Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

28 oct 2017

Norman Foster, el zurdo tenaz...............Jesús Rodríguez





Norman Foster en su estudio de Londres. / Sofía Moro
Es el arquitecto más famoso del planeta.
 Ha redefinido el perfil de muchas ciudades del mundo y reinventado los rascacielos, aeropuertos y oficinas, siempre con un criterio de eficiencia y sostenibilidad.
 A sus 82 años ha instalado su legado intelectual y vital en una fundación en Madrid. 
Una semana al lado de un genio que no se detiene ante nada
.EL MERCEDES oscuro con los cristales tintados desciende el Strand hasta desembocar en Trafalgar Square.
 Se detiene unos segundos.
 La ventanilla del copiloto baja y un hombre de cráneo desnudo, mandíbula rotunda y ojos de cíngaro, con un cuaderno de dibujo en el regazo, un lápiz entre los dedos y de negro riguroso, congela su mirada en la vibrante plaza coronada por la Columna de Nelson.
 Es lord Foster of Thames Bank, de 82 años, el arquitecto más famoso del planeta.
 En 2003 transformó este espacio, uno de los puntos neurálgicos de Londres; un rincón dickensiano, ahogado por el tráfico y la contaminación, en un escenario abierto, limpio y luminoso al que apodan en la capital “the living room” (el cuarto de estar). En el asiento trasero de la limusina el periodista rompe el espeso mutismo de Foster y su fornido chófer, uniformado de franela azul petróleo:_DSC5697_Org


—¿Qué siente cuando vuelve aquí?

Lord Foster sale de su ensimismamiento, se gira con elegancia, esboza una de sus enigmáticas sonrisas y responde con suavidad:
—Mi corazón se acelera. 
Aquí pasé muchas horas dibujando. 
Y preguntando a la gente cómo les gustaría que fuera este sitio. Trafalgar era feo, incómodo, devorado por los coches.
 Ya ve. Lo recuperamos para las personas.
 Al igual que con el puente del Milenio sobre el Támesis (que revitalizó esa zona deprimida de Londres) o renovando el viejo junio.
 Es importante recordar cómo eran las cosas. Y como son. Pero la memoria es débil…
En Trafalgar Square se palpan las pasiones del genio de Mánchester.
 Se concentran en un único mandamiento: la exigencia de una arquitectura con conciencia que responda a las necesidades de la gente, elimine barreras (físicas y sociales) y mejore su calidad de vida.
 Ya sea una oficina o una estación de metro; un hospital o un museo.
 “Para mí la arquitectura es una misión más que un trabajo”. Foster, que fue un niño pobre cuya existencia transcurrió hasta los veintitantos en un deprimido barrio del sombrío Mánchester de posguerra, en una casa barata del XIX, el número 4 de Levenshulme, de dos habitaciones sin cuarto de baño (de pequeño su madre le aseaba en un barreño), cree en el espacio público por encima del privado.
 En el urbanismo más que en los edificios individuales (por geniales que sean); en unas infraestructuras dignas y eficaces; su preocupación desde su primer gran proyecto (el edificio Willis Faber, de 1970) ha sido el medio ambiente, la sostenibilidad y la eficiencia, a través de la tecnología y la economía de medios (“debemos hacer más con menos y reducir la arquitectura a su mínima expresión”).  

Foster usa el sol (que aparece dibujado en todos sus proyectos, incluso en los de su primer año de carrera, en 1956) y el viento como dos materiales de los que servirse; cree en la integración armoniosa entre lo viejo y lo nuevo.
 En la recta final de su carrera sigue buscando respuestas. 
Es un curioso compulsivo que escanea como un cíborg todo lo que ocurre a su alrededor preguntándose cómo funciona y cómo está fabricado.
 Y cómo se podría hacer de una forma más limpia y barata.
 Tiene mente de ingeniero, alma de artista y manos de obrero.
 
Montaje de la escultura de Cristina Iglesias en la fundación. Sofía Moro
 

Y una increíble capacidad de convicción. 
Como profesional de la arquitectura, respeta al cliente y sus necesidades y tiende a ponerse en su lugar (ha llegado a ser amigo de algunos de ellos, como los poderosos William Randolph Hearst, Michael Bloomberg o Steve Jobs).
 Y con más razón si su cliente es el contribuyente.

—¿Es usted un socialista?
—Soy un humanista.
Foster cree que hay que tener grandes sueños pero, sobre todo, hay que materializarlos. 
Él los tuvo. Quiso ser arquitecto. Por una pulsión estética y emocional.
 Y fue el primer joven de Crescent Grove que pisó la universidad. “Que alguien aspirara en mi barrio a tener una carrera era tan inaudito como que llegara a ser papa”.
 Para costearlo trabajó de vendedor de muebles, heladero e, incluso, de portero de un club de mala muerte (era muy aficionado a las artes marciales).
 Y lo logró.
 Con las mejores notas. Era un dibujante eficaz, rápido y pedagógico.
 Trabajaba día y noche. 
Y fue becado por partida doble en la Universidad de Yale, en la patricia Ivy League, en Estados Unidos.
 Se encontró una sociedad más optimista y menos estratificada; donde, al contrario que en la vieja Inglaterra, no importaba el acento ni de qué gran escuela privada provenías; más igualitarista en arquitectura.
 La recorrió a dedo, en Greyhound y escarabajo.
 Desde aquellos lejanos días la sociedad americana le fascina. 
Allí se hizo realmente arquitecto y palpó la obra de sus grandes mitos, desde Mies y los Eames a Gropius y Lloyd Wright.
 Allí vive parte del año.
 Y se siente libre.


En la madrileña Casa de Campo. Sofía Moro
 Foster ha construido sus sueños.
 No es un teórico, aunque tiene un enorme sentido didáctico acompañándose de lápiz y papel; croquis y anotaciones. 
Pero va más allá del concepto.
 Es un pragmático. 
Algo que en su estudio, Foster + Partners, es la ley. 
Y un foco de atracción para los 600 arquitectos que forman parte de su escuela.
 Ellos construyen. No se limitan al proyecto.
 Ya sea una red de aeropuertos de drones en África o los revolucionarios cuarteles generales de Bloomberg en Londres, o de Apple en Cupertino (que recogen su experiencia de medio siglo proyectando lugares de trabajo diáfanos, flexibles y sin divisiones jerárquicas); la ampliación del madrileño Museo del Pradoreloj y su integración en la ciudad (algo que ya experimentó con el Reichstag, en Berlín), o el inmenso aeropuerto de Ciudad de México, que sigue la tendencia iconoclasta que inició con el de Stansted (a 60 kilómetros de Londres) y más tarde en Hong Kong y Pekín.
Continúa a pie de obra.
 Luchando por una arquitectura de “luz y ligereza”.
 Casco, chaleco reflectante y botas de trabajo cubiertas de polvo. Circula por las obras a paso de marcha. Interroga a los operarios y a los arquitectos jóvenes.
 Decide hasta el color de la moqueta o el modelo de los altavoces del edificio Bloomberg (un proyecto de 1.200 millones de euros en el corazón de la City, donde tendrán su puesto de trabajo 4.600 personas).
 “Rara vez cae en la complacencia”, afirman sus socios más antiguos, como el arquitecto David Nelson: 
“Es patológicamente incapaz de sentirse satisfecho con lo que hace. Quiere ir más lejos. 
Su empuje y pasión son inagotables”.
 Foster lo explica: “La clave de mi trabajo es la creencia de que la arquitectura es importante para la gente; de que la calidad de lo que nos rodea, de cómo está diseñado, desde una estación al pomo de una puerta, influye en nuestra vida.
 Y 55 años después tengo los mismos intereses, pasiones y preocupaciones que cuando empecé.
 La ventaja es que hoy la tecnología me permite hacer cosas (por ejemplo, con la arquitectura del cristal) que cuando empecé eran imposibles”. 

La república catalana sigue siendo un cuento.............. Ricardo de Querol


Puigdemont
Carles Puigdemont y otros parlamentarios tras la declaración de independencia en el Parlament.

Ni el mundo político ni el económico se creen la DUI.

El 155 por vía rápida se ve con alivio, pese a los riesgos.

Proclamar una república no es lo mismo que ser una república.

 Los que festejaban la declaración unilateral de independencia en las calles de Cataluña quizás disfrutaban el momento conscientes de que mañana será otro día.

 Explica bien Iceta que él puede decir que es guapo, pero si nadie le dice guapo no sirve de nada.

 Ningún país serio, no contaremos a Osetia del Sur, ha dicho guapa a la república catalana (nota al corrector: en minúsculas).

 Al revés, la ven fea. Y el mercado está sereno: se ha resentido, claro, pero ante una ruptura real del Estado caería a plomo. No es así. 

Pronto comprobaremos que a esa gente ilusionada le habían prometido lo que no podían cumplir. 

Les contaban el cuento de hadas de una república feliz, próspera, reconocida por todos, integrada en la UE, donde se podría elegir pasaporte, donde querrían estar todas las empresas y donde el Barça podría volver a ganar la Liga sin que piten ya a Piqué.

En vez de eso, va a quedar el destrozo de una autonomía que consideraban obsoleta, pero que con sus imperfecciones ha estado entre las más avanzadas del mundo occidental.
 Va a quedar una fractura social duradera, familias que evitan quedar a comer los domingos, amigos que se salen de grupos de wasap para evitar el bombardeo de crispación.
 Va a quedar la fuga de las empresas del que siempre fue el primer polo industrial de España, negocios sufriendo el disparatado boicot, cruceros que pasan de largo por no atracar junto al barco de Piolín donde se alojan, hacinados, los policías.
No basta con declararse independiente para ser independiente, pero sí basta para cargarse el autogobierno. En principio, ojalá, por poco tiempo. 
Por prudencia, cabe poner en cuarentena el plazo previsto por el Senado para aplicar el artículo 155 de la Constitución aunque se celebren elecciones el 21 de diciembre.
 Porque el bloque independentista está roto, desde luego, pero ¿qué se hará si el nuevo Parlament se reafirma en la insurrección?
¿Y si la ocupación de lugares estratégicos deriva en incidentes graves? 
Aun con esos riesgos, este artículo 155 con convocatoria electoral inmediata se ve con alivio: desmiente el discurso del Estado que ocupa una nación libre, e implica que el punto de partida de la negociación con las nuevas autoridades (otras) será recuperar la autonomía, con las mejoras que luego puedan lograrse por la vía de la reforma constitucional, en vez de una independencia que saben imposible. 

Si en este caótico jueves Puigdemont se hubiera decidido in extremis por evitar la DUI y convocar elecciones autonómicas, como al final hizo Rajoy por él, estaríamos mucho mejor.
 Pero, claro, uno no puede enjaular al monstruo que ha ido engordando y dejado suelto.
 Esas masas que fueron alentadas a tomar la calle, agitadas desde la maquinaria oficial y esas organizaciones civiles que se sientan en la mesa del Govern, ya le gritaban traidor, botifler (como a los partidarios de los Borbones en 1714), judas que se vende por 155 monedas, como decía en un tuit el diputado y showman Rufián.
 

 

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Un micro abierto le juega una muy mala pasada a Pedro Piqueras en pleno directo

"¡Qué pu****!". 

 

La actualidad política catalana está copando horas y horas de programas especiales —que se lo pregunten a los compañeros de Al Rojo Vivo en laSexta— en los que se vive la actualidad al minuto.
Hay veces que la tensión del momento hace que los vídeos y las noticias no entren como el presentador quiere.
 Esto es lo que le ha ocurrido a Pedro Piqueras, director de informativos Telecinco, durante el programa del viernes noche.
Piqueras informaba de las sospechas que existen de que el Gobierno de Vladimir Putin quiera desestabilizar Europa a través del conflicto catalán, pero cuando dio paso al vídeo sólo se vieron imágenes de Rusia.

"Intentaremos recuperar este vídeo", dice el presentador, mientras contacta con una reportera que se encuentra en Sabadell para hablar de que algunos ayuntamientos están retirando la enseña española de la fachada.
Mientras habla la reportera se puede escuchar de forma clara que Piqueras dice: "Qué putada, qué putada. Qué ha pasado joder, qué ha pasado...".
"Quizá me hayan escuchado decir algo inconveniente cuando se caía un vídeo sin sonido hace unos instantes, pero vamos a recuperarlo", decía Pedro Piqueras a la vuelta de la conexión desde Sabadell.
 

El cambio de hora de otoño: una vuelta atrás necesaria

En la madrugada de este domingo se cambia la hora. 
En la madrugada de este domingo se cambia la hora. Getty Images
Este mes de octubre, Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young fueron galardonados con el premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus descubrimientos de los mecanismos moleculares de los ritmos circadianos: el reloj biológico ligado al ciclo diario de la luz solar.
Pero no solo percibimos el ciclo diario: una fracción significativa de la población vive suficientemente lejos de los trópicos como para experimentar importantes variaciones en la luz solar debido al ciclo de las estaciones, que acorta y alarga los días, adelanta y retrasa amaneceres y anocheceres.
 Modulamos estas variaciones con el cambio estacional de la hora, que ayuda a que el inicio de la actividad sociolaboral se ajuste con la cambiante hora del amenecer de nuestras latitudes.
  Si el viernes vamos al trabajo a las 9CEST (hora de verano de Europa central), el lunes lo haremos una hora más tarde, a las 9CET (hora de Europa central), aunque parezca que sea la misma hora. 
Alterando las manecillas del reloj parecerá que amanece y anochece una hora antes pero, en realidad, la rotación de la Tierra y el movimiento aparente del Sol seguirán su cadencia natural de quince grados de avance por cada hora transcurrida.
 Es nuestra actividad sociolaboral lo que cambia.
El retraso otoñal anula el adelanto primaveral y es más llevadero que este. Hace justo un año los parlamentos balear y valenciano pidieron que el cambio otoñal no se realizara y, por tanto, viviéramos el invierno con la hora de verano. 
Merece la pena glosar qué habría ocurrido porque extender la hora de verano hasta el invierno siguiente es la mayor prueba de esfuerzo a la que se someten los horarios de una sociedad: desajusta la actividad del día más exigente del año; el día con el amanecer más tardío, el anochecer más temprano y la luz diurna más breve y débil; el día invernal.
En España estamos acostumbrados a que amanezca como muy tarde entre las 08:10 y las 09:10.
 Por eso, y no por otra razón, nuestra actividad laboral se inicia aproximadamente a esa hora y no a otra.
 En estos últimos días de horario de verano amanece casi a la misma hora a la que amanecerá en invierno, si no más tarde, y notamos las mañanas muy oscuras. 
Precisamente esa es la señal que advierte de que toca retrasar la hora (véase gráfico y cuadro adjunto). 
Si no lo hiciéramos ahora el amanecer seguiría retrasándose hasta que por Navidad ocurriría entre las 09:10 y las 10:10. No es ningún problema en sí mismo, salvo si nuestra actividad sociolaboral siguiera empezando entre las ocho y las nueve. 
Conforme pasaran los días cada vez más personas percibirían que amanece “muy tarde” porque cada vez más personas estarían madrugando demasiado; aunque se pusieran en marcha a las ocho de la mañana.