cuestión muy difícil de
dilucidar. En Lautrec hay dolor y vicio, él mismo era una de esas
figuras ebrias y malditas, un señorito calavera, que formaba parte del
paisaje nocturno. Picasso solo era un artista superdotado, un
profesional que levantó acta de una miseria ajena. En 1906 se celebró en París la exposición retrospectiva de Cezànne. En
ella, Picasso descubrió que Cezànne, al modular las figuras por planos
con espátula, había desestructurado la materia. El cubismo había
empezado y Picasso libre, diabólico y feliz llevó esta destrucción hasta
las últimas consecuencias, empezando por el rostro de sus amantes. No
es ilícito pensar que Picasso pudo sentir un supremo gozo creativo a la
hora de descuartizar a las mujeres, reinventar sus cuerpos y extorsionar
su expresión para hacerlas completamente suyas creándolas de nuevo a su
antojo. “Cuando un cuerpo de mujer no cabe en el cuadro, se le cortan
las piernas y se ponen al lado de las orejas”, decía Picasso. Los
sensores en las sienes y en el corazón de un esteta refinado podrían
detectar esta verdad: Picasso será siempre un revulsivo.
El PSOE
tiene tantos motivos para celebrar un pasado rico en experiencias como
para sentir desasosiego por encontrar un rumbo claro.
Es dudoso que el
equipo dirigente actual pueda aclarar qué quieren decir cuando dicen
“somos la izquierda”
EDUARDO ESTRADA
Llegaron al poder, hoy hace 35 años, cabalgando sobre las
expectativas levantadas por la convicción de que todo, a partir de ese
momento, iba a cambiar. Comenzaron ellos mismos, o mejor, culminaron el
cambio iniciado desde el congreso extraordinario de 1979, cuando Felipe
González llegó a la conclusión de que había sido un error para el PSOE
haberse declarado marxista. En el socialismo francés, Michel Rocard
reconocerá lo mismo cuando escriba que, en 1981, la cuestión principal
era de qué modo romper con el capitalismo y que, dos años después, de lo
que todo el mundo hablaba era de modernización. La experiencia francesa
fue clave para todo el socialismo del sur, que de anticapitalista se
convirtió en modernizador. En España, con la memoria aun fresca del intento de golpe de Estado, con
ETA en la cima del terror y en medio de una crisis general de los
partidos políticos, el discurso de transición al socialismo, de sociedad
sin clases y de nacionalización de la banca y de las industrias
estratégicas, fue desplazado por el de consolidación de la democracia,
vertebración de España, ajuste económico, incorporación a Europa. Tuvieron éxito y diez años después de su llegada al poder, en 1992,
pudieron contar la reciente historia como un logro en todos los
sentidos, mostrándola al mundo en los fastos de Sevilla y Barcelona. España funcionaba. Presumieron además de ser los portadores de una nueva ética política, de
un proyecto de regeneración moral del Estado y de la sociedad. Y aquí
fue donde perdieron la batalla, porque al cabo de una década en el
poder, los escándalos de corrupción derivados de la financiación
irregular y de las redes clientelares crecidas al calor de la fuerte
expansión económica, escindieron al partido desde la cima a la base:
González, personificación del Gobierno, dimitió como secretario general y
arrastró con su marcha a Guerra, personificación del Partido. La
frustrada candidatura de Josep Borrell a la presidencia del Gobierno y
su sustitución por el perdedor de aquellas primarias, Joaquín Almunia,
culminó, como era previsible, en el peor resultado de la reciente
historia socialista, favoreciendo así, con la huida del voto joven y
urbano, el primer triunfo por mayoría absoluta del Partido Popular.
La doble derrota de Borrell, ante el aparato de su partido, y de
Almunia, ante los electores, abrió en el PSOE una brecha generacional,
con la formación de Nueva Vía, un grupo de cuadros que llevó en volandas
a José Luis Rodríguez Zapatero a la secretaría general en junio de
2000. Todo era nuevo en el primer programa elaborado por este grupo
generacional: los tiempos, la política, los retos, las respuestas, los
derechos, las ciudades, los municipios. Nada de extraño que procedieran
al ritual de la muerte del padre proclamando bien alto que se sentían
libres de ataduras con el pasado y disolvieran la identidad
socialdemócrata de sus mayores en la nueva gramática con que expresaron
sus ideas políticas, el republicanismo cívico, capaz de atraer al
electorado perdido. Lo atrajeron, rebasando de nuevo la cota del 40%, como en los mejores
tiempos de la socialdemocracia europea. Y como la economía, y España
entera, iban bien, el foco comenzó a proyectarse, y las leyes a
sucederse, sobre cuestiones relacionadas con los derechos y la cultura:
la mujer, los homosexuales, las personas dependientes, los
discapacitados, el divorcio, los plazos para el aborto, la memoria
histórica, la violencia de género y tantas otras. Éramos ricos y
crecíamos a tasas superiores a la media europea, con un sistema
financiero envidiado por su solidez en Berlín y en Washington, con una
economía asentada en firmes cimientos, solo nos quedaba dar un paso más
para superar a la vieja Alemania.
En el marco de este republicanismo cívico habría de encontrar también su
respuesta definitiva la cuestión territorial, con las clases políticas
de las comunidades autónomas, ya consolidadas, transformando en los
estatutos de nueva planta las nacionalidades en naciones y las regiones
en nacionalidades o comunidades nacionales. Al cabo, nación era un
término tan polisémico que nadie podía concretar qué diferencia existía
entre ella y nacionalidad: todo cabía en la España Plural, un sintagma
del que se esperaban maravillas tanto en Madrid como en Barcelona, un
talismán que transmutaría las comunidades autónomas en naciones sin
tocar la Constitución.