La Fundación Gulbenkian rinde tributo al modernista portugués: poeta, dramaturgo, pintor, escenógrafo, bailarín y actor.
José de Almada Negreiros, en un fotograma de la película 'O Condenado' (1921). Carlos Azevedo
“Mis ojos no son míos, son los ojos de nuestro siglo”. José
de Almada Negreiros fue el cuerpo y el alma del siglo XX cuando dormía y
cuando se tomaba un café en el lisboeta A Brasileira; cuando bailaba y
cuando diseñaba vidrieras para iglesias. Almada Negreiros (Santo Tomé,
1893-Lisboa, 1970) fue el artista total, es decir, un modernista, y la Fundación Calouste Gulbenkian
le rinde tributo con la mayor exposición jamás realizada sobre “el
artista multiforme”, el “artista políglota” que cautivó por igual al
retraído Fernando Pessoa o al expansivo Ramón Gómez de la Serna. La
intelectualidad ibérica de mediados del siglo XX coincidió en que Almada
Negreiros era único. “El modernismo eran muchas cosas y la versatilidad de Almada
permitía percibir su diversidad”, explica Mariana Pinto dos Santos,
comisaria de la gran exposición que se puede ver en Lisboa hasta el 5 de
junio. “Decía Almada que lo moderno era una forma de vestir, una forma
de ser”. Más de 400 obras, de las que un centenar nunca antes habían
sido expuestas, demuestran el imposible encasillamiento del artista de
los saltones ojos negros. El modernismo —y Almada, particularmente—
derribó las divisiones de las expresiones artística y sus jerarquías —la
pintura sobre todas las cosas—; esta muestra es el mejor ejemplo de
ello. Junto al icónico retrato de Pessoa, casi un cuadro pop, series de saltimbanquis con los que le unía una relación por sus años de bailarín, escenógrafo y performer. “Almada era un provocador siempre; en la calle, en sus conferencias,
muy teatrales”, señala la comisaria. Pero a la vez que cultivaba ese
lado exhibicionista se obsesionaba con la geometría, como lenguaje
universal. “Su representación visual es abstracción figurativa”, añade
Pinto dos Santos. Y así, Almada salta del realismo al cubismo, de óleos
por encargo de la Sastrería Cunha a las fachadas de azulejo en la calle
Vale do Pereiro (Lisboa). en la calle Vale do Pereiro (Lisboa).
'Sin título' (1947), obra de Almada Negreiros que se puede ver en la muestra lisboeta.
Han sido necesarios tres años de trabajos y la colaboración
de instituciones de Portugal, Francia, España y Brasil para reunir el
puzle de este modernista total que, con apenas 20 años, lo mismo
publicaba poemas humorísticos que tragedias griegas o lanzaba
manifiestos contra unos y contra otros. “Almada consideraba que el arte tiene que comunicar, y si no
llega al público, el fallo es del artista”, explica Pinto dos Santos. En una sala se reúnen, entre otras piezas, testimonios de su estancia en
Madrid, paneles interiores que diseñó para el cine San Carlos,
ilustraciones para los artículos de Gómez de la Serna, quien no quería
colaborar con ningún otro dibujante... Para Almada Negreiros, “fue el humor lo que permitió pasar
del siglo XIX al XX”, un humor entendido como la ilustración de los
periódicos y de las revistas, “un humor multiforme”.
Un cuarto oscuro ilumina los dibujos de Almada para La tragedia de doña Ajada
(1929), su linterna mágica, otra de sus expresiones artísticas, en este
caso relacionada con lo que era un nuevo arte, el cine. Son imágenes en
blanco y negro que aparecían en la pantalla a la vez que sonaba la
música del catalán Salvador Bacarisse (1898 - 1963). En marzo, la
orquesta de la fundación interpretará, por segunda vez en la historia,
la música del compositor catalán, con asistencia de su hijo, de 92 años
de edad. Aunque la exposición es extraordinaria, por cantidad y
calidad, es preciso salir a la calle para comprender al modernista
total; sus huellas y las de Pessoa configuran la Lisboa del siglo XX. Del segundo hay que seguir sus paseos y sus tabernas; de Almada hay que
visitar las vidrieras de Nuestra Señora de Fátima, las pinturas del
hotel Ritz, los murales de la estación de Alcántara o los tapices de la
universidad. “Su idea de Modernismo era el arte total. Si eres artista
lo eres en todo momento”, señala la comisaria. “Almada Negreiros siempre
lo era”.
El autor lee en Madrid versos de su nuevo libro, 'A boca da terra'.
Manuel Rivas, durante su recital en Madrid. Lola LarumbeManuel Rivas
cumple 60 años en otoño de 2017; si lo miras con cierto detenimiento
verás en él al muchacho que venía a EL PAÍS hace cuarenta años vestido
como un marinero, aún con el temblor que sienten los periodistas cuando
todavía creen que el monte no es orégano. Ese muchacho ya escribía
poemas y redactaba crónicas a partir de palabras inconexas que le
llegaban a la Redacción del periódico gallego en el que empezó a
trabajar a los 14 años.
Ese
muchacho luego hizo la guerra del periodismo (en EL PAÍS, por cierto) y
de la literatura, batallas incruentas pero terribles de las que puedes
salir lisiado del alma; algunos se revuelcan luego de heridas supremas
de la autoestima o de excesos de autosatisfacción.Rivas ha sobrevivido a diversos éxitos literarios,
y sigue por el mundo como si fuera el cartero del niño que fue,
repartiendo versos en sobres como aquellos que remitían los parientes de
los emigrantes gallegos o canarios.Con esos sobres sigue repartiendo el interior de sus libros.
Y los trajo anoche a la Librería Alberti de Madrid, donde fieles de su
poesía (y de su manera de ser) lo fueron a escuchar recitar sus propias
traducciones de A boca da terra, que apareció primero en gallego y que ahora aparece como La boca de la tierra
en Visor. Rivas iba vestido como un leñador irlandés, con un toxo en la
mano (la flor amarilla de los inviernos gallegos), que depositó en una
botella de agua; llevaba también aquellos sobres de avión con sus
poemas, dentro de un envoltorio en el que había dibujadas unas mazorcas,
y empezó a leer como un cura laico. El libro tiene una cubierta negra,
como todas las de Visor, pero él le ha puesto la luz (la alegría) de una
foto obra de su hija Sol (Sol Marilño) en la que se ve a una mujer
brasileña que ofrece su teta al aire, su pecho lleno de inscripciones
milagrosas. El pelo de Rivas ya es blanco;
pero él sigue siendo el que llevaba panes y lápices de colores a las
presentaciones de los libros; en tiempos su madre le guardaba el pan,
hasta que él terminaba de recitar; ahora ya no está la madre, pero el
poeta sigue siendo un hijo, como si llevara consigo no sólo toda la
familia, los antepasados, la hermana María, la novia, la mujer, los
hijos, el perro (O Rivas pequeno lo llamaba el padre)… y la propia tierra en la que nació, O Monte Alto de A Coruña. La suya es una poesía emigrante, que se fija en la música y en el dolor y
que él la habla como si hubiera sido concebida para que también saliera
de su voz, y de su arte, el olor de la tierra. Hay básculas de la
infancia, las espinas de la historia colectiva, el invierno de Galicia,
las ganas de vivir y también la compasión que despierta el sentimiento
de injusticia que queda en el alma de un niño que aparece y se sienta
como un hombre de casi sesenta años pero que cuando empieza a recitar,
como si parara el mundo y la edad, es otra vez el muchacho de menos de
veinte años que emigraba a Madrid a ver si le renovaban el pasaporte
para seguir en EL PAÍS.
Dos películas y una serie reviven la figura de la mujer que se convirtió en musa e icono de los locos años 20.
Christina Ricci en un fotograma de la serie en la que da vida a Zelda Fitzgerald.
Foto: Amazon Studios
Posiblemente, pocas parejas hayan hecho correr tanta tinta. A ritmo de jazz y charlestón, el escritor F. Scott Fitzgerald (El Gran Gatbsy) y su esposa Zelda Sayre se bebieron a excesos los locos años 20 y fueron definidos
como “el príncipe y la princesa de su generación”. Ahora, tras décadas
de páginas y biografías (algunas no autorizadas), la fascinación por esa
relación de amor-odio que se profesaban salta a la pequeña y gran
pantalla. En el cine, Scarlett Johansson y Jennifer Lawrence
se enfundarán respectivamente en la piel de la que fue considerada como
“la primera flapper norteamericana”. Al mando de Ron Howard (Una mente maravillosa) Johansson se ha embarcado en una película titulada The Beautiful and the Damned (Los hermosos y malditos), que toma el nombre de la segunda novela del autor. Por su parte, Lawrence utiliza como punto de partida una de las biografías más célebres de la socialité, escrita por Nancy Milford, para explorar en el filme Zelda sus años de matrimonio. El estilo de Zelda Fitzgerald (1900-1948), que fue el epítome de la mujer liberada de su época, salta a escena con Christina Ricci en una serie para Amazon Prime llamada Z: The Beginning of Everything. Un proyecto estético que ha supuesto todo un reto para Tom Broecker, su
diseñador de vestuario, ya que se conocen rumores de lo que llevaba,
pero sin evidencias que lo que realmente se ponía: “Fue una pionera
porque no le interesaba la moda per sé, pero modeló un estilo para sí. No crea las tendencias, sino que las rompe” declaró Broecker el mes pasado.
A la izquierda, imagen de Christina Ricci en la serie. A la derecha, imagen de la artista y socialité.
Foto: Getty/Cordon Press
Zelda Fitzgerald se convirtió en un icono de la era del Jazz
por ser el vivo ejemplo de la transgresión. De la belleza sureña de
tacones altos y melena larga y ondulada pasó al corte bob y a los
vestidos rectos que restaban centímetros al bajo y centraban el corte a
la cadera. En su Montgomery natal (Alabama), su actitud libre chocaba
con la forma de vida tradicional imperante. Con la opinión contraria de
sus padres sobre el propio Scott Fitzgerald, al que conoció en un club
de baile y con el que decidió mudarse a Nueva York. Borrachos de éxito (Scott acababa de vender su primera novela A este lado del paraíso),
el joven matrimonio quiso formar parte de ese momento de escándalo y
derroche. Zelda ayudó a modelar el vestido y comportamiento de las flappers,
Scott era el cronista que las inmortalizaba en sus historias. Pronto se
convertirían en una pareja de celebrities. Pero ella fue mucho más que
esa estrella dorada de los años 20. En realidad, su vida sonrojaría a
aquellos que la dibujaron como la tirana egoísta que llevó al escritor
al fracaso y al alcoholismo y terminó loca en una institución mental. Therese Anne Fowler, autora de una de sus biografías más conocidas, reconoció
hace unos años que se le rompieron los esquemas a la hora de empezar a
investigar sobre Zelda porque se dio cuenta de que “casi todo lo que
sabía de ella era erróneo”.
Scott y Zelda Fitzgerald formaron una de las parejas más idolatradas de la era del Jazz, pero su relaciónmuy turbulenta. fue muy turbulenta.
Uno de los (acertados) adjetivos que se utilizan para explicar su compleja personalidad es “diletante”, que resume las múltiples inquietudes artísticas de Zelda: se interesó por el ballet,
que empezó a practicar a los 27 años (solo tres después le ofrecerían
un papel en una obra de la San Carlo Opera Ballet Company) y le apasionó
la pintura desde 1925 hasta su muerte. Su interés por la literatura sería una de las mechas que incendió su relación con Scott. Habituales de recurrir a material autobiográfico para sus escritos, se acusaron constantemente de plagio. Cuando Zelda hizo una reseña
en el New York Tribune sobre el segundo libro de su marido, le culpó de
usar deliberadamente muchas de sus palabras: “En realidad, el señor
Fitzgerald – creo que es así como se escribe su apellido – parece
creer que el plagio comienza en casa” escribió. Sally Cline, otra de sus
biógrafas, cuenta en su obra
que Scott utilizaría discursos, diarios, impresiones y episodios
mentales de Zelda para su propia ficción, y no siempre con
consentimiento. Un ejemplo fue el título que dio nombre al libro A este lado del paraíso, extraído de una carta de Zelda, y un monólogo que incluye también en la novela. Cuando ella publicó su obra Save me the Waltz, que
acabó en cuatro semanas durante su estancia en un centro mental, Scott
se puso furioso. ¿El motivo? Zelda recurrió a material autobiográfico
que él quería utilizar para su novela Suave es la noche. Cline habla
de un encuentro entre ambos en 1933, mientras Zelda estaba interna, en
el que él habría intentado prevenir a su mujer sobre escribir acerca de
su matrimonio y su enfermedad mental. Si él tildaba sus esfuerzos
literarios como “de tercera categoría” y le decía que “su vida en común era material suyo”, ella le acusaba de tener que depender de sus ‘migajas’ para tener algo sobre lo que escribir.
Junto a Ricci, David Hoflin es el encargado de meterse en la piel de F. Scott Fitzgerald en la serie de Amazon.
Foto: Amazon Studios
Ambos definieron su relación como “ominosa”. El turbulento
matrimonio incluyó un lío en Riviera con un piloto francés llamado
Edouard Jozan y la sospecha de que Scott estaba manteniendo una relación
sexual con Ernest Heminway, según recogía un artículo de The Guardian hace unos años.
Zelda Fitzgerald pasó buena parte de su vida en centros mentales. La razón fue una esquizofrenia
que le llevó a estar internada 15 meses, desde noviembre de 1930, en la
Prangins Clinic de Suiza. Tres meses después de salir, Zelda tuvo una
recaída y el escritor decidió contactar al dr. Jonathan Slocum, dueño
de una clínica exclusiva de Craig House, en Beacon (Nueva York). En la correspondencia
que mantuvo con el doctor, Scott se acabó resistiendo al diagnóstico de
la esquizofrenia: “creo que Zelda es más una mística sana que una
realista loca” escribía. Sus cartas también hablaban de lo “inestables”
que eran los hermanos de su mujer, al igual que ella , y la importancia
que le daba al asma en sus recaídas.
Nuria Luis
Christina Ricci en un fotograma de la serie en la que da vida a Zelda Fitzgerald.
Foto: Amazon Studios
Junto a Ricci, David Hoflin es el encargado de meterse en la piel de F. Scott Fitzgerald en la serie de Amazon.
Foto: Amazon Studios
Existe cierto debate sobre la enfermedad real de Zelda. Npr
recogió las impresiones del dr. Steven Buie, el último doctor médico
del hospital de Asheville (Carolina del Norte) donde ella pasó sus
últimos días. Más que una esquizofrenia, él pensaba que se trataba de un
trastorno bipolar: “tenía periodos de depresión y podía tener otros de gran energía y creatividad”. Una opinión parecida comparte Therese Anne Fowler, quien se negó a colgarle la etiqueta de “demente”. La biógrafa explicó
que en la época de Zelda la esquizofrenia era una especie de cajón de
sastre para una amplia variedad de dificultades emocionales. A menudo se
aplicaba a mujeres que habían sufrido depresiones o agotamiento
surgidos de circunstancias imposibles: “Zelda sufrió algunas
crisis de salud mental y fue una mujer desinhibida y sin censura que no
siempre pensaba antes de actuar, pero no estaba loca”. Zelda murió tras un incendio en el hospital a los 48 años, ocho después que su marido.
Los
abogados de la primera dama aseguran que “no tiene intención de utilizar
su posición pública”, tras presentar una demanda contra un medio que la
calificó como 'escort'.
Melania Trump, el pasado 3 de febrero. CARLOS BARRIAREUTERS
Un día después de presentar en una corte de Nueva York una demanda por difamación contra el periódico Daily Mail,Melania Trump
ha tenido que aclarar que no tiene ninguna intención de ganar dinero
aprovechándose de su nuevo puesto como primera dama de Estados Unidos. En la reclamación presentada contra el tabloide inglés argumenta ante
los jueces que el artículo en el que se decía que trabajó como escort en los noventa ha hecho que su “marca haya perdido un valor significativo”. “[Melania Trump] tuvo una oportunidad única, como una persona
extremadamente famosa y conocida, además de como exmodelo, imagen de
marcas y empresaria de éxito, de lanzar una marca comercial con varios
productos, cada uno de los cuales podría haberle proporcionado
relaciones comerciales multimillonarias durante los años en los que ella
va a ser una de las mujeres más fotografiadas del mundo”, reza el documento presentado por sus letrados
el lunes en una corte de Manhattan. Esas palabras hicieron que muchos
se preguntaran de sus intenciones, y ahora sus abogados han querido
acallar esos rumores.
Richard Painteer, consejero durante la presidencia de George W. Bush
sobre cuestiones éticas, dijo ayer que el lenguaje empleado en la
demanda de Melania Trump
demuestra “en una violación sin precedentes y clara de las reglas sobre
el uso de su posición gubernamental para ganancias privadas. Esta es
una situación muy seria en la que ella dice que tiene intención de hacer
mucho dinero. Eso tendría que ser rechazado por la Casa Blanca o
investigado por el Congreso”. Y ya ha tenido respuesta. “La primera dama
no tiene intención de utilizar su posición pública en beneficio
personal. No es una posibilidad. Cualquier declaración en contra de eso
está siendo malinterpretada”, es lo que han dicho los abogados de la
mujer del presidente Donald Trump.
Por otra parte, el contencioso judicial que tenía abierto por la misma causas contra una bloguera ya ha sido cerrado. Melania Trump, de 46 años,
va a recibir una “suma sustancial” de dinero de Webster Tarpley, a
quien demandó por haber escrito que la exmodelo trabajó como escort
en los años noventa en un club nocturno de Milán. Tras interponer una
denuncia por difamación el pasado mes de septiembre en Maryland (EE UU),
este martes ambas partes llegaron a un acuerdo judicial, aunque en el
comunicado de los abogados de la primera dama no se especifica el dinero
que va a recibir.
Donald y Melania Trump, en la gala anual de la Cruz Roja en Palm Beach la semana pasada. CARLOS BARRIA
Parece que como parte del pacto, Tarpley sí ha tenido que
emitir una nota pública con sus disculpas: “Publiqué un artículo el 2 de
agosto de 2016 sobre Melania Trump que estaba repleto de afirmaciones
falsas y difamatorias sobre ella”. “No tenía una base de hechos legítima
para hacer esas afirmaciones falsas y me retracto de ellas. Soy
consciente de que fueron muy dañinos e hirientes para la señora Trump y
su familia, y por consiguiente le pido perdón a ella, a su hijo,
a su marido y a sus padres por haber hecho estas afirmaciones falsas”,
admite en un comunicado divulgado por los abogados de la primera dama. Melania Trump puso en septiembre una demanda contra la bloguera y otra contra el Daily Mail
por publicar acusaciones similares de que trabajó como chica de
compañía. Ambas partes ya se retractaron de sus informaciones al recibir
ese primer aviso. El mismo día que ha alcanzado un acuerdo con la
bloguera, interponía la misma demanda contra el diario británico en
Nueva York tras ser rechazada su denuncia en Maryland, pues en Manhattan
el medio tiene oficinas. Esa denuncia sigue su curso, y al tabloide
británico le reclama 150 millones de dólares (141 millones de euros) con
el argumento de que su artículo hizo que su “marca haya perdido un
valor significativo”. Los abogados calculan que la primera dama ha
perdido “millones de dólares” en oportunidades de negocio debido al daño
que causó el diario a su imagen cuando se ha convertido en una de las
mujeres más fotografiadas del mundo.