“Me cuesta trabajo aceptar que digan que somos los mártires de la democracia”.
El asesinato de cinco abogados laboralistas en Madrid en 1977 marcó la transición española.
Decenas de personas, en el funeral de las víctimas, el 26 de enero de 1977.Archivo El País
Cuando Alejandro Ruiz-Huerta se sienta a la mesa sabe que este es, realmente, un ejercicio de memoria. Una reconstrucción del legado de aquel "frío" 24 de enero de 1977.
Así que escoltado por una bufanda gris y con la mirada perdida en el
repaso de sus recuerdos, el último superviviente de la matanza de Atocha
arranca la conversación recitando el texto anónimo que la fallecida Lola González Ruiz,
también sobreviviente, encontró delante de la puerta de Atocha 55,
oculto en una corona de flores: "Sangre, lágrimas y aquel silencio de la
multitud iniciaron la democracia que nos dimos. Os fuisteis, pero
disteis a nuestros hijos la herencia de canciones, risas y el dibujo
multicolor de lo que hoy somos. Gracias de parte de ellos". "El ADN de la democracia española está ahí, en la manifestación tremenda que recorrió Madrid
para acompañar a nuestros compañeros muertos", añade. El martes y el
jueves se cumplen 40 años del atentado perpetrado por pistoleros de la
ultraderecha contra letrados vinculados al PCE y del posterior
multitudinario funeral.
La Transición era entonces un experimento en marcha y el franquismo
agonizaba en medio de la violencia. ETA, los Grapo, la extrema derecha o
los policías nostálgicos de la dictadura dejaban a su paso un reguero
de profundo dolor. De hecho, cuando los pistoleros llegaron al despacho
laboralista de CC OO, el país aún asumía la muerte, unas horas antes, de
los jóvenes Arturo Ruiz y Mariluz Nájera:
él, el 23 de enero, por el disparo de un ultraderechista en una
manifestación proamnistía en la Gran Vía; ella, en la tarde del 24, por
un bote de humo lanzado por los antidisturbios que le rompió el cráneo
durante una marcha convocada, precisamente, en protesta por el asesinato
de Ruiz. El general Emilio Villaescusa, además, era secuestrado ese
mismo día por los Grapo, que tenían todavía en su poder al presidente
del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol. "Solamente en aquellos días de enero vi seriamente amenazada la Transición", admitiría años después Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación con Suárez. Entonces, en ese escenario de alarma, sonó el timbre en el tercer piso
de Atocha 55. Al reloj le faltaba apenas un cuarto de hora para marcar
las once de la noche. "Yo estaba en el hall del despacho hablando con
Javier Benavides y esperando a que comenzara la reunión de la
coordinadora de abogados de barrio que íbamos a tener. Estaba de
espaldas a la puerta cuando llamaron", relata Ruiz-Huerta, que pensó,
cuando vio entrar a dos hombres —uno, cubriéndose la cara con un
anorak—, que alguien disfrazado venía a darles un "susto". "Pensamos
que, haciéndoles caso, no iban a hacer nada", apostilla el último
superviviente del atentado. Pero Carlos García Juliá y José Fernández
Cerrá, que acababan de cargar una Browning y una Star de nueve
milímetros, reunieron en el salón a las nueve personas que encontraron
en las habitaciones. Y empezaron a dispararles. "De forma inopinada e
imprevista, con frialdad y serenidad, conscientes de lo que hacían",
insiste la sentencia de la Audiencia Nacional que los condenó a 193 años de prisión en 1980.
Alejandro Ruiz-Huerta, último superviviente, el pasado jueves. LUIS SEVILLANO
"En ese momento, yo estaba reunido con otros abogados en Atocha 49,
que también eran dependencias del despacho de Atocha 55. Cuando oímos
las ambulancias, bajamos a la calle y todavía recuerdo el horror
indescriptible al contemplar anonadado cómo bajaban ensangrentados en
las camillas a nuestros amigos y compañeros", cuenta José María
Mohedano, uno de los abogados que llevó la acusación particular durante
el juicio y que jugó un papel fundamental, junto a Manuela Carmena,
ahora alcaldesa de Madrid, en las negociaciones para que el ilegalizado
Partido Comunista organizase el funeral y garantizase el orden. "La
izquierda dio ese día una muestra de firmeza y civismo. El PCE tenía que hacer una puesta en escena
y mostrar que era un partido serio y democrático. Y lo demostró",
apunta Isabel Martínez Reverte, coatura junto a Javier M. Reverte del
libro La matanza de Atocha. 24 de enero de 1977. Fue una marcha silenciosa y multitudinaria. El 9 de abril, la formación fue legalizada. El atentando dejó cinco asesinados: los abogados Enrique Valdevira
Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Javier Sauquillo; el estudiante
Serafín Holgado; y el administrativo Ángel Rodríguez Leal. También
cuatro heridos graves: tres que ya han fallecido (Miguel Sarabia Gil,
Luis Ramos, Lola González Ruiz)
y el propio Ruiz-Huerta (Madrid, 1947). "Me cuesta trabajo aceptar lo
que dice [Ramón] Tamames —exdiputado del PCE— de que somos los mártires
de la democracia", sentencia Ruiz-Huerta, que remacha: "Nosotros éramos
gente de bien y normal. Nos tocó a nosotros como les pudo pasar a muchos
despachos de Madrid, que estaban tan inmersos en la ruptura democrática
como nosotros".
Carmena, administradora del despacho laboralista de Atocha, en los 70.El País Vídeo
Un aspecto que ya destacó Gregorio Peces-Barba (PSOE), profesor de
cuatro de las víctimas y padre de la Constitución, cuando escribió una
década antes de fallecer:"No era un martirio buscado lo que les llevó a la inmortalidad, sino
una exposición al peligro por tener unos ideales y desearlos para su
pueblo.
Los que luchaban contra las ideas, matándoles hicieron el resto.
Sin desearlo los convirtieron en un símbolo".
"Los abogados eran muy
conocidos porque eran muy luchadores. Era gente que podía vivir
estupendamente, pero por las tardes se iban a las reuniones para
resolver los problemas de los barrios", apostilla Reverte.
La Audiencia Nacional condenó en febrero de 1980 a Fernández Cerrá y
García Juliá a 193 años como autores materiales de cinco asesinatos
consumados y cuatro frustrados; y a Francisco Corredera Albaladejo,
secretario provincial del sindicato vertical del Transporte, a 73 años
como inductor. Los dos primeros salieron en libertad condicional a
principios de los noventa y el tercero murió de cáncer en 1985. Por su parte, Fernando Lerdo de Tejada Martínez,
tercer ejecutor de la matanza de Atocha —que se quedó en la puerta del
despacho vigilando—, nunca llegó a ser juzgado . Escapó en 1979 gracias a
un permiso de Rafael Gómez-Chaparro, juez instructor del caso en la
Audiencia Nacional, y desapareció para siempre.
ampliar fotoUna ambulancia y la policía armada, a las puertas de Atocha 55, el 24 de enero de 1977. Fernando Moreno
Vinculados a los fascistas de la Falange Española de las JONS y de
Fuerza Nueva, estos criminales "profesaban una ideología política
radicalizada y totalitaria, disconforme con el cambio institucional que
se estaba operando en España", según remarcó la Audiencia Nacional en su
sentencia. "Se sentían impunes, tenían la creencia de que toda España
les pertenecía. Pensaban que no les iba a pasar nada. Eran chicos de
familia de clase media, pero muy ideologizados por la extrema derecha:
Blas Piñar comía con ellos y les daban doctrina", continúa Reverte. Y
termina Mohedano: "Recuerdo las obstrucciones sistemáticas del
instructor para impedirnos a los abogados de la acusación que pudiéramos
investigar la trama de los miembros del régimen que habían estado
apoyando activamente a los asesinos". El 24 de enero, Jesús Duva, trabajaba en el desaparecido diario Pueblo,
en la calle de Huertas, a escasos 500 metros de Atocha 55. Fue el
primer periodista en pisar la escena del crimen. "Subimos las escaleras y
nos encontramos a los primeros policías que bajaban desencajados, con
las pistolas en la mano. Entramos en el despacho y vimos todo. Enseguida
llegaron más agentes y nos echaron", relata el ex redactor jefe de EL
PAÍS, que ejerce actualmente en el Ayuntamiento de la capital como
asesor de Carmena, administradora del despacho atacado ese día. Los pistoleros, tras entrar, preguntaron por Joaquín Navarro, un
sindicalista que se había enfrentado a los dirigentes de la central
falangista de Transportes, pero que estaba en la cafetería de abajo.
Entonces, los asesinos reunieron a todos los que estaban en el piso y
los acribillaron. A Ruiz-Huerta le salvó la vida un bolígrafo Inoxcrom
que llevaba en el bolsillo y contra el que chocó la bala. "Caigo y
encima de mí cae el cuerpo de Enrique, que me tapa las zonas vitales. Recuerdo hacerme el muerto unos instantes y contar 100, 101, 102, 103...
Hasta asegurarme a mi mismo de que no había nadie. Entonces, tengo
perfectamente grabada la sensación de levantar el cuerpo de Enrique para
empezar a sobrevivir", rememora este profesor de Derecho
Constitucional, sentado 40 años después en el vestíbulo del edificio de
la Fundación Abogados de Atocha, delante de una representación de El abrazo,
el icónico cuadro de Juan Genovés. A menos de dos metros hay un libro
de firmas, donde puede leerse otro mensaje anónimo: "Para los que
lucharon por nuestra libertad y por los que murieron por ello. Millones
de gracias. Os debemos mucho".
Un policía forcejea con
un periodista que había intentado fotografiar al inspector franquista
Antonio González Pachecho, alias 'Billy el Niño', en la puerta del
juzgado adonde acudió a declarar durante la investigación de la matanza.
Archivo El País !Que asco de policias franquistas!! La Social era de temer......y mucho...!
ESE SEÑOR, al que un subordinado protege de una lluvia que
solo él parece sentir, era el ministro de Defensa cuando 62 militares
que volvían a casa tras una misión en Afganistán fallecieron al estrellarse el Yak 42
en el que viajaban. El político visitó la zona en traje de faena, como
puede apreciarse, y de vuelta al despacho comenzó a urdir una de las
historias más siniestras de las últimas décadas para sacudirse de encima
los sesenta y dos muertos (ahora con letras), víctimas de un cacharro conducido por pilotos que,
además de inexpertos, llevaban trabajando 22 horas (veintidós) de forma
ininterrumpida. El suceso, que habría hundido a cualquier persona
decente, catapultó la carrera de Trillo, que así se llama, y al que
ustedes recordarán también porque fue el responsable de la toma de un
pedrusco, de nombre Perejil, habitado por cuatro cabras y una anciana,
hecho que él mismo refirió para la posteridad con un lenguaje digno de
los viejos tebeos de Hazañas bélicas.
Chema Moya (Efe)
Un caradura, en fin, cuya biografía, a poco que se hurgue en Google,
aparece trufada de bellaquerías capaces de sacar los colores al más
sinvergüenza de nuestra tradición de pícaros, tan extensa como profunda. Aquí lo tienen, colocándose bajo el paraguas antes de que llueva, quizá
dándole vueltas ya a cómo culpar a otros de su negligencia criminal. Debió de hacerlo bien, muy bien, porque el PP lo premió con una Embajada
de amor y lujo, la de Londres. El Consejo de Estado, 13 años más tarde,
ha venido a certificar la ignominia que comenzó ahí, donde la foto. A
ver con qué lo premiamos ahora.
La velocidad tecnológica nos lleva hacia un terreno inexplorado en el que
hay que definir nuevos códigos de conducta adaptados a la nueva
realidad.
HACE UN par de semanas, una empresa llamada Kingston presentó un pendrive de dos terabytes (unidades de memoria) de almacenamiento, una capacidad nunca alcanzada antes. Es como un pequeño encendedor y dentro hubiera cabido cómodamente la mítica biblioteca de Alejandría. De hecho, la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, que se supone
que es la más grande del mundo, entraría entera en tan sólo 10 terabytes. Es decir, en cinco de estos pinchos con apariencia de modestos
mecheros. Lo cual me hace recordar, totalmente mareada por la
vertiginosa velocidad de la carrera tecnológica, que mi primer ordenador
portátil, un armatoste enorme que pesaba cuatro kilos, sólo tenía 512 kilobytes
de memoria, que, descontando lo que se chupaba el sistema operativo,
equivalían a unas tres páginas de texto. De modo que tecleabas esas tres
páginas y luego las grababas en un disco flexible y las borrabas del
ordenador para poder seguir escribiendo. Todo tremendamente torpe, complicado, lento. Antediluviano, aunque
ese trasto lastimoso es de hace tan sólo 31 años. Y ahí estábamos todos,
tan contentos, acarreando semejante pedazo de chatarra como si fuera el
no va más de la modernidad. Hoy, apenas tres décadas después, mi móvil
posee más memoria que la suma de todos los ordenadores que he tenido en
mi vida, excluyendo el de ahora. Y me cabe en el bolsillo del pantalón
cada vez soy más consciente de la inmadurez de los humanos, de nuestra falta de rigor, de nuestra irresponsabilidad como especie
En 1992 estuve en el norte de Canadá, muy cerca del Polo, para hacer
un reportaje sobre los inuits, mal llamados esquimales. Me fascinó ese
pueblo de supervivientes, tenaz y creativo. Sobre todo me conmovió que
hubieran sido capaces de pasar de la Edad del Bronce, en la que vivieron
hasta después de la Segunda Guerra Mundial,
a nuestra sociedad hipertecnológica. Hablé con inuits que habían
conocido los iglús de pequeños y que ahora estaban conectados a Internet
en sus casas prefabricadas, y ese viaje descomunal lo habían realizado
en tan sólo 30 años. Yo admiraba su adaptabilidad y su inteligencia,
pero también me preguntaba por los precios que quizá estuvieran pagando,
como la elevada tasa de alcoholismo o de suicidio, por ejemplo.
Pues bien, ahora empiezo a pensar que en realidad todos somos como
esos esquimales. Cuando fui a hacer el reportaje sólo habían pasado dos
años desde que, en 1990, se había creado la Red, la World Wide Web que
hoy nos une al mundo: Internet es de ayer mismo. Rememoro aquel viaje al
Polo Norte y me maravilla lo muy diferente que era nuestra vida
entonces comparada con la de ahora. ¡Faltaban por llegar tantos
adelantos! Siempre lo digo: hoy habito dentro de las novelas de
ciencia-ficción que leía de adolescente. Me gusta mucho la ciencia y soy una alegre y maravillada
partidaria de la tecnología. Y, sin embargo… Quizá sea que la dimensión
del cambio comienza a ser demasiado abrupta, demasiado grande, como en
el caso de los inuits. O que cada vez soy más consciente de la inmadurez
de los humanos, de nuestra falta de rigor, de nuestra irresponsabilidad
como especie. O puede que simplemente se trate de un apocamiento de la
edad, de mi vejez que empieza. Pero lo cierto es que me preocupa esta
velocidad tecnológica que nos lleva en volandas hacia donde no sabemos. Una ignorancia esencial ante nuestros propios descubrimientos que ya
hemos mostrado antes, por ejemplo, al inventar la bomba atómica o al
desarrollar la energía nuclear, con cuyos letales, longevísimos desechos
no sabemos qué hacer, cosa que no impide que cada año produzcamos otras
10.000 toneladas métricas de basura nuclear de alto nivel que
mantenemos en cementerios provisionales, una chapuza tóxica en la que
casi nadie piensa. Además el problema no es sólo la fisión del átomo. Por ejemplo: Japón acaba de anunciar que va a empezar a utilizar robots
para sustituir a trabajadores de oficina. ¿De verdad tenemos alguna idea
de hacia dónde nos dirigimos? ¿Nos preocupa? ¿Hacemos algo para
prevenir, para responsabilizarnos, para intentar acercarnos más a un
modelo de mundo en vez de a otro? A veces me parece que sólo somos niños
intelectualmente inteligentes, pero emocional y moralmente tontos. Y
quizá malos.
Si uno va hoy al teatro se expone a cualquier sandez de directores que adaptan grandes clásicos a las tontunas contemporáneas.
Si hace años que no voy al teatro, es porque no deseo exponerme a
sobresaltos. No me refiero ya a esas obras “modernas” en las que se
obliga a “participar” al público lanzándole agua o pintura o bengalas, o
a “interactuar” con los intérpretes que bajan al patio de butacas para
restregarse contra él y vejarlo. Eso me lo tengo prohibido desde que
empezó a suceder hace tiempo. Pero tampoco está uno a salvo de riesgos
de otra índole si va a la representación de un clásico. El teatro –más
que el cine y las series– ha caído rendido a casi todas las tontunas
contemporáneas. Se permite lo “simbólico” y lo inverosímil en mucho
mayor grado, y ahí caben todas las supuestas genialidades de muchos
adaptadores y directores, convertidos en las verdaderas estrellas,
usurpadores de los buenos nombres de Lope, Calderón, Molière o
Shakespeare.Con este último está uno en constante peligro. Es ya un tópico que sus
personajes aparezcan vestidos de nazis o de decimonónicos, o
transmutados en gangsters, o que la acción de las obras se
sitúe en cualquier sitio: Romeo y Julieta en la discoteca, Macbeth en
Chicago, Próspero y Miranda abandonados en el espacio intergaláctico. En
2012 Phyllida Lloyd tuvo al parecer éxito con su versión de Julio César ambientada en una cárcel de mujeres y con reparto femenino al completo, consiguientemente. La verdad, para mí no, gracias. Pero este último caso forma parte de un movimiento deliberado. Como
sabemos, las actrices se quejan de que sus salarios son inferiores a los
de sus colegas varones, pero me imagino que eso estará en función de lo
taquilleros y rentables que sean, independientemente del sexo. Es como
si la mejor futbolista protestara por ganar menos que Messi: se da el
caso de que éste convoca a millones de espectadores y genera dinerales. También se quejan de que no haya tantos ni tan buenos papeles para ellas
como para los hombres, y presionan a los creadores para que se
enmienden, sin tener en cuenta que los que escribimos nos interesamos
por lo que nos interesa y no estamos para adular a tal o cual colectivo. Shakespeare tiene muchos personajes femeninos importantes, pero la
actriz Harriet Walter
ha hecho el cómputo: de media, uno por cada cuatro masculinos, y además
son éstos “quienes encaran las cuestiones políticas y filosóficas que
nos atañen a todos”. Es decir, suelen estar a su cargo los soliloquios
más profundos, y más lucidos para los actores. La respuesta natural
sería: “¿Y qué quieren, si en época de Shakespeare eso era más creíble o
él decidió poner sus parlamentos en boca de Hamlet, Macbeth o Ricardo
III?” Como hoy hay licencia para falsearlo todo, se corrige al idiota de
Shakespeare y ahora está de moda que a todas esas figuras las
interpreten mujeres. No importa que eso se contradiga con otra de las reivindicaciones
recientes de actores y actrices (hablé de ello hace algún tiempo): se
enfurecen si a un personaje indio no lo encarna un intérprete indio, a
uno japonés un japonés, etc. Eso no obsta, sin embargo, para que en la
célebre serie televisiva The Hollow Crown,
con los dramas históricos de Shakespeare, la Reina Margarita (antes
Margarita de Anjou, francesa) sea una actriz mulata, o el Duque de York
de Enrique V un negro. Aquí no se considera que haya usurpación
ni robo, sino que se aplaude. Hoy hay tanta gente ignorante que quien
vea esa serie puede dar por sentado que en la Francia del siglo XV la
población era mestiza y que en Inglaterra había nobles negros. Y quien
sólo viera el Hamlet de Kenneth Branagh (completo en sus cuatro
horas, muchos no querrán revisitarlo) podrá creer que esa es una
historia del XIX, con gente vestida “a lo zarista” o “a lo
austrohúngaro”, y no del XVI, cuando Shakespeare situó la leyenda. “La ignorancia de los jóvenes, o de la gente, no es asunto nuestro”,
dirán con razón adaptadores y directores. Y las actrices aducirán:
“¿Acaso se nos permitía subir a los escenarios en tiempos del Bardo?” No, en efecto, había una prohibición lamentada por todos, así que a
Desdémona, Lady Macbeth y Ofelia las representaban, por desgracia,
actores lampiños. Y sin embargo ahora se vuelve a lo mismo, sólo que a
la inversa y por militancia o revancha sexista. ¿Qué sentido tiene que
Glenda Jackson haga de Rey Lear? ¿Que un espectador como yo, que pide
cierta verosimilitud, no se crea una palabra? Lo mismo cuando otras
actrices se hacen pasar por Bruto, Cimbelino, Enrique V, Enrique IV o
Malvolio, convertido además en “Malvolia”. Tampoco lo contrario me
convence: siento admiración por José Luis Gómez, pero me he abstenido de
ir a verlo hacer de la Celestina, por muchos justos elogios que haya
merecido. Y desde luego no me tentó ver a Blanca Portillo en el papel de
Segismundo, de La vida es sueño. Lo lamento, pero si uno va al
teatro hoy en día está expuesto a cualquier sobresalto. Y a cualquier
sandez de no pocos directores. Con todos mis respetos para los buenos
actores y actrices, que al fin y al cabo cumplen órdenes.