Se reedita
en España la autobiografía de Roman Polanski, escrita en 1985 sin
ningún pudor, a la que en 2015 añadió un epílogo en el que habla de su
proceso judicial.
Sharon Tate corta el pelo de su marido, Roman Polaski, en su casa de Londres en 1968.Bill RayTime & Life Pictures / Getty Images"Desde que yo recuerdo, la línea entre la fantasía y la realidad ha
estado siempre irremediablemente borrosa", se lee en la primera frase
del libro. En 1982, Roman Polanski dirige y protagoniza la obra de teatro Amadeus,
de Peter Shaffer. Y empieza a plantearse escribir unas memorias, un
recorrido a una vida azarosa, polémica, hedonista y cinematográfica. Tres años después aparecería Roman por Polanski, un libro en el que no parecía haberse guardado nada, y un canto de amor a su esposa, Sharon Tate, asesinada por el clan La Familia, de Manson. "Me maravillan el optimismo y la ingenuidad que parecen destilar hoy
los últimos párrafos de mis memorias". En noviembre de 2015, en París,
el cineasta francopolaco arranca a escribir el epílogo que añade -junto a
un sucinto prólogo- a su obra. Esas Memorias son las que ahora
edita Malpaso. Su autor no ha tocado nada de las más de 500 páginas
originales, y ha escrito otras ocho para resumir qué ha pasado en su
vida en estos treinta años.
“Nunca he dejado
de ejercer mi oficio”
A sus 83 años, Roman Polanski presenta nueva película en la próxima edición de Cannes, Basado en hechos reales, con
guion suyo y de Oliver Assayas. En el epílogo del libro asegura: “Nunca
he dejado de ejercer mi oficio. He hecho más de una docena de
películas, cuatro de ellas con Emmanuelle Seigner [ahora ya hay otra
más], si bien la más personal de todas, la única, en realidad, en la que
he llevado a la pantalla hechos de los que he sido testigo y que he
descrito en este libro, es El pianista [...]. Mis últimos
treinta años han seguido un curso infinitamente menos caótico y sinuoso
que los cincuenta que los precedieron. Eso sí: tan recto no ha sido el
camino”. Polanski describe cómo incluso acabó el montaje de El escritor en
la cárcel suiza de Winterthur. “Su director me permitió revisar en un
ordenador diminuto los DVD que me envió mi montador, Hervé de Luze”. Para devolverle los correciones, le pasaba las notas a su abogado, de
ahí a la policía, y a su vez ellos se lo pasaban a De Luze.
Roman Polanski sobrevivió al gueto judío de Cracovia, hizo carrera en
el cine, vivió el Mayo del 68 en Cannes, y amó con locura a Sharon
Tate.
Tampoco esconde que fue infiel a toda mujer con la que ha estado
emparejado, que luchó a brazo partido contra Hollywood, que tuvo
relaciones sexuales -y subraya "consentidas", aunque la sentencia le
condena por "abuso"- con Samantha Geimer, de 13 años, durante la segunda jornada de un sesión fotográfica para la revista Vogue,
y que huyó de Estados Unidos tras pasar 42 días en la cárcel de Chino
(Los Ángeles).
Es un personaje controvertido, y él no se refugia detrás
de ninguna coartada.Por ejemplo, cuando cuenta que seis meses después de la brutal
masacre que acabó con la vida de su esposa, que estaba embarazada, y de
cuatro amigos más, empieza a salir del "caparazón" en Gstaad (Suiza)
-donde le apasionaba esquiar-, con alumnas de colegios de señoritas de
"entre 16 y 19 años; no eran unas niñas, pero tampoco unas mujeres de
mundo con ambiciones profesionales o matrimoniales".
Controvertido, sí; contradictorio, nunca. "Yo siempre hacía las cosas
a mi manera. Era un chiquillo extremadamente susceptible". Ese niño,
bien dotado para los deportes y para las aventuras. Nacido en París en
1933 con el nombre de Raymond Roman Thierry Liebling. Su padre, Ryszard Polański,
se había cambiado el apellido un año antes, así que el nombre legal de
Polanski fue Rajmund Roman Thierry Liebling, hasta su retorno a
Cracovia, en julio de 1936, cuando recupera su apellido original y se
llama Rajmund Roman Thierry Polański. Todo este ir y venir al cineasta
le da igual, ya que todo el mundo le llama Romek, diminutivo de Roman. Aquel Romek, pillastre, sobrevive a la II Guerra Mundial gracias a su
rapidez de mente y a que su familia le esconde en otras casas: primero
del gueto y luego de Cracovia. Cuando acaba el conflicto bélico, a Polanski le interesa la
interpretación y de ella pasa al cine, a estudiar en la mítica Escuela
de Łódź. "Así pude codearme con uno de los míticos alumnos del último
curso, Andrzej Wajda". Con Wajda aprende qué es el talento, empieza a hacer cortos. A pesar
del régimen, logra ir a Francia y volver, una constante en esos años
sesenta. Al acabar el rodaje del corto Cuando los ángeles
Polanski, de 26 años, se casa con actriz principal, Barbara
Kwiatkowska-Lass, de 19 años, de la que se divorció en 1962. "En aquel
régimen, el éxito de una película no se valoraba en función de la
taquilla; lo importante era su contenido ideológico y su mensaje
político". Aun así, rueda su primer largo, Elcuchillo en el agua
(1962), sufre por sacarlo adelante, es ninguneado y en cambio logra
cierta relevancia con su candidatura a la mejor película extranjera en
los Oscar. Los siguientes años los pasa recorriendo Europa viviendo de prestado,
avanzando a trompicones por su carrera, hasta que, asentando en
Londres, en una ciudad llena de fiesta, música y alcohol, rueda Repulsión (1965) y Callejón sin salida
(1966). En el libro tiene muy buena memoria de nombres y
acontecimientos, de las chicas -muchas chicas- que conoce y de su pasión
por hacer cine. Defiende que se celebre el festival de Cannes tras los
acontecimientos de Mayo del 68 -y se ríe de Carlos Saura y de Geraldine
Chaplin, que intentan retirar del concurso su Peppermint Frappé- y carga contra el Hollywood de los estudios: todo en defensa del séptimo arte.
Pero sobre todo dedica decenas de páginas a recordar su amor por
Sharon Tate y a detallar minuciosamente segundo a segundo su relación
con Samantha Geimer. En el epílogo desmenuza más detalles del caso
Geimer, habla amoroso de la familia que ha formado con Emmanuelle
Seigner y apunta: "El cambio más evidente que he sufrido es que la línea
entre fantasía y realidad ya no es tan borrosa, quizá porque hoy
prefiero mi realidad".
El abogado Fernando Osuna, revisa en su despacho carpetas con casos de demandas de paternidad.PACO PUENTESEl caso de Rosario Bermudo,
identificada esta semana por la prueba del ADN como hija de José
Leoncio González —primer marido de Luisa Isabel Álvarez de Toledo y
Maura, duquesa de Medina Sidonia— y su criada es el retrato de una
España caduca. El abogado que ha llevado este caso, Fernando Osuna,
acumula unos 400 similares resueltos o pendientes y afirma que el patrón
se repite en la mayoría de los casos: “Años cuarenta, cincuenta o
sesenta, hombre poderoso en distintos ámbitos —artistas, aristócratas,
banqueros, terratenientes, empresarios— y mujer con una fuerte
dependencia social y económica. Él aprovecha su posición, la deja
embarazada y evita reconocer al hijo”. Xavier Coller, catedrático de
sociología de la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, añade una
clave fundamental más: “La percepción de la mujer como objeto”. María
Fernández, de 50 años, es nieta de esa España. Su abuela quedó
embarazada en dos ocasiones por el terrateniente almeriense para el que
trabajaba y que tenía ya tres hijos con su esposa. Solo reconoció a uno
de los niños antes de su muerte . Una escena similar se repitió en
Córdoba. María Isabel Castro, de 65 años e hija ilegítima de un
propietario de fincas en una localidad cercana a la capital, es
reticente a reclamar nada después de tanto tiempo y con la vida rehecha. Osuna calcula que una demanda de estas características
implica un proceso de unos cuatro años y una inversión de 4.000 euros. Pero los jueces suelen condenar en costas a los demandados si se han
negado a reconocer a sus hijos y llegan a juicio solo para dilatar la
resolución del caso. Además, está la expectativa de conseguir la parte
legítima de la herencia de sus padres; un segundo expediente que se abre
tras el reconocimiento de la paternidad. “Antes era muy complicado porque se basaba en análisis de
sangre poco determinantes, en testimonios más o menos fiables, en las
aportaciones que habían hecho los padres a sus hijos ilegítimos o a las
madres, en el parecido físico y en la palabra de uno contra la otra. En
muchos casos, él era más poderoso e influyente y condicionaba la
sentencia. Ahora, con el ADN, es matemático”, relata Osuna, quien
recuerda un caso en Gijón donde la juez cerró el juicio en cinco minutos
tras la obtención de muestras del cadáver de un ganadero e industrial
cuya familia se negó hasta el último momento a admitir la verdad. Para llegar a la exhumación de un cuerpo, como ha sido el caso de Leoncio González, este de Gijón o el de José María Ruíz-Mateos,
desenterrado en abril para cotejar su ADN con el de Adela Montes de
Oca, quién dice ser su hija, el abogado suele recurrir a un detective
que recoge el ADN de algún resto orgánico que hayan dejado los hijos del
difunto en un lugar público, como un bar, una cafetería o una papelera. A partir de ahí y, con otros indicios, como testimonios, fotografías
que reflejen parecidos o aportaciones económicas, en especie o visitas,
los jueces suelen autorizar los desenterramientos. “Cuanto más tarden,
peor para el demandado”, afirma Osuna. En el caso de Bermudo, la familia del exjinete aún se
resiste a negociar una resolución final del caso, por lo que la hija de
Leoncio está dispuesta a seguir para, según dice, “animar a otras personas en la misma situación a que denuncien sin miedo”. Gabriel Gonzalo, uno de los hijos legítimos del exmarido de la
aristócrata, aboga por un acuerdo, aunque esté convencido que “el
derecho a que los ciudadanos leguen sus bienes a otros y estos los
reciban se da de bofetadas con las legítimas previstas en el Código
Civil y la Carta de Derechos Fundamentales de la UE que establece la
libertad de legado”. Osuna, por el contrario, argumenta que la
legislación es clara en relación con los hijos. Otra cosa es con los
nietos, en cuyo caso ha llegado hasta el Tribunal Europeo de Derechos
Humanos de Estrasburgo para reclamar una herencia para los descendientes
de un emigrante gallego que abandonó a la mujer y al hijo para irse a
Argentina y es ahora la tercera generación la que empezó la demanda en
Betanzos.
Algunos demandados lo entienden así. Aunque Osuna se niega a
facilitar datos de los implicados por preservar la intimidad de los
afectados, relata el caso de un empresario gaditano cuya hija sólo
necesitó de cuatro llamadas telefónicas en un mes para llegar a un
acuerdo sin verse siquiera las caras y evitar el juicio. O el de un torero de Sevilla muy anciano que reconoció a su hija cuando recibió la notificación de demanda.
Causas
La proliferación de casos referidos a unas décadas
determinadas de España se explica por múltiples causas que describe
Xavier Coller: personal de servicio a cargo de un hombre con poder,
dependencia, bajo nivel cultural, falta de medios anticonceptivos y
machismo. El sociólogo añade que los hijos no reconocidos son un hecho
común en la España de los últimos siglos y describe cómo un anuario de
1888 sobre la ciudad de Sevilla detalla que ese año se registraron más
hijos ilegítimos que nacidos de un matrimonio. Osuna añade que, en muchos casos, los padres se enfrentaban a
un Código Civil que, hasta 1978, preveía hasta seis años de prisión
menor por adulterio. En esas condiciones, muchos optaban por mantener a
sus hijos, pero sin reconocerlos. Es el caso de un hijo, de 70 años, que nació de una relación
extramatrimonial entre un empresario textil y de la alimentación de
Barcelona durante la Guerra Civil y que huyó de España con él y su madre
tras la contienda y estuvo a punto de morir a manos de los nazis en
Alemania. La paternidad se ha reconocido este año.
No siempre acaba en enfrentamiento. Algunos encuentros son famosos, como el de Manuel Díaz y Julio Benítez, los dos hijos de Manuel Benítez, El Cordobés, que han llegado a torear juntos
tras el reconocimiento definitivo de la paternidad del primero, o el de
un rico cacereño que tuvo cinco hijos dentro del matrimonio y uno con
otra mujer. Cuando acabó el juicio, uno de los vástagos del industrial
se acercó al demandante y le dijo: “Ahora somos hermanos. Dame un abrazo
y vamos a comer”. Otro caso de reunificación se produjo en Munich (Alemania),
donde la esposa de un hombre con hijos ilegítimos en España, los acogió
tras morir la madre de estos, los crio y los mantuvo. Sin embargo, no
los reconocieron y tuvieron que reclamar para poder heredad. Esta situación ha cambiado y algunos casos ahora son para
dar en vez de para demandar. Así ha sucedido con una abuela sevillana
que ha pedido que se reconozca a su hijo como padre de su nieto para que
herede sin problemas.
Miquel Alberola Y ahora qué? la vida sigue, aunque a Letizia le supiera a plomo que su cuñada estuviera allí.
La familia coincide en público, por primera vez en casi dos años, en el funeral de Alicia de Borbón.
Los Reyes en el funeral por la infanta Alicia de Borbón-Parma al que ha asistido Cristina de Borbón.EFEATLAS
Felipe VI y la reina Letizia, junto con don Juan Carlos y
doña Sofía, han coincidido con la infanta Cristina este jueves en la
capilla del Palacio Real en el funeral en memoria de Alicia de
Borbón-Parma, fallecida el 28 de marzo a los 99 años en Madrid. Hacía
cuatro años que la Infanta no pisaba el Palacio Real (desde junio de
2013 en la misa por el centenario de Don Juan) y casi dos que no
coincidía toda la famila en un acto público, alejada por el desgarro de su procesamiento en el caso Nóos.
Es la primera ocasión, tras la sentencia absolutoria de la
Infanta, que el Rey y su hermana menor se reencuentran en un acto
público. Poco antes de las seis de la tarde, Cristina ha acudido
acompañada de su hermana Elena, ambas con un traje de chaqueta negro,
unos diez minutos antes de que llegaran los Reyes, que junto a Juan
Carlos I y doña Sofía, han sido recibidos a la puerta de la capilla por
el arzobispo castrense Juan del Río. Felipe VI y la reina Letizia han sido ubicados bajo el dosel
en dos sillones, separados de los reyes eméritos, que han quedado a su
derecha. Las infantas Cristina y Elena se han sentado en el banco de
familiares. El Rey y la Infanta no se han cruzado en el recorrido
previsto. Solo los medios gráficos han tenido el acceso permitido al
interior, al igual que en ceremonias similares. Tras el funeral se ha
celebrado un cóctel que propiciaba la aproximación. La última vez que coincidieron en público los Reyes y la
infanta Cristina fue el 8 de octubre de 2015 en un acto similar, la misa
fúnebre por el infante Carlos de Borbón-Dos Sicilias, hijo de Alicia de
Borbón-Parma, que se celebró en el Monasterio de San Lorenzo de El
Escorial (Madrid).
BallesteroEfe
La difunta, única tía que todavía tenía Juan Carlos I,
adquirió la condición de infanta cuando se casó en 1936 con Alfonso de
Borbón-Dos Sicilias, sobrino de Alfonso XII y hermano de doña María de
las Mercedes, la abuela de Felipe VI.
La infanta Cristina mantiene una estrecha relación con la
familia de su tía abuela, especialmente con Cristina Borbón-Dos
Sicilias, su nieta. La pasada Semana Santa, Cristina, su esposo, Iñaki
Urdangarin, y sus hijos estuvieron en la finca La Toledana, en la
provincia de Ciudad Real, propiedad que la familia Borbón-Dos Sicilias. Fueron invitados por la prima del rey Juan Carlos Ana de Orléans y su
primo Pedro de Borbón-Dos Sicilias, primogénito del infante Carlos y,
desde la muerte de su padre, nuevo duque de Calabria. La infanta fue absuelta el pasado 17 de febrero de los dos
delitos fiscales por los que fue procesada en el caso Nóos, mientras que
su marido fue condenado a seis años y tres meses de prisión por
diversos delitos de corrupción. La Audiencia Provincial de Baleares, sin
embargo, consideró que se había beneficiado de los delitos cometidos
por su marido, por lo que le impuso la devolución de 265.088 euros que
cargó en la tarjeta de crédito de la mercantil Aizoon compartida con su
pareja. Desde el 7 de noviembre de 2011, cuando la policía irrumpió
en la sede del Instituto Nóos en Barcelona, La Zarzuela trató de poner
distancias con la Infanta y su marido para evitar que el caso acabara
salpicando a la Corona. Juan Carlos I no consiguió ni que se divorciara
de Urdangarin ni que renunciase a los derechos dinásticos, en los que
ocupa la sexta posición en el orden de sucesión. Tras la proclamación de
Felipe VI el 19 de junio de 2014, La Zarzuela estableció un cortafuegos
con la Infanta y su marido, que tuvo su máxima expresión el 11 de junio
de 2015 cuando el Rey revocó el título del Ducado de Palma a su
hermana, con la que mayor afinidad tenía. Esa decisión ahondó la grieta
entre Felipe VI y la Infanta, que solo ha mantenido el vínculo con su
madre y su hermana Elena. En 2015 esta fundación alcanzó un acuerdo con la República
de Portugal para establecer en Lisboa la sede de la institución del
acaudalado imán de los ismaelitas, abriendo la posibilidad de que la
Infanta trasladase su residencia a Portugal, donde la proximidad con el
centro penitenciario en el que cumpliese la pena su marido sería mayor. La absolución de la Infanta aportó tranquilidad a La
Zarzuela, que durante todo el proceso, a diferencia del Gobierno, mostró
una compostura absoluta. Con este encuentro en público de Cristina con
su familia, el desgarro familiar puede haber empezado a atenuar el
dolor, pero en la hoja de ruta de Felipe VI no se contempla la
rehabilitación.
Cristina, su esposo y sus cuatro hijos han residido desde
entonces, salvo algunos períodos, fuera de España. Primero en Washington
y luego en Ginebra (Suiza). Es en esta ciudad, en la que Cristina de
Borbón desempeña un trabajo en la sede de la Fundación Aga Khan sin
haber perdido su vinculación laboral con La Caixa, es donde ambos
recibieron la sentencia. Hasta conocer la sentencia definitiva del caso Nóos,
Urdangarin está en libertad sin fianza con la obligación de comparecer
el primero de cada mes ante la autoridad judicial de Suiza.
Un grupo de visitantes recorre la costa de la remota isla de Selkirk. / martín garcía de la huerta
Remota y hermosa, la isla de Selkirk o Más Afuera, a 800 kilómetros de
las costas chilenas, atesora paisajes imborrables, leyendas, uno de los
santuarios de aves más privilegiados del planeta y el origen de
‘Robinson Crusoe’, la primera novela inglesa.
DESCUBRÍ LA EXISTENCIA de Selkirk en un ejemplar atrasado del New Yorker que incluía un artículo de Jonathan Franzen titulado ‘Farther Away’, traducción literal de Más Afuera,
nombre originario de una de las islas del archipiélago de Juan
Fernández, a unos 800 kilómetros de las costas de Chile en el Pacífico
Sur.
En 1574, buscando acortar el trayecto entre los puertos de
Valparaíso y El Callao, que podía durar seis meses, Juan Fernández,
piloto portugués al servicio de la Corona española, decidió efectuar la
travesía alejándose lo más posible de la costa.
Para gran sorpresa suya,
tras nueve días de navegación, avistó dos islas de altura vertiginosa y
enigmático perfil que no figuraban en ningún mapa y a las que, con
poética simplicidad, puso por nombre Más a Tierra y Más Afuera.
Este es el origen de la historia: en 1704, un marinero escocés llamado
Alexander Selkirk cuyo barco había fondeado en Más a Tierra se negó a
embarcar con el resto de la tripulación por diferencias con su capitán.
Tras cuatro años de soledad en condiciones extremas, Selkirk fue
rescatado por una nave pirata en la que volvió a Inglaterra, donde
publicó un reportaje sobre sus aventuras.
Cuando Daniel Defoe, de
profesión escritor, lo leyó, se apropió sin escrúpulos de la narración y
escribió Robinson Crusoe, considerada la primera novela inglesa de la
historia.
Restos de dos barcas que se estrellaron contra los arrecifes de la costa. martín garcía de la huerta
Uno de los libros más hermosos jamás escritos sobre islas recónditas
del orbe fue ocurrencia de Judith Schalansky, joven investigadora
berlinesa que sabía que jamás pondría un pie en ninguna de ellas. Cuando
hacía un alto en sus estudios, se abandonaba a la contemplación de un
globo terráqueo, reparando en las islas más inaccesibles. Un día decidió
catalogarlas en un volumen titulado Atlas de islas remotas. En el libro hay una ausencia inexplicable: en él no figura Selkirk, lo que acentúa el aura de misterio que rodea a esta isla. Llegar a Más Afuera raya en lo imposible. Hay que hacerlo desde Más a Tierra, adonde tampoco es precisamente
fácil acceder. Hay dos maneras: por barco desde Valparaíso, en una
travesía para la que no es fácil encontrar pasaje y que puede durar tres
o cuatro días, según el estado del mar, o en avioneta desde Santiago,
opción ante la que muchos se echan atrás dada la accidentada historia de
los vuelos, puntuada por una serie de episodios trágicos. El aterrizaje
en sí es muy arriesgado. Hay un solo lugar donde resulta posible
hacerlo, una pista de cemento de dimensiones comparables a la cubierta
de un portaviones situada en las inmediaciones de una pequeña bahía
donde hay un criadero de lobos marinos y el mar bate con gran fuerza. Una vez allí, es preciso ir en lancha hasta la bahía de Cumberland,
único enclave habitado del lugar, con una población de varios centenares
de personas. Comienza entonces un periodo de incertidumbre a la espera de que el
patrón de una de las tres lanchas que viajan esporádicamente a Más
Afuera pueda admitir un pasajero adicional. Para muchos, ese momento no
llega nunca. En mi caso, no lo conseguí hasta que volví un año después. Al final del primer viaje me venía a la cabeza el artículo de Franzen.
¿Quién le habló de Selkirk por primera vez? ¿Qué le había llevado a ir
allí?
Ave de la familia de las águilas que habita la isla, santuario de los ornitólogos. martín garcía de la huerta
Di con la respuesta por casualidad. Un periodista americano me
presentó a Peter Houdun, un ornitólogo amigo suyo, y en medio de una
conversación surgió el nombre de Franzen. Al parecer, fue Houdun quien,
sabedor de que Franzen es un apasionado de la observación de las aves,
le convenció de que visitara Más Afuera y escribiera un reportaje para
dar a conocer la labor de los naturalistas del archipiélago, uno de los
santuarios de aves más privilegiados del planeta. Franzen fue a Selkirk en plena resaca del éxito de su novela Libertad. En su artículo, el escritor cuenta que viajó a la isla con un ejemplar de Robinson Crusoe
y una caja de cerillas que contenía una pequeña parte de las cenizas de
David Foster Wallace, su gran amigo y rival literario, que se había
suicidado dos años antes. A tal efecto, fue a ver a su viuda,
explicándole que su idea era dispersar las cenizas en aguas de Selkirk.
Paisaje del interior de Selkirk, marcado por quebradas. martín garcía de la huerta
Supe por Houdun que Franzen se había alojado en la misma pensión donde
me encontraba yo, acompañado por los integrantes de una expedición
botánica.
Hice indagaciones entre personas que participaron en labores
de apoyo.
Cuando les pregunté si lo recordaban, me comentaron con
regocijo su empeño por quedarse solo en un alto risco, donde instaló una
tienda de campaña, que el viento no tardó en desarbolar.
Su mayor
frustración, me dijeron, fue no haber llegado a avistar un ejemplar del
pájaro más misterioso de la isla, una suerte de santo grial entre los
ornitólogos, un espécimen minúsculo y delicado que vive a más de 800
metros de altura y que tiene para los habitantes del lugar el valor de
un mito: el rayadito de Más Afuera.
También les causó extrañeza que
alguien que decía buscar la soledad hubiera viajado a un lugar donde no
hay teléfono, Internet ni electricidad con un teléfono satélite.
Al
parecer, cuando bajó del alto risco dio por concluido su viaje,
mostrándose impaciente por regresar cuanto antes.
Llegar a Más Afuera, el otro nombre de Selkirk, es ya de por sí una
aventura. En la imagen, una especie de lobos marinos endémicos de la
zona. martín garcía de la huerta
Las islas de Juan Fernández son lugares fascinantes, cargados de
misterio y con un impresionante caudal de historias que han sido
recogidas en numerosos libros.
Casi nadie logra ir más allá de la
primera isla, aunque el verdadero misterio de la soledad reside en Más
Afuera, donde no vive nadie de manera permanente.
Durante los meses que
dura la temporada de captura de la langosta se trasladan allí unas 70
personas, que se instalan en un poblado de 22 viviendas de madera con
los restos de unas antiguas prisiones de piedra como trasfondo.
El
carguero que abastece Más a Tierra efectúa tres viajes al año a Selkirk,
al principio y al final de la temporada de pesca, para transportar y
recoger el contingente humano junto con algunos enseres y animales.
A
mitad de temporada se efectúa un viaje adicional de avituallamiento.
No
es posible imaginar un lugar más remoto y a la vez más hermoso.
Las
lanchas zarpan de Más a Tierra a mediodía con el fin de llegar a Selkirk
al amanecer, 16 horas después.
Cuando la primera luz del día permite el
desembarco, siempre difícil, y la isla empieza a revelar su perfil, es
imposible no tener la sensación de que se está ante un lugar que tiene
vida propia.
Su interior, marcado por una serie de quebradas que dividen
las alturas de la isla, encierra lugares de inquietante belleza a los
que los pocos que han logrado contemplarlos se refieren con nombres como
cuevas de duendes o bosques de neblina.
La expedición fotográfica que
tomó las imágenes que acompañan este reportaje recurrió al uso de drones
para explorar las zonas más recónditas del lugar.
La isla, habitualmente desierta, acoge a unas 70 personas durante los meses de captura de langostas. martín garcía de la huerta
Mientras espera el momento de desembarcar, el viajero tiene ante sí dos
imágenes imborrables: los restos de dos barcas que se estrellaron contra
los arrecifes, en lo que constituye el último de la larguísima historia
de naufragios acontecidos en la isla, y las dos enormes cruces de
madera de un cementerio situado al borde mismo del mar.
Entre una y otra
imagen se divisa el rudimentario embarcadero de piedra, completamente
abierto al mar. Una vez en tierra, la sensación de soledad es
infinitamente superior a la que se experimenta en Robinson Crusoe.
Las canciones y leyendas que dan cuenta por la noche de la historia de
Más Afuera hablan de un mundo más extraño y misterioso aún que el de la
vecina, aunque nadie le pueda disputar el logro que supuso que alguien
viera en ella el corazón del mito de la soledad como lo hizo Defoe,
quien además lo consiguió sin salir de su hogar londinense.