Siempre entre las nubes hay esos huequitos de Sol que te dan valor.
Un Blues
Del material conque están hechos los sueños
22 ene 2017
40 aniversario de la matanza de Atocha.......................... Javier Guzmán
“Me cuesta trabajo aceptar que digan que somos los mártires de la democracia”.
El asesinato de cinco abogados laboralistas en Madrid en 1977 marcó la transición española.
Decenas de personas, en el funeral de las víctimas, el 26 de enero de 1977.Archivo El País
Cuando Alejandro Ruiz-Huerta se sienta a la mesa sabe que este es, realmente, un ejercicio de memoria. Una reconstrucción del legado de aquel "frío" 24 de enero de 1977.
Así que escoltado por una bufanda gris y con la mirada perdida en el
repaso de sus recuerdos, el último superviviente de la matanza de Atocha
arranca la conversación recitando el texto anónimo que la fallecida Lola González Ruiz,
también sobreviviente, encontró delante de la puerta de Atocha 55,
oculto en una corona de flores: "Sangre, lágrimas y aquel silencio de la
multitud iniciaron la democracia que nos dimos. Os fuisteis, pero
disteis a nuestros hijos la herencia de canciones, risas y el dibujo
multicolor de lo que hoy somos. Gracias de parte de ellos". "El ADN de la democracia española está ahí, en la manifestación tremenda que recorrió Madrid
para acompañar a nuestros compañeros muertos", añade. El martes y el
jueves se cumplen 40 años del atentado perpetrado por pistoleros de la
ultraderecha contra letrados vinculados al PCE y del posterior
multitudinario funeral.
La Transición era entonces un experimento en marcha y el franquismo
agonizaba en medio de la violencia. ETA, los Grapo, la extrema derecha o
los policías nostálgicos de la dictadura dejaban a su paso un reguero
de profundo dolor. De hecho, cuando los pistoleros llegaron al despacho
laboralista de CC OO, el país aún asumía la muerte, unas horas antes, de
los jóvenes Arturo Ruiz y Mariluz Nájera:
él, el 23 de enero, por el disparo de un ultraderechista en una
manifestación proamnistía en la Gran Vía; ella, en la tarde del 24, por
un bote de humo lanzado por los antidisturbios que le rompió el cráneo
durante una marcha convocada, precisamente, en protesta por el asesinato
de Ruiz. El general Emilio Villaescusa, además, era secuestrado ese
mismo día por los Grapo, que tenían todavía en su poder al presidente
del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol. "Solamente en aquellos días de enero vi seriamente amenazada la Transición", admitiría años después Rodolfo Martín Villa, ministro de Gobernación con Suárez. Entonces, en ese escenario de alarma, sonó el timbre en el tercer piso
de Atocha 55. Al reloj le faltaba apenas un cuarto de hora para marcar
las once de la noche. "Yo estaba en el hall del despacho hablando con
Javier Benavides y esperando a que comenzara la reunión de la
coordinadora de abogados de barrio que íbamos a tener. Estaba de
espaldas a la puerta cuando llamaron", relata Ruiz-Huerta, que pensó,
cuando vio entrar a dos hombres —uno, cubriéndose la cara con un
anorak—, que alguien disfrazado venía a darles un "susto". "Pensamos
que, haciéndoles caso, no iban a hacer nada", apostilla el último
superviviente del atentado. Pero Carlos García Juliá y José Fernández
Cerrá, que acababan de cargar una Browning y una Star de nueve
milímetros, reunieron en el salón a las nueve personas que encontraron
en las habitaciones. Y empezaron a dispararles. "De forma inopinada e
imprevista, con frialdad y serenidad, conscientes de lo que hacían",
insiste la sentencia de la Audiencia Nacional que los condenó a 193 años de prisión en 1980.
Alejandro Ruiz-Huerta, último superviviente, el pasado jueves. LUIS SEVILLANO
"En ese momento, yo estaba reunido con otros abogados en Atocha 49,
que también eran dependencias del despacho de Atocha 55. Cuando oímos
las ambulancias, bajamos a la calle y todavía recuerdo el horror
indescriptible al contemplar anonadado cómo bajaban ensangrentados en
las camillas a nuestros amigos y compañeros", cuenta José María
Mohedano, uno de los abogados que llevó la acusación particular durante
el juicio y que jugó un papel fundamental, junto a Manuela Carmena,
ahora alcaldesa de Madrid, en las negociaciones para que el ilegalizado
Partido Comunista organizase el funeral y garantizase el orden. "La
izquierda dio ese día una muestra de firmeza y civismo. El PCE tenía que hacer una puesta en escena
y mostrar que era un partido serio y democrático. Y lo demostró",
apunta Isabel Martínez Reverte, coatura junto a Javier M. Reverte del
libro La matanza de Atocha. 24 de enero de 1977. Fue una marcha silenciosa y multitudinaria. El 9 de abril, la formación fue legalizada. El atentando dejó cinco asesinados: los abogados Enrique Valdevira
Ibáñez, Luis Javier Benavides Orgaz y Javier Sauquillo; el estudiante
Serafín Holgado; y el administrativo Ángel Rodríguez Leal. También
cuatro heridos graves: tres que ya han fallecido (Miguel Sarabia Gil,
Luis Ramos, Lola González Ruiz)
y el propio Ruiz-Huerta (Madrid, 1947). "Me cuesta trabajo aceptar lo
que dice [Ramón] Tamames —exdiputado del PCE— de que somos los mártires
de la democracia", sentencia Ruiz-Huerta, que remacha: "Nosotros éramos
gente de bien y normal. Nos tocó a nosotros como les pudo pasar a muchos
despachos de Madrid, que estaban tan inmersos en la ruptura democrática
como nosotros".
Carmena, administradora del despacho laboralista de Atocha, en los 70.El País Vídeo
Un aspecto que ya destacó Gregorio Peces-Barba (PSOE), profesor de
cuatro de las víctimas y padre de la Constitución, cuando escribió una
década antes de fallecer:"No era un martirio buscado lo que les llevó a la inmortalidad, sino
una exposición al peligro por tener unos ideales y desearlos para su
pueblo.
Los que luchaban contra las ideas, matándoles hicieron el resto.
Sin desearlo los convirtieron en un símbolo".
"Los abogados eran muy
conocidos porque eran muy luchadores. Era gente que podía vivir
estupendamente, pero por las tardes se iban a las reuniones para
resolver los problemas de los barrios", apostilla Reverte.
La Audiencia Nacional condenó en febrero de 1980 a Fernández Cerrá y
García Juliá a 193 años como autores materiales de cinco asesinatos
consumados y cuatro frustrados; y a Francisco Corredera Albaladejo,
secretario provincial del sindicato vertical del Transporte, a 73 años
como inductor. Los dos primeros salieron en libertad condicional a
principios de los noventa y el tercero murió de cáncer en 1985. Por su parte, Fernando Lerdo de Tejada Martínez,
tercer ejecutor de la matanza de Atocha —que se quedó en la puerta del
despacho vigilando—, nunca llegó a ser juzgado . Escapó en 1979 gracias a
un permiso de Rafael Gómez-Chaparro, juez instructor del caso en la
Audiencia Nacional, y desapareció para siempre.
ampliar fotoUna ambulancia y la policía armada, a las puertas de Atocha 55, el 24 de enero de 1977. Fernando Moreno
Vinculados a los fascistas de la Falange Española de las JONS y de
Fuerza Nueva, estos criminales "profesaban una ideología política
radicalizada y totalitaria, disconforme con el cambio institucional que
se estaba operando en España", según remarcó la Audiencia Nacional en su
sentencia. "Se sentían impunes, tenían la creencia de que toda España
les pertenecía. Pensaban que no les iba a pasar nada. Eran chicos de
familia de clase media, pero muy ideologizados por la extrema derecha:
Blas Piñar comía con ellos y les daban doctrina", continúa Reverte. Y
termina Mohedano: "Recuerdo las obstrucciones sistemáticas del
instructor para impedirnos a los abogados de la acusación que pudiéramos
investigar la trama de los miembros del régimen que habían estado
apoyando activamente a los asesinos". El 24 de enero, Jesús Duva, trabajaba en el desaparecido diario Pueblo,
en la calle de Huertas, a escasos 500 metros de Atocha 55. Fue el
primer periodista en pisar la escena del crimen. "Subimos las escaleras y
nos encontramos a los primeros policías que bajaban desencajados, con
las pistolas en la mano. Entramos en el despacho y vimos todo. Enseguida
llegaron más agentes y nos echaron", relata el ex redactor jefe de EL
PAÍS, que ejerce actualmente en el Ayuntamiento de la capital como
asesor de Carmena, administradora del despacho atacado ese día. Los pistoleros, tras entrar, preguntaron por Joaquín Navarro, un
sindicalista que se había enfrentado a los dirigentes de la central
falangista de Transportes, pero que estaba en la cafetería de abajo.
Entonces, los asesinos reunieron a todos los que estaban en el piso y
los acribillaron. A Ruiz-Huerta le salvó la vida un bolígrafo Inoxcrom
que llevaba en el bolsillo y contra el que chocó la bala. "Caigo y
encima de mí cae el cuerpo de Enrique, que me tapa las zonas vitales. Recuerdo hacerme el muerto unos instantes y contar 100, 101, 102, 103...
Hasta asegurarme a mi mismo de que no había nadie. Entonces, tengo
perfectamente grabada la sensación de levantar el cuerpo de Enrique para
empezar a sobrevivir", rememora este profesor de Derecho
Constitucional, sentado 40 años después en el vestíbulo del edificio de
la Fundación Abogados de Atocha, delante de una representación de El abrazo,
el icónico cuadro de Juan Genovés. A menos de dos metros hay un libro
de firmas, donde puede leerse otro mensaje anónimo: "Para los que
lucharon por nuestra libertad y por los que murieron por ello. Millones
de gracias. Os debemos mucho".
Un policía forcejea con
un periodista que había intentado fotografiar al inspector franquista
Antonio González Pachecho, alias 'Billy el Niño', en la puerta del
juzgado adonde acudió a declarar durante la investigación de la matanza.
Archivo El País !Que asco de policias franquistas!! La Social era de temer......y mucho...!
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