Un Blues

Un Blues
Del material conque están hechos los sueños

30 dic 2016

Los espejos en los que la literatura se mira y duplica el mundo

De Narciso a Blancanieves, de Valle Inclán a Borges, el objeto que devuelve la imagen ha sido esencial en la escritura. 

Andrés Ibáñez refleja en una antología esa obsesión.

'Narciso', de Caravaggio (1597-99), conservado en Roma.
La literatura está plagada de miles y miles de objetos, necesarios para recrear los mundos que proponen los escritores.
 Ninguna lista de los más habituales o relevantes, si tal cosa existiese, podría omitir el espejo. 
En el fondo, representa más que un simple objeto: es otro mundo. Su presencia, a lo largo de miles de obras, ejerce un gran poder de atracción, y emana un extraordinario misterio.
 Reflejan, ocultan, mienten, deforman, confiesan… “Espejos: jamás, a sabiendas, todavía se ha dicho / lo que en vuestra esencia sois”, escribe Rilke en los Los sonetos a Orfeo, como recuerda el crítico y escritor Andrés Ibáñez, que desde su juventud persigue espejos a lo largo de cuentos, poemas, novelas u obras históricas de toda época.
El resultado de esa obsesión tan particular es la publicación de A través del espejo (Atalanta), una antología de textos que tratan el tema del espejo, de por sí inagotable. Marcel Schwob, H.P. Lovecraft, Virginia Woolf, Isaac B. Singer, G. K. Chesterton, Goran Petrovic, Borges, Allan Poe, Walter de la Mare, Angela Carter, Bioy Casares o Giovanni Papini son algunos de los autores en cuyos textos el espejo ejerce una poderosa influencia.
La Malvada Reina de Blancanieves ante el espejo. EL PAÍS
En un extenso prólogo por el que también desfilan los reflejos de San Juan de la Cruz, La Fontaine, Bulgákov, Lewis Carroll, Alfred Tennyson, Charles Perrault o Roberto Bolaño, el autor se remonta a las mitologías de la antigüedad, y cómo el significado del espejo, y cuanto muestra, fue cambiando a medida que avanzaban los siglos. El material reunido es riquísimo, inabarcable. 
De hecho, Ibáñez se vio obligado a dejar la poesía fuera de su selección para que “el laberinto de espejos no creciera en exceso”. Apenas se salva el libro tercero de Las metamorfosis de Ovidio, donde el poeta romano recrea el mito de Narciso, que se asoma a un estanque, y enfrentado a un espejo de agua, se enamora de su propia imagen. 
Por otra parte con fatales consecuencias, pues cae y se ahoga, como siglos más tarde le ocurre a la protagonista de El espejo de Lida Sal, un relato de Miguel Ángel Asturias en el que una muchacha, en busca de un espejo para contemplarse con su traje de boda, se asoma a un risco sobre el mar, cae a las olas y se ahoga en su propio reflejo.
El reflejo, a veces, habla, como en Blancanieves, donde la mujer que el rey toma por esposa, fascinada por su belleza, posee un espejo mágico al que de vez en cuando pregunta “¿Quién de este reino es la más hermosa?”. 
El romanticismo, en el que se integra el cuento de los hermanos Jacob y Wilhelm Grimm, fue fértil en espejos.
 En parte, “por la importancia que adquiere el tema del doble”, cuyo introductor, Jean Paul Richter, no sólo acuñó el concepto doppelgänger para referirse a ese segundo yo, sino que creó una galería de personajes que sufrían “un terror enfermizo a contemplar su propia imagen”.
 Su literatura sirve de introducción a dos clásicos de la época, E.T. A. Hoffmann y Edgar Allan Poe, de quien Ibáñez recupera William Wilson, un relato en el que su protagonista conoce en su juventud a otro William Wilson parecido a él, incluso nacido en la misma fecha, y que desaparece y reaparece a lo largo de su vida, hasta que un día, durante una fiesta de disfraces, lo ataca y un espejo le devuelve su propio “semblante pálido y manchado de sangre”.
mblante pálido y manchado de sangre”.
Arquímedes diseñó espejos para concentrar rayos de sol y quemar las velas de los barcos. EL PAÍS
Borges se encontraba a menudo en sus relatos también con otros Borges.
 “Bien conocida es su obsesión con los espejos", que en el fondo está relacionada, subraya Ibáñez, con la obsesión por la noche y la ceguera, “pero también con otro tema central en su obra: la obsesión por ver el propio rostro”
. En El Aleph, el narrador ve “todos los espejos del planeta” y ninguno le reflejó, dice. Tlön, Uqbar, Orbis Tertius arranca también de modo revelador: 
“Debo a la conjunción de un espejo y de una enciclopedia el descubrimiento de Uqbar. 
El espejo inquietaba el fondo de un corredor…”. Ibáñez selecciona El espejo de tinta y El espejo y la máscara, donde los espejos se proyectan con una presencia también inquietante. 
 La que, por otra parte, tuvieron en la vida de Borges, que en uno de los poemas de El hacedor reconoce: “Hoy, al cabo de tantos y perplejos/ años de errar bajo la varia luna,/ me pregunto qué azar de la fortuna/ hizo que yo temiera los espejos”.
 De Oriente a Occidente, de la antigüedad a la modernidad, la literatura recrea espejos capaces de desencadenar los acontecimientos más inesperados.
 Quizá por eso Ibáñez deja para el final el texto de Jurgis Baltrušaitis sobre los espejos ardientes de Arquímedes, y que funciona como un “pequeño tratado de ciencia ficción antigua”. ¿Existieron en verdad esos espejos? 
La leyenda aparece recogida por primera vez en el siglo XII, en las Crónicas de Joannes Zonaras, que relata cómo Arquímedes hizo colgar de las murallas de Siracusa espejos de metal que, golpeados por los rayos del sol, quemaban los barcos romanos.
 En el siglo XVII la literatura científica de Descartes y Mersenne demolió “metódicamente la leyenda”, pero cien años después, el conde de Buffon, Georges Louis Leclerc, realizó experimentos que demostraban que se podía quemar madera a una distancia de 400 pies.


 

 

Por qué se puede morir de pena al fallecer un ser querido.......Carlos Megía

Las muertes de Carrie Fisher y Debbie Reynolds han vuelto a poner de actualidad la enfermedad del síndrome del corazón roto. 

Analizamos su veracidad científica y otros casos conocidos en la vida pública.

 

Por qué se puede morir de pena al fallecer un ser querido
El fallecimiento sucesivo de Carrie Fisher y Debbie Reynolds ha conmocionado al mundo del cine.
Foto: Cordon Press

 Morir de pena o por tener el corazón roto parece un veredicto tan lírico como poco científico.
La expresión ‘morir de pena’ tiene su base en una enfermedad conocida como síndrome del corazón roto o miocardiopatía de Takot-Tsubo (menos atractiva para incluirla en 140 caracteres). Esta presenta unos síntomas parecidos a los de un infarto de miocardio común, pero con la peculiaridad de que se produce por una detención momentánea del mismo, no por una obstrucción en las venas. 
En lugar de bombear el 60% de su volumen, el corazón pasaría a bombear solo entre un 20 y un 35, según apuntó a S Moda el cardiólogo del Hospital Clínico San Carlos, Iván Javier Núñez Gil. De esta manera, se duplicaría el riesgo de sufrir un ataque al corazón.
 En el artículo ¿Se puede morir de un corazón roto?, la psicóloga Ángeles Sanz Yaque vinculaba la enfermedad a una impresión de “profundo vacío” que se veía potenciada si la muerte había ocurrido de forma inesperada (como la de Carrie Fisher). 
Las mujeres son más proclives a sufrir este síndrome (una razón abrumadora de nueve a uno) por tener una “mayor vulnerabilidad emocional”
. Los sentimientos de aflicción o amargura pueden provocar cambios “en la coagulación y la presión sanguínea, los niveles de la hormona del estrés y en el ritmo cardíaco”, resultando fatales para nuestra salud. 
June Carter y Johnny Cash, pareja en los escenarios y fuera de ellos, que fallecieron con apenas cuatro meses de diferencia.
June Carter y Johnny Cash, pareja en los escenarios y fuera de ellos, que fallecieron con apenas cuatro meses de diferencia.
Foto: Cordon Press
El fallecimiento consecutivo de Carrie Fisher y Debbie Reynolds es el último pero no el único sufrido por celebridades.
 
 En el apartado nacional, este mismo verano nos enteramos de la muerte del filósofo y escritor Gustavo Bueno, en las 48 horas posteriores al fallecimiento de su esposa.
 Pero el caso más conocido sigue datando de 1995, cuando una sobredosis de barbitúricos, alcohol y medicamentos se llevó a Antonio Flores a los 33 años.
 El cantante estaba sumido en una fuerte depresión durante las dos semanas que distanciaron su fallecimiento del de su madre, Lola Flores.
 En 2003, la voz por antonomasia de la música country, Johnny Cash, moría solo cuatro meses después de que lo hiciera su mujer, y figura clave en su carrera, June Carter.  

Sus seguidores y amigos confesaron que el cantante tenía “el corazón roto” desde entonces. 
También el director Simon Monjack desaparecía menos de un año después del fallecimiento de su pareja, la actriz de 8 millas, Brittany Murphy
Hace un año, el caso del jugador de futbol americano Doug Floutie conmocionó a todo el país.
 Su padre, enfermo por un largo período, murió de un ataque al corazón.
 Durante la misma mañana, solo una hora después, otro infarto cardíaco se llevó también a su madre. Es lógico sentir cierta atracción romántica por casos como los de Cash y June Carter, imaginados como desafíos al rito católico que sanciona cualquier relación con un “hasta que la muerte nos separe”.
 Pero a pesar de que el alarmismo mediático pueda hacernos pensar lo contrario, en una mayoría de casos esta deficiencia cardíaca desaparece en un tiempo relativamente corto (aproximadamente una semana).
 Además, como evidencian los nombres mencionados en las anteriores líneas, la salud previa de los fallecidos juega un papel fundamental, siendo mucho más común en pacientes de edad avanzada o en aquellos que sufren de hipertensión (un 70% de los casos analizados) o colesterol alto (un 40%).

Por qué se puede morir de pena al fallecer un ser querido

Las muertes de Carrie Fisher y Debbie Reynolds han vuelto a poner de actualidad la enfermedad del síndrome del corazón roto. Analizamos su veracidad científica y otros casos conocidos en la vida pública.

Por qué se puede morir de pena al fallecer un ser querido
El fallecimiento sucesivo de Carrie Fisher y Debbie Reynolds ha conmocionado al mundo del cine.
Foto: Cordon Press

La expresión ‘morir de pena’ tiene su base en una enfermedad conocida como síndrome del corazón roto o miocardiopatía de Takot-Tsubo (menos atractiva para incluirla en 140 caracteres). Esta presenta unos síntomas parecidos a los de un infarto de miocardio común, pero con la peculiaridad de que se produce por una detención momentánea del mismo, no por una obstrucción en las venas.
 En lugar de bombear el 60% de su volumen, el corazón pasaría a bombear solo entre un 20 y un 35, según apuntó a S Moda el cardiólogo del Hospital Clínico San Carlos, Iván Javier Núñez Gil. De esta manera, se duplicaría el riesgo de sufrir un ataque al corazón. 

Es lógico sentir cierta atracción romántica por casos como los de Cash y June Carter, imaginados como desafíos al rito católico que sanciona cualquier relación con un “hasta que la muerte nos separe”.
 Pero a pesar de que el alarmismo mediático pueda hacernos pensar lo contrario, en una mayoría de casos esta deficiencia cardíaca desaparece en un tiempo relativamente corto (aproximadamente una semana).
 Además, como evidencian los nombres mencionados en las anteriores líneas, la salud previa de los fallecidos juega un papel fundamental, siendo mucho más común en pacientes de edad avanzada o en aquellos que sufren de hipertensión (un 70% de los casos analizados) o colesterol alto (un 40%).
“Puede parecer que ocurre frecuentemente, pero es solo una consecuencia de la selección de noticias de los medios de comunicación”, afirma Dean Burnett en The Guardian.
 “’Una pareja de mayores muere con horas de diferencia’ es una historia de interés humano. ‘Millones de personas sobreviven a su esposo durante más de una década’ no lo es, así que solo oímos sobre los primeros casos”. 
 Morir por tener el corazón roto es posible pero solo en un 2% de los casos.
 Otra cosa es la recuperación emocional y psicológica, que puede durar varios años.
 Para ellos, y para todos aquellos que se sientan afligidos por la muerte de la princesa Leia o algún otro ídolo, Spotify tiene la solución.
 Casi un millón de personas están suscritos a una lista de canciones perfectas para el duelo como The scientist de Coldplay, Someone like you de Adele o el Cry me a river de Justin Timberlake, bajo el título –claro está– de Broken Heart.
 De si es peor el remedio que la enfermedad, ya depende de cada uno.
Antonio Flores no pudo superar la depresión provocada por la muerte de su madre, Lola Flores.

La increíble historia del cándido Pablo y de la abuela desolada... Juan Cruz

El líder de Podemos recuerda, en algunas de sus actuaciones, a episodios del realismo mágico.

Íñigo Errejón y Pablo Iglesias en un pleno del Congreso de los Diputados

En algunas de sus actuaciones públicas Pablo Iglesias recuerda episodios del realismo mágico.
 También recuerda al gran Houdini, que desaparece la realidad con tres palabras, o con una sola, abracadabra.
 Eso no existió, vayamos a otra cosa. 
Pasó con la cal, a la que sucedió la miel.

Así quiere dejar la trifulca navideña: eso pasó, pero ya no pasa, ya no va a pasar.
 La luz le vino por carta: una señora le envía un documento grabado, él lo abre y, oh Dios, se da cuenta de que lo que había pasado era algo más que un mal sueño contado por unos monstruos: se habían peleado unos amigos.
 Veámonos otra vez, aquí no ha pasado nada.
Y se pone a redactar, él mismo, una carta que lee ante una cámara que le graba.
 El pliego dura casi ocho minutos, un exceso en el mundo de Twitter.
 El reguero de miel que deja en el suelo trata de borrar la pólvora que hasta minutos antes dominaba el escenario.
 La pólvora la habían sembrado él y los suyos, con un hashtag que no inventaron ni el diablo ni medios como éste.
 Pero la palabra de Pablo Iglesias, cándido y contrito, decretó la ley de las culpas colectivas, y de la suya propia, y pidió perdón urbi et orbe, como hacen los papas por Navidad. 
Pidió perdón, incluso, para él, con palabra de rey: “yo también me equivoco”.
Como si se mirara al espejo y descubriera que lloraba, después de las batallas de la navidad entre los suyos y los demás recibió esa carta ahora famosa de la (ahora famosa) “abuela de Podemos”, Teresa Torres; después de esa lectura, como dice Raúl Castro que le pasa a veces, se descubrió llorando, o casi.
 La abuela desolada le decía que ya estaba bien, que se abrazara; eso mismo se lo dijeron, pasivos o activos, sus propios compañeros, desde el minuto uno del abundante hashtag.
 Pero hasta que no se lo dijo la abuela desolada eso no tomó carta de naturaleza en su rocosa cabeza de líder contemporáneo.
En la educación antigua la letra entraba con la sangre; en la educación de ahora mismo, si no hay una cámara delante, o un argumento que se pueda televisar, uno no aprende. 
Hasta que no te miras al espejo no sabes que eres tú el que está llorando.
¿Candidez? ¿Desolación? En este universo en el que todo se radia o se exhibe ya no hay posibilidad de apelar a la candidez, pues ésta ni se crea ni se destruye, se transforma.
 Cuando el (también famoso) asunto de la cal, Iglesias pidió perdón, no igualmente contrito, porque vio que se había pasado tres pueblos.
 Ahora ha recorrido el camino de la dureza a la candidez con igual desparpajo; quedó en el camino el cuerpo maltrecho de su compa Errejón, y por su carta parecía que el que había llenado el carcaj de veneno era su segundo en el pupitre.
Le dio tal vuelta a la historia, ayudándose de la carta que le leyó a la abuela desolada, que parecía que el cándido Pablo había sido sorprendido, tras un largo sueño navideño, con una batalla que había ocurrido en su ausencia.
 Estaba en Macondo, quizá, viendo cómo llovían mariposas.
 La cosa es no parar de salir en la tele o de robarle cámara a Dios en Twitter.


 Ahora pasa con su guerra: era sólo el prólogo de la paz.

 

29 dic 2016

Heterofobia................................. Luz Sánchez-Mellado

Se ha presentado una plataforma para pedir la derogación de las leyes contra la discriminación por diversidad sexual y de género.

Eugenio Azpiroz y Lourdes Méndez Monasterio charlan en presencia de Celso Delgado (d), en el Congreso de los Diputados.
¿Hay alguién ahí? ¡Socorro, auxilio, ayuda! 
Sé que abuso de mi poder al usar este púlpito en beneficio propio. Pero, a riesgo de ser llamada a capítulo, oso lanzar este SOS al mundo para denunciar mis condiciones de vida. 
Soy una mujer —bueno, vale, señora— heterosexual irredenta a quien el colectivo LGTBI no le deja respirar tranquila. 
 Oprimidita viva, me tienen. Las lesbianas me acosan. Los gays me pasan la pluma por los morros. 
Los transexuales quieren que me hormone —más— a la fuerza.
 Los bisexuales me dan por ambos lados. Y los interesexuales me acusan de reduccionista. 
Vamos, que solo les falta llamarme heteraza por la calle, curarme de lo mío aunque sea a hostias y captarme para su secta.
 Y, claro, así no hay quien viva su heterosexualidad con naturalidad, ni con libertad, ni con libertinaje ni nada.
Menos mal que no estoy sola. 
Se ha presentado la autodenominada Plataforma por las Libertades, valga el oxímoron, para pedir la derogación de las leyes contra la discriminación por diversidad sexual y de género.
 Unas normas que incluyen la educación en las distintas orientaciones e identidades sexuales humanas desde la infancia. Algo insoportable para los exdiputados del PP Lourdes Méndez y Jaime Mayor Oreja, y para el rector de la Universidad Católica de Murcia, integrantes, entre otros, de tan tolerante lobby. Que la defensa de las personas LGTBI conculca la libertad del resto, braman.
 Que cada familia educa a sus niños en sus propios valores, pían. Que dónde se ha visto tamaña injerencia, se hacen cruces.
 O sea, lo de siempre. Para mí que no son las leyes, sino el apoyo a las mismas de su exPP de su alma, lo que les tiene locos, loquitos, locos. 
Había que verles presentando su cruzada al orbe con el gesto beatífico de quien está en posesión de la verdad absoluta. 
Lástima que el sufrimiento de según qué prójimo les sea ajeno. Darían risa si no dieran náuseas.