Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

12 jul 2017

muchas marcas mantienen en segundo plano que producen en países asiáticos,

La explicación es sencilla: fabrican en China, sí, pero con unas condiciones de trabajo reguladas y en la mismas fábricas que producen para diseñadores como 3.1 Phillip Lim. Tal y como explica la fundadora a Racked, produce en fábricas de Hong Kong y quiere “humanizar” la fabricación en el país asiático, de donde proviene su familia. “Nunca entendí la idea de la mala calidad asociada con China, probablemente debido a mi herencia china, pero creo que es un sesgo cultural, una percepción que espero pueda ser cambiada. 
El país ha estado fabricando ropa para todo el mundo durante los últimos 100 años.
 Pensar en un país entero como ‘de mala calidad’ me parece realmente torpe, teniendo en cuenta que algunos de los mejores productos del mundo se hacen allí”, defiende.
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Las piezas se fabrica en China pero bajo buenas condiciones. Foto: Modern Citizen
Este modelo, que por otro lado reniega de la producción en países asiáticos menos desarrollados como Bangladesh y Vietnam, es el que permite ofrecer prendas a precios competitivos con un crecimiento anual que, sin dar cifras exactas, su creadora sitúa en el 300%. 
Aunque para mantener y mejorar los números acaba de fichar a un nuevo jefe de merchandising proveniente del comercio de lujo The Line, en los comienzos toda la plantilla de Modern Citizen estaba compuesta por mujeres. “Para nosotras es fundamental que las mujeres ocupen puestos de liderazgo. 
Al mismo tiempo creo que empatizamos mejor con otras mujeres cuando se trata de diseño.
 Estamos ofreciendo un producto y un servicio a chicas por lo que apoyar el liderazgo femenino es algo con lo que estamos muy comprometidas”, declaró Lee en una entrevista hace un par de años.
Con esta filofosía (“por las mujeres, para las mujeres”, reza el mantra de la compañía) no es de extrañar que el proyecto se centre en vestir a jóvenes trabajadoras de entre veintitantos y treintaypocos, aunque su clienta más longeva haya cumplido los 78. Tampoco que Emma Watson sea el icono de estilo que inspira a la firma.
  Además de coincidir con la ideología feminista de la actriz, Lee considera su estética pulida y refinada, sin resultar aburrida, una fuente de inspiración para sus clientas.

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La imagen que quieren proyectar se acerca a la de firmas de lujo. Foto: Modern Citizen

Tras su experiencia durante seis años trabajando en estrategia y desarollo de negocio digital del grupo GAP, parece que Jessica Lee tiene claro lo que la gente quiere y cómo ofrecerlo. 
Supo detectar que existe un nicho de mujeres que desean vestir bien sin rascarse el bolsillo y sin toparse con otros tantos looks iguales por la calle. 
Eso y crear una comunidad son las claves de una marca digital hoy en día.
 “Zara ofrece un producto increíble, pero no emocional. Es muy utilitario”, explicó a Business of Fashion.
 Por eso su propósito es generar una clientela fiel y crear una comunidad que comparta gustos, valores y conversación además de prendas.

No es la única enseña estadounidense que ha sabido reconocer la fórmula.
 Ahora que Nasty Gal ha dejado de ser ejemplo estrella de caso de éxito, firmas como Everlane o Genuine People le toman el relevo. Esta última, con base en China, no deja de ganar notoriedad acercando al resto del mundo ropa y accesorios importados. “Apostamos por poco stock y mucha rotación de producto. 
Nos basamos en la estética asiática y estamos creando verdaderos fans de la firma, algo que no ocurre con grandes cadenas”, afirma su fundadora.
 Reformation y Fame and Partners también son otros dos buenos ejemplos si analizamos marcas con un rango de precios un poco superior. 
La primera triunfa internacionalmente –y recorre los editoriales de las revistas de moda– con sus vestidos escotados perfectos para eventos.
 La segunda defiende la personalización como valor principal.
 Bajo el lema “moda antirápida” crean productos bajo demanda acabando con el exceso de stock y cuadruplicando sus ventas cada año desde que naciera en 2014. 
Y luego están enseñas de toda la vida como Madewell, probablemente lo más parecido a un Zara americano pero algo más caro.


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La firma apuesta por prendas minimalistas con buena relación calidad-precio. Foto: Modern Citizen
Modern Citizen se aleja bastante de la apuesta por la última tendencia para centrarse en básicos y prendas, principalmente lisas, para el día a día. No esperen encontrar en su catálogo el último clon de Vetements ni referencias a las chicas nerd de Gucci. La firma defiende como fórmula de éxito ofrecer prendas básicas de calidad aceptable y precio asumible. La misma receta que llevó a Everlane, otra enseña estadounidense que viene pisando fuerte, a convertir unos sencillos pantalones negros en objeto de deseo para 12.000 mujeres. El precio medio de sus creaciones ronda los 65 euros (hay que tener en cuenta que los precios de Zara son más altos fuera de España) e incluye un buen surtido de vestidos lisos de distintos cortes y longitudes, discretos tops con alguna concesión a los volantes y otros tantos pantalones y faldas perfectos para ir a la oficina. Tampoco faltan accesorios, productos de belleza y una línea de decoración como mandan las reglas actuales de la diversificación.
Lo más llamativo de su propuesta es que defienden el ‘Made in China’ por bandera. Cuando muchas marcas mantienen en segundo plano que producen en países asiáticos, llega Modern Citizen para gritarlo a los cuatro vientos. La explicación es sencilla: fabrican en China, sí, pero con unas condiciones de trabajo reguladas y en la mismas fábricas que producen para diseñadores como 3.1 Phillip Lim. Tal y como explica la fundadora a Racked, produce en fábricas de Hong Kong y quiere “humanizar” la fabricación en el país asiático, de donde proviene su familia. “Nunca entendí la idea de la mala calidad asociada con China, probablemente debido a mi herencia china, pero creo que es un sesgo cultural, una percepción que espero pueda ser cambiada. El país ha estado fabricando ropa para todo el mundo durante los últimos 100 años. Pensar en un país entero como ‘de mala calidad’ me parece realmente torpe, teniendo en cuenta que algunos de los mejores productos del mundo se hacen allí”, defiende.

La imagen que quieren proyectar se acerca a la de firmas de lujo. Foto: Modern Citizen
Tras su experiencia durante seis años trabajando en estrategia y desarollo de negocio digital del grupo GAP, parece que Jessica Lee tiene claro lo que la gente quiere y cómo ofrecerlo. Supo detectar que existe un nicho de mujeres que desean vestir bien sin rascarse el bolsillo y sin toparse con otros tantos looks iguales por la calle. Eso y crear una comunidad son las claves de una marca digital hoy en día. “Zara ofrece un producto increíble, pero no emocional. Es muy utilitario”, explicó a Business of Fashion. Por eso su propósito es generar una clientela fiel y crear una comunidad que comparta gustos, valores y conversación además de prendas.

No es la única enseña estadounidense que ha sabido reconocer la fórmula. Ahora que Nasty Gal ha dejado de ser ejemplo estrella de caso de éxito, firmas como Everlane o Genuine People le toman el relevo. Esta última, con base en China, no deja de ganar notoriedad acercando al resto del mundo ropa y accesorios importados. “Apostamos por poco stock y mucha rotación de producto. Nos basamos en la estética asiática y estamos creando verdaderos fans de la firma, algo que no ocurre con grandes cadenas”, afirma su fundadora. Reformation y Fame and Partners también son otros dos buenos ejemplos si analizamos marcas con un rango de precios un poco superior. La primera triunfa internacionalmente –y recorre los editoriales de las revistas de moda– con sus vestidos escotados perfectos para eventos. La segunda defiende la personalización como valor principal. Bajo el lema “moda antirápida” crean productos bajo demanda acabando con el exceso de stock y cuadruplicando sus ventas cada año desde que naciera en 2014. Y luego están enseñas de toda la vida como Madewell, probablemente lo más parecido a un Zara americano pero algo más caro.
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La desconocida marca que quiere plantar cara a Zara en EEUU

Modern Citizen es considerada por la prensa internacional como una de las nuevas firmas con posibilidades de enfrentarse a Inditex. Básicos alejados de las tendencias a precios asequibles son las claves de su éxito.



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Foto: Modern Citizen

“Zara es una gran corporación pero no está demasiado centrada en la calidad, y cuando compras allí, te sientes como una más.
 Además genera éxitos muy rápido mientras que algunos compradores quieren algo un poco más lento, con una elección más cuidada”.
 Contra la limitada calidad y el ritmo frenético de las grandes cadenas de moda pronta quiere luchar Jessica Lee, la joven de 31 años de edad que está detrás de Modern Citizen. 
 La firma, que probablemente aún no suene demasiado en España, se postula como una de las marcas asequibles más interesantes y capitanea, según medios especializados como Racked o Business of Fashion, la nueva hornada de compedidores de Zara. 
Al menos en Estados Unidos.
Ya se sabe que las comparaciones son odiosas y muchas veces exageradas. 
Puede que Modern Citizen esté a años luz de embolsarse los 654 millones de euros netos que ganó Inditex en el primer trimestre de este año. 
Pero eso no resta solidez a su propuesta.
 Lee, al igual que Amancio Ortega allá por lo años 70, ha creado de la nada una firma con propuestas contemporáneas y muy buena relación calidad-precio. 
Ni rondas de inversión ni el respaldo de grandes compañías. Impulsada por su experiencia previa trabajando en GAP, esta joven recaudó 250.000 dólares con la ayuda de familiares y amigos para crear su propio negocio.
  Una aventura empresarial que comenzó digitalmente en 2014 y que ya cuenta con su primera tienda física en San Francisco. 
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La firma apuesta por prendas minimalistas con buena relación calidad-precio. Foto: Modern Citizen
Modern Citizen se aleja bastante de la apuesta por la última tendencia para centrarse en básicos y prendas, principalmente lisas, para el día a día. 
No esperen encontrar en su catálogo el último clon de Vetements ni referencias a las chicas nerd de Gucci.
 La firma defiende como fórmula de éxito ofrecer prendas básicas de calidad aceptable y precio asumible. 
La misma receta que llevó a Everlane, otra enseña estadounidense que viene pisando fuerte, a convertir unos sencillos pantalones negros en objeto de deseo para 12.000 mujeres.
 El precio medio de sus creaciones ronda los 65 euros (hay que tener en cuenta que los precios de Zara son más altos fuera de España) e incluye un buen surtido de vestidos lisos de distintos cortes y longitudes, discretos tops con alguna concesión a los volantes y otros tantos pantalones y faldas perfectos para ir a la oficina.
 Tampoco faltan accesorios, productos de belleza y una línea de decoración como mandan las reglas actuales de la diversificación. 
Lo más llamativo de su propuesta es que defienden el ‘Made in China’ por bandera. 
 Cuando muchas marcas mantienen en segundo plano que producen en países asiáticos, llega Modern Citizen para gritarlo a los cuatro vientos. La explicación es sencilla: fabrican en China, sí, pero con unas condiciones de trabajo reguladas y en la mismas fábricas que producen para diseñadores como 3.1 Phillip Lim. Tal y como explica la fundadora a Racked, produce en fábricas de Hong Kong y quiere “humanizar” la fabricación en el país asiático, de donde proviene su familia. “Nunca entendí la idea de la mala calidad asociada con China, probablemente debido a mi herencia china, pero creo que es un sesgo cultural, una percepción que espero pueda ser cambiada. El país ha estado fabricando ropa para todo el mundo durante los últimos 100 años. 
Pensar en un país entero como ‘de mala calidad’ me parece realmente torpe, teniendo en cuenta que algunos de los mejores productos del mundo se hacen allí”, defiende. 
 

11 jul 2017

"Intento utilizar la cabeza, pero al final siempre puede más el corazón"

El exclusivo relato de la vida de Isabel en primera persona: detalles de sus matrimonios y divorcios y pinceladas de una vida de la que queda mucho por contar. 

Son las nueve de la noche, acabamos de terminar la sesión de fotos y estamos sentados en el porche de Isabel Preysler con un zumo de pomelo y un sándwich frío de pollo, marca de la casa. 
Isabel es, en muchos sentidos, lo que uno se imagina después de años y portadas en los que no se han resentido ni la curiosidad que despierta en los lectores ni la rentabilidad que sigue garantizando a las marcas que la mantienen en sus campañas temporada tras temporada.
Contenida, disciplinada, cuidadosa hasta el extremo con todo lo que tenga que ver con su imagen, desde el escote de un estilismo hasta el matiz de una declaración.
 Isabel Preysler mide cada centímetro de piel y de alma que deja ver con el rigor de un físico cuántico. Una fórmula por la que pagaría cualquier asesor de imagen, con la que se ha mantenido como una marca impoluta y blanca, y a la vez como una mujer que conserva un interés continuo durante más de cuarenta años.

Tiene que ver, suponemos, con algo tan intangible como una vida en muchos momentos trepidante pasada por el férreo filtro de las buenas maneras. 
Y también con algo mucho más sencillo: que Isabel Preysler resulta una compañía divertida y esponjosa igual que su famoso pastel de melocotón.
Con un sentido del humor que uno nunca imaginaría detrás de la sonrisa de sus fotos.
 Esta noche empieza la conversación imitando a uno de nuestros personajes de portada y arrancándonos una carcajada. Es amable y firme en las respuestas, un sí es un sí y un no es un no. Seguramente, la misma firmeza con la que ha tomado muchas decisiones complicadas en su vida y que debieron resultar muy arriesgadas en el rígido entorno social que siempre ha sido su ambiente.
No sabemos si estos últimos años han sido los peores de su existencia, pero seguro que han resultado muy duros.
 Hablamos con calma de estos y otros muchos momentos. No es una entrevista al uso, sino un repaso por épocas y por imágenes que nos han parecido puntos y aparte en su vida.

Quizá por eso lo cuenta con más valentía que nunca. Un relato que hemos mantenido casi tal cual, en primera persona, lleno de detalles, de sentimientos, de contradicciones asumidas y de absoluta sinceridad. ¿Una confesión? Sí.
 Y una larga reflexión que la aleja por completo de los mitos y prejuicios del cuché. Si esto fuera una novela por entregas, el personaje no estaría agotado. 
Ni mucho menos.
 

Los 64 de Isabel

MILF’s: ¿fantasía masculina o liberación sexual de la mujer madura?

La mujer mayor con ganas de saciar sus apetitos sexuales no siempre lo tiene fácil en una sociedad hecha por y para el hombre. 

Una nueva corriente literaria pone el foco en el sexo en la menopausia.




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Susan Sarandon como Bette Davies en 'Feud'. Foto: Cordon Press
Años atrás, literariamente hablando, la mujer que estaba de moda era la treintañera soltera que, pese a ser una mujer atractiva, independiente y con éxito en su carrera profesional no tenía pareja y sus encontronazos con el amor o el sexo eran cómicos, dramáticos, tristes o surrealistas.
 Todo menos placenteros.
 El diario de Bridget Jones, escrito por Helen Fielding y publicado en 2001, es el máximo exponente de esta corriente literaria que explotaba el mito de la entonces “nueva solterona”, y que contaba con autoras como Marian Keyes, Sophie Kinselle, Lauren Weisberger –El diablo viste de Prada– o Candace Bushnell autora de Sex and the City, en el que se inspiró la serie de televisión. Corriente que algunos bautizaron como novela Chick lit.
El mensaje que traslucían estas lecturas creadas por y para mujeres era que vivir sola y sin amor era el precio que muchas tenían que pagar por ser independientes, listas y con pocas ganas de aguantar a nadie que no estuviera a su altura; ya que muchos homo sapiens, en su versión masculina, se negaban a cambiar –como habían hecho las féminas- y se aferraban a los antiguos y machistas roles de género.
 
Es posible que estemos en una nueva corriente literaria que centra su foco en las MILFs o mujeres maduras que, llegadas a una edad –a veces coincidente con la menopausia–, sufren una crisis vital que cambia sus vidas y las de sus allegados.
 Si se piensa bien, la situación puede dar para muchas páginas. Mujeres que han roto tabúes misóginos pero que han convivido con otros sin darles demasiada importancia hasta ahora –por ejemplo, la brecha salarial–. 
Mujeres que ven que han llegado a una edad sin conseguir muchas de las cosas que se habían propuesto, a la vez que sienten que se les acaba el tiempo.
 Mujeres que quieren exprimir al máximo su sexualidad –con fecha de caducidad– mientras su pareja entra, lentamente, en la filosofía contraria.
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 Susan Sarandon y Julianne Moore en el pasado festival de Cannes. Foto: Getty

 El libro Love and Trouble: A Midlife Reckoning de Claire Dederer, aborda esa temática, ya que la novela trata de una madre en sus cuarenta, felizmente casada, que de repente deja de ocuparse en satisfacer las necesidades de sus hijos y marido para pasar a centrarse en los suyas.
 Alguien que empieza a desatar sus deseos sexuales y a actuar como un hombre.
 La protagonista se va de vacaciones con sus mejores amigas, en vez de hacerlo con su esposo, y le pone los cuernos a éste con un escritor de California.
 Como comentaba un artículo de The Cut sobre el libro, “si fuera un hombre, se diría que está pasando la típica crisis de la mediana edad, de los 40. 
Algo de lo que ya se han ocupado sobradamente autores como Philip Roth, Richard Ford, James Salter o Junot Díaz, entre otros muchos.
 Estaría actuando como Bill Clinton, Tony Soprano o Don Draper”. Sin embargo, algo oscuro ronda la figura de la mujer madura hambrienta de sexo.
 La propia Dederer reconocía a The Cut “es curioso como a pesar de que la sociedad ya ha asumido que a una mujer joven puede gustarle mucho el sexo sin ser una fulana, esta aceptación no es tan segura cuando se trata de una mujer de cierta edad, casada y con familia.
 ¿Es posible que las mujeres mayores y con hijos puedan tener ganas de sexo?”, se preguntaba.
 Los finales felices que exige Hollywood hicieron que el ama de casa de Los puentes de Madison (1995), renunciara al amor de su vida por la familia. 
¿Qué hubiera ocurrido si decidiera dejarlo todo para seguir al fotógrafo del National Geographic?, ¿son las MILFs una simple fantasía sexual a la medida del hombre o conllevan una cierta reivindicación de que las maduras pueden, no solo seguir teniendo deseo, sino vivir su plenitud sexual pasados los 50?
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¿Qué hubiera ocurrido si Streep lo hubiese dejado todo para seguir al fotógrafo del National Geographic? Foto: Cordon Press

¿Quién envejece mejor sexualmente: ellas o ellos?
 La respuesta no es fácil, aunque tendamos a pensar que ellos lo llevan peor porque izar un estandarte parece, a priori, más complicado que acondicionar un habitáculo para que algo quepa dentro. 
“A veces, las mujeres lo único que necesitan es un poco de lubricante; pero los hombres tienen que echar mano de la Viagra”. Una frase que he oído muchas veces pero que reduce la sexualidad a un mero hecho mecánico, a parte de darle al lubricante un súper poder, que poco tiene que ver con el deseo, la excitación y el disfrute. 
El hecho es que en una sexualidad activa y placentera intervienen otros factores –además de los meramente fisiológicos–, como psicológicos o afectivos.
Pero, para empezar con la maquinaria, Francisca Molero, sexóloga, ginecóloga, directora del Institut Clinic de Sexología de Barcelona, del Instituto Iberoamericano de Sexología y presidenta de la Federación Española de Sociedades de Sexología, apunta que “los cánceres dejan graves secuelas en ambos sexos.
 Los de próstata dejan al hombre sin eyaculación y los de ovario o endometrio afectan a la respuesta sexual de la mujer. Luego, están las enfermedades crónicas como hipertensión, diabetes o el síndrome metabólico (un grupo de condiciones que aumentan el riesgo de desarrollar una enfermedad cardíaca, como tensión alta, colesterol, obesidad etc).
Sabemos que en el hombre estas condiciones pueden producir problemas de erección, pero nunca se habían estudiado en la mujer.
 Ahora se están llevando a cabo investigaciones que apuntan que también podría afectarles a ellas en la fase de excitación y en la calidad del orgasmo”.
 Suponiendo que uno llegue a la madurez sin ninguno de estos problemas anteriores y con una buena salud, entonces la actitud vital y psicológica son aspectos claves para poder disfrutar del sexo. 
Además de tener pareja o la posibilidad de que se produzcan encuentros sexuales. 
Según Molero, “mucha gente entra en la etapa madura con un sentimiento de derrota, de que la juventud, o lo bueno de la vida, ya se ha acabado. 
 Pero si se afronta este cambio como el inicio de una nueva fase y no como el fin de otra, las cosas pueden ir mejor.
 En la mujer, la menopausia es un momento crítico, ya que es un periodo de confusión, cambio, rebeldía. 
Sexualmente, algunas mujeres ven como su deseo disminuye; mientras otras experimentan todo lo contrario. 
Se sienten liberadas de la tarea del control de natalidad y quieren experimentar cosas nuevas porque ven que tienen ya menos tiempo para hacerlo. 
En estos casos, el acompañamiento de la pareja o la posibilidad de tener relaciones es crucial, porque sino se sentirán frustradas.
 A menudo hay uniones en las que la mujer vive esta necesidad sexual pero el hombre no le acompaña, lo que puede producir la ruptura. 
Aunque también veo muchos casos en los que ellos hacen todo lo posible por complacerlas y ellas no les brindan la oportunidad”.